Por Mircea
Eliade
No
vamos a abordar aquí el estudio de los principios y métodos de
la alquimia de alejandrina, árabe y occidental. El tema es
inmenso. (...) Es suficiente para nuestro propósito hacer resaltar
brevemente algunos simbolismos y operaciones alquímicas y mostrar
su solidaridad con los simbolismos y técnicas arcaicas vinculadas
a los procesos de la materia. Es a las concepciones que conciernen
a la madre tierra, los minerales y los metales y, sobre todo, en
la experiencia del hombre arcaico ocupado en los trabajos de la
mina, de la fusión y de la forja donde hay que buscar, a juicio
nuestro, una de las principales fuentes de la alquimia. La
conquista de la materia comenzó muy pronto, tal vez en el mismo
período paleolítico; es decir, tan pronto como el hombre
consigue no solo fabricar, sino dominar el fuego y utilizarle para
modificar los estados de la materia. En todo caso, ciertas
técnicas ( agricultura y cerámica) se desarrollaron ampliamente
en el neolítico. Ahora bien: estas técnicas eran al mismo tiempo
misterios, pues implicaban por una parte la sacralidad del cosmos
y por la otra se trasmitía por iniciación (los secretos del
oficio). El laboreo de la tierra o la cocción de la arcilla, como
un poco más adelante los trabajos mineros y metalúrgicos,
situaban al hombre arcaico en un universo saturado de sacralidad.
Sería vano pretender reconstruir su experiencia: hace ya
demasiado tiempo que el cosmos ha perdido esa sacralidad, como
consecuencia sobre todo del triunfo de las ciencias
experimentales. Los modernos somos incapaces de comprender lo
sagrado en sus relaciones con la materia; todo lo mas podemos
tener una experiencia estética, y lo más frecuente es reconocer
la materia en tanto que fenómeno natural. No hay más que
imaginar una comunión no limitada por las especies de pan y vino,
sino ampliada al contacto de toda clase de sustancias, para medir
la distancia que separa tal experiencia religiosa arcaica de la
moderna de los fenómenos naturales.
No
es que el hombre de las sociedades arcaicas estuviese sepultado en
la naturaleza y fuese incapaz de desprenderse de las innumerables
participaciones místicas de la naturaleza y, en suma, incapaz de
pensamiento lógico o de trabajo utilitario en el sentido que hoy
damos a esta palabra. Todo lo que sabemos de los primitivos
invalida estas imágenes y juicios arbitrarios. Pero es evidente
que un pensamiento dominado por el simbolismo cosmológico habría
de crear una experiencia del mundo completamente distinta a la que
hoy posee el hombre moderno. Para el pensamiento simbólico el
mundo no solamente esta vive, sino también abierto; un objeto no
es nunca tal objeto y nada más, sino que es también un signo o
receptáculo de algo más, de una realidad que trasciende el plano
del ser de aquel objeto. Para limitarnos a un ejemplo: el campo
labrado es algo más que un trozo de tierra; es también el cuerpo
de la tierra madre; la azada es un phallus, sin que por
ello deje de ser una herramienta; el laboreo es al mismo tiempo un
trabajo mecánico y una unió sexual orientada hacia la
fecundación heriogámica de la madre tierra.
Pero
si nos resulta imposible revivir tales experiencias, sí nos es
dado, al menos, imaginar su resonancia en la vida de los que las
sufrían. El cosmos era una hierofanía, y al estar sacralizada la
existencia humana, el trabajo implicaba un valor litúrgico que
aún sobrevive oscuramente entre las poblaciones rurales de
Europa. Importa particularmente subrayar la posibilidad ofrecida
al hombre él las culturas arcaicas al insertarse en lo sagrado
mediante su propio trabajo, su sacralidad de homo faber, de
autor y manipulador de herramientas. Estas experiencias
primordiales se han conservado y transmitido durante numerosas
generaciones gracias a los secretos de oficio; cuando la
experiencia global del mundo se modificó como consecuencia de las
innovaciones técnicas y culturales consecutivas a la
instauración de la civilización urbana, a lo que sé a convenido
en llamar historia en el sentido principal del término, las
experiencias primordiales vinculadas a un cosmos sacralizado se
reanimaron periódicamente por medio de las iniciaciones y ritos
del oficio. Hemos hallado ejemplos de transmisión por iniciación
en los mineros, los fundidores y los herreros que conservaron en
occidente hasta la Edad Media, y en otras regiones del mundo hasta
nuestros días, el comportamiento arcaico frente a las sustancias
minerales y los metales.
Las
obras de metalúrgica del antiguo oriente representan un
testimonio de que el hombre de las culturas arcaicas había
llegado a conocer y dominar la materia. Hasta nosotros han llegado
numerosas recetas técnicas, algunas de las cueles datan del siglo
XVI a. C., que se refieren a las operaciones de aleación, de
tintura e imitación del oro. Los historiadores de las ciencias
han subrayado oportunamente el hecho de que los autores de estas
recetas utilizaban cantidades y números, lo que, a su juicio,
probaría el carácter científico de estos documentos. Es cierto
que los fundidores y los maestros orfebres sabían calcular las
cantidades y dirigir los procesos fisico-químicos de la
fundición y la aleación. Pero había que saber si se trataba
para ellos solo de una operación metalúrgica, de una técnica o
de una ciencia en el sentido riguroso de estas palabras. Los
herreros asiáticos y africanos, que aplican recetas análogas con
los resultados prácticos que conocemos, no consideran tan solo el
lado práctico de estas operaciones, sino que van acompañadas de
un sentido ritual. Sería por tanto imprudente aislar, en los
principios históricos de la alquimia greco-egipcia, las recetas
de las tinturas de los metales; ningún oficio, incluso en la antigüedad
posterior, era considerado como una simple técnica. Por avanzada
que estuviese en tal época la desacralización del cosmos los
oficios conservaban aún su carácter ritual, sin que el contexto
hierúrgico fuese necesariamente indicado en recetas.
De
todos modos, es cierto que los documentos históricos nos permiten
distinguir tres épocas en los principios de la alquimia
greco-egipcia: 1) la época de las recetas técnicas; 2) la época
filosófica, inaugurada muy probablemente por Bolos de Mendes
(siglo II a. C.) y que se manifiesta en los Physika kai Myistika ,
atribuidos a Demócrito; 3) finalmente, la época de la literatura
alquímica propiamente dicha, la de los apócrifos, de Zosimo
(siglos III y IV E. C.). Aunque el problema del origen histórico
de la alquimia alejandrina no este todavía del todo resuelto,
podría explicarse la brusca aparición de los textos alquímicos
en los comienzos de la Era cristiana como el resultado del
encuentro entre la la corriente esotérica representada por los
misterios, el neopitagorismo y el neoorfismo, la astrología, las
sabidurías orientales reveladas, el gnosticismo, etc, y las
tradiciones populares, que conservaban los secretos de oficio, las
magias y técnicas de gran antigüedad. Un fenómeno análogo
puede comprobarse en China con el taoísmo y el neoplatonismo, y
en la India con el tantrismo y el Hathayoga. En el mundo
mediterráneo estas tradiciones populares han prolongado hasta la
época alejandrina un comportamiento espiritual de estructura
arcaica. El creciente interés por las sabidurías orientales y
las técnicas y las ciencias tradicionales relativas a las
sustancias, las piedras preciosas, las plantas, caracteriza toda
esta época de la antigüedad, brillantemente estudiada por Franz
Cumont y l reverendo padre Festuiere.
¿A
qué causa históricas debemos atribuir el nacimiento de las
prácticas alquímicas? Sin duda nunca lo sabremos. Pero resulta
dudoso que la alquimia se haya constituido como disciplina
autónoma a partir de las recetas para falsificar o imitar el oro.
El Oriente helénico había heredado todas sus técnicas
metalúrgicas de Mesopotamia y Egipto, y sabemos que desde el
siglo XIV a, C. los mesopotamicos habían puesto a punto la prueba
del oro. Querer emparentar una disciplina que durante dos mil
años ha intrigado al mundo occidental con los esfuerzos
realizados para hacer oro por medios artificiales es olvidar el
extraordinario conocimiento que los antiguos tenían de los
metales y las aleaciones y subestimar sus capacidades
intelectuales y espirituales. La transmutación, meta principal de
la alquimia alejandrina, no era ningún absurdo, pues la unidad de
la materia era desde hacía muchisimo tiempo un dogma de la
filosofía griega. Pero resulta difícil creer que la alquimia
haya surgido precisamente de las experiencias llevadas a cabo para
convalidar ese dogma y demostrar experimentalmente la unidad de la
materia. Es difícil ver la fuente de una técnica espiritual y
una soteriología en una teoría filosófica.
Por
otra parte, cuando el espíritu griego se aplica a la ciencia da
pruebas de un sentido extraordinario de observación y
razonamiento. Y lo que precisamente nos llama la atención al leer
los textos alquímicos griegos es su falta de interés por los
fenómenos físico-químicos; es decir, justamente la ausencia de
espíritu científico. Como acertadamente señala Taylor:
"Todos cuantos utilizaban el azufre no podían dejar de
observar los curiosos fenómenos que se producían tras de su
fusión y el calentamiento del líquido. Ahora bien, aun cuando se
mencione centenares de veces el azufre, jamás se hace alusión a
ninguna de sus características aparte de su acción sobre los
metales. Hay en ello tal contraste con el espíritu de la ciencia
griega clásica que no podemos por menos de concluir que los
alquimistas no se interesaban en los fenómenos naturales que no
servían a sus fines. Es, sin embargo un error no ver en ellos
sino buscadores de oro, pues el tono místico y religioso que se
advierte en sus obras, sobre todo en las de épocas tardías, se
acomoda mal al espíritu de los buscadores de riquezas(...). No se
encontrará en la alquimia ningún rastro de una ciencia(...). El
alquimista no emplea jamás procedimientos científicos" Los
textos de los antiguos demuestra que "este hombre es se
interesaban por hacer oro real. El químico que examina esas obras
experimenta la misma impresión que un albañil que quisiera
extraer informaciones practicas de un tratado de francomasonería"
(Taylor PP. 138).
Si
por consiguiente, la alquimia no podía nacer del deseo de
falsificar oro, ya que la prueba del oro era conocida desde hacía
varios siglos, ni de una técnica científica griega, forzoso nos
resulta buscar en otro lugar los orígenes de esta disciplina sui
generis. Es probable que, más que la teoría filosófica de la
unidad de la materia, haya sido la vieja concepción de la Madre
Tierra, portadora de minerales-embriones, la que cristalizó la fe
en una transmutación artificial: es decir, verificada en un
laboratorio. Fue probablemente el encuentro con los simbolismos,
las mitologías y las técnicas de los mineros, fundidores y
herreros lo que verosímilmente dio lugar a las primeras
operaciones alquímicas. Pero, sobre todo, fue el descubrimiento
experimental de la sustancia viviente, tal como era sentida por
los artesanos, el que debió jugar el papel decisivo.
Efectivamente, es la concepción de una "vida compleja y
dramática de la Materia lo que constituye la originalidad de la
alquimia en relación con la ciencia griega clásica. Existe,
pues, fundamento para suponer que la experiencia d la vida
dramática de la materia fue posible precisamente gracias al
conocimiento de los misterios greco-orientales.
Es
sabido que la esencia de la iniciación a los misterios residía
en la participación en la pasión, muerte y resurrección de un
dios Ignoramos las modalidades de esta participación, pero bien
podemos suponer que los sufrimientos, la muerte y la resurrección
del dios, ya conocidos al neófito como mito, como historia
ejemplar, le eran comunicados durante la iniciación de modo
experimental. El sentido y la finalidad de los misterios eran la
transmutación del hombre: por la experiencia de la muerte y
resurrección iniciáticas, el místico cambiaba de régimen
ontológico (se hacía inmortal).
Ahora
bien, el argumento dramático de los sufrimientos, muerte y
resurrección de la materia está atestiguada desde el comienzo de
la literatura alquímica greco-egipcia. La transmutación, la opus
magnun que conducía a la piedra filosofal, se obtiene
haciendo pasar la materia por cuatro grados o fases denominadas
según los colores que toman los ingredientes, melansis (negro),
leukosis (blanco), xanthosis (amarillo) e iosis (rojo). El negro
(el nigrido de los autores medievales) simboliza la muerte, y más
adelante hablaremos de volver sobre este misterio alquímico. Pero
conviene subrayar que las cuatro fases de la opus aparecen
atestiguadas ya en los Physika Kai Mystika seudodemocriteanos
(fragmento conservado por Zosimo) y, por tanto, en el primer
escrito alquímico (siglos II-I a. C). Con innúmeras variantes
las cuatro (a veces cinco) fases de la obra se mantienen en toda
la historia de la alquimia árabe y occidental.
Mas
aún, es el drama místico del dios lo que se proyecta sobre la
materia para transmutarla, el alquimista trata la materia como
dios era tratado en los misterios; las sustancias minerales,
sufren, mueren, resucitan a un nuevo modo de ser, es decir, son
transmutadas. Jung ha llamado la atención sobre un texto de
Zosimo, en el cual el célebre alquimista refiere una visión que
tuvo en sueños: un personaje de nombre Ion le revela que ha sido
perforado por una espada, cortado en pedazos, quemado por fuego, y
que ha sufrido todo eso a fin de poder cambiar su cuerpo en
espíritu. Al despertar Zosimo se pregunta si todo lo que ha visto
en sueños no esta relacionado con el proceso alquímico.
Observamos
que la descripción de Zocimo no sólo recuerda el desmembramiento
de Dionisos y otros dioses moribundos de los misterios (espíritu
del trigo) sino que también presenta sorprendentes analogías con
las visiones chamánicas y en general, con las iniciaciones
arcaicas. Es sabido que toda iniciación incluye una serie de
pruebas. En las iniciaciones chamanicas estas prueban son de
extrema crueldad: el futuro chaman asiste en sueños a su propio
descuartizamiento, su decapitación y su muerte. Si tenemos en
cuenta la universalidad de este esquema y, por otra parte, la
solidaridad entre los trabajadores de los metales y los chamanes;
podemos situar la visión de Zosimo en un universo espiritual. Al
mismo tiempo, advertimos que los alquimistas proyectan sobre la
materia un sufrimiento. Gracias a las operaciones alquímicas,
asimiladas a las torturas y al misterio y la pasión, la sustancia
en transmutada, es decir, obtiene un modo de ser trascendental: se
hace oro, que, repetimos, es el símbolo de la inmortalidad. En
Egipto se consideraba que la carne de los dioses era de oro: al
convertirse en dios, el faraón alcanzaba la conversión de su
carne en oro: en términos cristianos a la redención.
Hemos
visto que los minerales y los metales eran considerados como
organismos vivos; se hablaba de su gestación, su crecimiento y de
su matrimonio. Los alquimistas adaptaron todos estas creencias
arcaicas. La combinación azufre y mercurio, casi siempre se
expresa en términos de matrimonio, mediante el cual se simboliza
una unión mística entre dos principios cosmológicos. Aquí
reside la novedad de la perspectiva alquímica: la Vida de la
Materia no está ya definida en términos de hierofanías vitales,
sino que adquiere una dimensión espiritual; dicho de otro modo,
al asumir la materia la significación del drama también asume el
destino del espíritu. Las pruebas de iniciación, que en el
terreno del espíritu conducen a la libertad, a la iluminación y
a la inmortalidad llevan en el terreno de la materia a la
transmutación, a la Piedra Filosofal. (*)
|

Alquimistas
en su laboratorio. |
(*)
Fuente: Mircea
Eliade, "Alquimia e iniciación", en Herreros
y alquimistas, Madrid. Alianza editorial.