Por Carlos García
Gual
El
alegorismo
(...)
Para algunos ilustrados, como lo eran los sofistas, los mitos
aparecen como reliquias fabulosas de un pasado ignorante,
que explicaba el mundo de un modo fantástico e infantil,
o bien como mentiras y patrañas urdidas para engaño de las
gentes. Ante el tribunal de la razón los mitos quedaban
condenados como no veraces, como "ficciones de los antiguos",
plásmata ton protéron, podríamos decir con
una expresión de Jenófanes. Jenófanes
fue el primero en atacar la teología mítica
de Homero, con sus dioses antropomórficos, violentos
e "inmorales". Es decir, unos dioses inadmisibles
desde las exigencias críticas del pensador ilustrado
del siglo Vl a.C.
Y
es probablamente frente a ese ataque cuando surge la teoría
alegórica, que gozará luego de gran aceptación
por filósofos posteriores (en algunos sofistas, en
los estoicos, y en los neoplatónicos). La teoria alegórica,
un intento por salvaguardar la lección verídida
de los mitos, sólo en apariencia escandaloso, es también
un signo de la ilustración, ya que parte de aceptar
que el lenguaje del razonamiento es el normal y que los mitos
se expresan en otro lenguaje, secundario y poético,
que hay que traducir al cádigo del logos para comprenderlo
en toda su hondura y valor. El primer alegorista fue Teágenes
de Regio, un sagaz comentador de Homero, del siglo Vl a.C.
(Su doctrina está expuesta en un escolio a la Ilíada
XX67, en una cita breve, pero muy jugosa.)
El escolio B al citado pasaje de la Ilíada dice
así:
"La enseñanza acerca de los dioses generalmente roza
lo violento y aun lo inmoral. Pues ya él (Porfirio?)
señala que los mitos de los dioses son encandalosos. Frente
a tal juicio, algunos buscaban tras las apariencia de su figura
verbal una solución a la dificultad, en la creencia
de que todo está dicho alegóricamente de la
naturaleza de los elementos; así, sería, por
ejemplo, cuando se habla de los encuentros hostiles de los
dioses. Señalan que también lo seco combate contra
lo húmedo y lo cálido con lo frío, y
lo ligero contra lo pesado. También el agua tiene la
facultad de apagar el fuego, y el fuego la de secar el agua.
Y así subyace entre los varios elementos, de los que
se compone el universo mundo, una oposición, y en parte
subyace ésta también al proceso de destrucción.
Pero el conjunto permanece en la eternidad. Así que
el poeta (Homero) permite que tengan lugar las batallas (entre
los dioses) y nombra al fuego Apolo y Helios, y también
Hefesto; y al agua Poseidon y Escamandro; a la luna Artemis,
al aire Hera, etc. De manera parecida da él, por otro
lado, nombres de dioses a las facultades y propiedades espirituales,
así dice en lugar de la inteligneica Atenea, en vez
de sinrazón Ares, en vez de pasión Afrodita,
en lugar de astucia Hermes, etc. Este modo de explicación
(del poema homérico) es muy antiguo: comenzó
a partir de Teágenes de Regio, que fue el primero en
escribir así sobre Homero".
Podemos
figurarnos como surgió esta defensa poética
de Homero, que recurre a la teoría de que el se expresaba
alegóricamente. Alegoría, etimológicamnete,
"otro hablar", es decir, una expresión figurada,
cifrada, metafórica. El comentador salva así
la verdad profunda del mendaje homérico, que puede
traducirse a sentencias como las de las filosófos (la
oposición de los elementos naturales, tan destacada
por Heráclito y otros presocráticos, está
bajo la alegoría de los combates entre dioses en la
Ilíada). Dando por aceptado que las narraciones
míticas son escandalosas (ante el canon ético
de la moralidad convencional, cívica y cotidiana),
se intenta justificar la sabiduría del poeta alegando
que se expresaba de un modo críptico, mediante un código
poético. Con tal lenguaje alude y revela a los entendidos
verdades profundas ocultas tras un velo de metáforas,
tras un ropaje embellecido por imágenes plásticas.
La teoría alegórica gozó de un enorme
éxito en el mundo antiguo y ha perdurado en varias
épocas, con algunos matices nuevos. Ya los estoicos
se sirvieron de ella contra los escépticos y los epicúreos,
en un intento de rescatar la doctrina religiosa de los mitos
venerables, y los neoplatónicos hicieron algo parecido
frente a los cristianos (que no querían negar la existencia
de los dioses paganos, sino ante todo destacar su inmoralidad
escandalosa); más tarde los gnósticos recurrieron
a la hermenéutica alegórica para expresar una
concepción semifilosófica del universo, envolviendo
sus doctrinas en relatos metafóricos y fantásticos,
al modo de los antiguos mitos. Fundada en el principio de
la alegoría se despliega una sutil hermenéutica
que busca el sentido de las figuras y los actos narrados en
el mito para traduciarlo en un plano más abstracto.
Así el mito queda visto como un lenguaje cifrado que
cela un saber profundo que hay que intepretar y descifrar.
Frente al modo lógico de expresarse, cabe una alternativa,
la del mito como lenguaje críptico, cuya hondura espiritual
requiere tal vez esta formada figurada de expresión
poética y religiosa.
No se discute, pues, que el modo lógico sea el válido
para la comunicación habitual, sino que se alega, en
defensa de los mitos, que ese lenguaje mítico posee
un código propio y unas referencias cifradas, que los
sabios saben encontrar y rastrear. El mito dice verdades profundas,
intuiciones extraordinarias, que, con una notable pérdida
de su vigor poético y su plasticidad espiritual, los
entendidos pueden traducir al lenguaje normal de la expresión
lógica. Los mitos, para ser entendidos, requieren una
exégesis que exprima todo el sentido de su forma alegórica.
El empleo del método alegórico en la intepretación
de los mitos permite descubrir tras su ingenua y escandalosa
apariencia mensajes con sentidos profundos y de alcance filosófico.
Pero, en la intepretación de algunos alegoristas, esa
traducción de los mitos aboca a resultados de una asombrosa
trivialidad. Así, por ejemplo en las Historias increíbles
de Paléfato, un mediocre escritor del siglo IV a.C.,
se nos da una versión "racionalizada" de
los mitos, que nos sorprende por lo anecdótica y facilona.
De este Paléfato no tenemos datos personales. Como
señala W. Nestle,
"es el típico teólogo de compromiso y mediación,
que se separa tanto de la crédula muchedumbre como
de los "completos incrédulos". La verdad
está en el término medio y todo lo que se cuenta,
supone él, se basa en algún suceso. No existe
una invención completa. Hay que negarse a admitir esos
supuestos hechos que han sucedido segun la traducción
una sola vez y no se repiten ya en el tiempo presente, en
el mundo de nuestra experiencia: son exageraciones poéticas
de acontecimientos reales, para hacer de ellos hechos sobrenaturales
y milagrosos. Pero hay que explicar también por qué
se ha recurrido a esas representaciones increíbles.
Según tales principios se someten a examen los mitos
sistemáticamente, de modo que se interpetan todos y
cada uno de los rasgos del mito, y se obtiene al final una
eliminación completa de lo sobrenatural".
La obra de Paléfato nos proporciona una serie de ejemplos.
Así Acteón no se habría transformado
en un ciervo, ni fue luego despedazado por sus propios perros,
sino que ese desgarramiento fue el que le produjo su pasión
por la caza y la compra de perros, que le arruinó y
devoró su hacienda. La fábula de Níobe,
transformada por el dolor en una roca, aludiría simplemente
a una estela de piedra levantada sobre la tumba de una desventurada
madre. Linceo del que se refería que podía ver
incluso debajo de la tierra, habría sido simplemente
el inventor de la minería y la lámpara de los
mineros. A Europa la raptó un cretense que se llama
Toro, no un toro real. Eolo fue un astrólogo, sabedor
de la ciencia de los vientos y la navegación, que adiestró
en tal saber a Ulises. El muro de bronce que cercaba su isla
no era más que un ejército de guerreros hoplitas.
La famosa hidra de cincuenta cabezas, que venció Heracles,
era un castillo con ese nombre, del rey de Lemnos, que estaba
defendido por cincuenta hoplitas. Cuando caía uno,
le sustituían otros dos. El cangrejo que socorría
a la hiedra no era sino un guerrero cario con el nombre propio
de Karkinos, "cangrejo". Medea, que, según
el mito, rejuvenecía a los ancianos al cocerlos en
un caldero mágico, no era más que un hábil
inventora de un tinte para el pelo, y de una especie de sauna,
muy conveniente para la saluda y la apariencia juvenil.
Ese modo de inteprretar los mitos, mediante su explicación
racionalista tan superficial, supone que los relatos tradicionales
están fundados en errores de transmisión y exageraciones
disparatadas. Sin llegar a un sistematismo tan marcado,
lo encontramos en los primeros historiadores, los logógrafos
jonios, y en comentadores tardíos. Se mantuvo en la
Edad Media y en el Renacimiento. Pero lo más sorprendente
es la reaparición del método en la época
moderna, desde comienzo del siglo XlX, amparado en teorías
derivadas de la Ilustración.
Hay, como se advierte ya en la cita del escolio a la Ilíada,
un alegorismo físico y otro espiritual, según
se encuentran tras los personajes míticos alusiones
a fuerzas de la naturaleza o a poderes del espíritu.
La distinción puede proyectarse a intepretaciones más
recientes. En el siglo XIX para unos los mitos se refieren
mediante ese lenguaje figurativo a fenómenos naturales
(como cuando Max Muller y sus secuaces interpretan como alusiones
a auroras, tormentas y puestas de sol los relatos de luchas
divinas), mientras que para otros, como para algunos psicoanalistas,
los mitos cuentan en su figurado y dramático lenguaje
los conflictos, temores y esperanzas del alma humana, y son
algo así como los sueños de un alma colectiva.
La
teoría de Evémero
Algo
posterior al alegorismo, hubo otro teoría sonre la
interpetación de los mitos que tuvo extraordinaria
resonancia en el ambiente helenístico. Fue el evemerismo
que deriva su nombre de su supuesto inventor, Evémero
de Mesene, un escritor de fines del siglo IV a.C. Aunque hay
rastros de esta teoría ya antes (en el mismo Heródoto),
fue Evémero el primero en sustentarla de modo global,
no en un tratado científico, sino en un texto casi
novelesco. Según él los dioses míticos
no son más que personajes históricos de un pasado
mal recordado, magnificados por una tradición fantasiosa.
En la teoría de Evémero hay claros reflejos
de un momento histórico preciso: el de la deificación
de los primeros monarcas helenísticos, los Diádocos,
sucesores del gran Alejandro. Nos detendremos un rato en exponer
lo que sabemos de su obra, perdida para nosotros. Evémero
estuvo al servicio del rey Casandro de Macedonia entre el
311 y el 298 a.C. y allí dio a conocer su libro
Hierá Anagraphé, la "inscripción
sagrada". En su aspecto externo se trataba de un relato
de viajes, pero por su contendio era básicamente una
narración utópica (que podría enlazarse
con la República de Platón, la Ciropedia
de Jenofonte y la Atlantis de Critias).
En el libro contaba Evémero su viaje por el gran océano
(el Índico, al surdeste del continente asiático),
donde arribó a un grupo de islas, la mayor de las cuales
era Pancaya, que describía con cierto detalle, como
un antropólogo avante la lettre. Allí
encontró una población dividida en tres clases
y regida por los sacerdotes. Pero lo más importante
es que en una larga incripción sagrada (de ahí
el título de la obra) halló la historia de los
primeros reyes de Pancaya: Urano, su hijo Crono y el hijo
y sucesor de éste, Zeus, así como las hazañas
de los mismos. A estos reyes de gran poder se les había
tendido luego culto divino. Y sus res gestae se habían
exagerado con el paso de los siglos. La conclusión
estaba al alcance de la mano. He ahí de donde venían
los dioses griegos. En esa remota isla oceánica aún
se conserva el recuerdo de lo que fueron, antiguos reyes,
deificados por el culto popular, como los monarcas helenísticos.
El libro de Evémero obtuvo una estupenda acogida por
la actualidad de sus alusiones. El culto divino a los soberanos,
"benefactores y salvadores", de los pueblos, estaba
en el candelero. Ya Filipo y Alejandro habían recibido
honores divinos. En Egipto Tolomeo II y su hermana Arsínoe
fueron deificados y se les adscribió un culto, en Siria
Antíoco II y Demetrio se habían proclamado dioses,
etc. Por otro lado, algunas leyendas locales apoyaban el aserto;
en la isla de Creta se mostraba el sepulcro de Zeus. La revelación
de Evémero se apoyaba, pues, en una sólida base
"cultural". ¿Por qué no iban a ser los viejos
dioses antiguos reyes deificados por el agradecimiento popular
y el olvido histórico?
Ennio tradujo la obra de Evémero al latín. Sin
duda debió de escandalizar a los romanos piadosos y
complacer a los escépticos. Entre los escritores griegos
de su época, Calímaco le reprochó su
elocuencia y su frivolidad descarada, y Eratóstenes
le llamó embustero. A cinco siglos de distancia, Plutarco
le acusa de "haber diseminado el ateísmo por todo
el mundo". A los padres de la Iglesia les fue utilísimo
para sus ataques contra los dioses paganos; de ahí
que lo citen con frecuencia; por ejemplo, así lo hace
Lactancio. Y gracias a ello su intepretación pasó
a los escritores medievales, como un recurso para poder referir
los antiguos mitos sin incurrir en la censura como idólatras.
(*)
(*)
Fuente: Carlos
García Gual, versión parcial de "Interpretaciones de
los mitos: el alegorismo y el evemerismo", en Introducción
a la mitología griega, Madrid, Alianza, pp.167-74.