|
EL VIENTO ARCAICO DE LAS
VANGUARDIAS
Por Esteban Ierardo
El
presente texto es la trascripción corregida de una ponencia que
pronuncié en julio del presente año, 2001, en el marco de las Jornadas
Arte, literatura y vanguardias, que se desarrolló en La Fundación
Centro Psicoanalítico Argentino en la Ciudad de Buenos Aires,
Argentina.
l. A
comienzos del siglo XX, Nolde,
un pintor expresionista, observó sobre el océano una
nubes en el cielo; atisbó el fulgor exultante del sol en
la cúpula. Y pensó: "Tal vez esto que ahora estoy percibiendo
es exactamente el mismo cielo, el mismo sol, la misma nube,
que pudo haber sido percibida por un artista rupestre en
tiempos prehistóricos".
Un artista vanguardista manifiesta así una suerte de paradoja temporal,
enquistada en el corazón de la
vanguardia. Paradoja temporal. Ahora bien, ¿en qué consiste esa
situación paradojal?
Desde su metáfora bélica, la vanguardia alude a aquello que pretende ponerse
delante para conquistar un territorio todavía no descubierto. Sin embargo, el impulso que late en muchas vanguardias es un ir delante que supone la recuperación de
un atrás, de una percepción arcaica y premoderna inscripta en un horizonte mítico. Cuando
Nolde percibe que el sol, que él contempla, tal vez sea el mismo de hace millones de años,
percibe que el tiempo, la sucesión lineal, el devenir, es atravesado por
la eternidad. Esto insinúa una paradoja: encontrar lo eterno derramado dentro del tiempo. Nuestra formación judeo-cristiana nos ha habituado a suponer que la eternidad se plasma como
idea trascendente. Lo eterno es lo opuesto del tiempo; lo eterno sólo late en un más allá.
Por el contrario, la concepción arcaica, inherente a las culturas
tradicionales, estima que la eternidad pulsa dentro de la materia y
dentro de los corredores de la temporalidad
lineal. Así, en un paisaje marino y celeste, Nolde
presencia en un momento del tiempo moderno, la fulguración continua de
una eternidad que escapa a la sucesión temporal.
Paradoja temporal de la vanguardia cuya proa se enfila hacia la
novedad, la modernidad exultante, y que, sin embargo, respira con pulmones
henchidos de un aire arcaico.
ll.
Paul Klee, compañero de ruta de Kandinsky, (ambos
profesores de la Bauhaus, la famosa escuela que buscó la interdisciplina entre las distintas artes), dicta una conferencia en la cual escoge
la imagen del árbol como metáfora del ser creador. El árbol, que es un símbolo arcaico.
Klee imagina que el hombre, o más exactamente el artista, es como el árbol; es decir,
él es la raíz, el tronco, a través del cual fluye la savia de la creación artística. Cuando el artista es el tronco,
por él circula la savia como efecto combinado de la creación de la tierra (lo oculto, invisible, el subsuelo) y los poderes
manifiestos del
cielo y el sol. El artista simplemente es el medium por el que discurre la savia que luego expresa el fruto. Cuando Paul Klee
medita de esta manera la creación, recupera una vieja tradición que en Occidente comienza Platón con el diálogo
Ion, donde el poeta no crea a título personal sino que
es elegido por la musa. Y la musa –que es una suerte de símbolo
mítico del poder creador del inconsciente- plasma y expresa la obra a través del poeta elegido.
El artista que se convierte en tronco o medium de la fuerza creadora
experimenta en sí una espiritualidad inmanente que contrasta
con la trascendencia judeo-cristiana. ¿En qué consiste esta inmanencia
espiritual? La espiritualidad que provee de
savia o fermento creador al artista bulle dentro de la materia. Y en
este sustrato material no impera ley natural como sistema de
regularidades y repeticiones; tampoco existe allí los entramados de moléculas y
átomos. Dentro de la materia-fuente, en la raíz arbórea que nutre al
artista (y este estar-dentro es propio de lo inmanente), truena el espíritu
como proceso incontenible de fermentación o generación de nuevas imágenes. Nuevas combinaciones de
imágenes. Preludios de nuevas
obras.
En definitiva, mediante el artista-tronco-medium se expresa el poder
creador de la Naturaleza. Naturaleza cuyo espíritu es potencia creadora.
Es entonces cuando Klee, en su conferencia, le pide al artista que no sólo sea canal sino
también imitador. He aquí otra paradoja que aflora
desde el espinazo de la vanguardia: la paradoja de la mimesis o
imitación.
Veamos:
Las vanguardias
artísticas también pregonan la ruptura con la mimesis. La
vanguardia brega por eregir mediante la obra mundos diferentes de lo
natural. Un ejemplo paradigmático en nuestra tradición literaria latinoamericana
es Vicente Huidobro y aquellas conferencias sobre el creacionismo que dictó
en Buenos Aires en 1916. Huidobro postula que el poeta debe forjar
metáforas que nos emancipen de una descripción o transcripción mimética de lo
natural. Y ahora, Paul Klee, el pintor vanguardista, nos habla de imitación por parte del
artista; pero ¿cuál es la cualidad de esta mimesis o imitación?
El artista debe imitar no la naturaleza como forma ya instituida, sino
como poder creador de nuevas y cambiantes figuras. El artista es
imitador así no de las piedras quietas y ya talladas que nos entrega lo
natural sino de una continua fuerza de creación. Que creó las piedras y
puede crear el torso pétreo de nuevas e inacabables rocas en el
porvenir.
La meditación de Klee sobre el artista-árbol alberga así tres momentos: 1) regreso al arcaico simbolismo
arbóreo y
vegetal; 2) el artista humano como aquel que expresa la savia creadora
procedente de la raíz; y 3) el creador como imitador de la emanación
genésica, de la facultad generadora de nueva vida y figuras de la
Naturaleza. Así, cuando
el artista moderno vive su modernidad, paradójicamente, vuelve
sobre antiguas intuiciones arcaicas en cuanto al fenómeno creador.
Algo muy semejante podemos atisbar en los bosques de lienzos de Xul
Solar...
lll. Xul
Solar: aquel que tuvo la fortuna merecida de la amistad con Borges, que contribuyó a su difusión, y que aún así sigue siendo bastante desconocido para
buena parte de nuestra sociedad. Xul Solar: aquel que para Borges fue el
espíritu más genial que produjo la historia argentina; aquel que fue respetado por el
surrealismo
europeo; aquel que en su obra pictórica vertió multitud de simbolismos.
En esta ocasión, quisiera simplemente rescatar uno de ellos, que tal vez
reafirma paradoja temporal del artista de vanguardia que restituye
el viento de lo arcaico y lo premoderno.
Xul Solar, lo mismo que Borges, estaba fascinado por el estudio de las religiones, por los mitos, por la
cábala,
por la mística de Swedenborg y de la poesía de
William Blake. Xul Solar
derramó sobre la ciudad el poder extraño de lo trascendente y sagrado. En algunas de sus pinturas podemos encontrar edificios que vuelan, edificios con forma de
barco. La urbe misma que se funde con la figura de la nave marina que se
eleva. Mediante esta imaginería, Xul Solar metamorfoseó lo real
inmediato. En lugar de lo pesado situó lo leve.
Nuestra realidad recibida se vincula con la pesadez de lo
unidimensional. Como pensaba
Marcuse, nuestro mundo cultural tiende a confirmarse a sí mismo, a
repetirse dentro de una única dimensión de la existencia.
Es la pesadez que impide la levedad. La levedad es sinónimo de la proyección hacia la
trascendencia: eso mismo que Nietzsche buscaba para el filósofo danzarín
Zarathustra, aquel que era capaz de proyectarse a los contornos de la esfera celeste, aquel capaz de ser danzarín y leve. Cuando Xul Solar le da levedad al edificio, símbolo de lo urbano
contemporáneo y su pesadez, quizá nuevamente, como artista de vanguardia,
revive una intuición arcaica sobre el poder de la sensibilidad humana.
Una sospecha de los hombres antiguos: nuestro cuerpo físico pesado
habitual, puede ser sustituido por un cuerpo leve, capaz de proyectarse hacia la amplitud de la materia.
Ejemplo de esa anatomía ascensional es el tan empobrecido y tergiversado, hoy por hoy, mundo del
chamanismo. El chamán, como protector de lo sagrado en las culturas antiguas, era
una encarnación de este paradigma o posibilidad de la levedad. En sus
sesiones chamánicas danza enfundado en una vestimenta alada, preñada
de plumas. Anhela abandonar su corporalidad pesada para así devenir
levedad aérea, semejante a la del pájaro, y poder entonces hurgar
geografías ausentes para el ojo físico.
La levedad chamánica, antigua religión del hombre-pájaro, se
entrelaza subrepticiamente con los edificios que vuelan en el lienzo de
un pintor argentino moderno. En el chamán danzante y aéreo y en el artista de la
modernidad pictórica, una misma pulsión: la de la materia que se torna
sutil para que cuerpo y alma se eleven y acaricien la cabellera distante
y flotante del sol.
lV.
Todo obra necesita de forma, de tiempo. Y de espacio. La avidez
exploradora de la vanguardia también puede reanimar antiguas
percepciones del espacio y su amplitud. Ejemplo de esta situación es
Artaud, que me permitiré asociar con las vanguardias. Artaud sostuvo
una famosa disputa con el surrealismo; movimiento del que fue expulsado
a fines de la década del ’20. En el decenio siguiente, escribe los dos primeros manifiestos del
Teatro de la crueldad, donde aboga por una honda modificación del
acto teatral cuya
inspiración es, nuevamente, un paradigma premoderno: el teatro sagrado
de Oriente, el teatro balinés. En este arte arcaica no occidental,
Artaud halla una forma de percepción del espacio totalmente diferente a la nuestra.
Para nosotros, el espacio es continuamente escenografía; es ornamento que
decora las acciones del hombre. El espacio es algo así como un indiferente trasfondo. Recuperar la percepción del espacio que envuelve
nuestros cuerpos, es lo que buscó Artaud a través de su innovación en la técnica del
teatro. Una innovación inspirada por lo teatral oriental, donde la escena no es lo que contiene al actor y su drama, sino
que es un resonante tejido vibratorio, en el que lo profano se abre a
lo sagrado.
Por esta vía Artaud pretende recuperar un espacio vivo en
contraposición a una espacialidad cosificada. En nuestra percepción
corriente, el espacio es una superficie pasiva donde se acomodan nuestras
ciudades, nuestros objetos definidos por nuestro lenguaje. Es el espacio
muerto, mero sostén de nuestro universo de cosas. Un espacio que
soporta y sostiene. En la escena teatral del Oriente, el cuerpo expresa
mediante el dinamismo del gesto y la intensidad colorida de vestuario y
escenografía. Lo gestual es lenguaje preverbal e invocación de fuerzas
sagradas, asociadas con dioses y ancestros, que galopan libres entre los
pliegues físicos del mundo. La concentración en escena de esas fuerzas
cosmológicas y divinas instituye al espacio como red vibratoria de
figuras y colores. El espacio ya no es así pasivo soporte. El espacio
de la escena se convierte así en sitio de
eclosión, circulación y expresión de energías sagradas. La búsqueda
de Artaud de este género de espacialidad desde la exploración teatral
moderna es nuevo signo de la paradójica restitución de un modelo de
percepción ancestral y no occidental. Otro resonar de vientos arcaicos.
V. Pero en el arte de la modernidad vanguardista, como quizá en todo
creador abisal, la perduración del viento arcaico se encastra con una
indisoluble voluntad de añoranza.
¿Cuál es la música de esta añoranza?
En el artista arde una nostalgia esencial. La nostalgia por una suerte de propagación absoluta del éxtasis. Tal vez el
artista es la memoria de un recuerdo atávico. El recuerdo de un tiempo
pretérito donde el hombre era unidad con el mundo, era cuerpo fundido
con la brisa, la lluvia y la tersura azulada del cielo y los fértiles
pechos de la tierra. Aquel hombre perdido vivía una natural tendencia
hacia el éxtasis.
En el arte hay nostalgia por aquel éxtasis. Deseo de restitución del
fervor extático.
El éxtasis permite percibir en cada instante, en cada detalle del mundo físico, un estallido creador, una intensidad
de vivacidad volcánica. No hablamos del éxtasis del arrobamiento religioso que se plasma en
el mundo interior, sino de lo extático como intensificación de la percepción, y como vitalidad y ebullición en cada cosa
percibida. El éxtasis como erotización sensible del mundo. Gracias al
sentimiento extático, la sensibilidad se aproxima, se funde por
momentos, con cada perfil, cada rostro, cada forma y textura en
el espacio. Y allí siempre intuye una ebullición de fuerzas creadoras.
Algo de esa nostalgia por el éxtasis, por la fusión con
la intensidad de cada forma, de cada lugar del espacio,
de cada instante del tiempo, laten en el relato borgeano
El Aleph.
Borges evoca una metáfora, un nuevo silbido,
ulular, de un viento arcaico. Hablamos de una imagen
de origen mítico que nos dice que Dios es algo así como
un gran círculo, una esfera, cuya circunferencia no está
en ninguna parte y su centro palpita en cada sitio.
Imaginar una circunferencia cuyo centro
refulge en cada lugar supone modificar nuestra percepción
del espacio. El espacio pierde su apariencia serena y conocida.
Y se transforma en territorio de epifanía, de manifestación
de un calor vital. La divinidad ya no está lejos sino que
rebulle dentro de la materia. Es así tal vez que en cualquier
punto del espacio físico puede chispear ese "centro
creador". Tal es El Aleph, que Borges contempla
en el escalón de una escalera de un sótano en la calle Garay,
en Constitución. Ante ese mágico sitio el escritor moderno
vuelve a intuir en una cercana brizna del espacio una vieja
visión de la totalidad.
|