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EL
EROS, LA PALABRA Y EL CUERPO
El
pensamiento de Sade y las fuerzas del erotismo
Por
Esteban Ierardo
La obra del Marqués de Sade
invita a rápidas simplificaciones o imágenes estereotipadas.
Durante el siglo XX, diversos pensadores (Bataille, Blanchot,
Foucault, Klossowski, Barthes, Deleuze) han hurgado en su complejidad. Lejos del
libertino de la rápida lujuria, Sade crea una trama
compleja donde se unen su natural predisposición al libertinaje, su
identificación con el pensamiento ilustrado, y los efectos de sus
largos enclaustramientos en diversas prisiones. En Sade, la
práctica libertina, y sus perversiones intrínsecas, componen la
urdimbre de una filosofía que no conciente en la efusión erótica
fuera de una previa fundamentación racional. Los aspectos
progresistas de Sade, como su puja por la emancipación de los
instintos, conviven con la distorsión del placer que goza las
flagelaciones y sufrimientos de la sumisa víctima del libertino.
En el extenso ensayo que presentamos aquí exploramos diversas
estancias del pensador sadiano, para acompañar sus profundidades,
sus torbellinos de exceso. Y para deslizarnos luego a otra experiencia del
misterio del eros.
E.I
EL
EROS, LA PALABRA Y EL CUERPO
El
pensamiento de Sade y las fuerzas del erotismo
Por
Esteban Ierardo
I
Los cuerpos se acercan. Manos y dedos masculinos devienen pequeñas llamas,
que se avivan. La verticalidad erecta del hombre busca superficies,
grutas, entradas de la mujer dentro de la penumbra. La penetración del
deseo se adentra en las aberturas. Pero lo que calienta las pieles
que se rozan y enzarzan, no es el placer sin disturbio. El goce no
es aquí el felino que corre feliz en una pradera sin rocas ásperas,
o sin la amenaza de rayos inquietantes.
El goce está contaminado. Contaminación no como mezcla de una
diversidad que enriquece. Lo que contamina aquí es lo que invade.
Es lo que goza con un invadir que destruye, que golpea, flagela, y convierte a la mujer atrapada por el libertino en cuenca pasiva desgarrada por el sufrimiento. Un sufrir
calculado con
antelación. El marqués entonces entrega a sus víctimas a la
lujuria de sus libertinos ilustrados. Y lo lujurioso puede acercarse
hasta el foso de la muerte. En la carne penetrada, golpeada,
flagelada, hasta el roce con el crimen, el libertino cree que erupciona el placer más
intenso. Placer de la flor perversa que nace desde las aberturas de
un cuerpo de mujer, que no es reconocido como templo sagrado,
sino como patíbulo legitimado por justificaciones argumentales, por una dialéctica fundamentadora
del exceso cruel.
En el siglo XVIII, el misterio del eros perdido (que aún vivía en
el Renacimiento de Bruno o Ficino), provoca la desesperación de una
razón que razona para recuperar una sensualidad obstruida,
reprimida, que no nace con espontaneidad. Lo erótico ausente,
ahora, en el universo sadiano (que es el acantilado de una
racionalidad que autojustifica su violencia), es perseguido desde
espasmos, arrebatos desesperados, surcos violentos sobre la mujer
que ya no es voz de la tierra. Sólo piel silenciada. Sangrante.
Ensayaremos visiones del placer, supuestamente liberado, en los
ríos hirvientes del universo sádico. Nos concentraremos en una
indagación principalmente filosófica del pensamiento del marqués;
no en una navegación concentrada sólo en la variedad de sus obras
literarias y personajes. Buscamos al pensador que primero piensa,
y sólo luego practica el libertinaje. Y en una exploración se describe para
comprender, cartografiar, para luego continuar hacia otras bahías, de un azul
acaso más poderoso. Recorreremos parte del reino del libertinaje sadiano, para
después hurgar un eros desconocido, o imposible, dentro
de sus fronteras.
Por diversos senderos, Bataille (en El erotismo), Blanchot (
en Lautréamont y Sade), Adorno y Horkheimer (en su Dialéctica
del iluminismo),
descubren en la supuesta liberación sádica la conmoción de una
ética del placer que apela a la libertad para una libre
autodestrucción del eros. Y lejos de la imagen banal del Sade
promotor y partícipe de orgías clandestinas, el "divino
marqués" es un pensador complejo. Es un librepensador, un
filósofo ilustrado que despliega la escena para el placer mediante
una previa fundamentación argumental, racional, obsesiva, rayana en la
desesperada avidez de una nueva certeza.
En el siglo XVIII ilustrado, entre aguas postcartesianas, el
cuerpo y el instinto es lo perdido por la larga diatriba cristiana
contra la sexualidad como sensualidad no reproductiva. El eros como
vida de lo sensual intenso es lo sepultado por la inquina
sacerdotal contra lo corpóreo. Pero también por la voluntad de
racionalización del todo por la razón iluminista. Sade respira con
la conciencia de la pérdida de la salud superior del cuerpo y el
placer. Pero su recuperación es sólo desde la cabalgadura del
dragón helado de la razón. Sade, pensador de la ilustración, no
sabe (o no puede, por una fatalidad epocal) convocar el vitalizante
exceso erótico fuera de una precedente legitimación racional. Es la
paradoja del libertino que por la acumulación del frío pretende el
resurgimiento del fuego. La razón que invoca o fundamenta en exceso
los derechos del placer, racionaliza y distorsiona el manantial del
placer. Lo violenta. Entonces, sólo por el arrebato violento,
desesperado, la cerebración del argumento ético-libertino fuerza
el retorno de la vida como exceso de energía. Si sólo por lo
helado se convoca lo encendido, el placer tendrá que reconciliarse
con el sufrimiento, con el dolor de la imposibilidad, con el
imposible salto desde una atalaya racional hacia el mar embriagante
del eros ( ese "mar por beber" como Foucault entreve desde
su lectura de Sade). El placer se nutrirá de la imposibilidad
sufriente, antes que de su real liberación. Será placer-dolor. Lo
sádico.
El placer libertino concluye así encriptado dentro de su impotencia
dolorosa. Como el propio Sade, prisionero durante buena parte de su
existencia. Pero el eros que libera el marqués es quizá sólo el
reflejo menguado de un resplandor cuya fuente se halla más lejos,
en otra latitud del mar. Acaso en Oriente, en la sexualidad
ritualizada del tantra. Quizá en la exploración asombrada del
cuerpo de mujer, donde el eros es vida que se incendia. Una llama
que sólo descubren amantes religiosos. Por ella, hombre
y mujer saben que el placer es pensamiento-sensación. Que piensa lo
vivo como el estallido. Del calor. Y de frescas aguas. Recién
nacidas.
II
Y el marqués deambula entre las paredes, dentro de la geometría
gris de la prisión. Poco tiempo conoce los perfumes de un cuerpo
libre. Sabe, sí, del ritmo de las piernas libres en su infancia y
juventud, luego de su nacimiento en 1740. Su nombre: Donatien-Alphonse-
Francois, Marqués de Sade. Nace en una familia de abolengo
aristocrático. Cuando su corazón es todavía púber, estudia en un
monasterio benedictino y en un colegio jesuita. Luego, con una estampa
ya más fortalecida, monta a caballo. Cabalga como jinete orgulloso
de la Caballería de la Guardia Real.
Y en 1759, sigue aparentemente el curso de las tradiciones: contrae
matrimonio con Renée-Pélagie Cordier de Launay de Montreuil. Su
cuñada será fuente de continuos tormentos, y de violaciones de su
derecho a la libertad, de las que sus futuras cartas son testimonio
(1). Quizá su rápido vínculo nupcial, y su rápida decepción
ante una mujer helada, "fría y devota", detona su
voluntad más potente y dormida: su deseo de quebrar viejos caminos
antes que de continuarlos. Y tal vez la burla de las ilusiones
conyugales lo impele hacia lo más deseado: el desenfreno, la
experimentación con un goce que decapita normas, y enciende las
hogueras de lo prohibido. En muchos cuerpos.
El marqués así disfruta su primera orgía, el comienzo de la
desmesura libertina. Y por primera vez, siente un roce opresivo
sobre sus hombros; y cadenas en tobillos y manos: el comienzo de la
ceremonia del encierro, su largo transitar por un tendal de
prisiones.
Su bautismo negro de hombre encarcelado es en la Torre de Vicennes,
en 1758. En 1765 recupera el aire fresco. Y se afinca en su castillo
de La Coste (no en vano ostenta el título de marqués). Allí
comienza el perfeccionamiento del deseo ardiente. Se aboca a cinco
años de intenso libertinaje. Pero en 1772, en la mediterránea
Marsella, avanza hacia niveles más ambiciosos de aprendizaje. En
una sola jornada, decide mejorar lo ya aprendido en un día de
alegre bacanal compartida con su lacayo Latour. La mirada pública ya no lo ignora. Sus demandas por el goce
liberador apabullan a la autoridad, más eficaz para
reprimir que para tolerar o emancipar. Es condenado a la horca. Pero
huye a Cerdeña. Allí es nuevamente detenido. Pero repite la fuga.
Y deambula por múltiples caminos, entre bellos paisajes itálicos.
Regresa a Francia. Y el ojo censor de la ley no tolera recibir su
imagen, comprobar su presencia visible, libre. Necesita desplazar al
libertino hacia un cono de sombra. De nuevo entonces conoce el
marqués el encierro en Vicennes, entre 1774 a 1778. Aquí escribe
El diálogo entre un sacerdote y un moribundo.
Y después la prisión cambia de fachada y nombre: es ahora la
Bastilla, el símbolo de la arbitrariedad del Antiguo Régimen, del
poder despótico del monarca borbón sobre la vida y la muerte. La
cárcel real que conocerá los derrames de sangre furiosa en el
comienzo de la futura Revolución. Dentro de los muros de la
monarquía carcelaria escribe Sade parte de sus obras fundamentales:
Los 120 días en Sodoma o La Escuela del libertinaje (1785);
Aline et Valcour ou le Roman philosophique (1786); Los infortunios de la virtud
(1787) (la primera
versión de Justina, que luego Maurice Heine, admirador y defensor
del marqués publicará en 1930); la novela corta Eugenié de
Franval (1788); y en el misma año escribe Justina o los
Infortunios de la Virtud (segunda versión de las desdichas de
Justina).
Ya es 1789. La marea de sansculotes y cabezas desmembradas se
acerca. A través de las ventanas de la Bastilla, el marqués pide
auxilio, grita y denuncia una inminente ejecución en masa de los
prisioneros. Arriba entonces a lo que será su hogar final: el Asilo
para locos de Charenton. Su mal no es ya el desprecio de las buenas
leyes; su nuevo infortunio es su condición de víctima de la
alineación mental.
Y la aristocracia de Versalles, y la realeza almidonada, conoce los
primeros brotes del abismo entre las ricas telas de su vestuario
privilegiado. La revolución libera al supuesto alienado. Desde 1790
a 1801 el marqués es libre para caminar, para abjurar de su pasado
aristocrático (que nunca desaparecerá; sólo se sublimará), para
sumarse al calor revolucionario, para oficiar como Secretario de
Piquetes, para participar en la reforma de los hospitales de París.
En 1791 incursiona por la creación teatral con Oxtiern, o las
desgracias del libertinaje. Pero en 1795 de su pluma estalla quizá su obra fundamental en cuanto a
la densidad y concentración de argumentaciones
"ilustradas" de la ética libertina: La filosofía en
el tocador. En 1797 deviene escritura la también fundamental La nueva Justina o los
Infortunios de la virtud seguido de la Historia de Julieta, su
hermana (o las prosperidades del vicio). Las
dos hermanas, arquetipos de la virtud sufriente la una, y del deseo
desinhibido la otra, respiran ya dentro del universo sadiano.
Pero los demonios de los barrotes carcelarios, o las guillotinas
amenazantes no olvidan su existencia. Primero el Comité de
Salvación Pública de Robespierre y Saint-Just lo condena a muerte
por moderado; es decir: por presunto contrarrevolucionario. Logra,
como en otras ocasiones, la fuga. Pero en 1803, el poder que cambia
de signo (signatura napoleónica), pero no de voluntad coactiva, lo
enclaustra nuevamente en Charenton, para impedirle ya cabalgar libre
con la llama intoxicante de su deseo.
Pero el libertino no es plenamente prisionero si su escritura es
libre. Conserva parte de su libertad si, por los signos escritos,
puede evadir su encierro y acalorar con el placer de lo prohibido a
sus lectores, o a los que, sin el privilegio del leer, escuchan de
narradores orales las historias del marqués.
Su verdadero encierro es la prohibición de su escritura, antes
que el encarcelamiento de su cuerpo lujurioso. Entonces, su escritura
debe ser demolida, silenciada, desterrada hacia lo imposible.
Así, en 1808, el Ministro Montalviet corta la lengua libertina que
se expresa por el papel: "…el Sr. de Sade será alojado
en un local completamente aislado de modo que toda comunicación
ya sea con el interior o el exterior le sea prohibida. Aun contra
cualquier pretexto que invocase, se tendrá especial cuidado
de prohibirle todo uso de lápices, tinta, pluma y papel…"(2).
Y en 1814, el gran libertino encarcelado se extingue. En Charenton
deja su testamento, en el que pide ser enterrado sin féretro, para
así nutrir los árboles y la tierra: "…Una vez tapada, la
fosa será sembrada de bellotas, para que en el futuro se confunda
mi sepulcro y el bosque"(3).
El libertino desea disolverse en la tierra, en la naturaleza. En la
gran Madre de las creaciones y las destrucciones. Que, siempre fue,
para el marqués de la desmesura, el único altar de la verdad.
III
Aun el individuo más genial no puede superar las murallas-límites
de su época. Los muros que distinguen lo pensable de lo impensable
para un tiempo dado. Sade respira iluminismo. Es hombre del siglo
XVIII. Recibe entonces ya ciertas corriente de ideas que, por caminos diversos,
confluyen en la bahía de la Naturaleza como modelo máximo del
conocimiento racional o ilustrado.
Pero en todas las colinas que recorreremos para escrutar la
relación naturaleza-saber en el siglo de las luces, que es suelo
pre-dado para la experiencia sádica, lo natural es siempre lo
subsumido dentro de un pensamiento o representación apriorística
ordenadora. Es el primado de una naturaleza pensada que se
yuxtapone, como presión que reprime u olvida, sobre la naturaleza
como existencia otra, independiente de un mapa racional proyectado
por el sujeto.
En el Renacimiento fue primero el universo como organismo. El siglo
XVI es cauce de libre circulación de un hermetismo y neoplatonismos
exultantes, que contienen y reviven la idea platónica de un Alma
del Mundo, de un universo animado, dotado de una viviente
inteligencia universal. La naturaleza así posee vida propia. Es
cuerpo vivo al que le es inherente un lenguaje que permite descifrar
su estructura íntima (como libro de los caracteres matemáticos, en
la física de Galileo), o como tejido de símbolos (en las atalayas
de la filosofía hermética, gobernada por Paracelso, John Dee,
Agrippa o Giordano Bruno).
En el siglo XVII, en Inglaterra, la naturaleza es la base sensorial
del conocimiento. Una gnoseología de raíz empírica por la que
maduran las cepas medievales de la tradición franciscana de la Edad
Media. Las alabanzas de San Francisco de Asís al mundo creado son
recuperación de la dignidad de lo visible, de lo individual y
particular. En el sol o la luna baila también lo divino. La
influencia franciscana en las tierras de Ricardo Corazón de León
conduce primero al franciscano Roger Bacon a sentenciar que toda verdad nace
primero de la experiencia; y, luego, Francis Bacon, en su Novum
Organum, libera el compás que traza el círculo
completo del inductivismo. Sólo desde una serie de particularidades
observables, repetidas, regulares, es dable el posterior salto a la
ley universal, no directamente perceptible, y más cercana a una
intelección racional.
John Locke legitima a la experiencia sensible como manantial de las
sensaciones que, luego, permiten la composición del pensar lógico
en su Ensayo sobre el entendimiento humano (1690). El
escocés David Hume agrega nuevo granito a la torre empirista en su Tratado
de la naturaleza humana (1740) y su revisión posterior
Investigación sobre el entendimiento humano (1748).
En el empirismo filosófico la sensación se transforma en fuente de
un saber
racional universal. En esta universalidad, la sensación o lo
particular nunca desaparece completamente en su singularidad. Sin
embargo, la sensación que antecede y posibilita la idea racional no es
sensación pura. La sensación que origina el
concepto ya es concepto. Por lo que las sensaciones, procedentes
de una exterioridad natural, y legitimadas como fuente de la
racionalidad cognoscente, pertenecen ya a una naturaleza pensada
antes que percibida.
Las implicaciones de la naturaleza-pensamiento son más
transparentes en la filosofía cartesiana, en la que la naturaleza
sólo es en tanto representación.
En sus Meditaciones metafísicas (1641), Descartes aspira al
descubrimiento racional de una verdad inmune a toda duda. Ansía
continuar la tradición de la filosofía primera de raigambre
aristotélica que confía en el poder de la razón para descubrir la
estructura objetiva del mundo. Para alzarse nuevamente sobre la
fortaleza de la certeza racional, el pensador francés debe lidiar
con los peligros del escepticismo. Mediante el método de la duda
metódica, arriba a la verdad que no puede ser herida ni debilitada
por ninguna dubitación. Aquí, fosforece la célebre cima del cogito,
ergo sum. Lo único verdadero es la res cogitans, la
dimensión mental, psíquica, racional, conceptual de la
subjetividad pensante. El cuerpo, la exterioridad, la res
extensa, es acribillada por la duda al final de la primera
meditación. Y, antes, las sensaciones son denunciadas como
engañosas y como fuente de error, como un peligro que debe ser
extirpado por el bisturí de la demostración lógica. El afuera,
dimensión ontológicamente inferior, y dudosa en su propia
realidad, sólo podrá ser recuperada por la mediación de Dios, no
como pulsión luminosa revelada, sino como categoría filosófica
natural, tras su previa demostración racional. La divinidad
racionalizada, asegura, por su bondad intrínseca, la adecuación
entre los contenidos del intelecto, sus ideas innatas, su osamenta
racional a priori, y la empiricidad del mundo exterior. La
naturaleza, así, sólo ingresa en el saber en tanto sometida a una
razón todavía asociada a un entendimiento humano finito, que
admite su subordinación a un entendimiento infinito divino.
La naturaleza sólo es cognoscible como máquina universal, como
orden apodíctico de leyes universales inquirido por las
matemáticas, y por el propio filosofar. Nuevamente, la naturaleza
únicamente es en tanto naturaleza pensada. Su
extensión material contiene una estructura inteligible en tanto
existe no en un afuera independiente de la subjetividad, sino sólo
como su representación. Nueva figura entonces de un orden
material urdido desde la médula del racionalismo fundacional del
siglo XVII, contemporáneo del protestantismo, la contrarreforma y
el barroco.
Y, efectivamente, la naturaleza como entidad representacional del
sujeto, es confirmada desde un ejemplo del barroco pictórico. Tal
como lo evidencia el análisis de Las meninas de Velázquez
que ensaya Foucault en Las palabras y las cosas. En su
célebre obra, el pintor sevillano pinta la representación desde
una mirada racional del espacio y su pluralidad de formas y seres (4).
Heidegeer habla de la modernidad como La época de la imagen del
mundo (5), desde el ejemplo arquetípico del pensar racional
cartesiano. En toda cultura anida una Weltanschauung, una
imagen del mundo; pero la singularidad de lo moderno es que ahora el
mundo es en sí mismo imagen mental, la proyección de una
representación racional que, con violencia, niega la condición no
conceptual de la materia y lo sensorial, del color y los objetos.
En el siglo XVIII, los ojos luminosos de la razón que columbran lo
cercano y lejano se sobreexcitan. Es el tiempo de la Ilustración (Aufklärung),
del Iluminismo, el Siglo de las Luces. Ilustrar, iluminar, el emanar
de la luz natural de la razón que emancipa, libera, que impulsa al
hombre hacia la esgrima del libre pensamiento y las estocadas contra
el cuerpo opaco, estriado, de las tradiciones, las supersticiones,
las falsas y pretéritas antorchas del saber teológico y su luz
sobrenatural. Ahora, el saber ya no es parido por la luminosidad
suprasensible, sobrenatural: por la luz del dios espiritual más
allá de la sal terrestre. La luz del saber ya no eclosiona desde la
revelación, o desde la gracia de una iluminación interior.
Ahora es la luz mundanal, horizontal, histórica, humana, irradiada por el faro de lo racional. La ilustración continúa la
identificación luz-verdad, oscuridad-mentira, nacida del dualismo
religioso pérsico; y que, luego, serpentea
también en el platonismo y la metafísica de la luz medieval. La
luminosidad del dios de la Edad Media que, a través de su
equivalente metafórico, la luz física solar, se vierte por los
vitrales de las iglesias góticas. Revividos templos solares.
El iluminismo, en su complejidad propia, divide aguas respecto al
lugar de la luz divina creadora. La ilustración deísta,
encarnada ejemplarmente en Voltaire, acepta aún el origen divino
del mundo. Pero Dios es ahora únicamente el gran relojero. Crea el reloj. Y,
luego, la santa relojería funciona por sí misma, desde la
autonomía de un mecanismo repetido de leyes regidas por el nexo
causa-efecto. Luego de la creación del reloj infinito, el relojero
creador ya no interviene. No hay lugar entonces para el milagro, para la reaparición de la divinidad dentro de la naturaleza. Que
ahora sólo abre su médula a un conocimiento humano gobernado por
el análisis racional, por la hipótesis y la verificación
científicas. Sin necesidad ya de ninguna revelación trasmundana.
Pero el otro rostro de la dualidad jánica ilustrada respecto al
origen del universo asume también otro rumbo que será el
presupuesto principal de la ontología y ética sádicas. En 1770,
el Barón D' Holbach publica Sistema de la naturaleza
(6).
La materia ahora se autofunda, no es efecto de una causa espiritual.
La inteligencia divina extracorpórea, sobrenatural, es la sombra de un error ya superado. El universo es orden que se genera
a sí mismo. La conciencia es efecto de una materia, cuyo orden universal
sólo es cognoscible por la razón.
Sade admira a D' Holbach y a La Mettrie. Y en él también resuenan los
ecos del materialismo filosófico (bajo sus ya mencionados ropajes
empiristas en Locke, Hume, o Hobbes). También, desde un oscilar que
va de la celebración al repudio, bebe del lirismo del Rousseau que
enaltece a la naturaleza como lugar de la verdad en su Discurso
sobre las ciencias y las artes, el Emilio, o las Ensoñaciones
de un caminante solitario. Y, al mismo tiempo, desprecia el Contrato social y su ideal de igualitarismo, su
doctrina de unos supuestos derechos naturales que legitiman una
igualación entre los hombres.
Así, desde las velas del materialismo filosófico, Sade piensa la naturaleza como cascada de la ley, de la verdad:
"¡Oh,
movimientos sagrados, audaces impresiones,
Sed
siempre el objeto de nuestros honores,
Los
únicos que pueden ofrecerse en el culto de los
Verdaderos
sabios,
Los
únicos en todos los tiempos que deleitan su corazón,
Aceptemos
su imperio y que su violencia,
Subyugando
nuestras mentes sin la menor resistencia,
Convierta
impunemente nuestros placeres en leyes:
Lo
que escribe su voz basta para nuestros deseos.
Sea
cual fuera el desorden donde nos conduzca
Debemos
aceptarlo sin pena ni remordimientos,
Y,
sin consultar nuestras leyes ni nuestras costumbres,
Entregarnos
ardientemente a todos los excesos
Que
siempre nos indica la naturaleza con sus manos.
Respetemos
siempre su susurro divino.
Los
más preciado para sus planes
Es
lo que inútiles leyes castigan en todos los países.
Lo
que parece al hombre una terrible injusticia
No
es más, para nosotros, que el efecto de
Su
mano corruptora" (7).
Sade, pensador ilustrado, cuando piensa la naturaleza no la percibe
en su presencia sensorial propia. Para el marqués, sólo por la
argumentación racional la naturaleza es entendida como
fuente de toda verdad. El universo natural sigue inscribiéndose
así dentro del paradigma ilustrado, racionalista, de la naturaleza
pensada. Sin embargo, esto no anula el reconocimiento de la
superioridad y prioridad de la sensación respecto a lo
racional.
La voluptuosidad sadiana se libera dentro de este paradigma. El
deseo del libertino extenderá su explicación racional de las
demandas voluptuosas (como leyes imperativas de la naturaleza) hasta
sus últimos límites. Pero luego de traspasar la frontera de la
naturaleza-representación y de penetrar en lo natural como flujos
de fuerzas, intensidades y exaltaciones libidinales.
Esta dinámica del pensar sadiano es advertida con lucidez por la hermenéutica
foucoultiana en la ya mencionada Las palabras y las
cosas.
Foucault plasma una historia del vínculo palabra-naturaleza,
lenguaje-mundo bajo la instigación borgiana de El
idioma analítico de John Wilkins
(8). Una enciclopedia china, define e integra diversas especies de seres reales, abiertamente irreales, o entidades de
distintos tipos. Este encuentro heterogéneo de términos
lingüísticos abre la problemática de su no adecuación con un
mundo exterior, verificable empíricamente. Esta no adecuatio
detona un conjunto de meditaciones particulares sobre el acto lingüístico.
La inexistencia de un horizonte
exterior que contenga entidades que sólo son en su enunciación,
revela un mundo que sólo existe como representación que se abre
dentro de los pétalos verbales del lenguaje. Esto es lo propio de
la edad clásica, de la época cartesiana e ilustrada en la visión
foucoltiana. El mundo sólo es como representación. Pero el poder del
mundo-representación es, a su vez, el ocultamiento de su límite. En la
interpretación del autor de Histoire de la folie à l’âge
classique, la exaltación y derrumbe del representar confluyen
en Sade. La filosofía en el tocador es el ejemplo modélico de
este movimiento dúplice. Antes de la erupción del placer los
libertinos, capitaneados por Dolmancé, se embriagan con diálogos
filosóficos que despliegan un teatro o escena previa para la
liberación de lo pulsional reprimido. Este teatro pre-dado es el
espacio representacional en el que se dramatiza luego la orgía
libertina. La racionalización que legitima el estallar del deseo
es, primero, frialdad deductiva, asepsia argumental, un horizonte
precedente de enunciados. Pero cuando la
propia razón abre las ventanas a la tempestad orgiástica, la
serenidad razonante previa explota. El instinto invocado por la
mesura del logos incendia los cuerpos (y, como se verá, el propio
poder representacional del sujeto). Lo racional sádico, en su
extremo refinamiento, exagera hiperbólicamente las justificaciones
argumentales de la ética del placer. Pero en la tensión máxima
del arco, éste se quiebra. Arde consumido por la flecha del deseo
que, finalmente, se libera. Y, en un movimiento circular, vuelve
sobre la racionalidad representacional. Para desmoronar el poder
mismo del representar. Foucault entonces afirma:
"Sade llega al extremo del discurso y del pensamiento clásico.
Reina exactamente en su límite. A partir de él, la violencia, la
vida y la muerte, el deseo, la sexualidad van a extender, por debajo
de la representación, una inmensa capa de sombra que ahora tratamos
de retomar, como podemos, en nuestro discurso, en nuestra libertad,
en nuestro pensamiento. Pero nuestro pensamiento es tan corto,
nuestra libertad tan sumisa, nuestro discurso tan repetitivo que es
muy necesario que nos demos cuenta de que, en el fondo, esta sombra
de abajo es un mar por beber. Las prosperidades de Juliette son
siempre solitarias. Y no tienen término" (9).
La representación racional que legitima la liberación del deseo,
se disuelve por esa liberación. Y entonces asciende "esta
sombra de abajo", "un mar por beber", el líquido
caliente y pre-racional de los cuerpos excitados, flotantes sobre
olas de instinto. Pero para beber ese mar es necesario otro
movimiento precedente: la muerte de Dios…
IV
La
audacia sadiana perpetra el asesinato de la divinidad cristiana,
antes de ese idéntico acto proclamado por Nietzsche en el aforismo
125 de La gaya ciencia. En La Filosofía en el tocador,
y en otros diversos pliegues de su obra, mediante la voz de sus
libertinos, Sade teje una larga constelación impugnadora de la idea
de Dios. Acaso su paso juvenil por aulas jesuíticas lo predispone a
un análisis exhaustivo de las causas de las acciones viciadas de
engaño y error. Mediante sus ejercicios espirituales, los jesuitas
despliegan una casuística de autoindagación rigurosa a fin de
desnudar el trasfondo de la acción pecaminosa. Como lo sugiere
Francine Duple Ssik Gray (10), Sade adopta este rigorismo teológico
que busca la depuración
del error, pero para invertirlo, para convertirlo en fundamento de una ética
libertina.
En Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos
(libelo anónimo incluido dentro de La filosofía en el tocador)
es negada la condición innata de la idea de Dios, cuya existencia racional
pretendía ser demostrada en la tercera meditación
cartesiana. Toda idea o principio es un juicio, y nace de la
experiencia de los sentidos. La idea de Dios nace del miedo que
impide el razonar. El ateísmo es aire puro para un
hombre libre. Pero, advierte el libertino anónimo imaginado por
Sade, si el hombre necesita de un culto religioso, la
única dimensión cultual aceptable del pasado es la que invoca a
los dioses paganos. En el clima turbulento de la Revolución
Francesa, renace el embrujo por el heroísmo, la moral cívica y la magnificencia
ética de las deidades del paganismo romano. El dios de las grandes
religiones monoteísta, la divinidad pregonada por Moisés,
Jesucristo, o Mahoma, es la hiedra de la manipulación sacerdotal.
La supuesta santidad o sacralidad del dios omnipotente cristiano
encubre su impotencia para intensificar la energía vital.
Situación opuesta a la del paganismo de Roma:
"Puesto que creemos en la necesidad de un culto, imitemos el de
los romanos; las acciones, las pasiones y los héroes; esos eran sus
respetables objetos. Semejantes ídolos elevaban el alma, la
electrizaban; y aún hacían más: le comunicaban las virtudes del
ser respetado. El adorador de Minerva quería ser prudente. El
coraje latía en el corazón de aquel a quien se veía a los pies de
Marte. Ni uno solo de los dioses de esos grandes hombres estaba
privado de energía; todos hacían pasar el fuego que los abrasaba
al alma de quien los veneraba" (11).
El dios cristiano es vacío, abstracción, extracción de la sangre
vital, trepanación del coraje y lo heroico de los pechos antes
inflamados de aire antiguo, pagano. Y lo cristiano tampoco puede ser
acicate para el arte porque "no ofrece nada a las grandes ideas
que ningún artista pueda emplear sus atributos en los monumentos
que crea; incluso en Roma, la mayor parte de las bellezas de los
ornamentos de los palacios de los papas tiene su modelo en el
paganismo y mientras exista el mundo sólo él animará la palabra
de los grandes hombres" (12).
El abstracto dios sin extensión cristiano es la mentira que niega
la vida. La vida como fuerza sensorial. Como rotaciones cambiantes
de colores de una esfera que refleja, de nueva manera, una luz
constante. El teísmo crístico repudia el vino de la embriaguez
pagana. Por eso, de sus copas ni el arte ni modelos superiores de
moralidad podrán brotar como cascadas.
V
Un estratégico nido de águila sadiano contra la ilusión religiosa
monoteísta se concentra en su Diálogo entre un sacerdote y un
moribundo.
El sacerdote pide el arrepentimiento al moribundo. Si el infortunado
acepta el sacramento de penitencia recibirá las mieles de la
salvación.
Pero el discurso del moribundo se abroquela con firmeza frente a la
exigencia cristiana. El desfalleciente sólo acepta el no haber
cultivado, con el debido exceso, sus apetitos y pasiones. El ser
pasional es previo al sujeto racional. El fin de la vida es el
placer. Momento epicúreo en la discursividad del moribundo,
remisión a la filosofía helenística de Epicuro de Samos, que
rechaza toda perturbación de la ascensión humana hacia la cumbre
de lo placentero. Pero los placeres en la disciplina epicúrea son
muy distintos a las apetencias sadianas. El griego aspira al
refinamiento de la serenidad contemplativa, al goce de la
especulación intelectual, a la camaradería o a la dicha de la liberación del dolor, o
de su amenaza (13). Mas, a pesar de los contrastes, entre el hombre
que languidece y la filosofía antigua reina el acuerdo tácito en
cuanto a que el hombre debe aceptar y seguir las inclinaciones de la
naturaleza.
El moribundo se arrepiente sólo por no haber seguido lo suficiente
"la omnipotencia de la naturaleza". Una insuficiente
obediencia producto de la influencia de "tus sistemas" (le
reprocha a su interlocutor sacerdotal el convaleciente) que niega
"la violencia de los deseos".
Pero el moribundo y el sacerdote en algo coinciden: la naturaleza
está corrompida. Dios creó el hombre con libre albedrío, para que
tengan peso sus acciones libres. Pero el moribundo reprocha que Dios
debió saber anticipar las desviaciones humanas. ¿Por qué no lo
llevó por el buen camino entonces?
El sacerdote replica: ¿quién puede comprender los caminos que Dios
tiene reservado para el hombre? La acción divina actúa en una
virtual suprarracionalidad desde la que la aparente contradicción
se disuelve en una determinación positiva, aunque ésta sea
incomprensible para el hombre. Es la situación de Job, víctima en
apariencia de una injusticia divina, pero que debe aceptar
finalmente la indiscutible superioridad de la justicia del Padre
Creador (14).
Pero el moribundo ametralla el optimismo sacerdotal: no es posible
comprender la verdadera causa de la naturaleza. Porque "la
naturaleza se ha hecho por sí misma". No hay un dios
(misterioso) más allá. Sólo es viable la apelación a la física
para una comprensión del mundo natural, sin prejuicios dogmáticos.
Ya no se justifica beber el elixir de ningún supuesto Dios
suprasensible.
El moribundo es denunciado como ateo, como sociniano (15). Y el que
convalece critica al sacerdote por su insensata multiplicación de
entidades que conspira contra las virtudes de la simplicidad. Un
olvido de las bondades de la navaja de Guillermo de Ockham, y su
llamado a una economía de principios. Pero la arremetida del hombre
exánime continúa: no se puede creer en lo que no se comprende. Un
dios no demostrable por la razón es inútil. Es quimera. Porque
para conocer es preciso acudir a los sentidos: "Sólo me rindo
a la evidencia y lo percibido por mis sentidos. Donde éstos callan
mi fe es impotente" (16). En una similitud con la tesitura
kantiana, lo divino no es cognoscible. Pero Kant también agrega que
la cognoscibilidad se compensa con un acceso a un absoluto moral,
que emplaza entonces a la religión dentro de los límites de razón
(17).
El más allá es un sofisma. De odres naturales el hombre recibe el
deseo, como único camino hacia la virtud. La virtud no es efecto
del libre albedrío, sino de una naturaleza que se impone con
"fuerza irresistible". La tan mentada libertad no es en
esencia distinta de la necesidad. El vivir emancipado, como lo pensara
también la ética de la transvaloración nietzscheana, es acatar lo
que es necesariamente, como dimanación querida de un destino (amor
fati).
Aceptar una legalidad normativa que se impone con fuerza imperativa
es propio de la filosofía sadiana y de la ética kantiana. Esta
relación motiva el interés lacaniano por enlazar, tras sus
diferencias, una identidad entre ambos pensadores, que se sustenta
en la obediencia de lo que se impone de forma asertiva. La
universalidad de la ley en Kant es pura, formal. Es es el imperativo
categórico que demanda que la máxima de la acción del querer
subjetivo del individuo, elevado a lo universal, no produzca
contradicción. El mediodía iluminador no es aquí el goce, sino la
acción virtuosa que confiere al individuo la condición de ser
digno de ser feliz. El bien es ceñirse a una normativa racional y
coactiva. Sade, en la visión de Lacan, invierte o metamorfosea el
imperativo kantiano. La brisa a celebrar no es la adecuación formal
a la legalidad moral sino la adhesión al goce, como obligación del
exceso. El imperativo sadiano del placer adquiere así la posible
formulación de: "…tengo derecho a gozar de todo tu cuerpo...
y ese derecho lo ejerceré sin que
ningún límite me detenga el capricho de las exacciones que me
venga en gana saciar en él" (18). La moral libertina acepta obedecer.
Pero no una ley que bendice una armonía o adecuación formal a la
ley, sino un goce cuyo único límite es paradojal: el límite que
ordena no desviarse del imperativo del goce que demanda la ley
natural. Lo deseante fluye así como libre curso que
se emancipa de cualquier legalidad divina o formalista kantiana, y
que no confunde así la obediencia con lo que inhibe el placer.
Y, así, el único arrepentimiento del moribundo es no haber desatado en su
cuerpo la libre circulación, con la debida vehemencia, del imperativo del
goce.
Y el dios cristiano, personal y trascendente, es denunciado por el
arrepentido como impostor, falsario, hipócrita (como en la
tradición gnóstica). Para el moribundo las "pruebas" de
su existencia son polvo frágil. Las profecías, los milagros,
los mártires, son contornos de una esfera vacía, de falsos
resplandores de ámbar. Las profecías no se han cumplido. Los
"historiadores interesados" las manipulan. Y la
manipulación se extiende también a los milagros. Para el concepto
teológico lo milagroso es irrupción de lo sobrenatural en el mundo
profano. Pero nada asegura que esta supuesta acción superior no sea
efecto de una ley natural aún no conocida. Jesús, como fuente
supuesta del obrar milagroso, es comparable a Apolonio de Tiana.
Jesucristo es así un mago. No el hijo de un Padre absoluto y
trinitario.
Y si dios existiera habría una sola ley justa en todos los
corazones. Y un solo culto. Pero la multiplicidad de cultos y
códigos morales de los pueblos refutan al supuesto Dios único. Y
esto, paralelamente colisiona con la noción "ilustrada"
de una humanidad uniformada por una única racionalidad universal (contradicción no asumida por el
moribundo "ilustrado").
Y el que desfallece, frente al representante de la cruz, asegura la
inexistencia de la muerte. La mortalidad es ilusoria. Todo lo que se
destruye, renace. En una poca atendida invocación a la creencia de
la Grecia arcaica y de las culturas orientales, el moribundo adhiere
a la metempsicosis pitagórica: "...Hoy hombre, mañana gusano,
pasado mañana moscas" (19). Así se produce una continuación
eterna dentro de una materia poliforme.
Y en una rara excepción a la repetida convalidación sadiana de la
superioridad del crimen, el moribundo acepta su rechazo. Pero no por
falsos "temores" (nueva remisión a Epicuro) sino porque
daña a los otros que nos pueden dar felicidad. Y dar placer es un
estado superior.
En el final del diálogo, el marqués imagina una mutación del
sacerdote. Una trasmutación
inopinada. El moribundo revela que, antes de su último estertor,
espera la llegada de "seis mujeres más bella que el
alba". Antes de morir, el agonizante las convoca. Y el
sacerdote siente la proximidad de sus cuerpos, de quemante lascivia.
Y entonces: "Pasó a ser, en sus brazos (de las mujeres) un
hombre corrompido por la naturaleza, por no haber sabido explicar
qué era la naturaleza corrompida" (20).
La demolición de la quimera teologal en Sade anexiona nuevas
argumentaciones libertinas en La Historia de Juliette o las
prosperidades del vicio, en su capítulo VIII.
Dos lanzas de la refutación: las críticas de la señora Clairwil al
dogma cristiano del infierno, y la doctrina del "dios del mal"
de Saint-Fond.
En el seno de la Sociedad de los Amigos del Crimen, la Señora de
Clairwil ensaya un provisional y sorpresivo juego argumentativo.
Para iniciar su lanzamiento de dardos, primero concede, como momento
provisional de su método refutacional, la existencia de Dios. Pero
desde esta previa aceptación entona luego una más vehemente
refutación del dogma cristiano del infierno. Clairwil refuta, con
la luz de la filosofía: 1) la supuesta universalidad del dogma del
mundo infernal. Muchos pueblos lo desconocen. Entonces acaso el
sitio de los padecimientos infernales es efecto de una idea innata.
Pero si fuera así debería ser creencia común a todos los hombres;
lo que no ocurre; 2) Dios como idea racional es imposible porque la
razón no admite que, por faltas finitas, se pueda sufrir penas
infinitas. Y la infinitud del castigo no es consecuencia de la
revelación (porque precisamente no "bendice" a todos los
pueblos). Por lo cual es creación humana, artilugio de sacerdotes;
y: 3) Un ser sabio, infinitamente bueno, ¿cómo puede otorgar sólo
a un pueblo el conocimiento del infierno? ¿Por qué entonces
castigar a quienes desconocen sus leyes?
Si Dios castiga al hombre es porque éste es libre dado que, en
lugar de la recta senda, elige las sinuosidades del pecado y la
incredulidad. Pero el hombre no es libre. Y no puede evitar ser
malvado. Castigar al malvado sólo denota el desquicio de un Dios
execrable e injusto.
Desde otra orilla de los defensores de la realidad objetiva del
fuego infernal, se arguye que el generalizado temor al castigo
futuro demostraría la realidad de ese castigo. Pero el miedo no es
innato. No hay uniformidad en esta cuestión en todos los países.
No late, por ejemplo, en quienes son animados por el valor de
destruir prejuicios.
Los paganos ya admitían la realidad del infierno. Pero no
consintieron en la eternidad de los castigos (salvo excepciones como
el suplicio por su desmesura, por su hybris y burla a los
dioses, de Sísifo, Ixión, o Tántalo). Los paganos no consentían la
ficción cristiana de la resurrección de los cuerpos en una vida
inmortal, tras un juicio final. Pero sí admitían un renacer por las trasmigraciones de los cuerpos, la antes aludida
metempsicosis.
La postura de Clairwil (que dice mucho sobre el hombre soberano
sadiano en términos de Bataille, como luego se verá) afirma que: "la verdad es lo
que hay que seguir, no a la multitud: habría que limitarse más
bien a un solo hombre que dice la verdad, que a los hombres de todas
las edades que cuentan mentiras" (21).
Luego de los aguijones emponzoñados de Clairwil, se escucha la voz
de Saint-Fond, taladrante,
osada, y de un ingenio casi extravagante.
El nuevo libertino, sin mayores ambages, sentencia que existe un
Dios supremo, garante de la inmortalidad. El libertino,
inicialmente, no pierde sus energías en una refutación de lo
divino. Pero la divinidad aceptada lo es sólo como productividad
incesante de lo maligno. Dado que el mal es "su esencia".
Y el mal es necesario. Por eso es fuente de placer. Entonces, para
complacer a un dios malvado, vengativo, perverso, el hombre debe
actuar desde el mal, desde el vicio. Sólo con el mal se complace a
Dios. El hombre al morir vuelve al mal como sustrato esencial.
Entonces, el alma que no se fortalece previamente por el ejercicio
de lo malvado, se hace débil; y así "las moléculas
malignas", equivalentes a los demonios en las mitologías,
envenenarán al alma, que será atormentada por el mal ante el que
no podrá defenderse. El alma se torna débil por la virtud; y, por
eso, al disolverse y retornar al mal primigenio, sufrirá
mucho más. Cuanto más malvado sea un hombre, menos sufrirá al
refundirse con el mal como "materia prima que conforma el
mundo". El dios como mal es fuerza perversa y cruel. Es eterno
(no perecedero). Sólo un ser malvado puede crear un mundo tan
extraño. Un ser que existía antes de la creación, y que
sobrevivirá. Todo se degrada y todo se corrompe para volver al seno
del Dios perverso. Que luego creará seres más malvados.
Por esto, hacer el mal es gestación del bien: "Mis víctimas,
una vez que han llegado al seno del mal mediante todas las
pruebas a las que las he sometido y que les fue posible soportar,
entran en la clase de los seres virtuosos; mediante mi acción los
mejoro..." (22).
Si
a la víctima se la somete a un dolor terrible podrá soportar luego
un dolor equivalente o superior al universo dominado por el mal
originario. Por eso, si se es malvado en este mundo, se lo será
menos en el otro. Por lo que el libertino asegura: "Me cubro de
crímenes en este mundo para tener que sufrir menos en el
otro...".
Por la profusión del mal, Saint-Fond pretende debilitar su fuerza. Un proceso de pensamiento con antecedentes en el
mundo herético medieval, en el que la herejía de los Hermanos del Espíritu
libre aseguraba que los actos "malvados" o
"licenciosos" debilitaba lo negativo para desbrozar el
camino hacia un arco iris superior.
VI
Con el advenimiento de la sociedad republicana, Sade imagina su
propia ingeniería revolucionaria, que exige una previa estela de
drásticas transformaciones culturales. La incorporación de nuevas
costumbres que hieran de muerte definitivamente a los periclitados
valores tradicionales.
Lo delictivo debe ser revisto desde su entraña axiomática misma.
Así, los primeros delitos que el anónimo autor del libelo Franceses
un esfuerzo más... debe deconstruir son los viejos delitos hacia el
Ser Supremo, como la impiedad, el sacrilegio, la blasfemia. Todo
ellos ya colapsan por la previa refutación racional del viejo Dios.
Los delitos en relación con los otros también deben ser
subvertidos. El principio constante de la impugnación
sadiana de la antigua ética es mutar en positivo lo que antes era
negativo. Primer ejemplo: la calumnia. Su ácido envenenador recae
sobre el calumniador antes que sobre el calumniado. La supuesta
víctima de la difamación es en realidad exaltado en sus méritos,
cuya visible notoriedad condena al calumniador a sentirse inferior,
y a buscar una espuria compensación de su resentimiento destruyendo
la imagen virtuosa del injuriado.
Y el robo se beneficiará ahora con reflejos cristalinos, de los que
antes carecía. En este caso, como en otros, Sade apela a la
comparación con modelos antiguos de moralidad superior. En Esparta,
se recuerda, los jóvenes eran educados tempranamente para las
futuras tempestades de la guerra, los torbellinos de espadas y
lanzas que destruyen los cuerpos. El joven y futuro guerrero debía
ser endurecido. Había que hacerlo fuerte ante la adversidad,
austero, y capaz de acciones decididas, desbordantes de audacia y
coraje. El robo era entonces gimnasia estimulante de lo audaz y
valiente. Por eso se castigaba al que se dejaba robar y no al que,
sin temor, astucia y decisión, se abalanzaba sobre un bien ajeno.
El impudor, la desnudez, son también resignificados. El impudor
nace de la lujuria, un deseo "natural". La excitación que
se agita en el cuerpo lujurioso es un mandato de la naturaleza. El
libertinaje así debe ser promovido desde una política de Estado,
no extirpado como un tumor maligno. Como Fourier proyecta con
desenfadada audacia imaginativa sus falansterios comunitarios, Sade
propone con igual determinación una arquitectura no destinada a una
vida comunitaria, sino a la liberación colectiva del placer antes
reprimido. Así imagina sus casas de libertinaje: "En las
ciudades han de construirse diversos edificios, limpios, vastos,
debidamente amueblados y seguros desde todos los puntos; en ellos,
todos los sexos, todas las edades y todas las criaturas serán
ofrecidos a los caprichos de los libertinos..." (23).
La continencia o la fidelidad matrimonial pierden toda
justificación. La monogamia es comportamiento artificial, que
obliga a la hipocresía, y una doble vida: la de la virtud pública,
y la del deseo polígamo satisfecho clandestinamente. La mujer, lo
mismo que el hombre, están supeditados a la naturaleza. Por eso la
lujuria no contradice el honor. Ninguna mujer está destinada al
placer de un solo hombre.
Y Sade, siempre camuflado bajo el anónimo libertino creador de una
nueva arquitectura social, no teme al crimen. En el universo sadiano,
lo criminal es aire puro. El crimen no es delito. Porque toda
destrucción es preámbulo de una nueva creación: "... lo que hacemos al
entregarnos a la destrucción, sólo equivale a operar una
variación en las formas, pero que no puede extinguir la vida y
supera entonces las formas humanas la tarea de probar que no puede
haber crimen alguno en la supuesta destrucción de una criatura, de
cualquier edad, de cualquier sexo o de cualquier especie que la
supongáis...será por último necesario convenir en que, en vez de
perjudicar la naturaleza, la acción que cometéis, al variar las
formas de sus diferentes obras, es ventajosa para ella, ya que le
proporcionáis mediante esta acción la materia primera de sus
reconstrucciones, cuya elaboración se le volverá impracticable si
vosotros no aniquilarais " (24).
Sade se sumerge así en la primacía de la naturaleza como modelo
superior de virtud. Desde un vértice de la ilustración,
que pretende claridad extrema, recupera, sin saberlo, la ancestral
ambigüedad que la inteligencia mítico-arcaica halla en lo
telúrico, en la diosa tierra. Como en la dupla hindú Kali-Sakti.
Sakti es la energía creadora, la pulsión generadora de nuevas
formas sin ser ella coagulación de ninguna figura particular. Es el
libre devenir creador. Pero que necesita luego de la aparición de
una vida o forma la destrucción previa de la misma, para continuar
su acción generadora. Su contraparte necesaria es entonces Kali, la
diosa del rostro tiznado de negro, lo terrestre que remite al
regreso a lo subterráneo, al ámbito de lo funerario, de la tumba,
de la muerte, que la diosa expresa también mediante su danzar sobre
calaveras.
Pero en el pensar sadiano la muerte no es sólo preámbulo
lógicamente necesario que posibilita la reaparición de una nueva
vida. Es una entidad con densidad ontológica propia: es lo
destructivo como fuerza que contribuye a la ulterior recreación.
Pero que no por ello pierde su arista disolvente. La muerte, o más
exactamente la asociación o dupla crimen-muerte, es fuerza
autónoma, que goza con su propia ley. Ley que suda el placer de la
desintegración. El regocijo de la aniquilación. Que sólo luego se
revela como cantera de una
nueva creación.
VII
En un momento de su obra, Sade no se resiste a la atracción de la
literatura utópica. Al embrujo de lo que todavía no tiene lugar (u-topos).
Un no lugar todavía no platinado por los brillos de una sociedad
ideal.
En lo remoto, en finis terrae, ya para la imaginación
mitológica, emergen en islas idílicas, los rizos de una existencia
mejor (25). En la Utopía de Tomás Moro, texto fundacional
del género utópico moderno, la sociedad deseada, que es
compensación de la corrupción del propio tiempo, se erige también
sobre una isla, a la que arriba el navegante portugués Rafael Hythloday.
En Aline et Valcour ou le Roman philosophique, la narración
sadiana se bifurca en dos ritmos paralelos: por un lado el relato de
una joven pareja libertina, cuyos desenfrenos se interpolan con los
relatos del viaje por el mundo de Sainville y Leonora. Como el
navegante explorador lusitano de Moro, Sainville arriba a una isla,
la isla de Tomoe, gobernada por el sabio Zamé.
En una rara excepción al pesimismo sadiano, el visitante es testigo
de una sociedad donde se poliniza una felicidad colectiva. Un estado
socialista. En este
universo social armonioso convergen diversas fuentes inspiradoras: La
república de Platón, el ensueño cívico-intelectual gobernado
por el rey filósofo; algo de la creencia positiva en el encuentro
del hombre con la naturaleza en el Rousseau del Emilo; o la
perspicaz comprensión psicológica de los súbditos por el líder
político en El príncipe maquiavélico. Sade pareciera
ensayar un juego de autoolvido: una aparente autonegación, en su
narración utópica, de la exaltación del crimen y la violencia sin
diques inhibidores. Bifurcación con una difusa afinidad con el
Dostoievski capaz de engendrar voces en su literatura totalmente
opuestos a su ideario personal más íntimo como el Stavgorin de Los
demonios, y como lo percibe la obra crítica de Bajtin (26).
La aparente suavización de la crueldad sádica baila en los labios
del rey Zamé cuando declara: "La libertad y la vida son los
únicos regalos que el hombre haya podido recibir del cielo; ahora
bien, cuando sólo se los debe a Dios, Dios es el único que tiene
derecho a arrebatarlos" (27).
El castigo debe castigar sólo para corregir al criminal. La
justicia no es el cambio de la vida de un hombre por la de otro. En
la antigüedad, los altares del sacrificio humano entregaban
cuantiosa sangre a los dioses. Pero luego el acto arcaico es
sustituido por un castigo o sacrificio penitencial impuesto por la
ley (una suerte de continuación de lo bárbaro en lo moderno).
Montesquieu, el autor de Espíritu de las leyes, piensa a la
ley como arco protector del hombre ante las arbitrariedades ajenas.
Pero la ley no arrebata a los más fuertes su poderío. El fuerte
delinque amparado por los derechos hereditarios de la cuna, por la
herencia y la fortuna. La ley protege la vejación del débil.
La ley verdadera no es entonces construcción política y autónoma
del legislador humano. La primera ley "es la de la naturaleza,
es la única de la que el hombre tiene verdadera necesidad"
(28). Aquí sí, a través del rey de la isla utópica, Sade se
recuerda a sí mismo.
Por contraste, la ley positiva, humana, se torna abusiva cuando el
magistrado puede convertirla en "instrumento de sus
pasiones". Es preferible entonces vivir sin la ley
"artificial".
La ley (si no se adecua a la legalidad natural) esquilma al ciudadano
más que servirlo. Entonces es "tiránica, odiosa". Y lo
peor de la ley es la condena a muerte a quien sólo ha seguido sus
propios impulsos naturales. Y Zamé advierte del peligro de que la ley castigue falsos
crímenes, y no las desviaciones como "la avaricia, la
dureza del corazón, el rechazo de ayuda del desgraciado". La
legislación artificiosa provoca contradicciones, impulsa al
individuo a su quebrantamiento; en cambio, las leyes que prolongan a
la naturaleza nunca serán violadas.
El rey filósofo estima asimismo la conveniencia de promover un
cariz socialista en su gobierno: "Estableced la igualdad de
bienes y condiciones, que el único propietario sea el Estado, que
conceda en vida todo lo que éste precise para ser feliz, y los
crímenes peligrosos desaparecerán; la constitución de Tomoe os la
prueba" (29).
El sabio legislador no debe prohibir el vicio sino, por el
contrario, allanar su libre discurrir. Impedirle rocas obstructoras.
Sólo lo prohibido atrae la necesidad de la infracción. Si el vicio
no es prohibido su práctica provoca, gradualmente, aburrimiento.
Paralelamente, una religión sólo es aceptable si ofrenda dicha y
justicia. Y es inadmisible castigar la debilidad que el propio dios
ha sembrado en el hombre. El ateísmo es preferible a una divinidad
que convalida el suplicio, y se degrada así en el remolino de un
accionar contradictorio. Es absurdo castigar por algo que no se
podía en modo alguno evitar. Las desviaciones son imposición o
determinismo de la naturaleza. El hombre es construido por ella como un
instrumento musical, destinado a "producir un sonido agradable o
discordante". El individuo es extensión de un pentagrama
precedente escrito por la naturaleza omnipotente. El crimen es, en
ciertas psicologías, mandato natural. Entonces a su víctima no se
le debe arrojar "inhumanamente a cloacas pestilentes". Lo
mejor es alejar a los criminales, desterrarlos, o hacerlos
"mejores, obligarles a ser útiles a los que ofendieron"
(30).
Zamé recuerda entonces nuevamente a Montesquieu: las leyes no son
medios para castigar, sino para corregir los males. Se deben
dispensar ejemplos y recompensas. La ley verdadera no reprime.
Mejora. No prohíbe, sino que devuelve al hombre al flujo bienhechor
y ejemplar de la naturaleza y sus leyes.
El niño salvaje, cercano a los animales y el medio
natural, es más vigoroso que los "débiles bebes de tu patria
que nacen para ser encadenados". Se debe aceptar así los
influjos de la naturaleza. Y la ley humana no se debe
oponer a ellas.
La edificación utópica sadiana alberga la rareza de un
aparente oasis de clemencia. Pero en el que nunca se olvida la centralidad de la naturaleza, como
fuente del sentido. Y la adecuación a lo natural demanda una organización social tallada por una
alta sabiduría política. Repetido diagrama, aunque trastocado, de
la República platónica. Porque sólo la sociedad ordenada
por el ojo del sabio filósofo podrá respirar felicidad.
VIII
Julieta escapa de Saint-Fond, en Juliette o las prosperidades del
vicio. Entre vapores de azufre y una región montañosa, la
gran libertina escucha la voz de Minski, el "ermitaño de los Apeninos", que se refugia en un castillo "para entregarme
a todos los extravíos de mi imaginación". El castillo es
lugar de protección y poder. Pero es también universo sustitutivo,
lugar amurallado que cobija un microcosmos, donde el humano
libertino, devenido soberano-dios, arde entre los afrodisíacos de
la impunidad completa: "Ejerzo los derechos soberanos, gozo
allí todos los placeres del despotismo, no temo a ningún hombre y
vivo contento" (31).
El castillo de Minski se yergue en una isla. El refugio de Minski
trasciende su condición arquitectónica, o la convivencia con su
entorno geográfico isleño. La guarida del ermitaño protege la
verdad primaria del cuerpo: el deseo como ley que libera las
hogueras instintivas.
En el castillo se suceden gruesas puertas de hierro, escaleras
intrincadas que ascienden a torres, o descienden a espacios
subterráneos. El agua (que circunda la isla) acerca a lo primitivo.
A la fuente de la oscuridad líquida que, ya para las antiguas
mitologías, es lugar de aparición primigenia de la vida.
Y en el fondo de las mazmorras reposan esqueletos, porque la muerte
es afín al goce necrofílico, al placer que juega con los límites
entre lo vivo y lo muerto. En su infierno personal, el libertino es
Dios. Su voluntad es poder desmesurado, que desparrama por doquier la
flagelación virulenta sobre sus víctimas.
El castillo hunde sus pilares hasta el centro de la tierra. Su
profusión de corredores, escaleras y pasillos, constituyen un
laberinto. La víctima no puede orientarse entonces. No puede
escapar. O más exactamente: no puede evadirse porque ya no hay
afuera.
El castillo es dureza que suda una polivalencia de sentidos. La
arrogancia del poder económico de Minski le ofrenda doscientos
seres para su placer, y cincuenta criados de los dos sexos. El
castillo no pierde sus remisiones feudales. Y por la magia secular del
dinero el libertino recluta sus víctimas, compra las delicias de la
impunidad. Y el castillo es depósito donde ocultar su propiedad
privada.
Minsky deambula dentro de su hogar feudal como el lugar de la
posibilidad absoluta. Los libertinos viven en sus edificaciones
señoriales por algo más que una circunstancia epocal (32). El
castillo sadiano es opuesto al castillo kafkiano. En Sade, es
explícito poder que se funda a sí mismo, y que revela las formas
(por la mediación de la escritura) de la perversidad polimorfa del
libertinaje. En El castillo de Kafka, todo es interioridad
excluida, inaccesible. La lejana brumosidad de un laberinto, que
sólo goza con su cerrazón ante cualquier mirada exterior.
El castillo libertino es organismo ensimismado. Cuyo mobiliario, sus
mesas, sillas, son cuerpos de mujer que exhiben distintas
posiciones. Todo lo que ingresa en la guarida del
ogro-ermitaño-libertino deberá ser tragado, comido, muerto.
Nuevamente el placer de lo necrofílico. Y es la casa siniestra, con
sus salas para la coprofilia, que se extienden dentro de una región
uterina, una profundidad geológica autorreferente. Es espacio clausurado, libre de toda amenaza a la satisfacción del deseo.
Es la arquitectura para la seguridad del goce: "Es en
definitiva el sitio y la imagen de la obra entera de Sade, y por eso
Los 120 veinte días…son ejemplares; la obra-castillo es
sitio cerrado, donde se expresa el deseo mediante el discurso y cuyo
encierro mismo es liberador pues la obra afirma su triunfo sobre el
espacio, el tiempo y la muerte" (33).
El castillo sadiano es prefigurado acaso por las cárceles
imaginarias de Piranesi. Con sus grabados de 1750, en sus carceri
d' invenzione, el artista
veneciano, imagina recintos cerrados, deshabitados, penumbrosos,
sólo poblados por poleas, puertas y ventanas que no se comunican
con el exterior. Los grabados piranesianos son el reverso
realista del encriptado castillo sadiano, imaginario sitio de la
plenitud deseante. El veneciano intuye que lo enclaustrado es
vaciamiento, no abundancia de placer, donde lo encerrado sobre sí
es sufrimiento, sin vasos comunicantes con la sal de lo genuinamente
placentero.
IX
Bataille lee a Sade. Lo interpreta. Trasfigura su textualidad
libertina en erotismo pensado. Antes de concentrarnos en su
particular lectura de lo sádico, atenderemos a su exploración
filosófica de lo erótico.
Bataille pertenece a los pensadores
del hedonismo selvático. No siente ya ningún compromiso con un
pensar desde las ficciones de un orden racional y definitivo. Le
seduce la selva exuberante, sin las engañosas y quietas lajas de un
orden lógico. El pensador galo prefiere perseguir las espumas de
una energía más primaria y solidaria de los derechos perdidos del
cuerpo y la sensación.
Esa
energía más exaltada es el Eros. El erotismo primero debe ser
pensado. Pero sólo para luego regresar a su forma de libre
pulsión.
En El erotismo Bataille distingue la vida continua y la
discontinua (34). Lo discontinuo es lo separado. El individuo
encerrado en su forma corporal o psíquica es discontinuidad. La
individualidad como promontorio separado dentro de la corriente
única de lo vivo. La vida como continuidad, por el contrario, es
devenir universal, omnipresente, fuerza de una totalidad dinámica.
Lo individual sin poder de trasgresión de su finitud anatómica o
de sus definiciones relativas y parciales se debilita en lo
discontinuo, en lo extirpado del tejido de la riqueza vital única.
La muerte reintegra a lo continuo porque es aniquilación de la
forma y del vivir en la condición separada.
En el mundo arcaico, el hombre corre y respira en el tiempo. Sabe
que en el existir inmediato su rostro no roza lo eterno. En las
tardes o mañanas, sus pies deambulan separados de la eternidad.
Pero el rito del Año Nuevo le permite recuperar lo continuo. En la
restitución de las experiencias arcaicas de inmersión en lo
continuo, Bataille persigue la estela pionera de Marcel Mauss y su
discípulo, Roger Callois y su emblemático El hombre y lo
sagrado (35). Obra esta última donde brilla su teoría de
la fiesta. Lo festivo antiguo es ruptura del tiempo lineal,
irreversible, profano, que destila decadencia y agotamiento. La
fiesta es el tiempo cíclico que recupera el origen, el caos.
Caos-origen como el caldero creador inicial en el que mundo re-nace.
Por el rito, la vida es nueva. Primavera universal. Lo festivo
regenerador supera lo discontinuo. Fractura la continuidad de la
vida prosaica, y de las jerarquías sociales. Una forma de
restauración simbólica de lo caótico recreador. El esclavo
deviene amo (ejemplo arquetípico: las saturnales romanas). La
inhibición sexual se muta en liberación orgiástica, y mágica
fecundación de la tierra. Durante el intervalo excepcional de la
fiesta lo antes separado, lo individual, la sociedad, el tiempo
declinante, se re-funden con la vida continua, con el frescor de un
mediodía sin sombra.
La fiesta es efímera muerte de lo profano; del círculo de una
conciencia y un cuerpo separados del gran devenir. Pero existe un
salto superior de trasgresión de lo separado y de inmersión en las
aguas continuas: el erotismo. Y su pequeña muerte en el instante
fugaz del calor absoluto del orgasmo.
La muerte simbólica de lo orgásmico en su forma superior es
trasgresión, que acerca al sujeto a la experiencia de la
soberanía. La soberanía es la recuperada vida sobreabundante que
traspasa y vulnera el límite, que transgrede las señales
amenazantes de las prohibiciones, de los interdictos. Para que el
salto trasgresor intensifique lo viviente debe primero vulnerar la
ley negativa, el borde que prohíbe.
En 120 días en Sodoma, las prácticas de los
libertinos en el castillo de Sirlling se consuman mediante la previa
aceptación de una legislación prohibitiva, de un código de interdicciones,
que sólo mediante un estricto calendario de trasgresiones puede ser
quebrado (36). La trasgresión de la interdicción no implica la
desaparición de la normatividad prohibitiva.
Y en el universo arcaico que Bataille explora con lámparas modernas,
redescubre un corpus de interdictos básicos.
Primero es el interdicto del asesinato. El hombre primigenio, inhalador
de los primeros aires de la humanidad prehistórica, el cazador
paleolítico, ya experimenta la divinidad de la vida y acepta la
prohibición del matar, la no vejación de lo vivo. Pero sólo por
el matar el cazador sobrevive. Y para superar esta interdicción
crea las primeras reglas particulares de trasgresión. La caza
paleolítica es exitosa, captura y última su víctima-presa si
previamente implora un permiso ritual a los antepasados del animal
para que éste se entregue. Otros vehículos para legitimar el acto trasgresor
ante la prohibición del matar son la guerra, el duelo, las
vendettas. Distintas acciones, en escenarios diversos, que
involucran actores diferentes: desde la lucha entre los pueblos, la
confrontación privada hombre a hombre, a las disputas entre
familias.
Otra interdicción fundamental es el que impone el trabajo como
imperativo de la utilidad, como restricción del desborde vital, como
orden represivo. Aquí se despliega la cantera desde la que Bataille
escribe su obra sistemática, su exposición de un pensar global
antimoderno, una nueva filosofía de la historia: La parte
maldita (37). Quien le señala otros metales en las
cavidades de lo histórico es Marcel Mauss. Y en particular su
Ensayo del don, forma arcaica del intercambio (1925), en el que se expone el célebre ejemplo del rito
del potlatch. El trabajo utilitario constriñe la vida a lo que debe
ser eficaz, a lo que debe acumularse gradualmente como plan estricto
de contenciones, presiones, imposiciones que prohíben todo gasto
estéril. El trabajo utilitario y represivo es trasgredido por el potlatch,
como forma de gasto inútil, como libre desborde que entrega generosamente
regalos, eyaculaciones de vitalidad desmesurada como expresión de
una vida superior, lujosa, desmesurada, intensa, soberana (38).
La festividad que regresa a la turbulencia caótica y creadora es
también desmesura. Lo desmesurado en la fiesta sólo es alegre
estallido vital regenerador. La festividad es música exuberante,
distinta al trabajo que oprime, acumula y no entrega.
Pero el erotismo nace especialmente de la trasgresión de la
desnudez. Al desnudarse, los cuerpos se liberan del nudo de lo
artificial, de las vestimentas y mascaradas civilizatorias. La
fuerza alquímica de la desnudez sólo fosforece cuando la
sexualidad se emancipa de la estrechez reproductiva.
El erotismo ya encendido entre los cuerpos des-nudos abre sus aguas
calurosas en tres vertientes: el erotismo de los cuerpos, de los
corazones y el erotismo sagrado. En su primera expresión, lo erótico es su balbuceo más elemental: la
compenetración genital, la integración de lo fálico masculino y
la abierta hendidura femenina en efímeros estremecimientos de placer.
Elementalidad erótica que se reduce a repetir atávicas
exigencias biológicas. Repetición instintiva sin el poder de la
trasformación de la energía sexual en una brisa artística,
distinta a la inmediatez animal.
El erotismo de los corazones inicia la trasformación de la instintividad
primaria. Pero desde la estrategia debilitante de la sustitución o
sublimación del instinto por su idealización platonizante. Es el
eros que late en la ausencia del cuerpo amado, en la no proximidad
de la piel, desde una distancia que sólo se colma imaginariamente
mediante una evocación sentimental; un amar desde una lejanía sin
el ardor de los cuerpos entrelazados.
Sólo en el erotismo sagrado acontece una trasgresión asociada a
una muerte simbólica, que supera la interdicción de la desnudez. Lo
erótico en su cumbre libera el paroxismo del placer. Placer gradualmente
buscado que, al erupcionar sus fuegos más intensos, anonada la
conciencia del propio yo. El exceso del placer refinado suprime la
memoria del yo, de sus conflictos, de su
pasada vida discontinua, de su desgajamiento del río continuo de la
vida universal.
En la colmena más viva del eros, el sujeto erotizado transgrede los
cercanos confines de su yoidad. Decapita la discontinuidad. Y
regresa al hervor, sin rastros de frialdad, de la vida continua.
Erupción de la intensidad que estalla. En cada átomo de viento.
X
Al comienzo, lo exuberante se concentra en uno solo: el soberano,
el rey, que monopoliza la riqueza, el disfrute del ocio, y el
acceso carnal a las jóvenes. El hombre integral es primero la
exuberancia soberana de los reyes. Pero, por las sublevaciones
revolucionarias en la época moderna, el soberano perderá sus
privilegios. Pero aún antes, el Antiguo Egipto es ya ejemplo
de este proceso. La inmortalidad era en principio una prerrogativa
destinada sólo al faraón. Pero, luego, en un lento devenir y
ampliación, será un bien espiritual reclamado por todos. El
arco de la libertad, para Hegel en sus Lecciones sobre la
filosofía historia universal, es también un ejemplo de esta
dinámica de gradual trasformación o extensión de la condición
libre. Para la mirada retropestiva hegeliana, la libertad es, ab origene, en la infancia
de la humanidad, en Asia, para uno solo: el déspota absoluto.
Luego, para algunos (Grecia y Roma); después, para todos, en
la modernidad abierta por la reforma protestante, en el contexto
cultural cristiano-germánico.
Tras estas mutaciones, la libertad soberana es absorbida por
la literatura. En el universo sadiano, el hombre integral, el individuo soberano,
sobresale sobre las masas. Aquí, serpentea el desdoblamiento
del sujeto histórico Sade: primero, afortunado miembro de la
realeza, distendido usufructuario de las prerrogativas feudales.
Después, su conversión en víctima, en prisionero, en sujeto
enclaustrado. Así, por su segunda condición, sus privilegios
sólo son recuperados por la escritura.
Por la ficción literaria, Sade construye el hombre soberano
libertino, que concentra en sí "privilegios exorbitantes".
El hombre soberano niega al prójimo. No hay comunidad posible
con él porque el sujeto integral es solo. No hay relaciones
verdaderas. Prevalece el placer propio. No importa lo malo para
el otro. Y, para el libertino, lo bueno es el exceso, la voluptuosidad.
Es lo excesivo por excelencia. Lo voluptuoso se intensifica con el
crimen, con la negación o insignificancia del prójimo por tanto.
Y no hay sitio aquí tampoco para
la utilidad del trabajo, del ahorro, del gasto contenido.
La voluptuosidad, la "fiebre sexual", lleva al derroche,
al gasto libre, a una disipación de energías cercanas a la muerte.
Pero el exceso erótico encierra un peligro, una traición: la destrucción
de la vida. Conduce a los rieles desaforados del asesinato,
a los malos tratos, a los suplicios. Mas en este exceso se
obra la inversión del mundo de la regla, del trabajo. Sin embargo,
para Bataille, este efecto liberador no evita que "el sistema
de Sade" sea "la forma ruinosa del erotismo"
(39). En la situación de respeto y solidaridad con otro, el exceso
no deviene fuerza destructiva. Pero el centro del mundo
sádico es la soberanía. Sujeto soberano por
la sobreabundancia vital que, primero concentra la riqueza y,
luego, la libera en la destrucción y negación de la otredad.
Se consuma así la experiencia de la apatía, que goza
con la indiferencia respecto a las hienas
del sufrimiento que desgarran a la víctima.
El razonamiento del desfreno libertino y su no vínculo apático,
según Bataille ( y que Maurice Blanchot ratifica en su Lautréamont
y Sade), puede ser descompuesto en un virtual análisis químico de los elementos
básicos que constituyen su itinerario hacia el hombre soberano. El
individuo (1) posee cierta cantidad de fuerza acumulada producto
de (2) la no alineación o dilapidación de esa fuerza en una
constelación de simulacros; verbigracia: compasión, Dios, ideales
morales. Si esto no se evitara (3) se caería en el peligro de
la debilidad. Anémico socavamiento por la entrega de energía
a los demás, lo que implica, a la vez, depender de ellos, y
no ser soberano entonces. Más (4) el hombre verdadero no es
débil. Sabe que está solo. No necesita del amor o ternura del
otro (no depende, no es cobarde). Así (5) al destruir la dependencia
amorosa del otro, destruye al otro. Lo somete al crimen, tanto
más poderoso cuanto es cometido desde el endurecimiento o aniquilación
del sentimiento. Y, por todo esto (6) el libertino recupera
"una fuerza inmensa", una "energía verdadera".
Por lo que el placer es acumulación de energía (7), que dimana
de la apatía, de la insensibilidad, de la crueldad. Pero la
crueldad destructiva, y su placer extremo, es destructividad,
vejación del otro, del prójimo, negación de su significación
o dignidad propia.
Y el propio libertino flagelante se niega a sí mismo. Entonces,
Bataille afirma: "A partir del principio de negación del
prójimo que introduce Sade, es extraño notar que, en la cumbre,
la negación ilimitada del prójimo es negación de sí"
(40). El libertino se convierte finalmente en "víctima
de la soberanía".
La figura literaria idealizada del sujeto
dueño de sí, en Sade, se contrapone al soberano histórico real,
que se libera de la necesidad mediante la sumisión de sus súbditos
con los cuales mantiene vínculos de lealtad. La doble negación
del otro y de sí, en el libertino, es una forma (perversa) de trasgresión del
ser personal. La muerte de lo individual deriva, finalmente,
en destrucción de la vida discontinua y regreso a la vida continua
dado que, "más allá de la muerte, se regresa a la continuidad
del ser". Retorno, de lo perverso y destructivo, a la continuidad.
Sade cultiva la ecuación: vida-intensa: muerte individual. Pero
matar es siempre la reducción de la vida a su ruina.
La solución antigua a esta amenaza era, antes del acto de la
muerte, sustraer al individuo de la corriente de lo profano.
El individuo destinado al sacrificio se sacralizaba. La vida
no se perdía, no era ruina, se elevaba mediante la eficacia
mágica del rito sacrificial. La energía liberada por el sacrificio
fertilizaba, sobrealimentaba a la vida. Como acontecía en el sacrificio
azteca, que es desmenuzado en sus vértebras simbólicas por Bataille
en La parte maldita (41).
Sade también es vértice de integración entre el lenguaje
(supuesto don de lo civilizado) y
el silencio (ausencia verbal de la violencia). El hombre
palpita aprisionado por dos extremos antitéticos: por un lado,
es sujeto de la racionalidad, de lo regular, del cuidado de
la prole, de la lealtad. Por otra parte, es hacha desaforada
de la violencia del saqueo, de la violación y el asesinato.
La civilización pareciera lo que habla. Y la violencia el
silencio, la suspensión
del lenguaje, la ausencia verbal. Civilización y barbarie parecen opuestos. Pero
la realidad de lo humano es su continua hibridez centáurica:
"La observación muestra por otra parte que los mismos pueblos,
y, las más de las veces, los mismos hombres, asumen sucesivamente
la actitud bárbara y la civilizada" (42).
En el gran
libertino de Charenton, la aparente contradicción
lenguaje-silencio es parte de una sola acción. La violencia no
es imposibilidad de la palabra. Lo violento es lenguaje
que dice lo no dicho por la civilización y sus apariencias. La
violencia habla a través de su instrumento: el verdugo,
el victimario. Sólo la
víctima permanece en silencio. La violencia es voz que se
dice. Se escribe. No se oculta. Y aniquila todo facilismo
sentimental para amalgamar, en una misma hebra compacta, la
palabra razonada que pondera la crueldad, y el chillido de la
víctima, su regreso a lo onomatopéyico. Y la palabra de la violencia se disuelve en los labios del victimario. Y
entonces el concepto que ordena, que demanda el castigo físico,
se muta en el placer de una nueva energía acumulada. Por su no
dilapidación en el lenguaje civilizado, declamatorio, falso, de
la retórica compasiva.
XI
Dos pensadores comparten el exilio californiano. El reptil hitlerista
los obligó a emigrar, a abandonar el continente que recibe su
nombre de una ninfa raptada por Zeus. Crean, primero desde la
oralidad, la Dialéctica del iluminismo, obra sólo reconocida
tardíamente, y en la que el pensar sadiano es nítido emblema
de la modernidad represiva.
En Estados Unidos, en la Universidad de Columbia, Adorno y Horkheimer
(y luego Marcuse, mentes centrales de la Escuela de Frankfurt),
los pensadores dialogantes, autores de la susodicha Dialéctica
del iluminismo, descubren un nuevo y provisional refugio.
Y,
nuevamente, en la tierra del clima cálido y que conoció las
fiebres de oro, los dos pensadores judeoalemanes departen, piensan,
horadan capas de pasado, y vetas de ideas. Son marxistas. Pero
en rebeldía contra la repetición pasiva de la ortodoxia fundacional
de la crítica del capital nacida del grito primero del Manifiesto
comunista de Marx y Engels. En su neomarxismo varios pensamientos-fuerzas
dominan su filosofía. Su primer gesto de revisionismo heterodoxo
atañe al materialismo histórico. En la tópica marxista clásica,
la infraestructura se refleja de forma mecánica en los contenidos
de la superestructura. Allí, en la altura superestructural,
brotan el Estado, el derecho, la filosofía, la religión.
Saberes y prácticas que tejen en un movimiento común el ocultamiento ideológico de
la realidad social subyacente: la embestida continua entre clases.
La lucha de los poseedores y los desposeídos. Pero para Adorno-Horkheimer,
la arteria maestra de la historia ya no será la lucha de clases.
El espinazo conflictivo de lo histórico es la relación
sujeto-naturaleza. Para avalar esta nueva visión crítica, de
forma sorpresiva, y desde un movimiento de imaginación teórica
y ensayismo lúdico y argumental, los dos pensadores traspasan
los límites históricos de lo moderno. Se retrotraen a la antigüedad
griega, a la Odisea homérica y su canto de las sirenas.
Ulises abandona la isla de Circe, en la que sus hombres fueron
convertidos en cerdos por la ninfa maga. Por mandato de Zeus,
Circe sabe que no podrá retener en su lecho al héroe que regresa
a Itaca. Y le advierte del inminente peligro, en alta mar, del
seductor canto de las sirenas. Su escucha es amenaza de enajenación
de la propia voluntad, es el peligro de la pérdida del autocontrol.
Si los hombres escuchan arrobados el llamado musical de las
mujeres feéricas, se arrojarán desde cubierta y, entre frenéticas
y raudas braceadas, buscarán unirse con el canto de las mujeres-pez.
Una unión que sólo es la muerte. El ahogamiento.
Ulises no quiere perder su identidad. Pero la integración con
las doncellas mitológicas meciéndose sobre las aguas oceánicas,
detrás de la apariencia de muerte, protege la oportunidad de
una fusión con la naturaleza como lugar de lo divino, como amplio
horizonte en el que cabrillean fuerzas no humanas. Mas el inventor
del caballo de madera ya no quiere fundirse con lo trashumano.
Desea ser sujeto del autodominio. Por lo que, tal como destacamos en otra parte:
"En
su regreso a Itaca, Ulises continúa sus muchas habilidades que
definían su personalidad durante la guerra de Troya. Es polytropos,
el de los muchos recursos. Pero ahora no perseguirá la destrucción
final del odiado enemigo abroquelado tras gruesas murallas durante
veinte años de asedio. Ahora busca la autoafirmación mediante
la disolución de la integración entre el humano y la naturaleza
poblada por mitos, misterios y presencias.
"El
Sí (lo humano, el sujeto) se autoafirmará si evita la simbiosis
con las fuerzas naturales. Para ello, Ulises debe silenciar
el canto provocado por las mujeres-pez...
"En el canto de las sirenas viven los poderes de la naturaleza
que exigen, con bellas maneras, el regreso humano al agua, a
la profundidad marina, al conocimiento de la fuente líquida
desde la que brota la vida en un radiante acto inicial de creación.
El humano que responde al canto de la sirena sería así una parte
reintegrada al círculo primario de la vida. Pero Ulises
ya no acepta ser punto dentro de una geometría mayor. Ahora
su deseo es ser individuo pleno frente (no dentro) del universo
natural gobernado por el mito y los dioses. El no regreso al
agua de la naturaleza originaria y superior demanda una astuta
razón instrumental, una estrategia de autopreservación cuya
táctica central será 'la secularización del sacrificio'.
En la antigüedad mítica, el sacrificio es estrategia ritual
para el ejercicio de un discreto dominio mágico sobre lo divino.
El humano entrega a los dioses un bien (animal, hombre, primicias
de cosechas), en el contexto de un rito con el propósito de
consumar un intercambio. Lo humano da a lo divino para recibir
de los dioses un bien entendido como protección o benevolencia.
Ulises apela a un acto sacrificial, pero animado con una conciente
intención de engaño. Bajo sus órdenes, todos sus marinos se
tapan los oídos para no escuchar la hechicera canción de las
bellas mujeres-pez. Ulises, como es sabido, es atado al mástil
de la nave. Sus oídos permanecen libres. Ulises se entrega como
sacrificio, como bien que sustituye o compensa la indiferencia respecto
al canto de las sirenas por parte de sus compañeros de viaje;
éstos no volverán al origen, a la fuente. Ulises sí. Además,
Ulises es bien entregado, en el contexto del sacrificio, para
obtener a cambio el don de un viaje feliz, un libre paso concedido
a los marinos por parte de las sirenas.
"Pero
la dinámica del sacrificio está intoxicada de falsedad. Ulises
no pretende entregarse en realidad; las sirenas no quieren que
el humano eluda el regreso a la fuente primitiva de la naturaleza.
Así, mediante el engaño, Ulises y sus hombres se liberan del
canto de las sirenas, del regreso al sagrado poder creador de
la naturaleza. El sujeto se emancipa de la gran Madre arcaica.
El sacrifico ha perdido la eficacia, que quizá nunca tuvo, de
comunicar al mortal con una naturaleza numinosa. El
sujeto, el Sí, el yo 'se salva de la disolución en la ciega
naturaleza'. El humano no se sumerge en el agua primaria
custodiada por las bellas cantoras de caderas ictiformes. Pero
la no disolución no supone real liberación; porque ahora el
Sí ‘queda en servidumbre respeto al contexto natural, un viviente
que busca afirmarse contra lo viviente’. Ulises no se funde
con la naturaleza mítica, divina. Es ahora sujeto independiente.
Pero, por esto mismo, se encuentra en una situación de enfrentamiento,
de oposición con el mundo natural. Es el sujeto (teóricamente
libre) frente (ya no dentro) a la naturaleza reducida a objeto
dominado. Pero Ulises, para preservarse como yo independiente,
no sólo debe dominar y negar la naturaleza exterior; también
debe domeñar el instinto como residuo de una naturaleza arcaica
que perdura enquistada en el cuerpo.
"La
naturaleza exterior o interior (el instinto) no puede ser ya
espontáneo hontanar de placer. Para encarnar el Sí autoconciente
e independiente, Ulises debe diferenciarse de una naturaleza
vivida como extraña y peligrosa otredad. La independencia del
Sí necesita del dominio de la naturaleza interior, corporal,
instintiva, y de la exterior (y ese dominio de la naturaleza
que está afuera incluye también el control de los cuerpos humanos
en el contexto de la sociedad burguesa moderna."
(43)
Como
se verá, desde esta naturaleza de la doble dominación interior
y exterior por el sujeto, no desde la naturaleza como modelo
superior de legalidad prehumana, se desparraman las espumas
lujuriosas de Sade.
Otra
idea axial de los pensadores de la Escuela de Frankfurt es la
distinción entre teoría tradicional y teoría crítica. La diferenciación
entre razón instrumental y razón sustantiva (44).
Y
los teóricos frankfurtianos también bregan por la recuperación
del nexo arte-cultura como creativo pulmón autónomo. El arte
ya no es efecto mecánico de la infraestructura económica. La
pulsión artística, en su energía polimorfa, es posible fuerza
política, el vehículo de una crítica cultural. Puños de imágenes
y sonidos que pueden desagarrar lo instituido, la sociedad de
la unidimensionalidad (Marcuse) mediante las velas ligeras de
la utopía (Adorno) del arte, que conserva la posibilidad de
la alteridad, de otro modo de existencia que espera, agazapado,
en el futuro.
Y
es, asimismo, especialmente relevante la crítica
frankfurtiana de la separación
entre naturaleza y cultura. Aquí brilla la síntesis marxismo-psicoanálisis
marcusiana, que genera como uno de sus resultados nodales la
emancipación del eros, la redención y ampliación de la sexualidad
como puente hacia una sociedad liberada (45).
Adorno
y Horkheimer concentran su hermenéutica de Sade en el excursus
"Juliette o iluminismo o moral" en su Dialéctica
del Iluminismo. La ilustración es animal racional que pretende
sostener en sus manos la unidad sistemática de todos los fenómenos
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