La
filosofía antigua griega continúa albergando canteras de rico
pensamiento. Aquellas riquezas no pertenecen a una remota
llama de la historia del pensar occidental. La indagación
griega del ser puede aún dialogar, interactuar con el mundo
contemporáneo; y entonar en la actualidad nuevas polifonías
de ideas. Diálogo entre lo antiguo y lo moderno como promesa
de un fuego intelectual reanimado. En esta dirección nos guiará
el artículo de Lucas Soares que presentaremos a continuación
en Temakel. Lucas Soares es Licenciado en Filosofía (UBA).
Doctorando en Filosofía (UBA). Becario del CONICET. Docente
e investigador en el área de Filosofía Antigua. Profesor de
las materias Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad
de Filosofía y Letras (UBA) y de Teoría Política y Social
I en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Profesor asociado
de la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino. Autor del
libro Anaximandro y la tragedia (Biblos, en prensa).
LA ACTUALIDAD
DE LA FILOSOFIA ANTIGUA COMO INTERCAMBIO DIALOGICO
Por Lucas Soares
¿Qué clase de
actualidad tiene hoy abocarse al estudio de las problemáticas
concernientes a la filosofía antigua?, o mejor, ¿en qué sentido
decimos, inmersos en nuestro marco epocal, que ciertos aspectos
de la filosofía antigua son ‘actuales’? Habría que aclarar
de antemano que no se trata aquí de hacer un inventario de
los temas puntuales de la filosofía antigua (sea presocrática,
platónica, aristotélica, helenística, etc.) que podrían llegar
a ser actuales para nosotros. Para ello, en efecto, ya hay
numerosos trabajos que se ocuparon de justificar hasta qué
punto ciertas problemáticas relacionadas con la metafísica,
la gnoseología, la ética y la política antiguas conservan
actualidad (1). De lo que se trata aquí es de ir más bien
al fondo de la cuestión, en la medida en que nos proponemos
condensar en un solo aspecto la actualidad de la filosofía
antigua. Más claramente: si tuviéramos que elegir, dentro
del abanico de problemáticas que nos ofrece dicha filosofía,
un solo concepto que funcione a la manera de denominador común
en lo que toca a la actualidad, creemos que tal denominador
sería la perspectiva dialógica que los griegos abrieron como
‘procedimiento’ o ‘camino’ (méthodos) a través del cual alcanzar
la sophía. Borges mismo, en el poema «El principio», nos refiere
una aparente conversación de corte abstracto entre dos griegos,
que podrían ser acaso Sócrates y Parménides, si bien dicho
autor nos advierte que «conviene que no sepamos nunca sus
nombres; la historia, así, será más misteriosa y más tranquila».
Apunta Borges: «No polemizan. Y no quieren persuadir ni ser
persuadidos, no piensan en ganar o en perder. Están de acuerdo
en una sola cosa; saben que la discusión es el no imposible
camino para llegar a una verdad. Libres del mito y de la metáfora,
piensan o tratan de pensar. No sabremos nunca sus nombres.
Esta conversación de dos desconocidos en un lugar de Grecia
es el hecho capital de la Historia» (2). Quizá el gesto borgeano
resulte arbitrario (como suele pasar a la hora de hacer recortes
relativos a la actualidad de una determinada cuestión), pero
cuesta concebir otro legado filosófico antiguo más primordial
que el señalado. El hecho filosófico capital de los griegos
estaría dado, entonces, por la introducción de lo dialógico,
o mejor, por la concepción de la filosofía como intercambio
dialógico.
Decíamos, pues, que queríamos ir al fondo
de la cuestión, procurando reducir la actualidad de la filosofía
antigua a una noción. Podría apoyarse tal propósito aduciendo
que el diálogo filosófico opera como matriz que articula las
diferentes dimensiones que descubrimos a partir del mismo,
las cuales caracterizan a la vez las diversas concepciones
filosóficas que hallamos en la antigüedad. En efecto, a partir
de ese «intercambio de palabras y pensamientos» (3) que constituye
la filosofía misma para los griegos, arribamos al descubrimiento
de las dimensiones ontológica, epistemológica y ético-política;
en una palabra, tales dimensiones se vinculan en función de
ese ejercicio discursivo que constituye el diálogo como «el
no imposible camino para llegar a una verdad». De este modo,
aunque dudemos respecto de la posibilidad de alcanzar plenamente
la sophía, la filosofía antigua nos enseña que es un enorme
progreso el hecho de adquirirla parcialmente a través del
intercambio dialógico.
Ahora bien, ¿en qué y de qué forma se relacionan el intercambio
dialógico como legado primordial de la filosofía antigua con
la actualidad de la misma para nosotros? Si miramos la cuestión
negativamente, podemos decir que así como la perspectiva dialógica
atraviesa de cabo a rabo toda la filosofía antigua, las filosofías
que la suceden (sobre todo la medieval y moderna) se caracterizan
precisamente por lo contrario, esto es, por el repliegue de
la filosofía dentro de un diálogo introspectivo de la conciencia
consigo misma (sin más baste recordar las Confesiones de San
Agustín, o el apacible retiro en el que se sumerge Descartes
a la hora de redactar sus Meditaciones metafísicas). Ahora
si encaramos positivamente la cuestión, podemos aproximar
a la filosofía antigua con la contemporánea, por cuanto que
una de las formas de evidenciar la actualidad de aquélla es
acudiendo al expediente que nos ofrece esta última en materia
de citas de autoridad, paráfrasis, reapropiaciones (conscientes
e inconscientes), críticas y confrontaciones que advertimos
en diversos pensadores contemporáneos respecto del pensamiento
antiguo. En efecto, si la filosofía contemporánea acude (sea
para adherir o para refutar) en parte a los griegos es porque
en su mensaje filosófico todavía hay algo que se deja oír;
algo que aún subsiste a pesar de las innumerables resemantizaciones
que fueron tamizando aquel vocabulario filosófico antiguo
al servicio de la pregunta por los orígenes del pensar y del
obrar humanos, y cuya meta última apuntaba al ‘vivir bien’
o ‘felicidad’.
Si admitimos esto, cabe abrir entonces una nueva
perspectiva interpretativa en la espinosa cuestión de la actualidad
de la filosofía antigua. Tal perspectiva estaría dada, entre
otras cosas, por la ‘puesta en diálogo’ de la filosofía antigua
con la contemporánea. Así, mediante la explicitación de los
nuevos contenidos que salgan a la luz a partir de tal conversación
o ‘fusión de horizontes’ entre ambas filosofías, no sólo adquiriremos
una visión renovada de la filosofía antigua misma, sino también
de la contemporánea, por cuanto que al dejar de considerar
unilateralmente a tales filosofías y ponerlas en conversación,
podremos reconquistar la función primordial para la que fueron
concebidas: el examen del pensar y del obrar humanos y, consecuentemente
con ello, la adquisición de una mejor calidad de vida.
Ahora cuando pensamos en los griegos en
tanto ‘punto de partida’ del pensar occidental, estamos mentando
implícitamente un ‘punto de llegada’. Gadamer nos aporta al
respecto un criterio según el cual la filosofía antigua, entendida
como ‘inicio’ o ‘principio’ del pensamiento occidental, depende
de una consideración respecto del ‘punto de llegada’: «Me
parece que es necesario precisar que el principio es siempre
principio respecto a un final, un punto de llegada. Entre
uno y otro hay un vínculo indisoluble, el principio requiere
el final. Si no se dice a qué se refiere el principio del
que se habla, se dice una cosa que no tiene sentido. El final
define el principio y, naturalmente, esto nos plantea una
larga serie de dificultades, porque la anticipación del final
es una presuposición del sentido concreto del principio» (4).
La cuestión sería entonces aproximarse a la filosofía antigua
desde el punto de vista de la filosofía contemporánea, y viceversa,
porque: «[...] no se nos da el inicio inmediatamente, sino
que es necesario volver a él partiendo de otro punto» (5).
Si -usando la terminología gadameriana- situamos ese ‘otro
punto’ en la filosofía contemporánea, el movimiento de reflexión
propuesto nos haría volver a la filosofía antigua desde tal
‘punto de llegada’, e ir hacia éste a partir del ‘punto de
partida’ que representa aquélla. Tal interacción dialéctica
entre un ‘punto de partida’ y un ‘punto de llegada’ puede
concebirse a la luz del intercambio dialógico que proponemos
como nota distintiva de la actualidad de la filosofía antigua,
ya que a través de este diálogo o conversación podemos llegar
a extraer aspectos novedosos y fructíferos del seno de ambas
filosofías, y ahuyentar así en parte el temido fantasma de
la especialización.
Pero como este movimiento de reflexión
propuesto no puede sustraerse de la tradición en la cual se
halla inserto, a la hora de ‘volver’ de manera crítica a los
griegos es necesario establecer una ‘dirección’ u horizonte
de interpretación. En la modernidad, como es sabido, encontramos
manifestaciones de tal gesto en las diversas estrategias de
apropiación de la antigüedad: entre otras, la conversión,
por el lado del clasicismo, de la Grecia histórica en una
realidad suprahistórica o ideal regulativo; y, por el lado
del romanticismo, el intento de ver en la Grecia clásica el
embrión del cristianismo, es decir, a Grecia como la anticipación
del mensaje cristiano del amor y de la salvación. Pero entre
todas las estrategias que nos brinda la modernidad al respecto,
hay una en particular que, desde el ámbito de la literatura,
nos interesa destacar como ejemplo a seguir a la hora de establecer
una ‘dirección’ en nuestra operación de ‘retorno’ a los griegos:
la de Hölderlin. En efecto, el interés que este poeta manifiesta
por los griegos, en su ensayo «El punto de vista desde el
cual tenemos que contemplar la antigüedad» (6), no se limita
a una consideración de los mismos desde un punto de vista
filológico o histórico, sino que la ‘dirección’ que él asume
consiste en mirarse en los griegos como en un espejo que,
en tanto que nos hace vernos en un otro, nos devuelve un reflejo
renovado de nosotros mismos.
‘Volver a los griegos’ críticamente sería entonces
‘escuchar’ su mensaje desde nuestra contemporaneidad; oír
el lema heraclíteo según el cual debemos intentar decodificar,
es decir, saber hallar la ‘armonía invisible’ que atraviesa
la red de información globalizada que hoy nos envuelve y asfixia.
O, como sugirió Nietzsche respecto de la orientación historicista
imperante en su época, saber apreciar sólo la ‘instrucción’
que implique realmente una ‘activación’ o ‘actividad’ en relación
con la vida y la acción (7). De esta manera, llegaríamos a
la conclusión de que el verdadero pensar no debería ya asumir
la forma de una compaginación erudita de datos, sino la de
aquella explicitación heraclítea de las relaciones implícitas
que pueden hallarse entre cosas aparentemente incongruentes.
Asimismo, mirarnos en el espejo de la filosofía antigua podría
hacernos ver no sólo las limitaciones del lógos filosófico
de nuestra época, sino también la insuficiencia del lógos
filosófico en cuanto tal (la misma insuficiencia del lenguaje
metafísico que, por ejemplo, explicará el carácter inconcluso
del Ser y Tiempo de Heidegger). Y aquí podemos vernos en Platón,
y, más precisamente, en su apelación al mito cuando aquél
desembocaba en callejones sin salida en términos filosóficos
(pensemos en los mitos escatológicos que cierran dos importantes
diálogos de madurez como el Fedón y la República).
Mirarse en ese espejo puede, sin embargo,
generar diversos tipos de actitudes hacia la filosofía antigua.
En un texto denominado «Nos-otros griegos», Derrida tipificó
claramente las actitudes o momentos que pueden advertirse
en alguien que ‘vuelve’ a los griegos: «(1) "Vea, estoy (hay
alguien en mí que se siente) fascinado por los ‘griegos’,
enamorado, demandante, endeudado, desbordado, excedido, esperando
siempre más de su reserva, pendiente del enigma de su palabra."
(2) "Y sin embargo, o quizá justamente a causa de esto, soy
(hay en mí alguien que se siente) ajeno, radicalmente insensible
a los ‘griegos’, incomprensivo, sorprendido, sordo ante su
palabra, incompetente, incapaz de entenderlos o de traducirlos,
como si para mí representasen lo completamente otro." (3)
"Y simultáneamente, o quizá justamente a causa de esto, soy
(hay en mí alguien que se siente) alérgico a los ‘griegos’,
a ese pequeño pueblo seguro de sí y dominador [...]. No pudiendo
ni queriendo dar testimonio por ellos, y menos aún tomarlos
por testigos, tenerlos por los últimos testigos, siento siempre
en mí una tendencia a contestarlos, yo diría casi a detestarlos."»
(8). En nuestro caso, el tercer momento de esta dialéctica,
más que en una tendencia a contestarlos o detestarlos, debería
resolverse en una tendencia a traducirlos. La filosofía antigua
sería así para nosotros un texto-espejo en el cual podríamos
mirarnos en el reflejo de la traducción. Si, como señala Nietzsche,
«el grado de sentido histórico que posee una época puede evaluarse
por el modo en que esa época traduce y se esfuerza por adueñarse
de épocas y libros precedentes» (9), las tentativas contemporáneas
de traducción de textos antiguos revelan no sólo el alto grado
de nuestro sentido histórico, sino también un importante obstáculo
relacionado con la enorme distancia temporal y cultural que
nos separa de tales textos. En efecto, detrás de cada uno
de ellos se esconde (a diferencia de la traducción de textos
contemporáneos) una historia o «configuración de traducciones»
(10), que fue dejando en los mismos una pátina a lo largo
de los siglos. Pero esto que podría parecer una pérdida, en
la medida en que la traducción de textos antiguos provoca
irremediablemente una distorsión respecto de su sentido original,
también implica una ganancia, por cuanto que la traducción
impulsa una interpretación renovada del legado filosófico
antiguo que lo adapta a nuestra forma de ver, logrando así
que nos proyectemos en tal renovación. En este sentido, mirarnos
críticamente en los griegos va a implicar, tal como lo revela
paradigmáticamente el tema de la traducción, una simultánea
proximidad y lejanía.
Con todo, si bien con el tiempo hemos dejado
de contemplar a los griegos como un modelo pasivo sometido
a mímesis, a veces nos olvidamos del hecho de que la filosofía
antigua constituye asimismo un pasado que oprime o, como nos
advierte Hölderlin, frente al cual estamos en una relación
de «servidumbre»: «Parece en verdad que [respecto de la Antigüedad]
casi ninguna otra elección está abierta: ser oprimido por
lo adoptado y positivo o, con brutal arrogancia, ponerse a
sí mismo, como fuerza viviente, frente a todo lo aprendido,
dado, positivo» (11). Así, en tanto pasado que «actúa y presiona
sobre nosotros», podemos curarnos de la Antigüedad a través
de ese phármakon que constituye el intercambio dialógico propuesto.
Para mirarnos críticamente en los griegos nuestra
contemporaneidad nos ofrece un punto de vista que se resuelve
en una tensión entre proximidad y lejanía: así como en la
tragedia «cuanto más radicales, dolorosas e irreconciliables
sean las escisiones, tanto más intensamente se manifiesta
en ellas la unificación de todo cuanto vive» (12), al abocarnos
al examen de la filosofía antigua desde nuestro marco epocal
experimentamos en la máxima lejanía la máxima proximidad.
(*)
(*)
Fuente: Trabajo publicado originalmente, bajo el título
«Apuntes sobre la actualidad de la filosofía antigua», en
la revista Espacios de crítica y producción.
Publicación de la Facultad de Filosofía y Letras - Universidad
de Buenos Aires, nº 26, octubre-noviembre de 2000, pp. 114-117.
CITAS:
1) Baste como ejemplo de ellos el artículo de Wolfgang
Wieland, «La actualidad de la filosofía antigua», en Méthexis 1
(1988), pp. 3-16; los textos reunidos por Barbara Cassin en Nuestros griegos
y sus modernos. Estrategias contemporáneas de apropiación de la antigüedad,
Buenos Aires, Manantial, 1994; y los más recientes trabajos de Giovanni Reale, La
sabiduría antigua. Tratamiento para los males del hombre contemporáneo,
Barcelona, Herder, 1996, y Pierre Hadot, ¿Qué es la filosofía antigua?,
México, Fondo de Cultura Económica, 1998.
2) Cf. Borges, J.L., Atlas, en Obras
Completas, Buenos Aires, Emecé, 1989, vol. III, p. 415.
3) Cf. Aristóteles, Ética a Nicómaco IX 9,
1170b 10-14.
4) Cf. Gadamer, H.-G., El inicio de la filosofía
occidental, Barcelona, Paidós, 1995, p. 19. En su estudio Gadamer alude más
concretamente a la filosofía presocrática, si bien el análisis puede
extenderse -creemos- a la filosofía antigua en su conjunto.
5) Ibid., p. 24.
6) Cf. Hölderlin, F., «El punto de vista desde el
cual tenemos que contemplar la antigüedad», en Hölderlin, F., Ensayos,
Madrid, Hiperión, 1983, pp. 33-34.
7) Cf. Nietzsche, F., Sobre utilidad y perjuicio de
la historia para la vida, Córdoba, Alción, 1998.
8) Cf. Derrida, J., «Nos-otros griegos», en Cassin, op.
cit., p. 199.
9) Cf. Nietzsche, F., El gay saber, Madrid,
Espasa-Calpe, 1986, p. 120.
10) Cf. Gadamer, H.-G., «Leer es como traducir», en Arte
y verdad de la palabra, Barcelona, Paidós, 1998, p. 89.
11) Cf. Hölderlin, «El punto de vista... », op.
cit., p. 33.
12) Cf. Bodei, R., Hölderlin: la filosofía y lo trágico,
Madrid, Visor, 1990, p. 27.