|
EL
HABITAR POÉTICO
Por Hugo Mujica
Hugo
Mujica
es un reconocido poeta argentino. Aquí su palabra poética y meditativa
acompaña, ilumina y se nutre, del pensar heideggeriano en torno a la
proximidad esencial entre ser y poesía. En este momento de Textos
sobre filósofos y filosofías en Temakel, presentamos uno de
los capítulos de La palabra inicial, obra de Mujica donde no hay
comentario o interpretación del decir de Heidegger sobre el
hombre, el mundo y el ser, sino un pensar-con , un fluido pensar
compartido entre el filósofo y el poeta.
EL
HABITAR POÉTICO
Por Hugo Mujica
Entre
la Gelassenheit a la que nos introdujo el Maestro Eckhart,
y la Gelassenheit heideggeriana que buscaremos configurar,
queremos retomar y darle cuerpo a un tema que ha venido
pulsando desarticuladamente hasta ahora: «el habitar poético».
«De
lo alto de todas las montañas, yo miré para otear patria y tierras
natales, pero no las encontré en ninguna parte», se lamenta y
corrobora Nietzsche por boca de su Zaratustra, y Heidegger, nos dice el
porqué de los sin patria:
La
ausencia de patria que aún debemos pensar, reposa en el abandono del
Ser propio del ente. La despatriación es el signo del olvido del Ser.
Habitar
y edificar son, para Heidegger, dos expresiones de un mismo hecho,
edificar es habitar, se habita edificando. Un edificar que, a través de
la etimología del alemán antiguo, nos habla de un «cuidar», un
«preservar». Un permanecer cuidando y «labrando». Un permanecer que
edifica «cultivando», labrando «cultura»:
«Ich
bin, du bist» significa: yo habito, tú habitas. La manera en que los
seres humanos somos en la tierra es buan, habitando.
«El
hombre habita edificando... edifica porque primero habita», porque del
habitar surge el edificar como de la raíz surge el tallo y del tallo
las frondas. No obstante, no todo habitar es el estar del
«estar-ahí», que es el ser más propio del ser del hombre, ni todo
edificar es crear el «habitar» humano. No todo edificar nace y brota
como cultivo ni emerge del habitar del hombre.
Los
hombres construyen, quizá hoy más que nunca, pero «de manera que no
logran con ello ni el fundamento de su existencia ni la esencia de su
habitar». El construir del hombre actual está marcado y enmarcado en
la «industria de la construcción», industria que produce «colmenas
funcionales y utilitarias», piezas que se evalúan como inversión y no
como habitación. Emplazamiento de un edificar desarraigado, regido por
la «voluntad de conquista» del espacio, que se impone sin responder a
la voz de lo natal, al llamado de la tierra. Responde y es eco, más
bien, del «llamado del poder socioeconómico que rige las ciudades».
Ciudades donde el vecindazgo no es cercanía sino separación, donde la
separación es aislamiento y el aislamiento refugio.
Este estarse dentro de tales construcciones, es el encontrarse emplazado
y sometido dentro de la «razón planificadora» que también planifica
y mide geométricamente el espacio humano como utilidad. Es, en
definitiva, el habitar desarraigado, el estar sin el suelo que olvida,
olvida cubriendo y cubre con ese olvido, la posibilidad que Hölderlin
llama --en el verso que sirve de idea directriz a Heidegger-- «el
habitar poético». Habitar desde la poíesis que no es otra cosa que
habitar creativamente. Habitar creando: construyendo su habitar.
Privilegiar
sólo este aspecto del edificar --advierte Heidegger refiriéndose al
sin suelo de la planificación-- no es más que olvidar que jamás hay
«cultura» sin que haya primeramente un verdadero habitar humano, sin
que el hombre se haya dado un verdadero habitar humano. Una verdadera
habitación digna de ese nombre, una habitación que él no puede
disponer sobre la tierra a menos que haya cesado de ser exclusivamente
el productor y consumidor que es... En una palabra, a menos que él
aprenda a habitar poéticamente, es decir, sustrayéndose a la sola
medida de la eficacia, dejando a la tierra libre para ser ella misma.
II.
Si
habitar auténticamente es habitar poéticamente, el estar desarraigado,
exilado de lo natal --enajenado de la tierra y, por lo mismo, cerrado al
cielo-- es estar a la intemperie. Una intemperie que Heidegger,
meditando en la figura trágica y por lo tanto arquetípica de Antígona,
nos muestra las caras de Jano de este desamparo, su aspecto de
realización o alienación de lo natal, de lo esencial:
La
intemperie puede estar alentada por la mera desmesura con lo ente,
para forzar en cada paso, y partiendo de aquél, a buscar una salida
y una sede. Esta desmesura para con lo ente y en el seno de lo ente,
no es, empero, lo que es sino a partir del olvido del lar, es decir,
del Ser. Pero este estar a la intemperie puede también romper este
olvido mediante la «conmemoración» del Ser y a partir de la
intemperie del lar.
«Y
es lo sin hogar que urge al río a correr a lo hogareño», poetiza
Hölderlin en su himno al Ister. Gracia y desgracia, la intemperie
habla, como ausencia y en negativo, de lo hogareño. «Antígona misma
--dice ahora Heidegger--es el poema del llegar a establecer lo hogareño
en lo sin hogar, en la intemperie», es la que discierne entre lo propio
y lo impropio del estar sin hogar. La que sume en su seno la muerte y,
con ello, la nada que sabe que pertenece al Ser. En este sentido la
intemperie, así abrazada, así asumida, «es el poema mismo», el que
vimos nacer de la noche, de la nada, de todo aquello que ocultándolo
dice lo iluminado. Lo abierto porque ningún límite lo enfeuda
«Los
mortales habitan en la medida en que sean capaces de su esencia
propia... habitar es el rasgo fundamental del Ser y sólo
justificándose a él, los mortales son». Podemos decir, con Heidegger,
que el tema de la «esencia mortal», que Antígona encarna, y el de la
«toma de Dimensión» que realiza su existencia tragicopoética, se
anudan, sin atarse, en el tema del habitar.
Habitar
la patria y el origen, es tarea del rápsoda que habita edificando y
edifica poetizando, habitando «la casa del Ser» desde la cual el Ser
nos da casa:
La
casa del Ser es el habla. Si es verdad que el Ser humano tiene por
morada de su existencia la propia habla --independiente de si lo sabe
o no--, entonces la experiencia que hagamos con el habla nos
alcanzará en lo más interno de nuestra existencia.
Si
el ser humano mora el habla en tanto «casa del Ser», también es
verdad que el hombre debe retornar a casa, y ese retorno lo establece el
poeta:
Así
debe haber poetas que empiecen por designar ellos mismos lo
«poético», que piensen y midan la «Dimensión» de los mortales, y
cimenten lo poético como fundamento del habitar, con vistas a esa
fundamentación, esos poetas deben ellos mismos habitar poéticamente.
«Pero
lo inmediato no es lo más cercano», afirma Maurice Blanchot, y si lo
que debe establecerse mediante el poema es lo hogareño, Hölderlin,
sabe harto bien que lo primero es a la vez lo último, que antes precede
«lo riesgoso», lo extraño, lo que vimos condensarse y prometerse en
la cifra de la noche. Hölderlin sabe que si lo hogareño en su
definitividad es el espíritu del poeta, esto no es lo inicial, «pues
en casa no está el espíritu al inicio»:
El
retorno tranquilo adonde ya nos encontramos es infinitamente más
difícil que los apresurados viajes hacia allá donde aún no estamos,
ni estaremos jamás... El camino nos deja llegar a lo que nos de-manda
y en cuyo ámbito ya nos hallamos. ¿Para qué entonces, podría
preguntarse, tan sólo un camino hacia allí? Respuesta: porque allí
donde ya nos hallamos, lo estamos de tal modo, que al mismo tiempo no
estamos allí, en la medida en que aún no hemos alcanzado propiamente
aquello que de-manda a nuestra esencia.
Si
la verdad del hombre consiste en la apertura hacia lo radicalmente otro,
tal apertura pertenece, sin embargo, al hombre, tal apertura es lo
propio de sí. No obstante, lo más propio, la patria del espíritu, su
espacio de despliegue, es lo más desapropiado por el hombre: lo más
cercano en él es encontrarse lejano de sí. Ser poeta, precisamente, es
saber que «lo real a lo que nos ha acostumbrado la cotidianidad», no
es capaz de mantener lo abierto como Abierto.
«Sólo
lo desacostumbrado puede iluminar lo Abierto», por eso este ir es como
siempre un «retornar», es, primeramente, un salir de lo habitual para
adentrarse en lo extraño hasta que lo extraño revele ser lo más
propio. Hasta que la soledad se recoja intimidad. Hasta que se habite.
Como
el ubicuo hijo pródigo, el poeta, debe ir a lo más propio a través de
lo más extraño:
El
espíritu poetizador, que ha de fundar el habitar humano como habitar
poético --afirma Heidegger--, debe primero estar en casa poetizando
la ley de su esencia. La historicidad de la historia tiene su esencia
en el retorno a lo propio, tal retorno puede llegar a ser un viaje de
ida hacia lo extraño. Llegar a estar poéticamente en casa, en lo
propio, al cabo de la travesía poetizadora de ir fuera de casa, a lo
extraño.
La
odisea hacia lo propio es, claramente, la conmemoración constante de lo
extraño como impropio. Lo ausente de todo presente que está ausente,
no en otra parte, sino en lo presente mismo.
¿De
qué sufres? --se pregunta René Char para contestarse:
De
lo irreal intacto en lo real devastado.
Es
el Ister, el río natal de Hölderlin, el que le sirve como imagen y
realidad de este peregrinar, de este fluir. Río que está en su
localidad a la vez que en un peregrinaje, fuente que al fluir permanece
en el origen, que manando su origen fluye, que fluyendo conserva su
trasparencia, trasparente retorna al origen. El Ister invita a que lo
extraño venga a él como huésped y se haga hogareño a partir de lo
sin hogar, de la intemperie. «Así como el Ister es el habitar poético
del hombre»: peregrinando hacia el origen, permaneciendo en ese
peregrinar como en la propia alma:
Buscar
la tierra peregrinando, construir poéticamente en ella y habitarla,
de modo de poder salvarla en cuanto tierra, eso colma la esencia del
alma.
Este
itinerario de retorno al lugar donde desde siempre estamos, obviamente,
no es ni espacial ni temporal, sino ontológico. Es el regreso a ese
lugar primero que dejó, como última palabra escrita, Heidegger en su
testamento, en su Camino del campo: origen.
Como
en el juego en que juega toda metáfora conductora del pensamiento
heideggeriano, también el origen se muestra ocultándose y, lo oculto y
el ocultamiento se opacan olvido:
Pues
el olvido comienza por mostrarse en su surgir, pero lo más propio del
surgir es lo que hace surgir. El origen lo ha desprendido de sí, si
bien de tal modo que él mismo no se muestra en lo surgido, sino que
se esconde y escapa detrás de su aparecer.
Son
las corrientes fluviales y los poetas, «los semidioses», como son
llamados en el «Himno a Ister», los que hacen originariamente
roturable la tierra, los que la preparan, abriéndola, para el «lar».
Preparan el suelo de la casa de la historia acontecida, abren el espacio
del tiempo dentro del cual es posible la pertenencia al suelo natal como
el lar.
Este
hogar, este lar al que se refiere Hölderlin y comenta Heidegger, es,
según la experiencia griega, «la sede de lo hogareño»: el hogar,
chimenea y lumbre, en torno al cual se reúne y enciende lo hogareño,
lo familiar, lo que reuniendo ilumina e iluminando reúne. Este lar que
congrega en torno a su calor y su luz, que entibia y alumbra reuniendo,
es, afirma el pensador, «el Ser mismo a cuya luz y fulgor, ardor y
calor, todo ente se ha reunido ya».
III.
Tanto
la expresión esencia, tantas veces usadas por Heidegger como veces nos
recuerda que la comprendamos no como un sustantivo sino como un
infinitivo verbal, como lo que permanece en el conjugarse, como nuestro
verbo ser, se remontan al indoeuropeo sed, raíz que implica un estar
sentado. Raíz que denota una expresión que funda, por asentamiento,
como el recogimiento propio de las culturas sed-entarias, en torno y
dentro de cuyo recogimiento los hombres construyen sus casas y poblados,
labran y cultivan la tierra. Aman, sufren y sueñan. Recuerdan y mueren.
«El
alma busca la tierra, no huye de ella», afirma Heidegger para agregar:
«los poetas son aquellos que consagran la tierra». La consagran para
que los mortales la habiten, la donan a éstos donándoles sus palabras.
Habitar
originariamente es fundar, y este fundar el nuevo inicio de la nueva
historia -el que estamos intentado iluminar- es la misión del poeta.
La misión que realiza peregrinando en torno al origen, al originarse
del lenguaje en el que todo se origina: lenguaje que ya no aparece como
«lenguaje y suelo natal» sino «lenguaje como suelo natal»:
La
boca no es sólo una clase de órgano del cuerpo, entendido como
organismo, sino que cuerpo y boca pertenecen al fluir y al crecimiento
de la tierra en cuyo seno, nosotros, los mortales, florecemos y del
que recibimos la autenticidad de nuestras raíces. Si perdemos la
tierra perdemos también las raíces.
Lo
resonante, lo terrenal del habla, está sostenido en la armonía que
entonan mutuamente las regiones del mundo, haciéndolas jugar las unas
con las otras: en el habla florece la tierra hacia el florecimiento
del cielo.
Habitar,
en su raigambre más ontológica, es dejarse habitar por «la esencia
del habla», el Decir del lenguaje:
Lo
que importa no es proponer una nueva visión acerca del habla. Todo
consiste en aprender a morar en el hablar del habla.
El
Acontecimiento apropiador es lo más inaparente de lo inaparente, lo
más simple de lo simple, lo más próximo de lo próximo y lo más
lejano de lo lejano, dentro del cual los mortales tienen siempre su
morada.
El
Acontecimiento apropiador confiere a los mortales la morada en su
esencia para que puedan ser los hablantes.
Rainer
Maria Rilke, apenas un año antes de su muerte, escribió: «Ahora es
tiempo de que los dioses emerjan desde las cosas que habitamos...». Y
Heidegger, una vez más confía este dejar emerger al poeta:
Cuando
los poetas están maduros, entonces es cuando pueden ser usados por
los dioses, ahora es cuando comienza el cuidado de la vocación
poética: el retorno a la patria por el cual la patria se prepara como
la tierra de la cercanía del origen. Resguardar el misterio de la
cercanía reservadora a lo más gozoso y desplegarlo resguardando,
éste es el cuidado del retorno a la patria.
La
patria es el origen del espíritu y el fundamento del origen.
Ahora,
cuando el «alma peregrina» se transfigura «alma azul», veámosla
dilatarse en la Gelassenheit, abrirse a «la Serenidad que permite
escuchar».(*)
(*)
Fuente: Hugo
Mujica, La palabra inicial, Ediciones Trotta.
|