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GIORDANO
BRUNO
La
filosofía en la fusión de la cosmología, la magia, el eros y la memoria.
Por Esteban Ierardo
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Detalle
de la estatua de Giordano Bruno que se levanta en el
Campo di Fiori donde fue quemado vivo en el año 1800.
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Giordano Bruno pensó un universo ya no encerrado en una finitud esférica y estática como lo pensaba Aristóteles y la física medieval. En el siglo XVI, su libre pensar especulativo lo condujo hacia un inagotable universo infinito que contiene o genera múltiples mundos paralelos. El librepensamiento, un filosofar que pretendía liberarse de la teología, el valor para pensar lo pensable y señalar lo impensable, fraguaron un Bruno herético, pensador heterodoxo, perseguido por la Iglesia. Que finalmente lo apresó. Y lo sometió a juicio. Para quemarlo vivo en el Campo di Fiori en el año 1600. Pero Bruno es también quizá el punto más alto del profundo saber hermético-neoplatónico del Renacimiento, impregnado de cábala, astrología, magia; de una magia erótica, en Ficino o en Bruno, que todo lo liga. Y el Nolano también cultivó el complejo simbolismo de un arte de la memoria, en el que la imagen es agente de recuerdo y vínculo con las fuerzas supracelestes, que convierten al hombre en sensibilidad receptora de potencias universales.
Aquí
pensamos el pensar de Bruno. Algunas de las luces máximas de su
filosofía, pero también la posible herida de un legado que aún
espera su cristalización entre el calor de la estrella y el
inmediato polvo terrestre.
E.I
GIORDANO
BRUNO
La
filosofía en la fusión de la cosmología, la magia, el eros y la memoria.
Por Esteban Ierardo
I
Las
llamaradas protestan. Consumen la carne. Pero a la vez protestan por
ser una involuntaria mordedura que deshace tu cuerpo, Giordano. Te
contemplan, extasiados, complacidos, lo que te temen y, a la vez,
acaso secretamente, te admiran. Pero el fuego debe consumirlo todo.
¿Pero realmente lo hará? En pocos segundos antes de que tu cuerpo
se difumine, en otro tiempo más
veloz, puedes ver hacia atrás, hacia el sendero donde tus huellas
hilvanan el único y raro tejido de tu vida. Crujen las lenguas
llameantes. Pero su chirrido atroz todavía no te impide aún recordar...
Por eso, en el año 1600, ahora, en el Campo di Fiori, ves el nacimiento desde el vientre
misterioso
de
tu madre en un día en Nola, hace cincuenta y dos giros solares...
Ya
a los doce años, luego de tus primeros estudios en Nápoles,
estudias dialéctica y humanidades. Un predicador te impresiona
vivamente. La vida en Nápoles es gris. Algo más caliente y lejano es lo que deseas. Te inicias en la
vida religiosa. Tres años después ya vistes los hábitos del
dominico. Y adquieres el nombre de Giordano.
En
un convento de Santo Domingo Mayor, comienzas a predicar. Por
primera vez tus superiores sospechan un velado acento herético en
tus sentencias. Recibes la condición de sacerdote, estudias
teología. De nuevo, las sospechas, las acusaciones. Y debes huir a Roma. Es 1576. Abandonas y recuperas las
vestiduras clericales alternativamente. Vives como nómada. Descubres lecturas, cuerpos misteriosos de mujer que recorres con
tus manos. Y con centelleos de diamante en los ojos observas Turín,
Venecia, Padua, Bérgamo, Bresia, Milán, Ginebra, Lyon, Tolosa.
Adquieres aquí un "doctorado en artes". Enseñas el De
anima aristotélico. Por las guerras civiles en el riñón galo,
abandonas París. Pero antes te convoca Enrique II a su corte. Le
presentas tu Ars Memoriae. En 1583, por desavenencias con los
católicos radicales, te trasladas a Londres. Sostienes allí una
disputa con los doctores de Oxford. Te envaneces con tu sutil poder
de refutación dialéctica cuyos dardos despedazan la fragilidad de
las flojas torres de la lógica ramista, retórica y vacía.
Y
luego, en 1584, comienzas los Diálogos italianos: De l'infinito
universo et Mondi (Del infinito universo y sus mundos); Spaccio
della bestia trionfante (Expulsión de la Bestia triunfante),
dedicada al poeta inglés Sir Philip Sydney;
De la causa, principio et Uno (Sobre la causa, principio y
unidad);
La cena delle ceneri (Cena del Miércoles de cenizas);
Degli eroici furori (De los heroicos furores), también
dedicado a Sidney. Luego,
nuevamente, regresas a París, estudias intensamente el arte
mnemónico y combinatorio de
Raimundo Lulio. En el Colegio de Cambray
atacas a Aristóteles. Enseñas filosofía en la Universidad de
Wittenberg. En Praga, agasajas al protector de científicos y
magos, Rodolfo II, con la especulación mnemónica De spercierum
scrutinio. Te zambulles con tu aleteo de halcón en Helmstedt,
Frankfurt. En esta última ciudad, en 1591, publicas tu último
tratado de la memoria: De imaginum signorum et idearum
compositione, el
último fogonazo de tus largas sagas de la memoria mágica.
Pasas
después por Padua y, en Venecia, te invita Giovanni Mocenigo. Aquí
prometes clases del arte mnemónico, pero antes anuncias tu deseo de
pasar por Frankfurt, para recoger algunas de tus obras allí
impresas. Tu anfitrión se enfurece. Te denuncia, te entrega al monstruo
de las mazmorras represoras. La Inquisición.
Y
primero toses en las cárceles de la Inquisición veneciana. Luego,
en las prisiones del Santo Oficio en Roma. Cárceles, prisiones para
congelar tus quemantes flechas especulativas
lanzadas hacia el infinito.
Y
padeces largos años del proceso inquisitorial. Debes pensar de otra
manera, te dicen, te demandan tus jueces. Más que tu retractación
lo que se te exige es que abandones tu hacha destructora de sofismas y de textos reverenciados como
supuestas revelaciones divinas. Se te pide que no despiertes a los
teólogos y a tu época de su cómodo y dogmático sueño. Tu
arrepentimiento sería un acto de clemencia para quienes te acusan y
fingen segura soberbia ante tus refutaciones, ebrias de lucidez. Pero no te
arrepientes. ¿Por qué debes arrepentirte de encender las lámparas
que iluminan los ojos cegados? Quienes te acusan temen más que tú
al pronunciar la sentencia que tú al escucharla. Y sólo si no te arrepientes
sobrevivirá la verdad. Por eso, a tus inquisidores, sólo les queda lo más
desesperado: exigirle al pulpo ígneo de la hoguera que te consuma,
que te extinga...
Pero a pesar de tanto dolor salvaje, a pesar de
tantas navajas incendiarias horadando tu carne y tu
sangre, el pensamiento de tu frente quema más todavía…
II
La
muerte épica es una gema ambigua. El arrepentimiento hubiera
salvado a Bruno de las llamas. Sin embargo resistió, y convirtió
así a su muerte en un acto de poder. Un morir poderoso, heroico,
crea leyendas. La leyenda de Giordano Bruno, heraldo del
librepensamiento. Y las leyendas perfuman con aromas seductores al
héroe. Pero amenazan con convertir al pensamiento del épico
pensador sólo en la estela de la leyenda, en la cola del cometa de
corona incendiaria y veloz.
Se
podría especular sobre la verdadera fuente de la potencia del pensar
de Bruno. Su valor intrínseco, su insita fuerza ontológica reposa
en su propia obra. No necesita del reconocimiento público en el
teatro de la historia. Pero lo histórico reconoce, frota y hace
resplandecer la esfera de cristal. Sin embargo, Bruno es escasamente leído;
es escasa la recreación por la lectura, salvo pequeños círculos
especializados, de su ruptura de antiguos diques que liberaron las espumas de
otro pensar. Aun así se podría especular: si se hubiera arrepentido el pensador,
¿su pensamiento habría sido también influyente? Su muerte heroica acaso
le tributó una aureola romántica e indestructible a todo su universo de
ideas. El modo de morir no sólo tiñe la vida que se pierde con un color más
fuerte y vivaz. Cierto tipo de muerte, como la de Bruno, magnetiza
con más fuerza las ideas pensadas. Justo en el momento y lugar
donde comenzaron a acumularse las cenizas…
III
La
cumbre de Brumo recorrida por los vientos más enérgicos (o
sabidos) es su cosmología. La
multitud de ideas de Filoteo (alter ego de Bruno en Sobre el
infinito universo y sus mundos) giran en derredor de un solo punto de fuga,
harto conocido, repetido: el salto de un único mundo finito hacia
los infinitos mundos.
Primero,
lo que se destruye: la física tradicional aristotélica, revivida
por el tomismo medieval. El Estagirita piensa (¿o imagina?) un
universo finito. En el centro es la tierra inmóvil. Alrededor giran
las esferas motrices de cristal, donde se mueven los astros. Las
esferas contienen el movimiento de los cuerpos celestes. Euxodio
habla de treinta y sietes esferas. En el extremo superior del universo cerrado,
esférico, estático, late la esfera de las estrellas fijas, que
dispensa su movilidad a las otras esferas merced a un primer
impulso moviente, el primum mobile de la astronomía en
el medioevo. Y más allá brilla el Empíreo radiante. La esfera
superior alberga a todas las demás, y a las órbitas de Saturno, Júpiter, Marte, La luna, el Sol, Venus, Mercurio.
Las esferas giran en círculos perfectos, que expresan divinidad y
perfección, ausencia de perturbación o corrupción. Estado de
plenitud excelsa opuesto a los movimientos lineales, rectilíneos,
del mundo sublunar, ámbito específico de la Tierra, donde impera
el nacimiento, la generación, la muerte, la enfermedad. La vida que
se corrompe en el flujo del tiempo cronos, de lo temporal de
la hoz del filo destructor. Las esferas interiores debían explicar
el carácter errático de los planetas, que enfurecía al Platón
que profesaba que todo en la altura supraceleste debe ser perfecta
circularidad, eterna matriz de movimientos regulares, que niega toda
progresión errática, irregular.
En
su Física, el macedonio creador de la escuela del Liceo
afirma que "el firmamento no está en ningún sitio", y
"ningún cuerpo lo rodea". Cada parte está en su lugar
que es contiguo a otra parte-lugar. El
todo no es parte, porque la parte siempre es envuelta por algo,
mientras al todo nada lo envuelve. Y esto porque en "el
universo no hay nada fuera del todo, y el todo es el
firmamento". Mas el lugar no es el firmamento. El locus
siempre es en
contacto, en contigüidad, con otros lugares-partes. Y el conjunto
de las partes existen dentro del "límite inmóvil" de la
esfera que alberga todas las esferas. De
modo "que la tierra está en el agua, el agua en el aire, el
aire en el éter y el éter en el firmamento, pero éste no está en
otra cosa".
Para
Aristóteles, el mundo es entonces finito. Fuera de él no hay nada.
El universo reposa así "en sí mismo". Pero un lugar no
es sino un atributo o accidente de un "cuerpo continente".
Si no hay un "cuerpo continente" no puede haber lugar. Y,
por tanto, tampoco será el mundo "que está en sí mismo".
Así, no hay lugar si no hay continente. Y si fuera del lugar-superficie no hay
cuerpo que contenga, sólo
hay vacío. Lo cual es "difamador de la dignidad de la
naturaleza divina y universal" (1).
Porque
"la divinidad no está para llenar el vacío".
Y el
"principio primero" es simplicidad, posee una esencia
única, constante, universal. No hay composición en él. Por lo que
si algo es finito existe como extensión de lo infinito (no como
opuesto que se mezcla con lo infinito en una relación de composición).
Por lo que como rezaba ya La Docta ignorancia,
I, 16, del gran Nicolás de Cusa, precursor del Nolano: "cualquier parte
(finita) del infinito es
infinita". Y el
pensar bruniano acuerda que si "el operador del universo es
ciertamente operador infinito debe generar un efecto
infinito". Y entonces "…debe entenderse que Dios comprende
en acto dimensiones infinitas e infinito número" (2). Y,
paralelamente, e invirtiendo el argumento: si el universo es obra de
una "potencia infinita" debe deducirse un "sujeto de
tal potencia" que es "igualmente infinito". Por tanto
un sólo mundo o universo sería la pobreza imposible y contradictoria
en el corazón de una potencia que no puede detenerse en un solo
efecto.
El ser es infinito. No parece caber ya ningún ripio de duda,
ningún lastre de vacilación escéptica. Sin embargo, no es posible
una perfecta identificación entre la simplicidad de Dios, una
"infinitud intensiva", y los múltiples mundos, la
"infinitud extensiva". Para Filoteo este mundo, y los
otros, deviene entonces un "simple punto", una "nada".
Pero al decir de Alexandre Koyré: es "esa 'nada' del mundo y
de todos los cuerpos que lo componen, la que entraña su
infinitud". Por lo que "la creación divina, para ser
perfecta y digna del Creador, debe contener todo lo que es posible,
es decir, innumerables seres individuales, innumerables tierras,
innumerables astros y soles. Así pues, podríamos decir que Dios
precisa un espacio infinito para colocar en él este mundo
infinito" (3).
Koyré sigue la corriente argumental bruniana hacia la
apoteosis de la ontología de la infinitud desde la mirada de un
historiador de la ciencia antes que desde la óptica de un
especialista en la pulsión hermética-renacentista. Por lo que advierte las
deficiencias matemáticas del Nolano, su pobreza científica. Y esto
lo induce a afirmar que, en su obra, no late aún "en absoluto
una mentalidad moderna". Lo "vitalista" o lo
"mágico" del arco pensante completo de Bruno no podría
ser así la primera y verdadera apertura al mundo
exterior y visible estudiado por las lentes de la
ciencia. No obstante esto, no evita un momento de embriaguez
admirativa ante el nativo de Nola: "su concepción es tan
poderosa y profética, tan razonable y poética que no podemos menos
de admirarla a ella y su autor" (4). Como científico Bruno
marcha rezagado respecto a su horizonte epocal, pero en "sus
enseñanzas iba muy por delante de su tiempo"
(5).
Es seductor acercarse a un pensador como arquitecto de un cúmulo
sistemático de razonamientos convincentes. Pero quizá el más alto
pensar es el que nunca construye nuevos pilares para sustentar
falsos límites, sino el que dinamita muros para escabullirse, con
corazón explorador, hacia un nuevo espacio que, aunque no disuelva
el límite como tal, agrega nuevo calor al desciframiento de la vida
que se da. Una actitud que define a todo verdadero
librepensador, como el que fue recibido por las llamas en el Campo
di Fiori.
IV
El
pensamiento occidental, desde el medioevo hasta la modernidad, siempre
se enfrenta con lo ya dividido: el cielo y la tierra, el bien y el
mal, el espíritu y la materia. Ante los opuestos la respuesta pensante
puede ser doble: legitimar
lo enfrentado, o reconciliar lo antes escindido (la coincidentia
oppositorum). Dualismo o
monismo. Bruno se trepa a las ramas del árbol monista. El ser es
unidad que contiene la multiplicidad. No es pluralidad o dualidad
irreductibles. Proceso donde se sitúa la famosa complicatio y
explicatio cusana en De Docta
Ignorancia II, 3:
"Dios es por, consiguiente, quien complica todas las cosas,
porque todas las cosas están en él; es el que explica todas las
cosas, porque él mismo está en todas".
Para otear esta cuestión desde una altura analítica,
el Nolano elige el camino del "filósofo natural", no el del
teólogo. En su modo de filosofar, y más exactamente en su
concepción del mundo, lo anteceden Heráclito, y en especial
Demócrito, Epicuro, y su apertura a un infinito de continua
renovación que, luego, Lucrecio expresará en su gran poema
filosófico-didáctico De rerum natura.
La religión es necesaria aceptación del dogma. Es repetición litúrgica, es lo consabido y
aceptado. O es especulación teologal sobre la
aceptación previa de una verdad revelada. Bruno elige la línea de
luz del filósofo
como senda de la racionalidad. Pero no de la ratio futura,
autosuficiente, cartesiana, monadológica. En el Nolano la
razón es ballesta que aún se tensa ante la presencia
física, sensorial, material del mundo, con sus manantiales y
bosques, o sus junglas lejanas de estrellas. Una filosofía natural que se
nutre de la exploración del universo, de un escrutar "los
signos naturales de las cosas". Pero el estudio de lo natural
no depende de la observación sensorial, sino de la razón, cuya
mirada universal permite
descubrir en la naturaleza los vestigios del
principio o fuerza creadora primordial. El universo material es efecto de una
causa primera. Pero no se puede conocer la causa como tal desde las
cantidades de los efectos, desde las "cosas dependientes",
desde las particularidades, no
podemos deducir una noción de causalidad agente originaria. El
pensar se enfrenta con el límite de los meros efectos, los reflejos de una luz
proyectada.
El intelecto recorre la naturaleza como
"vestigio de Dios".
Pero aquí no brilla el conocer de la potencia que imprime la huella, de igual modo que "el que ve la
estatua no por ello ve al escultor; quien ve el retrato de Elena no
ve a Apeles, sino que ve el efecto de la operación proveniente de
la bondad, del ingenio de Apeles" (6).
El conocimiento de la causa misma es búho evasivo en una noche
misteriosa. Por el efecto
no se hallará la fuente-causa de la que brota y se nutren las hojas
más altas y ligeras de la planta lozana. El efecto no restituye el
secreto creador de la causa. Porque lo absoluto e infinito no es
cognoscible. Es niebla que debilita y extingue toda lámpara del
intelecto. La causa generativa (o el absoluto incondicionado,
absuelto de toda
condición previa a su propio ser) no será aprehendida desde lo
condicionado. Ninguna nervadura de conceptos particulares
conseguirá explicar la rosa como totalidad irreductible a cualquier
proposición finita. El concepto finito (de lo infinito) es sólo
sustitución del todo por
la parte.
Así, lo
divino late fuera de todo conocimiento especulativo. Es misterio
inefable. Pero el
hombre puede, por una vía intuitiva, acercarse a la mens
absoluta. Y devenir entonces dios en la tierra. Mas sin
nunca difundirse plenamente en la divinidad, aunque fuera en un
instante de arrobamiento extático.
Y
Bruno también arroja sus dardos críticos contra los
"lógicos", la estirpe filosofante descendiente de
Aristóteles. Los que aman edificar edificios de formas conceptuales
vacías, ajenas a la contradicción o incoherencia, pero sin
contacto con la porosa infinidad de la materia, que brota desde la
potencia infinita.
Bruno
filosofa. No dogmatiza. No argumenta como teólogo. Su única
religión no es ya la de la ecuación binaria revelación-hermenéutica
(interpretación) teológica, sino "una religión de la
mente", en la que el hombre puede prolongarse en la
divinidad.
Si
el humano puede reflejar lo
divino inescrutable, lo es
desde su integridad completa, desde su unidad psicofísica. Quien se reencuentra con Dios
se eleva y purifica
paralelamente a la materia de la que su cuerpo es derivación o
accidente. La materia supera así una larga penumbra de descrédito.
Primero fue la hyle aristotélica, la materia como contenido
pasivo para la aplicación de la forma (morphé) estable solidaria de la
sustancia (ousía) como identidad real del ente. Luego,
es la materia como sombra, reflejo, simulachra en el platonismo y
cristianismo, ante la única realidad verdadera del eidos, de
lo ideal, del
espíritu como supremacía inmaterial del ser.
Si
el universo material como plexo de los efectos infinitos es vestigio
de la divinidad infinita, ya no lo es como degradación, como
manifestación privada de una dignitas intrínseca. El
vestigio es la prolongación radiante de la fuerza creadora
ilimitada. De ahí su condición numinosa, que no supone sin embargo
identidad con la causa. Pero aunque Bruno pretenda eludir la
acusación de panteísmo (la posición donde la aparente diferencia
materia-espíritu son dos brillos de un único prisma) su dios
infinito no puede ser ya exterioridad radical. Luego de cualquier
marea o contramarea argumental, su divinidad es ahora ineludiblemente inmanencia
incandescente. La causa única, la realidad una es una porque todo
es dentro o en la única sustancia de la infinita potencia
expresiva (7). Un fogonazo anticipado del posterior spinozismo en el
barroco del siglo XVII.
Así,
lo infinito no es exterior respecto a lo finito. Porque lo implica
(nueva remisión a lo cusano). De la misma forma no hay cosa que, en tanto exista, no sea
verdadera. Así lo piensa Bruno en otros de sus diálogos
fundamentales. En el ya referido Expulsión..., en su primera
parte, en el diálogo entre Saulino y Sofía, ésta argumenta: "La
verdad es aquella entidad que no es inferior a ninguna cosa"
(8). Y ninguna cosa es antes de la verdad. Si se imagina
una cosa anterior y distinta de lo verdadero, no participaría de la
veritas. Sería entonces no verdadera, por lo que
la cosa en cuestión "es falsa…no vale nada…es nada…no
tiene entidad" (9). Y, de forma análoga, nada puede ser
después de la verdad porque sin ella, nuevamente, no sería más
que falsedad, nadidad, inexistencia. Nada puede ser así fuera de la
omnipresencia de la Verdad. Y por las vías de una necesidad
metafísica y lógica la verdad está antes y después
de las
cosas, dado que "ella está antes de las cosas, como causa y
principio, en cuanto que por ella las cosas tienen dependencia;
está en las cosas y es ella misma su sustancia, en cuanto que por ella tienen
la subsistencia; y está después de todas las cosas. En cuanto que por
ella son comprendidas sin falsedad" (10).
El
anillo de lo finito, con su círculo particular de presencias,
entidades, instantes, sólo es dentro de la circularidad ilimitada de la causa infinita, que es a la vez
verdad omnipresente. El viento de lo infinito-verdad no abandona a
la nada ninguna raya de leopardo de lo que existe. Así confirma su unitas. La realidad es una. Y todo lo que
es en el
anillo único deviene. Es movimiento. Saber que Bruno continúa desde la
tradición hermética, desde Cornelio Agrippa que en De occulta
philosophia, II, 56, recuerda al Hermes Trimegisto del Corpus
hermeticum (C.H. XIII) cuando afirma:
"Todo
lo que existe en el mundo se mueve por crecimiento y disminución. Y
puesto que todo lo que se mueve está vivo, también la tierra,
por su movimiento de generación y alteración, está viva " (11).
Si
todo está vivo, la vida en su movilidad intrínseca crece y
decrece. Es la única vida que dimana de un solo principio, de la
causa infinita que, en su no finitud, en su no límite, excede lo
captable por una percepción sensorial puntual y directa.
Y lo ígneo
es metáfora del ser animado y animador (que al animar o iluminar lo otro se
autoilumina y vivifica por la unicidad de la realidad misma);
metaforización ya crepitante en el lógos heraclíteo, en el fuego
artesano estoico. O incluso en la Idea del Bien platónica. Y como Platón igualaba per analogiam la idea
suprema con el sol
físico, Bruno también se remite al Asclepio, 29, de la
tradición hermética para avalar que el sol material es acción visible que
ilumina y da vida, por la "divinidad y santidad" de toda
su luz. Y por su palpitar como "dios segundo". Bruno
adhiere así al heliocentrismo copernicano ( que desplaza al
anterior geocentrismo aristotélico-ptolemaico) no esencialmente por la
vía experimental, por un pensar científico-matemático, sino por
la exaltación de una religión solar-hermética. Sin embargo, el sol
físico, como expresión observable de una verdad superior se armoniza
con la astronomía del autor de De revolutionibus orbium
caelestium. Y eso porque en el Renacimiento se
unen, y no separan, la condición mítico simbólica de los astros,
del cielo y el universo en general, con la indagación
matemático-racional de las insipientes ciencias naturales. Es la
unión, en la cultura mágico-racional renacentista, de Atenas (con
sus tejidos de razonamientos y observación empírica ante el orden natural), y Alejandría (cuna del hermetismo, urbe cosmopolita y nodal
de la
era helenística).
El sol visible ( y por extensión el cielo) es apertura a
una compresión universal. Por la remisión a lo celeste, el hombre
como microcosmos se abre al macrocosmos.
El
cielo, las estrellas, los planetas, las constelaciones (como en todo
momento del simbolismo tradicional, desde el chamanismo hasta el
hermetismo) constituyen el locus arquetípico de lo eterno, de la verdad
en su pináculo.
Y el hombre entregado a su potencial identificación con
lo divino debe purificarse mediante la elevación moral. En la Expulsión…,
esta ascesis es efecto de los influjos celestes. En el
Renacimiento de lo hermético y neoplatónico aunados, lo real
reposa en una organización triangular: 1) lo real supraceleste,
numinoso, eterno. Aquí palpita la religión astral platónica del Timeo
(12); 2) el orden matemático o celeste; 3) lo
sublunar, el mundo terrestre, y el tiempo del nacimiento, la
generación, del crecimiento y destrucción.
De
lo supraceleste divino participa el hombre por el intelecto; de lo
sublunar recibe su cuerpo; de lo universal celeste acumula la
influencia de los astros entre los pliegues de su constitución psíquica
y moral.
En la Expulsión...las
constelaciones, los planetas, el cielo observable, contamina al
hombre con el vicio. Los vicios, de origen celeste, son la
"bestia triunfante" que sólo es expulsada desde una
previa reforma del cielo que augura una ulterior transformación
antropológica. La asamblea de los dioses olímpicos, encabezados
por Júpiter, auspicia la purificación. Cada dios es una
facultad del alma, cada dios regentea una particular reforma del
alma. En el hombre se proyecta el orden cósmico.
Por eso, la revolución ética de los dioses repercute, por
simpatía o empatía, en la psique humana. Los dioses que
contribuyen a esta mutación pertenecen a una larga tradición que
antecede a Bruno (13).
El
alma se reforma por influjo de las divinidades. "Las virtudes y
potencias del alma acuden a secundar la obra y el acto de todo
cuanto por justo, bueno y verdadero define, la luz eficiente (es
decir Júpiter), la cual endereza el sentido, el intelecto, el
discurso, la memoria, el amor, la facultad concupiscible, irascible,
la sindéresis (la capacidad para juzgar rectamente), la elección de la voluntad; facultades
significadas por Mercurio, Palas, Diana, Cupido, Venus, Marte, Momo,
Júpiter y otros númenes" (14).
En
el Renacimiento fulge un hombre que se autorrealiza gradualmente,
que se glorifica lentamente desde el Discurso sobre la condición
humana de Pico della Mirandola. Pero el ala humana que se alza hacia
mejores alturas no supone aún la total autosuficiencia
del ego. Por eso, el hombre de la reforma moral
bruniana no desdeña la guía superior de fuerzas sobrehumanas
universales, simbólicamente tiznadas de un simbolismo hermético-astrológico. En la conciencia abierta a la moral celeste el hombre se fortalece por
la empresa ética de expulsar dentro de sí la vieja "bestia
triunfante" del vicio. Por la acción de un rayo
estelar, magnificente y purificador, relucen las gemas de las
virtudes posibles en el camino del hombre, un pequeño dios
terrestre.
V
La
elevación del mamífero dotado de la facultad pensante no ocurre en
Bruno por la fe. Por eso su crítica mordaz contra la exaltación
protestante de la fe en desmedro de las obras. El justo se salvará
por la fe, repetía Lutero. Pero, para el Nolano, el hombre sólo brillará por
la elevación hacia un infinito vital, y por su acción terrenal, por
la vehemencia del que trabaja en pos del bien común y que,
muchas veces, es explotado por los inútiles, por los que duermen en
la holgazanería.
Bruno
defiende la unión de las manos y del intelecto (que piensa y experimenta la
infinidad). Las manos, recuperadas en su dignidad, son las que construyen obras y acciones
edificantes.
El librepensador itálico se opone a una fauna humana que rinde culto a la "santa asnidad",
como luego lo hará Goya a través de sus célebres grabados de los Caprichos,
en 1799.
Asnos son los frailes ignorantes, perezosos, de los conventos
napolitanos que el Nolano conoció en su juventud; asnos son lo que
niegan el valor sagrado de lo natural y no trabajan; asnos son lo
que no ejercen la libertad y, por lo tanto, no piensan. Sólo repiten la
tradición, la autoridad. Sólo creen. Se refugian en la fe como
pasividad autoconsolatoria, no como eruptivo acto de exploración o
veneración del misterio divino. Asnos son los que renuncian al pensamiento
propio. Porque: "…detuvieron los pasos, plegaron o negaron
los brazos, cerraron los ojos, suprimieron toda atención y examen
propios, reprobaron cualquier pensamiento humano, renegaron de todo
sentimiento natural y, al fin, se mantuvieron asnos" (15).
Asnos
son los sacerdotes de las religiones reveladas, que sólo repiten lo
que escuchan: "Nuestros divinos asnos, privados del propio
pensamiento y afecto, entienden únicamente lo que a los orejas
soplan las revelaciones, o los dioses y sus vicarios. Y por
consiguiente, no saben gobernarse más que con las leyes que
proceden de aquellos" (16).
Y
asnos son los peripatéticos, los gramáticos y lógicos, de raíz
escolástica que idealizan al Aristóteles lógico. Ellos son los
orfebres de selváticas retóricas vacías, pulpos de
abstracción presuntuosa, que se separan de la veneración del universo
real.
La
actitud bruniana contra la asnidad atraviesa dos caminos de
expresión: por un lado un discurso dirigido a las universidades,
las academias, a los intelectos aguzados para la comprensión y
valoración de argumentos de sutil dialéctica pincelados desde la física o la filosofía natural. Y, por otro lado, la
escritura destinada a un público más vasto que incluye
intelectuales no universitarios y hombres de acción, ávidos de
saber. A ellos se dirige el Nolano con sus diálogos italianos, con
la amenidad del recurso literario de lo dialógico, o con poemas en
prosa cercanos, muchas veces, a lo propagandístico, a las
liviandades hilarantes, pero también pedagógicas, de la comedia.
Bruno
como libre pensador. Como enemigo de toda pasividad sin pensamiento, de
toda comodidad dogmática. El pensador que galopa en corceles de
libertad especulativa, y en el que la huella de Erasmo, como
precursor de un libre pensar humanista (el Erasmo del Elogio
de la locura) es determinante. Es el Bruno que
anticipa la posterior desinhibición cartesiana respecto a la
tradición. Del Descartes de las Meditaciones metafísicas (1641);
del Descartes, que, para aprehender una verdad segura,
fragua un método provisional, el de la duda metódica, que primero
quiebra los tobillos de las verdades
heredadas. Cuyos gritos son pobres murmullos de lo que ya no es
comprendido ni vivido.
VI
El
Renacimiento no es sólo, como en la tópica clásica, el
renacer del arte griego o la filosofía antigua, o de la ética
estoica. Lo que renace también, con gran impulso, son las ciencias ocultas
como reacción contra el racionalismo escolástico.
La
filosofía (como disciplina organizada, académica) hoy es saber conceptual que no incide de manera
manifiesta en la naturaleza o en la producción de hechos sociales.
Y el filósofo es cultor de un intelecto autocontenido, sin incidencia
sobre la dimensión emocional o física de su propio cuerpo. En el
Renacimiento, la filosofía espolvoreada por los saberes mágicos,
que eclosionan desde un ancestral esoterismo, sitúa su ambición más alta en una pretensión de
comunicación con
las fuerzas naturales, con los vínculos que entretejen la
pluralidad de los seres. La filosofía, cuando se muta en acción
nutrida por la recepción de fuerzas universales, regresa al hombre originario, que
comprende la dualidad entre lo visible y lo invisible, entre lo
manifiesto y lo no manifestado. El hombre que se adentra en lo oculto
participa en la dimensión velada de las energías sutiles. Es
entonces mago
u hombre esencial. Marsilio Ficino introduce originalmente la
perspectiva mágica mediante el De vita coelitus comparanda
(1489). Su principio cardinal es que el Alma del Mundo se concentra
en el Sol. Su influencia se difunde al universo entero y sus partes
mediante un vínculo comunicante: la quinta essentia (el
éter, el pneuma). Desde una correspondencia analógica el
alma humana se concentra en el corazón (equivalente simbólico de
lo solar), e ingresa en el cuerpo por
el espíritu. La quinta essentia es el medio sutil que une e
integra; es intermediaria entre el alma y el cuerpo del mundo. Magos
y astrólogos buscan orientar hacia sí las fuerzas de los "bienes del
cielo". La recepción de los rayos
estelares fortalece el espíritu individual. Así el hombre
debe atraer los flujos celestes. Los demonios serán intermediarios
indispensables para la vinculación o comunicación entre la parte
humana y el todo cósmico.
La demonomagia como tal fue impelida por el abad Thithemius de Würzburg.
El camino ficiniano y thithemiano confluyen en los tres primeros
libros de la Occulta philosophia de Agrippa. Estos
antecedentes, junto con la obra de Alberto Magno, configuran una
triangularidad especialmente influyente en la magia vinculante
bruniana.
La
acción vinculante del mago sobre el mundo y los seres también es
hurgada por al- Kindi y su teoría de las radiaciones invisibles.
Todo sitio del universo y de lo pequeño genera una radiación que
centellea en todo lugar del espacio. El hombre y sus "emociones
psíquicas" (como sufrimiento, miedo, esperanza) irradian e
introducen cambios en la materialidad precedente del microcosmos. En
este proceso se libera el spiritus imaginarius, la facultad de la
imaginación, capaz de preconcebir una cosa mediante la potencia de
las imágenes. La fe o deseo es determinante para la cristalización
del logro mágico. Si
el hombre, devenido mago, "ha juzgado la cosa digna de su deseo,
desea largamente los accidentes gracias a los cuales, según la
opinión que se ha hecho, la cosa puede existir en acto" (17). Por lo que "sin duda, el primer y principal
accidente necesario para la generación de una cosa mediante el
modelo de la imagen mental, es el deseo del hombre que imagina que
la cosa puede realizarse "(18).
El
vinculum que en Bruno es el vinculum cupidinis,
vinculo libidinal o erótico tiene en la fantasía (nutrida por la
fuerza imaginante) su principal pulsión genésica: "La
fantasía es verdadera, actúa realmente y puede ejercer realmente
una fuerza sobre el objeto" (19).
La
filosofía de los diálogos italianos de Bruno preanuncia la recuperación de la magia y del arte mnemónico. En el comienzo
de su tratado Sobre Magia, Bruno distingue nueve tipos de
magia (20). El mago es sabio "como eran los trimegistos en
Egipto, los druidas en la Galia, los gymnosofistas en
la India, los cabalistas entre los hebreos, los magos en Persia
desde Zoroastro, y sophi en Grecia, los sapientes entre
los latinos" (21).
La
magia demanda la invocación de los demonios, que no deben ser
confundidos con su lugar negativo en la cosmovisión cristiana.
Diablos o demonios entre los griegos tenían una connotación
divina. Eran seres intermediarios entre los hombres y los dioses. Un
ejemplo de esta función mediadora es la creación de este mundo en
el Timeo platónico a través del demiurgo que ordena el caos
y da existencia al universo material mediante la proyección de las
Ideas contempladas sobre un material caótico preexistente. Cierta
interpretación gnóstica y platónica-cristiana piensa la
creación material como defecto; pero, en realidad, lo material es
posible senda de vestigios hacia la fuerza creadora originaria.
Lo demoníaco, así, libre de su infusión de negatividad en el
cristianismo, es benéfico medio de intermediación entre los
diversos niveles de realidad. Desde la visión de raíz helénica,
los demonios son esencialmente
inteligencias ocultas, espíritus sutiles. Los demonios hacen ver lo oculto. Sus cuerpos son el
éter y el fuego. Por su sutileza, y su poder de animación, su
volatilidad cuasi inmaterial y velocidad, los demonios son medios o instrumentos para los
vínculos. La magia es el arte que genera los vínculos de unión de fuerzas e individuos. Uniones que
actúan sobre el trasfondo de la estructura
tripartita hermética-neoplatónica.
El
universo es ya unidad. Ya todo está ligado en él. Por
eso ya es operación o realidad mágica. El medium demoníaco
a invocar es el que une y vincula. Y el gran demonio vinculante es
el amor, el eros. La magia erótica. La relación eros-magia había
sido ya entrevista por Ficino (22). El amor
es eros mágico, es daemon magnus. Porque:
"Amor es aquello por cuya virtud todas las cosas son
producidas, y está en todas las cosas....mueve lo torpe, vivifica
lo muerto, hace que las cosas inferiores, llevándolas con su furor
divino, recorran la región supraceleste. Por su ministerio las
almas son retenidas en los cuerpos, con su guía se elevan a la
contemplación, con su vuelo, superadas las trabas de la naturaleza,
copulan con Dios...Pues la necesidad, que por encima de todo salta,
sólo al amor obedece" (23).
Todo
así es texto-red, extensión ligada, el pneuma universal
donde los múltiples detalles y particularidades son ligadas.
Amor
es lo que mantiene unido, lo que integra. La discordia es lo que
disgrega. Des-une. La continuidad vinculante de los seres es el eros-magia
que convierte al universo natural en expresión de un acto mágico:
"gracias al eros, y debido a él, la naturaleza entera se
transforma en una gran maga" (24).
La
unión de los tres mundos, el atar o ligar estas partes amenazadas de
separación, es obra del erotismo mágico que revincula los aparentes
opuestos (representados simbólicamente por diversas exteriorizaciones:
macho-hembra, espíritu-materia, lo
infinito-finito).
El
mago ejerce su fusión amatoria erótica de unión de los tres
mundos. Su intervención en la cura mágica de la enfermedad es un
ejemplo de esta dinámica. Para curar a un enfermo afectado por una gripe
por ejemplo, el mago vinculará al paciente con la salud de la vida
plena, sin disturbio, del mundo celeste (primer nivel). También deberá
invocar al mundo
celeste matemático (segundo nivel). Y esto porque la eficacia de la
medicina, como agente físico y terapéutico, responde al ritmo, a un número de
las cantidades y tiempos de aplicación de la pócima medicinal. La
enfermedad no concluye en la superación de un cuadro
sintomatológico, en la inhibición de los efectos de una
patología declarada y detectable. Lo enfermo, para la mentalidad
mágica, es desprendimiento, desgarro, desacomodamiento del hombre respecto al universo, al pneuma
único y vivificante. La salud re-vincula con la fuerza perdida. La
curación de la
enfermedad revela que todo puede ser vinculado porque de hecho todo
es una inter-vinculación universal apriorística. Pero la no
conciencia de esta unidad relacional es en la práctica disolución
o fractura del tejido de las conexiones universales. Ante la ruptura de la polifonía vincular del universo
ligado
actúa el eros mágico que re-vincula, y que fluye según un circuito descendente y
ascendente bajo el modelo simbólico de la escala, presente ya en
Plotino, Lulio y Pico.
En
el impulso descendente, la fuerza única recorre un red de vínculos
que liga a dios con los dioses, los dioses con los
astros (cuerpos celestes), y éstos con los demonios, de libre
presencia y desplazamiento en el mundo astral. Y que luego influyen
en los sentidos y en el alma, en la unidad psicofísica del hombre.
Pero este descenso por los tejidos que vinculan lo alto con lo
bajo, permiten luego que el alma remonte la cadena vincular y
ascendente hacia la universalidad henchida de sentido y luminosidad. Porque luego del descenso de las
fuerzas supracelestes: "el animal asciende por el alma a los
sentidos...por éstos a los demonios, por éstos a los astros, por
ellos a los dioses incorpóreos o de sustancia o corporeidad
etérea, por éstos al alma del mundo o espíritu del universo, por
éste a la contemplación de la unidad simplicísima óptima máxima
incorpórea, absoluta, autosuficiente" (25).
El
ascenso mismo del alma centellea en la trama de vínculos,
mágicamente entrelazados, que componen la escala ascensional. El mago
preserva este saber de la religación del alma-cuerpo
con las intensidades del pneuma
universal.
La Rama dorada del antropólogo Sir James Frazer es una obra
superada en cuanto a su interpretación del mundo mítico,
atravesado por la ideología decimonónica de la superioridad
colonialista europea y su cultura científico-racional. Pero
conserva un pleno valor como vasto ordenamiento de información
documental sobre fundamentales estructuras simbólicas-míticas del
universo arcaico. Y además sus capítulos dedicados exclusivamente
a la magia (26), siguen siendo tal vez esenciales en cuanto a una
presentación de los núcleos centrales del pensamiento y la acción
mágicas. La magia, más allá de sus variantes y técnicas
principales, siempre es acción que, por la apelación a leyes
ocultas de la naturaleza, cristaliza
acciones vinculantes entre el mago y las fuerzas e individuos. La distancia física no es obstáculo para este accionar vinculante.
Umberto Eco, en un fecundo artículo sobre el pensamiento hermético-renacentista
(27), contrapone el pensar latino y el del laberinto del
renacimiento mágico. Lo latino medieval, síntesis de romanidad,
aristotelismo y cristianismo, organiza el mundo según estrictos límites,
y sustancias individuales de clara identidad no confundibles entre sí.
En el específico modus cogitandi
latino impera el orden, las fronteras, el límite. Dios, según la expresión agustiniana, hizo el mundo
según numerus, pondus et mensura. Y en este ordo
universalis, cada cosa es singular. Nunca se desdobla o ramifica
en sentidos diversos. Cada identidad se subordina al
principio de no contradicción aristotélico, y su posicionamiento
tautológico por lo que algo es sólo idéntico a sí mismo. Y no
puede metamorfosearse, así, en un conjunto de multiplicidades. Esto a su
vez determina un existir en la contigüidad, en la separación sin
confusión, entrelazamiento o vinculación entre las cosas. El
pensar latino tomista ordena. Singulariza. Separa. Y preserva ese
orden de sustancias y continuidades. Es unívoco, racional, y no
simbólico. Por el contrario, el pensar hermético afiebra cada cosa
con una identidad múltiple. Es identidad dotada de varias
significaciones paralelas, y toda presencia individual se entreteje con
un gran tejido universal mediante "una red de similitudes y de simpatías
cósmicas". Para el corpus hermeticum todo es uno. Pero
el concepto de unidad no es generalización o abstracción vacua,
sino generatividad incesante de pluralidades (de
multisignificaciones), que se vinculan (mágicamente) entre sí. No
es esto o lo otro, sin una tercera posibilidad de existencia
(el tercer excluido). Como Bruno y todo el imaginario cósmico
mágico del Renacimiento, un solo ardor exalta la diversidad en
una gran y continua compenetración erótica y universal.
VII
El eros es mágico. Pero también en Bruno es heroico. En Deglici
eroici furori, Bruno vuela con el plumaje llameante del que
medita en los "heroicos furores", en la furia deseante del
alma que se lanza, desde peñascos toscos, hacia los superiores
vértices de lo bello, lo perfecto y el horror. El amor, en la
tradición popular produce cegueras, que vacían ojos antes
abiertos. Pero el amor sólo enceguece circunstancialmente por la
aproximación a la altura en la que erupciona lo iluminante. Y en el
encuentro con esa luz el amor "ilustra" a un intelecto
antes privado de entendimiento. El amor recupera lo paradisíaco. Y la intelección y la volición se engrandecen engrandeciendo lo amado.
El amor se diversifica en un arrebato triple: el amor por lo
corporal como peldaño hacia la elevación. Como en el Symposium
platónico. Pero la belleza corporal no es necesariamente promontorio
de partida que luego de ser abandonado nunca debe ser apreciado
nuevamente por la progresiva ascensión al resplandor de la cumbre.
Hacia la Venus Urania. Lo bello corpóreo es lugar sin trascendencia
sólo
si el amor se pierde en lo carnal sin hambre estelar, sin fervor de absoluto. El amor, en
su segundo gesto, puede ser lo que se ciñe al dulce conversar con
la mujer loada, al deleite de la proximidad y el encuentro cortés
con la amada. El tercer amor rompe toda
inhibición que impida la "concupiscencia del tocar". La pasión física
que penetra en la amada también puede ser acto espiritual.
El amor heroico abraza. Derrama. Esparce. Extiende al hombre antes
sofocado en el redil pequeño hacia el gran espacio (que es lo
infinito que contiene), hacia el secreto que se recluye en cavernas no imaginables. El
heroico furor del Amor, mediante un traspasar emblemas e imágenes simbólicas,
fortalece el camino del alma hacia melenas de
estrellas, hacia el misterio de la naturaleza de los dioses, y de la
Mujer amada.
Y el Amor es alabanza de lo amado. El alabar, el decir con emoción
lírica, como en el
cancionero trovadoresco y cortés, en la poética erótica sufí, en
la veneración de Beatriz por Dante, o en el epos homérico o
escandinavo que exalta las pruebas heroicas. La palabra inspiradora,
expansiva, quemante, viene de Mercurio Trimegisto. Y lo buscado, el
contacto con la gran plenitud, de la Señora del Amor. El verbo de
la alabanza recuerda lo amado. Por eso, una escritura encantada
preserva la inmortalidad de los héroes
del campo de batalla. O recuerda a las mujeres cuya belleza destruyen la ignorancia.
Y sólo cuando esa ignorancia desaparece, irrumpe el mar de una embriaguez superior.
En su peregrinación, el sujeto del furor heroico descubre la verdad.
Es el Acteón, el cazador que, en lo secreto del bosque, descubre y
espía a la Diana bella, desnuda. La
Diosa escondida. Para absorber el calor de esa contemplación
se debe
deshacer todo lo cerrado, toda individualidad que se
recluye en sí misma sin abrirse a la verdad que se desborda. La diosa,
la verdad descubierta, es la mística atracción de lo femenino que
guía al espíritu hacia el gran abismo radiante.
Los
lebreles, los perros de caza de la diosa se vuelven sobre el cazador. Y el cazador se
convierte entonces en presa. Y lo despedazan los perros para abrir sus miembros antes cerrados. Y
así, desde lo que se abre, el cazador transformado ama más
libremente la gran fuerza amada.
Pero
en el camino conciente hacia el encuentro con lo amado nunca hay un
desvanecerse o perderse en la totalidad contemplada. La actividad
del sujeto es la que le permite ser alcanzado, "cazado" y
trasformado. Por lo que la suprema contemplación de la que habla Bruno debe ser
promovida " 'por un estímulo interno y fervor natural' en
el cual (dice) los sentidos aguzados por el amor a la verdad, por el
fuego del deseo y el soplo de intención, juntos con la luz racional
encendida por el fósforo de la facultad cogitativa, llegan a
mostrar toda la sagrada 'excelencia de su propia
humanidad'. Y esta afirmación de la actividad interior del
sujeto se opone explícitamente a la pasiva recepción del espíritu
divino descrita por Filón, en la cual (dice Bruno) el hombre que,
sin saberlo, sirve de receptáculo a la divinidad, es como 'el asno
que lleva los sacramentos' " (27). Así lo infinito puede ser
contemplado y absorbido por una gradual búsqueda. Una progresiva
caza. Porque no puede "nuestra potencia intelectiva aprehender
el infinito, sino en proceso discursivo, desde el infinito
perseguimiento que tiene razón de cierto movimiento
metafísico" (29).
El furor, los fuegos interiores, los heroicos furores, al fraguar la
heroicidad poética (sublimación acaso del héroe guerrero), se
lanza con fortaleza quemante hacia los umbrales, y el centro
esquivo, de lo que el hombre moderno (el de la cobardía sin furores
del eros, sin el furor por lo secreto) no puede llamar lo divino. Lo
justo. Lo verdadero. Ese hombre que ya no puede encontrar a la mujer que se toca
para penetrar en
ella. Como si fuera un templo. Que se abre, aunque sea parcialmente, al misterio del
volcán.
VIII
La
memoria en el Renacimiento debe ser comprendida en un contexto
mágico. En su comentario sobre el tratado de Aristóteles De
memoria et reminiscencia, Santo Tomás enfatiza la mayor
facilidad para la memorización de las imágenes por su carácter
sensorial inmediato, distinto de las proposiciones abstractas. Las
sucesiones de conceptos necesitan una mediación fantástica (es decir
visual) para su mejor retención. Las reglas que favorecen esta
fijación brotan del arte mnemónico. F. A. Yates reconstruye su
modus operandi en su
famosa obra El arte de la memoria
(30), y explora las vastas relaciones entre el hermetismo y Bruno en su también clásica Giordano Bruno and the hermetic
tradition (31).
La memoria fantástica
apela a las imágenes que proceden de la facultad
imaginativa. Imágenes que imprimen en el alma el recuerdo del concepto, la idea, el
discurso. Un lugar físico especial puede ser elegido para una superposición de lo visual y lo conceptual
que provocan un efecto memorizante.
En sitios libres de la dispersión mundanal (una iglesia, una casa,
un palacio
abandonado, un cementerio), las partes de esos lugares sirven de soporte
o receptáculo visual para la memorización de una secuencia discursiva,
de una serie de proposiciones. Pero el recuerdo no depende
exclusivamente de un soporte material; puede brotar directamente de la libertad imaginante.
El
fantasma (la imagen) es anterior a la palabra. Y ésta retiene el
significado abstracto de las palabras. El perfil débil de la
memoria es su reducción a lo utilitario, a una conservación
pragmática de información. Pero la memoria en su dimensión plena o
arquetípica es receptáculo que conserva y retiene los frutos de la
actividad intelectiva y cognoscitiva. En el arte mnemónico,
los contenidos de la idealidad o intelectualidad del alma son traducidas por el
lenguaje visual de las imágenes para su mejor captación y
reiteración. Y en este arte sopla con fuerza
una valorización ardiente de los jeroglíficos egipcios como modelo
que expresa y retiene un significado
conceptual desde el primado de lo visual-figurativo. Entusiasmado, Ficino recupera
la lengua arcana egipcia. Sus seguidores, como Giulio
Camillo, avanzan hasta la creación de un "teatro de la
memoria celestial", en el que, mediante figuras, los contenidos espirituales se
hacen visibles en un espacio teatral.
El
arte de la memoria renacentista es en realidad la continuidad de una
larga historia precedente. El origen de esta peculiar práctica se
halla en Simónides de Ceos quien "infirió que, para bien
recordar, lo mejor era retener en la memoria un bien dispuesto
conjunto de lugares, donde se alojan las imágenes de las cosas, o de las palabras en su caso, que se tuvieran que
memorizar"
(32).
La
jeroglífica egipcia destilaba el aura prestigiosa de una
tradición ahíta de misterio. Su recuperación entusiasta por los
círculos herméticos es parte de una respuesta a la potencia
memorizante debilitada ya por la proliferación del libro impreso, y
de la escritura alfabética que
sustituye la memoria como juego y poder de la mente por una pasiva
remisión al texto escrito. La memoria desde la
imagen también es asaeteada por la lógica de Petrus Ramus, quien
exalta lo "analítico", lo "dialéctico" en
desmedro de las imágenes (de las formae, las notae,
simulachra). La fascinación neoplatónica y hermética subsiste en el
Renacimiento italiano (en Venecia, en Florencia). Y
además los jeroglíficos simbolizan lo divino mediante
"figuras enteras" y simples. Según Plotino: "los
sacerdotes egipcios, para simbolizar los misterios divinos, no
utilizaban caracteres minúsculos sino figuras enteras de hierbas,
árboles, animales, porque está claro que el conocimiento que dios
tiene de las cosas no asume la forma de imaginaciones múltiples,
refiriéndose a las cosas, sino la forma simple y estable"(33).
El mundo inteligible se revela mediante las figurae,
personajes visuales que se brindan a un ojo espiritual, y que
encienden una visio spiritalis. Estas imágenes fantasmáticas
danzan como una "broma seria", y como libre, intenso y asiduo juego
(iocari serio
et studiosissime ludere), que permite la revelación y memoria
de lo espiritual. Pero, a la vez, la memoria fantástica es disfraz
que impide al profano el acceso al oculus mentis, al
órgano que permite la visión interna de la verdad velada.
En
Sobre la magia, Bruno destaca que las inteligencias ocultas
sólo se comunican entre sí o en los hombres mediante imágenes que
se imprimen en la mente como una figura lo hace en un espejo, en un
ojo. Nuevamente el significado intelectual o espiritual es
revelado por el vehículo
superior de las imágenes. Y en
Bruno también, el lenguaje visual y mnemotécnico fundamental es la
lengua egipcia jeroglífica. El que invoca las fuerzas divinas nunca
se imbuirá de ellas por ningún "discurso elaborado" sino
por las letras egipcias que "se llaman jeroglíficos o caracteres sacros, los cuales,
según cada cosa que se hubiese de designar, tenían ciertas
imágenes sacadas de las cosas de la naturaleza, o de sus partes. Y
ocurría que esas escrituras y voces eran de tal suerte que en
ellas los egipcios captaban los discursos de los dioses para la
ejecución de las maravillas" (34).
Pero
luego, como lo refiere el mito platónico de la invención de la
escritura por Theut
en el Fedro platónico (35), las letras reducidas
a su valor fonético, sin una proyección simbólica
visual, se convierten en los trastos de una palabra muerta. El signo es
exangüe sin
la potencia estimulante de la memoria de las imágenes que se
vinculan entre sí y abren el ojo de la visión interior. Bajo el idealizado
precedente de la jeroglífica egipcia, Bruno busca crear una lengua
superior que abra plenamente la conciencia al círculo de los
dioses, a las más potentes y misteriosas fuerzas que atraviesan
la naturaleza.
Esta lengua no deriva del hebreo (como lo suponían los
cabalistas o Pico) sino de la lengua hermética-jeroglífica
egipcia. Por eso Bruno vincula la antigua lengua egipcia con el
cultivo del arte de la memoria, con los anillos amplios de sus
imágenes que contienen "signos, sellos, figuras, caracteres,
gestos". Sólo ésta es la "lengua de los dioses", que
permiten la comunicación con los númenes.
Y
el arte de la memoria bruniana tiene su cenit en su última obra
publicada De imaginum signorum et idearum compositione.
El
De imaginum de Bruno. Aquí Bruno imagina una "mente
artificial", nueva, reformada, concebida como una ciudad
inserta en una figura cuadrada (remisión a lo terrestre, y toda
ella sembrada por atrios y campos, donde en cada lugar vive algún
dios, o un mito).
La
ciudad cuadrada está rodeada por una gran
circunferencia. Por la bóveda celeste. Luego, en su segundo libro,
Bruno incursiona entre los "doce príncipes" o los doce
dioses que inoculan sus beneficios celestes sobre el mundo sublunar,
terrestre y humano. La
apertura a sus poderes es mediatizada por ciento cincuenta imágenes
que se engarzan en la esfera celestial, y que el ojo y la tierra
pueden descifrar o leer. La memoria recuerda y
repite el significado de esa proliferación de imágenes
simbólicas. La mente
humana así late dentro de la sustancia divina
universal. El conocimiento o gnosis es así por un visible
calidoscopio de figuras simbólicas, que permiten a un ojo sutil, interior,
ver lo que
antes se escondía tras portales impenetrables. En ese ojo que recibe
las imágenes-puentes acontece el encuentro con la lejanía divina. Por los locus que
contienen las imágenes, el sujeto que refleja esas figuras accede
a la memoria y recuerdo de lo supraceleste. El subjetus memoriae
es así conciencia, por la excitación visual, que se abre a lo
universal y sus fuerzas sutiles.
El párpado cristalino, que refleja y absorbe el lenguaje visual imaginativo
de la región superior, entroniza
al ojo como órgano perceptivo fundamental, en desmedro del oído. Lo mismo ocurre en el arte
renacentista, desde León Batista Alberti, hasta Durero o Leonardo
(36).
Pero
hablar de la primacía de lo visual es también aludir a la
potencia des-ocultante de la luz. La luz ilumina los entes, las
mixturas objetuales, las lianas de cosas múltiples. Pero no es a su
vez forma o ente. Es lo sutil expansivo, un resplandor que no se
ciñe a ninguna forma. La luz es medio de lo visual. Es lo que
ilumina las formas-imágenes, que ponen en acto la
memoria espiritual. Y la luz es lo que des-oculta la potencia originaria
infinita que crea la finitud, que sólo en su apariencia es limitada.
Porque siempre es atravesada y contenida por el río de la
pulsión única, ilimitada.
En el arte mnemónico bruniano, la imagen simbólica, como en el romanticismo decimonónico, como en la imagen
heteróclita surreal, como en la visión hipnagógica de Stan Brakhage, como en la pictórica de Malevich, Kandinsky o Barret
Newman, es puente. Puente entre las tardes humanas, siempre
apuñaladas por el ocaso, que extiende la
piel humana.
Hasta la distancia que no concluye.
Y que entusiasma.
IX
Muchas veces, la
noción de legado engaña. Sugiere la continuidad de una obra por
su prestigio cultural, o por la
investigación o ponderación erudita de la misma. Pero el legado dibuja sus
embelecos. Confunde. Miente. Lo que se lega es, en algunas ocasiones, un bien debilitado,
exánime, una ausencia que señala lo no realizado. Koyré, Yates,
Cassirer en su Individuo y cosmos en el Renacimiento, dan por sentada la consumación exitosa del
legado cosmológico bruniano, el salto rampante y felino definitivo,
que conduce luego hacia las leyes del universo infinito newtoniano. Sin embargo, la conciencia humana quizá
hoy se asfixia más que nunca en un encierro que finitiza lo infinito.
La
magia erótica cósmica bruniana dice lo que Sade no podrá luego
decir: el amor como gran fuerza erótica demoníaca que se re-liga con la naturaleza como productividad sin
extenuación.
La
memoria en Bruno conserva las imágenes, que pertenecen a una gran
enciclopedia visual por la que el sujeto se reenciende al acumular fuerzas
divinas.
La imaginación es la verdadera elevación de la potencia
cognoscitiva. Algo que ya Paracelso había anticipado. Es la flecha exploradora de una potencia superior,
divina, no humana. El ascenso es también estimulado por la
arquetípica imagen de la escala que recorre la gradación tripartita
de la realidad según la tópica hermético-neoplatónica (lo
supraceleste, lo celeste y sublunar); escala sobre la que Francesco
Giorgi, en la Venecia del siglo XVI, también había especulado en
su De harmonia mundi (1525).
La memoria puede ser también recuerdo de la historia como larga
cadena de vejaciones, remembranzas del ultraje. Pero la memoria de la
barbarización no exorciza por sí sola la violencia destructora.
Por el contrario, apabulla con la repetición del dolor y
el quejido. O la memoria es la banalización de una educación de
cantidades. Es una sedimentación de quantums de información
divorciados de todo crecimiento real de la conciencia.
En
ninguna de estas gimnasias memorísticas el hombre hace estallar la
máscara que nubla sus ojos y aprisiona su cuerpo. El hermético arte
mnemónico bruniano destruye esa máscara (o intenta hacerlo). Pero desde un legado aún realizado.
La especulación bruniana abre a lo infinito; la magia erótica
descubre los vínculos que integran y las invocaciones que
atraen fuerzas universales. Su disciplina de la memoria despliega
imágenes que recuerdan, preservan, y también convocan poderes
superiores que pueden visitar la conciencia. El heroico furor
alimenta la fogosidad del amor que busca reunirse con lo más
elevado. Pero el conocer en Bruno nunca puede renunciar plenamente a
una áspera ráfaga que silba en la historia occidental, desde el
presocrático Parménides, la filosofía clásica griega, el
estoicismo, hasta la teología positiva escolástica, o la dialéctica
hegeliana. Ráfaga de aire brusco que exhala la ilusión de una
caza, una camino gradual hacia la verdad y el perfeccionamiento.
Aunque el cazador Acteón sea destrozado, lo que ilumina su
trasformación es resultado de una actitud conquistadora. Este
avanzar progresivo no es el de la estricta asepsia racional y
metódica cartesiana posterior. Es un avanzar argumental y lógico y, a la vez,
simbólico, visual. El nolano podrá admitir que lo verdadero es
misterio. Pero también la imaginería que presenta la
verdad (por estampas, sellos, figuras, símbolos) no evita la
suposición de que lo verdadero se mostrará en una cumbre luego de
un perfeccionamiento creciente. Pero quizá, no hay camino gradual
hacia la verdad. Tal vez es ilusoria toda planificación de una caza
progresiva de lo verdadero. Acaso, como lo
entrevió la teología negativa o el zen, la fuerza sin rostro que
hace arder las estrellas, las ágatas, y los seres y sus sombras,
sólo irrumpe como repetido estallido, fuera de toda marcha progresiva
hacia un gran sentido.
Pero esta voluntad de conocimiento que no termina por disolverse no
desintegra los relumbres de jade del corpus bruniano y su
legado. Y tampoco disipa lo que se le sustrae...
La
filosofía bruniana, filosofía monista, cosmológica, mágica y erótica,
filosofía de la
imaginación como conocimiento superior habita así en la penumbra de lo sustraído. Lo sustraído,
lo ausente de este legado, es la
apertura a lo infinito como experiencia (no como idea especulativa,
o proyectos no consumados de exploración espacial);
lo sustraído es la percepción poética del universo como gran animal
mágico, de infinitas rayas entrecruzadas, ligadas, veladamente
vinculadas; lo sustraído es la imagen como cristal, humeante, donde
se concentran potencias no humanas, ya no percibidas, ni siquiera
presentidas.
Por
eso el fuego del martirio del Nolano, gran hijo del renacimiento
mágico, aún debe transformarse. Para hacer reaparecer en alguna confluencia
de los astros y la
superficie terrestre, la imaginación y la audacia que recorren la
noche. La oscuridad. Las serpientes de la desbordada fuerza
infinita. (*)
(*)
Fuente: Esteban
Ierardo, "Giordano Bruno. La
filosofía en la fusión de la cosmología, la magia, el eros y la memoria",
editado aquí de forma original. Una versión parcial de este ensayo
se editará próximamente en Revista El hilo de Ariadna N
3, expresión impresa de la página amiga: www.elhilodeariadna.org
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