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IMPLICACIONES
FILOSÓFICAS DEL PROYECTO GENOMA HUMANO Y DE LAS POSIBILIDADES
DE LA MANIPULACIÓN GENÉTICA
Por Gabriel Agote
bacha@hotmail.com
La
manipulación genética abre un incierto futuro respecto a
la relación entre el conocimiento, la tecnología y nuestra
biología. Aquí, Gabriel Agote, intelectual de la Universidad
de Buenos Aires, indaga en los meandros filosóficos del
Proyecto Genoma. En su itinerario reflexivo, Agote intenta
reconsiderar la especificidad de lo humano y consuma una
incursión a través de diversos obras y pensadores como Bateson,
Cioran, Marx, Jastrow y otros.
IMPLICACIONES
FILOSÓFICAS DEL PROYECTO GENOMA HUMANO Y DE LAS POSIBILIDADES
DE LA MANIPULACIÓN GENÉTICA
Por Gabriel Agote
Pensar
en las implicaciones filosóficas que
subyacen al Proyecto Genoma Humano (PGH) y a las posibilidades
de manipulación genética, que necesariamente se derivan
de él, nos obliga a retomar una tradicional discusión en
términos de la especificidad de lo humano. Algo que no parece
estar en juego cuando abordamos la superficie de los hechos
y observamos que se discute, básicamente, en torno a 2 cuestiones
puntuales: la posibilidad de suprimir las enfermedades congénitas
y la predisposición a otras, como algo positivo; y el riesgo
de discriminación que subyace a la posibilidad de establecer
una distinción cualitativa en cuanto a performances genéticas
de los distintos individuos. La frase del epistemólogo argentino
Alejandro Piscitelli, en su intervención en el debate sobre
Clonación y Manipulación Genética organizado en Bs.As. a
mediados de 1997 por el diario Clarín, es sumamente ilustrativa
de las concepciones que sustentan la mirada de quienes discuten
estas cuestiones: para él, estaría en juego la posibilidad
de que un matrimonio pueda concurrir en el futuro a un supermercado
genético para encargar un bebé rubio y de ojos celestes.
Me sorprende un poco. El pensamiento, el análisis profundo,
sucumbiendo al poder y al encanto de la seducción de lo
simbólico. Llamativo para provenir de un exponente de quienes
critican conscientemente el discurso de un Jean Baudrillard
para inconscientemente manejarse en los mismos términos
de lo criticado.
Un análisis más profundo plantea, una vez más,
el desafío para la Filosofía. Se trata de entender, ni más
ni menos, qué significa la posibilidad de obtener el mapa
genético de la especie. En realidad, se trata de entender
qué significa un programa genético, a secas. Pero el intento
de esbozar una respuesta no puede prescindir de apuntar
a una significación global. Observemos, por ejemplo, esta
cita tomada de un texto de Alejandra Folgarait, psicóloga
argentina, quien escribió un libro sobre manipulación genética:
Para Sidney Brenner -quien dirige el
prestigioso laboratorio de biología molecular de Cambridge,
Gran Bretaña y bautizó con el nombre actual al PGH- la nueva
genética que hizo posible este proyecto representa más un
regreso al viejo paradigma científico de la observación
y la medición que una continuación del paradigma moderno
de la experimentación. "El estudio del genoma difiere tanto
de la biología experimental como la astronomía difiere de
la física experimental", señaló recientemente en Nature.
"Para nosotros los ‘genónomos’, la invención del secuenciamiento
puede ser comparada a la invención del telescopio por parte
de Galileo; como los astrónomos, nosotros también podemos
mirar hacia el pasado lejano, reconstruyendo los genes y
genomas de organismos extinguidos. No tenemos hipótesis
y no tenemos experimentos para hacer", dice Brenner. Pero
al mismo tiempo que define la práctica de los nuevos genetistas
como un trabajo duro de observación y medida del ADN en
el laboratorio, coincide con Gilbert y pronostica que el
futuro de su disciplina será el tomar distancia de todos
esos datos para teorizar sobre lo que las secuencias significan.
Todo el vaivén de la ciencia se juega en ese
párrafo. Se puede criticar el movimiento global de la ciencia
basado en el método analítico, es decir, en una relación
que opone un sujeto de conocimiento a un objeto que debe
ser alcanzado; es decir, tiene que estar al alcance de la
capacidad humana de descomponerlo, dividirlo en partes constitutivas,
para poder establecer relaciones, funciones, dinámicas.
Hay que entender que toda idea de dominio de los objetos
-cualesquiera sean éstos- por parte del hombre tiene como
requisito ineludible dicha metodología. Tanta discusión
que hay acerca de las nociones de ciencia y progreso permiten,
despejando por un momento la maraña, entender que, si bien
el discurso científico puede tener, en un punto, equivalencia
con otros discursos -como los postulados de la religión,
la narrativa literaria o la expresión poética- hay algo
que lo distingue como gesto, y es su intención predictiva.
La religión o el arte pueden ensayar explicaciones de hechos
de la realidad, parcial o totalmente; construir incluso
hasta una cosmovisión explicativa en la que cada cosa tenga
su lugar y su sentido. En ese punto, los relatos del Génesis
en la Biblia y las teorizaciones sobre el Big-Bang pueden
aproximarse entre sí hasta el punto de considerarse como
metáforas respectivamente sustitutivas, y potencialmente
equivalentes de otras. Pero llegar a este punto implica
desconocer peligrosamente los supuestos sobre los que se
edifica ese discurso denominado científico. Lo irreductible
de las teorías sobre el Big-Bang es que tienen un lugar
dentro de un sistema de conocimientos que privilegia la
comprobación de las observaciones, la repetibilidad de los
experimentos y la predicción de acontecimientos. Y ese sistema
tiene un orden interno que exige coherencia y consistencia.
La primera implica la no-contradicción entre las distintas
afirmaciones; la segunda señala la necesidad de que no haya
lagunas en el conocimiento científico, de que el sistema
tenga una continuidad que permita pensar en el progreso
del conocimiento en términos de un círculo que se expande
continuamente. El problema que enfrenta la ciencia es que,
al recortar sus objetos de la realidad, gana en eficacia
para intervenir sobre el entorno humano, pero pierde –en
comparación con la religión y el arte- la perspectiva global
sobre la realidad.
La capacidad explicativa de la ciencia no es
su aspecto relevante, ya que el hombre viene construyendo
sistemas de explicación –consciente o inconscientemente-
desde sus orígenes; teniendo en cuenta que la evolución
histórica del sentido ha sido desde la globalidad a la autonomía:
para el pensamiento humano arcaico , todo sentido parcial
remite a un sentido global, la historia es una constante
recreación y repetición de hechos originarios, que han sucedido
de una vez y para siempre en un tiempo mítico que retorna
como guía del sentido. Esa concepción circular del tiempo
ha sido sustituida en la modernidad por la concepción de
un tiempo lineal, sucesivo, dispuesto al modo de una serie,
disparado como una flecha desde un punto que se torna obsesión
permanente: el origen. Pero lo que nuestro pensamiento pierde
es la cifra del sentido: en los relatos primitivos sobre
el origen cabe el sentido de toda la historia. El origen
no es allí un punto: es una rueda. La remisión de cada parte
al todo –y viceversa- no padece la interdicción lógica de
nuestra visión: hay una coexistencia –más que pacífica,
diría necesaria- entre la continuidad interna del relato
originario –que va a sostener el sentido sólo de aquellas
acciones humanas que repitan las acciones primordiales-
y la discontinuidad que liga al origen con la actualidad
humana. El sentido de la vida humana –individual- funciona
a la manera de un croquis imaginario que sutura puntos de
sentido parciales en un ciclo que se superpone, más o menos
exactamente, con los ciclos anteriores. Pero esta visión
de la existencia se nos aparece, a nosotros, sujetos occidentales
judeo-cristianos –sujetos al Occidente judeo-cristiano-
como irremediablemente perdida.
Para ese pensamiento arcaico, lo que constituye
el sentido humano está afuera de la vida, es un sentido
relacional. Se define por una relación que elementos particulares
del conjunto vida tienen con elementos particulares del
conjunto relato originario. Mircea Eliade hace hincapié
en la funcionalidad de ese esquema de percepción en cuanto
a conjurar el Terror a la Historia. La ruptura irreparable
de la visión cíclica, su desplazamiento a través de los
distintos sistemas de trascendencia implementados por las
más diversas religiones para desembocar en la visión serial,
desplegada, del historicismo; nos pone una y otra vez frente
al más descarnado límite de nuestro pensamiento: la obsesión
por el origen es la contrapartida de la conciencia de la
finitud. El misterio del nacimiento es también el misterio
de la muerte. A partir de aquí, lo que tarde o temprano
va a surgir a la superficie –con la solidez, la fuerza descarnada
y la desnudez de una roca- es la operatoria simbólica de
dicha conciencia del límite, su vinculación con la actitud
del hombre hacia la naturaleza y el resto de los seres vivos,
su papel central, fundante, de la especificidad de lo humano.Volviendo,
entonces, a la cuestión de la especificidad de lo humano,
hay 2 formas de enfocar el tema: una va a confrontar o a
definir la condición en relación diferencial con la condición
animal; la otra es más abarcadora y va a considerar lo humano
como una característica particular del fenómeno denominado
vida, en oposición con la condición inorgánica.
Ahora bien, la oportunidad histórica que plantea el paradigma
bio-tecnológico no puede dejarse pasar para empezar a vincular,
en una toma de distancia en términos de puntos límites,
algunas cuestiones que constituyen no sólo el modo en que
nos posicionamos frente a la realidad que nos circunda,
sino la manera en que conocemos esa realidad y la/s idea/s
que tenemos sobre lo vivo y sobre el resto de los seres
animados. Para nuestra visión occidental, determinada desde
la base religiosa judeo-cristiana, hay que remontarse hasta
la misma Biblia para rastrear el núcleo fundante de lo que
yo llamo la constante y necesaria metaforización del Error
original. Vayamos al Antiguo Testamento y consignemos el
primero de los relatos sobre la Creación. Digo relatos porque
son dos: uno va de Gén 1,1 al 2,4; el otro de Gén 2,5 al
3,24. En un primer análisis comparativo surge una distinción
interesante, en el 1° relato el orden de aparición es el
siguiente: Día; Noche; Cielo; Tierra; Mares; pasto, hierbas,
semillas, árboles frutales; Sol; Luna; grandes monstruos
marinos, seres vivos acuáticos, aves; animales vivientes
terrestres, bestias, reptiles y animales salvajes; Hombre;
Mujer. Llamativamente, excepción hecha del lugar que ocupan
allí el Sol y la Luna –y que es coherente con la visión
geocéntrica que durante tanto tiempo reinó en el pensamiento
humano- el orden parecería respetar la misma cronología
que la visión evolucionista de la Ciencia. Pero una visión
cronológica puede, tranquilamente, reducir el enfoque a
los términos cuantitativos de la cuestión, a una comparación
estadística; y dejar fuera del campo de análisis el problema
cualitativo. Me voy a detener en la parte del relato que
refiere la creación humana, a partir de Gén 1,26; para ilustrar
el punto que me interesa:
Dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen
y semejanza. Que mande a los peces del mar y a las aves
del cielo, a las bestias, a las fieras salvajes y a los
reptiles que se arrastran por el suelo.’ Y creó Dios al
hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Macho y hembra
los creó. Dios los bendijo, diciéndoles: ‘Sean fecundos
y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Manden a
los peces del mar, a las aves del cielo y a cuanto animal
viva en la tierra.’ Dijo Dios: ‘Yo les entrego, para que
ustedes se alimenten, toda clase de hierbas, de semilla
y toda clase de árboles frutales. A los animales salvajes,
a las aves de los cielos y a cuanto ser viviente se mueve
en la tierra, les doy para que coman pasto verde.’ Y así
fue. Vio Dios que todo cuanto había hecho era muy bueno.
Y atardeció y amaneció el día Sexto."
Antes aun de que el ser humano esté en
condiciones de desarrollar al máximo su formidable capacidad
de transformación del entorno, dicho relato contiene el
programa de acción con lógica de mandato. Claramente hay
2 elementos que conspiran contra la muy reciente noción
de equilibrio eco-sistémico: por un lado, llenar la tierra,
someterla y mandar a todos los animales; por el otro, ese
llamativo programa vegetariano diferenciado entre el hombre
y los animales. Hierbas, semillas y árboles frutales para
el primero; pasto verde para los segundos. Es irresistible
el choque entre el relato bíblico y la noción de cadena
trófica, concepto científico más adecuado al modo en como
se interrelacionan los seres vivos en su ambiente. De cualquier
manera, es indudable que el hombre ha obedecido demasiado
literalmente el mandato divino del Génesis. Una pregunta
interesante para plantearse en cuanto a un reacomodamiento
inevitable de algunas visiones es si podía haber hecho otra
cosa. Quiero decir: la crítica a cierto modo o manera de
entender la relación humana con su ambiente no puede separarse,
autonomizarse, de un análisis correlativo de las circunstancias
y necesidades que pueden haber determinado y llevado la
dirección en un sentido y no en otro. Es la vieja cuestión
de entender un fenómeno no sólo desde su esencia o inmanencia,
sino en una visión integral que comprenda el sistema de
relaciones del fenómeno con la realidad global.
Gregory Bateson es, quizás, quien mejor
ilustra a propósito de la necesidad del reacomodamiento
de la perspectiva humana, en un párrafo de su ensayo Forma,
sustancia y diferencia, del año 1970. Partiendo de una explicación
del impacto epistemológico de la Cibernética, Bateson llega
a afirmar lo siguiente:
La epistemología cibernética que acabo de exponer
a ustedes podría sugerir un enfoque nuevo. La mente individual
es inmanente, pero no sólo en el cuerpo. Es inmanente también
en las vías y mensajes que se dan fuera del cuerpo; y existe
una Mente más amplia de la que la mente individual es sólo
un subsistema. La Mente más amplia es comparable a Dios,
y tal vez sea eso que algunas personas llaman "Dios", pero
sigue siendo inmanente en el sistema social total interconectado
y en la ecología planetaria.
La psicología freudiana expandió hacia el interior el concepto
de mente, incluyendo en ella la totalidad del sistema comunicacional
que se encuentra dentro del cuerpo: lo autonómico, lo habitual
y la amplia gama de procesos inconscientes. Lo que yo sostengo
expande la mente hacia el exterior. Y ambos cambios reducen
el ámbito de la personalidad consciente. Surge así la necesidad
de cierta forma de humildad, atemperada por la dignidad
o alegría de ser parte de un todo mucho más grande. Una
parte –si ustedes quieren- de Dios.
Si ponemos a Dios afuera y lo colocamos frente
a frente con su creación, y si tenemos la idea de haber
sido creados a su imagen, nos veremos lógica y naturalmente
a nosotros mismos como externos a, y enfrentados con, las
cosas que nos rodean. Y en la medida en que nos arroguemos
la totalidad de la mente, veremos al mundo circundante como
desprovisto de mente, y por consiguiente, sin derecho a
ser tomado en cuenta moral o éticamente. Sentiremos que
el ambiente nos pertenece para explotarlo. Nuestra unidad
de supervivencia estará dada por cada uno de nosotros y
su gente, o por los miembros de la misma especie, enfrentados
con el ambiente de otras unidades sociales, otras razas
y los brutos y los vegetales.
Quien estima así su relación con la naturaleza
y posee además una tecnología avanzada tiene la misma probabilidad
de sobrevivir que una bola de nieve en medio del infierno.
Tal individuo morirá, sea por obra de los subproductos tóxicos
de su propio odio o, simplemente, por el exceso de población
y la sobreexplotación de los recursos. Las materias primas
del mundo son finitas.
Y si mi concepción es acertada, es preciso
reestructurar todo nuestro modo de pensar sobre nosotros
mismos y sobre las otras personas. No es un chiste, y no
sé por cuánto tiempo podemos seguir en esto. Si proseguimos
actuando con las premisas que estuvieron en vigor en la
era precibernética, subrayadas y fortalecidas durante la
Revolución Industrial, que pareció validar la unidad darwiniana
de supervivencia, quizá nos queden veinte o treinta años
antes del momento en que la reductio ad absurdum lógica
de nuestras viejas posiciones nos destruya. Nadie sabe de
cuánto tiempo disponemos, dentro del sistema actual, antes
de que nos sobrevenga algún desastre, más serio que la destrucción
de cualquier grupo de naciones. La tarea más importante
de hoy en día es, tal vez, aprender a pensar de la nueva
manera. Permítaseme decir que Yo no sé cómo pensar de esta
manera. Intelectualmente, puedo plantarme ante ustedes y
brindarles una exposición razonada de este asunto; pero
si corto un árbol, todavía sigo pensando: Gregory Bateson
está talando el árbol. Yo estoy talando el árbol. "Yo mismo"
sigue siendo para mí un objeto excesivamente concreto, diferente
del resto de lo que he llamado "mente".
El paso que hay que dar para concretar
–para hacer habitual- la otra manera de pensar –de suerte
que uno piense naturalmente de esa manera cuando estira
la mano para tomar un vaso de agua o corta un árbol-, ese
paso no es fácil.
A la visión de Bateson se
le escapa, a mi juicio, una distinción más profunda sobre
el problema de la especificidad humana. ¿Qué le faltaría
para ser absolutamente genial? Profundizar hasta sus últimas
consecuencias una de las claves de su razonamiento, cuando
advierte sobre el peligro de que a la actitud humana hacia
la naturaleza se le sume –además- la posesión de una tecnología
avanzada. La cuestión, para mí, es la siguiente: ¿es una
suma de elementos? Para que quede bien claro: la actitud
hacia la naturaleza y la posesión de una tecnología avanzada
no son dos cosas, separadas, son parte de una sola. El hombre
tiene esa tecnología porque tiene una determinada actitud
hacia su entorno. Tal actitud es inseparable del desarrollo
de la capacidad de transformación a través de la técnica.
Considerar, aunque sea por un momento, ambos fenómenos como
contracaras uno del otro cambia sustancialmente el asunto.
Sobre todo porque Bateson no deja afuera el tercer punto
clave: menciona el propio odio humano. Pero, ¿de dónde viene
ese odio? Bateson no dice nada al respecto, sólo lo menciona;
no establece ninguna vinculación. Entonces, una pregunta
crítica que queda flotando es: ¿cómo se vincula el odio
humano con su actitud hacia el ambiente...?
Va a ser la visión irracionalista de Emil M.
Cioran la que plantee, para la filosofía, una perspectiva
de reajuste en toda la línea. Dice a propósito del hombre:
Al haber perdido el secreto de la vida y hacer un
rodeo demasiado grande para poder reencontrarla y reaprehenderla,
se aleja cada día un poco más de su antigua inocencia, cae
sin parar de la eternidad. Quizás aún podría salvarse si
se dignara rivalizar con Dios en sutileza, en matiz, en
discernimiento: pero no, pretende alcanzar el mismo grado
de poder. Tanta soberbia sólo podía nacer en el espíritu
de un degenerado provisto de una carga de existencia limitada,
obligado por sus deficiencias a aumentar artificialmente
sus medios de acción y a trocar sus deteriorados instintos
por instrumentos propios que lo convierten en un peligro.
Y si, en efecto, se ha vuelto peligroso, es porque su capacidad
de degenerar no tiene límites. En lugar de haberse conformado
con el sílex, y, como máximo refinamiento técnico, con la
carretilla, inventa y manipula con una destreza de demonio
instrumentos que proclaman la extraña supremacía de un deficiente,
de un espécimen biológicamente desclasado de quien nadie
hubiera podido adivinar que se elevaría a una nocividad
tan ingeniosa. No es él, son el león o el tigre quienes
debieron ocupar el sitio que el hombre tiene en la escala
de las creaturas. Pero no son nunca los fuertes, sino los
débiles, los que aspiran al poder, y lo alcanzan mediante
el efecto combinado de la astucia y el delirio. Como no
siente ninguna necesidad de aumentar su fuerza, real, una
fiera no se rebaja a utilizar el instrumento. Puesto que
el hombre era en todo un animal anormal, poco dotado para
subsistir y afirmarse, violento por desfallecimiento y no
por vigor, intratable debido a su posición de debilidad,
agresivo a causa de su misma inadaptabilidad, le correspondía
buscar los medios para alcanzar un éxito que no hubiese
ni imaginado ni realizado si su complexión hubiera respondido
a los imperativos de la lucha por la existencia.
Llamativamente, el texto de Cioran es
originalmente de 1964, 6 años anterior al de Bateson. En
la comparación entre un texto y otro, salta a la vista el
supuesto tácito que el último no menciona, una idea lineal
sobre la ubicación del hombre, sobre su responsabilidad
como parte privilegiada de esa concepción ampliada de Mente.
Bateson problematiza el nivel del eco-sistema global, por
un lado, y el nivel de la actitud humana, por otro. Pero
entre un nivel y otro, es Cioran el que va a puntualizar
el problema de la actitud humana en términos de su especificidad
biológica; de la complejidad paradojal, contradictoria,
de su lugar diferencial en el orden de lo existente. Se
me antoja que, en el fondo, para Cioran la metáfora insuperable
de la caída del Paraíso es el nombre, la clave de acceso
para desentrañar la historia de la evolución humana en términos
de su excepcionalidad. Y un replanteo de los conceptos introducidos
históricamente por la Cibernética puede permitirnos, de
cara al paradigma bio-tecnológico, establecer una mediación
necesaria y decisiva entre el análisis filosófico y el análisis
científico.
Es indudable que hay un antes y un después
en la historia de la especie a partir de la irrupción del
paradigma cibernético. Hay algunos hechos a destacar, más
allá de que su enumeración pueda resultar obvia: la presión
de las necesidades impuestas por la 2ª Guerra Mundial, la
coincidencia epistemológica en torno al surgimiento del
concepto de feedback en distintos saberes -Antropología
(Bateson), Biología (Jacob, Monod), Matemática (Turing,
Shannon), Ingeniería (Wiener)-. Personalmente, creo que
hay que plantear una inversión conceptual vinculando lo
dicho con la teoría de los tipos lógicos de Bertrand Russell
–que tanto había fascinado a Bateson a partir de su posible
aplicación al campo de la Psiquiatría-: si bien el concepto
de feedback hace estallar el paradigma como piedra de toque,
es en torno a la cuestión del programa en donde opino que
debe hacerse hincapié. Es éste el que organiza el determinismo
interno de la máquina como opuesto al entorno. En relación
con el programa, el feedback es sólo un mecanismo funcional
a la finalidad de la máquina. Y es el programa el que contiene
dicha finalidad. Los mecanismos de la máquina (adaptación,
compensación, retroalimentación) son de tipo lógico inferior
a la globalidad del programa. Ahora bien: ¿qué significan
el programa y la finalidad en la máquina...?
Pensemos en los seres humanos: el ADN es un
programa que define la autonomía relativa de los sujetos,
en su relación con el entorno, a fin de permitir la expansión
espacio-temporal de la especie a través de la supervivencia
y reproducción individuales. Pero, ¿dónde estaría el "control"
que se opone a dicha autonomía? En el mismo programa. Hoy
ya se sabe que el envejecimiento es un proceso definido
explícitamente a nivel del ADN, en el seno del mecanismo
de reproducción celular. Y ya se sabía que el envejecimiento
termina desorganizando progresivamente la máquina orgánica
hasta culminar en la ruptura de su clausura organizacional.
Su muerte, bah... Ahora bien, la muerte deviene dispositivo
de control, con tipo lógico superior al programa de cada
especie, y remite a una cuestión muy simple y básica, en
realidad, del eco-sistema global: la muerte es, hasta ahora,
el único mecanismo que la evolución de la materia ha hecho
emerger para garantizar el equilibrio y el control globales,
es decir, el ciclo de transformación de la materia en energía
y viceversa, a escala planetaria. Pero esta lógica del sistema
global sería, a nuestros ojos, emergente: no está inscripta
en ningún soporte material...; ¿es realmente emergente,
o sólo se ha dado que, desde el Big-Bang, el ciclo energía-materia
se ha mantenido a pesar, o gracias a, fenómenos de agregación
de la materia de complejidad creciente? ¿Hay un sentido
global, después de todo? ¿Hay un orden incorruptible, como
han intuido desde siempre los filósofos, que organiza y
determina la realidad en última instancia? ¿D.I.O.S. (como
dice mi amigo Sebastián Barrasa: Digital-Input-Output-System)
es un ciclo energía-materia como única y suprema voluntad?
Si la energía dio lugar a la materia, le concedo a Bruce
Mazlish la idea de una continuidad básica: toda sutura de
discontinuidad remitiría, como telón de fondo, a aquélla.
Pero su concepción de la continuidad me resulta demasiado
lineal, en relación con la máquina humana y la máquina animal.
En términos del decurso en que vengo, la diferencia irreductible
es que la máquina humana necesitaría, en términos de Baudrillard
, de una prótesis simbólica. Hay una cuestión antropológica
que subyace, para mí, a toda reflexión que se ve obligada
a la comparación hombre/animal: la lógica de la evolución
como mutación ha producido, excepción hecha del ser humano,
una combinación de los mecanismos de la máquina mencionados
que ha dado como resultado una expresión programática que
responde, en líneas generales, a las presiones del entorno:
los animales estarían casi plenamente adaptados –considerando
sus condiciones normales de existencia, más allá de la posibilidad
de un cataclismo cósmico... o humano...-. Sus conductas
están fundamentalmente determinadas por su ADN, de tal manera
que su cuerpo no necesita prótesis materiales: en palabras
de Cioran, un león o un tigre no necesitan un hacha de sílex,
la interacción de sus partes constitutivas le permiten la
caza y la supervivencia.
El siguiente párrafo pertenece al libro El
telar mágico. El cerebro humano y la computadora, de Robert
Jastrow, un físico que enseña en Dartmouth y en Columbia
University. Plantea un interesante cruce entre las visiones
evolucionistas y las cibernéticas:
El Homo erectus cazaba ya con una formidable
habilidad: ninguna presa era demasiado grande para su valor
y su tecnología de herramientas de piedra era impresionante.
Nadie sabe exactamente como ocurrió esto, pero la fabricación
y utilización de herramientas se considera un factor importante.
La habilidad del hombre primitivo para construir herramientas
era debido a sus rasgos corporales, y principalmente de
su postura erecta, que había dejado libres a los miembros
anteriores para otros usos distintos a caminar con la ayuda
de los nudillos. A lo largo de 60 millones de años de evolución,
la garra se había transformado en una mano de extraordinaria
construcción. La mano del Homo erectus era a la vez dúctil
y fuerte: poseía la poderosa capacidad de la que hace uso
el hombre cuando sus dedos se cierran en torno a un martillo
o un mazo, y tenía así la precisa habilidad para oponer
delicadamente el índice y el pulgar y asir un objeto pequeño
o enhebrar una aguja. (...) Además de estos atributos mágicos,
con los que podía fabricar una lanza o un hacha, el Homo
necesitaba también un centro en su cerebro que poseyera
poderes de abstracción para ver el garrote oculto en la
forma llena de protuberancias de una maciza rama o el hacha
insinuándose en la redondeada superficie de una roca. (...)
Cuando las herramientas se hicieron más importantes, la
necesidad de un buen cerebro, que pudiera inventar herramientas
aún mejores, se incrementó también. La habilidad fomenta
la sabiduría y, recíprocamente, la sabiduría fomenta la
habilidad. Este proceso, que se denomina de retroalimentación
positiva, conduce a un crecimiento exponencial...
En términos de Jastrow, por oposición,
la evolución animal habría procedido combinando con los
otros mecanismos un tipo de feedback negativo: el estado
deseable que se mantiene gracias a la mutación genética
sería el ADN como interfaz de adaptación. Jastrow, precisamente,
plantea una cuestión crucial: la evolución humana como desvío
de una norma, basado en un feedback positivo. Esta particularidad
es la que hace surgir como clave la cuestión del aprendizaje,
el conocimiento y la sabiduría como diferencia irreductible
entre los animales y el hombre; a pesar de la continuidad
evolutiva de lo vivo. Los animales no necesitan un aprendizaje,
no al menos en el sentido decisivo que lo necesita un ser
humano: esa prótesis simbólica que es su capacidad de abstracción,
su registro sígnico, su cultura; es la contracara de la
prótesis material que requiere para subsistir: las herramientas
y las máquinas. El aprendizaje sería, entonces, el nombre
de la mediación entre ambas prótesis.
Ahora bien, la complejidad creciente del desarrollo
humano pone en cuestión la tensión entre las nociones de
continuidad y discontinuidad, por un lado; y el nuevo terror
que va a ocupar el lugar vacante desde la superación del
que provocaba la Historia: la amenaza de la máquina. Una
aproximación a lo que se juega en torno a ese temor puede
reenviarnos a la cuestión principal, a partir del siguiente
texto de Mazlish:
Hoy día parece evidente que el hombre evolucionó
de los otros animales a través de una continua interacción
de cambios de herramientas, físicos y mentales-emocionales.
Ya no es aceptable la antigua opinión de que el hombre apareció
en la escena evolutiva completamente formado y que después
procedió a descubrir herramientas y las nuevas formas que
éstas le hicieron posible. Según el profesor de antropología
de la Universidad de California, Sherwood L. Washburn, "De
las pruebas que rápidamente se han ido acumulando, ya se
puede teorizar con alguna confianza acerca de cómo el medio
de vida que las herramientas hicieron posible cambió las
presiones de la selección natural y también la estructura
del hombre". Los detalles del argumento de Washburn son
fascinantes, vinculación de las herramientas con rasgos
físicos, como estructura pelviana, bipedalismo, estructura
cerebral, así como con la organización de los hombres en
sociedades cooperativas y la substitución de la moralidad
por el control hormonal de la actividad sexual y de otras
actividades "sociales". La conclusión de Washburn es que
"fue el logro de las herramientas más sencillas las que
encauzaron la evolución humana y condujeron a las actuales
civilizaciones" *.
Darwin, naturalmente había vislumbrado el papel
de las herramientas en la evolución del hombre **. Sin embargo,
fue Karl Marx el primero que situó el asunto en un nuevo
ángulo. Aceptando de Benjamín Franklin su definición del
hombre como "animal constructor de herramientas", Marx sugirió
en Das Kapital que "los vestigios de los instrumentos de
labor son, en el estudio de las formas socioeconómicas desaparecidas,
de no menor importancia que los fósiles en el estudio del
organismo de las especies extintas". Como sabemos, Marx
deseaba dedicar su gran obra a Darwin –dedicatoria rechazada
por el cauteloso biólogo- y podemos ver parte de la razón
de Marx de este deseo en el siguiente revelador pasaje:
Darwin ha despertado nuestro interés en la
historia de la tecnología natural, es decir, en el origen
de los órganos de plantas y animales como instrumentos productivos
utilizados para los objetivos vitales de esas criaturas.
¿No merece igual atención la historia del origen de los
órganos productivos del hombre en la sociedad, los órganos
que forman la base material de todo tipo de organización
social? Pues, como dice Vico [en la New Science (1725)],
la esencia de la distinción entre historia humana e historia
natural es que la primera es el trabajo del hombre y la
segunda no, ¿no sería más sencillo escribir la historia
de la tecnología humana que la historia de la tecnología
natural? La tecnología revela los tratos del hombre con
la naturaleza, descubre las actividades productivas directas
de su vida, arrojando así luz sobre las relaciones sociales
y los conceptos mentales resultantes. ***
Sólo un dogmático antimarxista podría
negar que la brillante imaginación de Marx le había conducido
a percibir parte de la continuidad entre el hombre y sus
herramientas. Retirada, quizá, la pista por la distinción
de Vico entre historia humana y natural, como hecha por
el hombre y hecha por Dios, a Marx casi se le podría dar
un sitio en el panteón de Copérnico, Darwin y Freud como
destructor de las discontinuidades del hombre con el mundo
que le rodea. Antes que nuestros actuales antropólogos,
Marx se había dado cuenta de la irrompible conexión entre
la evolución del hombre como ser social y su explotación
de las herramientas. Sin embargo, no se dio cuenta de la
segunda parte de nuestro tema, que el hombre y sus herramientas,
especialmente en la forma de las complicadas máquinas modernas,
son parte de un continuo teórico.
Relacionando lo expuesto con el concepto de
prótesis material, hay indudablemente una continuidad entre
hombre-herramienta-máquina trivial-máquina no trivial, pero
creo que sólo se puede aceptar esa continuidad como compleja,
es decir, una continuidad que a la vez implica saltos, emergencia
o compuertas evolutivas. Puntos de no retorno en una línea
de continuidad podrían poner seriamente en cuestión esta
idea de continuidad simple de la naturaleza formulada por
vez primera por John Stuart Mill como base de la inducción
científica. La misma idea de sutura remite a un punto de
costura en la línea: ¿estamos hablando de la misma línea
a un lado y otro del punto de sutura... ? La imaginación
analógica de la que habla Edgar Morin necesita de un salto
para comprender que "las mismas ideas conceptuales que ayudan
a explicar las funciones de su cerebro también explican
las funciones de una ‘máquina pensante’." (Mazlish, op.
cit., p. 272, media). Ahora bien, ¿qué hay detrás de la
oposición conceptual máquina-herramienta/máquina-amenaza?
La idea de la máquina como amenaza surge, indudablemente,
cuando aquélla llega a niveles de progreso tales que el
hombre empieza a plantearse la hipótesis de la rebelión
de las máquinas. Mazlish cita un antecedente lejano: la
novela de Samuel Butler, Erewhon. Es interesante marcar
en el párrafo que aquél cita un punto crucial: "Reflexionen
en el extraordinario avance que las máquinas han efectuado
durante los últimos cien años, (...)"; "Nadie espera que
todas las características de los organismos ahora existentes
sean absolutamente repetidos en una clase de vida enteramente
nueva. (...)". Creo que Butler necesitaba forzar los tantos
para que su planteo cerrara: las máquinas no avanzan solas,
no tienen autonomía evolutiva, son construcciones del hombre.
A partir de este hecho, el planteo se cae. En la segunda
cita que hago, la imaginación llega al exabrupto: me parece
poco serio hablar de las máquinas como una clase de vida,
la aplicación de la analogía funcional máquina a los seres
vivos y a las máquinas de gran operatoria (en términos de
Mazlish) no puede borrar la distinción fundamental entre
lo orgánico y lo inorgánico. El avance de las máquinas es
resultado del progreso humano en su capacidad de diseñar
y fabricar dispositivos, como consecuencia de la retroacción
positiva que caracteriza su evolución: su organización social
lo obliga a perfeccionar su prótesis material, la interacción
con ésta lo modifica a la vez que avanza en la transformación
del entorno humano. El proceso desemboca en una mejora en
la capacidad de abstracción del hombre, que le permite reiniciar
el ciclo diseñando y fabricando mejores dispositivos. Ahora
bien, la lógica que guía ese proceso sigue estando al servicio
de la lógica evolutiva mencionada más arriba: la reproducción
y expansión de la especie humana. En términos de Marx, el
hombre produce no sólo herramientas y bienes de consumo,
sino la necesidad de más y mejores herramientas y bienes
de consumo. El concepto de necesidad, clave en toda la elaboración
teórica de Marx, me parece estar absolutamente ausente en
el planteo y las citas de Mazlish: no se puede entender
plenamente el concepto de evolución desligado del de necesidad.
En el texto de Jastrow que se menciona, que me tomé el trabajo
de hojear más allá de la cita reproducida, resulta débil
la argumentación sobre los animales que primero subieron
a los árboles y, después de evolucionar, bajaron y adoptaron
la postura erecta; sin ninguna alusión a momentos o factores
de necesidad, los cuales siempre están vinculados con el
problema de la supervivencia. La hipótesis de Jastrow -que
él ofrece en reemplazo de la de necesidad- sobre la curiosidad
que guió a los animales en el mencionado movimiento es realmente
de una inocencia asombrosa: ¿quiere decir que cualquier
animal que sea guiado por la curiosidad puede seguir el
derrotero del hombre?; ¿por qué el ser humano es el único
animal curioso que evolucionó por retroalimentación positiva,
si la curiosidad es la clave del asunto? El concepto de
necesidad, vinculado concretamente a la supervivencia, es,
creo yo, mucho más apto para entender procesos de evolución
y fenómenos de emergencia.
Para finalizar, tenemos el mapa de los
conceptos fundamentales que están en juego de cara a la
irrupción del paradigma de la biotecnología: el sistema
global y su equilibrio, la tensión orgánico/inorgánico,
la especificidad de lo vivo, el lugar diferenciado y contradictorio
–en tensión creciente- de lo humano, la conciencia de la
finitud que significa la muerte, el problema del odio y
la agresividad de la especie. El punto de partida de este
proyecto de investigación es una vinculación que plantea
un desafío a la tradicional visión que se pone en juego
en las discusiones de la Bioética: en general, es difícil
separar el plano de lo moral, en el sentido de que se plantean
las cuestiones en términos del Bien y el Mal. Concretamente,
se discute, frente a las posibilidades de la manipulación
genética, acerca de lo que está bien o mal hacer al respecto.
Propongo una visión más amplia del asunto: al hombre le
cuesta aceptar que la distinción entre el Bien y el Mal
es una de sus más grandes invenciones simbólicas. No creo
que alcance para entender cuestiones que remiten a lo global.
Mi proyecto de investigación intenta entender qué significa
el Proyecto Genoma Humano (PGH) en una serie evolutiva del
conocimiento: por qué el hombre ha llegado hasta el límite;
por qué la Ciencia está parada en la frontera de lo pensable;
por qué aparece en el horizonte de la manipulación genética
la posibilidad histórica de suprimir el proceso de envejecimiento.
Más allá de las consecuencias que la hipótesis pueda tener,
expandiendo el límite de lo imaginable para el ser humano;
más allá del temblor que sacude todo lo conocido hasta la
fibra más íntima, se trata de llegar hasta lo más profundo
de la estructura instintiva del hombre para tratar de entender
hasta dónde puede operar el concepto de necesidad, y a la
vez el de contradicción; hasta dónde se podría establecer
una vinculación entre la agresividad creciente del ser humano
y la operatoria simbólica profunda del límite técnico de
la muerte. Por qué la fantasía de suprimir el envejecimiento,
la posibilidad de relativizar el único aspecto absoluto
de la muerte, ronda con más fuerza que nunca...
Por último, hay que tener en cuenta que
no se puede dar un debate a fondo sobre las posibilidades
de la manipulación genética sin considerar el significado
profundo de esa necesidad humana de fuga hacia adelante
que tiñe todo su desarrollo, que recubre sus miedos ancestrales,
sus temores más profundos; que condiciona permanentemente
todas sus interrogaciones sobre la existencia. (*)
(*)
Fuente: Gabriel Agote, "Implicaciones
filosóficas del proyecto genoma humano y de las posibilidades
de la manipulación genética", editado
aquí de manera original.
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