Por Esteban
Ierardo
La tierra abre sus grietas para ocultar la sombra de los seres.
De las rocas brotan laberintos donde se extravían los hombres. Del
mar llegan los jinetes españoles que, con sus petos gualdos y
sus espadas, avanzan sobre la inmensidad americana. El oro, vestido de
sol, brilla junto a murmullos telúricos; junto a voces exhaladas por las piedras y los
árboles. Voces que anuncian un destino de soledad. Para los
conquistadores que sólo desean abrazar montañas de metal dorado.
Muchos son los nombres de la tierra americana. Uno de ellos es
la pampa de verdes lomas, del horizonte sin altivas montañas,
la pampa que se mezcla con la leyenda indígena de Trapalanda
(1). La geografía donde el pensador argentino
Ezequiel Martínez Estrada halla el primer manantial de signos de la
historia americana.
La penetración hispánica en la Pampa
Trapalanda se inicia tras la llegada de la inmensa flota del
Adelantado Pedro de Mendoza al Río de la Plata. El jefe español
financia la empresa. Obtiene las riquezas necesarias a través del
saqueo de Roma en 1527. Junto a las guerras inalterables, la
Europa monárquica y las repúblicas libres italianas, en
los recipientes del tiempo se revuelve el nuevo vino del
Renacimiento. En
el continente que recibió su nombre de la ninfa Europa, raptada por un Zeus toro,
centellean los primeros tonos del
hombre triunfante, la extendida y vigorosa anatomía del cuerpo
humano de Leonardo que ya comienza a pensar en el futuro
derrocamiento de Dios.
Con
el Renacimiento, el hombre camina hacia grandes cimas; con el
nacimiento de lo europeo en América, el incipiente sujeto moderno
rodará
hacia el lecho frío de la soledad. Lentamente nace una figura
histórica particular de lo solitario. No la
soledad del individuo, de una cultura, o la soledad genérica de
un sujeto frente al universo. En la tierra americana nace la
cultura como repetición compulsiva de una soledad generada por una
naturaleza ingobernable. El conquistador aspira a la rápida
sujeción de la tierra. "No venía a poblar, ni a quedarse ni
a esperar; vino a exigir, a llevar, a que le obedecieran" (2). Pero,
rápido, el sueño del soberano que manda es reemplazado por el "del señor de la nada". La
tierra pampeana, sin una morfología nítida y apropiable
de montañas, valles o bosques, es la expresión de lo amorfo,
de la geografía que contiene sin que nada pueda
contenerla. El gigantismo de la extensión horizontal que se conjuga con la longitud
vertical y descendente de las antiguas capas geológicas. El vertiginoso pasado
geológico y
el presente de la inmensidad telúrica hablan de fuerzas
que sólo admiten al hombre como cuerpo extraño, como cuerpo a fagocitar.
De ahí que, entre la geografía americana y el europeo, el primer
código
es el polemos, la guerra furiosa, un conflicto en el que el
invasor que viene de allende el mar "sucumbió bajo la
fuerza más lenta e infinitamente más grande de la
naturaleza" (3). Este pensamiento alimenta en Estrada la certeza
de que en el suelo pampeano, en la extensión
silvestre sudamericana, ocurre " una pugna estupenda como
quizá no hubo otra en la historia: la tierra que conquista al
conquistador, lo vence y lo obliga a que se convierta en
servidor de todo aquello que lo repugna profundamente" (4).
El español sueña con el salto felino que conquista un futuro de riqueza y estandartes de colores festivos y
dichosos. Pero frente al ensueño del progreso futuro, el golpe
de la tierra. El puño terrestre sobre el peto hispano que lo
obliga "al avance hacia atrás" (5). El triunfo de la
tierra, de la prehistoria, del pleistoceno, de la antigüedad
geológica, le exige al español una inversión de la voluntad. El
conquistador quiere enriquecerse rápidamente y volver a la única
civilización posible: las ciudades y los caminos de claros trazos de Europa.
Pero hará lo contrario de lo que desea. Inversión de su deseo
que le impone sembrar antes que recoger. En lugar de
enriquecerse velozmente y controlarlo todo con la espada, el fuego y
el cañón, debe conformarse con dominar mediante títulos jurídicos de
posesión. La riqueza no será el oro,
ya en sí mismo un valor seguro, sino el ganado a cuidar y alimentar
con esfuerzo y el quieto
cereal necesitado de la benevolencia climática, y de la fértil
caricia del sol y del agua. A su vez, la necesidad
de preservar la frágil conquista le lleva a "levantar
terraplenes, a cavar zanjas, a construir trincheras, a vivir
amurallado" (6). La defensa de la conquista precaria en
las dilatadas comarcas pampeanas, funde la aislada presencia humana con el solitario rostro de la
tierra.
"La civilización es lo contrario del aislamiento, y el
primer poblador trajo soledad a la soledad" (7).
Pero lo terrestre no sólo produce al sujeto de la angustia
solitaria. También crea seres de marcada singularidad. Este es
el caso del baquiano. Célebre es la descripción de las artes perceptivas del
baquiano en la obra de Sarmiento (8). Estrada continúa y
agudiza aquel análisis. El baquiano "posee finos órganos de
percepción y dotes de médium. En él parece haber tomando
conciencia la tierra del secreto a que obedecen sus formas,
colores, consistencias, distribución" (9). El baquiano es capaz de relacionar constantemente la tierra visible
con un exhaustivo mapa de grandes territorios. Un mapa
construido por la memoria. Memoria que recuerda y sitúa en su justo sitio las
rocas, árboles, ríos o arroyos que laten en las montañas,
llanos, o selvas. El recordar del baquiano es microscópico. Su
poder para recordar preserva la pequeñez de lo individual. Es capaz de
reconocer una roca particular entre miles de rocas, un exiguo
arroyo entre cientos de angostas corrientes de agua. La
capacidad de reconocimiento del baquiano no obedece a la lógica. Su pensar
es afín a la adivinación, a la rabdomancia. Es una inteligencia
sensitiva. Siente cada forma del terreno y la ubica con
exactitud en
el todo de un mapa general. El baquiano puede sin dudas elegir el
camino correcto entre muchas otras opciones equivocadas.
La
prodigiosa habilidad de reconocimiento visual de la geografía es
un don concedido por lo telúrico. Sólo el cuerpo que es
prolongación de la tierra experimenta con lucida claridad la
distribución y riqueza de sus partes. El poeta o el chaman
visionarios ven cielos o tierras superpuestas a la materia
visible. En la Pampa, el baquiano es una figura vernácula de
"visionario"; es el que "ve" la compleja
riqueza
desplegada en la tierra.
En
las guerras civiles y de Independencia de Argentina, la palabra
del baquiano es sagrada. Es signo revelado de un oráculo
infalible. Rivera es un extremo caso de coincidencias (10). En
el
basileus de la monarquía cretense-micénica confluyen la
condición del rey y la autoridad del sacerdote; es la conjunción
o coincidencia de lo sagrado y del poder político. En Rivera,
por su parte, coinciden los galones de general (con su autoridad
política sobre un terreno y un ejército) y el arte rural del
baquiano (arte imbuido de un aura singular y sagrada).
Generales tan seguros de sí mismos como Paz o Güemes, debieron
entregarse a la "adivinación geográfica" del baquiano.
El infausto para algunos, y egregio para otros, Juan Manuel de
Rosas, podía distinguir las cuarenta estancias de la provincia
de Buenos Aires por el sabor de sus pastos. Otro ejemplo de
un caudillo donde se une el poder político con la condición rara
y sagrada del arte del baquiano.
El hombre moderno también es portador de mapas mentales. El sujeto
arquetípico de
lo moderno, el sujeto cartesiano, se forja una representación universal
y mental de la naturaleza. Sólo mediante esta mediación podrá comprender y vincularse con los
fenómenos. Así
vive más en la imagen conceptual que en las cosas. En cambio, el baquiano
está siempre "cercano a la realidad"; es un sujeto próximo a la otredad del mundo
físico y animal. Está dotado de
"esos órganos sutiles de los insectos, y las aves" (11).
Espíritu gemelo del baquiano es el rastreador. En él, el ojo
es el exquisito órgano de percepción de los detalles milimétricos. Nada
que encuentre en el paisaje escapa al taladro incisivo de su
mirada. Con la ayuda del menor indicio, el rastreador rompe el peligro de
la pérdida, de la incomunicación, del aislamiento, e instaura un
seguro y continuo camino hacia el destino buscado. En la
amplitud de la Pampa, él construye un camino no
mediante piedras o tierra apisonada. Sus caminos son deductivos.
Determina un sendero al unir lógicamente distintos indicios. Por esta
vía,
es capaz de encontrar el camino hacia un poblado. O también el
paradero de un criminal reclamado por la justicia. Entonces, el
rastreador "mira la tierra y distingue montones de polvo
dispuestos por el viento, las aguas, o por el paso de alguien... Por la huella del casco infiere una historia
detectivesca, y el criminal deja escrita la marcha a sus
ojos, como en un plano" (11). Para el
rastreador, el espacio es la memoria donde se acumulan
continuas capas de indicios inteligentes. Cada detalle en la
materia observada es usina para la proyección de caminos posibles y
para la recreación de historias pasadas. En el Facundo
de Sarmiento, Calíbar es el arquetipo del rastreador.
Fuerzas magnéticas y lentas
transformaciones geológicas se asocian con las extrañas y mágicas
tipologías del baquiano y el
rastreador. Para Estrada, la gravitación de lo telúrico se
proyecta también en el cuchillo. El hijo de la llanura siempre
se desplaza con el puñal en la cintura. Con su arma cortante degüella
y faena. El cuchillo como instrumento de trabajo
primero y, luego, como desesperado deseo de afirmación.
"Ser de distancias", el gaucho renuncia al
hogar, a la familia, al cobijo de una respetable posición
social. Él es siempre el sujeto superado y anonadado por la pampa
inconmensurable. Él sabe que la tierra es ingobernable.
Tampoco lo serán entonces sus hijos. A ningún gobierno que fagocite y
oprima respetará el jinete cargado de horizontes amplios. El único gobierno es el que se lleva consigo. El breve resplandor
del cuchillo es idóneo entonces para anunciar al que se
gobierna a sí mismo. El cuchillo es así
"el arma individual, el arma del hombre solitario" (12).
Y el cuchillo es tan íntimo como el falo. Sólo en
determinadas situaciones se debe exhibir. Es el puñal emblema del
hombre solitario e instrumento para probar el
propio coraje. Su liviandad y maleabilidad lo hace veloz y mucho
más rápido que el pensamiento o la decisión racional. El alma
puede decidir suspender la arremetida, disolver la violencia
desatada del duelo. Pero el cuchillo se lanza, de todos
modos, con brío
hacia adelante y quizá ya horada la carne del adversario. El
cuchillo, apoteosis del culto al coraje, adquiere así la
velocidad de lo instintivo que lo sitúa cerca de un objeto
animado, dotado de vida propia o de la vida íntima del que lo
manipula, tal como acontece en el relato borgeano "El
encuentro" (13).
Si el cuchillo convoca la rapidez instintiva del hombre solitario, es
entendible que su aprendizaje no corresponda a lo académico.
"La espada tiene su escuela y estilo; el cuchillo es
intuición, autodidáctica (14)". El ataque con cuchillo
es tormenta de embestidas espontáneas. No hay allí un plan
sereno o planificado de precisas estocadas. Su arremetida
puntiaguda obedece a la espontaneidad instintiva e inconciente, al dibujo
desordenado de movimientos que en "el animal
perseguido se llama gambeta".
El filoso instrumento es ajeno al ataque razonado y meditado.
Entonces, para emerger victorioso en el duelo, el combatiente
debe aceptar ser guiado o conducido por las fuerzas primarias,
instintivas, terrestres, prelógicas, que lo abruman
y que lo dejan, otra vez, en soledad. El hombre que embiste en
un duelo con un cuchillo queda "librado a su fuerza, a su arte
y a su destino" (15).
Y frente a la agresividad de la tierra insondable, siempre el
regreso a la vida amurallada. El repliegue en la soledad
individual se multiplica en el gigantismo de las ciudades, de
las proliferantes urbes indianas. Buenos Aires es una de las
expresiones de este proceso.
La casa que se edifica sobre la
nueva tierra siempre esquiva se fragua desde un inconciente
plan para aislar a los seres y aceptar su incapacidad para
trascender su sufrimiento y desorientación. En la casa colonial
privan los materiales que susurran lo
transitorio, lo precario: el barro, la paja, la madera, el cinc.
La transitoriedad y aislamiento dentro de la morada urbana de la
colonia se asocian a dos dimensiones: la continuidad de la frágil vivienda campestre,
y la prefiguración del encapsulado
edificio moderno. El rancho, la casa prototípica de la llanura pampeana,
nace con la vocación del nomadismo, de la
breve vida en un sitio para renacer luego en otro. En el rancho predomina el barro. Tierra y agua
amasada, endurecida. Que pronto recuperará la dispersión de la
tierra esparcida. La casa no puede ser entonces lugar de
arraigo, región privilegiada para el florecer lozano del
individuo; lugar que libere al sujeto del sufrir y de la
desorientación. Es sólo refugio. Guarida. Cavidad en el espacio para
escapar de vientos hostiles. El rancho, la morada-guarida, se transmuta en la
casa colonial de paredes largas y techos
altos, con zaguán y amplio jardín. Y también se
transforma en la casa pobre que pulula dentro de la urbe modernizada
(16).
La vivienda humilde
despojada de adornos es principal signo, en la meditación de
Estrada, de la esencia errática, viciada de lo efímero y
perentorio de la ciudad, de la "ciudad flotante". Todo en ella propende al refugio,
al protegerse de un mal siempre inminente.
Entre las multitudes, entre la variedad de
instituciones y actividades, puede emerger la ilusión de la
urbe como caldero de muchos caminos, de las muchas escaleras hacia el sueño de la vida lograda. Pero "la ciudad
es de una textura homogénea, aunque parezca abigarrada y
cosmopolita" (17). La textura común de la ciudad es tejida
por las diversas
formas de escapar de aquello que, en silencio, el ser urbano siempre
sospecha: la cercanía de la muerte y la soledad
que horadan la médula de los días.
Y además, Buenos Aires se convierte en "la cabeza de Goliat"(18). El
corazón que todo lo absorbe y
distribuye. Lugar no de realización sino de desmembramiento, de
evasión de la tierra que abruma: Buenos Aires, la gran capital
civilizatoria "por donde toda la república comenzando por
sus ríos y ferrocarriles, se echa al océano y se va hacia Europa"
(19). Pero más que hacia Europa, la gran
urbe es superficie que viaja hacia ninguna parte, como la propia
llanura de la que escapa. La ciudad es "superllanura".
Las líneas verticales de los edificios no son suficientes para eludir
la
horizontalidad de la llanura.
Estrada cincela un pensamiento que se rinde a la otredad de lo
telúrico. En los inicios de su escritura ardió la poesía. El
poeta que subyace al pensador y ensayista, está naturalmente
destinado a percibir la naturaleza como trascendencia. Pero en
La radiografía de la Pampa, la intuición de la superioridad de
la materia vasta es alimento para una conciencia pesimista,
agobiada por la certeza de una fatalidad histórica que la tierra
le impone a los hombres. El hombre pampeano, el sujeto
sudamericano, no puede encarnar un proyecto civilizatorio porque
carece de un suelo dominado, de una tierra pacificada. La
historia como progreso reclama un fundamento impertérrito, ajeno
a las conmociones de una tierra incontenible que evapora todos los sueños. La ausencia de
historia en el sentido ilustrado y moderno sentencia al
sudamericano a la eterna repetición de la caída, al continuo
repetir el intento de un vuelo feliz para después caer y caer.
La "fatalidad geográfica", la
"fatalidad cósmica", la "determinación del
subsuelo", repiten su triunfo, repiten el fracaso del ansia
de plenitud del sujeto sudamericano. La tierra es así, en
Estrada, la fuente de un relato de caída que se repite
inexorablemente, en los diversos ritos del Estado, la política,
el ejército, las profesiones liberales, el explotado trabajo
asalariado.
Las meditaciones radiográficas de Estrada son en parte una
continuación de la preocupación de la Argentina insegura
respecto a su verdadera identidad. La invasión inmigratoria
desatada a partir de fines del siglo XIX, genera fuertes
sacudidas en las estructuras tradicionales de la sociedad
argentina. La oligarquía agrícola-ganadera, detentadora del
poder económico y político, siente la amenaza de las
multitudes de extranjeros que traen sus propios idiomas y
tradiciones. Exhibir una sólida identidad vernácula capaz de
asimilar al inmigrante se convierte en prioridad para la
preservación del poder de los sectores en la cúspide social.
Pero también se manifiesta como cuestión de un hechizo
irresistible para los intelectuales y artistas. Eugenio
Cambaceres imagina en su novelística una
invectiva contra el peligro de "contaminación genética"
que suponía la integración con el extranjero. Actitud
defensiva, de claros sesgos racistas, que prosigue Carlos
Bunge en Nuestra América.
Leopoldo Lugones se muestra quizá como el más conspicuo
buscador de la identidad patria. A través de las conferencias
que, en 1915, dicta en El Ateneo. Estas alocuciones se convierten en El payador (20), obra donde el poeta de La
guerra gaucha encuentra en el Martín Fierro al héroe
nacional emblemático, cuya estirpe épica derivaría nada menos que
de la epopeya homérica.
Pero
en Lugones, Bunge, e incluso Ingenieros, el intelecto sonríe
mientras cree sacar de las aguas de lo incierto el diamante
nítido del ser nacional. El pensamiento aún contempla
optimista el futuro. Lo argentino brillará guiado por el faro
de un pensar nacional.
Pero en Estrada, el optimismo vomita la imposibilidad. No hay
lugar para una Argentina o una América triunfantes. Los
espectros irracionales que emana la tierra aturden siempre con
un grito negador.
A través de su lectura pesimista y fatalista de la historia
argentina, Estrada recupera la primacía de la tierra. El licor saludable de
este movimiento es desmoronar la ilusión antropocéntrica, la
creencia del sujeto imperial que pretende que las cosas,
los seres y los elementos, se sometan a su autoridad. Pero su
riesgo es la demonización de lo telúrico. La radiografía
de la Pampa de Estrada continúa, en este sentido, la ancestral
intuición mítica de la
naturaleza gobernada por Kali. La diosa hindú que danza sobre los
muertos. Kali, la vieja y poderosa materia terrestre que le
quita a los seres la alegría y la plenitud.
Pero en el espacio vive otro poder. El de la naturaleza
como Deméter o la Pachamana, lo divino femenino que da y
revivifica; lo divino femenino que entrega el calor para la nueva
creación...
2. La tierra en Eduardo Mallea y la exaltación severa de la vida

El escritor permanece recostado sobre algún lecho ondulado de
la llanura por un tiempo. Escucha. Escucha algo. Y escribe.
Dice. Camina. Camina Mallea (21) desde su Bahía Blanca, su hogar
natal, hacia su patria ancha de luciérnagas, aves, llanuras y
montañas de blancas cimas. La bahía del silencio es la novela
emblemática del narrador argentino. En sus lecturas, gusta del
encuentro con Novalis, Rimbaud, William Blake, Holderlin. Espíritus
radiantes que lo hacen amar lo visionario. La sagacidad para atisbar esencias sutiles.
Un
ensayo fundamental, y poco estimado de su literatura pensante, es
Historia de una pasión Argentina. Allí, nos atrae en especial
el capítulo titulado "El país invisible"; allí, el escritor
no resiste el llamado de la visión; allí, se trazan los mojones
progresivos en el arte de ver al hombre profundo que resiste a
los golpes del tiempo con severidad y nobleza.
Mallea deambula por
campos, ríos, colinas y aguas temblorosas para, finalmente,
aprender "a descifrar el monólogo articulado de la
tierra que tiene una voz extraña, diferente y significativa"
(22). La sensibilidad descifradora del
artista Mallea lo abre a los ritmos profundos de la naturaleza. En ella, el
día vibra con las músicas suaves de los cereales resplandeciendo entre
pétalos de luz. En la jornada diurna, el suelo, con
pasiva alegría, recibe las melenas desatadas del sol, los himnos veloces del
viento, el murmullo hechicero de las aguas
que cabalgan sobre los lechos. En el día, la naturaleza es
celebración sosegada de la luz, el aire, los ríos, arroyos.
Los arroyos: las
movedizas serpientes de agua.
Y
en la noche, la pasividad anterior se desgarra en un quejido. La
tierra se muta en felino cazador, ágil, expansivo. En criatura
ebria de movimiento. La tierra se incorpora entre los velos
nocturnos. Y busca. Persigue. Corre al potro salvaje y al hombre
que ahora teme la acechanza de murciélagos y sombras.
El sapo y la lagartija acosan ahora al hombre desde una penumbra inasequible
para la mirada. Cerca, se encuentra la pegajosa humedad
del charco, y la luminiscencia tenue de las luciérnagas. Ahora, la tierra
es un vapor tenue que atrapa. Y "la luna misma parece estar
rasguñada por la mano de la llanura" (23). Naturaleza del
rostro jánico, dual: la serena pasividad terrestre del día y la
expansiva tierra de la noche que absorbe y amenaza. Pero esta
percepción es preparación para el pensar. Un pensar estético de poeta. No
ya el intelecto presuntuoso sin encarnación en la piedra, la ribera o el cuerpo. El pensar
poético de Mallea blande cuerdas de conceptos que nunca
dejan de rozar el cielo y las aguas subterráneas.
Es demasiado espesa
la ceguera que olvida la proximidad de la tierra y los
elementos. Más grande que nuestras pasiones malogradas, o que
nuestros conflictos personales, es la materia que "nos está rodeando y
lejos de concluirnos, de cerrarnos, nos comunica, nos extiende
a su medida, nos pone tan cerca del alto campo estrellado, como
del campo firme y bajo, como del agua profunda, como de los demás hombres, de las mujeres, de las
cosas" (24). La percepción
de lo terrestre dejará al escritor artista la certeza "de
que la tierra no es tan solo la tierra, sino el modo como nos lleva al
absoluto" (25). El narrador argentino regresa a la
intuición romántica de que las formas de la naturaleza son
música viviente. Que suenan para el oído humilde entregado a
escuchar y descifrar.
También en Estrada se escuchaba la garganta viva de la
naturaleza; pero, de aquella escucha sólo dimanaba
el zumbido del puño vengador de la naturaleza. El puño que
golpea al hombre. Y hace que su piel sangre miedo, angustia. Caída. En
Mallea, en cambio, la tierra habla, nutre y acompaña.
Estimula y cincela a un hombre profundo, al sujeto que habita y
dignifica la Argentina invisible.
El argentino profundo se relaciona con lo rural, aunque no se
identifica plenamente con lo campestre, ya que puede vivir
también en las ciudades mezclado con el ser más degradado de
la urbe, aquél que sólo aspira a ser centro que domina. El argentino profundo
no quiere el poder, o la posición cómoda e influyente. Es distinto a los seres sin la hierba del ideal en la
mirada; es distinto al ácido dañino de lo mediocre que repite lo ya
aceptado. El ser profundo ama la exaltación de una fe elevada, y
desea suplantar el hielo del enfrentamiento o la separación de
los individuos por el anillo de la verdadera comunidad. Frente
al ser trivial de las ciudades, el profundo, el hijo de la tierra dura y
austera. El que es capaz de exaltarse y encenderse no para
deslumbrar a los otros, sino para afirmarse ante los infortunios. Para acompañar el movimiento
creador de la tierra. Éste es el hombre de la "exaltación
severa de la vida", el que es "raíz, no follaje";
el que conserva "algo que vale más, y es su comunión de hombre
que siente con las cosas que lo hacen sentir; en el estar del
hombre que conoce el nombre de los árboles y el lado por donde
gravita cada estrella" (25).
El hombre profundo es obrero silencioso de la comunión del
hombre con la roca y la estrella (26). Y con el otro como semejante,
como aquél con quien se comparte un mismo resplandor humano. Este hombre
podría alimentar la descomposición del capitalismo degradante
con más autenticidad que muchas de las voces retóricas y de
salón que poco saben en realidad del trabajo o la vida alienada. El sujeto de la comunidad con la piedra y el astro y
el semejante no comulgará con el poder concentrado que explota y
separa al hombre de su posibilidad más alta.
Y
también, el hombre profundo de la comunidad con lo humano y lo
telúrico es el que completa la forma abierta de la geografía
americana. El espacio americano es fuerza desencadenada,
rebelde. Es magma aún en ebullición. Quien acepta la sustancia ardiente
de lo americano puede soplar nuevos y relucientes
cristales. Es protagonista así de un heroico enfrentamiento con
una naturaleza
todavía efervescente y agitada.
Pero esta energía que hace frente no aspira a dominar lo natural.
Conquistar la naturaleza sería enfriar y matar la fragua donde se forjan los
nuevos metales preciosos.
El acto creador es trabajo que desbarata la rutina y el
servilismo de lo mismo. El trabajo creador surge encendido por
la llama de un
ensueño. Trabajo ensoñador es el de la "fantasía
transformadora". Novalis, el poeta romántico alemán, entiende con nitidez el entrelazamiento entre trabajo y
transfiguración. Al personaje de su novela inconclusa, Enrique
de Ofterdingen (27), la hace imaginar una flor azul, que se
transfigura de
manera continúa. Así, el arquero
artista que trabaja sobre lo informe arroja sus flechas
creadoras para que trasformen lo que tocan. Pero el trabajo
de la arquería transfiguradora no es arrojar las saetas en una
misma línea
recta hacia su blanco. La flecha lanzada siempre recorrerá
algún nuevo camino antes de
llegar a su destino. El
espacio recorrido con una trayectoria no convencional, es
expresión de un esfuerzo de la criatura que rehace lo recibido.
Y se trasciende. Se excede.
Afirmarse desde el poder creador, encenderse con el calor de lo
vivo, es salir de los refugios pequeños. Crear, propagar lo
noble y vital, es rehusar la protección de una casa segura,
pero pequeña. La fortaleza creadora que viene de la comunidad
con el suelo, el aire y los destinos de los semejantes, es la
fuente del valor para el siempre salir a ver algún nuevo
cristal en el horizonte. Modelo y estímulo para la creación es
la tierra ya que ésta se halla de continuo en "estado de
regeneración. En estado de crecimiento y multiplicación sin
tregua" (28). Se debe ser como el viento que rompe con la cansada
quietud. Y comulgar con la
tierra que, mediante el salir de la planta desde la semilla,
rompe el peligro de lo estéril. El ser profundo, vestido con el
frescor terrestre, siempre sale fuera de lo pequeño. Y se
recrea. Y es involuntaria contracara de todo aquel que vive
" contento sin gloria, contento de conformidad...contento de la satisfacción mísera
que no osa ser alegría... correr
peligro de ensombrecerse para...mejorar,
excederse" (29).
Excederse. Salir fuera de lo estrecho y agonizante. Pero
también ser silencio vivaz, que no ostenta y que alza la frente, una y
otra vez, desde la sombra de los infortunios. Ese
ser es el capaz de atravesar las lluvias de la amargura o de las
afrentas, sin detenerse, sin resentirse nunca. Nunca hay en esta
forma de vivir renuncia a la exaltación segura, severa,
desbordante, de la vida, pues: "en
mitad del infortunio, del mal o del bien circundante, del
fracaso o el gozo, de la repentina contingencia, cualquiera
fuera el desastre o el éxito: la exaltación severa de la vida.
Los he visto así silenciosos y sin miedo, todavía conmovidos,
severos para consigo y exaltando la vida. Templados. No sé si
mejores o peores: pero auténticos. Los he visto. Y estos son
los hombres 'invisibles' de la Argentina, éstos que he
visto crear sin ficción, vivir sin alarde, sobrevivir sin
resentimiento, no tener en la superficie del país el
predicamento que enarbolan los aparentemente 'grandes', los
fariseos, los filisteos " (30).
Los hombres y mujeres de la exaltación severa de la vida sólo
son invisibles para la mirada del poder que enseña a olvidar la
existencia digna. Porque, en silencio, la tierra dura, y el aire
ligero, saludan a los que viven para dar y compartir. Lo que
viene desde la raíz.
Nostalgia de Anteo y la acechanza de las Erinias. Esto es lo que
bulle en las
meditaciones desde lo telúrico de Estrada y Mallea. Las Erinias griegas
son genios alados, femeninos,
terrestres, que vuelan con antorchas y látigos en sus manos,
y con serpientes enrolladas en sus cabellos. Nacieron de la tierra, en el sitio donde se derramó la sangre del falo
mutilado de Urano (31). Las Erinias persiguen a
los que han agredido a la vida y, en especial, a los asesinos
de la madre, al matricida Orestes. Lo telúrico, como una
inflexible y vengativa Erinia, vuelve para castigar y acosar. El autor
La Radiografía de la pampa hace de lo terrestre una presencia que
sofoca una y otra vez a los hijos de la estirpe que pretendió
dominarla. El hombre americano, el
argentino en la particularidad de su análisis, no puede evadirse
del agobio de un suelo ingobernable, siempre demasiado primitivo
como para ser dócil fermento de una cultura de progreso.
Y Anteo sólo es vencido cuando pierde su contacto con la
tierra. El gigante del mito griego es hijo de Posidón y Gea.
Cuando toca a su madre es invencible. Nada puede doblegarlo cuando se
nutre de la proximidad del
calor terrestre. Sólo Heracles logra
vencerlo al hacerlo flotar en el agua para, luego, ahogarlo
(32). La
nostalgia de la fortaleza telúrica de Anteo
refulge en el pensar de Mallea. Como
Anteo, el hombre de la exaltación severa de la vida es esculpido por el
sólido vigor terrestre. Y recorre el tiempo con el deseo de vivir sin resentimiento porque, en silencio, lo
nutre el suelo que siempre regresa con los nuevos frutos,
frescos y sanos, de la primavera y el día.
Para
el narrador de La bahía del silencio, lo terrestre siembra una
voluntad de vivir y crear. La tierra baña con un río de
transparencia y fortaleza las manos silenciosas de los habitantes de la Argentina Invisible.
El
pensamiento enfila sus faros hacia el horizonte. Encandila el pensar con su
incandescencia. Pero ignora la región que
crece a espaldas de su luminosidad. La luz del intelecto no
podría aceptar que los objetos iluminados, y la propia luz que
ilumina, surgen de una sombra previa. El orgullo del logos de
procedencia griega no admitirá que, quizá, la sombra es anterior a
la luz. La sombra no es lo no iluminado. Es lo previo a lo que ilumina.
En esa sombra se extiende la niebla siempre enigmática del
cuerpo, cuyo origen no conocemos con ninguna exactitud científica
definitiva.
El cuerpo vive dentro de la sombra anterior al intelecto
iluminante. Esto es: la corporalidad encarna en su inmediatez
una realidad no sabida. Y, a su vez, la presencia más cercana para
el cuerpo que, en silencio, dice lo incognoscible, es la tierra.
Lo terrestre y la materia tampoco pueden ser iluminadas por un
conocimiento sin sombra. Las aceptadas teorías
respecto al origen de la vida en nuestro planeta, o de nuestro sistema
solar y las galaxias, nos hacen olvidar que la explicación
científica es una interpretación plausible, con un alto grado
de comprobación experimental, pero que no es poder de
revelación o iluminación total que disuelva el enigma de la materia.
Cuerpo y tierra pueden ser los dos anillos más cercanos para
expresar lo real como enigmático contenido no conocido plenamente.
James
Joyce, en su Retrato de un artista adolescente (31),
imaginó un momento de la educación de un juvenil Stephen
Dédalus, posterior personaje-héroe de su Ulyses. Frente
a un texto de geografía, Dédalus descubre la diversidad de
nombres que se han inventado para identificar los
accidentes singulares esparcidos por los territorios. Luego de
esta comprobación, ve una inscripción que antes había
realizado en la guarda del libro que consulta: primero aparece
su nombre y, luego, el nombre de su colegio, de su condado, de
su país, Irlanda, y su continente, Europa, y el mundo, y el
universo. Desde lo particular y cercano, desde un primer anillo,
Dédalus se proyecta hacia el universo que contiene los anillos imbrincados de la existencia.
Pero, después, el estudiante irlandés, regresa desde la
amplitud universal hacia la inmediatez de su propio nombre. La
comprensión de la vastedad de la materia del universo siempre
se halla mediada por la más cercana ebullición del propio
nombre que se encarna en el propio cuerpo y en las huellas y sombras que nacen tras los pies que, al desplazarse,
se hunden y rozan la tierra.
Cuerpo
y tierra, como en las meditaciones de Estrada y Mallea, y de
otros pensadores y artistas, entregan el primer espacio sobre el que hombre avanza construyendo cultura y sociedad. La
anatomía humana, y la materialidad terrestre, pueden ser para
una conciencia alerta la más próxima señal de la realidad no
comprendida, no conocida plenamente. Acontece así la recuperación
de
lo no sabido por luces lógicas definitivas. Recuperación de
una noche aún no vulnerada ni capturada por el
pensamiento-sistema. La noche corpórea, material, terrestre, en
la que cuelgan los puentes desde donde llega el fósforo
extraño que enciende la luz del intelecto y del día.
La
intelectualidad suele encandilarse con su propia llama. Y
suele olvidar aquello que la ha encendido. Aquello que la ha
encendido: una fuerza que da luz desde lo nocturno y la
sombra.
Continuidad de la
noche no sabida que vive en el cuerpo y la tierra. Y que nos
obliga a interpretar, una y otra vez, los entrelazados anillos
de la existencia. Que nunca alcanzamos a comprender.
Citas:
(1)
Trapalanda era una tierra legendaria en la que podía hallarse
una ciudad de oro. Una leyenda que fue propalada por los
indígenas, o que sólo nació de la afiebrada y desesperada
imaginación hispánica. De Trapalanda, el Padre Guevara
afirmó: "cuyo descubrimiento nunca efectuado, fue polilla
que consumió buenos caudales sin ningún fruto.". Y
Estrada agrega: "ciudad imaginaria de oro macizo que casi
hace fracasar las expediciones de Francisco de Aguirre y Diego
Abreu; la que hizo que se fundaran La Rioja y Jujuy..."
(2)
Ezequiel Martínez Estrada, Radiografía de la Pampa,
Buenos Aires, Colecciones Archivos, Fondo de Cultura Económica,
p.7.
(3)
Ibid., p.15.
(4)
Ibid.
(5)
Ibid, pp.11-12.
(6)
Ibid., p.55.
(7)
Ibid.
(8)
En este sentido les aconsejo la lectura del capítulo II,
"Los caracteres argentinos", en el Facundo de
Sarmiento.
(9)
Ibid., p.11.
(10)
José Fructuoso Rivera, militar y político uruguayo. Batalló
por la independencia de su país bajo las órdenes de Artigas.
Fue dos veces presidente del Uruguay.
(11)
Radiografía de la Pampa, op.cit.,p.101.
(12)
Ibid., p.102.
(13)
Cf. Jorge Luis Borges, "El encuentro", en el El
informe de Brodie, Buenos Aires, Obras completas, Emecé,
pp.417-421.
(14)
Ibid., p.33.
(15)
Radiografía de la Pampa, op.cit., p.34.
(16)
Cf. Ibid., pp.170-171.
(17)
Ibid., p.3.
(18)
Ezequiel Martínez Estrada, La cabeza de Goliat, Buenos
Aires, Colección La nación.
(19)
Radiografía de la Pampa, op.cit., 144.
(20)
Leopoldo Lugones, El payador, Buenos Aires, ed. Huemul.
La tesis de Lugones se manifiesta con especial intensidad en los
capítulos: "La vida épica" y "Martín Fierro es
un poema épico".
(21)
Eduardo Mallea, escritor argentino (1903-82),
nació en Bahía Blanca (Provincia de Buenos Aires). Su padre
era
el médico y escritor sanjuanino don Narciso S. Mallea, pariente
de Sarmiento, quien evoca a los Mallea en sus "Recuerdos de
Provincia". Estudió Leyes en la Universidad de
Buenos Aires, durante cuatro años, sin concluir la carrera. Ya
en su época de estudiante alcanza notoriedad con sus Cuentos
para una inglesa desesperada (1926). De 1937 es La
Historia de una Pasión Argentina, una gran obra olvidada
donde Mallea intentó descifrar el misterio del alma honda del
argentino, del argentino visible, y del invisible, y de la
tierra que éste habita. Luego, su fervor creador, entregó a
las imprentas: Todo verdor perecerá (1941); El Sayal
de Púrpura (1941), colección de ensayos que contiene,
entre otros, uno sobre Kafka; Las Aguilas (1944), que más
que la historia de una familia es la historia de una casa de
campo por la que han pasado tres generaciones; Rodeada está
de Sueño (1944) y El Retorno (1946), ambas novelas;
y El Vínculo, Los Rembrandts y La Rosa de Cernobbio
(1946), tres novelas cortas animadas por una sinfonía de
elementos sobrenaturales y poéticos. Después de un nuevo libro
Meditación en la Costa (1939), Mallea publicó, en 1940,
acaso su novela fundamental: La Bahía del Silencio,
escrita en primera persona y dirigida a una misteriosa mujer a
la que el protagonista, Martín Tregua, sólo ha entrevisto
algunas veces, sin hablarle.
(22)
Eduardo Mallea, Historia de una pasión argentina, Buenos
Aires, Editorial Sudamericana, 1984, p.86.
(23)
Ibid., p.87.
(24)
Ibid., pp. 87-88.
(25)
Ibid., p.93.
(26)
Este estado de comunión lo manifiesta también Mallea como una
experiencia personal. Al vivir en Buenos Aires, experimentó que
una atmósfera de falsedad, hipocresía y ausencia de ideales
altos lo exponía al riesgo de vivir atrapado en un mundo
ficticio y a perder la realidad verdadera de la materia, del
espacio abierto. Y así, ante la contemplación del Río de la
Plata, el gran río que baña las costas de la capital argentina,
sintió: "He ahí el agua libre, la noche libre, el espacio
libre, los astros libres; el universo, nada concitado, nada
constreñido, todo exacto, todo verdadero, todo aplicado -astro,
viento o árbol- al cumplimiento de su función, todo sujeto al
austero gozo del orden fundamental, cada uno para el todo y el
todo para cada uno", en Historia de una pasión
argentina, op.cit, pp. 82-83.
(27)
Novalis (1772-1801), cuyo verdadero nombre era Friedrich von
Hardenberg, poeta alemán, uno de los máximos exponentes del
movimiento romántico. Enrique de Ofterdingen, su novela
inconclusa, suele ser publicada junto a su gran obra lírica Himnos
a la noche. Ver, p.ej. : Novalis, Himnos a la noche y
Enrique de Ofterdingen, Madrid, Colección Letras
universales, ed. Cátedra.
(28)
Historia de una pasión argentina, op.cit., p.136.
Mallea critica las famosas Meditaciones sudamericanas del
conde de Keyserling, un famoso intelectual abierto a los
influjos del Oriente y que, producto de un viaje por América,
plasmó una serie de reflexiones donde la territorialidad
americana es reducida a la condición de lo inorgánico, lo
reptil y pantanoso. Mallea defiende aquí la savia poderosa de
la tierra americana y de lo terrestre en general,
ya que señala: "La tierra es la Creación en su cuerpo
móvil, eterno; la tierra es lo creado; piedad y misericordia
tienen raíz en ella, por lo cual no podemos desligarnos de ella
sin haber nutrido en ella, aun espiritualmente, nuestra raíz.
El hombre de más alta perfección espiritual, el santo, no ha
hecho en el creciente decurso de su vida temporal sino
levantarse desde la tierra, pero sin dejar de tener en ella los
pies, como el árbol en la gleba su raíz; no se ha levantado de
ella sino en la medida en que eran poderosas sus raíces.";
en Historia de una pasión argentina, op.cit.,
pp.135-136.
(29)
Ibid., p. 99.
(30)
Ibid., p.95.
(31)
Cf. Hesíodo, Teogonía, Madrid, Biblioteca Clásica
Gredos, en edición de Planeta- DeAgostini, p.79.
(32)
Cf. Robert Graves, Los mitos griegos, Ed. Alianza.
(31)
Cf. James Joyce, Retrato de un artista adolescente,
Madrid, Alianza, pp.16-17.