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EL
PENSAMIENTO DE JACQUES DERRIDA

La
influencia del pensar de Derrida no puede ser negada en el ámbito del
filosofía contemporánea. Aquí presentamos un artículo que aborda
su pensamiento, en términos globales, a modo de introducción a sus
categorías centrales. El artículo en cuestión pertenece al
Diccionario de Filosofía, de ed. Herder, y fue anteriormente editado
en la página amiga www.elhilodeariadna.org
que recomendamos plenamente.
EL
PENSAMIENTO DE JACQUES DERRIDA
Artículo
en Diccionario de Filosofía, ed. Herder.
Filósofo francés contemporáneo. Nació en El-Biar (Argelia) en
1930. Realizó estudios en la Ecole Normal Supérieure de París,
siendo alumno de Jean Hyppolite y de Maurice de Gandillac. Desde 1983
es Director de estudios de la Escuela de altos estudios sociales de
París, de donde es catedrático de filosofía, y profesor de la
Universidad de California.
Su
obra es ante todo una crítica de las categorías tradicionales de la
metafísica, que ha dado lugar a la lectura "desconstructiva"
[i] de numerosos textos canónicos, indistintamente filosóficos o
literarios, y ha afectado las doctrinas que más han influido en la
sensibilidad lingüística de nuestro tiempo. Pero, posiblemente, el
principal mérito de Derrida ha sido referir el concepto tradicional
de razón a la entronización filosófica de la palabra. Otra
importante contribución de este filósofo es haber mostrado que si la
razón se hace depender de la palabra se favorece la identificación
entre razón y realidad, ya que se ha dado por supuesto que la razón
podía contener, encarnar y representar ilimitadamente la realidad
porque siempre ha estado comprometida con los cometidos presenciales
de la palabra. Esta condena de la fetichización filosófica de la
palabra ha propiciado asimismo una referencia constante a la
escritura. También ha sustentado la vehemente oposición a las
doctrinas que defienden una lógica de la identidad. Con todo, el
resultado más importante de su actitud crítica es haber mostrado que
la diferencia se infiltra insidiosamente en la relación de las ideas
con la realidad. Asimismo ha sometido a crítica las instituciones
filosóficas francesas desde la perspectiva de su nueva manera de
entender el trabajo filosófico. Actualmente sus tesis gozan de gran
difusión en la filosofía internacional, especialmente en Francia y
en los Estados Unidos.
Sus
primeros trabajos fueron fruto de una lectura crítica de la
fenomenología de Husserl, que unió a una visión crítica del
psicoanálisis, y a su vinculación al movimiento estructuralista. En
esta etapa inicial de su pensamiento, Derrida trató de poner al
descubierto las presuposiciones metafísicas de la moderna ciencia del
lenguaje y de las teorías sobre el significado que tienen vigencia
actual. Sobre todo sometió las conjeturas metafísicas que han
repercutido en la lingüística al receloso escrutinio que se ha dado
en llamar "desconstrucción" o "deconstrucción".
Entre aquellas presuposiciones metafísicas figura en lugar prominente
la convicción de que el sentido último de toda realidad consiste
estrictamente en presencia.
Crítica
al presencialismo y al logocentrismo
Este
entusiasmo presencialista de las concepciones tradicionales sobre el
significado tuvo, entre otras interesantes consecuencias, la difundida
tesis -en realidad nunca formulada explícitamente- de que
"presencia" significa siempre de hecho "presencia en la
mente humana". Es decir, que la tradición, según afirma Derrida,
ha tendido a dar por supuesto que determinadas experiencias mentales
reflejan o representan naturalmente las cosas. En consecuencia se ha
postulado que el sentido y la verdad de las cosas sobreviene en las
operaciones de la mente que la tradición llama "razón" o
"pensamiento". Y también atribuye Derrida a la tradición
filosófica la tesis de que la razón y el pensamiento son tan
naturales como las cosas que percibimos cotidianamente. Según Derrida,
esta tesis originó el punto de vista metafilosófico -difundido por
toda la cultura de occidente- que denomina "logocentrismo"
[ii] . La misma fenomenología husserliana, así como el
psicoanálisis de Freud, siguen siendo manifestaciones de este
logocentrismo que concibe el ser como una identidad y una presencia
originaria reductible a su expresión lingüística, como si mediante
la palabra "se diera" de forma inmediata, otorgando de esta
manera a la palabra una forma privilegiada de conocimiento.
Derrida
también llama "logocéntricas" las formas de pensamiento
que se fundamentan en una referencia extrínseca o trascendente. Así
ocurre, por ejemplo, con el concepto de verdad en el caso de la
metafísica. A este respecto señala Derrida que la filosofía
occidental ha solido mantener una presuposición fundamental: el
lenguaje está subordinado a unas intenciones, ideas o referentes que
son irreductiblemente extrínsecos o exteriores al propio lenguaje.
Dicha atribución de exterioridad, además de gratuita es, por de
pronto, incompatible con la convicción estructuralista de que el
sentido es un efecto que produce el propio lenguaje, de manera que en
modo alguno lo puede anteceder. Esta subordinación del sentido al
lenguaje contraviene el punto de vista tradicional que Derrida llama
"logocéntrico". Para entender el alcance de su recusación
conviene tener presentes las tesis del logocentrismo: por un lado la
presencia del pensamiento irrumpe necesariamente en la palabra, por
otro lado el propio pensamiento contiene tanto la presencia del
sentido como la presencia de la verdad.
En
esta recusación del logocentrismo ocupa, pues, un lugar central la
lingüística estructural surgida de la obra de Ferdinand de Saussure
(1857-l9l3). No obstante, si bien Saussure revoca el logocentrismo con
su teoría del sentido, Derrida critica el profundo conformismo
logocéntrico de la doctrina saussuriana del signo. Derrida señala
que las tesis logocéntricas han solido presuponer una teoría
tradicional del signo, basadas en sostener que el signo unifica el
carácter heterogéneo de significante y significado, tesis que el
propio Saussure adoptó sin reparos. Pero sin duda la tesis de que el
significado se hace presente en el pensamiento por medio de las
prestaciones del significante evoca una dicotomía metafísica
fundamental: 1) a partir de la semántica de los estoicos y hasta las
teorías lingüísticas recientes, la tradición filosófica ha
postulado que, en esencia, el cometido de todo signo es unificar y 2)
también ha solido aceptar sin reticencia alguna la tesis concomitante
de que el mundo de los significados es independiente del mundo de los
significantes. De ahí se infiere la creencia de que el signo unifica
dos realidades inconmensurables. Estas presuposiciones han convencido
a muchos pensadores durante mucho tiempo, y en cierto modo las
concepciones modernas sobre el signo se han limitado a aceptar la
doctrina tradicional. La lingüística de nuestro tiempo, en efecto,
considera que el significado es un sentido que la mente es capaz de
aprehender por medio de una intuición que lo lleva a la plenitud de
una presencia. Así acata subrepticiamente el postulado tradicional de
que los significados existen con total independencia de los
significantes, de manera que incluso la lingüística contemporánea
acepta que existe una "realidad de significados" que jamás
depende de significante alguno. Pero si esto es así, dice Derrida,
entonces se está aceptando que debe haber un significado propiamente
trascendental, desprovisto por principio de cometido significante
alguno. Según este punto de vista, la tradición filosófica ha
venido afirmando implícitamente que toda cadena de significantes
concluye en un significado final. Se trata obviamente del sentido y la
verdad que fundamentan los sistemas teológicos y metafísicos.
Saussure, pues, impugna la tradición logocéntrica en su teoría del
sentido, pero prolonga el logocentrismo en su teoría del signo. Esto
ha conducido a Derrida a revocar los conceptos centrales del
estructuralismo -en especial los de signo y estructura- y a impugnar
sus presuposiciones metodológicas.
La
palabra y la escritura
También
es importante en la obra de Derrida la convicción de que la tesis
logocéntrica se sustenta en la hegemonía que las filosofías del
lenguaje han solido asignar a la palabra hablada. Según Derrida, el
logocentrismo ha tendido a menospreciar la escritura, y tal
menosprecio fue correlativo a la tendencia a enaltecer la expresión
oral. Lo cierto es que el contraste entre palabra y escritura ha
orientado decisivamente la tradición logocéntrica. Por un lado, ha
mantenido que la palabra era una manifestación pura e inmediata del
lenguaje. Por otro lado, ha depreciado la escritura hasta el punto de
atribuirle un carácter meramente derivado. Ha llegado a ser
considerada, en efecto, un orden subalterno de signos cuyo único
cometido es de-signar la palabra. Tal posición derivaría, según
Derrida, de la creencia en una especial proximidad entre la
"palabra" y el "espíritu", aunada a la
convicción complementaria de que la mente refleja naturalmente el
mundo. Por eso el logocentrismo también considera que la palabra
suministra un acceso directo a la realidad. O sea que, según la
concepción logocéntrica que critica Derrida, el signo oral -los
componentes de la palabra- está en inmediata conexión con el
significado. El signo gráfico, por el contrario, y en general todos
los elementos de la escritura, en modo alguno participan de esta
intimidad.
Una
crítica general del signo, efectivamente, le permite desplazar la
palabra de su posición hegemónica y enaltecer correlativamente la
escritura. Pero su intención no es destruir una jerarquía para
implantar otra en su lugar, y por eso se abstiene de privilegiar la
escritura en detrimento de la expresión oral. En este contexto el
trabajo de Derrida demuestra que no hay significante alguno que
procure la presencia plena del significado. En cierto modo su
diagnóstico es todavía mas devastador, porque pone de relieve que el
significante es totalmente incongruente con esta posible plenitud. En
realidad la argumentación de Derrida revoca la fijación del
logocentrismo en la primacía de la presencia.
El
signo y la diferencia
Contrariando
un punto de vista tradicional, Derrida mantiene que la diferencia y la
ausencia son condiciones necesarias para que exista el signo. No puede
darse el fenómeno de la significación, en efecto, si la unidad y la
presencia no sufren menoscabo alguno. Por un lado, un orden
diferencial ha de interponerse entre el significante y el significado
Por otro lado, es preciso que el significado se encuentre propiamente
ausente. Por lo tanto la condición real es que la presencia del
significado resulte mínimamente diferida. A Derrida le parece obvio
que significante y significado coincidirían si no sobreviniera una
diferencia providencial. De la misma manera constata que de no ocurrir
la ausencia -o al menos la "presencia diferida"- del
significado no podría tener lugar significación alguna. En ambos
casos dejaría de haber signo porque sin diferencia y sin ausencia sí
que habría unidad. Pero si bien el signo jamás puede ser una unidad,
en opinión de Derrida tampoco se le puede considerar como una
diferencia perfecta de significante y significado. En realidad sucede
que ni la diferencia entre ambos, ni la ausencia -o en todo caso la
presencia "diferida"- del significado, se presentan jamás
en estado puro. Este fenómeno es explicable porque ni uno ni otro
puede ser una realidad única. Siempre han de sobrevenir juntos, y por
eso significante y significado persisten a lo largo del tiempo. Su
obligada asociación, claro está, repercute materialmente sobre
ambos. Puede decirse que la presencia de cada uno "marca" el
otro y viceversa. Así se produce en ambos, por consiguiente, la
célebre " trace "[iii] derridiana. Pero gracias a este
marcaje recíproco, en el seno de las prácticas significativas
habituales los significantes designan los significados. Es obvio que
de no sobrevenir esta mutua entalladura la significación sería de
nuevo imposible. De modo que tanto el significante como el significado
han de ser impuros a la fuerza, y en consecuencia ni la unidad ni la
diferencia del signo jamás podrán ser perfectas. Derrida constata,
en suma, que las palabras adquieren sentido a partir de los conceptos
y éstos de las palabras, porque tanto palabras como conceptos
participan en un complejo entramado histórico de diferencias,
ausencias y "presencias diferidas" que, por otra parte,
nunca han llegado a darse en estado puro. La consecuencia más
importante de ello es que la palabra plena ni ha existido ni existirá
jamás . Es decir, que el anhelo de un signo que sea plenamente
descriptivo -o el de un lenguaje que se adecue sin fisuras a la
realidad- se revela un sueño imposible.
La
"escritura" que Derrida contrapone a la palabra, no sólo
comprende "todos los procedimientos perdurables que instituyen el
signo", sino que también recoge el "juego prescrito" (
le jeu reglée ) de las diferentes inscripciones. O sea que la
"escritura" en modo alguno debe ser entendida como el
resultado banal de la operación de escribir. Designa los procesos que
regulan e institucionalizan toda simbolización y que son
inevitablemente lábiles e indecidibles. Es decir, que Derrida
convierte la "escritura" en el agente que regula todos los
sistemas significantes, desde luego los de índole gráfica pero
también los derivados de un desempeño oral. En general, la escritura
organiza el "juego de referencias significantes" que da
lugar al lenguaje. Por tanto es el factor decisivo en toda actuación
simbólica, con independencia de que su cometido sea expresar,
representar o significar. Por esta razón señala Derrida la paradoja
eminente de que "la escritura incluye el lenguaje". En
realidad, esta fórmula se limita a constatar que todo lenguaje es
siempre un caso particular de escritura.
El
núcleo central de la filosofía de Derrida lo constituyen sus
programas de la deconstrucción (o desconstrucción) y de la
différance .[iv]
Notas:
[i]
Deconstrucción.
Se
trata del programa elaborado por Derrida para destruir el presentismo
y el logocentrismo, cuya tesis central defiende, por un lado, que la
presencia del pensamiento irrumpe necesariamente en la palabra y, por
otro lado, que el propio pensamiento contiene tanto la presencia del
sentido como la presencia de la verdad. Es decir, para el
logocentrismo la palabra re-presenta directamente el significado que
habita en la mente del hablante, y el principal corolario de esta
tesis es el prejuicio consistente en el enaltecimiento tradicional de
la palabra en detrimento de la escritura. Derrida considera la
deconstrucción como un gesto que es, a la vez, estructuralista y
antiestructuralista: se trata de desmontar el edificio de la
metafísica, del logocentrismo y el presentismo para que aparezcan sus
estructuras. Pero una vez aparecidas, se muestran como ruinas o como
meras estructuras formales que nada explican.
Aquella
cualidad re-presentativa es precisamente la que le ha sido denegada a
la escritura. A lo largo de la historia sólo se le ha encomendado el
cometido subalterno de representar la propia palabra. La posibilidad
de re-presentar directamente el significado, por consiguiente, le ha
sido arrebatada sin contemplaciones. En realidad, la subordinación de
la escritura a la palabra es tácitamente tributaria del discurso
metafísico tradicional. En él las ideas ocupan una posición de
privilegio y la escritura es relegada a un rango inferior porque se la
considera una forma degradada de representación.
En
buena parte el programa descontruccionista derridiano prosigue la
senda iniciada por Heidegger en su cometido de la destrucción (
Destruktion ) de la metafísica, pero en el sentido de asumir el
proceso entero de la metafísica iniciado en la ontología griega, que
ha construido el sentido y el centro de la historia, y que desde sus
inicios es, a la vez, un proceso de construcción y de
desconstrucción, ya que en la metafísica se ha establecido una
relación inmanente entre su propia construcción y su propia
destrucción.
Dado
el combate derridiano contra el logocentrismo, ha denominado al
lenguaje, en general, como «archi-escritura», término que no sólo
recoge el recelo de Derrida ante una presunta hegemonía de la
palabra, sino que su proyecto real es el de liberar al propio lenguaje
-tanto el escrito como el oral- de la presunta intervención de la
presencia. Aspira, en una palabra, a emanciparlo de la
re-presentación. La importancia asignada a la «escritura», de todos
modos, ha ido disminuyendo en las etapas del itinerario
desconstructivo de Derrida que, no obstante, ha continuado su crítica
del logocentrismo. Su producción posterior, efectivamente, ya no
identifica la «escritura» con el lenguaje en general. La concibe,
por el contrario, como un juego de diferencias que se sustenta en un
sistema indecidible de «inscripciones» y de «instituciones».
Además, la hace depender de ciertos factores anticonvencionales pero
asimismo indecidibles como, por ejemplo, la «marca» o trace . Pero,
sobre todo, la «escritura» es ahora solidaria de la innovadora
noción que Derrida denomina « différance ».
[ii]
Logocentrismo.
Según
Derrida es la tendencia -implícita en toda la tradición metafísica-
que concibe el ser como una identidad y una presencia originaria
reductible a su expresión lingüística, como si mediante la palabra
"se diera" de forma inmediata, otorgando de esta manera a la
palabra una forma privilegiada de conocimiento.
La
tradición filosófica, sustenta Derrida, defiende la tesis de que la
razón y el pensamiento son tan naturales como las cosas que
percibimos cotidianamente. Esta tesis originó el punto de vista
metafilosófico "logocéntrico", difundido por toda la
cultura de occidente, del que incluso la fenomenología husserliana,
así como el psicoanálisis de Freud, siguen siendo manifestaciones.
Contra dicha tradición se alza el programa de la deconstrucción .
En
definitiva, las tesis básicas del logocentrismo son las siguientes:
por un lado sustenta (explícita o implícitamente) que la presencia
del pensamiento irrumpe necesariamente en la palabra, por otro lado,
defiende que el propio pensamiento contiene tanto la presencia del
sentido como la presencia de la verdad.
El
logocentrismo es, a su vez, un fruto del presencialismo, basado en las
concepciones tradicionales sobre el significado, que han engendrado la
tesis -en realidad nunca formulada explícitamente- de que
"presencia" significa siempre de hecho "presencia en la
mente humana". Es decir, que la tradición, según afirma Derrida,
ha tendido a dar por supuesto que determinadas experiencias mentales
reflejan o representan naturalmente las cosas. En consecuencia, se ha
postulado que el sentido y la verdad de las cosas sobreviene en las
operaciones de la mente que la tradición llama "razón" o
"pensamiento".
Derrida
también llama "logocéntricas" las formas de pensamiento
que se fundamentan en una referencia extrínseca o trascendente. Así
ocurre, por ejemplo, con el concepto de verdad en el caso de la
metafísica. A este respecto señala Derrida que la filosofía
occidental ha solido mantener una presuposición fundamental: el
lenguaje está subordinado a unas intenciones, ideas o referentes que
son irreductiblemente extrínsecos o exteriores al propio lenguaje.
Contra esta presuposición se alza la tesis estructuralista según la
cual el sentido es un efecto que produce el propio lenguaje, de manera
que en modo alguno lo puede anteceder.
También
es importante en la obra de Derrida la convicción de que la tesis
logocéntrica se sustenta en la hegemonía que las filosofías del
lenguaje han solido asignar a la palabra hablada. Según Derrida, el
logocentrismo ha tendido a menospreciar la escritura, y tal
menosprecio ha sido correlativo a la tendencia a enaltecer la
expresión oral, lo que ha orientado decisivamente la tradición
logocéntrica que, por un lado, ha mantenido que la palabra era una
manifestación pura e inmediata del lenguaje y, por otro lado, ha
depreciado la escritura hasta el punto de atribuirle un carácter
meramente derivado. De esta manera, la escritura ha llegado a ser
considerada un orden subalterno de signos cuyo único cometido es
de-signar la palabra. Tal posición derivaría, según Derrida, de la
creencia en una especial proximidad entre la "palabra" y el
"espíritu", aunada a la convicción complementaria de que
la mente refleja naturalmente el mundo. Por eso el logocentrismo
también considera que la palabra suministra un acceso directo a la
realidad. O sea que, según la concepción logocéntrica que critica
Derrida, el signo oral -los componentes de la palabra- está en
inmediata conexión con el significado. El signo gráfico, por el
contrario, y en general todos los elementos de la escritura, en modo
alguno participan de esta intimidad.
Una
crítica general del signo permite a Derrida desplazar la palabra de
su posición hegemónica y enaltecer correlativamente la escritura.
Pero su intención no es destruir una jerarquía para implantar otra
en su lugar, y por eso se abstiene de privilegiar la escritura en
detrimento de la expresión oral. En este contexto el trabajo de
Derrida demuestra que no hay significante alguno que procure la
presencia plena del significado. En cierto modo su diagnóstico es
todavía mas devastador, porque pone de relieve que el significante es
totalmente incongruente con esta posible plenitud.
[iii]
Trace.
Según
Jacques Derrida, la diferencia y la ausencia son condiciones
necesarias para que exista el signo. Según él no puede producirse la
significación si no se da una diferencia entre el significante y el
significado.
Por
otro lado, es preciso que el significado se encuentre propiamente
ausente. Por lo tanto la condición real es que la presencia del
significado resulte mínimamente diferida. A Derrida le parece obvio
que significante y significado coincidirían si no sobreviniera una
diferencia. De la misma manera constata que de no ocurrir la ausencia
-o al menos la "presencia diferida"- del significado no
podría tener lugar significación alguna. En ambos casos dejaría de
haber signo porque sin diferencia y sin ausencia sí que habría
unidad. En realidad sucede que ni la diferencia entre ambos, ni la
ausencia -o en todo caso la presencia "diferida"- del
significado, se presentan jamás en estado puro. Este fenómeno es
explicable porque ni uno ni otro puede ser una realidad única.
Siempre han de sobrevenir juntos, y por eso significante y significado
persisten a lo largo del tiempo.
Puede
decirse que la presencia de cada uno «marca» el otro y viceversa.
Así se produce en ambos, por consiguiente, la "trace". Pero
gracias a este marcaje recíproco, en el seno de las prácticas
significativas habituales los significantes designan los significados.
Según
Derrida las palabras adquieren sentido a partir de los conceptos y
éstos de las palabras porque tanto palabras como conceptos participan
en un complejo entramado histórico de diferencias, ausencias y "
presencias diferidas " que, por otra parte, nunca han llegado a
darse en estado puro. La consecuencia más importante de ello es que
la palabra plena ni ha existido ni existirá jamás . Es decir, que el
anhelo de un signo que sea plenamente descriptivo -o el de un lenguaje
que se adecue sin fisuras a la realidad- se revela un sueño
imposible.
[iv]
Différance.
Concepto
central de la recusación derridiana del logocentrismo y de su
programa de la deconstrucción. Fue acuñado por el propio Derrida y
su significado deliberadamente ambiguo lo hace poco menos que
imposible de traducir. De hecho " différance " proviene del
verbo francés différer que significa al mismo tiempo «posponer» y
«ser diferente de». Así Derrida invoca los dos sentidos de "
différance " para describir dos circunstancias que concurren en
todo discurso. La primera es que en un texto cualquiera todo elemento
está relacionado con otros elementos. La segunda es el requisito tan
eminente como banal de que ha de ser radicalmente distinto de ellos.
Constata, en definitiva, que un elemento cualquiera de un texto nunca
se sustenta en la plenitud de una presencia. Su cometido depende
siempre del vínculo que mantiene con otros elementos del mismo texto.
Pero, desde luego, Derrida nunca deja de tener en cuenta que si este
elemento del texto existe es por que se diferencia radicalmente de los
elementos restantes. No tiene sentido, por consiguiente, desplazar a
la escritura el carácter conclusivo que el paradigma fonocéntrico
asignaba a la palabra. Ningún elemento de la escritura puede aspirar
a privilegio alguno, porque depende tanto de aquellos elementos de los
cuales difiere como de aquellos elementos a los cuales pospone. Por
todas estas razones, Derrida se abstiene cuidadosamente de atribuir a
la escritura la hegemonía que el fonocentrismo localizaba en el signo
oralmente expresado.
En
realidad, la intención de Derrida es demostrar que la dicotomía
entre palabra y escritura -y, por extensión, toda dicotomía que
aspire a un carácter absoluto- sólo puede ser mantenida si se
desdeña un hecho fundamental. Es preciso ignorar en tal caso,
efectivamente, que los términos de esta oposición se sustentan entre
sí. Si bien nunca llegan a coincidir del todo, no sólo se encuentran
referidos el uno al otro sino que, de hecho, se necesitan
recíprocamente. Incluso se podría afirmar que cada uno de ellos, en
cierto modo, consiste parcialmente en el otro. Señala Derrida a este
respecto que justificar la función dominante de un término conlleva
una violenta acción represiva sobre el término que se pretende
postergar. Un ejemplo de esta subordinación lo aporta la tradición
metafísica, comprometida con dicotomías tan ilustres como las de
realidad/apariencia y sensible/inteligible. La complacencia
metafísica en las polaridades, precisamente, indica para Derrida la
voluntad de alterar la realidad por medios represivos. Por eso rechaza
las oposiciones binarias tradicionales, o lo que viene a ser lo mismo:
coloca la escritura en el centro de su preocupación filosófica. De
hecho Derrida defiende una peculiar noción de realidad. Invita a
concebirla como un entramado de relaciones donde la ausencia y la
" différance " son como mínimo tan importantes como la
presencia . Es decir, que la realidad aparece desprovista de cualquier
amago de "centro". Según Derrida este descentramiento
inmuniza contra las dicotomías, siempre indeseables aunque pretendan
esclarecer o legitimar. Al fin y al cabo las referencias a un eventual
centro totalizador, como le parece que demuestra la tradición
metafísica, han sido siempre peligrosas. Cuando se señala un
supuesto centro, cree nuestro autor que subrepticiamente se está
justificando una unidad.
Según
Derrida, por tanto, la enigmática energeia que hace posible el
lenguaje reside en la " différance ". Pero ésta no
moviliza el lenguaje como lo haría una determinación exterior. Sus
efectos, por ejemplo. no son comparables a los de la verdad en el
modelo logocéntrico. Y mucho menos la "différance"
equivale a un origen. En todo caso sería un paradójico "origen
anti-originario" porque, como advierte Derrida, jamás podría
ser ni pleno ni unificado. Este hipotético "no-origen", por
el contrario, sería extrañamente diverso y articulado. Sobre todo
habría que concebirlo como "posponedor" y, al mismo tiempo,
"diferenciador" -movilizando de este modo los dos
significados de différer - de las diferencias que son precisamente el
lenguaje. En realidad, Derrida mantiene que la " différance
" produce los efectos de diferencia y que, por tanto, no es
aventurado identificarla como la energeia que en definitiva equivale
al propio lenguaje. También ha procurado mostrar a lo largo de su
copiosa producción metafilosófica que todas las instancias del
discurso, sin excepción alguna, se integran en este juego de
diferencias. Jamás prestación lingüística alguna, por
consiguiente, podrá eludir la " différance ". Pero esta
constatación no impide a Derrida contemplar con pesimismo el destino
filosófico de la " différance ". Señala que con
frecuencia el impulso desconstruccionista transige con las premisas
logocéntricas ante la inquietante labilidad teórica de esta noción.
En conclusión es oportuno advertir que el propio término "
différance " ilustra con una extrema brillantez la tesis
derridiana de que la escritura en modo alguno reproduce la palabra.
Únicamente en la forma escrita de este término es posible advertir
la diferencia que existe entre las palabras différance ydifférence ,
ésta última de uso habitual en la lengua francesa. La discrepancia
de las formas escritas, efectivamente, no refleja distinción alguna
en las correspondientes formas habladas. (*)
(*)
Fuente: El pensamiento de Jacques Derrida, artículo del
Diccionario de Filosofía, ed. Herder. Editado con anterioridad, en la
excelente página que recomendamos: www.elhilodeariadna.org
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