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EL
FINAL DEL ARTE
Por
Arthur Danto
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Imagen
de Hegel, el filósofo especialmente invocado por Danto para
fundamentar su famosa interpretación del fin del arte en el
mundo contemporáneo.
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Arthur Danto,
crítico de arte, alcanzó celebridad por su tesis sobre una
supuesta "muerte del arte" en el horizonte
contemporáneo de la cultura. Para fundamentar su postura acude a
la meditación hegeliana sobre la muerte del arte en el contexto
de su Estética. Estimamos que la visión de Danto abriga
bastante de sensacionalismo intelectual antes que de un profundo
pensar sobre la complejidad del fenómeno artístico. De todos
modos, presentamos aquí su texto El fin del arte con la
intención de estimular un constructivo debate sobre la
pertinencia o estrechez de su posición.
E.I EL
FINAL DEL ARTE
Por
Arthur Danto
El
arte ha muerto. Sus movimientos actuales no reflejan la menor
vitalidad; ni siquiera muestran las agónicas convulsiones que
preceden a la muerte; no son más que las mecánicas acciones
reflejas de un cadáver sometido a una fuerza galvánica.
Existen
visiones filosóficas de la historia que permite, e incluso
demandan, una especulación sobre el futuro del arte. Dicha
especulación tiene que ver con la pregunta de si el arte tiene
futuro, y debe distinguirse de aquella que sólo se interroga sobre
las características del arte venidero, presuponiendo su
continuidad. En realidad, esta última especulación resulta en
cierto modo más problemática, debido a las dificultades que surgen
al intentar imaginar cómo serán las obras de arte futuras o cómo
serán apreciadas. Piénsese simplemente en lo difícil que debía
de resultar en 1865 predecir las formas de la pintura
postimpresionista, o anticipar en 1910 que, sólo cinco años más
tarde, fuera a existir una obra como In Advance of the Broken Arm,
de Duchamp, que, pese a su aceptación como obra de arte, no dejaba
de ser una pala de nieve bastante corriente. Ejemplos comparables se
presentan en el resto de las artes, especialmente a medida que nos
acercamos a nuestro propio siglo, en el que ciertas experiencias en
el campo de la música, la poesía y la danza, conjuntos de sonidos,
palabras o movimientos, no pudieron percibirse como arte por carecer
de precedentes en épocas anteriores. El artista visionario Albert
Robida comenzó a publicar en 1882 la serie titulada Le vingtième
siècle, con la que pretendía reflejar cómo sería el mundo en
1952. Aunque en ella aparecen numerosas maravillas venideras (la téléphonoscope,
la televisión, máquinas voladoras, metrópolis submarinas), la
forma en que se manifiesta gran parte de lo que se muestra hace que
las imágenes en sí remitan inequívocamente a la época en que
fueron creadas. Robida imaginó que habría restaurantes en el cielo
a los que los clientes llegarían en vehículos voladores, pero
estos comedores que se aventura a prever presentan elementos
ornamentales en hierro del tipo que relacionamos con Les Halles y la
Gare de St. Lazare, y se parecen bastante a los barcos de vapor
que surcaban el Misisipí por aquellas fechas, tanto en sus
proporciones como en su calado decorativo. Son frecuentados por
caballeros con sombreros de copa y damas vestidas con polisones, son
atendidos por camareros que visten grandes delantales de la Belle
Époque, y cuelgan de globos que reconocería Montgolfier.
Podemos estar seguros de que si Robida hubiera representado un museo
de arte submarino, las obras más avanzadas que habría en su
interior serían, si acaso, pinturas impresionistas. Las obras de
Pollock, De Kooning, Gottlieb y Klein que en 1952 se exponían en
las galerías más vanguardistas habrían resultado inimaginables en
1882. Nada pertenece tanto a su propio tiempo como la incursión de
una época en su futuro: Buck Rogers lleva al siglo xxi los
lenguajes decorativos de la década de 1930, y hace suyos hoy el
Rockefeller Center y el automóvil Ford; las novelas de ciencia
ficción de la década de 1950 proyectan a mundos distantes la moral
sexual de la era Eisenhower, así como el dry martini, y los tecnológicos
trajes que visten sus astronautas proceden de las camiserías de
dicha era. Si nosotros representáramos una galería de arte
interplanetaria, en ella se expondrían obras que, por muy novedosas
que parecieran, formarían parte de la historia del arte de la época
en que existían tales galerías, de igual modo que la ropa con que
vestiríamos a los espectadores remitiría a la reciente historia
del traje.
Aunque
nos parezca una ventana a través de la cual puede verse lo que
vendrá, el futuro es una especie de espejo que sólo puede mostrar
nuestro propio reflejo. La maravillosa afirmación de Leonardo de
que «ogni dipintore dipinge se» implica una involuntaria limitación
histórica, tal como se percibe en los propios dibujos visionarios
de Leonardo, profundamente vinculados a su época. Podemos pensar
que puede ocurrir cualquier cosa, pero cuando nos ponemos a imaginar
las cosas que pueden ocurrir, inevitablemente se parecen a otras
cosas preexistentes: para imaginar sólo contamos con las formas que
conocemos.
Aun
así, podemos especular históricamente acerca del futuro del arte
sin plantearnos cómo serán las obras de arte venideras (suponiendo
que existan); e incluso es posible aventurar que el arte en sí no
tiene futuro, aunque se sigan produciendo obras de arte post-históricamente,
por así decirlo, en el epílogo que sucede al desvanecimiento
vital. Ésa era de hecho la tesis de Hegel, algunos de cuyos puntos
de vista han inspirado este ensayo. Hegel afirmó de un modo
bastante inequívoco que el arte como tal, o al menos su plasmación
más elevada, había llegado prácticamente a su fin como etapa histórica,
aunque no llegó a predecir que no habría más obras de arte. Es
posible que pensara, convencido como estaba de que esta asombrosa
tesis era cierta, que no tenía nada que decir sobre esas obras
venideras, unas obras que probablemente se producirían de maneras
que él no podía prever y se disfrutarían de maneras que no podía
comprender. Me parece extraordinaria esta idea de que el mundo había
atravesado lo que podría denominarse la «Edad del Arte», una idea
análoga a la especulación teológica del teórico cristiano Joaquín
de Fiore según la cual la Edad del Padre finalizaba con el
nacimiento de Su Hijo, y la Edad del Hijo con la Edad del Espíritu
Santo. Joaquín no proclamó la extinción histórica o la abrupta
desaparición de las formas de vida de la Edad del Padre en la Edad
del Hijo: dichas formas podrían seguir existiendo pasado el momento
de su misión histórica, convertidas en fósiles históricos, por
así decirlo. Esto es lo que Joaquín pensaba que ocurría con los
judíos, cuyo protagonismo en el escenario de la historia
consideraba agotado; aunque en el futuro seguirían existiendo judíos
cuyas formas de vida evolucionarían de manera impredecible, su
historia ya no sería coincidente con la historia de la Historia
misma, tal como la concebía Joaquín, en el más grande sentido
filosófico.
De
manera muy similar, Hegel pensaba que las energías de la historia
habían coincidido durante un determinado periodo de tiempo con las
energías del arte, pero que ahora la historia y el arte habían
tomado direcciones diferentes; aunque el arte seguiría existiendo
en el sentido que yo he denominado post-histórico, su existencia no
tendría el menor significado histórico. Hoy en día, una tesis
como ésta sólo puede ponderarse en el marco de una filosofía de
la historia; sería difícil tomársela en serio en un panorama artístico
en cuyo seno no se plantea en absoluto la necesidad de un futuro artístico.
El mundo del arte parece haber perdido actualmente toda dirección
histórica, y cabe preguntarse si se trata de un fenómeno temporal
y el arte retomará el camino de la historia, o si esta condición
desestructurada es su futuro: una especie de entropía cultural. De
ser así, da igual lo que venga, porque el concepto de «arte» se
habrá agotado internamente. Nuestras instituciones (museos, galerías,
coleccionistas, revistas de arte, etc.) viven en la creencia de un
futuro significativo y brillante. Hay un inevitable interés
comercial por conocer lo que va a ocurrir mañana, por saber quiénes
van a ser los principales representantes de los próximos
movimientos.
Siguiendo
en gran medida el espíritu de Joaquín de Fiore, el escultor inglés
William Tucker ha afirmado: «Los sesenta fueron la época de los críticos.
Ahora estamos en la época de los marchantes». Pero ¿ha llegado
todo esto verdaderamente a su fin? ¿Se ha alcanzado un punto en el
que puede darse el cambio sin la evolución, en el que los motores
de la producción artística sólo consiguen combinar una y otra vez
formas conocidas, aunque las presiones externas puedan favorecer
esta o aquella combinación? ¿Es que ya no hay una posibilidad histórica
de que el arte continúe sorprendiéndonos? ¿No será que la Edad
del Arte se ha agotado? ¿No será, como en la asombrosa y melancólica
frase de Hegel, que ha envejecido una forma de vida? ¿Es posible
que la salvaje efervescencia del mundo del arte en las últimas
siete u ocho décadas haya sido la fermentación terminal de algo
cuya química histórica requiere todavía una explicación?
Retomando a Hegel seriamente, pretendo trazar un modelo de la
historia del arte en el que pueda decirse que algo tiene sentido.
Antes de revelar a qué sentido me refiero, describiré someramente
dos modelos histórico-artísticos bastante más conocidos, ya que
el modelo que finalmente me interesa los presupone de un modo
sorprendente, casi dialécticamente. Es curioso que el primer modelo
encuentre aplicación básicamente en el arte mimético, en la
pintura, la escultura y el cine, y el segundo incluya estas
experiencias y otras muchas formas de arte que la mimesis no puede
caracterizar con facilidad. El modelo final será aplicable al arte
en un sentido muy amplio; remitirá tanto al concepto de «arte» en
sí como a la cuestión de si el arte ha llegado a su fin, aunque su
referencia más dramática serán los objetos procedentes de lo que
se conoce específicamente como «el mundo del arte». En realidad,
todo ello responde en parte a que las fronteras entre la pintura y
el resto de las artes (la poesía y la interpretación, la música y
la danza) se han hecho radicalmente inestables. Esta inestabilidad
inducida posibilita la existencia histórica de mi modelo final, y
nos permite enfrentarnos a la inquietante pregunta. Por último,
plantearé si estamos dispuestos a asumir el hecho de que la
pregunta tiene una respuesta afirmativa, que el arte realmente ha
llegado a su fin, transformándose en filosofía.
Thomas
Kuhn nos sorprende cuando, al exponer sus originales puntos de vista
sobre la historia de la ciencia, plantea que la pintura se
consideraba en el siglo XIX como la disciplina progresiva par
excellence: la prueba de que el progreso en los aconteceres humanos
era realmente posible. El modelo progresivo de la historia del arte
tiene su origen en Vasari, quien, en palabras de Gombrich, «identificó
la historia estilística con la conquista gradual de las apariencias
naturales». Significativamente, éste es también el punto de vista
de Gombrich, enunciado como tal en su libro La imagen y el ojo y en
otros muchos escritos. Empezaré comentando este conocido modelo, en
el que la historia del arte, o al menos la historia de la pintura,
llega realmente a un fin.
El
progreso en cuestión se ha planteado en gran parte en términos de
duplicación óptica, en el sentido de que el pintor disponía de
tecnologías cada vez más refinadas para suministrar experiencias
visuales de efectos equivalentes a las proporcionadas por los
objetos y escenas reales. El progreso pictórico, por tanto, se
plantea en función de la decreciente distancia entre las
simulaciones ópticas real y pictórica; dicho progreso puede
medirse por el grado en que el ojo percibe una diferencia entre
ambas simulaciones. La historia del arte demostró la existencia de
un avance. En la medida en que el ojo podía percibir más fácilmente
las diferencias en las representaciones de Cimabue que en las de
Ingres, el carácter progresivo del arte podía demostrarse científicamente;
la óptica no es sino una metáfora para proporcionar a la mente
humana una representación tan exacta como la cognición absoluta
del ser divino (en la época del Tractatus Logico-Philosophicus
de Wittgenstein todavía se creía en la fantasía semántica de que
lo que Wittgenstein llamaba «la ciencia natural absoluta» era una
imagen compuesta, lógicamente isomórfica respecto al mundo
concebido como la suma total de realidades). La historia de la
ciencia podía interpretarse por tanto como la progresiva disminución
de la distancia entre representación y realidad. En esta historia
optimista, existían razones para pensar que los reductos de
ignorancia irían saliendo poco a poco a la luz, y que todo podría
conocerse finalmente, de igual modo que, en la pintura, todo acabaría
por poder mostrarse.
Hoy
en día, nuestra concepción del progreso artístico va más allá
de la pintura y refleja la expansión de nuestros poderes de
representación, fruto de la invención de la imagen cinematográfica.
Hace ya tiempo que los artistas desarrollaron técnicas para plasmar
las cosas en movimiento: no cabe duda de que el David de Bernini
representa a un joven guerrero en acción, lanzando una piedra, o
que los jinetes de Leonardo montan caballos encabritados, o que el
agua de sus dibujos fluye, o que las nubes de sus imágenes de
tormentas parecen moverse a través del cielo. O que Cristo eleva un
brazo amonestador en los frescos pintados por Giotto en la Arena de
Padua, expulsando a los mercaderes. Sin embargo, aunque en todos
estos casos sabemos que estamos mirando algo que se mueve, no se
trata de un movimiento equivalente al de las cosas que se mueven
ante nuestros ojos, ya que no vemos el movimiento en sí. Deducimos
la existencia de dicho movimiento mediante una serie de sutiles
indicaciones que el artista introduce para provocar una inferencia
similar a la que los objetos y acontecimientos correspondientes
provocarían en el espacio y el tiempo reales. Existen por tanto
representaciones de cosas en movimiento que no son representaciones
en movimiento, y a partir de esta distinción podemos apreciar el
objetivo de las imágenes en movimiento y, en última instancia, de
la perspectiva lineal: la eliminación de las inferencias que median
en la realidad perceptiva, sugeridas mediante una serie de
indicaciones, en favor de un tipo directo de percepción. Antes del
descubrimiento de la perspectiva, los artistas podían sugerir la
lejanía de un objeto recurriendo a la oclusión, utilizando
diferentes escalas, jugando con las sombras, los cambios de textura,
etc. La perspectiva, sin embargo, les permitió mostrarlos realmente
alejados. Uno sabía que la figura con la túnica rosa estaba más
cerca de la ventana que la figura que murmuraba junto al ángel,
pero con la tecnología de la perspectiva podía percibir más o
menos directamente este hecho.
El
progreso al que nos estamos refiriendo debió de percibirse menos,
un vocabulario. Todavía no se ha escrito la maravillosa historia de
cómo se han planteado en el arte las indicaciones visuales de los
olores y los sonidos. Los artistas con más inventiva a este
respecto han sido los dibujantes de tiras cómicas (cuya ingenuidad
se ha proyectado subsiguientemente a los dibujos animados), en las
que unas líneas onduladas sobre un pescado indican su mal olor, o
una sierra en un tronco indica que alguien está roncando, o unas
minúsculas nubecitas junto a un personaje señalan su movimiento.
Mi ejemplo favorito es el del hombre que se está volviendo loco,
dibujado con su cabeza en distintas posiciones unidas por unos círculos
quebrados. Nosotros leemos esta imagen como si fuera la imagen de un
hombre que enloquece, no como una figura polifacética a la manera
de las esculturas hindúes, y ello se debe a la riqueza de nuestra
cultura pictórica, que nos ha enseñado a hacerlo así. Si esta
imagen se muestra a miembros de una cultura en la que hay otros
signos o en la que no existe la necesidad pictórica de representar
el movimiento, no la entenderán. O tendrán que hacer conjeturas,
igual que nos ocurre a nosotros cuando nos enfrentamos a
representaciones hindúes o precolombinas de este tipo. Esto no
ocurre, sin embargo, ante una película, ya que el cine llega
directamente a los centros perceptivos implicados en la contemplación
del movimiento, y funciona por tanto a un nivel subinferencial. Lógicamente,
pasó bastante tiempo antes de que el movimiento mostrado resultara
convincente: hubo un proceso de «elaboración y armonización»,
por utilizar la expresión de Gombrich, antes de que los
realizadores de películas supieran exactamente cuántas imágenes
por segundo debían pasar por el proyector para ofrecer un
equivalente del movimiento tal como realmente se percibe.
Cuando
hablamos de «engañar a los sentidos» nos referimos a este
circunloquio deductivo cuya consecución se debe, indudablemente, a
la perspectiva. Engañar a los sentidos no significa desde luego
engañar al espectador: nuestras creencias acerca del mundo forman
un sistema, y el hecho de saber que estamos viendo una imagen
neutraliza lo que nuestros engañosos sentidos revelan. La
perspectiva me interesa en este momento por otra razón. Los filósofos
han insistido en ocasiones en que la perspectiva es el resultado de
una serie de convenciones, y que requiere por tanto un aprendizaje
específico, como cualquier otro elemento simbólico —al contrario
que en la percepción de representaciones cuyos contornos son
congruentes con los bordes de las cosas, en las que hay una serie de
datos que indican que dicho reconocimiento es espontáneo, incluso
telegráfico. Es verdad que, desde el punto de vista de las tecnologías
de la representación, pasó mucho tiempo antes de que se
descubriera la perspectiva, pero así como los artistas tuvieron que
aprender a mostrar las cosas en perspectiva, nadie tuvo que aprender
a ver las cosas en perspectiva. Gombrich señala que los contemporáneos
de Giotto se habrían quedado boquiabiertos ante la verosimilitud de
las banales representaciones de tazones que aparecen en las cajas de
cereales de nuestros desayunos. Su asombro, no obstante, sería la
prueba de que inmediatamente se habrían dado cuenta de que dichas
representaciones eran mucho más fieles a la realidad perceptiva que
las imágenes de Giotto, aunque hubieran tenido que pasar cientos de
años para que los artistas aprendieran a realizar imágenes tan
convincentes como éstas. Desafortunadamente, no hay la misma simetría
entre el reconocimiento y la producción de imágenes que entre la
comprensión y la producción de frases, lo que permite suponer que
la competencia pictórica difiere de la competencia lingüística, y
que las imágenes no constituyen un lenguaje. Existe una continuidad
entre el reconocimiento de imágenes y la percepción del mundo,
pero elaborar imágenes es algo diferente: está demostrado que los
animales son capaces de reconocer una imagen pictórica, pero la
elaboración de imágenes parece ser una prerrogativa exclusivamente
humana. El hecho de que requiera un aprendizaje responde a que el
arte —o al menos el arte de representación— tiene una historia.
Nuestro sistema perceptivo puede haber evolucionado, pero eso no es
lo mismo que tener una historia.
Lo
que sí puede ser resultado de una convención es la decisión
cultural de hacer imágenes que se parezcan a lo que son. Aunque
existen otros sistemas pictográficos, tanto Vasari como Gombrich
han afirmado que sólo en dos ocasiones, primero en la antigua
Grecia y después en la Europa del Renacimiento, se ha señalado la
fidelidad óptica como una meta artística. En mi opinión, se trata
de una estimación restrictiva. Hay indicios internos de que los
chinos, por ejemplo, habrían utilizado la perspectiva si la
hubieran conocido, quizá en detrimento de su arte. A menudo
encontramos en sus obras nubes y brumas que interrumpen trazos
lineales que, de haber continuado, habrían parecido erróneos, y
puede decirse que una cultura sensible a los errores ópticos es una
cultura que no ha aprendido cómo alcanzar sus objetivos. Cuando los
japoneses vieron dibujos occidentales en perspectiva, se dieron
cuenta inmediatamente de lo que estaba mal en los suyos, pero que
algo esté mal o bien desde el punto de vista de la perspectiva sólo
tiene importancia si se busca implícitamente la fidelidad óptica.
Hokusai, un artista japonés arquetípico, adoptó de inmediato la
perspectiva cuando supo de su existencia, pero sus estampas no
parecen por ello «occidentales». Nuestras propias preocupaciones
ópticas explican la presencia de sombras en las pinturas
occidentales y su virtual ausencia en muchas otras tradiciones;
cuando no aparecen, como en el arte japonés, tenemos que decidir si
pertenecen a una cultura pictográfica diferente o si sencillamente
son fruto de un retraso tecnológico a la hora de plasmar un objeto
sólido: el hecho de que la luz tenga una fuente y no sea
simplemente iluminación difusa —si es que podemos hablar de algún
tipo de luz en la pintura japonesa— debe ponerse en relación con
una serie de consideraciones acerca del espacio, contemplado éste
como una entidad definida por un punto de partida en el ojo y unos
rayos que se unen en un punto de fuga. Estoy convencido de que la
concepción oriental del espacio no coincidía con la manera en que
los orientales percibían el espacio, que, como he afirmado, no era
más convencional de lo que lo son los sentidos como sistema
perceptivo. Si consideramos la representación del espacio como el
fruto de una serie de convenciones, el concepto de «progreso» se
desvanece, y la estructura histórico-artística que estamos
analizando pierde su sentido. Vuelvo ahora a dicha estructura. El
imperativo cultural de reemplazar la inferencia por la percepción
directa supone un continuo esfuerzo de transformación del medio de
representación si el progreso que este imperativo define tiene en sí
un carácter continuo. De hecho, creo que deberíamos distinguir
entre el desarrollo y la transformación del medio. Imaginemos una
historia en la que empezamos a dibujar el contorno de las cosas, sin
colorearlas, presuponiendo que los espectadores saben qué colores
corresponden a cada forma. Posteriormente, alguien decide plasmar
realmente esos colores, y, por tanto, ya no es necesario deducirlos.
Estas formas coloreadas suponen un paso adelante hacia la
verosimilitud, pero la relación espacial entre ellas sigue siendo
materia de inferencia: los artistas dependen de nosotros para saber
cómo son dichas relaciones. Entonces, a alguien se le ocurre que
las variaciones cromáticas y de valor pueden interpretarse como
cambios en profundidad, al descubrir que cuanto mayor es el valor
cromático, mayor es la sensación de cercanía respecto al ojo.
Este descubrimiento marca el desarrollo desde los iconos hasta la
obra de Cimabue y Giotto. El descubrimiento de la perspectiva nos
permite percibir la situación de los objetos entre sí y respecto
al espectador tan directamente como la percibimos en realidad. Éste
sería un ejemplo de desarrollo, ya que el medio en sí no resulta
alterado, y trabajamos con los materiales tradicionales del pintor,
empleados con una efectividad cada vez mayor respecto al imperativo.
Pero todavía tenemos que inferir el movimiento y, cuando decidimos
que queremos mostrarlo, las limitaciones inherentes del medio se
convierten en obstáculos, y estos límites sólo pueden superarse
mediante una transformación del medio como la que ejemplifica la
tecnología cinematográfica. Los cambios desde el cine en blanco y
negro hasta el cine en color, y desde la abertura espacial única
hasta la representación estereoscópica, podrían considerarse
desarrollos, mientras que la adición de sonido podría constituir
una transformación del medio. En cualquier caso, a partir de este
punto, cada avance requiere la intervención de tecnologías cada
vez más complejas, y la frontera entre desarrollo y transformación
puede llegar a desdibujarse. Simplemente quiero decir que la
complejidad implica un coste, y que hay que decidir si podemos vivir
en los límites de nuestro medio tal como es, o si debemos responder
al imperativo que genera el progreso sobre la base de mediaciones
cada vez más costosas. Puede trazarse un paralelo con el alto coste
de los avances científicos: cuanto más penetramos en la
microestructura del universo, más y más energía se requiere, y
debemos tomar una decisión social sobre si, a ese coste, merece la
pena el incremento del control cognitivo que traerá consigo la próxima
incursión. Merece la pena considerar e este respecto la tecnología
que actualmente permitiría una transformación del medio: la
holografía en movimiento. Hasta el momento, no ha sido más que una
especie de juguete científico, aunque ciertos artistas han empleado
la holografía simple o estática en el mismo sentido que el vídeo
—como un campo de experimentación artística sin especial
referencia al concepto de «progreso» que estoy analizando. Se ha
utilizado, por así decirlo, por sus posibilidades físicas, del
mismo modo que Rauschenberg utilizaba la cualidad física de las
marcas y raspaduras del lápiz.
Como
es bien sabido, en la perspectiva lineal no ha lugar para el
paralaje: si abandonamos el punto en el espacio que define el metódico
retroceso, la escena se deshace de inmediato como un soufflé
fallido. En el célebre fresco de la apoteosis de san Ignacio
pintado por Pozzo en la bóveda de la iglesia romana del mismo
nombre, la ilusión del tránsito vertical del santo hacia los
cielos sólo se logra desde un determinado punto, identificado
ostensiblemente por un disco de mármol en el suelo de la iglesia.
En realidad, el artista barroco se sirve de las nubes para ocultar
las diferencias paralácticas de manera similar a como el artista
chino las utilizaba para ocultar la distorsión perspectiva; en
ambos casos, se otorga a las nubes un significado espiritual, e
incluso topográfico —el cielo y las colinas, respectivamente. Nos
hemos acostumbrado a un paralaje sesgado en las películas y en
otras creaciones, quizá tanto como el espectador chino se acostumbró
a los espacios pictóricos anómalos o como todos aceptamos
estoicamente las molestias cotidianas (el polvo, el ruido, los
mosquitos) hasta que se nos ocurre tomar alguna medida, suponiendo
que pueda tomarse. Los que lo llevan peor siempre pueden encontrar
asientos que minimizan la incomodidad paraláctica en las salas de
cine. La holografía posibilita la continuidad paraláctica, con
implicaciones verdaderamente revolucionarias en el campo de la
escenografía teatral, anticipadas de algún modo en el teatro
tradicional mediante la llamada «arena teatral». Del mismo modo
que este concepto libera a los actores de una especie de
bidimensionalidad artificial impuesta por la arquitectura del
escenario, la holografía en movimiento posibilita la «arena
cinematográfica» al liberar a las imágenes del plano de la
pantalla cinematográfica. Las imágenes cobran virtualmente un carácter
tridimensional, y aparecen entre nosotros como visiones sólidas
pero impalpables. En la Antigüedad, los sacerdotes creaban
ilusiones de dioses en el misterioso espacio de los templos sirviéndose
de espejos chinos; el reflejo de un actor —la representación de
un Hércules, por ejemplo— se presentaba objetivamente en el
espacio, al tiempo que las nubes de incienso (¡esas nubes
recurrentes!) distraían a los crédulos celebrantes de toda
indicación de mendacidad. Como he señalado, las imágenes holográficas
no podían tocarse; en un momento determinado habría que plantearse
si este inconveniente se aceptaba como tal, o si merecía la pena
desde el punto de vista artístico financiar una investigación para
la ulterior transformación del medio. O podría preservarse la
impalpabilidad para establecer una analogía con la visión mística
natural, o incluso para proporcionar una metáfora del arte.
Resulta
interesante poner en relación esta elección con los antecedentes
que nos proporciona la historia de la escultura. Según la leyenda,
Dédalo confeccionó una serie de autómatas para los hijos del rey
Minos, entre otras espectaculares distracciones. Sin embargo, la
mayor parte de los escultores, como el ya citado Bernini, ha
preferido que el espectador tuviera que inferir el movimiento en sus
obras. Creo que ello se debe en gran medida a que no disponían de
la maquinaria requerida para animar las figuras, o a que dicha
maquinaria resultaba demasiado visible o engorrosa y, por
consiguiente los movimientos no eran lo bastante convincentes para
crea una ilusión. Hay algo en las estatuas que pintaban los
antiguos, una especie de maquillaje funerario, que no acaba de
convencernos; la idea de la animación artificial resulta aún más
perturbadora, misteriosa o incluso diabólica —piénsese la muñeca
danzante de Coppélia [sic]. La excesiva resolución de la estatua
de Abraham Lincoln que vocifera periódicamente la Declaración de
Gettysburg en Disneylandia produce un extraño rechazo.
La
escultura cinética sólo empezó a ser estéticamente tolerable con
la aparición del arte abstracto —en los móviles de Calder, por
ejemplo—, en el que no contamos con las referencias de mundo real
que nos hacen identificar la escultura en movimiento como algo de
mal gusto o como algo primitivo. Sin embargo, he visitado templos
hindúes en los que las figuras muestran colores tan chillones que
estoy seguro de que a los fieles les habría encantado adorar una
imagen de Shiva con sus brazos girando como un molino de viento. Con
la holografía, en cualquier caso, los objetos tridimensionales no
abstractos y en movimiento pueden resultar convincentes; en ella se
funden las dos prácticas figurativas de nuestra tradición —la
pintura y la escultura—, dando origen a una fantasía de progreso
mimético. A partir de aquí, puede plantearse la cuestión de la
oportunidad adicional de la palpabilidad. El Apolo Belvedere fue
pintado en un tono rosado muy agradable, pero me atrevería a decir
que demasiado frío desde el punto de vista táctil. El mármol y el
bronce se perciben justamente como mármol y bronce, aunque
adquieran la apariencia de unos senos o unos músculos pectorales, y
nadie ha pretendido nunca (al menos hasta Duchamp) superar los
impedimentos materiales y producir efigies palpablemente
equivalentes a la carne y la piel, de manera que los emblemáticos
senos de Venus parezcan reales. En mi opinión, eso sería una
especie de perversión estética, como acariciar las muñecas de plástico
de tamaño natural que se fabrican para individuos tímidos o
desesperados. El hecho [sic] de tocar puede disminuir cuando el
movimiento en sí resulta convincente, como en la holografía. Pero
quizá lo más prudente sea no llevar las especulaciones más allá
de este punto; sólo pretendo aclarar algunas consideraciones estéticas
y morales referentes a las decisiones técnicas en el ámbito de los
avances de la representación.
Hay
una observación, no obstante, que no puedo dejar de hacer. Thomas
Mark ha defendido, en mi opinión correctamente, que el contenido de
ciertas composiciones musicales que requieren un especial
virtuosismo interpretativo es en parte ese mismo virtuosismo
requerido para tocarlas: son lo que llamamos «piezas de lucimiento».
Creo que, en términos generales, parte del contenido de las obras
de arte, especialmente de las que remiten al concepto tradicional de
«obra maestra», es el virtuosismo que precisa su realización, y
que la temática inmediata de dichas obras, cuando existe, no es más
que una ocasión para la temática real, que es la demostración del
virtuosismo. Así, en las pinturas de la escuela de Nueva York la
pincelada no es tanto un motivo como una ocasión para exhibir el
verdadero tema: la virtuosa acción pictórica. Las primeras obras
en las que se emplea la perspectiva lineal se sirven de temáticas
que posibilitan desplegar dicha perspectiva, como paisajes clásicos
con series de columnas y formas reticulares; el tipo de paisajes
boscosos que pintaban Corot y los miembros de la escuela de Barbizon
se adecuan menos a este propósito, y su mera elección implica una
actitud más romántica y menos reglamentada respecto al espacio, al
que no consideraban estrictamente una caja o un escenario.
Especialmente curioso es el caso de Paolo Uccello, que, pese a su
obsesión por la perspectiva, elegía temáticas inverosímiles para
demostrar su poder, como escenas de batallas, en las que resaltaba cómicamente
hileras de lanzas o series de banderolas: la verdadera batalla la
libraban la temática y el tratamiento, con Uccello como héroe
impotente. Hoy en día, la expansión técnica de las posibilidades
de representación convierte esta conexión interna entre temática
y tecnología en la característica principal de las obras. En las
primeras películas producidas en los estudios de los hermanos Lumière,
las temáticas elegidas representaban el movimiento por el
movimiento: habría sido absurdo elegir una imagen en movimiento de
una mesa llena de manzanas, aunque lo cierto es que habría sido la
primera vez en que la quietud fuera una característica objetiva de
la obra, ya que sólo ahora era verdaderamente posible que un objeto
se moviera. Lo que se mostró al público fue la salida de la
multitud de las fábricas, el tráfico en la Place de l'Opéra, los
trenes, o las frondosas ramas de los árboles sobre las cabezas de
los excursionistas en el Bois de Boulogne. Ni siquiera hoy nos hemos
hartado de esa pièce de resistance cinematográfica que son las
persecuciones. El cinerama nos proyectó a través del espacio
virtual, pero lo hizo trivialmente, ya que la sensación de montar
en una montaña rusa o en un avión tiene profundas limitaciones.
Como primera temática holográfica yo elegiría, naturalmente, la
Transfiguración de Cristo tal como aparece descrita en el evangelio
de san Mateo. Tras ella me gustaría contemplar esa mascarada que Próspero
hace surgir de la nada al agitar su bastón, para hechizado asombro
de su hija y el amante de ésta. Lo más probable es que nos
encontremos con escenas de reses en estampida, caballos encabritados
y ganaderos echando pestes. Sin embargo, cuando la palpabilidad se
convierta en una posibilidad técnica, estas temáticas no tendrán
apenas sentido: hay serias dudas de que la palpabilidad pueda ser
integrada lo suficiente en una narración como para que la evolución
técnica suponga una evolución artística. Si las películas, por
ejemplo, no se narrara una historia, nuestro interés por la mera
plasmación del movimiento seguramente disminuiría; después de
todo, podemos ver las cosas reales siempre que queramos. En términos
generales, pienso que, a menos que la mimesis se convierta en diégesis
o narración, la capacidad de emocionar de una forma artística
acaba por desaparecer.
En
cualquier caso, siempre ha sido posible imaginar, al menos grosso
modo, el futuro del arte construido en términos de progreso de la
representación. En un principio se conocía la agenda, y se sabía
por tanto en qué consistiría el progreso que supuestamente se iba
a producir. Los visionarios podían afirmar que algún día las imágenes
se moverían sin saber cómo se iba a lograr que se movieran, del
mismo modo que hace no mucho se afirmaba que algún día el hombre
caminaría sobre la superficie de la Luna sin que nadie supiera cómo
se iba a lograr semejante hazaña. Pero posteriormente —y ésta ha
sido la principal razón para poner en cuestión toda la teoría—
sería posible hablar del fin del arte, al menos como disciplina
progresiva. En el momento en que pudiera generarse técnicamente un
equivalente para cada modalidad perceptiva, el arte habría llegado
a su fin, del mismo modo que la ciencia llegaría a su fin si, como
se creía posible en el siglo XIX, todo se conociera. En el siglo
XIX, por ejemplo, se consideraba que la lógica era una ciencia
muerta, y lo mismo la física, al margen de ciertos detalles
molestos. Sin embargo, no existe ninguna razón de peso que nos
lleve a pensar que la ciencia o el arte tengan que ser eternos, y
por eso siempre ha habido que responder a la pregunta de cómo sería
su vida post-progresiva. Por esa razón hemos abandonado en mayor o
menor medida este modelo histórico-artístico; la producción de
equivalencias perceptivas ya no nos deslumbra, y, en cualquier
forma, hay ciertos límites definidos en los que la narración se
convierte en un hecho artístico. A pesar de todo, como veremos, el
modelo tiene una pertinencia indirecta incluso hoy en día.
Antes
de entrar en esta cuestión, no obstante, quiero hacer puntualización
filosófica. Siempre que la filosofía del arte se ha articulado en
términos de éxito o fracaso de las tecnologías de equivalencia
perceptiva, ha resultado difícil obtener una definición general
del arte verdaderamente interesante. Para poder integrar el drama
narrativo en el concepto de «imitación», Aristóteles incluyó en
él la imitación de una acción, pero en ese punto la teoría de la
mimesis se separa del concepto de las «equivalencias perceptivas»,
ya que no está nada claro que el teatro presente ante nosotros con
equivalencias perceptivas lo que percibiría un testigo presencial
de la acción. Lo que en una representación teatral es una equívoca
y sugerente idea, no lo es tanto cuando consideramos la ficción
como la descripción de una acción. Y si pensamos en la descripción
como algo opuesto a la mimesis nos damos cuenta de inmediato de que
no está nada claro que haya lugar para el concepto de «progreso»
o de cualquier tipo de transformaciones tecnológicas. Me explicaré.
Los
filósofos, desde Lao Tzu hasta la época actual, han lamentado o
han celebrado las inadecuaciones del lenguaje. Todo el mundo percibe
que existen límites descriptivos y que hay cosas importantes más
allá de dichos límites que el lenguaje no puede expresar. Pero si
esto es cierto, ninguna expansión de las posibilidades de
representación —mediante la introducción de nuevos términos en
el lenguaje, por ejemplo— remediará la situación, básicamente
porque el problema reside en la propia actividad descriptiva, una
actividad tan alejada de la realidad que no nos proporciona la
experiencia que la propia realidad nos brinda. Una de las características
de los lenguajes naturales es que todo lo que se puede decir en uno,
se puede decir en cualquier otro (y lo que no puede decirse en uno,
no puede expresarse en ninguno), incluidos la mayor o menor
oportunidad de las expresiones y el grado de circunloquio. Por esa
razón no se ha planteado nunca el problema tecnológico de ampliar
los recursos descriptivos de los lenguajes naturales: todos ellos
son igualmente universales. Lo que intento sugerir no es que el
lenguaje carezca de límites, sino simplemente que, cualesquiera que
sean, nada va a suponer un progreso hacia su superación; ésta se
producirá en el seno del propio lenguaje entendido como un sistema
de representación. No ha lugar lógico para el concepto de «progreso».
En la historia de la literatura, por ejemplo, no hay ningún
visionario que haya podido profetizar que algún día los hombres
serían capaces de decir ciertas cosas —en parte, quizá, porque
al decir lo que los hombres serían capaces de decir, ya lo habrían
dicho. Evidentemente, alguien ha podido decir que algún día los
hombres serán capaces de hablar de asuntos entonces prohibidos
—de sexo, por ejemplo—, o de utilizar el lenguaje para criticar
las instituciones como no podían hacerlo en su época. Pero esto
tendría que ver con el progreso moral o político, si acaso, y se
aplicaría tanto a las imágenes como a las palabras.
Independientemente del valor que ello tenga, hoy podemos ver en las
películas cosas que habría sido impensable mostrar una generación
atrás (los senos de una estrella de cine, por ejemplo). Pero esto
no es un avance tecnológico.
Los
mejores ejemplos del modelo lineal o progresivo de la historia del
arte se encuentran en la pintura y la escultura, y posteriormente en
las películas. Nunca ha habido problemas para describir el
movimiento, o la profundidad, o la palpabilidad material. Cuando
decimos «su carne suave y blanda», describimos una experiencia
perceptiva para la que no existe un equivalente mimético. Nuestro
próximo modelo nos permite establecer una definición más general,
ya que no se encuentra obstaculizado por las diferencias entre las
palabras y las imágenes. Por el contrario, elimina aquellos
factores esencialmente artísticos que posibilitan pensar en el arte
como una disciplina en progreso.
Una
posible confirmación de mi tesis histórica -a saber: que la
producción artística de equivalencias de las experiencias
perceptivas pasó, a finales del siglo XIX y principios del XX,
desde el campo de la pintura y la escultura hasta al campo de la
cinematografía— es el hecho de que los pintores y escultores
comenzaran a abandonar visiblemente ese objetivo aproximadamente al
mismo tiempo en que entraron en juego todas las estrategias básicas
del cine narrativo. Hacia 1905 ya se habían descubierto casi todas
las estrategias cinematográficas, y fue por esas mismas fechas
cuando los pintores y los escultores comenzaron a preguntarse,
aunque sólo fuera a través de su actividad, qué les quedaría a
ellos por hacer, ahora que otras tecnologías habían tomado, por así
decirlo, el relevo. Supongamos que la historia del progreso artístico
puede recorrerse en sentido contrario: imaginemos que se ha
alcanzado la proyectada situación final y que, por alguna extraña
razón, empieza a parecer una buena idea reemplazar las
equivalencias perceptivas por indicaciones de inferencia —quizá
porque se considera que la inferencia (=la Razón) es un valor más
importante que la percepción. Poco a poco, la cinematografía sería
reemplazada por indicaciones de movimiento cinemático como las que
encontramos en Rosa Bonheur o en Rodin, y así sucesivamente hasta
que la equivalencia perceptiva desaparezca del arte en su conjunto y
obtengamos un arte puramente descriptivo en el que las palabras
reemplacen a los estímulos perceptivos. Y quién sabe, puede que
esto parezca todavía excesivamente vinculado a la experiencia y que
el siguiente paso sea la música. Sin embargo, dada la concepción
que se tenía del progreso, hacia 1905 daba la impresión de que los
pintores y escultores sólo podían justificar sus actividades
redefiniendo el arte de maneras que tenían que resultar chocantes
para quienes seguían juzgando la pintura y la escultura mediante
los criterios del paradigma de progreso, sin darse cuenta de que la
transformación tecnológica hacía que las prácticas que se
adecuaban a esos criterios fueran cada vez más arcaicas.
Los
fauves son un buen ejemplo. Véase por ejemplo el retrato que
Matisse hizo de su mujer en 1906, en el que una raya verde recorre
la nariz de Madame Matisse (de hecho, el título de la pintura es La
raya verde). Chiang Yee me habló de una pintura realizada por
un artista jesuita para la concubina favorita de un emperador chino;
la imagen sorprendió a la mujer: ella no sabía que la mitad de su
rostro fuera de color negro y que el artista había utilizado
sombras. Si la hubieran informado acerca de la apariencia real del
mundo, sobre la existencia de luces y sombras, habría reconocido su
parecido con la imagen. La pintura de Matisse, por el contrario, no
remite a la historia de las equivalencias perceptivas. Aunque
hubiera habido una sombra verde sobre la nariz de la modelo, no sería
de ese verde en particular. Las mujeres de aquella época no
utilizaban una «sombra de nariz» similar a la actual sombra de
ojos. La esposa de Matisse tampoco sufría gangrena nasal. Sólo
cabe la posibilidad de pensar —como hace la gente— que Matisse
olvidó cómo se pintaba, que intentó recordarlo pero perdió la
cabeza, que estaba pervirtiendo sus capacidades para escandalizar a
la burguesía, o que estaba intentando irritar a los coleccionistas,
los críticos y los curators (las tres «ces» del mundo del arte).
Se
trataría por tanto de racionalizaciones estereotipadas de objetos
que comenzaron a aparecer entonces en forma de epidemia;
indudablemente, eran pinturas, pero su grado de equivalencia
perceptiva con una entidad del mundo real o del mundo del arte era
tan pequeño que parecía imprescindible justificar su existencia.
Entonces empezó a asimilarse que una obra sólo podía plantear
problemas en relación con una teoría que podía ponerse en cuestión,
y que si los planteaba sería culpa de la teoría. En la ciencia, al
menos idealmente, no se echa la culpa al mundo cuando una teoría no
funciona, sino que cambiamos las teorías hasta que nos sirven. Lo
mismo ocurrió con la pintura posimpresionista. Cada vez era más
evidente que se necesitaba con urgencia una nueva teoría, que no es
que los artistas estuvieran fracasando en su plasmación de
equivalencias perceptivas, sino que buscaban algo absolutamente
incomprensible en esos términos. Hay que decir, en favor de la estética,
que sus representantes respondieron a esta nueva situación
elaborando teorías, a veces fallidas, en las que reconocían esta
necesidad. Un buen ejemplo es la pertinente afirmación de que los
pintores, más que representar, estaban expresando algo (la Estetica
come scienza dell'espressione apareció en 1902). De acuerdo con
esto, La raya verde intenta hacernos ver lo que Matisse sentía
respecto a la modelo (su propia mujer), demandando un complejo acto
de interpretación por parte del espectador.
Esta
consideración es importante porque asume la teoría de las
equivalencias perceptivas presuponiendo las discrepancias, unas
discrepancias que explica en función de los sentimientos. Reconoce,
por así decirlo, el carácter intensificador de los estados
emocionales, el hecho de que los sentimientos tienen que ver con un
determinado objeto o estado de cosas; y dado que Croce supone que el
arte es un tipo de lenguaje, y que el lenguaje es una forma de
comunicación, la comunicación del sentimiento será satisfactoria
en la medida en que la obra pueda mostrar a qué objeto remite el
sentimiento expresado —por ejemplo, a la mujer del artista. Las
diferencias entre el modo en que se muestra realmente este objeto y
el modo en que se mostraría en una mera equivalencia perceptiva no
señalan ya una distancia que pueda salvarse mediante el progreso
del arte o mediante el dominio por el artista de la técnica
ilusionista, sino que responden a la exteriorización u objetivación
de los sentimientos del artista respecto a lo que muestra. Este
sentimiento se comunica al espectador en la medida en que éste
pueda inferirlo sobre la base de las diferencias. De hecho, el
espectador debe plantearse distintas hipótesis: si el objeto se
muestra como se muestra, es porque el artista lo siente como lo
siente. Si De Kooning pinta una mujer a brochazos, si El Greco pinta
santos como formas verticales estiradas, si Giacometti modela
figuras incoherentemente demacradas, no es por razones ópticas ni
porque esas mujeres, santos o figuras sean realmente así, sino
porque los artistas revelan respectivamente sentimientos de
agresividad, anhelo espiritual y compasión. Sería muy difícil
interpretar que De Kooning esté expresando compasión, o
simplemente espiritualidad, o que El Greco esté expresando
agresividad. Aunque, desde luego, la adscripción de sentimientos
siempre es epistemológicamente delicada. Resulta especialmente
delicada desde el momento en que la teoría plantea que el objeto
representado por la obra se convierte en la ocasión para expresar
algo sobre él, y empezamos entonces a reconstituir la historia del
arte a partir de estos nuevos planteamientos. En ese momento,
tenemos que decidir en qué medida las discrepancias con una
equivalencia perceptiva ideal se deben a un déficit técnico y en
qué medida se deben a la expresión. Obviamente, no debemos
interpretar todas las discrepancias como expresivas, ya que en ese
caso no tendría sentido recurrir al concepto de «progreso»:
debemos asumir que en muchos casos un artista eliminaría las
discrepancias si supiera hacerlo. Aun así, ciertas discrepancias
que resultarían absurdas desde el punto de vista de la representación
se convierten en artísticamente fundamentales desde el punto de
vista de la expresión. En la época de los fauves, las
desviaciones subrayadas por los defensores del nuevo arte y los
suscriptores de la nueva teoría se justificaban afirmando que, en
última instancia, el artista podía dibujar: la prueba estaba en
los ejercicios académicos de Matisse o en los sorprendentes lienzos
pintados por Picasso a los dieciséis años. Pero estas angustiosas
preguntas fueron perdiendo sentido a medida que la expresión parecía
hacerse cargo cada vez más de las propiedades definidoras del arte.
Los objetos se hicieron cada vez menos reconocibles y acabaron
desapareciendo por completo en el expresionismo abstracto, en el que
la interpretación de una obra puramente expresionista implicaba una
referencia a sentimientos no objetuales: alegría, depresión,
entusiasmo generalizado, etc. Lo interesante era que, al existir
pinturas puramente expresivas, y por tanto no explícitamente de
representación, ésta quedaba excluida de la definición del arte.
Pero desde nuestra perspectiva, resulta incluso más interesante el
hecho de que la historia del arte adquiera una estructura totalmente
diferente. Y esto es así porque ya no hay ninguna razón para
pensar que el arte tenga una historia progresiva: sencillamente, el
concepto de «expresión» no permite establecer una secuencia
evolutiva como lo permitía el concepto de «representación mimética».
No lo permite porque no existe una tecnología mediadora de la
expresión. No es que las nuevas tecnologías de representación no
permitan nuevos modos de expresión: no hay duda de que el cine
tiene posibilidades expresivas sin paralelo en los medios artísticos
hipiélago, y en la que podemos imaginar aleatoriamente cualquier
secuencia. En cualquier caso, debemos comprender cada obra, cada
conjunto de obras, en los términos definidos por el artista en
particular que estamos estudiando, y lo que es cierto en De Kooning
no tiene por qué serlo en cualquier otro artista. El concepto de «expresión»
posibilita esa interpretación, al poner en relación el arte con el
artista individual. La historia del arte se convierte en la historia
de las sucesivas vidas de los artistas.
Resulta
sorprendente que la historia de la ciencia se conciba hoy en día
siguiendo en cierto modo estas líneas. Mientras que en el siglo XIX
se consideraba, de un modo optimista, que dicha historia era una
inevitable progresión lineal hacia un estadio final de absoluta
representación cognitiva, actualmente se contempla como una
secuencia discontinua de fases entre las que existe una radical
inconmensurabilidad. La semántica de los términos científicos es
casi como la semántica de términos como «dolor», en los que cada
emisor se refiere a algo distinto y habla en un idioma privado,
hasta el punto de interpretar al otro en sus propios términos, sin
comprenderlo en absoluto. El término «masa» significa cosas
diferentes en cada fase de la ciencia: cada teoría que lo emplea lo
vuelve a definir, negándose la sinonimia entre teoría y teoría.
Pero incluso sin llegar a este extremo radicalismo léxico, la
propia estructura de la historia asegura cierto grado de
inconmensurabilidad. Imaginemos una historia del arte invertida, que
comience en Picasso y Matisse, atraviese el impresionismo y el
Barroco, entre en decadencia con Giotto y llegue a su culminación
con la versión original del Apolo Belvedere, más allá del cual es
imposible imaginar un avance. En rigor, las obras en cuestión podrían
haber sido producidas en ese orden. Pero no tendrían ni el sentido
ni la estructura que percibimos en ellas bajo la presente cronología.
Picasso, por citar sólo un ejemplo, remite una y otra vez a la
historia del arte que deconstruye sistemáticamente, y por tanto
presupone esas obras del pasado. Algo parecido ocurre con la
ciencia. Aunque los científicos no son tan conscientes de su
historia como los artistas, existen referencias inter-teóricas que
aseguran un determinado grado de inconmensurabilidad, aunque sólo
sea porque nosotros conocemos a Galileo y él no pudo conocernos a
nosotros, y en la medida en que nuestros usos remiten a los suyos,
los términos que nosotros utilizamos no pueden tener los mismos
significados que los que él empleaba. Es importante tener en cuenta
que tenemos que comprender el pasado en nuestros propios términos,
y que por consiguiente no puede haber un uso uniforme entre fase y
fase.
Ha
habido filosofías de la historia que han hecho de esta
inconmensurabilidad un elemento central, aunque no precisamente por
las razones que he esbozado. Pienso concretamente en Spengler, quien
disolvió la tradicional historia lineal de Occidente en tres
periodos históricos independientes (clásico, mágico y fáustico)
con su propio vocabulario de formas culturales entre los que no podía
asumirse ninguna conmensurabilidad de significado. El templo clásico,
la basílica con cúpula y la catedral abovedada no son tres
monumentos en una historia lineal, sino tres expresiones distintas
del proceder arquitectónico de tres diferentes espíritus
culturales subyacentes. En sentido estricto, los tres periodos se
suceden uno a otro, pero sólo en la forma en que se suceden las
generaciones, exactamente igual que cada generación alcanza y
expresa su madurez a su manera. Cada periodo delimita un mundo
diferente, y dichos mundos son inconmensurables. El libro de
Spengler se titulaba notoriamente La decadencia de Occidente, y
cuando se publicó fue considerado demasiado pesimista, en parte
debido a las metáforas biológicas que el autor empleaba, en virtud
de las cuales cada civilización atravesaba su propio ciclo de
juventud, madurez, vejez y muerte. Si aceptamos estas premisas, el
futuro de nuestro arte resulta muy sombrío, pero pronto comenzará
un nuevo ciclo con sus propias cumbres —Spengler era en el fondo
bastante optimista—, un ciclo que no podemos imaginar, igual que
el nuestro no podía imaginarse desde el ciclo anterior. De este
modo, en el futuro habrá arte, pero no será nuestro arte. Nuestra
forma de vida se ha hecho vieja. La tesis de Spengler puede
considerarse pesimista u optimista dependiendo de la percepción que
cada cual tenga de su propia cultura, en el marco de un riguroso
relativismo que, igual que todos los planteamientos que he analizado
en esta sección, dicha tesis presupone.
Y
la razón por la cual subrayo aquí este relativismo es porque mi
pregunta inicial —si el arte tiene futuro— es claramente anti-relativista,
en la medida en que supone de algún modo la existencia de una
historia lineal. Esto tiene profundas implicaciones filosóficas, ya
que se requiere una conexión interna entre el modo en que definimos
el arte y el modo en que concebimos la historia del arte. Sólo
podemos plantearnos que el arte tiene una historia que responde al
modelo progresivo si concebimos el arte como representación; si,
por el contrario, lo concebimos como mera expresión, o como la
comunicación de sentimientos, tal como hace Croce, entonces no
tendremos una historia ese tipo, y no tendrá sentido plantearse la
cuestión del fin del arte, precisamente porque en el concepto de «expresión»
está implícito ese tipo de inconmensurabilidad en el que a cada
cosa le sucede otra. El hecho de que los artistas expresen
sentimientos no deja de ser más que un hecho, y no puede ser la
esencia del arte si el arte tiene una historia del tipo que se
deduce cuando nos preguntamos sobre su fin. El que el arte sea un
asunto de equivalencia perceptiva es consecuente con ese tipo de
historia, pero eso, como hemos visto, no es una definición lo
suficientemente general del arte. El resultado de esta dialéctica
es que si queremos pensar que el arte tiene un fin, no sólo
necesitamos una concepción lineal de la historia del arte, sino
también una teoría del arte lo suficientemente general como para
incluir otras representaciones además de las que ejemplifica la
pintura ilusionista: representaciones literarias, por ejemplo, e
incluso musicales.
La
teoría de Hegel responde a todos estos requisitos. Supone la
existencia de una genuina continuidad histórica, e incluso una
forma de progreso. El progreso en cuestión no equivale al
incremento de una refinada tecnología de equivalencia perceptiva,
sino que es una especie de progreso cognitivo, en el que se supone
que el arte se aproxima progresivamente a ese tipo de cognición.
Cuando se logra dicha cognición, el arte deja de ser necesario. El
arte es un estadio transitorio en el advenimiento de cierto tipo de
sabiduría. La pregunta entonces es: ¿en qué consiste esta cognición?,
y la respuesta, aunque en principio pueda resultar decepcionante,
es: en el conocimiento de lo que es el arte. Al parecer, existe una
conexión interna entre la naturaleza y la historia del arte. La
historia acaba con el advenimiento de la auto-consciencia, o mejor,
del auto-conocimiento. Supongo que nuestras historias personales
—o al menos nuestras historias formativas— responden en cierto
modo a esa estructura, y que acaban con la madurez, entendida ésta
como el conocimiento —y la aceptación— de lo que somos. El arte
llega a su fin con el advenimiento de su propia filosofía. Narraré
ahora esta última historia volviendo a la historia terminal del
arte basado en la percepción.
El
éxito de la teoría expresiva del arte es al mismo tiempo el
fracaso de la teoría expresiva del arte. Su éxito consistió en
que fue capaz de explicar el arte de manera uniforme —es decir,
como la expresión de los sentimientos. Su fracaso, en que sólo tenía
un modo de explicar todo el arte. Las primeras discontinuidades en
la historia progresiva de la representación pudieron interpretarse
como casos curiosos en los que los artistas estaban intentando
expresar antes que representar. Pero a partir de 1906
aproximadamente, la historia del arte sencillamente pareció
convertirse en la historia de las discontinuidades. Evidentemente,
esta discontinuidad podía adecuarse a la teoría. Cada uno de
nosotros tiene sus propios sentimientos, y es natural que los
exprese de forma individual, incluso de forma inconmensurable. Lo
cierto es que la mayoría de nosotros expresa sus sentimientos de
maneras muy similares, y que hay formas de expresión que en
realidad deben interpretarse en términos evolutivos, por no decir
fisiológicos: estamos hechos para expresar sentimientos que todos
reconocemos. En teoría, sin embargo, los artistas se caracterizan
por la singularidad de sus sentimientos; el artista es diferente al
resto de los seres. El problema de esta tesis, plausible pero romántica,
reside en el hecho de que todos los movimientos artísticos desde el
fauvismo —por no mencionar el posimpresionismo del cual deriva—
parecían demandar un tipo de interpretación teórica que cada vez
se adecuaba menos al lenguaje y la psicología de las emociones. Piénsese
en la asombrosa sucesión de movimientos artísticos en nuestro
siglo: el fauvismo, los cubismos, el futurismo, el vorticismo, el
sincronismo, el arte abstracto, el surrealismo, dadaísmo, el
expresionismo, el expresionismo abstracto, el pop, el op-art, el
minimalismo, el post-minimalismo, el arte conceptual, el realismo
fotográfico, el realismo abstracto, el neoexpresionismo —por
citar sólo los más familiares. El fauvismo duró aproximadamente
dos años, y hubo un momento en que cada nuevo periodo de la
historia del arte parecía destinado a durar cinco meses o incluso
menos. En aquel momento, la creatividad no parecía consistir tanto
en hacer una obra como en configurar un periodo. Los imperativos del
arte eran en realidad imperativos históricos: había que configurar
un periodo histórico-artístico. El éxito consistía en producir
una innovación aceptada. Si lo lograbas, tenías el monopolio para
producir obras que nadie podía producir, ya que nadie había
configurado el periodo con el que tú y quizá unos pocos
colaboradores seríais identificados en adelante. Ello traía
consigo una cierta seguridad económica, en la medida en que los
museos, vinculados a una estructura histórica que era necesario
completar con ejemplos de cada periodo, demandarían un ejemplo de
tu obra en caso de formar parte del periodo adecuado. Nunca se
admitió la evolución de la obra de un artista tan innovador como
De Kooning; De Chirico, perfectamente consciente de estos
mecanismos, pintó «de chiricos» toda su vida, ya que eso era lo
que demandaba el mercado. ¿Quién habría querido un utrillo que
pareciera un mondrian, o que una obra de Marie Laurencin fuera como
una de Grace Hartigan, o un cuadro de Franz Kline firmado por
Modigliani? Y cada periodo requería una determinada cantidad de
compleja teoría para poder despachar en el plano del arte objetos a
veces muy minimalistas. Frente a esta profunda interacción entre
ubicación histórica y emancipación teórica, el recurso al
sentimiento y la expresión parecía cada vez menos convincente.
Incluso hoy en día apenas sabemos qué pretendía el cubismo,
aunque estoy seguro de que pretendía mucho más que ventilar los
sentimientos, sorprendentemente coincidentes, de Braque y Picasso
respecto a las guitarras.
La
teoría de la expresión, pese a su incapacidad para abordar esta
rica profusión de estilos y géneros artísticos, tuvo sin embargo
el gran mérito de unificar las obras de arte en una tipología legítima,
a pesar de sus variaciones superficiales, y de responder a la manera
de la ciencia a una pregunta latente desde la época de Platón: ¿qué
es el arte? Esta pregunta se hizo especialmente apremiante en el
siglo XX, cuando el modelo heredado entró en crisis, aunque hacía
ya tiempo que ese modelo no funcionaba. La inadecuación de la teoría
se hizo cada vez más patente, año tras año, periodo tras periodo,
a medida que cada movimiento volvía a replantear la cuestión,
ofreciéndose como una posible respuesta definitiva. La pregunta
acompañaba cada nueva forma de arte de igual modo que el cogito
acompaña a cada juicio en la gran tesis de Kant, de igual forma que
cada juicio remite a la pregunta de qué es el pensamiento. Y comenzó
a parecer que el principal propósito del arte en nuestro siglo era
buscar su propia identidad, negando al mismo tiempo todas las
respuestas disponibles por considerarlas insuficientemente
generales. Era como si, parafraseando una famosa fórmula de Kant,
el arte fuera algo conceptible que no satisfacía ningún concepto
específico. Esta forma de ver las cosas remite a otro modelo global
de la historia del arte, un modelo narrativamente ejemplificado por
la Bildungsroman, la novela de aprendizaje que culmina en el
auto-reconocimiento del arte. Se trata de un género que
recientemente —y en mi opinión, acertadamente— se ha rastreado
sobre todo en la literatura feminista, y en el que la heroína se
pregunta —y pregunta al lector— al tiempo quién es ella
en
qué consiste ser mujer. Una magna obra filosófica que adopta esta
forma es la asombrosa Fenomenología del espíritu de Hegel, en la
que el héroe es el espíritu del mundo —al que Hegel llama Geist—,
cuyos estadios evolutivos hacia el auto-conocimiento, y hacia la
auto-realización a través del auto-conocimiento, traza Hegel dialécticamente.
El arte es uno de esos estadios —en realidad, uno de los estadios
finales en el retorno del espíritu al espíritu a través del espíritu—,
pero es un estadio que debe ser superado en el doloroso ascenso
hacia la redentora cognición final. Según el esquema de Hegel, la
culminación de la búsqueda y destino del Geist resulta ser la
filosofía, en gran parte porque la filosofía es esencialmente
reflexiva, en el sentido de que la interrogación sobre su identidad
forma parte de su identidad, de que su naturaleza es una de sus
preocupaciones principales. De hecho, la historia de la filosofía
puede interpretarse como la historia de las identidades,
planteamientos y visiones erróneas de la filosofía. Podemos
interpretar la tesis de Hegel como una afirmación de que la
historia filosófica del arte consiste en una progresiva disolución
en su propia filosofía, como una demostración de que la auto-teorización
es una posibilidad legítima y una garantía de que hay algo cuya
identidad consiste en la auto-comprensión. El gran drama de la
historia, convertido por Hegel en una divina comedia del
entendimiento, puede terminar en un momento de auto-iluminación
final, en la iluminación de la propia iluminación. La importancia
histórica del arte reside por tanto en que hace que la filosofía
del arte sea posible e importante. Si miramos el arte de nuestro
pasado reciente en estos grandiosos términos, nos encontrarnos con
algo que depende cada vez más de una teoría para existir como
arte; la teoría no es algo ajeno al mundo que pretende comprender,
sino que para comprender su objeto tiene que comprenderse a sí
misma. Y estas últimas producciones tienen otra característica más:
los objetos tienden a desaparecer mientras su teoría tiende al
infinito. Al final, virtualmente, lo único que hay es teoría: el
arte se ha volatilizado en un resplandor de mera auto-reflexión,
convertido en el objeto de su propia consciencia teórica. En el
caso de que algo como esto fuera remotamente verosímil, podríamos
suponer que el arte habría llegado a su fin. Evidentemente, seguirían
produciéndose obras de arte, pero los artífices, viviendo en lo
que yo he dado en llamar «el periodo post-histórico del arte»,
crearían obras carentes de la importancia o el significado histórico
que tradicionalmente se les atribuye. El estadio histórico del arte
finaliza cuando se sabe lo que es el arte y lo que significa. Los
artistas han dejado el camino abierto para la filosofía, y ha
llegado el momento de dejar definitivamente la tarea en manos de los
filósofos. Permítanme que termine con ciertas puntualizaciones que
ayuden a poder aceptar esta tesis.
«El
fin de la historia» es una frase con implicaciones ominosas en una
época en la que parece estar en nuestras manos el fin de todo,
incluida la propia existencia de la humanidad. Siempre han existido
visiones apocalípticas, pero rara vez se han acercado tanto a la
realidad como ahora. Cuando ya no quede nada con lo que hacer
historia —por ejemplo, seres humanos—, ya no habrá historia.
Pero los grandes meta-historiadores del siglo XIX, con sus
interpretaciones esencialmente religiosas, tenían en mente algo más
benigno, incluso en el caso de Karl Marx, para quien la violencia
iba a ser el motor de esta benigna culminación. Para estos
pensadores, la historia era una especie de agonía necesaria a través
de la cual alcanzar un fin, y el fin de la historia significaba por
tanto el fin de esa agonía. La historia llegaría a su fin, pero la
humanidad no. Cuando acaba una historia, sus protagonistas siguen
viviendo, felizmente activos, en su insignificancia post-narrativa;
todo lo que hacen y todo lo que les ocurre no es parte de la
historia vivida a través de ellos. Es como si ellos fueran el vehículo
y la historia el sujeto. He aquí una pertinente cita de Alexandre
Kojève, un profundo e influyente analista de la obra de Hegel:
A
decir verdad, el final del tiempo humano, el fin de la historia
—esto es, la definitiva aniquilación del Hombre propiamente
dicho, o del individuo libre e histórico—, no supone más que un
alto el fuego en todo el sentido del término. En la práctica,
supone la desaparición de las guerras y las revoluciones
sangrientas. Y también la desaparición de la filosofía, porque si
el hombre ya no cambia esencialmente, no hay ninguna razón para
cambiar los (verdaderos) principios en que funda su comprensión del
mundo y de sí mismo. Todo lo demás, sin embargo, puede preservarse
indefinidamente: el arte, el amor, el juego, etc.: en resumen, todo
lo que hace que el hombre sea feliz.
Kojève
se inspira indudablemente en un célebre pasaje en el que Marx
describe la vida de un hombre cuando todas las contradicciones que
definen la historia, y que se expresan socialmente en la lucha de
clases descrita amenazadoramente en El manifiesto comunista, se
hayan disuelto en la agonía de la historia, esto es, cuando exista
una sociedad sin clases y no haya motores para la historia, cuando
el hombre haya llegado a las costas de Utopía, al paraíso de la
no-alienación y la no-especialización. Allí, cuenta Marx, uno
podrá ser cazador por la mañana, pescador por la tarde y crítico
de la crítica por la noche. Tanto para Hegel como para Marx, la
vida será como una especie de Club mediterranée filosófico
o, como se dice vulgarmente, será como el Cielo, donde lo único
que se puede hacer es —como dicen nuestros adolescentes— «estar
colgado». Podemos poner otro ejemplo. Al final de la República,
Platón describe una situación crítica en la que unos hombres,
purificados en la otra vida y dispuestos a volver a la Tierra, deben
escoger una vida nueva. El astuto Ulises elige una vida de tranquila
oscuridad, la clase de vida reservada a la mayoría de la gente de
su época, la sencilla existencia anónima de una comedia de situación,
la vida de pueblo, la vida doméstica, el tipo de vida que Aquiles añoraba
dolorosamente en el infierno. La única diferencia es que, en el
caso de Marx y de Hegel, la historia no retumba en el lejano
horizonte. La tormenta ha amainado para siempre. Y ahora podemos
hacer lo que queramos, respondiendo a ese imperativo que nada
impone: «Fay çe que voudras». El fin de la historia coincide
—se identifica— con lo que Hegel denomina «el advenimiento del
Conocimiento Absoluto». El conocimiento es absoluto cuando no
existe la menor brecha entre él y su objeto, o cuando el
conocimiento es su objeto, cuando sujeto y objeto coinciden. El último
párrafo de la Fenomenología caracteriza adecuadamente esta
clausura filosófica, afirmando que dicho objetivo «consiste en
alcanzar un perfecto conocimiento de sí misma, en conocer su
identidad». No hay entonces nada ajeno al conocimiento, nada que se
resista a la iluminación de la cognición intuitiva. Dicha concepción
del conocimiento es, en mi opinión, fatalmente imperfecta. Pero si
hay algo que la ejemplifique es el arte de nuestro tiempo: el objeto
artístico está tan imbuido de consciencia teórica que la división
entre objeto y sujeto casi ha desaparecido, y poco importa si el
arte es filosofía en acción o la filosofía es arte en
pensamiento. «No hay duda», escribe Hegel en su Filosofía de las
Bellas Artes, «de que el arte se utiliza como un mero pasatiempo o
entretenimiento, ya sea para embellecer nuestro entorno, para
imprimir vitalidad en la superficie de nuestras condiciones de vida,
o para decorar insistentemente otros motivos». Kojève debía de
estar pensando en una función similar cuando hablaba del arte entre
las cosas que harían feliz al hombre en la época posthistórica:
el arte como una especie de juego. Pero este tipo de arte, sostiene
Hegel, no es realmente libre, «sino que sirve a otros objetos». El
arte sólo es verdaderamente libre, sigue diciendo, cuando «se ha
establecido en una esfera compartida con la religión y la filosofía,
convirtiéndose de ese modo en una modalidad más a través de la
cual... se revelan las más grandes verdades espirituales». Tras
afirmar unas cuantas cosas más, Hegel concluye —el lector decidirá
si de manera pesimista o no— que «el arte es y seguirá siendo
cosa del pasado», y reitera: «En lo que respecta a sus más
elevadas posibilidades, [el arte] ha perdido su vitalidad y su
veracidad, y ha sido transferido a nuestro mundo de ideas, donde
sigue siendo necesario y puede mantener la posición privilegiada
que ocupaba en la realidad». Hegel plantea por tanto la necesidad
de una «ciencia del arte» o Kunstwissenschaft —que no
tiene el menor parecido con la disciplina académica de la historia
del arte que hoy conocemos, sino que es más bien una especie de
filosofía cultural similar a la que él estaba elaborando—, una
ciencia del arte que, según sus palabras, «es muchísimo más
necesaria en nuestra época que en los tiempos en que el arte se
bastaba a sí mismo para resultar del todo satisfactorio». Y
prosigue este pasaje absolutamente asombroso afirmando: «El arte
nos invita a contemplarlo de manera reflexiva... con objeto de
descubrir científicamente su naturaleza». Aunque la historia del
arte que hoy conocemos apenas se plantea en estos términos, estoy
seguro de que esta disciplina anémica tuvo unos orígenes tan
vigorosos como los que Hegel expone. Puede que la historia del arte
tenga la forma que conocemos porque el arte ha llegado a su fin.
Pues bien.
Como
diría Marx, puedes ser un artista abstracto por la mañana, un
realista fotográfico por la tarde y un minimalista mínimo por la
noche. O puedes recortar muñecas de papel, o hacer lo que te dé la
real gana. Ha llegado la era del pluralismo, es decir, ya no importa
lo que hagas. Cuando una dirección es tan buena como cualquier
otra, el concepto de «dirección» deja de tener sentido. La
decoración, la auto-expresión y el entretenimiento son,
obviamente, necesidades humanas perdurables. El arte siempre tendrá
un papel que desempeñar si los artistas así lo desean. Su libertad
acaba en su propia realización, pero siempre dispondremos de un
arte servil. Las instituciones del mundo del arte (galerías,
coleccionistas, exposiciones, publicaciones periódicas), que han
predicado y señalado lo nuevo a lo largo de la historia, se
marchitarán poco a poco. Es difícil predecir lo feliz que nos hará
esta felicidad, pero fíjense en cómo ha hecho furor la gastronomía
en el tradicional modo de vida americano. En cualquier caso, ha sido
un inmenso privilegio haber vivido en la historia. (*)
(*)
Fuente: Arthur Danto,
"El final del arte", en El Paseante, 1995, núm.
22-23.
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