"Los
dirigentes de la comunidad ponen en su conocimiento que desde
hace mucho tenían noticia de las equivocadas opiniones y
errónea conducta de Baruch de Spinoza y por diversos medios y
advertencias han tratado de apartarlo del mal camino. Como no
obtuvieran ningún resultado y como, por el contrario, las
horribles herejías que practicaba y enseñaba, lo mismo que su
inaudita conducta fueran en aumento, resolvieron de acuerdo con
el rabino, en presencia de testigos fehacientes y del nombrado
Spinoza, que éste fuera excomulgado y expulsado del pueblo de
Israel, según el siguiente decreto de excomunión: Por la
decisión de los ángeles, y el juicio de los santos,
excomulgamos, expulsamos, execramos y maldecimos a Baruch de
Spinoza, con la aprobación del Santo Dios y de toda esta Santa
comunidad, ante los Santos Libros de la Ley con sus 613
prescripciones, con la excomunión con que Josué excomulgó a
Jericó, con la maldición con que Eliseo maldijo a sus hijos y
con todas las execraciones escritas en la Ley. Maldito sea de
día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y
maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito
sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera
y el enojo del Señor se desaten contra este hombre y arrojen
sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley.
El Señor borrará su nombre bajo los cielos y lo expulsará de
todas las tribus de Israel abandonándolo al Maligno con todas
las maldiciones del cielo escritas en el Libro de la Ley. Pero
vosotros, que sois fieles al Señor vuestro Dios, vivid en paz.
Ordenamos que nadie mantenga con él comunicación oral o
escrita, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca
con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro yardas, que
nadie lea nada escrito o trascripto por él."
Carta
I
Al
nobilísimo señor B. de S. de Willem van Blijenbergh
Mi
señor y amigo desconocido:
He
tenido el honor de hojear ya muchas veces y con atención su
Tratado y el Apéndice que recientemente fueran dados a conocer
por la imprenta. De la gran solidez y el placer que hallé al
hacerlo sería mejor hablarle a otro y no a Vuestra Señoría.
Sin embargo no puedo callar que cuanto más atentamente lo
repaso más me agrada, y más cosas observo que antes no había
notado. No quiero empero -para no parecer un adulador-
maravillarme demasiado del Autor: Sé que los Dioses todo lo
venden al precio del esfuerzo. Ahora, para no mantenerlo
demasiado en la ignorancia acerca de quién es el desconocido
que tiene el atrevimiento de escribirle a V.S. digo ya que es
alguien que inspirado por el anhelo de verdad pura en esta vida
corta y pasajera quiere hacer pie en el conocimiento hasta donde
la razón humana lo permite, y alguien que para investigar la
verdad no tiene otro fin que la verdad y no navega en busca de
erudición, ni posición, ni otros provechos sino sólo de la
verdad y de la tranquilidad que de la verdad resulta, alguien
que de entre todas las verdades y las ciencias no se entretiene
con ningunas tanto como con la Metaphysica, y si no con
toda ella, por lo menos con algunas de sus partes, y alguien
para quien todo el entretenimiento de la vida está puesto en
dedicar a eso las horas vacías que le quedan. (Pero imagino
que a nadie hace ella tan feliz, ni nadie pone en ella tanto
esfuerzo como V.S., y por eso nadie alcanza el grado de
perfección que yo noté en su trabajo). En una palabra, quien
le escribe es alguien que V.S. va a poder conocer más de cerca
si acaso le place establecer un vínculo para abrir y penetrar
sus indigestos pensamientos.
Pero
para volver al Tratado de V.S., así como encontré en él cosas
deliciosas, encontré también algunas que mi estómago no pudo
digerir muy bien. No conociéndolo a usted no quedaría bien que
las planteara, ya que ignoro si eso le resultaría agradable o
desagradable, y es por ello que le adelanto esto con el pedido
de que V.S. lo conteste si es que en esas noches de invierno
tiene tiempo y ganas de ayudarme con las dificultades que me
restan de su Libro. Se lo encargo con la condición de que no le
impida hacer cosas más necesarias o más agradables. No deseo
nada más que el cumplimiento de la promesa que V.S. hizo en su
Libro de ampliar su opinión. Esto que al fin confío a mi
pluma, lo hubiera dicho verbalmente a V.S. al ir a saludarlo,
pero como en principio su domicilio, luego una enfermedad
contagiosa, y en fin mi profesión me lo impidieron, eso ha
quedado postergado por el momento.
Pero
para no dejar esta carta sin contenido y con la esperanza de que
a V.S. le agrade, le presentaré sólo esto: Tanto en los Principia,
como para explicar los Cogit. Metaph. (sea como su propia
opinión, sea para presentar a Monsieur Descartes cuya
filosofía ha estudiado) V.S. generalmente [sostiene] que crear
y mantener son una y la misma cosa (lo que es tan claro para
quienes envían sus pensamientos en esa dirección, que
constituye un conocimiento fundamental), y que Dios no sólo
creó las sustancias sino también los movimientos en las
sustancias. Esto es, que Dios no sólo mantiene a las sustancias
en sus estados mediante una creación continua, sino también a
sus movimientos e impulsos. Por ejemplo: Dios no sólo hace
durar y perseverar en su estado al Alma por su expresa voluntad
o acción (como se guste llamarlo), sino que también dirige de
esa manera los movimientos del Alma. Lo que es lo mismo [que
decir] que así como el continuo crear de Dios hace durar las
cosas, también por esa misma causa ocurren en las cosas sus
movimientos o impulsos, puesto que fuera de Dios no hay causa de
movimientos. Y así se sigue que Dios no es sólo la causa de la
subsistencia del Alma, sino también de cada uno de los
movimientos o impulsos del Alma que nosotros llamamos voluntad,
tal y como V.S. generalmente plantea. De esta afirmación parece
seguirse necesariamente que, o bien no hay mal en el movimiento
o en la voluntad del Alma, o bien Dios mismo hace expresamente
ese mal. Porque también las cosas que nosotros llamamos malas
ocurren por el Alma, y por consiguiente con una expresa
influencia y concurso de Dios. Por ejemplo: el Alma de Adán
quiere comer el fruto prohibido. Según lo arriba mencionado esa
voluntad de Adán se da por la influencia de Dios (no sólo el
que quiera comer, sino también, como se mostrará enseguida, el
que lo quiera de la manera en que lo quiere). Así, ese acto
prohibido de Adán, hacia el que Dios no sólo movió su
voluntad, sino que también la movió de tal manera, o bien no
es malo en sí mismo, o bien Dios mismo parece hacer eso que
nosotros llamamos malo. Y no me parece que ni V.S. ni Monsieur
Descartes tengan la intención de salvar esta cuestión diciendo
que el mal es un non ens, al que Dios no acompaña: ¿De
dónde entonces salió la voluntad de comer o la voluntad del
Diablo de Tentar? Pues mientras la voluntad (según V.S. nota
con razón) no es otra cosa que el Alma misma, en uno de sus
movimientos o impulsos, necesita para cada uno el concurso de
Dios que, según entiendo del escrito de V.S., no es otra cosa
que la determinación de un asunto por su voluntad . Y así se
sigue que Dios concursa con, esto es determina, la voluntad mala
en tanto es mala, tanto como con la voluntad buena. Porque su
voluntad, que es la causa absoluta de todo lo que es tanto como
en la sustancia como en los impulsos, parece ser causa primera
de la voluntad mala, en tanto que es mala. En otros términos: o
no se da en nosotros determinación de la voluntad alguna de la
que Dios no sepa eternamente, o estamos poniendo en Dios una
imperfección. ¿Pero cómo sabe Dios sino por sus decisiones?
Ergo sus decisiones son causas de nuestras determinaciones, y
así parece seguirse otra vez que la voluntad mala o no es un
mal o que Dios causa [un mal] expresamente. Y acá no vale la
distinción de los Teólogos sobre la diferencia entre el acto y
el mal que se añade. Eso es, que Dios no sólo decidió que
Adan comiera sino necesariamente también que lo hiciera contra
su orden. Así nuevamente parece seguirse que o bien el comer de
Adán en contra de lo [que le fuera] ordenado no es un mal o
bien que es Dios mismo el que causa [un mal].
Estimado
Señor, por ahora sólo allí es donde no alcanzo a ver el juego
del Tratado de V.S. Me cuesta aceptar cualquiera de los dos
extremos, pero quiero esperar un veredicto entendible de V.S.
que me satisfaga, y la alegría que eso me deparará espero
demostrársela a V.S. en lo futuro. Estimado Señor, esté
seguro de que no le pido esto por nada que no sea el deseo de la
verdad y también de que mis intereses no están en ningún otro
lado. Soy una persona libre, que no depende de ninguna
profesión pero que se sostiene con negocios honestos y que
dedica el resto de su tiempo a estos asuntos. Ruego
obsequiosamente que mis pesadeses o densidades !!! sean
agradables a V.S. y que cuando desee escribir, cosa que espero
con el corazón ansioso, escriba a W. v. B. etc.
Mientras
tanto seré y quedaré,
Mi
Señor,
el
servicial servidor de V.S.
W.
v. B.
Dordrecht,
día 12. Diciembre. 1664.
Carta
II
B.
d. S. al muy erudito y sabio señor Willem van Blijenbergh.
Mi
Señor, y amigo muy agradable:
Por
la carta de V.S. del 12, adjunta a una del 21 de diciembre, que
recibí el 26, estando en Schiedam, entendí su gran amor por la
verdad, y entendí que ella sola es el fin de todos sus afanes.
Y eso a mí, que también soy alguien que no se propone otra
cosa, me decidió no sólo a aceptar su solicitud, a saber,
responder a conciencia todas las preguntas que envía ahora y
[todas las que envíe] de acá en adelante, sino también a
hacer todo lo que de mi parte pueda llevarnos a conocernos más
de cerca y a una amistad sincera. Porque para mí, de todas las
cosas que están fuera de mi poder, no hay ninguna que merezca
mayor consideración que el tener el honor de entablar amistad
con gente que ama la verdad sinceramente. Porque yo creo que, de
lo que en el mundo está fuera de nuestro poder, a nada podemos
tranquilamente amar más que a tales hombres, ya que ese amor
recíproco está basado en el amor que cada uno tiene por el
conocimiento de la verdad y es así imposible de romper, al
igual que nunca se deja de abrazar la verdad una vez que se la
capta. Nada excepto la verdad puede unir temperamentos y ánimos
diferentes, por eso es ella la más grande y la más agradable
que pueda dársenos de entre las cosas que están fuera de
nuestro poder. Yo no hablo de las enormes utilidades que se
siguen de esto para no retrasar a V.S. con cosas que, sin duda,
sabe. Si así lo he hecho, lo hice sólo para mostrar mejor aún
cuan agradable me es y me será en el futuro poder tener la
oportunidad de prestar el servicio prometido. Y para cumplirlo,
procederé a responder la pregunta de V.S. que gira en torno a
que parece seguirse claramente tanto de la providencia de dios
-que no difiere en nada de su voluntad- como también del
concurso de dios en la continua creación, o bien que no hay ni
pecados ni mal o bien que es dios el que hace esos pecados y ese
mal. Empero V.S. no aclara qué quiere decir con mal, y por lo
que puedo ver del ejemplo de la determinada voluntad de Adan
parece que V.S. entiende por mal la voluntad misma, en tanto se
la entiende como determinada de esa manera, o en tanto
contraría la prohibición de dios. Y es por eso que le parece
incongruente (como me parecería a mí, si así fuera) sostener
cualquiera de las dos: o que dios causa él mismo las cosas que
van en contra de su voluntad, o que son buenas a pesar de ir
contra la voluntad de dios. Pero yo no podría conceder que los
pecados y el mal sean algo efectivo, y mucho menos que algo
fuera o ocurriera contra la voluntad de dios. Al contrario, digo
no sólo que el pecado no es algo efectivo, sino también que no
se puede [decir] que se peca en contra de la voluntad de dios o,
como se dice, que la gente provoca la ira de dios, sino hablando
muy humanamente.
Porque,
si tenemos en cuenta lo primero, se sabe que todo lo que es
considerado en sí, sin referencia a ninguna otra cosa, contiene
cierta perfección que se extiende siempre en cada cosa tanto
como su esencia misma; porque no son sino una y la misma cosa.
Tomo como ejemplo la decisión, o la determinada voluntad de
Adán de comer el fruto prohibido. Esa decisión o determinada
voluntad considerada en sí contiene tanta perfección como
expresa su esencia. Y eso se puede entender, a saber: no se
puede concebir imperfección en las cosas, a no ser que se
consideren otras cuyas esencias contengan más perfección, y
por eso en la decisión de Adán considerada en sí misma, sin
compararla con otras que son más perfectas o que muestran un
estado más perfecto, no se encuentra imperfección. Puede
incluso comparársela con infinitas otras cosas, que con
respecto a ella son mucho más imperfectas, tal como piedras,
bloques, etc. Y de hecho cualquiera admitiría esto, ya que las
mismas cosas que se desprecian y son miradas con indignación en
la gente, en los animales son vistas con sorpresa y con gusto.
Tal como por ejemplo la guerra de las abejas, los celos de las
palomas, etc. Y por esas cosas por las que despreciamos a la
gente, juzgamos, sin embargo, más perfectos a los animales.
Siendo esto así, se sigue claramente que los pecados, puesto
que no significan más que imperfección, no pueden existir en
algo que exprese esencia tal como la decisión de Adán o su
propia ejecución.
Además
no se puede decir que la voluntad de Adán fuera contraria a la
voluntad de dios, ni que al contrariarla fuera mala por serle
desagradable a dios. Porque no sólo implicaría una gran
imperfección en dios que algo ocurriera en contra de su
voluntad, y que él deseara algo y no lo obtuviera y que su
naturaleza fuera determinada de tal manera que él igual que las
criaturas tuviera a unas cosas simpatía y a otras antipatía,
sino que también sería contrario a la naturaleza de la
voluntad de dios. Pues dado que ésta no difiere en nada de su
entendimiento, sería imposible que algo ocurriera [tanto]
contra su voluntad como contra su entendimiento. Esto es: lo que
ocurriera contra su voluntad debería ser de una naturaleza tal
que fuera contraria al entendimiento, tal como un cuadrado
circular. Como la voluntad o la decisión de Adán considerada
en si no fue mala, ni fue, hablando propiamente, contraria a la
voluntad de dios, se sigue que dios pudo [y] debió ser causa de
ella por el motivo que V.S. considera, pero no en tanto que fue
mala porque el mal que hubo no fue más que la privación de un
estado más perfecto que Adán tuvo que perder por esa acción.
Y es seguro que la privación no es algo efectivo y que se llama
así con respecto a nuestro entendimiento y no con respecto al
entendimiento de dios. Eso proviene de que nosotros a todos los
casos de una especie, tal como por ejemplo a todos aquellos que
en apariencia tienen la forma de seres humanos, los expresamos
con una misma definición, y por eso los juzgamos a todos
igualmente capaces de la mayor perfección que se puede deducir
de tal definición; y cuando encontramos uno cuyo obrar se aleja
de esa perfección, lo juzgamos entonces privado de ella y
desviado de su naturaleza, cosa que no haríamos si no lo
hubiésemos puesto bajo tal definición y no le hubiésemos
atribuido tal naturaleza. Pero como dios no conoce las cosas
abstractamente ni hace semejante definiciones, ni a las cosas
les pertenece otra esencia más que la que el entendimiento y el
poder divinos les asignan, y de hecho [les] dan, se sigue
claramente que esa privación sólo puede ser predicada en
relación a nuestro entendimiento pero no en relación al de
dios. Y con esto a mi parecer la cuestión está resuelta.
Empero,
para despejar el camino y eliminar todo escollo, debo todavía
responder a las dos cuestiones siguientes, a saber:
I.
Por qué la escritura dice que dios desea que los ateos se
conviertan, y también por qué le prohibió a Adán comer del
árbol, cuando había decidido [que ocurriera] lo contrario.
II.
Que de mis dichos parece seguirse que los ateos con su soberbia,
gula, desesperación, etc. sirven a dios tanto como los píos
con su generosidad, paciencia, amor, etc. porque también
ejecutan la voluntad de dios.
Para
responder a lo primero digo que la escritura, porque sirve para
el común del pueblo, habla de manera humana porque el pueblo no
es capaz de comprender cosas elevadas. Y por eso yo creo que
todas las cosas que dios reveló a los profetas como necesarias
para la salvación fueron escritas como leyes, y así los
profetas versaron toda una parábola, a saber: Primero
representaron a dios como un rey y un legislador, porque él
había revelado los medios para la salvación y la perdición de
aquellos de los que era causa. A los medios, que no son más que
causas, los llamaron leyes, y los escribieron como si fueran
leyes; a la salvación y a la perdición, que no son nada más
que efectos que se siguen de esas causas, las representaron como
recompensa y castigo. Y ordenaron sus palabras más según esa
parábola que según la verdad, y generalmente representaron a
dios como un ser humano, a veces iracundo, a veces compasivo, a
veces deseando lo futuro, a veces invadido por los celos y la
suspicacia, y hasta [a veces] engañado por el diablo. De modo
que los filósofos y todos aquellos que, con ellos, están
encima de la ley, esto es, que siguen la virtud no como una ley
sino por amor, porque eso es lo mejor, no tienen que inclinarse
ante tales palabras. La prohibición a Adán consistió sólo en
eso, a saber: en que dios le reveló a Adán que comer de ese
árbol causaba la muerte, tal como nos revela por el
entendimiento natural que el veneno es mortal. Y si V.S.
pregunta ¿con qué fin se lo reveló? Yo contesto que para
hacerlo más perfecto en cuanto a conocimiento. Preguntarle a
dios por qué no le dio también una voluntad más perfecta es
absurdo, tal como es absurdo preguntarle por qué no le dio a
los círculos las características de las pelotas !!!. Todo lo
cuál se sigue claramente de lo arriba dicho, y de lo que
también he mostrado en el escolio a la prop. 15 de la primera
parte.
Por
lo que hace a la segunda dificultad, es verdad que los ateos
expresan la voluntad de dios en su medida, pero no por eso son
comparables a los píos. Porque cuanto más perfección tiene
una cosa, tanto más tiene también de divinidad y tanto más
expresa la perfección de dios. Teniendo los píos más
perfección que los ateos, su virtud no es comparable con la de
los ateos que carecen del amor a dios que surge de conocerlo y
por el que sólo nosotros, según nuestro entendimiento humano,
nos llamamos los sirvientes de dios. Si, puesto que no conocen a
dios, no son otra cosa que una herramienta en la mano del
artífice que sirve ignorante y sirviendo se desgasta, en cambio
los píos sirven sabiendo y sirviendo se perfeccionan.
Eso
mi Señor es todo lo que sé aportar por el momento para
responder la pregunta de V.S. Nada hay ahora que desee más que
que le satisfaga, pero si V.S. todavía encuentra alguna
dificultad le pido que me lo haga saber, para ver si puedo
removerla. V.S. por su parte no sea recatado [acerca de todo] en
cuanto le parezca no estar satisfecho, nada quiero más que
saber el motivo [de su insatisfacción] para que finalmente
resulte la verdad. Desearía poder escribirle en la lengua con
la que me criaron, acaso así podría expresar mis pensamientos.
Tómeselo empero V.S. a bien y corrija los errores y téngame
por
El
benévolo amigo de V.S.
Me
quedaré aquí en Schiedam todavía unas tres o cuatro semanas y
entonces pienso volver a Voorburgh. Creo que recibiré una
respuesta de V.S. antes de eso. Si los asuntos no lo permiten se
le ruega escribir a Voorburgh con este epígrafe, a entregar en
la calle de la Iglesia, en la casa de Daniel Tydeman el pintor.
(*)
(*)
Fuente:
Las
cartas del Mal. Correspondencia Spinoza-Blijenbergh,
Buenos Aires, la Caja Negra Editora, en Buenos Aires,
2006.