|
ARTE
Y FILOSOFíA EN HEGEL
Por
Esteban Ierardo
El ensayo que sigue a continuación fue editado originalmente en Diaporías,
revista de la Facultad de Ciencias sociales de la Universidad de
Buenos Aires.
La filosofía del arte hegeliana es un momento esencial de la
reflexión estética en el horizonte filosófico moderno. La
belleza, para el autor de la Fenomenología del Espíritu,
alcanzó su cumbre entre los griegos. El arte es preparación para
la realización de la Idea o Espíritu Absoluto. Por lo que la
potencia de la imagen pictórica, la forma escultórica o el sonido
musical es un momento provisional en el devenir dialéctico hacia la
plasmación del ser en el orden del concepto o pensamiento.
En este texto se tejen tres momentos fundamentales: una recreación
general de la filosofía hegeliana, su reflexión específicamente
estética, y una aproximación crítica desde una comparación entre
la concepción hegeliana del arte como reflejo una realidad que es
pleno pensamiento racional, y el lugar de la belleza y el vacío en
el Oriente y en algunos ritmos vanguardísticos del arte
contemporáneo.
E. I
ARTE
Y FILOSOFíA EN HEGEL
Por
Esteban Ierardo
I.
Allí, la luz del día
cae sobre la roca. En la costa hablan las olas. Sobre la tierra se
delinean los hombres, sus huellas y sombras. Y la casa del dios.
Dentro del santuario, el espacio viste formas de líneas, paredes y
techos. La danza de las antorchas, ya no el sol, es la que regala la
claridad. Que convive con penumbras que crecen. Se concentran. Y
abrazan la obra de piedra. La obra que, durante largas jornadas,
escuchó el cincel del escultor. La piedra bruta, la materia antes
salvaje, es ahora forma perfecta. Proporción justa. El cuerpo
estilizado, de máxima armonía, de una divinidad.
Dentro del templo, en
las penumbras entrecruzadas, se alza la estatua del dios griego, lo
divino con forma humana. Aquí, materia y espíritu se equilibran.
Reposan en una serena convivencia. El arte de la Antigua Grecia es,
en el pensar hegeliano, una de las tres formas fundamentales del
arte en su devenir histórico. La estatuaria helénica fulge
armoniosa. Lo divino, sitio de lo absoluto, se plasma bajo la viva
presencia individual y visible de los dioses. Aquí, la Idea, lo
absoluto, aún depende de un vehículo material, de una
manifestación corporal y sensorial.
En la meditación
filosófica hegeliana, la realidad en tanto Idea, lo universal e
infinito, necesita autorrealizarse a través del retorno a su
interioridad luego de atravesar la exterioridad de la multiplicidad
de lo finito y las determinaciones particulares. Lo real es
universalidad del espíritu. Espíritu (geist) vacío y
abstracto inicialmente. Totalidad carente de contenidos.
Metafóricamente: un vasto espacio cósmico sin la vitalidad de las
constelaciones; sin la rica variedad de lo particular.
Lo en sí es
momento de potencialidad, de desarrollo aún no consumado, que
necesita del devenir, de la actualización y concreción de lo
potencial, del para sí, del pasaje de la indeterminación a
lo determinado. El todo entonces se dispersa en la exterioridad de
la naturaleza donde se aliena y pierde a sí mismo. Iniciación
entonces de la odisea del espíritu; la puja por su realización (realisierung),
por su hacerse real y concreto, por su recuperación como totalidad
no escindida y autoconciente. La salida de lo universal y vacío
hacia lo exterior y particular, y la negación de la particularidad,
y la vuelta a lo universal. El regreso de la Idea a su hogar (bei
sich). El espíritu se autodesarrolla merced a un lento y
necesario despliegue de las mediaciones, de relaciones dialécticas
de afirmación, negación y negación de la negación como
superación (Aufhebung). El espíritu pasa así de la
sustancia, de lo que es en sí y abstracto, hacia la condición de
sujeto capaz de ser conciente de sí. En el trabajo del espíritu,
en la acción negadora y superadora del espíritu, lo real se
recupera gradualmente como totalidad autoconciente (selbstbewusstsein),
como sujeto absoluto que se sabe a sí mismo. El todo que se sabe a
sí mismo es pensamiento o Idea que se realiza al devenir concepto
(1). La idea se realiza en un para sí donde el todo es pensamiento
autodeterminado, libre conciencia de sí. En el pensamiento y el
concepto (y la filosofía donde el concepto alcanza su madurez más
amplia) es donde se consuma la plenitud de la realidad. La imagen y
lo sensible son sólo un momento dialéctico previo necesario, cuyo
destino es ser superado por la superioridad sapiente del concepto (begriff).
En la estética
filosófica hegeliana, la Idea no puede contentarse con una
manifestación de la verdad en el plano de la imagen artística. La
obra de arte es únicamente un instante provisional dentro de la
evolución dialéctica de la Idea. En Hegel la imagen se subordina
al pensamiento. Aquí nos proponemos reflexionar sobre los
significados de esta subordinación. En esta indagación
descubriremos la incapacidad de una filosofía de la primacía del
concepto (como la hegeliana) para admitir el campo sensorial de la
imagen o lo acústico como zona de irrupción de la realidad
entendida como totalidad no conceptual. Para nuestro entender, lejos
de ser una máscara provisoria de lo universal, la imagen artística
(o incluso la forma natural) es el sitio de emergencia de una
totalidad irreductible a proposiciones teóricas definitivas.
La comprensión
de la superioridad del pensamiento del concepto autoconciente sobre
la imagen expandida en el espacio demanda la previa recreación de
algunos de los principios nodales de la estética hegeliana.
Hegel dictó sus
Lecciones sobre estética (Vorlesungen uber die Aesthetik) en
Berlín durante los años 1818-19. Su análisis sistemático sobre
la experiencia artística se integra con su pensar de la Idea en La
fenomenología del Espíritu. La estética hegeliana se mueve en
tres niveles de reflexión: la idea de lo bello en general; las
formas particulares o históricas que reviste lo bello en el arte; y
los sistemas de las artes particulares.
En el horizonte de la
filosofía moderna, Hegel enfatiza la mediación de la temporalidad
como elemento insalvable de lo verdadero. El ser, como Idea,
necesita de un devenir temporal de autorrealización. Como ya hemos
considerado, la realidad es inicialmente universal, infinita. Pero
vacía y abstracta. Carece de contenidos. Es forma despojada aún de
determinaciones que le brinden una auténtica concreción. La
carencia originaria de la Idea necesita desarrollarse, desplegarse,
devenir, para realizar su interioridad vacía, mediante una salida o
negación de sí. Lo universal se impone la negación; se da un ser
otro (anderssein). La universalidad infinita se proyecta en
lo particular y finito, en lo exterior y múltiple. El espíritu o
Idea se aliena, se pierde en la exterioridad. Debe entonces
retornar. Regresar a sí desde un doloroso, lento e intenso trabajo
negativo. La negación de lo particular y escindido, el retorno a la
unidad y totalidad en el concepto, en el pensamiento autoconciente y
autodeterminado. En su odisea, la Idea debe naufragar en la espesura
de la multiplicidad de las particularidades, la naturaleza de lo
otro, de lo que está fuera. La Idea debe quebrar el peligro del
autoencierro. Así "lo verdadero no tiene existencia ni verdad
sino en tanto se desarrolla en la realidad exterior" (Hegel,
1985, p.86). Pero si la Idea se confundiera con la exterioridad como
atributo suyo definitorio o permanente, se perdería en una
dispersión sin conciencia ni saber. La Idea debe volver a sí
desde la amplitud exterior, desde el pliegue de las formas finitas
de la naturaleza y las acciones humanas, hasta la interioridad del
pensamiento ya no vacío y abstracto sino autodeterminado, concreto
y libre. Es libre aquello que se autodetermina. Por lo que el
espíritu "en tanto que no ha tomado posesión de esta libertad
no puede existir, sino como fuerza limitada, como carácter detenido
en su desarrollo, como alma cautiva y prosaica" (Hegel, 1985,
p.87).
Si la Idea se detuviera
en su desarrollo, el pensamiento como universalidad que regresa a
sí misma se fijaría en la forma finita. La forma no puede
permanecer replegada sobre su propia finitud, sin su reintegración
en la totalidad que sólo es como pensamiento o Idea. La fijación
en una forma particular significaría la fragmentación y
separación de la realidad universal. La obra de arte es, en
principio, forma particular. Por lo que debe trascender su
particularidad y reflejar la Idea. Así, el más alto destino del
arte es "aprehender y representar lo real como verdadero; es
decir, en conformidad con la Idea" (Hegel, 1985, p.88). Hegel
impugna la mimesis, el arte como imitación de las formas naturales.
Así, "la verdad en el arte no es pues la simple idealidad a la
cual se limita lo que se llama imitación de la naturaleza" (Hegel,
1995, p.88). En su máxima plenitud o destino histórico el arte es
imagen de la belleza corpórea. Es el momento del arte clásico
griego.
Pero esta belleza no se
funda a sí misma. Como ya pensaba Platón en el Symposium,
lo bello corpóreo o sensible es el aparecer (scheinen) de
una belleza trascendente o ideal (2). El origen de lo bello en la
Idea supone a su vez la comprensión de una esencia general de la
belleza que no se detiene ni cosifica en los objetos de la
experiencia sensible. Hegel repite entonces la sentencia platónica
del Hipias mayor: se debe considerar lo bello, y no los
objetos particulares calificados de bellos (3). Entonces, si lo
bello o la belleza comienza en la Idea, en la Idea "eliminamos
al mismo tiempo la dificultad, la molestia que podría crearnos la
gran variedad, la infinita multiplicidad de los objetos que se
califican de bellos" (Hegel, 1997, p.23.).
La expresión de la
Idea a través de la imagen conserva la situación primaria donde se
origina el arte. Este origen se relaciona con el asombro. Veamos: en
parcial coincidencia con Aristóteles, Hegel estima que la
admiración, la vivacidad del asombro, es el comienzo del interés
científico por el objeto natural a explicar, o del sentimiento
religioso y su apertura a la amplitud sin fin de las cosas. En este
asombro nace la necesidad de la comprensión del sentido del todo. A
su vez, bajo el apremiante imperativo de la supervivencia, el hombre
"se siente tocado por el espectáculo de los fenómenos
naturales" y "presiente en ellos algo grande y misterioso,
una potencia escondida que se revela" (Hegel, 1985, p. 47). El
humano ya inquieto por el magnético flujo de un sentido velado es
atrapado así por "la necesidad de representar ese sentimiento
interior de la potencia general y universal" (Hegel, 1985,
p.47). La sensibilidad es ahora subyugada por una espiritualidad
universal. Lo individual, lo particular dado por la experiencia en
su inmediatez, es ya medio material donde brilla la universalidad de
lo espiritual. La imagen ya no será sólo el dibujo visible,
dinámico o estático, de una cosa singular, sino la figuración de
la "potencia invisible". Entonces, el arte "nace de
la necesidad de representarse la Idea mediante imágenes sensibles
que se dirigen a los sentidos, y al espíritu al mismo tiempo"
(Hegel, 1985, p.48). La imagen así, ya en los pueblos antiguos,
posee una función expresiva de un sentido que trasciende la
materialidad de las cosas. En su primera irrupción en el mito y el
arte religioso arcaico, la imagen artística es creación grávida
de trascendencia. Es así como las imágenes que despliega el mito
"encierran un fondo racional de ideas religiosas más o menos
profundas" (Hegel, 1985, p.145-146).
En las más
antiguas religiones se intuye ya una potencia absoluta. La cual es
invocada o conocida mediante cultos de objetos físicos. Lo absoluto
como equivalente de lo sacro se confunde con la cercana solidez de
las cosas materiales. Así, "la divinidad queda identificada
con la naturaleza misma" (Hegel, 1985, p.148). Pero lo natural
es materia todavía sin Idea, sin la universalidad del espíritu.
Por lo que luego lo absoluto se concebirá ya no en la esfera del
objeto físico sino en "un ser distinto y universal".
Sólo mediante el símbolo "el principio invisible" del
espíritu puede unirse al mundo, y a las cosas. El símbolo se
entrelaza con la materia, se hunde en ella para trasponer su
densidad empírica y entregar una significación de amplitud
universal. El símbolo originariamente une la forma material de la
cosa con la subyacente dimensión del espíritu que funda la
existencia y el sentido.
Mas el símbolo no debe
ser confundido con la alegoría. Lo alegórico convierte la imagen y
la forma en signo de algún rasgo moral o una fuerza natural. La
alegoría, a su vez, necesita de un momento interpretativo. Es
necesaria una comprensión razonada de su sentido. Lo alegórico es
"símbolo reflexivo", una simbolización en segundo grado.
Es entonces falso símbolo, porque el símbolo verdadero es "el
símbolo inconciente, irreflexivo, cuyas formas aparecen en la
civilización oriental" (Hegel, 1985, p.149).
El símbolo
palpita en los comienzos de la aventura dialéctica del espíritu en
Asia, en la infancia, en Oriente. Aquí encontramos la primera forma
histórica del arte, del arte oriental, el arte simbólico, donde la
materia se sobrepone a la Idea; y se diversifica en múltiples
ornamentos, decoraciones, en las exuberancias de lo imaginativo. El
artista de la desmesurada imaginación india sacrifica su propia
personalidad (5). Por su parte, el poeta o el artista griego, como
veremos, sintetiza lo recibido desde la tradición con una
inspiración personal. Un efecto del libre uso de la medida y la
regla por el griego será la armonización entre lo material y lo
ideal. La armonía como proporción o equilibrio impide el exceso
apabullante de la forma. El artista del Oriente, en cambio, no crea
desde la libertad. Recibe una inspiración impersonal dimanada de
una divinidad vacía, genérica y abstracta. No es creador libre.
Así, "incapaz de dirigirse, se deja arrastrar a concepciones
que no tienen el carácter de la libertad, ni del carácter de la
belleza" (Hegel, 1985, p.179). El arte oriental es aún
incapaz de purificar la tosquedad e irregularidad de lo material
mediante el acuerdo de la Idea con la forma. Por lo que "no
puede levantar más que construcciones irregulares, sin armonía y
de raro aspecto" (Hegel, 1985, p.179).
Detrás de la inflamada
forma del arte oriental sobrevive "una concepción vaga y
oscura" de lo universal. El arte impregnado del simbolismo del
Oriente alberga un fondo habitado alternativamente por la naturaleza
con sus ciegas fuerzas, y lo espiritual degradado, malogrado en la
confusa personificación de "divinidades groseras" (Hegel,
1985, p.51).
En cambio, en lo
clásico griego, en la segunda forma histórica del arte, emerge ya
la Idea que vuelve sobre sí misma mediante una precisa y
equilibrada forma exterior. Desde su libertad, el artista elige la
forma que obrará como "manifestación exterior" del
espíritu. Merced a su elección o creación, el artista griego
domina lo material e imprime lo espiritual en la naturaleza. La
materia ya no existe sólo como elemento independiente, sino que se
consuma la identificación o integración entre lo espiritual y lo
sensible. Ambos términos se afirman y elevan dado que "en
lugar de neutralizarse mutuamente, ambos elementos se elevan a una
armonía más alta, que consiste en un conservarse en el otro
término, en idealizar y espiritualizar la naturaleza" (Hegel,
1985, p.152.). Ahora, el espíritu no permanece ya recluido en un
nebuloso trasfondo, sino que se determina y particulariza en la
materia. Y, más exactamente, la unidad entre el espíritu y la
forma material se cristaliza en el cuerpo humano que se convierte en
vehículo expresivo de la individualidad espiritual de los dioses
griegos. En su representación humana, las deidades manifiestan su
"libre subjetividad", su personalidad moral, grávida de
libertad (6). La individualidad de los dioses sólo puede consumarse
en la forma humana. Lo individual no significa aquí ninguna
separación o escisión respecto a lo universal. Lo individual se
concibe y reconoce como mediación de lo universal.
En su punto más alto,
la individualidad griega coincide con lo público, con lo general y
colectivo del orden social. El ciudadano griego se realiza a través
de la ley convencional (nomos). El nomos que existe en
unión con la physis. El individuo es libre sin que esa
libertad devenga falsa o vacía. Lo individual no se disuelve en el
absoluto inmóvil del Oriente, y en su despotismo
político-religioso (7). Los griegos "sólo buscaban su propia
libertad en el triunfo del interés general" (Hegel, 1985,
p.154). La individualidad libre del griego, con su integración de
lo universal y lo particular, se condice con el equilibrio
entre una forma individual y visible y la universalidad de cada uno
de sus dioses. La religión y la mitología griega convive con la
imagen sensible, particular y plástica de los dioses que introduce
el artista en el tiempo histórico. Así, "la
religión griega es la misma religión del arte" (Hegel,
1985, p.155). En la armonía de lo clásico griego, el arte no puede
ser separado de la religión. En la experiencia religiosa del griego
se intuye lo absoluto. En su arte se lo expresa a través de una
forma exterior y visible. La diversidad de la individualidad y de
las personalidades divinas no impide la aparición de la unidad del
espíritu. La universalidad divina coexiste con la multiplicidad
politeísta. Pero esta unidad no es todavía pensamiento que se
autocomprende, más allá de una mediación terrestre o sensible. La
belleza ideal se cristaliza por primera vez sólo en el arte
clásico griego. Pero, aquí, la Idea aún no se manifiesta como
infinitud, como "el pensamiento que se piensa a sí
mismo", lo absoluto que se autoconoce en su universalidad. La
Idea todavía se liga con lo natural o sensible, con lo inmediato.
Con el arte clásico
griego, "el arte alcanza el punto culminante de la belleza bajo
la forma de individualidad plástica" (Hegel, 1985, p.154). La
belleza plasmada en la estatuaria griega, lo bello del cuerpo
idealizado, hace que el dios repose con serenidad, gracia y dignidad
en la forma humana.
Y la individualidad
libre del dios visible requiere de la libertad creadora e individual
del propio artista. En la creación de la estatua, y también del
templo-santuario o casa del dios, o del canto, el poema o himno, el
artista une la tradición y la inventiva personal. El artista
helénico recibe el espíritu y su universalidad. La Musa lo inspira
y le dona esta experiencia. Pero también introduce su propia
elección de la forma y sus proporciones. La libre elección del
artista clásico siempre purifica la forma, impide el exceso
ornamental y la desproporción. Consigue así la medida, la
proporción, la forma sólida, clara y serena. La libertad
individual del creador griego es entonces lo contrario del estatismo
tradicionalista del artista egipcio. El inspirado griego no está
sometido a un tipo inmóvil y tradicional.
Entonces, en sus
orígenes, el arte (el arte del Oriente) se hallaba sumido en la
materia. El espíritu sólo late en lo lejano y aún no comprendido.
Luego, con el arte griego, la Idea asciende. Se iguala con la forma
que toma del ámbito natural. Pero que ahora se modela según el
dictado de lo espiritual. Sin embargo, el espíritu no emerge
todavía en su pleno saber de sí mismo. La forma material es aún
condicionamiento, sofocación, obstáculo. En su tercer momento
Hegel persigue la figura histórica del arte donde la Idea domina y
supera la forma. Sólo en este estadio el arte se libera del mundo
sensible y encuentra en el pensamiento el principio de su
existencia. Es así que "este desarrollo del espíritu, que se
eleva hasta sí mismo, que encuentra en sí, lo que antes buscaba en
el mundo sensible, constituye el principio fundamental del arte
romántico" (Hegel, 1985, p.159).
En esta etapa de su
desarrollo el espíritu ya no debe mostrarse y permanecer en la
visibilidad formal. Lo bello sensible será superado por lo bello
espiritual. La Idea tiene conciencia ahora de su condición absoluta
e infinita, de su independencia y libertad. Sólo una divinidad
y no ya "la pluralidad plástica" de los dioses griegos,
coincide con la universalidad del ser absoluto. Se supera así las
deidades paganas ceñidas a una personalidad individual. Por eso, la
Idea, desde su equivalencia con una divinidad infinita, debe
instaurar una nueva manifestación o exteriorización en la textura
del mundo sensible. Así, el espíritu "en lugar de quedarse
encerrado en las profundidades de su esencia, abre sus tesoros y los
desborda por la creación. De este modo presenta un aspecto
accesible al arte y susceptible de representación" (Hegel,
1985, p.161). Y dado que el hombre para Hegel es "la verdadera
manifestación de dios, el arte obtiene el derecho más elevado a
emplear la existencia humana, y, en general, las formas del mundo
sensible para expresar lo absoluto" (Hegel, 1985, p.161). Pero
esta permanencia de la mediación sensible no será, como luego
veremos, la de la imagen de la belleza corpórea helénica.
Pero antes de continuar
nuestra progresión hacia lo romántico, volvamos al momento
específico del arte griego. Esta forma histórica del arte es para
Hegel a su vez una "religión del arte", donde el hombre
se encuentra a sí mismo, se libera de la opresión de lo natural y
adquiere conciencia de sí. El arte de Grecia es conciente de lo
humano como valor superlativo que se une con lo divino. El arte
helénico obra como manifestación sensible de lo absoluto. Aquí
reina el arte del brillo divino en la figura humana y su dimensión
sensible. La religión de arte es reconstruida por Hegel en La
Fenomenología del Espíritu mediante la obra de arte abstracta,
viviente y espiritual; el desarrollo de estos tres momentos da como
resultado una reducción de lo divino a lo humano (8). Movimiento
que es invertido por el cristianismo donde Jesucristo ya no es el
hombre que representa a Dios, sino que es el mismo Dios el que se
encarna en la figura humana del Hijo. Lo divino y absoluto ya no
podrá expresarse así por el lenguaje figurativo del arte plástico
o lo poético. El movimiento desde lo sensible hacia lo absoluto o
divino será sustituido por la movilidad desde la interioridad hacia
la forma exterior y finita del Hijo. El arte antiguo griego así se
convertirá en una cuestión del pasado. El arte como manifestación
sensible de lo absoluto llega a su cumbre entre los griegos; muere o
deviene pasado por lo que "seguramente cabe esperar que el arte
no dejará nunca de elevarse y de consumarse, pero su forma ha
cesado de ser la exigencia suprema del espíritu" (9).
Sólo desde este sitio
Hegel habla de la muerte del arte, de su condición pasada. Y de la
necesidad, en el mundo moderno, de pensar sobre el sentido del arte
ya superado en su época de esplendor como belleza sensible. De ahí
que, en las costas de la modernidad, se deban construir los barcos
de una filosofía del arte. El arte como creación de la bella forma
ya aconteció. Y ahora sólo queda una reflexión filosófica sobre
la historia y el significado del arte que ya se ha cristalizado como
forma más alta de la expresión de la verdad.
El arte griego es
superado por lo romántico-cristiano, la tercera forma histórica de
lo artístico, que no es el arte del romanticismo decimonónico,
sino el de la espiritualidad medieval.
Así, un Hegel que
nunca se emancipa de sus orígenes teológicos, piensa el sentido
filosófico del arte romántico a través de la secuencia trinitaria
cristiana. Primero el dios padre, infinito, inmaterial se hace
hombre bajo la forma del hijo. El Hijo de Dios conoce el
sufrimiento, la tortura, el desgarramiento y el llanto en la
particularidad, en la finitud. Pero para luego regresar a la casa
del Padre, ahora enriquecido por la experiencia de su previa
manifestación en la variedad y precariedad del tiempo humano.
Y el cristiano aspira a
un encuentro con el Padre divino. Esta meta sólo se cristaliza
mediante la liberación de la prisión de lo finito. Para este fin,
el cristiano participa de la medicina espiritual del sacrificio, del
sufrimiento y la pasión crísticas. La muerte así adquiere una
expectativa de la que carecía entre los griegos. En la muerte puede
sangrar el fracaso de una definitiva caída. Es entonces preludio de
un castigo eterno, de la privación eterna de la felicidad. O la
muerte se dulcifica con un bien inminente. Morir es aquí iniciar el
salto a una bienaventuranza de ultratumba, a una gran recompensa
inacabable.
El sufrimiento y el
dolor, a diferencia de la serena apacibilidad helena, ahora tendrán
expresión en el arte romántico cristiano. Además, antes de su
ascensión, Cristo sufre rodeado por una multitud. Que disfruta y no
comprende el sentido de su padecimiento. La fealdad del alma sin
conocimiento e inspiración divina se convierte también en otro
elemento ineludible del círculo de representaciones del arte
romántico-cristiano. La primacía de la belleza sin mácula, de la
pureza sin resabio grotesco del arte griego, desaparece. Lo feo, la
tribulación, la agonía, son una arista legítima del arte en su
nueva fase. El arte ya no es apelación a la belleza como
supremo valor. La contemplación de la belleza visible que se
esparce en el cuerpo exterior del mundo no es la ladera donde se
eleva el ser. Ahora, en lo interior el arte romántico encontrará
su única bahía acogedora. La flor del arte abrirá sus pétalos en
la interioridad reflexiva de la Idea. El arte, que ahora satisface
"la interioridad subjetiva" del alma, sólo encuentra
"sosiego en y por el espíritu". Por lo que el "mundo
interno es lo que forma el contenido del romanticismo, y en su
calidad de interno y bajo la apariencia de esta interioridad recibe
su representación. Lo interior celebra su triunfo sobre lo
exterior, y afirma este triunfo negando todo valor a las
manifestaciones sensibles" (Hegel, 1997, p.142).
Lo sensible es ya sólo
vehículo para el ascenso hacia el espíritu. Que se impone sobre la
materialidad. En el ascender hacia la primacía de la espiritualidad
Hegel sitúa las catedrales góticas, momento descollante del arte
romántico-cristiano. La inducción de la mirada hacia las alturas
de los vitrales por las que fluye la luz es movimiento ascendente
que representa la salida del denso arco de lo material y exterior en
pos de la elevada interioridad del espíritu (10).
Pero la poesía es el
pináculo del arte romántico. Es el extremo de mayor espiritualidad
de una línea que comienza en la antigüedad con la arquitectura. En
la arquitectura antigua se inicia el lento camino de la emergencia
de lo espiritual a través de lo material. Lo arquitectónico
trasciende la irregularidad de las formas naturales y de la materia
inorgánica. En lugar de lo irregular natural comienzan a levantarse
los principios racionales de la simetría. La arquitectura construye
el templo, la casa del dios, el lugar para la comunidad de los
fieles. Y en el templo se erige la estatua de la divinidad, cima
culminante del arte clásico griego. "Es así como,
gracias a la arquitectura, el mundo inorgánico exterior experimenta
una purificación, es ordenado sobre las reglas de la
simetría" (Hegel, 1997, p.146).
Luego, en la escultura,
la forma se une con el fondo en un vivo equilibrio y expresa la
incipiente presencia del espíritu en el elemento material. Lo
espiritual asimila los materiales involucrados en la obra. Lo
corporal recibe la corriente infinita del ser. Los materiales se
purifican mediante la austeridad monocroma de la escultura. Así, la
escultura posee "el mérito de haber sido la primera en servir
de expresión al mundo interior y espiritual en su descanso eterno y
su independencia esencial" (Hegel, 1997, p.148).
En el ámbito del
arte romántico se agregan la pintura, la música y, en especial, la
poesía. Como ya observamos, lo romántico es emergencia de la
interioridad subjetiva. Los materiales de la creación artística
deben unir su particularidad con la dimensión interior de la
subjetividad del artista, lo cual abre paso a la interioridad del
espíritu (11). Ahora, en el orden de lo pictórico, el color, su
pigmentación sensible, no importa en sí mismo sino en tanto
expresión del sentimiento de la interioridad del artista. El color
no es ya natural, materialidad inmediata, sino el medio plástico
que expresa los estremecimientos del alma. Los contenidos de la
subjetividad se exteriorizan, se particularizan. Por el color vivo y
subjetivo, en la pintura romántica lo sensible se espiritualiza. En
lo clásico la materia y el espíritu se unían en armonioso
equilibrio. Ahora, lo material comienza a desvanecerse en el primado
de la espiritualidad. El ascenso del arte romántico hacia su propia
cima supone un proceso de lenta desmaterialización de la forma. La
disipación de lo sensorial continua por la vía del sonido. La
pintura despliega una idealidad de lo visual; lo sonoro se remonta
hasta una idealidad auditiva. En lo pictórico, lo visual y lo
sensorial aún poseen un peso significativo. En la música prevalece
el sonido, y lo sonoro remite al plano del movimiento y de las
relaciones entre los elementos que componen esa movilidad. En lo
musical el arte se manifiesta como espiritualidad abstracta que
trasciende la materialidad. Por eso, la música está fundada, como
la arquitectura, en relaciones racionales, y es "...el arte que
manifiesta la interioridad abstracta y espiritual del
sentimiento" (Hegel, 1997, p.152). La música se libera, en un
grado avanzado, del espacio y sus formas empíricas. Lo sonoro se
acerca a la idealidad. Así, el vasto espacio se transforma en un
punto, y ese "punto que continúa no es otro que el
tiempo" (Hegel, 1997, p.152). El arte se desliga y supera lo
sensible espacial por lo musical. El arte se espiritualiza aún
más. En este devenir, el sonido no expresará el "sentimiento
impreciso" sino que se "transforma en palabras, se
convierte en sonido articulado, preciso, en el cual su papel
consiste en expresar las representaciones, las ideas, en ser el
signo de una interioridad espiritual "( Hegel, 1997, p.53). Lo
sonoro es ahora signo de un contenido determinado por la libertad
del sujeto. La materia sonora recibe una significación ideal,
espiritual, interior. En el lenguaje, el sonido de las palabras no
es ya vibración física sino expresión espiritual.
La palabra, como
manifestación de la libertad del espíritu, alcanza su cenit en la
poesía. Como arte de la palabra articulada. Por la poesía, el arte
arriba a su más elevada espiritualidad. Lo poético ya no imita lo
exterior, ya no se ciñe a los límites de una forma material. La
poesía expresa la acción de la espiritualidad, lo universal
infinito e interior que se autodetermina. La poesía puede ser
pictórica, como en la epopeya; poesía lírica musical; o poesía
dramática. Que se bifurca en comedia y tragedia. Lo cómico es el
movimiento de una subjetividad sobredimensionada que corre y
destruye mediante la risa. En lo trágico, la subjetividad obra
desde el deber. La acción trágica propende hacia la
reconciliación con la justicia eterna. Pero esta fuerza
reconciliadora trasciende la palabra. Se precipita en el silencio.
Finalmente, el arte romántico será superado por una forma más
alta de reconciliación: la religión.
Pero antes de hacer
alusión al salto desde el arte a la religión, no olvidemos la
impregnación moral de lo artístico, esencialmente en su fase
clásica y romántico-cristiana. El arte actúa como fuerza
moralizadora. Como potencia purificadora de las pasiones. El
sentimiento concentrado en sí mismo pierde su intensidad cuando se
objetiva en las representaciones artísticas. En la antigüedad, las
plañideras mitigaban el dolor, y un parecido efecto morigerador de
la dolorosa vehemencia sentimental demuestra la poesía (12). Las
pasiones son señales de una condicionante presencia de la
naturaleza, de lo instintivo en el hombre. La unidad con la
naturaleza, en tanto igualación del hombre y lo natural, fija lo
humano en lo vulgar y en el salvajismo carente de reflexión y
espiritualidad. La representación artística de las pasiones
implica un grado de catarsis o purificación. La liberación de la
densidad pasional que surge de la representación artística es
bálsamo moralizador. Que disipa la pesada gravedad instintiva y no
racional. Así, el arte representa la integración de lo humano con
lo natural sólo a condición de "elevar al hombre por encima
de la naturaleza". Por lo que "el arte debe contener algo
elevado al que estén subordinadas las inclinaciones y las pasiones,
debe emanar de una acción moral, susceptible de alentar al
espíritu y al alma en la lucha contra las pasiones" (Hegel,
1997, p.55). El arte en su esencia ideal es elevación moral y
racional. Es emancipación del influjo sensorial, de la caída en la
densidad terrestre sin conciencia. En su máxima afloración, en su
norma clásica, y en la superación de lo romántico-cristiano, el
arte es preámbulo de la liberación de la necesidad natural. La
naturaleza debe ser superada en su oposición al pensamiento. En su
punto más radiante, el arte permite que la Idea traspase o supere
la dureza de la materia. Lo absoluto de la Idea brilla en la
materia, desde el equilibrio en lo clásico, o desde su
desvanecimiento en lo cristiano-romántico.
Y recuperemos ahora,
sí, la salida del arte en la religión. En el arte
romántico-cristiano la interioridad del espíritu se manifiesta
como intuición; aún no aflora el pensamiento. La transición hacia
el pensar pleno que se piensa o sabe a sí mismo es el pensamiento
representativo propio de la religión. En la religión, la idea
absoluta no se manifiesta mediante la imagen o la intuición, sino
por medio de la representación (vorstellung),
representación imaginativa o simbólica de lo absoluto. Pero sólo
con la filosofía lo absoluto llega a su más elevado concepto. El
espíritu absoluto es pensamiento que se sabe como totalidad. Sólo
en la filosofía el espíritu se manifiesta acabadamente como saber
absoluto (13).
II.
Una de las formas de la
crítica es la demolición argumental o la impugnación de un
discurso estigmatizado como falso o vacío. Frente a esta crítica
que impugna y derriba, que penetra en los supuestos errores de un
discurso rechazado, optamos por la intelección de las posibilidades
de sentido no pensadas por ese discurso.
A partir de aquí,
nuestro propósito no será recrear la estética pensada por la
genialidad hegeliana sino pensar lo no pensado o expulsado por esa
meditación.
Como ya lo hemos
observado, la reflexión estética hegeliana restringe el valor de
lo material y sensible a un momento necesario en el autodesarrollo
de la Idea. El espíritu navega entre el oleaje variado de sus
negaciones para luego regresar a la rica bahía de la universalidad
concreta, del pensamiento devenido para sí concepto que se sabe a
sí mismo. El valor parcial de la forma material desnuda su perfil
más dorado en el equilibrio con el fondo espiritual en la obra de
arte clásica. En su expresión histórica anterior, en el arte
oriental, lo material predomina sobre el espíritu. Un dualismo
momentáneo se impone. La Idea lucha por abrirse paso entre la
densidad de lo empírico. El espíritu batalla por resplandecer
sobre el lomo del dragón material. Pero el Oriente es la infancia,
la inmadurez del comienzo. Es el origen sin saber. En este inicio el
espíritu se extravía en el exceso ornamental y la rareza de la
arquitectura asiática y egipcia. El arte sofocado por la
hechicería de la sensualidad es sólo símbolo del espíritu
ausente; es oscura remisión a la Idea aún sumergida y distante. El
confuso arte oriental también es ilusión panteísta. Lo divino
aquí es la materia en su multiplicidad. La forma artística
oriental es así síntoma de la lejanía de lo verdadero, o del
espíritu obturado.
Y el arte del
Oriente es el reino de la arquitectura. Aquí, las formas del
espacio, las superficies, las líneas, "son...simples
cristalizaciones de las que el espíritu, el alma, está aún
ausente" (Hegel, 1997, p.154). Así, la arquitectónica egipcia
no debe deslumbrarnos. Porque la cultura del país de los faraones
sólo produjo "oscuros enigmas" (Hegel, 1997, p.151).
La multiplicidad
de las formas es vana hechicería de los sentidos. El embrujo
peligroso de lo sensorial. Lo divino disperso en la materia.
Panteísmo sin verdadero saber. Hegel construye un Oriente funcional
a su propia argumentación. Entiende la otredad oriental desde la
legitimación de una supuesta inferioridad, de una condición de
inicio o infancia.
Quizá, la
infravaloración hegeliana de las culturas del lejano y el cercano
Oriente nace del movimiento reflexivo de su pensamiento. Con
Descartes surge, en el horizonte moderno, la identificación entre
la verdad y la reflexión. La amplitud del espacio, la dispersión
sensorial en la multiplicidad de las formas, es extravío de la
conciencia, sofocación de la claridad lógica. Pérdida del ser.
Imposibilidad del saber. Por el contrario, el sujeto que vuelve
sobre sí conoce. El conocer es idéntico al autoconocimiento. La
conciencia que reflexiona descubre el pensamiento como esencia y
sustancia del sujeto. Descartes aún diferenciaba, como órdenes
distintos del ser, el entendimiento infinito y divino y el
entendimiento finito humano. Esta gradación dual del pensar
cartesiano, lo mismo que la dualidad de lo cognoscible y lo
nouménico en Kant, son superadas por Hegel. Por su pensamiento de
la totalidad. Que desconoce cualquier dualidad. Cuyos términos no
puedan ser reconciliados por una unidad superior. La totalidad sólo
reverbera en su más plena realidad mediante el acto de
autoconciencia y libre autodeterminación del sujeto absoluto. La
autonciencia se plasma en el pensamiento que se sabe a sí mismo
mediante su regreso o vuelta reflexiva sobre sí mismo. En la
reflexividad se realiza la Idea. Y la reflexión vive en la
interioridad. En la perspectiva hegeliana, lo interior encerrado en
su homogeneidad, es lo vacío y abstracto. El pensamiento que vuelve
sobre sí, desde la reflexión, necesita primero dispersarse,
particularizarse en la exterioridad, en la selva de las cosas y su
presencia sensible en el espacio. Pero la permanencia de la
conciencia en la multiplicidad de lo material es un peligro. Que
debe ser conjurado. La única legitimidad de lo sensible consiste en
brindar el escenario de la salida y pérdida del espíritu. Que
luego, desde una ineludible necesidad dialéctica, y desde un
movimiento reflexivo, regresa a la interioridad. Tras su aventura u
odisea por las aguas exteriores, el espíritu late en la
interioridad del pensamiento autoconciente. El pensamiento reflexivo
así atraviesa la densidad material pero, a la vez, la trasciende.
El espíritu necesita de lo material como una insoslayable
determinación pero, a su vez, es independiente de ella. Según
nuestro entender, a pesar de la voluntad monista del pensar
hegeliano subsiste un dualismo bajo la apariencia de la integración
dialéctica de los opuestos. Así, estamos en un terreno distinto al
panteísmo y monismo más auténtico de Spinoza. En el célebre
pensador judeo holandés la materia y su multiplicidad es la
extensión como atributo de la sustancia infinita. Lo absoluto no es
aquí lo que se sabe únicamente en la interioridad reflexiva que
sopla con su viento más vigoroso tras superar su dispersión en la
exterioridad. En Spinoza, lo infinito vive su realización en el
despliegue continuo, en su eterna e infinita propagación y
realización (14).
En el modelo de la
reflexión hegeliana, lo absoluto se despliega en lo exterior. Pero
para luego volver sobre sí. En su visión del Oriente, en cambio,
lo absoluto o la infinitud pretende permanecer desplegada y presente
en cada cosa. Pero una presencia sin interrupciones de una fuerza
espiritual absoluta tendría que significar una liquidación de las
formas, de sus medidas y límites. El absoluto en Oriente que vive y
perdura en lo exterior, se convierte en la disolvente y confusa
experiencia de lo sublime. Hegel estudia lo sublime en el arte indio
y mahometano. Oriente sería la detonación de lo sublime. Y lo
sublime es la infinitud que absorbe o supera lo particular en una
totalidad difusa. Lo finito se desacraliza entonces porque es lo insignificante
ante lo absoluto, lo ilimitado.
Si el estado más pleno
de la divinidad es la subliminidad, ésta siempre se retira de la
finitud. Su presencia, inmanente en las cosas, es paradójica: puede
crear lo material, lo particular, pero sólo para luego disolver lo
limitado y trascenderlo en una unidad indiferenciada carente de
determinaciones y figuras particulares.
Hegel piensa también
una absorción de lo finito por la infinitud. Pero, en su doctrina
dialéctica, la finitud nunca es disuelta, sino que se conserva como
determinación de lo infinito. Hay conservación y no desaparición
de lo particular.
En cambio, en Oriente,
lo sublime es la infinitud que disuelve lo particular. O que se
separa de lo finito. En esta última situación, lo sublime
introduce una distancia entre la forma natural y artística, lo
finito, y la totalidad infinita. La antigua religión de Abraham
también rueda en esta separación entre lo particular de las cosas
naturales y el hombre, y la divinidad ilimitada (15).
En todos los casos, el
pensamiento hegeliano piensa lo infinito desde el plano conceptual.
Es incapaz entonces de comprender la infinitud como presencia
sublime o fuerza ilimitada no conceptualizable. La lógica del
pensar hegeliano impide concebir un absoluto como plenitud ajena a
un discurso explicativo.
Pero, ¿no podría
existir un todo vacío, sin lógica, que no suponga falsedad sino,
por el contrario, la más intensa y abismal realidad?
En la visión hegeliana
sobre el Oriente no hay lugar para la comprensión de la fertilidad
de lo vacío. El Oriente del zen. Y la mayor profundidad del
arte oriental es quizá la que surge de su encuentro con el zen.
Donde lo vacío es máxima fertilidad y sentido. Y no una oscura
nada confusa.
En el zen, el
ser como lo infinito o absoluto no reclama ninguna justificación
lógica, ninguna fundamentación filosófica doctrinaria. Y mucho
menos un corpus de creencias o liturgia religiosa. Lo
absoluto es aquí una productividad de sentido no dividida por
ninguna oposición o confrontación introducida por el pensamiento
conceptual. La forma particular de una montaña, un árbol, o del
cuerpo humano, ya no debe ser pensada como la finitud anonada por la
infinitud de lo sublime. La forma es lo que invoca o sugiere la
presencia de un absoluto que no es concepto o fundamento lógico. En
el zen, el ser es enigmática profundidad abismal, ajeno a
toda dualidad entre lo finito o lo infinito determinado por un
análisis conceptual (16).
La visión hegeliana
sobre el arte de lo simbólico y lo sublime oriental no asume que la
sublimidad es indicación de lo que no es posible pensar. El modelo
de la totalidad como pensamiento reflexivo es incapaz de concebir lo
real como presencia impensable. Así, lo absoluto hegeliano es un
sistema o arquitectura conceptual, que no puede permitir a lo real
manifestarse como infinitud libre de las determinaciones
lógico-discursivas. Si la realidad sólo se autocomprende por la
mediación del concepto, no será posible el presentimiento
intuitivo en una forma material de una fuerza espiritual libre de
toda explicación. Lo sensible de la experiencia artística sólo
será significativa en tanto su sentido sea explicado o determinado
por una filosofía racional. Lo sensible será siempre una
mediación provisional para la acción superior del concepto. No
habrá lugar entonces para un Basho, el poeta japonés, que ante una
flor presiente la presencia poderosa de lo vacío (17). A su vez, no
podrá entenderse un arte donde lo sensible es lugar de un encuentro
intuitivo con una presencia divina y absoluta (18).
La percepción de la
forma donde refulge lo vacío no se restringe al arte zen oriental,
pues podemos encontrarla en numerosos destellos del arte de
vanguardia del siglo XX. Beckmann, el gran pintor expresionista, en
una famosa conferencia en Londres, en 1938, manifestó que "el
espacio y siempre el espacio es la divinidad ilimitada que nos rodea
y en la que nosotros mismos estamos contenidos". El espacio
así preexiste. Es infinito. Y vacío. Porque ninguna forma
particular puede obturar o cerrar su abierta y vacía profundidad.
El gran pionero del arte conceptual Ives Klein buscó también la
presentación artística de lo vacío. En 1958, exhibió una sala
vacía de una galería, pintada con inmaculado blanco. Allí, se
pretendía mostrar la emergencia de una fuente primaria de lo
energético, vital y creador (19).
El vacío de estirpe
oriental nunca se manifiesta plenamente. Por el contrario, el
absoluto hegeliano se manifiesta o muestra plenamente a sí mismo.
No queda lugar para una noche impensable, sin expresión. No hay
sitio para la danza ondulante de la serpiente del enigma. Hegel
aspira a la trasparencia completa de lo real. Escapa a su pensar la
posibilidad de lo enigmático como la osamenta más inasible y
sutil, extraña y plenamente desconocida del devenir.
La modernidad del
pensar hegeliano también excluye como no pensable la posible
identificación entre el hombre y el animal. El arte oriental se
complació en representar lo divino mediante múltiples formas
animales. El avance espiritual implicado en el arte griego, por
contrapartida, redujo lo animal a la alegorización de las
cualidades ético-espirituales de los dioses. Y encontró en la
forma humana la figura más bella y excelsa para la representación
artística de la divinidad. Sólo en el cuerpo humano, y en su
individualidad, lo divino pudo manifestarse para los griegos. Como
sabemos, para Hegel sólo la figura humana es mediación digna de la
divinidad. Lo animal, por el contrario, es vehículo de lo
instintivo, de la materia sin saber, de lo orgánico carente de
espiritualidad. Entre la forma animal y el fondo espiritual de la
Idea absoluta no puede existir comunión o equilibrio.
En su meditación sobre
el simbolismo de la Esfinge egipcia, Hegel destaca la lucha entre lo
animal y lo humano. La Esfinge "son cuerpos animales que
descansan, y en cuya parte superior lucha un cuerpo humano; aquí, o
allá aparece una cabeza de carnero, pero casi en todo lo demás se
advierte una cabeza de mujer" (Hegel, 1983, p.114). La Esfinge
egipcia denota que el hombre y su conciencia espiritual puja
por liberarse de la animalidad. Busca la espiritualidad, pero de
forma nebulosa, imprecisa; de ahí que lo real como espiritualidad
autoconciente no sea aprehendida aún, sino sólo simbolizada. Por
un oscuro símbolo como la Esfinge. La insuficiencia de lo
simbólico impide al espíritu mostrarse. La Esfinge es "por
así decir, el símbolo de lo simbólico mismo" (Hegel, 1983,
p.114). En el símbolo, y en la Esfinge como su máxima
simbolización, el espíritu todavía se recluye detrás de formas
animales. Y de un neblinoso enigma. El símbolo de la Esfinge está
impregnado por la inconciencia de lo animal. El enigma de la Esfinge
es lo monstruoso que obstruye el genuino alumbramiento espiritual.
Luego, por
Edipo, por lo griego, lo humano se emancipa de lo animal. Y entrega
la individualidad de su cuerpo y de su personalidad moral como medio
sensible para la manifestación del espíritu. Pero, en el horizonte
egipcio, "el espíritu humano trata de desprenderse de los
poderes tenebrosos y de la fuerza de la bestia" (Hegel, 1983,
p.114).
La igualación,
o aún la superioridad de lo animal respecto a lo humano, es
posibilidad no pensada en la filosofía hegeliana y, en términos
generales, en el pensamiento moderno e ilustrado. La superioridad de
lo humano respecto a lo animal es indisociable de la centralidad del
hombre en la naturaleza y el tiempo. Esta centralidad es una clave
sustancial del pensar hegeliano. La historia humana es centro
del desarrollo de la Idea. El hombre, y particularmente la cultura
europea del siglo XIX, es el punto más alto del devenir del
espíritu. El eurocentrismo se entrelaza aquí con un subrepticio
antropomorfismo. La importancia del antropocentrismo es reconocida
por Hegel en el ámbito griego y cristiano; aunque luego esta
primacía de la posición del sujeto humano es superada por la plena
autoconciencia de la Idea absoluta. El antropomorfismo sería un
momento del viaje, no la meta última. Para su realización, la Idea
necesita de la autoconciencia individual o colectiva en el plano
humano. En la Enciclopedia, y en relación con su filosofía
de la religión, Hegel asegura que Dios sólo es en cuanto se sabe a
sí mismo, y "su saberse a sí mismo es además autoconciencia
en el hombre, y el saber que el hombre tiene de Dios" (20). Lo
animal entonces, es siempre otredad que debe ser superada en su
carencia de conciencia y saber.
Sólo Nietzsche, luego
de Hegel, pensará lo corporal, lo biológico e instintivo animal,
como fuente primaria de la vida, anterior al concepto. El cuerpo es
un sabio desconocido que inventa al yo racional conciente como su
juguete (21). Y mucho antes, para la mentalidad mítica del antiguo
Egipto (poco comprendida por el análisis hegeliano), los animales
representan una alteridad donde lo no-humano del animal constituye
una forma de existencia más cercana a la divinidad, por su
sabiduría natural vinculada con su comportamiento seguro y repetido
(22).
Sin embargo, no
atravesaremos la estética hegeliana únicamente desde una
hermenéutica de lo no pensado. Porque también es indispensable
enfatizar sus núcleos radiantes. Y estos núcleos pueden ser
entendidos al advertir qué es lo pensado por Hegel, y no ya por
nuestra época. La estética hegeliana es estímulo para repensar lo
ya no pensado en torno al arte. Esto es: el arte como verdad de
alcance universal; como forma de purificación moral y elevación
espiritual. Y el arte, en su etapa romántica final, como
descubrimiento de una significación interior (que supera la mera
inmediatez), o la valoración de la dignidad estética de lo feo y
doloroso.
Hegel piensa el
arte como un momento crucial en la manifestación de lo real. El
arte como expresión de una significación que resiste y supera lo
efímero y relativo, o la sola subjetividad individual del artista.
Y esta postura, estimo,
elude el fácil reduccionismo de la estética hegeliana a la
declaración de la muerte del arte, tal como lo hace un muy
promocionado, y algo sensacionalista, crítico de arte
norteamericano contemporáneo (23).
El peligro de la
reflexión hegeliana sobre el arte es que el concepto, la filosofía
del arte, sustituya la experiencia estética, su condición
sensible, su enigma y su iniciativa creadora. La raya más peligrosa
del felino pensador hegeliano es la insaciable voluntad del
intelecto que todo pretende enjaezarlo en el lomo de lo racional.
Pero a pesar de sus excesos y encubiertos reduccionismos, la
concepción hegeliana del arte como manifestación de un sentido
universal puede ser un acicate. Un acicate para reencontrar el
perdido velamen de la experiencia artística como exploración de
una realidad amplia y trascendente.
En la sociedad del
presente y el futuro reposa lo no encendido. Lo real nunca termina
por encenderse. Y lo que espera encenderse todavía no puede ser
previsto por ningún sistema o por la exigencia lógica de ninguna
Idea omnímoda.
Lo no encendido llama
al artista para encenderse.
Lo que espera
encenderse aún es color secreto. Ningún concepto lo desnudará o
capturará.
Y lo secreto entrega un
nuevo rayo. Y calla.
El filósofo del
discurso niega o no advierte que ese secreto perdura. Por eso, el
artista seguirá caminando tras sus ecos. (*)
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, Arte y filosofía en Hegel, publican
anteriormente en Diaporías, Revista de ciencias sociales, número
5, noviembre 2995, Buenos Aires, pp
Citas:
(1) Aquí no es nuestra
pretensión una reconstrucción de la compleja totalidad del
pensamiento hegeliano. Nuestra explicación se restringe a los
elementos mínimos indispensable para la comprensión del desarrollo
de la variable específicamente estética de su pensamiento. Para
una ampliación de la lectura hacia la globalidad del pensar
hegeliano formulamos las siguientes recomendaciones: K. Rosenkranz, G.W.F.
Hegels Leben, Berlín, 1844 (ésta es aún la más importante
biografía de Hegel); H. Glockner, Hegel, Stuttgart, 1929-40;
K. Fischer, Hegels Leben, Werke und Lehre, 2 vols, Heidelberg,
1901; reed. Darmstad, 1963; W. Dilthey, Die Jugendgeschichte
Hegels, Berlín, 1921; W. Kaufmann, Hegel, Madrid, 1968;
A. Vanasco, Vida y obra de Hegel, Barcelona; G.R.G Mure, The
philosophy of Hegel, London, Oxford University Press, 1965; J.
Royce, El espíritu de la filosofía moderna, trad. esp,
Buenos Aires, Nova, 1947; H. Marcuse, Razón y revolución
(edición inglesa Reason and Revolution, Boston, Beacon,
1964); C. Astrada, La dialéctica en la filosofía de Hegel,
Buenos Aires, Kairós, 1970: Ernst Bloch, Sujeto-Objeto. El
pensamiento de Hegel, México, FCE, 1985; R. Valls Plana, Del
yo al nosotros, Lectura de La fenomenología del espíritu de Hegel,
Barcelona, 1971, J. Hyppolite, Génesis y estructura de
Fenomenología del espíritu, ed. Península; A. Kojeve, La
dialéctica de lo real y la idea de la muerte en Hegel, ed.
Pléyade; J.P. Laberriére, La fenomenología del Espíritu
de Hegel, México, FCE, 1985. Una edición española recomendable de
La Fenomenología del Espíritu, es la traducción de Roces
de Fondo de Cultura económica; con la misma traducción Lecciones
sobre la historia de la filosofía, México, FCE.
(2) Al referirse a lo
bello, y en el contexto de El Banquete platónico, la
sacerdotisa Diotima de Mantinea le manifiesta a Sócrates:
"Tampoco se mostrará a él la belleza, pongo por caso, como un
rostro, unas manos, ni ninguna otra cosa de las que participa el
cuerpo, ni como un razonamiento, ni como un conocimiento, ni como
algo que exista en otro ser, por ejemplo, en un viviente, en la
tierra, en el cielo o en otro cualquiera, sino la propia belleza en
sí que siempre es consigo misma específicamente única", en
Platón, El banquete 211A-d, Buenos Aires, ed. Orbis-Hyspamerica,
1983, p.93 (trad. Luis Gil).
(3) Ver G.W.F.Hegel, Introducción
a la estética, Barcelona, Península, 1997, p.23 (trad. Ricardo
Mazo).
(4) En este sentido
Hegel afirma: "...Sin duda que los poetas y sacerdotes no han
conocido jamás bajo forma abstracta y general los pensamientos que
constituyen el fondo de las representaciones mitológicas, y no es
por simple capricho por lo que han sido envueltos con el velo
simbólico. Pero no se sigue de esto que sus representaciones no
sean símbolos, ni que deban ser considerados como tales. Estos
pueblos, en los tiempos en que componían sus mitos, vivían en
estado eminentemente poético; expresaban sus sentimientos más
íntimos y profundos, no mediante fórmulas abstractas, sino
mediante formas imaginativas. Es así como las fábulas mitológicas
encierran un fondo racional de ideas religiosas más o menos
profunda", en Hegel, De los bellos y sus formas, op. cit,
p.145-46.
(5) Hegel afirma, como
suscripción de la ausencia de libertad en el Oriente: "Los
poetas y los sabios indios también tienen como punto de partida los
datos primeros, los elementos de la naturaleza, el cielo, los
animales, los ríos o la concepción abstracta de Brahma; pero su
inspiración es el aniquilamiento de la personalidad", en Hegel,
De los bellos y sus formas, op. cit, p.179.
(6) Sobre el trasfondo
antropomórfico griego primero y luego cristiano, Hegel manifiesta:
"Como el arte clásico representa la libre espiritualidad bajo
la forma humana, individual y corpórea, se le ha dirigido
frecuentemente el reproche de antropomorfismo. Entre los griegos,
Xenófanes atacó ya la religión popular diciendo que si los leones
hubieran tenido escultores, habrían dado a sus dioses la forma de
leones. Los franceses tienen para esto una frase espiritual "Si
Dieu a créé l'homme á son image , l'home le lui a bien rendu".
Pero es de notar que si, bajo cierto aspecto, la belleza clásica es
imperfecta, comparada con el ideal romántico, la imperfección no
reside en el antropomorfismo en cuanto tal. Lejos de ello, se debe
admitir que, si el arte clásico es suficientemente antropomórfico,
relativamente a una religión más avanzada lo es demasiado poco. El
cristianismo ha llevado el antropomorfismo muchos más lejos, pues
en la doctrina cristiana, Dios no es solamente una personificación
divina bajo forma humana, sino que es la vez verdaderamente Dios y
verdaderamente hombre. Ha recorrido todas las fases de la existencia
terrestre: ha nacido, ha sufrido y ha muerto. En el arte clásico,
la naturaleza sensible no muere, pero tampoco resucita; así, esta
religión no satisface el alma humana", en Hegel, De los
bellos y sus formas, op. cit, pp. 152-53.
(7) Sobre esto Hegel
afirma: "No estaban encadenados en la unidad inmóvil del
Oriente, que tiene por consecuencia el despotismo religioso y
político, y donde la personalidad del individuo se absorbe y
aniquila en la sustancia universal, sin tener ningún derecho ni
carácter moral. No llegaron tampoco hasta ese momento en que el
hombre se concentra en sí mismo, se separa de la sociedad y del
mundo que le rodea, para vivir retirado, no llegando a vincular su
conducta a intereses verdaderos más que volviéndose hacia un mundo
puramente espiritual", en Hegel, De los bellos y sus formas,
op. cit, pp.152-53.
(8) Sobre este proceso
ver capítulo VII, "La religión", de La Fenomenología
del Espíritu. En esta obra cumbre de la meditación hegeliana
la religión del arte adquiere tres momentos decisivos en su
progresión dialéctica: la obra de arte abstracta, viviente y
espiritual. En la obra de arte abstracta es primero la imagen
concreta de la estatua del dios. Es abstracta porque le falta aún
movimiento de la autoconciencia del artista. Por el lenguaje en los
himnos, la autoconciencia del artista se transmite a los oyentes. Lo
divino estático de la estatua se funde con lo divino móvil de lo
humano. Surge así el culto. En la obra de arte viviente, no ya la
mera estatua sino el hombre es la imagen viviente de la divinidad.
El hombre se une o eleva hacia la divinidad mediante las danzas
dionisíacas, o las fiestas olímpicas. En el atleta su belleza
corpórea deviene arte. En la obra de arte espiritual la religión
del arte no se realiza ya por el mármol de la estatua o el cuerpo
del atleta sino en el lenguaje y las formas de la epopeya, la
tragedia y la comedia. Finalmente, lo divino se degrada a la
condición humana. El antropomorfismo griego es superado por otro
antropomorfismo, el cristiano. Con el advenimiento del cristianismo
la figura de Jesucristo es la encarnación de la divinidad. Y en la
encarnación Dios "parece haber descendido de su eterna
simplicidad, pero de hecho es aquí donde alcanza primeramente su
esencia suprema...Lo más bajo es al mismo tiempo lo más alto; lo
revelado que aparece totalmente en la superficie es precisamente de
este modo lo más profundo", en Eusebi Colomer, El
pensamiento alemán de Kant a Heidegger, volumen segundo: El
idealismo: Fichte, Schelling y Hegel, ed. Herder, p.318.
(9) Citado en Martín
Heidegger, "El origen de la obra de arte", en Caminos
de bosque, Madrid, Alianza, 1995, p.69.
(10) Sobre la catedral
gótica Hegel manifiesta: "Como la tendencia ascendente ha de
manifestarse aquí como el carácter fundamental, la altura de los
fustes sobrepasa la anchura de su base de un modo que ya el ojo no
puede calcular: las columnas van adelgazándose, se hacen más
esbeltas y suben de tal modo que la mirada no puede abarcar de una
vez toda su forma, sino que se ve obligada a vagar y a remontarse,
hasta que se tranquiliza al llegar a las suaves líneas de la
bóveda en que convergen los arcos, como el espíritu del hombre en
oración, que, remontándose inquieto sobre el vuelo de lo finito,
sólo encuentra quietud al llegar a Dios" (citado en E. Bloch, Sujeto.
Objeto. El pensamiento de Hegel, México, F.C.E., 1985). Así en
el arte romántico-cristiano "la idea se abre paso por doquier
y triunfa sobre la materia, como en las catedrales góticas que se
alzan libremente en el aire, irguiéndose hacia el infinito. Lo que
constituye el fondo verdadero del arte romántico es, pues, la
conciencia que tiene el espíritu de su naturaleza infinita y por
ello de su independencia y libertad", en E. Colomer, El
pensamiento alemán de Kant a Heidegger, op.cit.,
pp.401-402.
(11) Sobre el valor de
la interior individualidad del artista como mediador de la
intuición de lo absoluto en el arte romántico, Hegel señala que
"...aunque la nueva tarea del arte (romántico) pueda consistir
sólo en llevar a la intuición, según esta figura, no el
hundimiento de lo interno en la corporeidad externa, sino, por el
contrario, el repliegue de lo interno en sí, la conciencia
espiritual de Dios en el sujeto. Los diversos momentos que
constituyen la totalidad de esta concepción del mundo como
totalidad de la verdad misma, encuentran ahora por eso en el hombre
su aparición, de modo que el contenido y la forma no surgen ni de
lo natural como tal, como sol, cielo, astros, etc, ni de la belleza
del círculo de los dioses griegos ni de los héroes ni de los
derechos externos producidos en el terreno de la eticidad familiar y
la vida política; sin embargo, es el sujeto viviente, individual en
su ámbito interno quien adquiere valor infinito, puesto que sólo
en él se despliegan en la existencia y se reúnen juntamente los
momentos eternos de la absoluta verdad, que es real sólo como
espíritu", en Hegel, Estética. La forma del Arte
romántico, Buenos Aires, Ediciones Siglo Veinte, 1983,
pp.23-24. La intuición del espíritu mediante el arte no depende de
lo exterior y sensible; por eso no hay lugar aquí para " lo
natural como tal, como sol, cielo, astros, etc, ni de la belleza del
círculo de los dioses griegos ni de los héroes"; y tampoco
hay sitio para el ámbito exterior "de la eticidad familiar y
la vida política".
(12) Sobre esta
condición de la poesía, Hegel sostiene: "Cuando un hombre es
capaz de componer una poesía, que tiene por tema la pasión que le
obsesiona, esta se hace menos peligrosa, pues, como hemos dicho,
objetivar un sentimiento es separarlo de su personalidad y adoptar a
su respecto una actitud más serena. Al desahogarse por medio de
poesías y cantos, el alma se desprende del sentimiento
concentrado", en Hegel, Introducción a la estética,
op.cit, p.53.
(13) En cuanto a la
función superior de la filosofía, Hegel destaca: "Esta es la
tarea de la filosofía, y su tarea principal, la de...mostrar que
los términos opuestos son en realidad tan intransigentes e
intratables como parecen, que la única verdad que se puede enunciar
a propósito de cada uno de ellos es que no es verdad en sí, sino
que la verdad de uno y otro sólo puede ser el resultado de su
conciliación, de su unión, de su armonía. Por un lado, existe la
libertad, por el otro la necesidad. La libertad es esencialmente un
atributo del espíritu; la necesidad es la ley de la voluntad
natural. El entendimiento mantiene la oposición entre los dos, y la
libertad misma no existe, puesta que está en lucha con su
contrario. Pero el hombre cree firmemente que esta oposición debe
ser reabsorbida; y, en cuanto a la inteligencia, la filosofía tiene
por misión demostrarle que la contradicción existe, está ya, tal
como es, reabsorbida por toda la eternidad, en sí y para sí; y que
la verdad es ésta: esta oposición es tal que no sólo es posible
reabsorberla, no sólo debe ser reabsorbida en un futuro más o
menos próximo o lejano, sino que su reabsorción está ya hecha, la
conciliación de sus dos términos está ya realizada, y únicamente
la inteligencia es la que busca aún la reabsorción en la
filosofía. La filosofía demuestra que la conciliación se efectúa
desde tiempo inmemorial; en todo caso, para la inteligencia, no
puede efectuarse más que por la filosofía", en Hegel,
Introducción a la estética, op.cit., p. 61-62.
(14) En la proposición
XI de su célebre Ética... Spinoza sentencia que "Dios
o la sustancia que consta de infinitos atributos cada uno de los
cuales expresa una esencia eterna e infinita, existe
necesariamente". La materia, el espacio, se vincula con la
extensión. La extensión es atributo de la sustancia infinita y
divina. Y según la proposición XXI: "todo lo que sigue de la
naturaleza absoluta de algún atributo de Dios, ha debido existir
siempre y ser infinito, o sea que, en virtud del mismo atributo, es
eterno e infinito", en Spinoza, Ética demostrada según el
orden geométrico, México, F.C.E, 1958. El ser en Spinoza así
es la sustancia infinita ya realizada. Lo exterior no es un momento
provisional en su desarrollo (que deba ser superado) sino una
manifestación permanente de su propia sustancia
eterna. Por supuesto que la posición de Spinoza para
Hegel representa un momento de insuficiente comprensión de la
lógica reflexiva de la Idea. Spinoza sería incapaz de trascender
el plano de la sustancia hacia la dimensión del sujeto.
(15) Hegel también
estudia lo sublime hebreo. En este contexto, el pensador alemán
afirma que "dentro del mundo creado... Dios no irrumpe como en
su realidad, sino que, por el contrario, permanece recluido en
sí... más lo creado es obra de Dios, que no tiene autonomía
alguna frente a Él; sólo está ahí, como prueba de su sabiduría,
el bien y la justicia en general. Lo uno es el amo sobre todo, y en
las cosas naturales no está su presencia sino sólo los accidentes
impotentes, los que pueden por sí mismos mostrar su esencia; pero
no dejará de aparecer. Esto constituye la sublimidad por parte de
Dios" (Hegel, Estética. La forma del Arte simbólico,
Buenos Aires, Ediciones Siglo Veinte, 1983, p.134). La separación
hebrea entre lo particular y lo infinito relacionada con la
sublimidad de Dios también puede explorarse en el texto juvenil
hegeliano "Esbozos para el Espíritu del judaísmo", en
Hegel, Escritos de juventud, Fondo de Cultura económica, pp.
221-237.
(16) La obra clásica
de iniciación en el zen es aún los influyentes escritos de
Daisetz T. Suzuki, como: Budismo zen, ed. Troquel;
Introducción al budismo zen, Buenos Aires, ed. Kier; o Ensayos
sobre budismo zen, Buenos Aires, ed. Kier. Nagarjuna fue uno de
los máximos pensadores indios de la antigüedad cuya pensar es
preludio de la meditación zen sobre lo vacío. Sobre su obra
puede consultarse: El budismo nihilista, Buenos Aires,
editorial Eudeba, del gran y casi olvidado hinduista argentino
Vicente Fatone; y también: Nihilismo budista. La doctrina de la
vaciedad, México, Premi editora, con varios textos de Nagarjuna
traducidos por otros grandes hinduístas sudamericanos: Fernando
Tola y Carmen Dragonetti.
(17) Sobre Basho
(1644-94), un gran poeta japonés del siglo XVII, y su experiencia
ante una humilde flor nazuna ver Daisetz T. Suzuki, "Oriente y
Occidente", Conferencia sobre budismo Zen, en Budismo zen y
psicoanálisis, México, Fondo de Cultura Económica, 1982, pp.
9-19.
(18) Un texto
fundamental, como fuente de la creación artística en el Antiguo
Oriente, en la India específicamente, es el Silpa- Savtras.
Una noción esencial de la estética hindú es rasa. Rasa,
la quinta esencia del gusto, es muy difícilmente traducible en
palabras. Quizás es asimilable a "lo que los romanos llamaron divinus
afflatus, el soplo divino que dota a la obra de una vida
inmortal" (Carmen García-Ormaechea, El arte indio, en
Colección Historia del arte, Madrid, 1989, p.61). En el Sahitya
Darpana, I, 3, el arte es definido como Vakyam Rsatmakamkayyam,
"el arte es expresión informada por la belleza ideal".
Rasa, "la belleza ideal", puede traducirse también como
"esencia", "tinte, o "sabor". El sabor, rasa,
o más estrictamente el acto de saborear, es la sustancia de la
experiencia estética. Esta aptitud es innata, no es consecuencia de
la imitación de acciones exteriores. Así, "la pura
experiencia estética es de aquellos en quienes el conocimiento de
la belleza ideal es innata". Este conocimiento es intuitivo.
Nace de "una única madre con la visión de Dios, es un estado
sensible, "imposible de analizar y, sin embargo, es la imagen
de nuestro verdadero ser" (Ananda K. Coomaraswamy, La
transformación de la naturaleza en arte, Barcelona, Kairós,
1997, p.44). La visión intuitiva, independiente de la mediación
lógica, inaceptable para el análisis hegeliano, es para la
tradición estético-espiritual india una forma de acceder al fondo
mismo de la realidad. Sin embargo, esta experiencia pre-racional o
emotiva no es esencialmente opuesta a la racionalidad, ya que un
principio esencial de la teoría del arte asiática sería "que
la experiencia estética es un éxtasis en sí mismo inescrutable,
pero en la medida que puede ser definida, una delectación de la
razón", en Ananda K. Coomaraswamy, La transformación de la
naturaleza en arte, op.cit, p. 50. Además, frente a la
afirmación hegeliana de la supuesta disolución de la
individualidad del artista en el arte oriental sería oportuno
recordar que en el Silpa- Savtras se dispone una exhaustiva
preceptiva para la creación que no supone el sometimiento del
artista a códigos de normas sofocantes, pues "el artista está
antes que las fórmulas de leyes con sus códigos sobre el
arte" (en C.G.O, El arte indio, op.cit., p.58).
(19) Ives Klein
transmitió su pensamiento estético en su Manifiesto del Hotel
Chelsea (1962). En 1958, en la galería Iris Clert, en París,
realizó su exposición El vacío. Por primera vez en la
historia del arte, se exhibía un espacio vacío de la galería,
pintado con inmaculado blanco. El espacio vacío era la única
instancia de contemplación. El vacío, lejos de ser una oscura nada
informe, sólo relevante como obstáculo para el conocimiento, es
una "zona de sensibilidad", donde el artista pretende una
"manipulación de las fuerzas del vacío" para mostrar la
condición del espacio como fuente primera, energética y creadora.
Antes de dedicar los últimos sietes años de su vida al arte
vanguardista, Klein fue un destacado adepto al yudo. Esta disciplina
oriental lo acercó a las nociones de ritmo universal y el poder
fecundo de lo vacío en el zen.
(20) G. W.F.Hegel, Enciclopedia,
III, párrafo 564, citado en E. Colomer, El pensamiento alemán
de Kant a Heidegger, op.cit., pp.414.
(21) En F. Nietzsche, Así
hablaba Zaratustra, Madrid, ed. Alianza, p. 61, se manifiesta:
"Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se
encuentra un soberano poderoso, un sabio desconocido, llamase 'sí
mismo'. En tu cuerpo habita, es tu cuerpo. Hay más razón en tu
cuerpo que en tu mejor sabiduría".
(22) Henri
Frankfurt, gran historiador de la religión del Antiguo Egipto,
asegura que "es innegable que hay algo extremadamente peculiar
en el significado que los animales poseían para los egipcios. En
otras partes, en África o en Norteamérica, por ejemplo, parece que
el terror a la fuerza animal, el fuerte lazo, la mutua dependencia,
entre el hombre y la bestia (en el caso del culto al ganado por
ejemplo), se explican la veneración animal. Pero en Egipto, el
animal en cuanto tal, independientemente de su naturaleza
específica, parece tener un significado religioso". Y más
adelante, para explicar el porqué que de la alteridad de los
animales en la experiencia religiosa egipcia, se esboza la
suposición de que "el egipcio interpretó lo no-humano como
sobrehumano, en concreto cuando vio la sabia espontaneidad de los
animales, su certeza, su comportamiento seguro y, sobre todo, su
realidad estática", en Henri Frakfurt, La religión del
antiguo Egipto, Barcelona, ed. Laertes, 1998, p.98.
(23) Nos referimos
aquí al promocionado diagnóstico "hegeliano" de la
muerte del arte contemporáneo de Arthur Danto, "El final del
arte", en El Paseante, 1995, núm. 22-23.
BUBLIOGRAFIA:
G.W. F. Hegel (1985) De
lo bello y sus formas, Madrid: Espasa-Calpe; (trad. Manuel
Granell).
G.W.F.Hegel (1997) Introducción
a la estética, Barcelona: Península; (trad. Ricardo Mazo).
G.W.F.Hegel (1983) Estética.
La forma del Arte simbólico, Buenos Aires: Ediciones Siglo
Veinte; (trad. Alfredo Llanos).
G.W.F.Hegel (1983) Estética.
La forma del Arte romántico, Buenos Aires: Ediciones Siglo
Veinte; (trad. Alfredo Llanos).
G.W.F.Hegel (1983) La
fenomenología del Espíritu, Buenos Aires: Fondo de Cultura
económica; (trad. Alfredo Llanos).
G.W.F.Hegel (1978)
"Esbozos para el Espíritu del judaísmo", en Escritos
de juventud, Buenos Aires: Fondo de Cultura económica.
Platón (1983) El
banquete, Buenos Aires: ed. Orbis-Hyspamerica; (trad. Luis Gil).
E. Bloch (1985) El
pensamiento de Hegel, México.
Eusebi Colomer, (1995) El
pensamiento alemán de Kant a Heidegger, volumen segundo: El
idealismo: Fichte, Schelling y Hegel, ed. Herder, p.318.
Spinoza (1958) Ética
demostrada según el orden geométrico, México: F.C.E.
Carmen
García-Ormaechea (1989) El arte indio, Madrid: en Colección
Historia del arte, Madrid.
Ananda K. Coomaraswamy,
La transformación de la naturaleza en arte, Barcelona:
Kairós.
F. Nietzsche, Así
hablaba Zaratustra, Madrid, ed. Alianza
Henri Frakfurt (1998) La
religión del antiguo Egipto, Barcelona: ed. Laertes.
|