El poder es selva de múltiples follajes. Sus flores suelen ser
oscuras y sofocantes. Aquí no les propondré una travesía entre las
diversas vegetaciones que pueden brotar de la compleja noción del poder.
Sólo
quisiera hurgar en un rincón del universo selvático del poder donde
quizás resplandece una ruptura, una resistencia. Resistencia ante el
impulso dominador que siempre amenaza y acecha nuestra
libertad.
Me gustaría hacer rodar esta proposición: algunas de las posibles resistencias al
poder se relacionan con la respiración que se derrama y la burla o salida de las
formas que sofocan. Para desplegar y explicar esta
afirmación apelaré, de manera muy puntual, al mundo del mito y la
poesía indígena americana. Muchas otras fuentes de ejemplos serían
posibles. Pero, por razones de brevedad, en esta noche elegiré sólo
dos reverberaciones: la poética de Nezahualcoyotl y la creencia ona
en la inmortalidad.
A través de estos dos instantes nos abriremos entonces a un contra-poder
que libera y se resiste al poder que sofoca y domina.
El poder suele multiplicar las formas. Crea todas las leyes, armas y
estrategias de control necesarias para su labor. El hombre político
busca emplear y consolidarse en esas formas para profundizar su
capacidad de sujetar y dominar.
Pero hay una realidad que escapa a ese dominio...
En el antiguo México, reinó Nezahualcoyotl
(1). Gobernó la ciudad de Tezcoco. Fue el sujeto detentador de la máxima
autoridad. Y fue también poeta. Como hombre político, su misión
debió haber consistido en aumentar y consolidar las formas de
dominación. Pero, por el contrario, fue artífice de una política de
rupturas y resistencias. No creyó en la arraigada institución del sacrificio
azteca. Nezahualcoyotl no hallaba en el sacrificio una energía mística
contenida en el corazón humano que luego pudiera alimentar al sol.
El sol: la divinidad radiante y visible. Un poder tangible como la
realeza del trono que los súbditos debían respetar. Nezahualcoyotl
comprendió
que su propósito esencial no era exigir veneración a un autocrático
poder humano. Lo verdadero no era tallar un trono resplandeciente
sino venerar a una fuerza lejana. Una fuerza divina
que vive por encima del hombre del poder político. Nezahualcoyotl se
convirtió
en voz poética que le cantó a esa fuerza que es el supremo Dador
de Vida, un dios único, sin cuerpo humano ni ninguna figura que lo
limite. Este dios es intloque in nahuaque, "el
señor del cielo y la tierra". Este Dador de la Vida de Nezahualcoyotl
es continuidad de la divinidad tolteca Ometéotl que, en antiguo
nahuatl, es yohualli-ehecatl, "indivisible e
impalpable"; es ipalnemuhuani, "aquel por
quien se vive", y Mogocuyan, "el que a sí
mismo se inventa".
El oro y las armas de los príncipes poco o nada son, en realidad,
ante la fuerza sin figura que crea todas las formas. Así, el rey
poeta cantó a otros que, como él, respiraban desde un trono:
"Tenedlo entendido: /tendré que dejaros, oh amigos, oh
príncipes/ nadie vale nada ante el Dador de la Vida, él nos va
quitando todo, él nos va arrebatando/ su fama y su gloria en la
tierra" (2).
El poder autoritario se
autoencierra en la fantasía de un universo seguro y controlado. Pero
este mundo bajo el ojo escrutador del poderoso es atravesado por una
fuerza sin forma. Que crea las formas. Por un dios desconocido.
"El supremo Dador de vida" lo llamaba el rey de Tezcoco.
Dios que no puede ser conocido por alguna señal visible del mundo
natural. Sólo se manifiesta en lo audible mediante la palabra. Una
palabra invocadora de poeta. Es un dios que únicamente acepta mostrarse en
el altar del oído poético, no ante la mirada que busca el control de
los hombres o de la naturaleza. El político poeta Nezahualcoyotl sabía que hay
una fuerza, el dios oculto, que no puede ser controlado por el aguijón humano del
poder, y que se burla de los poderosos que exigen ser reconocidos
como artífices y jueces supremos.
Detrás de las formas inmediatas y visibles, vive así una fuerza que
es la inicial y auténtica generadora de vida y potencia. En Nezahualcoyotl el
propio hombre político se entrega a esa fuerza. A ese poder por
encima de su poder. Se resiste a reproducir la ilusión del poder
humano como palacio sólido y eterno. Así, "Coyote
hambriento" le asegura a todo rey:
"Caído el cetro de tu helada mano/ la vida entregarás con el
imperio/ al dios omnipotente y soberano" (3).
En Nezahualcoyotl late un ejemplo de burla
del poder humano y sus redes de formas para controlar, sujetar y
dominar. El antiguo rey poeta mexicano dibuja una burla, artística y religiosa a la vez,
de las formas de la dominación humana.
El dios desconocido entonces siempre danza, crea y canta, a través de las
grietas de los tronos y de las apetencias de control global de la
Casa Blanca.
La segunda forma de poder que resiste la encontraremos en lo que
llamaremos la respiración derramada o difundida. De
nuevo, son vastos los ejemplos que podríamos convocar para esta
manera de la resistencia. Sólo acudiré aquí a una ilustración
procedente de un digno pueblo patagónico ya extinto.
El poder autoritario domina no sólo mediante el control físico de
las formas sino también mediante la imposición al hombre de una determinada
imagen de sí. El capitalismo y el racionalismo modernos han marcado en
nosotros el ideal del sujeto de la planificación lógica de la
existencia, el sujeto que se realiza como individualidad resonante,
como un nombre propio que obtiene éxito y reconocimiento de la
sociedad. El hombre se plasma en tanto
brilla como un sol individual. Particular. Este ideal de yo
particular y resplandeciente sólo necesita de los otros en tantos
instrumentos para sus propios fines. Y no necesita ya, ni siquiera
desde una manipulación instrumental, de la naturaleza. Su hogar y su
destino no está en florecer a través de la contemplación de la
amplitud de la tierra y el cielo.
El individuo moderno es tanto
más
floreciente cuanto más reluce su nombre individual, su marca
personal. Esta idea moderna del sujeto realizado es un respirar para
acumular aire propio. Importancia personal. No para derramarse y
unirse con las formas llameantes de la montaña, el lago o la
estrella.
El poder que disciplina en la modernidad del triunfalismo
individualista y los massmedia, convence al individuo de que sólo es
si su nombre irradia una música más resonante que la de los otros.
Cultivar el propio nombre es obtener aire para retenerlo. Para
acumularlo en los pulmones del propio ego.
Entonces, derramar el propio aire, propagarlo, sería un itinerario
posible de resistencia al poder que ordena la exacerbación de los
egos. Y
meditar en la forma de realización individual en una cultura arcaica
puede ser un estímulo para superar el aire retenido en el
propio ego y recuperar una respiración donde existe el goce y la
posibilidad de derramarse más allá del propio nombre.
Entre los onas encontramos una muestra de respiración que se
derrama. Distinto entonces al aire retenido del
individualismo moderno.
Los onas veneraban a sus antepasados. A los seres míticos
llamados howin. Ellos vivieron en el comienzo. En la
época donde todo era más pleno, llameante y bello (4). El dios de
los onas, lejano y misterioso, era Temaukel. Él, lo mismo que el Dador de Vida de Nezahualcoyotl, carece de forma, pero creó nuestro
mundo de líneas y figuras. Y Temaukel envió al héroe Kenos, quien
bajó a la tierra a través de una cuerda que se descolgaba del
centro de la cúpula celeste. Kenos inventó el Sol y La luna. Y, con
barro, creó a los hombres, los onas que, desde entonces, habitaron
la Isla Grande de Tierra del Fuego en el sur de la Patagonia. Y les
dio el fuego y la civilización. Les enseñó a reproducirse y a
venerar a los ancianos. Y cuando su misión se cumplió, Kenos se
marchó.
Tres ancianos lo acompañaron.
Y los seguidores del héroe divino durmieron una vez. Y ya no
despertaron. Sus corazones se detuvieron. Pero su último hálito
vital se derramó y se transformó en las estrellas y los
planetas que resplandecen en el cielo del profundo azul que palpita
sobre la Tierra del Fuego.
Y los otros ancianos que se durmieron en el tiempo mítico del
comienzo ya no despertaron. Y entonces su aire se derramó para
convertirse en un cerro, un pájaro o una cascada.
Al morir, el aire de los antiguos onas del comienzo se expandía,
se derramaba para ya no ser limitada forma humana. Para ya no ser un
cuerpo sin inmensidad ni alas. Al final, el aire del hombre se
expandía y se convertía en una montaña, un río, o una estrella.
Sólo así el ona devenía inmortal. Y se realizaba, brillaba
plenamente como un aire que se ha derramado para ya no respirar el
oxígeno enrarecido que se retiene en la pequeñez del propio ego.
Ahora, lo humano respira desde la inmensidad del agua, la tierra o
la cúpula tachonada por los astros titilantes.
Este aire humano que se expande y se incendia de plenitud al derramarse en
la naturaleza es, aún hoy, otra silenciosa resistencia al poder que
domina. Ese denso y selvático poder que se complace en crear bosque
de formas. Que sofocan y matan.
Y al que seguiremos resistiendo.
Muchas gracias!
CITAS:
(1)
Nezahualcoyotl fue el rey de Tezcoco. Vivió entre 1402 y 1472. Sus
cantos y el pensamiento que vive en ellos lo convierten en uno de los
personajes más extraordinarios del México Prehispánico. Para
adentrarse en su honda huella filosófica y poética recomendamos
el clásico estudio de José Luis Martínez: J. L. Martínez, Nezahualcoyotl.
Vida y obra, México, Biblioteca América, Fondo de
Cultura Económica. Este estudio incluye buena parte de los cantos
del rey poeta. Entre ellos sobresale su poema arquetípico:
"Nos enloquece el Dador de la Vida", donde se le canta al dios único y
oculto que se inventa a sí mismo.
(2)
J.L. Martínez, op. cit., ver el poema "Dolor y amistad",
en p.206.
(3)
Ibid, en apéndice, ver poema "Vicisitudes humanas", p.
267.
(4)
Para adentrarse en el estudio de la cultura ona es una
recomendación indispensable: Anne
Chapman, Los selk'nam. La vida de los onas. Buenos
Aires, Emecé. Respecto a este
pueblo, también son fundamentales las obras de Martín Gusinde (Los
indios de Tierra del Fuego) y Carlos Gallardo (Los onas).
Asimismo, puede consultarse: Arnoldo Canclini, Leyendas de Tierra
del fuego, Buenos Aires, Planeta.