Desde
la tragedia griega el teatro
supo ubicarse vinculado a valores trascendentes. Las vanguardias
teatrales de este siglo retomaron el concepto de catarsis para
pensar que el espectador podía crecer como persona expuesta
su mirada a la escena. La crueldad, la violencia o la oscuridad
aparente de las escenificaciones servían a un propósito mayor
de purificación. Nombres como Antonin Artaud, Ionesco,
Tadeusz Kantor o Peter Brook se ocuparon de dejar
de lado el naturalismo y trabajar sobre contenidos irracionales
para llevar a cabo una gesta estética cuyos objetivos más profundos
eran la transformación del hombre. En Buenos Aires El Periférico
de Objetos parece recoger el espíritu esencial de esta búsqueda.
El Periférico de Objetos
intenta transformar al espectador al mostrarle "lo inesperado",
la imagen que no espera ver. Lo irracional, para ellos, sirve
de llave para trabajar con rigor artístico sobre aspectos conflictivos
de la condición humana. La marca del grupo, conformado por Daniel
Veronese, Emilio García Wehbi, Ana Albarado,
Alejandro Tantanián y Román Lamas es la particular
combinación del teatro de objetos con el de actores; generando
una ritualística escénica única. Ganadores de múltiples premios
e invitados permanentes de festivales internacionales, su lugar
privilegiado al frente del teatro argentino más experimental
justifica un acercamiento a la base teórica y vivencial de su
estética.
(*)
Esta
entrevista al Periférico de Objetos fue realizada en el año
1996 por una verdadera necesidad personal de conocer de cerca el
ideario y las vivencias de una agrupación que siempre sentí como
una de las pocas del ambiente realmente ligada a la búsqueda
de valores trascendentes. Fue publicada sólo parcialmente en un
suplemento cultural del periódico regional El diario de Morón.
Diego
Oscar Ramos, nuevo y entusiasta colaborador de Temakel, comparte con nosotros
también una muy valiosa entrevista con Hermeto
Pascoal
y el músico argentino Pedro
Aznar.
La
vida de las marionetas
El
rostro del muñeco exhibe angustia, encerrado en un hogar-prisión
en el que van apareciendo puertas o ventanas. Un panteón de
dioses crueles le ofrece estas salidas, las manos que lo mueven
son las mismas que lo condenan. Las puertas desaparecen cuando
van a ser abiertas, las ventanas retroceden cuando conducirían
al escape. El rostro nos observa sin ojos, reclamando ayuda en
su desesperación muda. Vemos a los manipuladores, pero no
dudamos de la vida y sensaciones del muñeco. Los hilos los
buscamos en nuestra espalda, temiendo sentir las manos desnudas
e invisibles que nos dan movimiento. Es sólo teatro, sugiere la
conciencia tranquilizadora, pero no podemos dejar de sentir que
algo está sucediendo, algo nos está impactando.
-
Siempre me impresionó en sus obras - pienso particularmente en la
escena de "Variaciones sobre B." del pequeño hombre
imposibilitado de escapar del encierro - la forma en que un muñeco
con sus manipuladores a la vista puede conmover y hasta cargarnos
de angustia. No es común encontrar puestas de teatro de objetos
para adultos que provoquen estas reacciones ¿Cómo explican el vínculo
que logran con el espectador?
-
Daniel Veronese: El espectador deposita en el muñeco que cobra
vida todos sus fantasmas y sus deseos. Uno siempre se identifica con
el más sufrido. Cuando manejamos objetos pensamos que hay una víctima
y un victimario y quien te da la posibilidad para acceder a algo es
el que te lo puede sacar. El muñeco de esa escena está tomado con
las manos, no hay guantes, ni otro efecto de ocultamiento; uno ve
que el objeto en realidad está movido, pero por momentos cree que
está vivo y eso produce una sensación siniestra. Un objeto
inexplicable, escandaloso y perturbador, que por momentos está
muerto y por momentos cobra vida. Invadimos algo que nos permitió
entrar en otro terreno, que es el montaje del espacio corporal del
actor con el espacio corporal del objeto. Hay una zona entre los dos
cuerpos que no tiene representatividad en la cotidianeidad. Cuando
esta relación está vivida como real, como posible, es cuando se
produce esta ambigüedad, esta magia.
-
Emilio García Wehbi : Nuestra
búsqueda estética tiene que ver con la creación de un campo tenso
dramático escénico que permita al actor y al objeto interpretar y
generar un vínculo entre ellos y el espectador. Y así provocar
diferentes corrientes de lectura y apreciación por parte del público.
Que conformen una totalidad el objeto y el actor y al mismo tiempo
tengan identidades separadas. Esto se logra generando un campo específico
de tensión entre el objeto y el manipulador.
-
La magia de esa zona nueva y contradictoria que se genera en la
interacción del actor manipulador y el objeto, ¿no presenta un carácter
ritual?
-
Alejandro Tantanián : Sí,
es algo ritual, es el aquí y ahora del objeto. Esa fascinación
del espectador tiene que ver con los rituales de presentación. En
el vínculo que establecemos estamos presentando un objeto, no
representándolo. Aparece un objeto y tiene la contundencia de la
presentación. Es una percepción inmediata y unívoca;
independientemente de todos los significados que pueda tener después
o las posibilidades de pensamiento que genere. El hecho de que se
presente tiene un carácter ritual.
-
E.G.W.: Pero además
tiene que ver con nuestra estética. Es un ritual previo al momento
de escenificación, y se da específicamente en el vínculo que
logramos con el objeto. El ritual que tenemos con ellos es muy
fuerte y se ve en la escena. Hay un rito interno con un código muy
específico, indescifrable para el que lo mira de afuera, que es lo
que nos hace sobrevivir. Estos personajes tienen nombres y una
historia con la que jugamos constantemente y esto forma parte de
nuestro imaginario, de nuestra realidad. Trabajamos sobre un
personaje fantástico, lo destacamos como tal, y lo presentamos;
pero es real. Nuestro ritual se da cuando jugamos con los muñecos.
-
Román Lamas :
La base es jugar con lo que genera el muñeco en sí, que
simplemente al verlo te da una sensación de inocencia, o despojo.
Quizás un actor asumiendo un personaje te genera una distancia. El
objeto te deja acercarte mucho, lo que te permite tenderle muchas
trampas al espectador.
-
¿Cómo se combina ese ritual lúdico con la racionalización en la
creación de sus puestas?
-
E.G.W. :
Nuestra forma de construir espectáculos es muy inconsciente y muy lúdica.
Tenemos un período de prueba, de experimento, de jugar con lo que
se nos ocurre, lo que encontramos en la calle, lo que compramos.
Todo este tipo de cosas se van juntando y van armando un
rompecabezas que después se ordena. Pero el trabajo siempre es muy
libre, el ordenamiento siempre se empieza a hacer sobre el final.
-
R. L. : Hay
mucha diferencia con lo que hacemos en los ensayos, hay una depuración
que es lo que queda de todos los trabajos, pero en sí estamos
haciendo un juego. Estamos jugando dentro del caos.
El
objeto y la muerte
Daniel
Veronese acepta un antecedente en Tadeusz Kantor para su estética
teatral, sobretodo en el uso de muñecos antropomórficos de
tamaño real. El director teatral polaco, fue uno de los
primeros en trabajar con actores y muñecos y explotar la
sensación de muerte de las cosas. Para él un maniquí era
"un objeto provocativo, irónico, una burla despiadada al
hombre, que se asemeja a la muerte a través de la ausencia del
alma." Este uso de lo ambiguo de los objetos, por lo que
son, por lo que sugieren o lo que evocan parece clave en la estética
de El Periférico.
-
Hay unas estrellas permanentes en sus espectáculos, las muñecas
de cerámica, que tienen una carga un tanto siniestra...
-
R.L.: Lo
inanimado es siniestro. Este tipo de muñecas de cerámica las veía
en las casas antiguas arriba de las camas viejas. Tienen el peso
de la muerte, es terrible. Hay toda una carga de fantasía que
pone el espectador sobre el objeto y lo resignifica.
-
¿Puede verse en sus espectáculos un trasfondo de trascendencia, de
búsqueda quizás metafísica?
-
D.V.: En nuestra
estética hay una trascendencia porque estamos trabajando sobre la
muerte. Eso lo da principalmente el objeto, luego lo que uno pueda
hacer él deviene del discurso periférico. Queremos expresar una
situación de periferia, de zonas entre la vida y la muerte, entre
el bien y el mal, la posibilidad de ser víctima o victimario.
Alguien puede hacer un espectáculo totalmente optimista, que
muestre que la vida en realidad es mucho más fácil de lo que es y
otro puede tener otro tipo de optimismo, al mostrar el lado
realmente peligroso de estos vínculos. Yo soy una persona
optimista, si fuese pesimista no haría teatro. El teatro me permite
por catarsis expulsar los fantasmas. Hay quienes ven en nuestros
espectáculos una poética sobre lo trágico que les permite cierto
aire nuevo que por momentos es más optimista que un espectáculo
que se dice optimista. Que la gente salga movilizada, de una forma
completamente distinta a la que entró al teatro es algo muy
importante. Si una persona sale con dolor de estómago eso es bueno
también.
-
¿Cómo se vinculan personalmente con el trabajo sobre zonas oscuras
y siniestras?
-
E.G.W. : Cada
uno se vincula en formas diferentes con lo que le toca hacer en los
espectáculos, con sus contenidos. En mí "Máquina
Hamlet" funciona a niveles de catarsis. Si estoy
deprimido o vengo mal, terminó el espectáculo y ya no estoy
deprimido. Genero un espacio donde puedo volcar mi propia mierda en
el espectáculo, que es lo que propone el autor mismo. A mí al
menos me sirve a cierto nivel terapéutico.
El
arte y la realidad
El
arte pisa un terreno pantanoso. Sobre una contradicción
esencial se basa la estética que se plantea un objetivo de
cambio. Cómo un héroe trágico, el artista conoce su
imposibilidad, pero no espera con quietud resignada; lucha hasta
el final sabiendo que el destino tiene la última palabra.
-
Pensar en la angustia como móvil de lo teatral habla de la
posibilidad del arte de transformar al espectador y en un segundo
sentido a la realidad. "Máquina Hamlet" en sí se
plantea como una duda trágica sobre las posibilidades concretas
de transformación. ¿Cómo sienten esta problemática del arte?
-
D.V. : Se
puede acabar el arte y lamentablemente el mundo no se acaba. Es
otro golpe narcisista hacia nosotros, es una contradicción que
llevamos adentro, y nos preguntamos como artistas qué hacemos
para cambiar las cosas. Creo que lo que podemos hacer es cambiar
nosotros, quizás alguien sale cambiado del espectáculo. Mostrar
nuestras contradicciones, lo superfluo que puede ser nuestra
profesión. Para nosotros Máquina Hamlet nos tocó desde el lado
del intelectual, el que protesta desde la escena o desde un papel
y es incapaz de accionar. Qué pasa, hasta cuando uno va a seguir
aguantando. Es la pregunta de cómo uno se dedica al arte,
mientras la gente se muere de hambre.
-
E.G.W.: Es absurdo
generar arte y tener la petulancia de que va a modificar cualquier
cosa de los seres humanos. Es un poco ambicioso a través del teatro
modificar lo que la historia de la humanidad no ha logrado
modificar, que es el hombre. Esa es mi visión pesimista de la
historia. Esto te lleva a un sinsentido que sin embargo te obliga a
trabajar sobre él. Desde lo conceptual o desde lo profundo no puedo
encontrar una respuesta a la pregunta de por qué hago arte, ni
tampoco por qué no dejo de hacerlo. Elijo hacerlo en determinado
contexto, dónde lo hago y con quién lo hago. Pero sirve que al
menos se modifique el estado de ánimo del espectador. Como me pasa
a mí, que el espectáculo para bien o para mal modifica mi estado
de ánimo.
-
A.T.: Es una
situación muy incómoda, porque aquel que está haciendo teatro
comercial no tiene contradicciones o las obvia. En algún punto lo
que nosotros hacemos tiene un grado de contradicción muy alto. Es
un grado de privilegio, porque estás subido a un lugar haciendo o
diciendo algo totalmente innecesario, pero a su vez absolutamente
imprescindible para uno. Y cómo se conjugan estas dos cosas es la
temática más profunda del texto de "Máquina Hamlet"
cuando en un momento dice "estoy a ambos lados del frente,
entre los frentes, por encima". La pregunta es en qué lugar
está el artista; y no hay respuesta.
La
bala en el espectador
El
Periférico no busca un público complacido, juega con él,
pretende perturbarlo. Incluso exhibe en la escena su conflictiva
relación con él. En "Máquina Hamlet" un muñeco de
tamaño real permanece en primera fila, entre la gente, es uno más
de la audiencia. Casi al final un sorteo indica que ese
espectador muñeco ha sido elegido para incluirse en la escena.
Su suerte es fatal, el muñeco espectador es asesinado. Su
cuerpo es sometido después a una lluvia de dardos. Símbolo
oscuro, humor negro, burla de la relación que el teatro de lo
irracional puede lograr con el espectador incauto. En
"Circo negro", se suprime su participación a través
de grabaciones que lo reemplaza o lo manipula, ellas imponen las
reacciones adecuadas a los distintos estímulos de la escena.
-
Sus obras están plagadas de juegos irónicos con el espectador,
como si quisieran hacerle explícito que se trata de un teatro que
no le hará grata la estadía, que no le entregará diversión
gratuita, sino que se trata de una propuesta drásticamente
diferente.
-
D.V. : Todos
esos son elementos irritables para un tipo de público, que puede
ir a ver un teatro más convencional. Hay mucha gente, sobre todo
jóvenes, que vienen a vernos pero no suelen ir al teatro. Esto
habla de un público que quiere ver cosas distintas, y que puede
reírse de la ironía. Paradojalmente estos dos espectáculos
donde al público se lo toma, se lo fusila, se le clava dardos, o
se lo maneja de alguna forma son los que la gente más ha seguido.
Se quedan después del final minutos y minutos. Se da como una
necesidad física, el atentar contra el sistema nervioso funciona
hacia lo corporal.
-
Una diferencia clara entre su trabajo y el de otras compañías
experimental se da en que el público nunca quiebra la distancia
entre su cuerpo y la escena, no se mezcla en la acción teatral.
-
D.V. : Es así, las expresiones que emergen del público
están dirigidas y pautadas. En ese sentido el público siente que
es manipulado y si así sucede debe reformular su situación de
estar manipulado. En todos nuestros espectáculos siempre hubo la
tendencia de convertir al espectador en activo pero sin que
participe. Es una forma de involucrarlo físicamente, pero sin
tocarlo, sin que deje de ser espectador. Está involucrado por
alejamiento formal. La escena es un lugar ideal para movilizar a la
gente de alguna manera. Por supuesto que de esa movilización no
todo el mundo sale bien. Pero los que salen satisfechos salen muy
agradecidos, y eso es muy difícil de encontrar en el teatro.
-
¿Cómo debe ser el teatro para la mirada periférica?
-
D.V. : El
teatro tiene que ser un disparador para quien lo hace y para quien
lo ve. Planteando ambigüedades y soluciones irresolutas. No
queremos un teatro de respuestas, queremos plasmar nuestras propias
contradicciones y mostrar algo que la gente no quiere ver, lo
inesperado. Eso que sobrevuela la escena, que es muy difícil de
definir, es el elemento primordial del género teatral. Ver ahí lo
que no puedo ver en otro lugar. Porque es en el escenario donde se
concreta el fenómeno de la mirada, a partir del actor, su cuerpo y
su muñeco.
-
E.G.W. : Uno de nuestros pilares es saber qué es lo que
uno quiere expresar a través del teatro. Nuestra estética es periférica,
no nos interesa estar en el centro, en el teatro de actores, en el
de muñecos o la danza. Utilizamos los objetos expresivos que nos
sean útiles para el momento. Estamos mirando siempre desde
afuera, desde la periferia. Es una posición ideológica y estética.
Dos
muñecos de cerámica luchan entre sí, se seducen, se acoplan.
Las manos de los manipuladores ciegos dirigen las intenciones
de la pareja, manejan el amor y la cólera. Los juegos amorosos
se interrumpen. La cabeza de porcelana es tomada por una mano
que la hace girar hacia nosotros. Los ojos huecos lanzan una
irónica mirada difícil de evitar. El muñeco vuelve nuevamente
la cabeza y se confunde en pasión y dolor con su pareja. Los
dioses ciegos saben de nuestra sensación extraña y lo disfrutan.
Nos llevaron a una dimensión diferente, a una zona misteriosa,
sólo dejándonos ver. (*)
(*)
Fuente:
Esta
entrevista al Periférico de Objetos fue realizada en
el año 1996; fue publicada sólo parcialmente en un suplemento
cultural del periódico regional El diario de Morón.