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El ARTE
DRAMÁTICO DIONISÍACO EN FRIEDRICH NIETZSCHE
Habitualmente, relacionamos la acción teatral con la representación
dramática cimentada en actores expresando los parlamentos
de una obra o tallando acciones en un escenario. Pero, en
un comienzo, lo teatral desconocía la oposición entre público
y escena; y no era acción sino canto y "visión".
Según Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia,
los orígenes del teatro se hallan en la veneración religiosa
del dios griego Dioniso. Lo teatral era coro que exaltaba,
meditante el ditirambo, las grandezas del dios de la vid,
la exuberancia y las metamorfosis. La acción dramática allí
no consistía en diálogos entre personajes en escena, sino
en cánticos de alabanza divina. Cánticos mediante los cuales
los integrantes del coro dionisíaco, los sátiros, se transformaban
mágicamente en la divinidad adorada. Así, en sus comienzos,
en el teatro griego no había "acción" en su sentido
corriente, sino "visión" del dios. En un latido
posterior, del coro emerge un coreuta que deviene actor
que, portando una máscara, actúa en representación de Dioniso.
Luego, surgirá el diálogo entre otros miembros del coro
y el actor, que encarnaba al Dios. Comienzo del juego de
separaciones entre escena y público, obra y representación.
Para recuperar este poco frecuentado origen coral de la
dinámica dramático-teatral presentamos en la sección de
Teatro de Temakel, el capítulo octavo de El
nacimiento de la tragedia, de Nietzsche, donde el filósofo
alemán hurga en las raíces dionisíacas del acto teatral.
Capítulo
VIII de El Nacimiento de la Tragedia
Federico
Nietzsche
Tanto el sátiro como el idílico pastor de nuestra época
moderna son, ambos, productos nacidos de un anhelo orientado
hacia lo originario y natural; ¡mas con que firme e intrépida
garra asía el griego a su hombre de los bosques, y de qué
avergonzada y débil manera juguetea el hombre moderno con
la imagen lisonjera de un pastor delicado, blando, que toca
la flauta! Una naturaleza no trabajada aún por ningún conocimiento,
en la que todavía no han sido forzados los cerrojos de la
cultura -eso es lo que el griego veía en su sátiro, el cual,
por ello, no coincidía aún, para él, con el mono. Al contrario:
era la imagen primordial del ser humano, la expresión de
sus emociones más altas y fuertes, en cuanto era el entusiasta
exaltado al que extasía la proximidad del dios, el camarada
que comparte el sufrimiento, en el que se repite el sufrimiento
del dios, el anunciador de una sabiduría que habla desde
lo más hondo del pecho de la naturaleza, el símbolo de la
omnipotencia sexual de la naturaleza, que el griego está
habituado a contemplar con respetuoso estupor. El sátiro
era algo sublime y divino: eso tenía que parecerle especialmente
a la mirada del hombre dionisíaco, vidriada por el dolor.
A él le habría ofendido el pastor acicalado, ficticio: con
sublime satisfacción demorábase su ojo en los trazos grandiosos
de la naturaleza, no atrofiados ni cubiertos por velo alguno;
aquí la ilusión de la cultura había sido borrada de la imagen
primordial del ser humano, aquí se desvelaba el hombre verdadero,
el sátiro barbudo, que dirige gritos de júbilo a su dios.
Ante él, el hombre civilizado se reducía a una caricatura
mentirosa. También en lo que respecta a estos comienzos
del arte trágico tiene razón Schiller: el coro
es un muro vivo erigido contra la realidad aislante, porque
él -el coro de sátiros- refleja la existencia de una manera
más veraz, más real, más completa que el hombre civilizado,
que comúnmente se considera a sí mismo como única realidad.
La esfera de la poesía no se encuentra fuera del mundo,
cual fantasmagórica imposibilidad propia de un cerebro de
poeta: ella quiere ser cabalmente lo contrario, la no aderezada
expresión de la verdad, y justo por ello tiene que arrojar
lejos de sí el mendaz atavío de aquella presunta realidad
del hombre civilizado.
El contraste entre esta auténtica verdad natural y la mentira civilizada que se comporta como si ella fuese
la auténtica realidad es un contraste similar al que se da entre el núcleo eterno de las cosas, la cosa en sí, y el mundo aparencial en su conjunto: y de igual modo que con su consuelo metafísico la tragedia señala hacia la vida eterna de aquel núcleo de la existencia, en medio de la constante desaparición de las apariencias, así el simbolismo del coro satírico expresa ya en un símbolo aquella relación primordial que existe entre la cosa en sí y la apariencia. Aquel idílico pastor del hombre moderno es sólo un remedo de la suma de ilusiones culturales que éste considera como
naturaleza: el griego dionisíaco quiere la verdad y la naturaleza en su
fuerza máxima- se ve a sí mismo transformado mágicamente en sátiro.
Con tales estados de
ánimo y tales conocimientos la muchedumbre entusiasmada de los servidores de Dioniso lanza gritos de júbilo: el poder de aquéllos los transforma ante sus propios ojos, de modo que se
imaginan verse como genios naturales renovados, como sátiros. La constitución posterior del coro trágico es la imitación artística de ese fenómeno natural; en esta imitación fue necesario realizar, de todos modos, una
separación entre los espectadores dionisíacos y los hombres transformados por la magia dionisíaca. Sólo que es preciso tener siempre presente que el público de la tragedia ática se reencontraba a sí mismo en el coro de la orquesta, que en el fondo no había ninguna antítesis entre
público y coro: pues lo único que hay es un gran coro sublime de sátiros que bailan y cantan, o de quienes se hacen representar por ellos. La frase de Schlegel tiene que descubrírsenos aquí en un sentido más profundo. El coro es el
"espectador ideal" en la medida en que es el único observador, el observador del mundo visionario de la escena.
El
público de espectadores, tal como lo conocemos nosotros, fue desconocido para los griegos: en sus teatros, dada la estructura en forma de terrazas del espacio reservado a
los espectadores, que se elevaba en arcos concéntricos, érale posible a cada uno mirar desde arriba, con toda propiedad, el mundo cultural entero que le rodeaba, e
imaginarse, en un saciado mirar, coreuta él mismo. De acuerdo con esta intuición nos es lícito llamar al coro, en su estadio primitivo de la tragedia primera, un autorreflejo del hombre dionisíaco: lo que mejor puede aclarar este fenómeno es el proceso que acontece en el actor, el cual, cuando es de verdadero talento, ve flotar tangiblemente ante sus ojos la figura del personaje que a él le toca representar. El coro de sátiros es ante todo una visión tenida por la masa dionisíaca, de igual modo que el mundo del escenario es, a su vez, una visión tenida por ese coro de sátiros: la fuerza de esa visión es lo bastante poderosa para hacer que la mirada quede embotada y se vuelva insensible a la impresión de la
"realidad", a los hombres civilizados situados en torno en las filas de asientos. La forma del teatro griego recuerda un solitario valle de montaña; la arquitectura de la escena aparece como una resplandeciente nube que las bacantes que vagan por la montaña divisan desde la cumbre, como el recuadro
magnífico en cuyo centro se les revela la imagen de Dioniso.
Dada nuestra visión erudita de los procesos artísticos elementales ese fenómeno artístico primordial de que aquí hablamos para explicar el coro trágico resulta casi escandaloso: mientras que no puede haber cosa más
cierta que esta, que el poeta es poeta únicamente porque se ve rodeado de figuras que viven y actúan ante él
-y en cuya esencia más íntima él penetra con su mirada. Por una peculiar
debilidad de la inteligencia moderna, nosotros nos inclinamos a
representarnos el fenómeno estético primordial de una forma demasiado complicada
y abstracta. Para el poeta auténtico la metáfora no es una
figura retórica, sino una imagen sucedánea
que flota realmente ante él en lugar de un concepto.
...En el fondo el fenónemo estético es sencillo: para ser poeta basta
con tener la capacidad de estar viendo constantemente un juego viviente
y de vivir rodeado de continuo por muchedumbres de espíritus; para ser
dramaturgo basta con sentir el impulso de transformarse a sí mismo y de
hablar por boca de otros cuerpos y otras almas.
La excitación dionisíaca es capaz de comunicar a una masa entera ese
don artístico de verse rodeada por semejante muchedumbre de espíritus,
con la que ella se sabe íntimamente unida. Este proceso del coro
trágico es el fenómeno dramático primordial: verse uno transformado a
sí mismo delante de sí, y actuar uno como si realmente hubiese
penetrado en otro cuerpo, en otro carácter. Este proceso está al
comienzo del desarrollo del drama. Aquí hay una cosa distinta del
rapsodo, el cual no se fusiona con sus imágenes, sino que, parecido al
pintor, las ve fuera de sí con ojo contemplativo; aquí hay ya una
suspensión del individuo, debida al ingreso en una naturaleza ajena. Y,
en verdad, ese fenómeno sobreviene como una epidemia: una muchedumbre
entera se siente mágicamente transformada de ese modo.
El ditirambo es, por
ello, esencialmente distinto de otro canto coral. Las vírgenes que se dirigen solemnemente hacia el templo de Apolo con ramas de laurel
las manos y que entre tanto van cantando una canción procesional continúan siendo quienes son y conservan su nombre civil; el coro ditirámbico es un coro de transformados, en los que han quedado olvidados del todo su pasado civil, su posición social: se han convertido en servidores intemporales de su dios, -que viven fuera de todas las esferas sociales.
Todo el resto de la lírica coral de los helenos es tan sólo una
gigantesca ampliación del cantor apolíneo individual; mientras que en el
ditirambo lo que está ante nosotros es una comunidad de actores inconscientes, que se ven unos a
otros transformados.
La
transformación mágica es el presupuesto de todo arte dionisíaco. Transformado de ese modo, el entusiasta
dionisíaco se ve a sí mismo como sátiro, y como sátiro ve
también al dios, es decir, ve, en su transformación, una nueva
visión fuera de sí, como consumación apolínea de su estado. Con esta
nueva visión queda completado el drama.
De acuerdo con este conocimiento, hemos de concebir la tragedia griega como un coro dionisíaco que una y otra vez se descarga en un mundo apolíneo de imágenes. Aquellas partes corales entretejidas en la tragedia son, pues, en cierto modo, el seno materno de todo lo que se denomina diálogo, es decir, del mundo escénico en su conjunto, del drama propiamente dicho. En numerosas descargas sucesivas ese fondo primordial de la tragedia irradia aquella visión en que consiste el drama: visión que es en su totalidad una apariencia onírica, y por tanto de naturaleza épica, mas, por otro lado,
como objetivación de un estado dionisíaco, no representa la redención
apolínea en la apariencia sino, por el contrario, el hacerse pedazos el individuo y el unificarse con el ser primordial. El drama es, por tanto, la manifestación apolínea sensible de
conocimientos y efectos dionisíacos y por ello está separado de la epopeya como por un abismo
enorme.
El coro de la tragedia griega, símbolo de toda la masa agitada por una excitación dionisíaca, encuentra su
explicación plena en esta concepción nuestra. Mientras que antes, por estar habituados a la posición que en el
escenario moderno ocupa el coro, sobre todo el coro de ópera, no podíamos comprender en modo
alguno que aquel coro trágico de los griegos fuese más antiguo, más
originario, incluso más importante que la "acción" propiamente
dicha -como nos decía con toda claridad la tradición-, mientras que antes tampoco
podíamos compaginar con aquella elevada importancia y originariedad de que habla la tradición el hecho de que, sin embargo, el coro estuviese compuesto de seres bajos y serviles,
más aun, al principio sólo de sátiros cabrunos, mientras que antes la
colocación de la orquesta delante del escenario continuaba siendo para nosotros un enigma, ahora hemos comprendido que en el fondo el escenario, junto con la acción, fue pensado
originariamente sólo como una visión, que la única "realidad" es cabalmente el coro, el
cual genera de sí la visión y habla de ella con el simbolismo total del baile, de la música y de la
palabra. Este coro contempla en su visión a su señor y maestro
Dionisio, y por ello es eternamente el coro servidor: él ve
cómo aquél, el dios, sufre y se glorifica, y por ello él mismo no actúa.
En esta situación de completo servicio al dios el coro es, sin embargo,
la expresión suprema, es decir, dionisíaca de la naturaleza y, por
ello, al igual que ésta, pronuncia en su entusiasmo oráculos y
sentencias de sabiduría: por ser el coro que participa del sufrimiento
es a la vez el coro sabio, que proclama la verdad desde el corazón del
mundo. Así es como surge aquella figura fantasmagórica, que parece tan escandalosa del sátiro
sabio y entusiasmado, que es la vez el "hombre tonto" en
contraposición al dios: reflejo de la naturaleza y de sus instintos más fuertes, más aún, símbolo
de la misma, y a la vez pregonero de su sabiduría y de su arte: músico, poeta,
bailarín, visionario en una sola persona.
Según este conocimiento y según la tradición, al
principio, en el período más antiguo de la tragedia, Dioniso, héroe genuino del
escenario y punto central de la visión, no está verdaderamente presente, sino que
sólo es representado como presente: es decir, en su origen la tragedia
es sólo "coro" y no "drama". Más tarde se hace el ensayo de mostrar
como real al dios y de representar como visible a cualquier ojo la figura de la visión, junto
con todo el marco transfigurador: así es como comienza el
"drama" en sentido estricto. Ahora se le encomienda al coro ditirámbico la tarea de excitar
dionisíacamente hasta tal grado el estado de ánimo de los oyentes, que
cuando el héroe trágico aparezca en la escena éstos no vean acaso el hombre cubierto con una
máscara deforme, sino la figura de una visión, nacida, por así decirlo,
de su propio éxtasis. Imaginémonos a Admeto recordando en profunda meditación a su esposa Alcestis que acaba de fallecer, y consumiéndose totalmente en la
contemplación espiritual de la misma -cómo de repente conducen hacia
él, cubierta por un velo, una figura femenina de formas semejantes a las de
aquella, de andar parecido: imaginémonos su súbita y trémula inquietud, su impetuoso comparar, su convicción instintiva
-tendremos así algo análogo al sentimiento con que el espectador agitado por la excitación
dionisíaca veía avanzar por el escenario al dios con cuyo sufrimiento se
había ya identificado. Involuntariamente transfería la imagen entera del dios que
vibraba mágicamente su alma a aquella figura enmascarada y, por así
decirlo, diluía la realidad de ésta una realidad fantasmal. Este es el
estado apolíneo del sueño, en el cual el mundo del día queda cubierto
por un velo, y ante nuestros ojos nace, en un continuo cambio, un mundo
nuevo, más claro, más comprensible, más conmovedor que aquél, y, sin embargo, más parecido a las sombras.
Según esto, nosotros percibimos en la tragedia una antítesis
estilística radical: en la lírica dionisíca del coro y, por otro lado, en el
onírico mundo apolíneo de la escena, lenguaje, color, movilidad,
dinamismo de la palabra se disocian como esferas de expresión
completamente separadas. Las apariencias apolíneas, en las cuales Dioniso se objetiva, no son ya
"un mar eterno, un cambiante mecerse, un ardiente vivir", como
lo es la música del coro, no son ya aquellas fuerzas sólo sentidas, pero
no condensadas en imagen, en las que el entusiasta servidor de Dioniso barrunta
la cercanía del dios: ahora son la claridad y la solidez de la
forma épica las que hablan desde el escenario, ahora Dionisio no habla
ya por medio de fuerzas, sino como un héroe épico, casi con el
lenguaje de Homero.
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(*)
Fuente: Federico Nietzsche, El
nacimiento de la tragedia, capítulo Vlll, traducción
Andrés Sanchez Pascual, Madrid, Alianza editorial, pp. 80-87.
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