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Aves
durante su migración
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Las alas reciben la voz del viento. El pájaro acomoda su
historia sobre el nido. Tímidamente, de entre terciopelos del
aire, comienzan a emerger las primeras
puntas de lanza del frío. El invierno
pronto llegará. Entonces, entre las aves nace un coro de voces.
Cantos. Gorjeos que acompañan las miradas de los seres alados que
se orientan hacia espacios remotos de la tierra.
El invierno viene y es preciso vivir con el calor. Es oportuno
volar hasta lo caliente. El corazón creado para la altura
quiere siempre descubrir un mar de calidez.
Y para hallar la estación que regala un nuevo
calor, es preciso atravesar distancias troqueladas por
sucesiones de montañas, ríos, bosques, mares. Para que el ave se
libere del frío y conquiste un nuevo hogar veraniego es necesaria una repetida
osadía: la migración, el viaje imponente, los aleteos continuos, que surcan
millares de kilómetros. Un espacio tan vasto como los continentes.
Y la humanidad ensimismada persevera en su mundo sin ventanas. Grita de continuo la superioridad del
hombre. Así, ni tú ni yo podremos sorprendernos por el inminente inicio de una
maratón
superior a todos los eventos atléticos de la clásica antigüedad
griega o del mundo de las competiciones modernas. El mamífero
soberbio que construye ciudades no podrá celebrar y acompañar el nuevo
comienzo de un viaje heroico y multitudinario: el vuelo de las
aves migradoras.
Y ya, ahora, una orden atávica, imperceptible para el oído del hombre, se
propaga veloz a través de plumas y alas. Y miles de ligeros
pájaros inician la travesía.
Y
el nuevo vuelo de las aves migradoras comienza.
Atraviesan las aves altares
flotantes del cielo. Y componen un río de
fosforescencia que incendia la altura. La altura del firmamento
que es tan vieja como el origen secreto de
tus ojos y el murmullo
resonante
de las olas.
Y el torrente de las
alas que viajan por los techos de la tierra son una historia y una
emoción desconocida
para tu
vida de pantallas. Casas. Edificios. Y paredes.
Y podría correr por las azoteas, por las llanuras del caballo salvaje,
o sobre el volumen espumoso de la nubes, para ser un pensamiento
que acompaña. Ser pensamiento que corre. Y ve, imagina, ausculta y
experimenta la polifonía de aleteos de las aves en
vuelo. Es llama digna para el pensar el viaje de las pequeñas
creaturas, jinetes del aire, que pueden domar las prepotentes
distancias del cielo...
Cientos de especies de aves realizan dos grandes migraciones
anuales. La mayor parte de las aves necesitan de los climas
templados. Esto les permite conseguir alimentos abundantes y
entregarse a la procreación, la cría y la construcción de sus
nidos. El momento de la partida le es señalado por un llamado
"reloj biológico". Ciertos indicios ambientales también
le señalan el momento de iniciar su travesía hacia un hábitat más
adecuado. Estas señales consisten en el descenso de la
temperatura y el debilitamiento de la vegetación. A la vez, la
disminución de los periodos de luz de los días generan en los
seres alados cambios
hormonales con importantes efectos corporales. Aumentan su volumen y el vigor de sus
músculos,
e inician la acumulación de nuevas reservas de grasa que consumirán durante el
vuelo. El almacenamiento de grasa, ocasionado por la intensificación del ritmo alimentario, es especialmente decisivo
para las criaturas aéreas que, por atravesar mares y desiertos, no
podrán detenerse para aprovisionarse. Algunas especies
renuevan sus alas y, otras ya están en condiciones para la gran
travesía a las pocas semanas de su nacimiento.
Cuando los preparativos para el viaje se han completado, comienza
entonces el gran vuelo migratorio que conducirá a millones de pájaros hacia lejanas regiones. Hacia el otro lado del mundo. Como
en el caso del charrán ártico. Al final del verano, en la árida y
bella geografía alaskeña, principia su aventura en las rutas
celestas el charrán de las regiones árticas, quizá el
máximo viajero del
planeta azul. Este gran ser
migrador no supera un cuarto de kilo y el color que ostenta su plumaje
es blanco-plateado (foto izquierda). Durante los meses de junio, julio y agosto,
vive en el Ártico. Y, luego, vuela hacia el sur, sobrevuela
Europa y África para arribar a la Antártida en la época estival.
Todos los años, el charrán recorre 30.000 kilómetros para
realizar el viaje de ida y vuelta entre los dos polos.
Algunas aves vuelan mediante el planeo y, otras, a través de un
aleteo continuo. Los pájaros planeadores principian su vuelo
algunas horas después del amanecer. El sol calienta la tierra y, de esa manera, genera corrientes de aire ascendentes.
Mientras duran estas corrientes térmicas, las aves avanzan con
facilidad. Pero, al desvanecerse la tarde, el cálido aire de la
elevación se amortigua y, entonces, los viajeros alados deben
interrumpir su marcha. Y esperar el regreso de una nueva corriente
ascencional. Las aves planeadoras no pueden recorrer así grandes distancias.
Este es el caso de las cigüeñas, grullas, y el albatros
(1).
Las aves que se desplazan por medio de un aleteo constante pueden
volar durante el día o la coche. Las especies que atraviesan el
océano deben volar muchas horas sin detenerse porque no siempre
hallan una isla o barco donde posarse para descansar. De todos
modos, en casi todos los casos, los nómadas del aire deben
interrumpir su marcha para alimentarse y reponer energías. Pero
el descanso no altera la celeridad del viaje. Los machos desean
arribar cuanto antes a la región de cría para alojarse en los
territorios más pródigos en alimentos y unirse con las hembras más
agraciadas.
La mayoría de las aves vuelan entre los 1000 y 6000 metros. La
mayor altura la alcanzan los ansares de nuca barreada. Cada año,
estos pájaros se deslizan desde los lagos de las montañas del centro de Asia hasta el Valle del Indo. En su
travesía migratoria,
traspasan el Himalaya a mas de 9 mil metros.
La
cantidad de pájaros que migran dos veces al año, entre Alaska y Europa y el
Norte de Asia y el África Central, son alrededor de 5.000 millones
de individuos. Una cifra aproximadamente equivalente a la de los
seres de rostro humano que reciben los rayos solares en la tierra.
Cuando el hombre se halla en una ciudad o un lugar extraño debe
apelar a un mapa o brújula para evitar extraviarse. Las aves
que migran, y las palomas mensajeras, no necesitan de ningún
instrumento de orientación. Su poder de elección de la dirección
correcta es asombrosa. En muchas ocasiones, reaparecen sobre el
mismo nido, árbol o torre de iglesia en el que habitaron el
año anterior luego de la ultima migración.
Las teorías sobre su
capacidad de orientación suponen un cúmulo de variables
relacionadas con el sol, las estrellas, las señales del terreno, los campos
magnéticos, los sonidos y los olores. Como los navegantes
primitivos, las aves podrían guiarse mediante el disco solar y los
astros nocturnos. Durante el día, algunas reconocen la posición solar en
relación a su punto de partida. Las aves que migran durante la
noche se valen de las titilantes antorchas de las estrellas. (como los cucus, chipes y otras
paserinas).
El vuelo mediante las señales del terreno consiste en la detección de grandes faros o referentes visibles, como valles,
praderas, montañas y ríos. Algunas especies escucharían los
infrasonidos generados por las colisión del viento sobre las
montañas lejanas. Desde su nacimiento, las aves también pueden reconocer el centro
de rotación de la bóveda celeste. Este lugar de la cúpula actúa
como guía porque nunca se desplaza y se muestra siempre, por tanto, en el
mismo sitio.
El magnetismo terrestre seria la
otra gran vía de orientación. Las aves poseerían una brújula
interna que las hace sensibles a los campos magnéticos. Cuando las
nubes inundan el firmamento, hallan su camino mediante la detección de las
líneas del campo magnético que atraviesan en el
planeta y que señalan al sur en el norte y al norte en el sur. El
hallazgo de magnetita en la cabeza de las palomas mensajeras
avalaría la presunción de la "sensibilidad magnética" de
las criaturas aéreas.
Ciertas especies voladoras se orientarían a través de olores
característicos como son los aromas que irradia un
prado o una colonia de aves marinas.
El profesor italiano F. Papi, de la
Universidad de Pisa, descubrió que algunas palomas mensajeras se orientan
mediante un mapa olfativo determinado por los olores que se propagan en
el viento. Pero este descubrimiento no pudo ser convertido en un
principio suficientemente demostrado para la orientación de las palomas de
otras regiones.
A pesar de algunas teorías con
ciertos asideros, el método de orientación y navegación de las aves
migratorias continua siendo un misterio...
Y la orientación de las aves es tan enigmática como el origen de su vuelo.
Existen dos teorías muy difundidas en esta materia. La primera
es la llamada "teoría del origen arbóreo del vuelo". Esta afirma que, en la era mesozoica, las
plumas arropaban el
cuerpo del ave con el propósito de regular su temperatura
corporal. Pero estas alas también poseían la suficiente longitud y
vigor como para efectuar planeos. Estas primeras aves tenían
dedos y garras y alas. Mediante los dedos que brotaban de las
alas, estas prehistóricas aves embrionarias podían trepar y luego dejarse caer de las ramas.
Así,
consumaban breves planeos que les permitían escapar de depredadores y capturar
presas. El planeo les otorgaba una
ventaja cualitativa en el duro arte de la supervivencia. Y estos
arcaicos pájaros ensayaron planeos cada vez más extensos
hasta poder
volar sin necesidad de descolgarse desde las ramas.
La segunda teoría, denominada "del origen cursorial",
asegura que existieron aves primitivas corredoras. A fin de
equilibrar su cuerpo en las carreras, estos pájaros desarrollaban el
área
superior de sus extremidades. Este desarrollo dio como resultado
el poder de elevarse mediante el impulso de la carrera y los
brazos. Sin
embargo, a pesar de algunos rasgos aparentemente convincentes,
ninguna de las dos teorías poseen los suficientes hallazgos que
avalen o demuestren definitivamente sus postulados.
Y, otra vez, el origen del vuelo, como el poder de orientación de las aves
exuda, en silencio, el vapor del misterio...
2.
Los claros laberínticos del aire
El laberinto suele
imaginarse como arquitectura de la confusión, como un infierno
subterráneo, o
un bosque de profusos senderos. Ocultar, confundir, extraviar,
son sus principales funciones (2). El laberinto clásico por
excelencia, el laberinto de Cnossos, construido por Dédalo, por
mandato del Rey Minos, buscaba ocultar en su centro el
Minotauro, nacido de la perversa relación entre Pasifae,
esposa del monarca de Creta, y el toro blanco obsequiado por el
dios Posidón (3). Teseo, el héroe matador del Minotauro, luego de su
hazaña y su instante de gloria, se
despeña en la perversidad y la necedad al aceptar la propuesta
de su amigo Piritoo de bajar al Hades para secuestrar a Perséfone,
la hija de Démeter, la de la rubicunda cabellera. En el mundo
subterráneo del Hades se extravía en laberintos corredores hasta
que, al detenerse a descansar, se queda petrificado en una roca
letal (4).
Lo laberíntico divide, complejiza y enreda el
espacio. Y en el laberinto de senderos inmanejables, el humano descubre su finitud, su imposibilidad para ser dueño de
una verdad quieta, sumisa, de amables y tranquilizadores
brillos.
Así, la imagen mítica del laberinto es una expresión exacerbada de la incapacidad humana para
comprender y dominar la totalidad del espacio.
El espacio y su vastedad ofrecen incalculables caminos para ser
recorridos, explorados. La suma de todos estos senderos posibles
es el laberinto. Frente a las múltiples vías de movimiento en el
espacio, el humano puede extraviarse fácilmente. El hombre se pierde
en el laberinto porque es incapaz de comprender e
imaginar a la vez todos los caminos posibles hacia un centro que
quizá sea la verdad (5). El humano necesita de la simplificación: de un solo
camino que lo oriente hacia la meta deseada. Pero hacia todo, y
en especial hacia ese centro simbólico donde vive la verdad,
existen, al menos potencialmente, inacabables sendas. Desde esta
perspectiva, el laberinto se compone de todos los senderos
posibles y paralelos hacia el centro profundo de la existencia
universal, o hacia la revelación de un destino personal.
Pero los muchos caminos posibles no niegan que halla uno especial que sea el
"más corto" o eficaz para arribar al centro.
Entre los muchos caminos posibles hacia un destino, el mamífero
humano se extravía fácilmente. Es lo que ocurre en una gran ciudad. Cuando
buscamos una meta o destino dentro de la intrincada urbe moderna,
rápidamente podemos perdernos. La ciudad deviene así una especie
particular de laberinto que nos condena a la confusión y el
extravío. Experimentamos así nuestra incapacidad para elegir el
camino más corto hacia la meta. Para hallar entonces el sendero
adecuado, necesitamos retahílas de señales observables: números y
nombres de calles, edificios o carteles (6). Esta misma búsqueda de
señas visibles conducía al
cazador primitivo hacia su esquiva meta: el cuerpo libre y
apetecido del animal (7).
¿Pero qué ocurre cuando el mamífero pensante no puede apelar a las
señas visibles, cuando para arribar a su meta, debe atravesar
bosques o llanuras que carecen de marcas que lo guíen? La
sola biología humana,
es incapaz de elegir el camino correcto.
Entonces, la insuficiencia de los propios sentidos es compensada con
instrumentos, aparatos, brújulas magnéticas.
El bosque, y las vastas planicies terrestres o marinas,
pueden extraviarnos. Lo mismo que el espacio aéreo. Lo mismo que
en los laberintos de la tierra, el agua o la ciudad, podríamos
perdernos en laberintos de aire.
Pero el laberinto aéreo es siempre vencido y sojuzgado por el ave
viajera. Sin necesidad de instrumentos, por el poder misterioso y
natural de su propia biología, el ave percibe los
campos magnéticos imperceptibles para nosotros, débiles mamíferos
pensantes. El ave migratoria no vuela entonces en un laberinto de
aire de amenazante amplitud. Por el contrario, el cielo para el
ave es el transparente reino del magnetismo que guía un viaje seguro y feliz.
El ave vence el peligro del laberinto del aire con el poder de sus
alas y
la secreta invocación a una divinidad. Cuya voz habla, guía y
atrae mediante palabras cargadas de atracción magnética.
2.
Filípides, y la resistencia triunfante
del pájaro
Dos vencejos
en vuelo |
En el
norte de Grecia surge una densa nube de polvo. Entre la polvorienta
nubosidad, avanzan miles de
guerreros. Su jefe es un rey: Jerjes, el monarca persa que
ambiciona la tierra helena y que imagina ya el fasto de su
ingreso triunfal a Atenas. Pero, a escasos kilómetros de la ciudad
de la Acrópolis, decididas y abroqueladas huestes griegas proponen
una última batalla. El aire intimidante e invencible del
expansivo imperio persa no puede eludir este desafío. Entonces, los
dos ejércitos se confunden en la danza ríspida y caótica del
combate.
Y los griegos, alimentados por la pasión que motiva el defender la propia
tierra, quiebran la lanza invasora.
Los persas se retiran.
La
victoria es ya una certeza.
Con extrema angustia, en Atenas todos
aguardan el desenlace de los hechos. El general ateniense
vencedor, Milcíades, envía a un soldado, Filípides, para que, a
toda carrera, marche hasta Atenas para anunciar el triunfo.
Filípides inicia su marcha veloz. Sus piernas estremecidas,
sudorosas, atraviesan llanuras y colinas. Los latidos de su corazón
siembran en su pecho un vértigo cada vez mas retumbante.
A pesar de que sus tobillos ya vacilan, a pesar de un vapor
neblinoso que deforma su visión, llega a la ciudad de los filósofos,
al Ágora y el Partenón. Reconoce a su alrededor un ansioso y
expectante enjambre
humano que lo rodea. Esperan una palabra de su garganta
estrangulada de fatiga.
Y, entonces, anuncia:
"¡Alegraos, atenienses, hemos vencido!", e inmediatamente
después el mensajero se desmorona. Muerto. Su carrera entre Maratón
y Atenas fue de 40 kms.
En la Olimpiada de 1896 se organiza la primera Maratón, la prueba
por excelencia de la resistencia atlética. La distancia a
recorrer es la misma que hace muchos siglos atravesó el
soldado corredor anunciador de la victoria griega.
En el hombre, el caminar es rítmica y sosegada sucesión de una
pisada tras otra. Cuando un pie se alza, el otro acoge todo el peso
corporal y mantiene la fijación en
la tierra. En el caminar, siempre algún pie cultiva una permanente
adhesión al suelo terrestre. El correr, en cambio, es la imitación del avanzar
aéreo del pájaro. En la agitación de rodillas alzadas, de piernas expansivas y
músculos
tensos, se suceden breves instantes, en que ambos pies flotan en el aire.
Con sus brazos arqueados, batientes, el corredor simula el aleteo raudo del ave.
Pero aun el mas veloz atleta humano es pálido pájaro terrestre.
En su vuelo-carrera el humano debe prepararse especialmente para
resistir la distancia de 40 kms. El
atleta que se prepara en estas lídes
se distingue de los otros miembros de su especie. Es
especialmente resistente. Es ejemplo de una resistencia soberana. Para conseguir esta
condición excepcional no basta con
su propio esfuerzo o tenacidad. Son precisas también las pistas o
caminos donde entrenarse; son necesarios entrenadores, especialistas en
nutrición y competición profesional y eventuales estímulos
psicológicos o monetarios.
El atleta profesional es una excepción de su especie. Es la
máxima expresión de un atípico poder de resistencia.
En las aves migratorias, la resistencia extrema es un atributo
repetido y difundido por igual entre todos sus miembros. No es una
aristocrática excepción.
Ya hemos mencionado el caso del charrán ártico, el mas poderoso
viajero de nuestro planeta. Pero son muchos otros los ejemplos de la
travesía heroica de las aves.
El chorlito americano recorre 4000 kilómetros sin pausas entre
Alaska y Hawaii; un colibrí rubí vuela 800 kilómetros
diarios a razón de 80 kms por hora; el papamoscas de vientre
sulfuroso viaja de 3000 a 4000 millas para llegar a la cuenca del
Amazonas luego de iniciar su travesía en montañas próximas al Río San Pedro. Las
cigüeñas, por su parte, construyen sus nidos en el
nordeste
de Europa y, en el otoño, vuelan hasta 10.000 kilómetros para
arribar al sur de África. La parela pichoneta es un ave marina
que vive el verano en las rocas de las islas del oeste de Europa;
y, durante la estación otoñal, recorre el Atlántico hasta alcanzar las costas de
Brasil y Uruguay. Lo mismo que que las cigüeñas, sus gotas de sudor
empapan alrededor de 10.000 kilómetros.
Pero un caso singular es el del vencejo. El vencejo es un magnifico prodigio
volador (foto arriba izquierda). Se alimenta mediante la caza de insectos. ¡Puede
dormir y copular durante el vuelo! Y anidan por tres meses en el Norte de
Europa y luego viven en el cielo. Día y noche. Sin regresar a la
quieta y firme tierra para descansar.
Numerosas aves de gran
porte se disponen en una formación de "V" para recorrer
grandes distancias. Esta disposición geométrica responde a fines
aerodinámicos. El batidos de las alas de los pájaros que vuelan delante produce
torbellinos y corrientes de aire ascendente en los costados que
son aprovechados por los alados viajeros que aletean detrás. La
"V" del vuelo colectivo de las aves se nos ocurre
algo mas que un atributo instintivo o mecánico. En aquella
"V" una arbitrariedad poética sospecha una señal de la
victoria, de la heroica resistencia en vuelo de los únicos
señores de las alturas.
Las aves y el otro mundo.
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El
alma del difunto, transformado en pájaro, inicia su
vuelo al otro mundo. Antigua imagen egipcia.
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El aire no ama las cavidades. Prefiere expandirse como viento y
recorre amplitudes del cielo. Lo aéreo que
visita los pulmones del hombre lo hace a condición de un rápido regreso al espacio abierto. En la tierra, el
mamífero humano solo se funde con el
torrente aéreo, sólo vive plenamente las riquezas del
aire, en el momento de la inhalación y la retención pulmonar.
Vivimos con el oxígeno únicamente de manera fugaz, discontinua,
intermitente.
Sólo el pájaro fue misteriosamente creado para ser continua vida
en el aire. Recordemos al vencejo y sus nueve meses de suspendida
existencia en el cielo.
Y el ave es también el ser que mantiene una constante comunicación
entre este mundo y el más allá, el otro mundo.
Para la antiguas culturas, el otro mundo es el
reino de los muertos, la morada de los dioses, o una tierra o isla
de eterna abundancia (8). La magia geografía del otro mundo
siempre se halla en los confines, en finis terre. Entre los egipcios,
el prototipo de tierra fabulosa situada en la lejanía del otro mundo es el
País del Punt (también llamada Tanetjer,
"la Tierra del dios"). Allí arribo la famosa expedición de la reina Hatshepsut (XVIII
dinastía),
quien trajo "las maravillas del Punt", que se distinguían por sus aromas o
fragancias, signos de una tierra fértil especialmente bendecida por
los dioses. Sólo
una expedición encabezada por un faraón, por un dios en este mundo,
podría arribar hasta la remota otredad del Punt (9).
Entre los sumerios existió Dilum, la tierra que algunos mitos del
Sumer identificaban con el Edén o Paraíso, con un sitio donde
moran y habitan los dioses, "el lugar donde el sol
nace" (10).
Las tierras míticas situadas en la lejanía del espacio geográfico son
numerosas entre los griegos y romanos. La vida sosegada, feliz, acontece en lugares como la Isla Esqueria, la patria de
los feacios; la Tule de Piteas, la tierra ubicada en el extremo
septentrional del mundo; los Campos Elíseos, el paraíso que, en la
Odisea, Proteo predice a Menelao como
destino final de las almas justas; las Islas de los Bienaventurados,
sitio donde los héroes vivirán felices exentos de dolores y
colmados de abundancia; el Jardín de las Hespérides, donde las
manzanas entregan frutos de oro durante todo el año; o la Tierra de los
Hiperbóreos, donde sus habitantes viven en la continua alegría,
entregados a la danza, a la contemplación y la veneración de su dios
preferido: Apolo. Entre los romanos, además de las creencias
en los Campos Elíseos y las Islas de los Bienaventurados, existió
también una exaltada admiración por las Islas Afortunadas (11).
En todos los casos, la lejanía y el dificultoso acceso hacen de estas islas y tierras
maravillosas moradas o estancias que trascienden la existencia humana corriente. Estos sitios
extraordinarios carecen de una ubicación geográfica precisa. Son el otro
mundo, aunque siempre situados en los confines de nuestra propia
realidad habitual. Esta inclusión de las tierras míticas fabulosas en los
extremos de la geografía conocida hace que tanto el mundo
corriente y el otro mundo se hallen bajo un
mismo cielo. Todas las tierras, humanas o divinas, palpitan bajo
el único cielo. Cielo constante. Espacio sin
divisiones. Y sólo las aves que vuelan, migran, reinan en el cielo indiviso. En
el espacio celeste sin escisiones.
Nada perturba el cielo único. En la cúpula pueden surgir aéreos tapices de nubes.
Cúmulos de vapores que cambian
lentamente sus formas y exhiben rostros con distintos colores.
Blancas nubes a veces y, otras, nubes tiznadas de tinturas
plomizas o de negras tonalidades sombrías. Nubes que corren como
corceles y alteran sus tonos y figuras. Y crean bellos y rosados
valles en ocasiones, y coléricas tormentas en otras. Y, en especial
durante la tempestad, la bóveda parece desgarrada, triturada por
distintos enjambres nubosos. Y por rayos. Y por lluvias. Y
vientos de ásperos susurros. Pero los follajes de nubes siempre
se desvanecen, y revelan entonces el cielo que, tras la agitación y
multiplicidad nubosa, permanece constante. Único. El cielo sin
divisiones. La cúpula constante donde brilla
el reino de las aves.
Pero nuestro espacio es páramo de lo dividido, de lo fracturado y
separado. Las culturas y países han impuestos fronteras, banderas
y lenguas diversas. Las divisiones de la humanidad fragmentan la
geografía. Pero también dos elementos
nutren las divisiones: el agua y la tierra.
El agua y la tierra dividen. El vasto suelo de los continentes y las amplitudes del
mar, se excluyen, se mantienen separados, divididos.
Pero el cielo es continuo. No es espacio dividido por los
continentes y los grandes mares separados entre si. Y el pájaro es el
único ser que habita el cielo constante. El espacio
no dividido.
Las aves vuelan por el cielo único. Son los únicos seres orgánicos
que lo habitan. Sólo las aves existen en el mundo de arriba,
ajenos a las divisiones entre la tierra y el agua. Entre los
estados y las banderas.
Caso
paradigmático de la vida en el cielo continuo es, otra vez, el
vencejo. Y, a través del firmamento sin divisiones, podemos
arribar a todas las regiones, y unir los dos mundos distantes. Así
lo hace el charrán ártico, héroe de desmesurada
resistencia que ya conocemos. Mediante dos viajes al año. El
charrán une su hogar de nacimiento con el otro extremo del mundo.
El charrán vive entonces en dos mundos, asociados a los dos polos.
La realidad desdoblada de estos dos mundos separados por una gran
distancia se corresponde con la creencia mítica entre el hogar de los
mortales y el más allá, el segundo mundo, ubicado siempre en los
confines, en la máxima lejanía.
Y la mejor vía para unir los dos mundos es el aire, las rutas
celestes. Porque el cielo es materia sutil, es espacio vacío que
permite contener y proteger los dos mundos de la imaginación mítica y todos los mundos posibles. En el movimiento a
través del
cielo respira el secreto de la comunicación entre todos los
mundos. De ahí que el ala y el vuelo es el medio para
unir nuestro pequeña realidad conocida con las islas o tierras
míticas en los
confines, en el más allá.
El vuelo de pájaro es vuelo al más allá. Quizá, las más antigua
intuición de los poderes místicos del vuelo de ave es la que
dimana el hombre pájaro en una de las paredes de la cueva prehistórica de Lascaux
(12). Un chaman
siberiano evenki se vale de cuatro pájaros de madera tallada para
asegurarse el paso al otro lado. Primero, el águila para
protegerse de los malos espíritus; luego, el cuervo que vela por su
integridad durante el trance; tercero, el cisne que lo guía y conduce al
más allá; y, por ultimo, el pájaro carpintero que le otorga poderes curativos.
Para arribar al mundo espiritual los chamanes siberianos
nganasanos se convierten en Gavia Stellata, una especie de ave
buceadora ártica cuyos ásperos sonidos conmocionan el espíritu.
(13)
Para viajar hacia el mundo de los muertos, luego de su muerte el alma de un navajo se transforma en búho. Entre las tribus amazónicas, el difunto deviene
colibrí. Los chamanes de los inuits canadienses
se convierten en un oso polar para arribar hasta el otro lado
porque, al nadar en las aguas transparentes, el fornido animal
pareciera volar (14). Entre los egipcios
antiguos, el alma era representada por un pájaro posado sobre el
sarcófago de la momia (15).
El vuelo del pájaro, la travesía de las aves migradoras, nos
revelan partes de las posibilidades del cielo.
Lo celeste es camino abierto hacia los diversos mundos. Comprender
la geografía sutil del cielo y sus fuerzas como lo hace el pájaro,
es traspasar la puerta abierta hacia todos los pliegues de la realidad. Volar en la
altura es el más alto poder de proyección hacia todo lo que pueda existir en el espacio. Es la
negación del laberinto terrestre, de la arquitectura intrincada que
castiga con el alejamiento y la incomunicación, con la confusión y el
no avanzar, el no proyectarse ya hacia ninguna parte.
En sus vuelos en el cielo, para evitar el extravío, el pájaro es
receptivo a figuras de la tierra, a sonidos, olores, las
posiciones de los cuerpos celestes, y las invisibles líneas magnéticas. Esta
intensidad perceptiva revela una abertura al
espacio sensible que vibra y habla y dice mediante señales. El
cielo del ave es espacio vivo que comunica. Una forma de la
percepción del mundo natural en las antípodas de la indiferencia,
el no decir o comunicar nada del cielo para el hombre moderno y
urbano.
Y el vuelo eleva los ojos de las aves hasta la altura. La
mirada del ave es la que más se acerca a la contemplación del mundo
físico real. Solo desde lo alto la geografía
revela la continuidad entre las tierras y los mares bajo el cielo
único que los ampara y les obsequia las renovadas corrientes de la
luz diurna y nocturna. Apreciadas desde arriba, las regiones
diversas son una sola exhalación donde viven los bosques y las
especies numerosas, los nacimientos y las muertes, los
resplandores de los metales, de las aguas, y de los rostros de los
animales, y, entre ellos, el del hombre.
Solo un ojo suspendido en la cima celeste descubre el cuerpo vasto
y circular del planeta; sólo el ojo que vuela y migra a través de
las rutas de la bóveda, sabe descubrir la plenitud del
espacio.
CITAS:
(1) El albatros es un ave marina que, mediante sus alas
alargadas y finas, realizan planeos bajos para aprovechar el
viento que recorre la superficie del mar,
(2)
Ver por ejemplo Luis Miguel Martínez Otero, El laberinto,
Biblioteca de los símbolos, Ed. Obelisco, Barcelona, 1991.
(3)
Posidón, dios del mar, le envío a Minos un bello y radiante toro
blanco para que le fuera sacrificado. Al advertir la belleza del
obsequio de la deidad del océano, el rey de Creta ocultó el toro
entre sus establos y sacrifico otro animal en su lugar. El toro de
Posidón atrajo luego a Pasifae, la esposa de Minos. Pasifae le
ordenó a Dédalo, el arquitecto constructor del laberinto, que le
construyera una vaca de madera. Pasifae se colocó dentro de la
vaca artificial y se unió con el toro de Posidón. Producto de
esta unión perversa fue el Minotauro.
(4)
Junto con Piritoo, Teseo descendió al Hades para raptar a Perséfone una vez en el mundo
subterráneo. Lograron burlar a su guardián, el perro Cerbero, y se lanzaron entonces a la
búsqueda
de la hija de Démeter. Pero entonces se adentraron en un
laberinto de penumbras pasadizos. Extenuado, Teseo se sentó en un
roca para descansar. El castigo a su arrogante osadía entonces se
le impuso. Teseo, el héroe trunco, el sujeto perverso, se
convirtió en piedra.
(5) En las culturas arcaicas el centro siempre es símbolo del ser
esencial. Desde un centro, surge el mundo creado por los dioses;
desde un centro simbólico se levantan los templos o las ciudades;
y, allí se halla también la abertura hacia todos los planos de la
existencia. Ver Mircea Eliade, Imágenes y símbolos.
(6) Guillermo Enrique Hudson, genial escritor y naturalista
argentino, analiza el extravío del hombre en las ciudades o en los
vastos territorios. En algunos condiciones de extrema necesidad,
el hombre civilizado, puede recuperar un viejo instinto de
orientación que duerme en su primitiva biología animal. Ver Guillermo Enrique Hudson, "Un cierva en Richmond Park",
en Páginas luminosas, Ed. Orión, Buenos Aires, 1983, pp.183-204.
(7)
El historiador italiano Carlo Ginsburg estudia las diversas
modalidades de un "paradigma indiciario" como comprensión de la
verdad o lo oculto a través de señales e indicios empíricos. El
comportamiento del cazador prehistórico es uno de los máximos
ejemplos de esta modalidad de conocimiento. Ver Carlo Ginsburg, Mitos,
emblemas, indicios. Morfología e historia, Barcelona, Ed.
Gedisa, pp. 144 y ss.
(8) Un muy recomendable estudio sobre las tierras e islas míticas y fabulosas
de la antigüedad clásica situadas en los confines puede
consultarse: Tierras fabulosas de la antigüedad, Servicios de
Publicaciones de la Universidad de Alcalá, España.
(9) Cf. Ibid.
(10) Cf. Ibid.
(11) Cf. Ibid.
(12) El hombre pájaro en la cueva francesa de Lascaux muestra a un
misterioso personaje antropomorfo, recostado, y con cabeza de ave.
A un costado, se distingue lo que parece un bastón, quizá un
emblema de la condición mágica de un primitivo sacerdote.
(13) Ver Nicholas J. Saunders, Los
espíritus animales. Simbolismo y mitología de los animales a
través de diversas culturas y épocas, Ed. Debate, 1996.
(14) En la clásica obra de Mircea Eliade sobre el chamanismo
pueden encontrarse muchos ejemplos de la identificación del
hombre con los pájaros y la adquisición así de los poderes mágicos
para volar al otro mundo. Ver Mircea Eliade, El chamanismo y
las técnicas arcaicas del éxtasis, México, Ed. Fondo de
Cultura Económica, 1986.
(15) Luego de la muerte del egipcio y de su momificación, su alma
devenía el pájaro Ba. Con esta condición
emprendía su vuelo hacia la morada de Osiris como parte de su
viaje hacia la inmortalidad. Ver Fernando Schwarz, Gegrafía
sagrada del Egipto Antiguo, Buenos Aires, Errepar, pp.276-279;
y Henri Frankfort, La religión del antiguo Egipto, Ed.
Laertes, Barcelona, pp. 174-176.