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EL
CANTO DEL LOBO
Por Esteban
Ierardo

Algunas
creencias sobre el animal de los aullidos
El
canto del lobo (una aproximación poética),
por Esteban Ierardo
ALGUNAS
CREENCIAS SOBRE EL ANIMAL DE LOS AULLIDOS
El lobo persigue a su presa a través de grandes distancias.
Puede confundir y agotar a su víctima. Durante la cacería
junto a la manada, evidencia una astucia y eficacia
capaz de competir con el cazador humano. Este hecho
quizá motivó la tendencia arcaica universal
a vislumbrar en el lobo una encarnación del mal. Pero
el temor ante los poderes depredatorios del animal de
los aullidos también suscitó fascinación y promovió
la creencia de que en él bullen fuerzas extrañas, misteriosas.
Así, en la costa noroeste de América del Norte, el lobo
era venerado como poderoso espíritu animal que concede
al chamán potencia sobrenatural. Se obtenía de esta
manera una vivaz medicina con la que curar a los enfermos.
Al cubrir su rostro con una máscara de lobo, el chamán,
hombre de lo sagrado, se vinculaba con violentos espíritus
de la caza. Los chamanes lapones se creían lobos y los
chamanes tunguses invocaban al lobo para ser poseídos
por su espíritu. En diversas culturas de raigambre chamánica,
se relataban las visitas que los hechiceros recibían
de una mujer disfrazada de lobo. En la mitología nórdica,
las valquirias, mujeres guerreras, cabalgaban montadas
en lobos para atravesar el cielo. En el contexto también
de la imaginación germánica, Odin muere durante
la Ragnarok, la batalla final donde se destruye
el mundo. Entonces, Fenrir, el lobo cósmico-hijo
monstruoso de Loki- devora los restos del antiguo
dios tuerto de la sabiduría. En la mitología celta,
un lobo celeste despedaza el sol cada atardecer para
que la noche no extienda su oscuro reino.
Rómulo y Remo fueron fruto de un lazo clandestino entre
Marte, dios de la guerra, y una vestal. A causa de esta
penumbra en su origen, los gemelos fueron arrojados
al Tíber para que allí encontraran una líquida tumba.
Pero las aguas los llevaron hasta la gruta del Lupercal,
donde una gran loba, los acogió y amamantó. Cuando luego,
los dos hermanos fundaron Roma, su madre adoptiva resplandeció
como símbolo de la ciudad y expresión simbólica del
valor y las garras destructoras del imperio romano.
En la Lupercal, fiesta romana de la fertilidad, se honraba
a la maternal loba mítica.
En la Europa medieval, los lobos suscitaron un profundo
temor. Sus ataques sobre ovejas y demás ganado doméstico,
motivó, junto al miedo, la repulsa del animal cazador.
Esta presencia cercana y amenazante del lobo se combinó
con la ancestral creencia en hombres animales, humanos
que, generalmente en la noche y al amparo de los opalinos
rayos lunares, se transformaban en letales bestias depredadoras.
Esta mágica transformación acontecía en el caso de los
hombres leopardo y los hombres hiena de Africa, y el
hombre jaguar del Amazonas. Y era el caso también de
los hombres lobos en la tradición occidental. La leyenda
del hombre lobo nació en Arcadia, montañoso territorio
de la Grecia antigua, atiborrado de lobos. Esta creencia
se entroncó con el culto del Zeus Licio (Zeus
Lobo), y con Licaón. En muchas leyendas, Licaón
y sus hijos eran presentados como una familia proclive
a los excesos. Intrigado por estas anomalías, Zeus lo
visitó una vez, disfrazado de campesino. Licaón mandó
servirle carne de un niño. Encolerizado, Zeus volcó
la mesa y, según algunas variantes de la leyenda, luego,
como castigo, transformó a Licaón en lobo. De esta leyenda
procedería después la expresión "licantropía"
para aludir al hombre que se muta en animal y que aúlla
y ataca el ganado de los campesinos.
Y
el lobo es el señor del aullido. Autor de entrecortadas
canciones en el bosque nocturno.
Lois
Crisler, una científica norteamericana especialista
en lobos, describe el coro de aullidos de sus animales
favoritos como un placer musical y escalofriante: ¨Fuimos
despertados, en plena noche canadiense, por los aullidos
de los lobos. Probablemente, su canto figura
entre las más hermosas composiciones animales del mundo.
Las
dos voces cambiaban de continuo. Se elevaban y descendían
siempre en forma de acordes, nunca en unísono ni en
disonancia. Los intervalos alternaban entre terceras
menores y quintas. A veces se oía una nota larga de
un lobo, mientras que la voz del otro tejía curiosos
acompañamientos alrededor de la del compañero. Sus
sonidos, extraordinariamente puros, recordaban los de
un cuerno de caza. Los lobos se interrumpían intempestivamente
y entonces reinaba un silencio impresionante, como si
escucharan . La inquietante impetuosidad de aquel dúo
nos envolvió en un miedo oprimente¨. La científica recrea
el canto de los lobos con admiración. Desde una respetuosa
distancia. ¿Pero qué podría ocurrir si los misteriosos
animales del bosque cantaran cerca, tan cerca que...?
EL
CANTO DEL LOBO
Por Esteban Ierardo
Te
mueves, hermano lobo, donde se besan la luna y el bosque.
Acaso por momentos, recuerdas tu nacimiento, la salida del
vientre de tu madre. Aquella vez, los fríos dientes del
viento mordían ramas y hojas que se movían en animada
danza.
Diste entonces tus iniciales pasos sobre la nieve. Alzaste
tu hocico para abarcar el cielo, con una primera mirada.
Pero, desde entonces, rara vez contemplas la bóveda
completa. Porque siempre están cerca de ti el alma de
madera de los árboles, y los senderos que zizaguean como
serpientes barnizadas de penumbras.
Mientras
gobierna el sol, las paredes de tu verdadero cielo son la
maleza, las piedras y los arroyos. Y en el techo de
tu firmamento hay de nuevo bosque, nubes que son
cabelleras de ramas y hojas. Pero, quizá, en la noche,
las nubes de hojas que se suspenden en las copas, se
elevan. Y entonces ves la cúpula inmensa. Y tus ojos
arden cerca de los cuarzos de fuego, oscilantes. Sin fin.
De las astros. Y ella, la mujer secreta, la mujer
nocturna, te incendia de fascinación. Ella...
¿Cuántas
veces ya la has mirado a Ella? En la noche atiborrada de
nubes, o caldeada de estrellas. Y cuántas veces, mientras
Ella riega una parcela del cielo con rocas de plata y
enigma, tú te unes a la manada, como ahora lo haces. Y
con los otros seres de tu especie, exhalas aullidos y símbolos.
Y junto con la manada, escuchas al más anciano de tus
congéneres. De su garganta vetusta emana un canto. Que
resuena como un cuerno de caza. Y entonces corres. Corres.
En tu boca entreabierta, bullen futuros aullidos. Y tú, y
tus hermanos, la siguen a Ella, cuando Ella grita luz en
las alturas nocturnas o cuando recorre veloz el bosque.
Y
entonces toda la manada se detiene. Y en misteriosa
conjunción de voces, cantan. Cantan. ¿Acaso le cantan a
Ella? ¿Le cantas a Ella, lobo apasionado?
¿Por
qué cantas animal del bosque? ¿Por qué haces rodar los
soles de tu soledad sobre las tierras heladas mientras te
mueves con el viento para, junto con la manada,
llegar a otro lugar donde debes cantar?
Cantar...Cantar..¿Qué hay en tu canto? Déjame entrever,
en alguna noche de pinos y follaje, las campanas que
repiquetean en tu cantar animal. Animal eres: inteligencia
que piensa desde la sensación viva.
Tal
vez tendría que seguir con obstinación, sin temor a la
locura, a una nube que vuela ahora sobre la ciudad. Y que
se dirige, sé que así es, hacia tu reino, lobo, hermano
animal. Tu hogar: un mar de olas vegetales. Flujos de
savia, claroscuros y sonidos. De aves y viento. Que te
aman. A los que tú amas, hermano animal.
Sí,
quizá debería ser nube, delicadeza líquida que
desciende. Lluvia que desciende sobre el bosque. Así me
imagino. Y mientras soy esa nubosidad y las gotas que se
precipitan, entro en el bosque. En la noche. Y, entonces,
te descubro entre el arroyo y el árbol. Y soy, imagino
ser, la polifonía de la lluvia. Su crepitar
constante es la caricia de un frescor vivo, profundo. Y te
percibo cerca, hermano mío. Te has separado de tu manada.
Respiras ahora con un aire más viejo que los mares. Una
todavía callada emoción esculpe el rostro de tus
antepasados en tu piel.
Y
caminas ya bajo el susurro de las gotas. En el bosque.
Hondo. Hondo. Y yo, gota que soy, que imagino ser, me
escribo cayendo lenta. Pues quiero contemplarte más,
hermano animal. Quiero contemplar tus huellas; tu anatomía
empapada que arrastra las sombras de los robles; tus ojos
de luz extraña que perciben árboles y misterios. Que no
existen para el humano.
Y
cuando estoy tan cerca de golpear la nieve, palpito en ti,
criatura lejana, enigmática. Que creas una música más
inquietante que la del violín o el tambor. Y caigo
al fin sobre la nieve del bosque. El bosque que conozco,
el que imagino. No el tuyo que mi especie no puede
presentir ni sospechar. Y entonces, ¿acaso Ella está
cerca, en el cielo o en la tierra? ¿Es por eso que
comienzas a cantar?
Y
escucho tus cantos. Tus cantos: quejidos, himnos o melodías
que tallan altares. ¿A qué fuerza veneras en tu templo
nocturno? ¿De qué culto eres sacerdote? ¿Cómo
nadar en los lagos pintados de noche que vibran en tu voz?
¿Por qué no te compadeces de mí, de la angustia de no
ser tu destino de centinela del bosque que bebe plateadas
bebidas de luna? ¿Hasta cuándo, asombrado, preguntaré
por tu canto, lobo salvaje?
Quizá,
mientras soy agua, lluvia y nieve, tú me enseñes a
fundirme con la fogata de tu voz. Quizá, a pesar de todo,
ya canto contigo. ¿No será que ya las has convencido a
Ella para que me acepte como el hermano de tu magia?
Quizá
gracias a ti, la siento a Ella. La percibo mientras brilla
y corre. Y escucho que me dices: venera a aquella mujer,
que medita y nos imagina. Desde el firmamento y el
espinazo de la madera.
Y
junto contigo, le canto a Ella, mi hermano animal. Soy tan
parecido a ti. Lo mismo que tú, persigo el magma y el
misterio. Sí, por eso, contigo, hermano lobo, otra vez
canto. Otra vez, concédeme el don de cantar con tu voz.
En el bosque y la noche.
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