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EN LA LLAMA
DEL JAGUAR
Por Esteban
Ierardo

El pensar se nutre del concepto
y la sed de certeza. Pero también puede latir un pensamiento que
navegue en los océanos del simbolismo animal, en los mares radiantes
de la piel felina. Aquí los invito a participar de un extenso
acecho al posible corazón de sentidos que palpita en la presencia
del jaguar, y acaso de todo felino. Este ensayo traza un sendero
heterodoxo: es un pensar no desde la respuesta a alguna insigne
tradición filosófica (generalmente europea). Este pensar piensa
desde un ser capaz de atraer las fuerza vivientes. La
primera parte de la presente pieza ensayística es un recorrido
por los mitos y símbolos que el jaguar espoleó en la cultura mesoamericana
y en el antiguo Perú. Su segundo momento ya es decididamente filosófico
y especulativo.
E.I
EN LA LLAMA DEL
JAGUAR I
Por Esteban Ierardo
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Lo
que nos tranquiliza es el sentimiento casi indecible
de que en cierto sentido todo es jaguar, que la cama
misma es jaguar...y también la casa, oh sí, la
casa misma podría ser jaguar aunque la inteligencia
mas sutil vacile en aceptar semejante
hipótesis"
Julio
Cortázar
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La hojarasca y el suelo,
aun en invierno, absorben un calor raro,
movedizo. La madera del árbol, sus ramas enzarzadas en espesuras
frondosas, saben que es momento de callar. De acompañar un acto
de disimulo.
Y las hojas sudan. Y los insectos tuercen su rumbo cuando,
con su diminuta visión, entreven la proximidad de una llama escondida.
Agazapada. Llama de felino al acecho, de animal moteado
por hervideros de manchas de color café en su piel caliente. Jaguar
que piensa con sus ojos y sus zarpas. Respiración felina que fragua
su agresión desde la espera serena. Y mientras aguarda el jaguar
que un ser deseado llegue, camina sobre las mejillas de la tierra,
roza el aire, despierta saludos respetuosos de los árboles, y
celebra en secreto el sol que colorea la selva.
Y entonces el ser deseado, invocado, esperado, llega. Y el animal que esperaba en la
selva inicia la poesía de su salto, la música de sus
rugidos. Y sus garras se empapan con los torrentes rojos de su víctima.
El ser deseado, amado, venerado, la presa, ya es absorbida en el altar del cazador guerrero, de
armadura moteada.
El cazador: el jaguar. Felino divinizado en la América precolombina. Junto con
la serpiente, el águila y el cóndor, es el animal que mayor
fascinación suscitó en los
habitantes del continente que era del indio antes del arribo de
las naves españolas.
El jaguar (felis onca) también es conocido como tigre real. Es el
felino de mayores proporciones de América. Los mayas lo llamaron balam, y los aztecas y mixtecas
oceolotl. Su bella fisonomía
esmalta multitud de estelas, dinteles, monumentos, códices y
manuscritos de la civilización mesoamericana.
El jaguar habita desde los bosques tropicales del sur de México hasta la desembocadura del
Río Bravo en el
Golfo de México. Puebla también las serranías de Sonora en la
Sierra Madre Occidental de la costa del Pacífico. Dentro de las
sombreadas selvas de los trópicos, suele preferir las proximidades
de las corrientes de agua que empapan las franjas bajas de la
costa y los maglares pantanosos. A veces, se desplaza hasta las
laderas de los cerros y se adentra en los bosques, más altos, de
coníferas.
El atributo que diferencia al jaguar de los otros felinos es su
piel moteada, efervescente de rosetas de color café oscuro con
pequeñas pigmentaciones en el centro.
El jaguar es animal solitario. Sólo se reúne con la hembra para el
apareamiento. Es capaz de dominar un territorio que oscila entre los
5 a los 500 kms. En ocasiones recorre hasta 800 kms sin que se
conozca el motivo. La hembra alumbra de 2 a 4 cachorros que
nacen ciegos y recién ven la luz a los 13 días. El jaguar es
también excelente
nadador y trepador, aunque sus actos de cacería suelen
materializarse en el suelo. Es depredador de 85 especies. Sucumben
a sus violentas dentelladas mamíferos, reptiles, aves, peces, y
también engulle carroña, incluso plantas. Su rol dentro de la
cadena alimentaria de su hábitat o ecosistema es controlar las
poblaciones de animales silvestres de pezuñas (como el venado, el
jabalí, y el tapir). En su propio medio cumple la labor de lobos
y coyotes en otras regiones.
Cuando se presenta la oportunidad, ataca ganado doméstico. En ocasiones,
oculta su presa inhumándola. Los indios amazónicos aseguran que es
capaz de cazar peces atrayéndolos a la superficie a través de la
agitación de su cola en el agua y empujándolos hacia la orilla
mediante sus garras.
El hombre caza al jaguar por dos razones: por sus ataques al
ganado y por lo bello y cotizado de su piel. Este hecho, junto a
la reducción de la selva, son las principales causales del peligro
de extinción que acosa al gran acosador. Los tiempos modernos son
lodazales de amenaza para el cazador nocturno de la selva
tropical. Su estrella se opaca. Su esplendor se desvanece por el
taladro de las balas asesinas y por la indiferencia contemporánea
ante los cascabeles de símbolos que resuenan junto a sus sigilosos
pasos. Dentro de la exaltación del mundo racional, técnico y
funcional de la modernidad, el jaguar y la vasta diversidad animal
es sentenciada a una doble extinción: amenaza y muerte física y
aniquilación del aura simbólica por la cual el animal, en tiempos
antiguos, era encarnación de fuegos divinos.
Y a pesar de la distancia histórica, el jaguar, hoy diezmado y
extirpado de su aureola mítica, es el mismo que el otro ser, que la
fiera de brillo magnético y pletórico de manchas que vivió en el
mito.
ll. La veneración mítica del jaguar.
Muchas creencias míticas emergen como trasposiciones simbólicas
de la forma fundamental de subsistencia de un pueblo. Los mitos
de dioses que resucitan imperan en las geografías ecuatoriales
o aledañas, donde la agricultura es vía privilegiada de subsistencia.
La veneración al oso como principal animal auxiliar de los chamanes
esquimales, brota de la admiración por la astucia y el vigor del
cazador, atributos indispensables para la sobrevivencia en
las soledades árticas. El culto a las diosas del mar asegura la
protección de los pescadores y la prodigalidad de la pesca que
alimenta a los marinos y sus familias.
Pero, en el universo mítico, el jaguar no es venerado como propiciador de alimento. Su
destino no es nutrir, sino inducir el resplandor del espíritu
mediante las artes de la cacería.
Los pueblos de la América Antigua dependen de la agricultura.
El proceso de la tierra arada, sembrada, que entrega frutos, es
de índole femenina. El suelo generoso es metáfora de la vida donada
por la Diosa Madre, la Terra Mater. De ahí el continuum mujer-tierra-agricultura.
Por contrapartida, lo masculino se inspira en la caza. En
la historia de América Central y del sur, la caza es un modelo
de autorrealización ética, libre de la necesidad económica y utilitaria.
Bennett reelabora este proceso mediante el estudio de una tribu
jívara. Tras una jornada de labor en la selva, la tribu regresa
a sus tiendas. Los hombres encabezan la procesión que retorna.
En sus cabezas, resplandecen coronas emplumadas. En una
varilla, llevan los cuerpos perforados de aves cazadas. Detrás, caminan
las mujeres que sujetan cestas atiborradas con la mandioca que
les obsequió la tierra cultivada. Las mujeres ingresan al recinto
trasero de la choza. Los hombres entran por delante, ocupan el
espacio más amplio y se acomodan en esteras de madera. La caza
es fundamento de la prerrogativa masculina, de sus privilegios
de mando.
La caza también es afín a la guerra. Hacer la guerra posee a
veces una significación geopolítica de preservación o expansión
del propio territorio. Pero también alberga un valor ritual: ejemplo
paradigmático en la América Mesoamericana es la guerra
florida azteca. Contienda sagrada que se enciende durante un tiempo ritual
cuyo propósito es la captura de prisioneros destinados luego al cuchillo
sacrificial.
Soportar las experiencias del combate depara la iniciación en
la Orden de los Caballeros del Águila o el Jaguar.
Para pertenecer a estas órdenes se debe antes florecer. A fin
de abrir jubiloso sus pétalos, el guerrero se sitúa en el centro
de un campo de batalla ritual. Cuatro guerreros disfrazados de
jaguar tallan el desafío para su brazo combativo. Los contendientes
simbolizan los cuatro elementos. De ahí su emplazamiento en las
cuatro direcciones del espacio. Si el guerrero que late en el
centro triunfa, florece, deviene flor, que exhuma plenitud. Es
ya guerrero florido. El valor del nuevo guerrero místico es prolongación
espiritual de la fiereza del felino, del jaguar, del animal cazador.
El lazo afectivo del hombre mesoamericano y andino respecto a
la caza funda la centralidad del jaguar como modelo viviente de
una realización humana superior. A su vez, este modelo ejemplar
depende de la creencia en una real identificación y eventual fusión
del humano respecto al animal. Levy Bruhl explora con amplitud
y precisión las experiencias de la participación mística propias
de la humanidad mítica. El humano arcaico se identifica con las
formas y seres de su entorno. Su propia existencia es un continuo
participar de las fuerzas vivientes asociadas a la tierra, el
árbol, las aguas y el suelo. Y los animales. Mediante una dinámica
de identificación psicológica, el humano puede ser como el animal
venerado, cazado, devorado. Desde el esquema de participación
mística, el antiguo morador de las selvas tropicales de América
podía ser como el jaguar. Y asimilar así su destreza, astucia,
serenidad y determinación, su precisión guerrera, cazadora.
Al participar de la vitalidad del mundo animal,
el ser que vive lo mítico intuye su propio centro radiante.
Plasmación del ser a través de la animalidad. Exacto contrario de la modernidad. Para
lo moderno ilustrado, lo animal es tormenta instintiva que inhibe y perturba
al ego civilizado. Nunca es peldaño hacia la realización de sí.
La identificación humano-animal emerge en las febriles jornadas
de la cacería del paleolítico. Entonces, el humano tribal caza
en un principio para proveerse el alimento esencial. Pero ya entonces
asoma la percepción mística de la dignidad del animal. El cazador
sabe que su presa no sucumbe bajo el poder de sus lanzas.
La víctima se entrega por su propia voluntad. Para que este donarse
no se interrumpa, el cazador agradece al animal por habérsele
entregado.
En todos los casos, el alma del animal muerto debe ser venerada
y pacificada. De no ser así, el animal benefactor puede convertirse
en un peligro demoníaco. En el Amazonas, el jaguar está
rodeado por una aureola demoníaca. Si la fiera cae en una trampa,
los cazadores la llevan hasta la aldea. Allí, las mujeres espolvorean
de plumas la piel, le adosan anillos en las patas y luego prorrumpen
en lágrimas ante el animal muerto. Se suplica así al jaguar que
abandone todo deseo de venganza contra los hombres que involuntariamente
le han atrapado. Los boros del Oeste danzan alrededor del jaguar
abatido por el cazador. Lloran para suplicar la clemencia al poderoso
ser que finge inmovilidad y muerte. Si la fiera manchada no complace
los ruegos, el cazador perecerá. En otras formas de la danza del
jaguar, el cazador se arrebuja en su piel e imita sus movimientos
para manifestar su posesión por el felino.
Matar a un jaguar durante la caza puede también nimbar con un
aura de prestigio a su cazador. Así, en un culto al jaguar en
Bolivia Oriental, se danza alrededor al animal muerto, y los que
consumaron su muerte poseen el derecho de descuartizarlo y comer
su carne. Luego del banquete ritual, el cráneo es alojado en un
templo; allí, los cazadores se remiten a un chamán-jaguar.
Y, desde entonces, los que tuvieron la temeridad de cazar al gran
felino llevarán su nombre secreto, que le es revelado por
el chamán durante la ceremonia secreta.
En muchas tribus, quienes sobreviven a los feroces zarpazos
del jaguar ingresan a la cofradía de los chamanes-jaguares. Su
misión será entonces oficiar los ritos vinculados a los espíritus-jaguares.
Deberán invocarlos y apaciguarlos. Para multitud de pueblos de
América de Sur, les es dado al chamán el poder de metamorfosearse
en el animal cazador.
La continuidad de la identificación prehistórica hombre-animal en
la América precolombina acontece con especial nitidez en la cultura
olmeca y la de Chavín de Huantar.
lll. Los olmecas constituyen la cultura madre de la cosmovisión
maya. Como muchas culturas antiguas, para los olmecas el centro
es lugar privilegiado del espacio, es el sitio genésico, creador,
la fuente de la emanación primordial de la vida. Los olmecas identificaron
esta centralidad creadora con un enorme volcán llamado hoy San
Martín Pajapán, ubicado en la cordillera de los Tuxtlas, desde
donde domina la laguna sagrada de Catemaco. Para la experiencia olmeca,
el volcán es centro generador fundamental. Emanación de vida desde
un mundo subterráneo. El volcán olmeca se asocia con la Primera
Montaña Hendida de los mayas, el mítico lugar donde fue creada
la humanidad mediante el maíz.
Los olmecas fueron eximios
constructores. En el célebre complejo de La Venta reprodujeron el
Volcán primordial. Su cinceles también parieron las singulares y
gigantescas cabezas de piedra. Y también animaron la creencia del
hombre-jaguar.
En las grutas olmecas de Oxtotitlán, el culto del hombre-jaguar
refulge con su misterio. Las grutas albergan numerosas galerías
con cámaras pintadas que se sitúan entre el 700 al 600 a de C.
En el arte rupestre de Oxtotitlán, sobresale el mural del sacerdote
olmeca cuyo rostro se muestra cubierto por una máscara de un búho.
Este hombre sagrado yace sentado sobre una cabeza estilizada de
jaguar. Uno de sus brazos se alza hacia el cielo, y, el otro,
se extiende hacia la tierra. Doble dirección, ascendente y descendente
de los brazos sacerdotales que quizá simbolice la anhelada unión
cielo-tierra. La posición del jaguar debajo del sacerdote se refiere,
como luego observaremos, a la condición del jaguar como portal,
como apertura hacia el mundo subterráneo.
Otra célebre
escena rupestre de Oxtotitlán representa la unión sexual con el
jaguar, signo diáfano de la fusión humano-animal y su efecto: el
hombre-jaguar.
El animal jaspeado de manchas permanece acechante, agazapado,
durante el fervor del día. Y, en la noche, despliega su esencia
íntima de depredador, de cazador mortífero. Su acción nocturna lo
convierte en habitante natural de la oscuridad. Y lo oscuro
es, en la mentalidad simbólica arcaica, irreversible remisión a lo
cavernario, a la umbría hondura de la tierra; regresión al mundo
subterráneo como vientre creador o como asiento de potencias infernales y de la muerte.
En la región olmeca de La Venta, en Tres Zapotes, existe una
estela que exhibe una escena ritual que se consuma en las fauces
abiertas de un jaguar. El acto sagrado que se cristaliza dentro
de la boca del felino manifiesta su rol simbólico como portal o
abertura hacia el inframundo o la soledad subterránea de las
cavernas; es el corazón de la oscuridad del dios zapoteca de
la Tierra.
El simbolismo ctónico del jaguar en Mesoamérica alterna así dos
ritmos de la oscuridad. Lo oscuro como matriz o vientre de la
tierra maternal (que genera nuevos frutos y vida) y la no luz
como inmersión en una peligrosa región demoníaca. En la primera
función, el jaguar es guardián de las oscuridades terrestres,
telúricas, desde donde brota la verde riqueza del suelo y la selva.
En la segunda faceta, el jaguar mexicano se troca en sol de tierra,
sol nocturno. En numerosas mitologías, durante el crepúsculo,
la exultante esfera solar se sumerge en el mundo subterráneo.
En la noche, el sol-jaguar atraviesa el frío y peligroso reino
de pululantes fuerzas demoníacas. El felino solar que viaja dentro
de la tierra debe batallar contra potencias infernales. Luego,
si vence estos obstáculos, la apabullante corona del sol emerge
como luz victoriosa, triunfante. Brilla entonces la llama de la
nueva mañana, que es también el resplandor del lucero del alba,
la refulgente radiación matinal de Venus.
Los mayas identifican al jaguar con el número nueve, simbólico número de los
países del inframundo. El dios
felino es así "Señor de lo de abajo". Es también la tierra
que, con sus fauces abiertas, devora al sol entre las extenuadas
luces del crepúsculo. Y luego, el animal moteado se muta en sol negro, viajero de la tierra
subterránea que lleva sobre si una
concha marina, representación de la luna y, de manera paralela, del
renacimiento (por ser la Luna, la Mujer de Plata, la que renace en
el cielo nocturno luego de tres noches de muerte o ausencia).
Su repetida victoria en el mundo infernal, le otorga al jaguar
poderes como psicopompo, guía del alma de los muertos. En esta
arista de su existencia, el felino se confunde con el perro Xolotl,
dios canino que acompaña al sol-jaguar, al sol de tierra,
en sus nocturnas incursiones por las honduras terrestres. Es la habilidad del jaguar
como guía lo que permite franquear los nueve ríos
que impiden el libre acceso al Chocome Mictlan, el noveno cielo,
inmortal residencia de los muertos.
En su dimensión ctónica, el jaguar se hermana también con el cocodrilo.
Mixtecas y aztecas creían que la tierra surge de un cocodrilo
que nada en un mar primigenio. Para los mayas, el cocodrilo de
los comienzos transporta todas las geografías sobre su lomo. En
su significación telúrica, el cocodrilo puede sustituir al gran
jaguar como "Señor de los Mundos infernales". El terrible
habitante de las aguas también puede ser custodio de los
cuatro extremos del mundo, tal como acontece con el jaguar en
la cosmovisión azteca. El cocodrilo de las fauces abiertas, a
su vez, tal como aparece en las imágenes mayas, se identifica
con el jaguar cuya fauces expandidas representan a la tierra engulléndose
al sol en el ocaso.
Además de Señor del Mundo Subterráneo, el
jaguar es también el Señor de los Animales Salvajes. Es fuerza
rectora de la jungla y de las montañas. En los
ecos y los tambores de llamada puede presentirse su respiración
acezante.
Y el jaguar es Jaguar Celeste. Animal grávido de sacralidad
urania. Como ser celestial, el jaguar liga su destino mítico con
la luna, el agua y el sol.
Para el Popol Vuh, el jaguar es la diosa Luna-Tierra.
Los mayas imaginan a las hechiceras bajo la figura del felino
cazador e invocan así los poderes de la Señora Lunar.
En las geografías opalinas de la noche, la luna se desplaza con
gracia y luz. Luna que siempre experimenta el acecho de un ser
caliente y astuto que, en algunos casos, salta sobre la
refulgente esfera para
nutrirse con su carne plateada. El gran jaguar celeste comienza a
devorar a la Señora de la Noche. Pero entonces los hombres
saben dispensar un auxilio. Y urden estridentes
torbellinos sonoros forjados con golpes de madera,
morteros, y lastimeros quejidos de perros castigados para
forzarlos a tal expresividad sonora. Y el animal cazador,
aturdido, confundido, suelta su presa. Y se aleja. Y la Luna recobra luego su integra
anatomía.
En las construcciones de la edad clásica de las culturas mesoamericanas,
la boca estilizada del jaguar es manifestación simbólica del cielo.
Y en el cielo planea esplendente el águila. Para los aztecas,
el altivo pájaro es mensajero de la voluntad divina. Su mito
narra que allí donde un águila se pose sobre un nogal, se deberá
eregir una gran ciudad. Y el ave de la ceñuda mirada se posó sobre
la planta aludida. Entonces, los aztecas erigieron allí Tenochtitlán,
la capital del imperio de los adoradores de la serpiente emplumada
Quetzalcóatl. Y el majestuoso pájaro en especial era, como águila
solar, quien recibía el corazón de los sacrificados.
En la mentalidad azteca,
el águila es asimismo espíritu afín al jaguar. Ambos son protectores de las
potencias guerreras terrestres. El animal esmaltado de manchas
preside una de las cofradías secretas de caballería azteca, mientras que
la otra es regenteada por la presencia señorial del ave de pico
ganchudo. Al mismo tiempo, en el trono
ceremonial del monarca azteca, éste se sentaba sobre plumas de águila y
disponía sobre su espalda de un retazo moteado de piel de
jaguar.
El
jaguar puede emparentarse también con la serpiente. Con su
cuerpo versátil, hipnótico, el reptil de los
movimientos ondulantes emerge de las grietas y cuevas. Entonces,
como el jaguar, es guardián del mundo subterráneo, de la oscura densidad invisible de la materia. Pero el
reptil, a su vez, por su alargada y ondulante figura, se asemeja
al agua de lluvia. La serpiente es así agua que fecunda, es
receptáculo de las gotas
bienhechoras. Es serpiente emplumada, Quetzacoátl, la nube
saturada de lluvia. Es el dios capaz de fertilizar el suelo y de
apadrinar el crecimiento del maíz, el sagrado vegetal que
obsequia vigor y salud.
El dios de la lluvia azteca, Tlaloc, exhibe un rostro donde se
enzarzan dos serpientes. Y la lluvia contribuye al caudal y
volumen de las aguas de los ríos y arroyos que serpentean por la
selva y donde el jaguar se zambulle. Se revela allí como eximio
nadador. El felino es capaz de avanzar en el agua terrestre con la
misma agilidad con que se mueve el reptil emplumado entre las
nubes de la acuosidad celeste. En lo acuático, afín a la lluvia,
el jaguar no es cuerpo extraño sino huésped gozoso.
La serpiente es la difusora de la fecundación celestial. El jaguar
protege la oscuridad terrenal desde la que surgen los frutos, las
exuberancias vegetales del follaje, que patentizan la fertilidad de
la tierra. En la serpiente y en el jaguar se funden entonces dos
niveles de lo fértil: lo fértil de arriba y abajo.
IV. En Chavín de Huantar, en el tercer milenio antes de cristo, nace el culto
al jaguar. Chavín es la matriz del desarrollo cultural del
antiguo Perú. Centro ceremonial, espacio sagrado, estuvo
habitado sin interrupción desde el 1800 hasta el s. XIV ajc. La divinidad de
Chavín es el
jaguar en sus diversas
manifestaciones: como jaguar celeste (asociado a la constelación de
Orión), como sol diurno o sol negro, nocturno. En esta última
faceta, aparece como cuchillo clavado en el suelo de la galería
subterránea del Templo de Lazón.
En el altar de piedra de la plaza principal de Chavín, se muestra
el Jaguar Celeste. La piedra sagrada posee siete orificios. El
26 de diciembre, día del solsticio, la luz de las siete estrellas
de la constelación de Orión se derrama en cada una de las aberturas.
Luego, al amanecer, la primera llama de luz del sol se descuelga
del techo subterráneo del Templo de Lazón. El Lanzón es una piedra
enhiesta, donde se tallan personajes antropomorfos y jaguares.
Allí, la luz solar baña el rostro de un jaguar. Se renuevan así
las fuerzas estelares y solares. Regeneración celeste que requiere
un proceso semejante en cuanto a las fuerzas telúricas. La
renovación terrestre quizá se cristalizaba cuando iniciaba su
labor un sofisticado y fascinante sistema hidráulico, un dispositivo
acústico que aprovecha la convergencia de los ríos Mosna y Wascheksa.
El agua circulaba por un canal artificial de unos cien metros,
con un desnivel de veinte metros. El sendero canalizado era acompañado
con cavidades pétreas que oficiaban de agujeros amplificadores.
Así se imitaba el rugido del jaguar. La voz del felino se proyectaba
hacia lo alto. Signo de la restauración, en el solsticio, de la
potencia terrestre.
Y el
rugido del jaguar telúrico, subterráneo, sea quizá emanación
vital y sonora del jaguar antropomorfo
representado en la lanza de granito, el Lanzón. Para Tello, el descubridor
de Chavín, el jaguar antropomorfo es el principal dios venerado
en el antiguo templo peruano. La divinidad aparece de pie. Su mano izquierda se
extiende hacia abajo, y la mano derecha se propaga hacia lo alto, con sus dedos
extendidos. La cabeza del ser divino es de grandes proporciones. Y es felina,
con rasgos de jaguar; y de sus costados brota una cabellera en la que se
engarzan ondulantes serpientes.
Quizá, en la cercanía de la divinidad que unía la anatomía del felino y el
hombre, antiguos candidatos a la sabiduría sorteaban exigentes pruebas para
abandonar exitosos las galerías subterráneas convertidas en un laberinto
sofocante. Quizá debían arrastrarse cual ágiles serpientes para evitar
cuchillos que nacían de las ríspidas paredes; y tal vez debían perseguir las
señales de halcones que latían desde sus figuras esculpidas en los techos de
los senderos oscuros para así volver a luz y devenir seres de conocimiento y
poder. Seres que, como su dios, ahora eran un hombre-jaguar.
EN LA LLAMA DEL JAGUAR II

V. El animal, el jaguar, suda en su piel manchada. Un solo pelaje
contiene multitud de manchas café oscuro. La explicación más inmediata
es empírica, funcional, despojada de agudeza intuitiva. La multiplicidad
de manchas cumple la consabida función de mimesis con el entorno
selvático, el camuflaje que disimula la presencia amenazante del
animal cazador. Pero en el felino magnético pulsa una tierra
heterodoxa para el pensar. Por eso, este es el verdadero inicio
de nuestro ensayo.
Lo
anterior fue un respetuoso preámbulo a la tradición simbólica que
el jaguar ya ha plasmado en la historia. Nuestro intento no es ampliar o innovar los estudios
mitológicos y arqueológicos ya
consumados en torno al radiante felino americano. Nuestro anhelo
es componer la música de un pensar especulativo donde el animal
sea irradiación de simbólicos filones no percibidos.
El pensar regresa a su nervio animal cuando ambiciona la
existencia del cazador. Pero no para la caza de la sosegada verdad conceptual, de
una ratio o idea sustentadora de la mayúscula
arquitectura de lo real. La caza de un pensar animal es caza de
fuerzas, de manantiales efusivos donde el espacio es, con rigor
inevitable, constante radiación energética. El pensar como fuerza
cazadora de fuerzas, fogonea la metamorfosis del sujeto que así
piensa. El pensador del pensar animalizado ya no es ojo sereno,
logos pausado que enhebra sistemáticas reflexiones; ahora es la idea que exuda
conmoción y fascinación ante la diversidad de lo que es; es ansiedad por acechar y
desvanecerse en un corazón sin forma. Corazón sin figura que
palpita en cada figura. Pensar animalizado como continuo salto
sobre la materia y sus collares de formas y colores; pensamiento del pensador
que es en una
noche de misterio y alerta, donde respira en las cercanías del centro esquivo del ser que acaso
pare y alumbra todo ser.
Y para este pensar el animal no es latido. Es lo que late.
Jaguar
que late. Garra y colmillos son sus armas visibles. La garra que hiere y trocea,
el colmillo que taladra y despedaza, son vehículos de
la muerte. Pero también es la sal de una metamorfosis esencial. Garra y colmillo liberan
órganos, tendones y músculos, la sangre y los tejidos de la víctima.
Liberan a la presa del confinamiento a una forma, de esa forma que
separa el animal cazado del suelo y las
hojas, de los otros seres y el viento.
Comienza luego un segundo ritmo de la acción del jaguar cazador: el pasaje de la forma
disgregada a la carne absorbida. Garras y colmillos ceden el protagonismo a las
fauces abiertas, a la garganta honda y versátil, a la absorción,
digestión y asimilación de la vida fagocitada por la potencia
cazadora. El animal que caza y absorbe, el jaguar cazador, es
magnetismo, flujo gravitatorio que atrae hacia sí los
cuerpos antes separados de las presas. Las víctimas, el pécari, el ciervo, los monos, el tapir, el
perezoso, el agutí, el capibara, aves, caimanes, tortugas, huevos
de tortuga, ranas, peces y pequeños roedores, ahora regresan al seno de la
fuerza cazadora, succionadora. A un centro caliente, movedizo, que
engulle y concentra la vida de las presas antes atrapadas,
encerradas, en la soledad de sus cuerpos finitos.
El jaguar como lugar de concentración vital es equivalente a la plenitud del
absoluto reconcentrado en una sola palabra divina. Así lo imagina el
escritor argentino Jorge Luis Borges en La escritura del dios.
Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, padece cautiverio luego de la
caída de Tenochtitlán y del triunfo del español conquistador. En el
encierro, el mago recuerda la sentencia mágica del dios escrita el primer
día de la creación para conjurar el horror final del tiempo. La victoria del
hispano debe de ser signo de la disolución del mundo. ¿Pero dónde podría haberse
estampado el arcano divino? El mago examina realidades efímeras, incapaces de ser
el receptáculo permanente de una sentencia sagrada. Y en "ese afán
estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del
dios", y así Tzinacán imaginó a su dios "confiando el
mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían
sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos
hombres lo recibieran". La piel del felino es memoria del
pensamiento mágico del dios. Es conservación inalterable de una potencia
absoluta. Es pelaje erizado donde se oculta un poder remoto, amenazado
constantemente de olvido. Esa fuerza divina primordial palpita en una
gran, breve y concentrada palabra, pues "un dios,
reflexioné, sólo debe decir una palabra
y en esa palabra la plenitud". Así como la única palabra concentra
todas las palabras, el jaguar es centro de absorción, porque
"decir el tigre (leáse jaguar) es decir los tigres que
lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se
alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que
dio luz a la tierra".
Al jaguar siempre regresan los ciervos y tortugas, las víctimas
de su paladar. Y el cielo que fecunda la
tierra, que produjo el alimento. Decir jaguar, tigre real, felino
americano espolvoreado de manchas, es decir cadenas de hechos y seres
que confluyen en su presencia. En el jaguar, en inmediato acto, se
condensa la
amplitud espacial donde se rozan y palpitan en común animales,
vegetales, las extensiones terrestres y
celestes.
Entre los animales que viven a la sombra del felino, algunos devoran a
los otros; pero el jaguar no es devorado por ninguno. Así ocurre también
en el ecosistema de las palabras. Entre los días y las noches
humanos, las palabras alumbran y difunden sentido sólo dentro de
secuencias encadenadas y progresivas de voces, de
expresiones. El sujeto que habla se halla siempre dentro de una red
desplegada de signos. Redes donde cada nueva palabra devora, engulle a
la anterior. Pero el decir del dios abre y entrega las redes. Y no es
devorado por ninguna palabra previa.
La fuerza divina es la que devora y contiene en un solo verbo, en un solo
instante, el jaspe de cada expresión; es la devoradora que todo lo devora y
nunca es devorada. Como el jaguar. Extremo de la cadena alimentaria.
Palabra posterior, final, que caza todo lo anterior y lo devora, pero sin
ser él fagocitado.
VI. En el cazador solitario perduran las voces y energías de los seres
engullidos. La selva devorada siempre es en, con, el felino depredador.
¿Pero cuál es entonces la naturaleza de la soledad del solitario cazador?
La descripción del jaguar como ser solitario delata la superficial
comprensión de su existencia de animal cazador. La soledad es la nada de lo otro. Es mar del yo condenado a
desplomar sus olas dentro de
los propios huesos, no en las playas de la otredad. Lo solitario como
angustia es presencia que nunca es encontrada por otra conciencia del afuera.
En la soledad que lacera, el alma es texto sin lectores procedentes de
otros textos.
Pero el jaguar no participa de esa soledad que no recibe respuesta al
propio eco o reflejo. El felino siempre respira dentro de la llamada de su especie. Cada jaguar repite la
filosofía del acecho de sus
ancestros. Ellos aún exhalan calor en el nuevo y último movimiento de
las garras felinas. La multitud de los individuos de la especie jaguar
gruñe en cada uno de sus ejemplares. Y el cazador americano es de
continuo encontrado, acompañado, por la selva. Lo selvático expande sus
raíces y el rumor de
sus seres en su atención vigilante. La selva acepta, necesita, responde
y encuentra, al único ser, el felino, donde todo puede ser re-unido,
concentrado, engullido. La naturaleza tropical es fiel y
acompaña al aliento que une todas las exhalaciones. El jaguar es encontrado,
acompañado, envuelto, por la selva, aunque su cuerpo, en apariencia,
avance solo.
¿Pero por qué la fuerza depredadora que, mediante la triangularidad
garra-colmillo-fauces,
concentra en sí la vida antes multiforme y separada, no succiona y
absorbe en su corazón invisible las manchas múltiples que jaspean
su piel? ¿Por qué subsiste la dispersión de manchas en su pelaje? ¿Qué
dice la piel del felino?
Al arribar a América, los españoles creyeron que los
jaguares eran leopardos. Lo mismo que su hermano americano, el
leopardo exhibe una piel veteada de manchas. Ante ésta, se decía que
era "un manto de ojos". Ojos del dios que contempla
el tiempo de los seres desde
la altura, desde su sitial privilegiado en la cúpula. Los ojos
divinos se asimilan a la mirada estelar, a los astros que escrutan,
contemplan y vigilan la vida humana. La piel de felino que subyace a sus
manchas-ojos se asimila así al cielo, expresión tradicional de la
sacralidad máxima, de lo absoluto e infinito. De la totalidad que
todo lo contiene. De manera explícita, para los mayas, el moteado
pelaje amarillo del jaguar es el cielo estrellado.
Pero las figuras
manchadas del jaguar pueden asumir otro valor. Las manchas, las
rosetas café oscuro en su pelaje, también pueden
ser signos de la diversidad de formas de la naturaleza.
La piel moteada es manifestación jeroglífica de la biodiversidad. El jaguar deviene
así
cielo que se mueve y tierra que se desplaza señorial
con la multiplicidad de su creación. En el felino se concentra no
sólo la vitalidad de las antiguas presas. La sinfonía multiforme
de la naturaleza, con la diversidad de figuras y colores de la
tierra, simbólicamente converge en su condición de centro que,
agrupa, concentra.
Pero la centralidad del jaguar es diferente a los centros estáticos de la
tradición sagrada. En las culturas arcaicas el
centro es sitio de concentración de las fuerzas divinas y zona de
comunicación entre lo celeste y lo terrestre. Este rol arquetípico se
corporiza en templos y ciudades, montañas y cuevas, árboles y
rocas. Un cúmulo de centros inmóviles en su enraizamiento en la tierra.
Y el centro es también el animal. Primero bajo la figura del tótem
entre los clanes prehistóricos. Luego, en la estatuaria y los
murales egipcios, persas, cretenses, mesoamericanos. Pero la imagen
artística, estática, de la estatua y el mural es siempre remisión al
dinámico y viviente
poder del animal. Por lo que el animal como centro, el jaguar como
concentración
de la fuerza sagrada, es centralidad en movimiento, en
acecho.
Aun la inmovilidad como atributo ontológico de lo animal es
chisporroteo de un aura divina. Así fue en el Antiguo Egipto. Los egipcios asumían que la vida
humana es cambio, desgaste que debilita, tiempo que opaca la lozanía de los rostros y los frutos. El animal, en cambio, es
inmóvil, posee hábitos heredados, inmutables. Cada individuo es
repetición de un arquetipo fijo de conductas propias de su
especie. Este permanecer de los animales es epifanía de eternidad. Lo eterno es
propiedad distintiva de los dioses. El animal así es afín, en su
naturaleza, a lo divino. Pero la divinidad eterna es aptitud para
la creación continua. La sacra inmovilidad animal es entonces
participación del movimiento divino entendido como inacabable
sucesión de
nuevos actos creadores.
El animal del hábito inmóvil y el animal cazador del salto veloz,
preciso, avivan un mismo efecto: la intuición de que en el animal
de conducta estable o en el depredador felino de vitalidad
exultante, restalla un centro que reúne y afirma las energías
divinas.
Pero meditemos ahora en la condición del cuerpo finito que es
receptáculo de la vida amplia, universal. En la anatomía pequeña, finita,
del felino, se concentra todo efluvio de lo vivo disperso y
esparcido en el espacio. En el universo astronómico, en el vacío
cósmico, lo disperso es pululación de ingentes partículas
de polvo y gases que flotan libremente. Hasta que la gravedad los
atrae, los concentra. El centro de la agrupación de la vida antes
dispersa, adquiere densidad. La densidad es aumento exasperado de
temperatura, es orgía del calor del que nacen los fuegos
estelares, las hogueras relumbrantes en la noche. Como los ojos del jaguar
que arden entre las vestiduras negruzcas de lo nocturno.
La concentración de las fuerzas en el felino lo convierten en
organismo de alta densidad vital. Y el exceso de densidad
incendia. En el cuerpo del felino vive el incendio constante de lo
infinito que regresa a lo finito. La anatomía manchada del jaguar
es así incandescencia, radiación. Fascinación de la vida encendida.
Fuego de lo infinito que refulge en los ojos de jaguar aun en la
atmósfera negra
sin sol.
El fuego como fulgor de la vida expandida e infinita en una figura
pequeña, es metáfora de lo real saturado de fuerza. Heráclito intuye
esta envergadura
simbólica. Para él, el fuego es
medida de todas las cosas. Todo es, a un mismo tiempo, permanencia y
transformación como acontece en el baile constante de la
llama. El fuego como símbolo del ritmo del universo. Pero, a pesar
de todo, el fuego heracliteo es idea, concepto universal, inasible. La fogosidad del felino,
en cambio, es irradiación visible, próxima. La llamarada en él no es
serena idealidad que no acecha, merodea ni amenaza. El felino es
fuego como proximidad, como potencia que alumbra y fascina. Destruye y engulle. El resplandor de la
energía concentrada en el jaguar es
potencia que alumbra y desintegra; es repetido acto de trituración, calor que crece entre las dentelladas de sus eficaces
colmillos. Fuego que tritura, despedaza la forma que es lo que encierra,
lo que enclaustra; y libera así los licores vitales que
regresan a lo vasto.
Pero, en el felino, la vida amplia no sólo se concentra
como fuego, irradiación. En el jaguar, y en otros de sus hermanos
animales, lo infinito se redime de su amplitud difusa, y existe
como cercana eclosión de lo sublime.
Lo sublime lejano o romántico y lo sublime próximo del jaguar. En la
estética romántica del
siglo XVIII, se cultivó la experiencia de lo sublime. Según Kant,
frente a la noche estrellada, frente a la negrura cósmica
ilimitada, nace un sentimiento de lo inconmensurable. Burbujea así en el pecho humano un exaltado asombro ante
la infinitud del espacio. Este encuentro con lo vasto eleva el espíritu hacia serenas alturas.
Es elevación placentera. En lo sublime puede sentirse también
el horror
ante lo vacío y sin fin. Pero lo sublime como horror o elevación
gozosa es motivada por la infinitud siempre replegada en los
confines de la mirada. Infinito en la lejanía.
En el jaguar, lo infinito ya
no es lo amplio y difuso en los lindes del ver. Ya es siempre
vastedad temporariamente replegada en la anatomía radiante del animal que
nos merodea, amenaza e induce la aceleración de la música cardiaca.
El felino transforma la infinitud, antes distante,
inofensiva, sin peso, en cercanía que sofoca, enloquece el corazón;
vomita inquietud y zozobra. Fascina. Fascinación ante
el infinito sublime que camina, el cielo y tierra que se desplazan
y ocultan en la selva y la cueva.
VII. Y bajo la mirada temerosa de la
luna, caza el gran felino de América. Es el cazador.
El jaguar, soberano animal cazador, nos provoca una necesaria
meditación sobre la significación de la caza. El cazar
es acto de regreso. Como ya destacamos, el animal que caza
reconcentra en sí, lo antes disperso. El supremo cazador oficia
también como divinidad que absorbe y atrae a sí, a su vientre lo
que antes era amplitud difusa.
Y animal caza, pero el hombre nunca es cazador.
Sólo un cuerpo captura, despedaza, absorbe y libera la fuerza
de otro ser. El animal cazador es cuerpo que caza. El humano únicamente
apresa mediante sus armas, formas de negación y olvido de su anatomía
débil. El arma es chispeo de ingenio. Figura primero mental y
conceptual y sólo luego un poder físico de ataque. El arma es
fuerza de destrucción que manifiesta un calculo de la inteligencia,
no una potencia propia del organismo, de una biología fuerte y
feroz. El animal depredador es cuerpo
viviente que caza. El humano es el calculador que caza o avasalla
mediante los medios exteriores a su propia anatomía, lo cual denota
la incapacidad del hombre para un acto real de cacería.
Mediante las armas de su invención, el humano puede matar al jaguar,
y arroparse en su piel para adquirir mágicos poderes u
obtener dinero. Pero la
pervertida caza humana, no puede disolver la superioridad
cazadora del felino, su potencia de vida concentrada, su destino
de infinito próximo que acecha y fascina.
VIII. Y el felino no sólo
respira y acecha para humillación de lo humano. El jaguar actúa en
la conciencia de los hombres como hierofante
involuntario de la fascinación poética. El tigre, por ejemplo,
el otro gran animal de la pelambre surcada por rayas,
provocó en
el prerromántico inglés William Blake una respuesta sensible
esencial del humano ante el espacio: la fascinación poética.
La fascinación como restitución del estado de hechizo o embrujo ante las
cosas. El hechizado
encuentra en el afuera ebullición, lo real incendiándose. El hechizo nace
del encuentro de la realidad ya no como superficie opaca o indiferente
sino como apertura a la aparición magmática del color y la figura bella.
Solemos vivir en la conspiración contra el vulcanismo solar. El sol dona
a las cosas el don de ofrendar al espacio, y a los ojos en
ese espacio, las sinfonías de colores. El resplandor colectivo de la
tierra. En nuestro mundo prevalece la ilusión del vulcanismo restringido
a ciertas regiones y ciertos momentos eruptivos. El tiempo presente nos obliga a no advertir que las cosas
sólo se
donan, entregan, como belleza colorida a los ojos y al espacio gracias al
vulcanismo solar, diario, repetido. La fascinación descubre la cosa
nimbada por el vigor del color. El color tal como es revelado, alumbrado,
por el volcán solar.
La no percepción de la repetida erupción del fuego celeste nos priva del
fascinado hechizo ante la potestad del color y de las figuras que él delinea, esculpe. Por eso, para nosotros, en nuestro existir
cotidiano, el color vive en una tibia diseminación, incapaz de
incitar o fascinar. Es simplemente accidente, ornamento y barniz, no
potencia creadora de superficies, figuras, de los tejidos de cosas y
seres.
La mirada epocal se apropia de las formas sin experimentar con fruición el brillo
de los colores creadores; sin experimentar la pujanza más exaltada del color emanado de la cosa en el
instante que ésta celebra la llegada de la luz matinal que le dona la
oportunidad de expandirse y relumbrar en el espacio. Pero la expansión es
un alejarse de sí, un perderse del colorido de un árbol en los
otros árboles que lo rodean; el perderse del color de una roca
entre otras piedras; el extraviarse de la coloración de un
edificio entre otras torres de cemento en una ciudad moderna. Los
colores que se alejan de sí al expandirse, se esquilman en la
coexistencia o confusión con otros coloridos.
El color preserva su vigor singular cuando renueva su
comunión con la luz inicial matinal. El color es su plenitud
cuando renace tras su desvanecimiento en el océano penumbroso de la
noche. Cuando la luz que mana el cráter solar toca una nueva vez
la cosa ésta se reinstaura como radiación auroral, como relumbrar
matinal. El color es recreación de la cosa, de su figura y
superficie cuando la alumbra la luminosidad del volcán celeste
solar entre los últimos estertores del lienzo desfalleciente de la noche.
Y el intenso colorido del felino es lo que hace
patente un color que no se distancia, que no se disipa en roce, confusión
o yuxtaposición con otras emanaciones coloridas de las
formas. Por eso, en la piel felina bulle con frescor continuo el
relumbrar matinal del color tal como es alumbrado por el sol volcánico.
Y el encuentro de la luz, lava descendente del volcán celeste, solar, y
las cosas, es acontecimiento de placer cosmológico, ambiental. Lo
celeste goza al encender el color de la cosa, al provocar el instante en
que el color de nuevo relumbra. Y el color alumbrado, a su vez,
disfruta con todos sus pigmentos y figuras del roce y abrazo del toque celestial. Acontece así un erótico estremecimiento, un orgiástico
hervor sensual. Sensualidad cuya cumbre es el encenderse de la mañana
en el encuentro de la luz
solar y el color; sensualidad que prolonga su instante de
goce en el felino para evitar su disipación, para prolongar el relumbrar
matinal a través de la totalidad del día y la noche.
En el jaguar, y en sus hermanos felinos, persiste el erótico goce
ambiental que brota del fundirse, encontrarse, de la luz del volcán celeste y las alumbradas cosas terrestres. En la
coloración
intensa, en la belleza sensual, felina, perdura el aura vivaz del color que resurge en la
matinal celebración de la luz.
XI. Y todo podría ser jaguar, o de hecho lo es... Nuestra
conciencia civilizada despliega sus mejores armas para
circunscribir el feudo animal a lejanas tierras salvajes, o al
zoológico como una de las apoteosis del espacio finito
controlado. Lo animal confinado a lo distante, ausente, es la
estrategia desesperada para ocultar nuestra pertenencia al mundo animal.
En su narración Con la cual estamos muy menoscabados por los
jaguares, Julio Cortázar imagina la invasión del estrecho y
seguro ámbito de la casa por la enigmática omnipresencia del jaguar. En la
cama, en el velador, en el reloj, en la aspiradora eléctrica,
pululan jaguares. La cercanía amenazante de lo animal sólo se amengua
y asimila si aceptamos que estamos "como imbricados en un
engranaje de jaguares que van del más pequeño de la lata de té a
los más enormes, a aquellos cuyo tamaño sobrepasa nuestro pobre
entendimiento". La cadena de los jaguares que nos acosan remiten al
último que los incluye a todos, a aquel que también comprende
los espacios que rodean la casa; y es así que "no
solamente la casa sería jaguar sino la ciudad, la ciudad y en torno
de ella el país". Los jaguares palpitan y rugen en la intimidad de la casa, de sus seres y objetos,
y en las geografías más vastas y
envolventes de la tierra. Reverberaciones de la omnipresencia sin
escapatoria de los jaguares, de una presencia repetida, larga, sin
retazos de endeble ausencia.
En el decir de la narración cortazariana el verterse del calor
felino en el espacio social y geográfico nos menoscaba. Menoscabo es
disminución desde varios senderos: menoscabar puede ser atenuar una potencia hace un instante
poseída, o mostrar una vitalidad extinguida o que nunca existió. El menoscabar del felino libre dentro de la casa urbana
delata la imposibilidad del ser urbano de experimentar el realismo
biológico y cosmológico.
Atendamos a la primera pérdida de lo real biológico. La piel del
humano urbano es superficie cutánea a encubrir, vestir; o es envoltura carnal, o lugar de un decorativo bronceado
solar. Lo necesario es decorar y exhibir mi propio cuerpo, ya no
experimentar las fuerzas más amplias de la que procede lo
corporal. Por lo que no hay sitio para la practica del realismo biológico,
que es aquello que sabe que lo corpóreo pertenece
a los procesos vitales de la naturaleza. El cuerpo es presencia
particular que simboliza la acción de un orden natural más
amplio:
el del planeta y su red de ecosistemas. El arcaico simbolismo
corporal cultiva el realismo biológico. Por eso, el hombre de las
culturas antiguas descubre paralelismos entre las diversas regiones
corporales y el mundo vegetal, animal, astronómico. Las fuerzas
de las rocas, animales y árboles pueden galopar dentro de
las selvas de músculos y huesos. Así, en la Antigüedad y el
Renacimiento, el cuerpo es experimentado como continuidad de los
procesos vitales de la naturaleza. La corporalidad humana es, de
esta manera, símbolo de lo particular que sólo existe dentro de
la red de ecosistemas del mundo natural.
Y a través de la completa constelación del ecosistema
planetario, se expanden los jaguares imbricados, enzarzados,
tejedores de un sola piel que todo lo incluye y acalora. Pero
nuestro reino epocal ya no experimenta lo que el realismo
biológico sabe. Nuestro cuerpo ya no se percibe como sitio de resonancia de todos los
ecosistemas; nuestra anatomía no es así cauce donde galopan las libres
aguas de las fuerzas del crecimiento. El cuerpo, nuestra constitución
biológica, ya no es símbolo de algo más vasto. La corporalidad es
despojada de su
dimensión simbólica trascendente. Sólo en la sensualidad del
bello cuerpo femenino desnudo subsiste un
tibio eco de la resonancia simbólica y la temperatura vital del
felino y su piel, del cuerpo y su biología como posible cáliz
donde hierven universales fuerzas.
Y el jaguar próximo que nos
menoscaba, aun en nuestro imperio de la urbe, ruge con insolencia
uno de nuestros secretos: la incapacidad para experimentar nuestra
biología como llama que danza dentro de la red de los
ecosistemas, dentro del espacio saturado de explosiones de color.
La ausencia de realismo biológico se complementa con la carencia de
realismo cosmológico.
Somos por el color y la figura de nuestros cuerpos y nuestros
colores y formas encendidos y anunciados por la luz de la erupción
solar. Todos los géneros de la iluminación artificial sólo recrean
el originario mar de luz diurno. En el color que dibuja nuestras
proporciones y rasgos, la luz celeste goza y celebra la presencia
el agua y la carne de nuestros cuerpos. Esa
es la realidad cotidiana de la naturaleza y el cosmos que, a través de
la cúpula y el suelo, nos alcanza y afirma. En nuestra piel
alumbrada por el rayo de sol o luna, existimos en la misma realidad
donde los cuerpos celestes son radiación luminosa.
Pero el tambor de la representación burguesa del mundo nos aturde
lo suficiente como para negar el cuerpo como símbolo y altar de
celebración. Y también nos conmociona con la necesaria brusquedad
disonante como para forzar el no pensamiento sobre el origen más elemental de la
civilización. Nada crea la técnica y los calderos de la industria
que no sea recreación de la naturaleza preexistente. Ningún
componente de un objeto técnico, artificial, no fue antes algún
elemento natural. En un sentido estricto, el hombre sólo es
transformador, no creador. Pero siembra en la temporalidad moderna
la ilusión de lo autofundado: del sujeto que sólo por sí mismo se
crea; del objeto que a sí mismo se fabrica pues, tal como el
marxismo lo ha revelado con suficiente precisión, tiende a olvidarse
el trabajo humano que es su verdadera causa.
El humano vive dentro de la casa donde no sospecha orgías de fuerzas que estallan arriba y en la vena
íntima de la
materia. Y golpea más fuerte el tambor del aturdimiento y se grita a
sí mismo para no atender a los jaguares que invaden el espacio y
nos menoscaban. Los jaguares que nos ofrecen su piel para
religarnos con la naturaleza viva de los ecosistemas y la luz del
sol y la estrella que enciende los colores que anuncian las
formas. Demasiada confusión y golpes disonantes necesita el imperio del capital para
alejarnos de los imbricados jaguares. Que nunca dejan de arder.

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