Las manos
del artista dibujaron las líneas sobre la lisa pared. Luego,
eligió la combinación de colores adecuados. Entonces, lentamente,
en el fondo del fresco temblaron las aguas. Y entre el
espacio líquido se desplazaron libres, gráciles, los
peces. Peces del baile. Delfines.
Delfines con sus emblemáticos rostros risueños, que disfrutaban
de su nuevo hogar. Morada especial ya no sólo de mar, de océano;
ahora también nadaban y ocultaban sus enigmas en una pintura
mural de aproximadamente el 1600 a.c. perteneciente al palacio
de Cnossos, capital del reino cretence-minoico, residencia del
rey Minos.
El ágil acróbata de los saltos emergió con frecuencia en el
oleaje mítico. Los hombres observaron,
o creyeron observar, delfines conduciendo a los pescadores hacia
bancos de peces, o guiando a puerto seguro a barcos perdidos en
aguas turbulentas, o arrastrando a tierras firme a
desafortunados náufragos. Algunos comportamientos visibles
devendrían, con posteridad, en filones de narración mitológica.
Pero, como luego intentaremos destacar, quizá también existan
otras propiedades simbólicas del animal acuático vinculadas a sus
formas más que a sus conductas auténticas o presuntas. En este sendero
de la reflexión que recorreremos el delfín y sus
saltos se asociarán con el agua, la luna, el sonido y el
cielo.
Uno de los mitos griegos esenciales en relación al amigable cetáceo es el mito del poeta
Arión. Arión, el poeta, triunfó en un
concurso de poesía en Sicilia. Al regresar por mar a su tierra natal,
Corinto, los marinos le anunciaron su decisión: lo arrojarían por la
borda para quedarse con sus riquezas. Antes de
aceptar su destino, el poeta solicitó una última concesión: cantar. El
poeta cantó. Y la hermosa melodía que nació del valle lírico de su
inspiración se expandió en las aguas. Llegó hasta los oídos de
unos particulares moradores del reino submarino. Arión se arrojó
finalmente al mar y, poco después, los cetáceos de curvados picos
lo acomodaron en sus lomos y lo transportaron hasta tierra firme.
El delfín que protege, que salva, aflora también en la leyenda de
Melicestes quien, perseguido por un padre despótico y
encolerizado, se arrojó al mar. Pero un delfín lo salvó y, luego,
lo convirtió en dios marino.
El delfín como amable montura del humano aparece también en las
monedas de la ciudad de Tarento, en las que se observa la estampa
de Taras, hijo de Posidón. Taras monta sobre un
delfín. En el monumento
de Lisícrates en Atenas, nadan delfines con rasgos antropomórficos
(izquierda), u hombres que se mutan en la fisonomía del delfín.
Delphis, la palabra griega para delfín, le dio su nombre al santuario
helénico de Delfos,
principal lugar de adoración del dios Apolo. Y, en el siglo ll o
lll, en Roma, el delfín es asimilado por la iconografía cristiana. Como pez
crístico, sucede al primer pez que simbolizó al Cristo Jesús. En las reuniones secretas de
las catacumbas, los primeros cristianos encontraron en la
imagen del pez vulgar, del pez anónimo, un símbolo del Hijo del Salvador. El
delfín como representación simbólica de Cristo que protege, auxilia, motivó la
inscripción de la catacumba
de San Cornelio de Roma : "El pez es el salvador de los náufragos".
El delfín helénico anterior, que auxilió a Arión y Melicestes, se
metamorfoseaba ahora en el áureo corazón de un Cristo salvífico.
El delfín cristiano, como pez guía de las almas, también es
propagación de una creencia pagana previa. Griegos y
romanos percibieron en el nado del delfín una señal simbólica de
la trasmigración de las almas hacia las Islas Afortunadas, lugar
mítico de la vida siempre dichosa. La imagen del cetáceo danzarín
fue así estampada en numerosas tumbas. En la iconografía
cristiana, a veces el delfín se presenta enrollado a un ancla de
forma cruciforme. Ancla mística fundida con el pez. Ancla
como emblema del alma que es guiada por el sabio pez hacia el
lecho, la morada de la profunda y velada verdad donde se debe
habitar.
Y el pez de los saltos, en la imaginación cristiana, también
palpitó como fuerza combatiente, guerrera. La función del
delfín, como
criatura
del Cristo combatiente, tal como lo destaca Louis Charbonneau-Lassy
en su clásico El bestiario de Cristo, se
manifiesta en el anillo pastoral del Obispo Ademaro de Angulema,
pontífice cuyo episcopado se extendió entre el 1070 y el 1101. El
prelado exhibía en uno de sus dedos un ágata en la que un lapidario
grabó la gracia de un delfín enroscándose en un tridente,
expresión del Cristo atravesando su martirio en la cruz.
Con
sus dientes firmes, el pez rompe la cabeza de un pulpo cuyos tentáculos agitan enfurecidos las aguas. Es el Cristo triunfante
que embiste y despedaza a Satán. El amable cetáceo deviene así
espíritu animal próximo al águila, el ibis, el ciervo, el león,
animales que derrotan a la serpiente bíblica.
El pez que salta elegante en las aguas alberga en sí
el poder del auxilio al desventurado, la guía de las almas, la
embestida contra el mal amenazante. Pero el pez que baila, como todo animal,
como toda emanación de vida, no cede fácilmente sus secretos...
ll. Y el agua brilla. Es mediodía, quizá. El sol
riega el mar y las olas. Con gemas de luz. El viento, frota con dedos amables, ahora, el
océano convertido en una
inmensa planicie líquida. Y, entonces, el pez esculpe, rápido, una abertura, e irrumpe
por la hendidura. Y salta. Con gracia. Sus saltos son óleos con los
que pinta figuras intangibles, formas de un sentido que asciende,
se eleva y luego regresa a su morada entre pliegues flexibles de
agua. Y al descender a las
profundidades, los delfines se agrupan. La luz solar que se infiltra
en el mar, vierte sobre su piel rayas que disimulan su presencia. Cada ser
bañado por los quebrados brazos de luz se distinguen por un pico
bien desarrollado, una aleta central en forma de hoz que se curva
hacia atrás. Y en la cima de sus cabezas se sitúa un respiradero, una
figura semejante a una media luna.
Los delfines son animales gregarios. Se esparcen en 32 especies, y
se desplazan en manadas de
por lo menos un millar de individuos; aunque esta integración
acontece principalmente en el momento de recorrer grandes
distancias o al agruparse en las zonas alimentarias. En ocasiones,
muchos de sus miembros pueden separarse y luego reintegrarse. No
habría así ninguna señal contundente sobre una organización
social estable a la manera de los primates. Sobre la supuesta
inteligencia del delfín tampoco hay certezas o pruebas
contundentes.
Los delfines pueden ejecutar tareas complejas y
memorizar extensas rutinas. Evidencia también cierta capacidad de
innovación. Y poseen un cerebro de notable tamaño en relación a
su cuerpo. Cerebro surcado, a nivel de la corteza, por numerosas
circunvoluciones. Algunos suponen que esto es indicio de una alta
inteligencia aunque, para otros, la profusión de circunvoluciones se relaciona con la
primacía
en el delfín de lo sonoro, lo acústico. Los delfines se comunican esencialmente
a través de sonidos. Las vibraciones que
emiten se prolongan desde los 0,25 khz hasta los ultrasonidos que
oscilan de 80 a 220 Khz. Esta baja frecuencia parecería que es
empleada por los delfines para la ecolocalización de su alimento.
La sonoridad emitida impacta en la posible presa y, luego, regresa
con la información sobre su ubicación y características. Se
especula también que el sonido irradiado por el cetáceo aturde a
la presa antes de engullirla. Esta función es especialmente
significativa en los delfines fluviales (con sus cinco especies:
ganges, indo, lacustre chino, amazónico y del Plata), poseedores
de una visión defectuosa a causa de su hábitat en los estuarios
cenagosos donde la visibilidad no supera unos escasos centímetros.
Debido a su propio método de investigación, la ciencia no puede
trascender las constelaciones de datos observables.
El corredor indispensable de su conocimiento es el de la hipótesis que reclama
verificación.
Al biólogo marino, especializado en el estudio del comportamiento del
delfín, no le es posible asegurar atributos secretos del cetáceo
no estrictamente comprobados. No le es dado suscribir la tan
mentada inteligencia especial de los delfines o su presunto
lenguaje de emisiones sonoras.
La episteme rigurosa no salta desde lo observado hacia lagos de
especulación. El secreto sigue así empotrado en el corazón del
animal, del pez del gracioso salto. El secreto del animal acaso, pueda ser
acechado por el aliento de un imaginar simbólico. Especie de
imaginación que sí puede saltar junto al ser que danza sobre la hierba espumosa de
las aguas...
lll.
El agua teje un plácido y plano tapiz. El viento silba, ahora, en
otras llanuras del espacio. En el mar ni siquiera se crispan los
albos dedos de las olas. Y entonces serpentea un repentino sonido. El
delfín inicia su salto. Su pico se estira hacia
la dirección del cenit. Su cuerpo estilizado flota, por un segundo,
sobre la salobre fluidez marina. Se suspende entre sedas
del éter. Aún no se desplaza hacia a un lado.
En este comienzo del salto ya hormiguea un primer sentido velado: el
salto del cetáceo mana una semejanza con el salto que existe en
toda experiencia simbólica. La imaginación nutrida por los símbolos
trasciende lo meramente observable. El símbolo no sólo ve lo que
se muestra;
entreve también el lógos, espíritu, pneuma, el sentido, alojado en la
médula intangible de las cosas.
El símbolo convierte algo pesado (la
roca) en sentido leve, en significación simbólica( la piedra
ahora como receptáculo de lo que dura, permanece, ajeno a la
erosión
del tiempo). La
intuición simbólica auspicia así
el salto desde un primer paraje de existencia (la presencia empírica
de las cosas) hacia otro nivel de realidad, otro
peldaño que deviene
cima o altura (la significación no manifiesta que yace en
el mundo).
Muchos animales terrestres
ejecutan poderosos saltos: el canguro, el oso o las variedades de
los felinos en su arremetida contra sus presas. Pero estos
saltos acontecen en su medio terrestre. Son bruscos
desplazamientos entre dos puntos de la tierra.
Por el contrario, al saltar, el delfín se desliza entre dos medios
fuertemente diferenciados, dos niveles claramente contrastados
de existencia: el agua y el aire. El salto del delfín es salida de un medio, el agua, e ingreso, acceso, a
otro estadio: lo aéreo. El agua, en una de sus funciones míticas, se
asemeja al hábitat terráqueo: retiene, succiona hacia abajo,
impide la elevación. Es lugar, planicie de existencia, donde, en
general, impera la gravedad y la pesadez. Lo pesado remite, a su
vez, al existir en una realidad física, densa, sólida. El delfín
habita primero entre la pesada liquidez. Pero lo pesado
hospeda dentro de sí procesos sutiles que trascienden o rompen la
pura densidad física. Procesos sutiles: la información genética
que repite las características de la especie; la información
biológica, también sutil, impalpable, que circula por todo el
cuerpo y le enseña las formas de interacción con el entorno.
Proceso sutil: en cada ser o cosa pesada anida una significación
que confiere sentido a esa existencia.
Y todo lo sutil se hermana con el aire. El delfín salta desde el
regazo de la pesadez acuática hacia la levedad aérea. Salto que,
simbólicamente, une, reconcilia, el existir de lo denso (el agua) con
la existencia de la sutileza etérica (el aire). El delfín y su
salto, lo mismo que el salto del símbolo, trasciende el orden de
lo que pesa y se muestra hacia una levedad aérea, afín a lo
intangible del sentido.
Pero, al continuar su salto, el pez se esparce, por un
instante,
en una línea horizontal y, luego, su flexible cuerpo se arquea,
adquiere una figura próxima a un semicírculo, a una bóveda, cúpula, cielo. Como destacamos con anterioridad, para la
mitología griega, el delfín, delphis, concedió su nombre a Delfos,
máximo santuario del dios Apolo, y uno de los fundamentales oráculos
del Mediterráneo antiguo. Muchos objetos artísticos grecorromanos
exhiben al delfín como atributo de Apolo. Y Apolo es irradiación luminosa, bella
efervescencia solar. El delfín y la luz se manifiestan en muchas
lámparas del periodo pagano y luego en luminares, con delfines
irradiantes, que ofician de ornamento en las primeras basílicas
cristianas. La luminosidad apolínea, fuente del fulgor del
delfín, es expansión celeste,
amplitud de la bóveda, firmamento altivo, semicircular. Morada
vasta del ojo solar.
En el delfín, delphis, reverbera la délfica divinidad del cielo.
La anatomía curvada del pez en el lapso horizontal de su salto,
recrea, con fugacidad y disimulo, la abovedada geometría celeste.
Pequeño cielo, micro-cielo, suspendido bajo el lomo versátil y
arqueado del pez durante su salto. Cielo, simbólicamente enzarzado con el gran
cielo, morada de la luz de Apolo. Pero, en su raíz griega, delphis
también se asocia con delphys, voz griega para útero, matriz. Desde
las vetas de la imaginación mitológica ( lo mismo que en el pensar
presocrático de Tales de Mileto), todo emerge desde el agua, lo líquido y
húmedo. La sustancia inicial en el vientre de una gran
Diosa que, en el comienzo, gesta y pare el mundo, el espacio, el
cielo. La alusión al útero en su etimología, enlaza al simpático
cetáceo con el agua de la matriz
desde la que emanan las cuatro direcciones del espacio de la tierra
y el cielo donde hierve la fogata del sol.
Pero en lo alto también refulge la luna.
El astro opalino rige
los ritmos acuáticos de los mares, la lluvia y la menstruación
femenina. La
luna es patrona del tiempo que fluye y del agua que
fertiliza. Y la esfera selenita es reina de la noche;
mensajera en la bóveda nocturna del agua original, de lo uterino
que emanó la vida inicial. Y en el delfín lo lunar se manifiesta por
la semejanza con algunas partes vitales de su anatomía.
Las aletas del pez son su medio esencial de locomoción. Y las aletas,
con su figura de hoz, semejan una media luna. El respiradero, el
orificio de la respiración, la abertura inhaladora del aire indispensable, ostenta la forma de una media luna. La media luna de la aleta y el respiradero de
delfín se une, por la semejanza de las formas, con la gran Luna y
sus fases que rigen
el movimiento del tiempo y el ritmo: el ir y venir del ascenso y
descenso de la marea, el ir y venir de la lluvia, equivalente a
la pendular dinámica, de entrada y salida, del aire vital.
En cada salto de delfín entonces, acontecen silenciosas
repeticiones. Antes de hundir su hocico en las aguas, el instante
del cuerpo suspendido y arqueado repite un cielo que asciende, bóveda
amplia que brota de la líquida matriz del comienzo. Y el delfín que
eleva aquel pequeño cielo, por escasos segundos, repite el
resplandor de Apolo, regente de la luz solar.
Y, al hundirse otra vez en las aguas, el delfín urde rosarios de
sonidos. Sonidos que, como los de la ballena, rey de los mares, se
expande a la distancia. Ningún animal terrestre proyecta sus
sonidos a tan vastas longitudes como el mamífero ballena o la familia de los
cetáceos delfines. Las desconocidas y secretas sinfonías del
delfín musicalizan el medio acuático. Adentran la
libre musicalidad del viento dentro de las venas submarinas. Sólo
el viento, en la atmósfera exterior, terrestre, es capaz de
expandir sonidos, silbidos, ululaciones y murmullos, las formas de
su propia musicalidad, hacia los más apartados poros de la tierra.
El delfín, y aún más la ballena, exhala expansivos sonidos. A
través de estos especiales habitantes del mar y
los ríos, el mundo acuático no es trono del silencio en dos de sus
posibles figuras. Primera figura: silencio opresivo, mudez sepulcral. O,
segunda variante: silencio
sin palabra ni sonidos; andadura extraña de lo silente como estado
afín o como preámbulo a una realidad inefable.
Ni el silencio de la muerte ni el silencio místico reinan en el universo
submarino porque allí resuenan las secretas polifonías de ballenas y
delfines.
Dentro de las arterias del mar, galopa así un viento, no el modulado,
claro está, por las gargantas del aire. Sino un viento líquido.
Ráfagas acuáticas de vibraciones.
Para el marino, la superficie con su horizonte ancho y los racimos
de olas, es donde el mar se dice; para el historiador de
naufragios, generalmente buscador de tesoros, el mar se dice en el
lecho que hospeda a los barcos muertos; para el biólogo marino,
el mar se dice en las diversas especies que viven en los
suelos o en la extensión marina. Pero para quien, mediante el oído, imagina las corrientes sonoras que propaga el pez de los
bellos saltos, y el gran consumidor de placton, el mar no se dice en
el lecho, la superficie o la dispersión. El océano se dice en su
espesura donde el agua protege la vida que habla y se oculta, en el
sonido y la vibración.
EN
EL ALTAR SUMERGIDO
Y el tapiz azul tiembla sobre tus ojos. Vibra, se ondula, entre
corriente de luz que ofrenda el sol. El aire ya se desvanece en tu
sangre. Nuevo oxígeno debe nutrir tu movimiento, mientras
recuerdas. Recuerdas el peso del mar y el arco abierto del cielo.
Y deseas emerger. De tus ojos dimanan dos líneas rectas que suben y atraviesan aire. Viento. Nubes.
Estrellas. Y, entre las dos líneas que ya exploran una lejanía
celeste, asciendes como el magma, ávido de superar el cono
caliente del volcán y arder fuera. Mientras más veloz subes, las
líneas de tus ojos, antes verticales, separadas, se inclinan una
sobre la otra y, donde se cruzan, trazan una angosta boca, un
retazo de tenue saliva de mar. Boca del túnel volcánico. Túnel por
el que trepas mediante la temperatura de los movimientos de tu
cola.
Y entonces, atraviesas la boca de espuma, la cima de un volcán de
agua. Y ya... saltas...
Saltas! Saltas y ríes!
Y, luego, un breve regreso al hogar líquido, y, después, de nuevo, ...ahí...ahí va,
sí, sí...
Salto...salto nuevo. Nuevo salto...
Quisiera saltar contigo y llevar en aletas vidas secretas del océano, evocaciones del cielo ligero, sonidos de un jubilo que
asciende como vapor desde el fuego.
Y en este nuevo salto, antes de inclinarte y tallar tu gracia en
un semicírculo, te estiras en una línea recta,
semejante a una columna firme de templo; y percibo que demoras el
giro que lleva a la cima de tu salto. Y lo entreveo, lo
presumo, quieres prolongar un instante la suspensión, anhelas
extender el segundo de tu pose erecta porque ahora es cuando
percibes todo el mar. Todo el mar que asciende y flota contigo.
Lo sé...lo sé... en tu breve latido aéreo, en tu fugaz tiempo de
pájaro, en tu hacer que suba el mar y salte en el aire, en tu rostro se
enreda cada habitante del agua. Cada pez nada en ti; cada medusa y
coral, cangrejo y flora de mar, serpentean en torbellinos dentro de
ti; cada roca y volcán, cada montaña y fosa, golpean platillos
vivaces en ti; cada ancla y madera de barco muerto, cada marino
dormido en los lechos, soplan. Soplan flautas angustiadas en
ti.
Y, entonces, cerca de tus ojos suspendidos, todos los seres de la
mar contemplan contigo, contemplamos juntos, la bóveda acribillada de
luz y anchura, las nubes que beben altura, las olas que golpean el
torso del océano para acompañar los murmullos del viento.
Y contemplamos el anillo del horizonte, donde la lejanía oculta su
origen. Y, gracias a tus saltos, toda pesadez oceánica ahora es aire,
flotación, percepción hirviente del mundo sin agua. Y
gracias a tus saltos: la pesadez es
ligero asombro que flota.
Y ya empiezas a inclinarte. El giro comienza. La cima de tu salto
espera. Y, ya sí, sí, derramemos aletas y elasticidad de esponja
en un medio círculo, en
una figura
arqueada, próxima al arco de la bóveda. Y el gran cielo descubre
el pequeño cielo que aferras entre tus aletas y el lomo arqueado.
Y el mar que te observa, recuerda un cielo que en una noche
oscura parieron las aguas.
Y tu salto enciende y extingue selvas de antorchas, y da más bríos
a ríos salvajes y molinos incansables; y, desde nuestro efímero
cielo, regresamos, contigo regreso....regresamos...a
lo hondo...
Un diapasón secreto brota lento entre tus vértebras. Relámpagos de sonido emanan de tu piel. Serpientes de
vibración nacen de tu
verbo. A veces, tu sonido es látigo sutil que encuentra y luego
engulle a la presa. Pero, otras...¿ pero otras...? ¿Qué música es la que urden las campanas de
sonido que emanas? ¿Son
tus sonidos, tus palabras, flechas que viajan lejos, ancla que se
hunde, nube que trepa la cúpula? ¿Hasta dónde quieres que
descienda contigo?
¿Es distinto el mar a lo que los sabios de mi
especie aseguran? ¿Por qué me dices, con fastidio en ocasiones,
que regrese a la superficie de mi urbe seca, refugio de borrascas
de sequedad? ¿Qué me hace creer que me asiste el don de acompañarte
y de acompañar tus sonidos, tus palabras, hacia la noche
escondida del océano?
¿ Acaso crees que yo podría renacer en tu gramática extraña de
cetáceo?
¿ Acaso imaginas que el humano pueda arraigar donde lo sonoro es
revelación y no información?
Al menos, imagina por mí, hermano del salto y el océano, que la
diosa, la Diosa que te ha dado el agua, te impone una pesadilla
donde no podrás conseguir que me aparte de ti; no podrás evitar
que te siga al descender a la entraña de la tierra submarina. Y
la Diosa te obliga a que pienses en mí: la verdad no aletea en el
concepto. Seco. El ser esquivo se disfraza con armaduras de
agua. Agua desde la que Algo pare seres y mundos...
Pero, ahora, debemos subir...¨¡Sube! ¡Sube!¨, me dices. ¿Es que ya
me ha sido concedido el pensar dentro de ti, el descifrar tus
señales? ¿Acaso será por eso que no te sorprendes cuando cerca
de ti, emerjo en aguas frías y nocturnas?
La esfera de plata mece su cabellera
sobre el mar; entre débiles olas, centellean y se ondulan sus rizos
plateados; y advierto que, junto a ti, vienen otros cientos de tu
especie. Y nadamos hacia una noche que no espera el alba...
Todos en silencio, nos deslizamos hacia un faro ajeno a la mirada
de los marinos. Y me detengo porque tú y los tuyos, se han
detenido; y porque estoy cerca de ti, no dudo que la Reina de la
Noche se hunde en la copa de sal y agua del océano. Y nada debajo
de nosotros. Y, lo presiento, lo imagino, ya muchos de los tuyos acuden a un
altar inundado.
Y en el alfabeto viejo del mar descendemos. Desciendo próximo a
cientos de tus hermanos. En cada segundo de caída, se desvanecen
las torres altas de mis recuerdos humanos. ¿Qué otro, con las
formas de mis piernas y mis ojos, ha descendido en este valle de
vegetación que se hunde?
Y llegamos hasta piedras aplastadas de agua. Nadamos alrededor del altar
inundado. Sí, ahora, olvídate amigo cetáceo que fui alguna vez,
aunque acaso siga siéndolo, prisionero de la urbe moderna. Seca.
Pulpo ahogado por sus propios tentáculos. Olvídate para que yo
también pueda girar alrededor de la esfera
que irradia tempestades de luz empapada. Pero, rápido, advierto
que la luminosidad se distancia, se repliega en el centro de
anillos de oscuridad. Oscuros círculos. Círculos entre la escama
de la noche de mar. Círculo y negrura. Círculo donde sé que late el verbo anterior a toda claridad de palabra. A todo farol
de pensamiento.
Y, en la noche sumergida, abajo, columbramos remotos cabellos de
plata. Los cabellos de la que antes ardía en el altar.
Y todos los
de tu especie, inician himnos. Vientos de sonido. Campanadas de
líquida vibración. Y tú y los tuyos, nadan
hacia abajo. No sé, amigo mío, si pueda seguirte ya. No sé si aún tenga la
gracia para que me guíes, mediante candelabros y antorchas de sonido, hacia
el centro del anillo oscuro. Hacia el nuevo altar en la noche del agua.
Donde sé que tu Diosa te pedirá que saltes.

Otro item sobre delfines en Temakel:
Delfines
en las aguas de la Patagonia