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EN EL BOSQUE
CELTA
Por Esteban
Ierardo
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Robles en el bosque (Foto Universidad de Oviedo, España)
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Los hombres construyen templos
para convocar lo sagrado. Pero la naturaleza misma quizá sea el
santuario. El bosque quizá sea el templo esencial. Lo mismo que
entre los germanos o en la antigua India, los celtas veneraron
el universo de los árboles. Los druidas, sacerdotes de blancas
vestiduras, hallaron en el roble la fuente del saber divino. Y
el claro, el sitio despejado del bosque, circundado de madera
y follaje, acaso fue su altar.
En las líneas que siguen recorremos la noción céltica de nemeton
o claro sagrado, los resplandores simbólicos del Grial, la sabiduría
solitaria de Merlín y la magia del roble y el muérdago, las espirales
y un huevo de serpiente.
En el bosque celta, el templo es la penumbra, la hoja, el roble
y la cúpula de las ramas misteriosas. Siempre visitadas por los
caballos salvajes del viento.
A propósito del bosque y su dimensión simbólica en Temakel también
pueden consultar
El
bosque y
el poema El
árbol cerca del claro
E.I
EN
EL BOSQUE CELTA
Por
Esteban Ierardo
I.
Hacia el claro
Y
el bosque es el templo celta.
Y los árboles, maderas pensantes, visten su savia con la corteza y la
hoja. Océanos de hierbas y broza pujan por tocar las orillas de las
raíces, y escuchar, allí, campanarios abandonados. Y hadas, duendes jocosos, y caballos con la piel del color
inventado por la nieve, danzan. Corren. Entre los senderos y las
penumbras de la floresta. Y pájaros, descendientes de la primera noche
misteriosa, cantan. Y sus cantos viajan, en alfombras de
viento, hacia el claro. Al que algunos llegan con silencio y devoción
incendiándose en la mirada. Algunos hechizados por el
embrujo del árbol y el atardecer melancólico entre las copas, llegan
al claro, al santuario dentro del templo de madera.
Y
el bosque es el templo celta.
Lucano afirmaba:
"Adoraban (los celtas) a los dioses en los bosques sin hacer uso de los
templos". Al aludir al bosque el autor latino emplea el término
nemus. Denominación
que se vincula con el nombre de uno de los pueblos que según la
historia mítica del Lebar Gabala (el Libro de las invasiones)
invadieron Irlanda: el pueblo de Nemed. Nemed procede de la misma
raíz
de nemus que
significa "cielo"; y se entronca con el gaélico niam,
el galés nef y el bretón nenv. El
nemeton
es así el
santuario céltico esencial, es el claro sagrado, el círculo celeste
que bulle dentro del bosque.
Los druidas de la Galia se congregan en el Bosque de los Carnutos una
vez al año. Estrabón dice que los gálatas celtas de Asia Menor
"tenían un consejo de trescientos miembros que se reunían en un
lugar llamado drumenton"; nombre afín a nemeton y
al antiguo nombre
de la Fuente de Bareton; así también como a Beleton, acaso derivado
de
Bemeton, "claro consagrado a Belenos".
Pero, más allá de las posibles procedencias etimológicas de nemeton, lo
esencial es su significación simbólica. El claro en el bosque es un
espacio vacío que quiebra la homogeneidad circundante. Su aspecto
despejado, libre de vegetación espesa, irradia un aura nítida
y vibrante. El claro es así el vacío que oficia de
centro, de corazón íntimo de la floresta. Corazón que
se convierte en fuente, lugar simbólico desde donde mana lo vivo.
El claro es
así centro y fuente. Y también es sitio privilegiado de
apertura o trascendencia. Al estar en el claro, el hombre se
aproxima a la emanación divina; escucha campanadas sutiles de lo
sagrado y trasciende su condición profana, finita, atrapada entre collares de
objetos.
Pero el claro, como santuario
céltico
dentro del bosque, no corresponde a un emplazamiento físico puntual
e invariable. El claro como centro simbólico es asimilable a otros
sitios singulares de la geografía; el claro puede latir también en la cumbre de los cerros, o en islas; o en la cueva oscura.
El que el centro pueda manifestarse en múltiples sitios avala la igualdad de esos diversos centros. En la antigua
Irlanda,
el santuario de la capital Tara, actuaba como omphalos, centro del
mundo, porque allí se encontraba la Piedra de Fal, la piedra que
gritaba cuando el individuo predestinado a coronarse soberano se sentaba
sobre ella. Este centro era el de mayor resonancia en el mundo
irlandés arcaico. Pero los diversos centros poseen el mismo
poder de apertura hacia lo sagrado.
El nemeton, el claro en el bosque solitario, posee la misma efusión
trascendente que otros centros distribuidos en la geografía sagrada.
Y
el santuario en el bosque es desierto porque, etimológicamente, desértico es lo que "está abandonado",
aquello donde no impera la actividad humana. El desierto de la
solitaria arena es sólo la imagen enfática del paisaje o realidad
sin la presencia del hombre. Allí donde no se estampa la pisada humana surge la desolación, el territorio yermo, el espacio salvaje sin
civilización. Pero el desierto, percibido desde una visión
simbólica, rechaza
su mera condición estéril. Por el contrario, las
extensiones desérticas son geografías de trance por excelencia.
Sitios de tránsito, de deslizamiento hacia lo sacro.
El claro en el bosque es desierto por ser ajeno a la huella humana. Pero el
claro dentro del
tapiz frondoso del bosque refleja otro atributo esencial. El claro
es aquel estado donde la vida ya está concentrada
en un altar de hierba, de tierra desértica, desnuda, amada por el sol.
El claro es altar anterior
e independiente de los altares del templo humano.
El mundo moderno vive al templo desligado de su filosofía
originaria. En la antigüedad, el templo es imago mundi,
manifestación en escala reducida del universo. El templo no es entonces lo que generaba lo sagrado;
sólo lo convocaba, lo atraía, resaltaba. Pero, en la sensibilidad
contemporánea,
el templo no es lo que atrae lo sacro sino lo que lo produce en su propia
interioridad. La casa religiosa contemporánea no convoca, sino que crea y
entrega, ella misma, lo sagrado. El
altar, en este santuario, brilla por sí mismo. Sin el templo artificial,
para el hombre moderno no hay recuerdo de lo trascendente.
Y frente a la iglesia labrada por manos hábiles y desesperadas de hombre,
reverbera el otro templo: el bosque forjado por la tierra y sus formas, donde el
humano no es el
constructor, sino huésped, invitado, visitante. Visitante del
santuario del bosque donde debe
sumergirse en senderos penumbrosos para descubrir el
claro, el altar.
Donde el mamífero religioso debe orar y esperar.
El templo artificial como arquitectura que propicia la aparición de
lo sagrado deriva del antropocentrismo de lo divino. Las
antiguos dioses griegos exhibían fisonomías humanas. Sus
personalidades se componían de virtudes o defectos semejantes a los
de sus adoradores. Para algunos pensadores de la época, como Jenófanes de
Colofón, detrás de la composición de los dioses anidaba la
proyección de las propias cualidades del hombre. La aparición de lo
sagrado era así efecto, consecuencia, de la imagen humana o del
santuario eregido por él.
Frente a esta figura de lo sacro como prolongación de la
psicología del hombre reaccionó Brennus, el jefe de los guerreros celtas que invadieron
Delfos, en Grecia, hacia el 290 ajc. Según nos refiere Diodoro de
Sicilia: "Brennus se echó a reír porque (los griegos) habían
supuesto que los dioses tenían formas humanas y los habían
fabricado de madera y piedra".
Ante
las estatuas antropomórficas de los dioses griegos, no lo era posible entender al guerrero
céltico que lo divino fuera representado con los perfiles de la criatura humana.
Lo divino sólo puede ser en las formas naturales de piedra o
madera, o en estilizadas figuras geométricas.
II. La luz del Grial
Y en el claro del bosque
celta, en su espacio de lo
sagrado, impera la desnudez. Pero allí puede brillar también un
cáliz extraño, y el embrujo de un nombre imantado: el Grial.
No es este el instante para recrear las amplias investigaciones ya
trazadas sobre los orígenes del mágico vaso. Sólo recordemos que
las dos teorías fundamentales que se esgrimen en esta materia son la
cristiana y la céltica. La primera posición asegura que el Grial es
el cáliz de la última cena de Cristo. Es el vaso del que beben el
maestro, hijo del padre divino, y sus discípulos. Es el recipiente
también que después manipula el comerciante José de Arimatea para recoger la
sangre del lacerado y chorreante cuerpo de Cristo. Luego del
martirio y de la ascensión de Jesús a la diestra de su
padre absoluto, José de Arimatea lleva el vaso a Inglaterra. En las
llanuras del sur inglés, planta un árbol y erige la Abadía de
Glastonbury. En un pozo empotrado en el jardín trasero de la
construcción eclesial, oculta la divina reliquia. En el
fondo de aguas subterráneas se hallaría entonces el Grial empapado
aún con las rojas gotas de la pasión de Cristo.
La otra teoría asegura la raigambre céltica del Grial. El mágico
recipiente sería
heredero de los famosos calderos celtas como el que aparece en el
vaso de Gundestrup.
Más allá de su problemático origen histórico, el Grial alberga un extraño
líquido
capaz de brindar regeneración,
calor y sabiduría. Revelación luminosa del ser profundo.
En la célebre La muerte del rey Arturo, de Thomas Malory, el rey de los caballeros de la Tabla Redonda
rompe
el orden divino, de manera involuntaria, al yacer con su hermana
Morgana. El soberano se despeña entonces en la lasitud; sus fuerzas
vitales se desvanecen y lo condenan a la postración. Extenuado, demacrado, yace
en su trono. Junto a su decaimiento físico, languidecen también los
suelos de su reino. Su país se convierte en tierra yerma. En el
universo mítico que envuelve al rey Arturo, la vida
se debilita y disipa cuando se corta el cordón umbilical que liga la
propia vida con la fuente de lo divino. Tras
la ruptura del lazo comunicante, se debe recuperar la fuente para
renacer. El Grial es el sustituto del útero que recibe los nuevos rayos de la fuente divina.
Pero el Grial sólo admite la presencia humana tras
un largo proceso de ascesis y de peligrosas aventuras dentro del bosque.
Luego de su desfallecimiento, Arturo envía a sus caballeros en busca
del Grial. Los envía hacia aquello que puede contener y retener lo
que en realidad es inasible, lejano, atemporal. El Grial puede
contener la potencia de lo eterno y lo sagrado. Pero sólo es eficaz
si se le manifiesta a los hombres dentro del tiempo. Sólo es
plenamente trascendente dentro del flujo temporal. El Grial se manifiesta
como altar en el tiempo donde recibe las luces calurosas del
ser.
El Grial es altar de tiempo.
Y lo temporal es lo que se sucede, se
desplaza, se mueve. De allí que el Grial sea altar móvil, nómada, desplazable.
Es acaso el equivalente pagano (o una prolongación cristiana) del
tabernáculo judaico, del arca de la alianza. Objeto sacro que
patentizaba la continuidad del cordón
umbilical que une lo humano y lo divino.
Y el Grial, como nómada altar temporal, puede moverse entre los vastos senderos
del
bosque. Pero, a pesar de todos sus posibles movimientos, no
suspende su vínculo con un único lugar, el
claro, el centro misterioso del bosque, el santuario céltico.
El Grial se manifiesta por primera vez dentro del bosque, en el Castillo del
Grial. Allí, en El cuento del grial, de Chrétien de Troyes,
arriba el joven Perceval. Con anterioridad a este hecho, Perceval ha
vencido al Caballero Bermejo y ha sido alentado por el rey Arturo
para cabalgar en la médula del peligro en busca de los blasones y el
honor del caballero.
Perceval llega a un río. Allí, un hombre hunde un anzuelo en
la corriente. Pesca. El joven aspirante a caballero, recién
llegado, le pregunta por el castillo del rey que impera en aquellas
tierras. El pescador le indica el camino. El jinete sigue la senda
señalada entre la floresta. Asciende hasta la cuesta de un cerro donde
se yergue la silueta señorial del castillo, donde es bien recibido.
Perceval descubre entonces que el pescador no es otro que el rey,
el Rey Pescador, quien es víctima de una herida que lo mantiene tullido. Sólo
puede trasladarse de un lugar a otro gracias al auxilio de sus
pajes.
El rey invita al huésped a su banquete. Con asombrados y
complacidos ojos, Perceval contempla entonces los manjares que
tapizan con
formas deleitosas las mesas. Entonces, se abren las puertas y un
resplandor comienza a esmaltar de luz el festivo y suculento recinto.
Hace su entrada un cortejo precedido por una bella mujer,
arropada en blancas vestiduras. Su presencia exhala radiante luz. Pero
más aún el objeto que porta entre sus manos. Es un vaso fulgurante,
un objeto feérico: el Grial. Junto a la mujer, avanzan dos pajes.
Uno lleva un plato de plata; y, el otro, una lanza en cuyo extremo mana
sangre.
Luego de algunos instantes de diáfano esplendor, los solemnes visitantes y el
exultante vaso se retiran.
A partir de ese instante, Perceval ya no participa sólo de la
exuberancia de una fiesta cortesana, profana. Ahora, atraviesa,
experimenta, un banquete místico. Experiencia de índole ritual en
la que, por primera vez, el Grial, el sacro recipiente luminoso, se ha
manifestado.
El altar nómada, movedizo, ha mostrado parte del esplendor que
recibe de la fuente eterna y divina de la existencia. El altar que
brilla, se desplaza tanto en el castillo como en el bosque, en el universo de intrincadas paredes vegetales.
Y sólo lo más puro puede respirar una brisa sin polvo. Sólo
Sir Galaad, el caballero de la pureza, es capaz de respirar así. Dentro del ciclo
Breton, la narración emblemática de la busca y hallazgo del Grial es la
Queste. Relato exhalado por plumas sacerdotales. Mediante
esta anónima obra (como también acaso a través del Perlesvaus,
"el Alto libro del grial"), el monacato cristiano apela en su provecho
a la estampa del caballero valeroso y la fama del enigmático Grial. El sacerdocio de Cristo decide convertir la
historia ya difundida de los caballeros de Arturo y el prístino
vaso, en el ariete de una estrategia de proselitismo y pedagogía
cristianas. Anónimos sacerdotes narran la historia acaso de fuente pagana, para
exaltar el espíritu como fundamental meta de la caballería
medieval. El caballero no triunfa por su valor físico
sino por su pureza de espíritu. El ideal caballeresco, engarzado con el valor
guerrero germánico, se funde así con el ideal monacal, con el
ansia sacerdotal del logro espiritual.
Galaad reúne en sí la fiereza de la espada, la delicadeza del
modal cortesano y la mirada enderezada, sin desvíos, hacia el puro
arco iris del espíritu.
En la cristiana Queste, los compañeros de Galaad en la búsqueda son Bohort
y Perceval. Bohort es el del esfuerzo paciente e inflexible, siempre
acosado por su hermano Lionel. Perceval, rezuma ingenuidad, irradia
vivacidad y buena voluntad; pero ni Bohort ni Perceval siembran en
sus pasos una trasparencia semejante a la de Sir Galaad.
Luego de múltiples aventuras compartidas, los tres caballeros
arriban al castillo de Corbernic donde los recibe el Rey Pelles, el
monarca tullido.
Participan entonces en una cena donde arderá la luz áurea del Grial.
La ceremonia es precedida por Josefé, hijo de José de
Arimatea, quien desciende de los cielos para oficiar su especial
tarea. A su vera, flotan ángeles que sostienen la lanza sangrante de
Longino. Josefe pronuncia la misa. Cristo mismo surge entonces del vaso. Y
distribuye la comunión entre los presentes. La escena es fantástica.
El espacio se pinta con los óleos de una revelación celeste. Galaad toma en su
mano la lanza y, con su sangre, unge las heridas del Rey Tullido
quien, milagrosamente, vuelve a rebosar de salud.
El Grial se ha manifestado, pero la busca debe proseguir. Los tres
caballeros se embarcan entonces en el enigmático navío de Salomón. La
feérica embarcación los lleva hasta Sarras, en el Medio Oriente.
Allí, Galaad morirá luego de arder en la más
encendida visión del divino vaso. Cuando la extática contemplación que
brinda el Grial concluye, una mano misteriosa se descuelga
desde las alturas y el recipiente sagrado regresa a la eternidad.
La visión de lo más secreto convierte a su contemplador en ser
sutil. La finura de sensibilidad y
conciencia ya no puede alojarse en un cuerpo denso. Galaad se
convierte entonces en libre energía capaz de remontarse hacia la
realidad divina. En la tierra de los hilos pesados, el alma leve ya no
puede resonar.
La luz del Grial se manifiesta inicialmente en la interioridad del
castillo, en la morada de reyes y caballeros. Pero el castillo
siempre se alza rodeado por maderas y
hojas. El resplandor del vaso, del altar nómada, se enrojece dentro
del bosque. En el bosque se muestra como destello de un sol divino a perseguir, acechar.
Entre los árboles, el Grial es una escalera fatigosa hacia el cielo. El vaso, el Grial, como
resplandor entre la madera. Grito de la tierra hacia la plenitud
celeste que atraviesa la materia.
Pero el ciclo puede trastocarse. El brillo del Grial puede ser lo
que desciende, no ya lo que asciende. En otra versión canónica de la
historia del Grial, el divino vaso es una piedra preciosa oriunda
del cielo. Wolfram Von Eschenbach le adjudica varios nombres que denotan
una procedencia celestial: lapis excelis (de los
cielos); lapis
betilis (del árabe bet-el, meteroro); y también la piedra es lapis
erilis (piedra del señor), o lapis elixir (equivalente al
lapis
philosophorum de los alquimistas). Y, ante todo, el Grial, en la
versión de Wolfram, es lapis exillis, por ser piedra
caída, exiliada
del cielo. Luego de la derrota de Lucifer, la piedra fue traída a la tierra por
ángeles
neutrales que la entregaron en custodia a los cristianos o, más
exactamente, a los caballeros de los templeisen
(templarios),
caballeros pletóricos de valor y virtud.
Y
el vínculo de la divina piedra con lo celeste
subsiste porque, una vez al año, en Viernes Santo, sobre ella
desciende una paloma portando una hostia.
El Grial, como piedra celeste, urania, es así prolongación de la
altura pura y eterna sobre la tierra transida de pecado, conmoción
y angustia. El Grial expande su sustancia purificadora como revelación o
epifanía
celestial dentro de la horizontalidad terrestre. En la obra de
Wolfram el gran buscador del grial es Parzival, quien, tras un obligado periplo
de aventuras, arriba al Castillo de Munsalvaesche, donde se
encontrara
con el resplandeciente recipiente.
Pero el mágico vaso centellea en el bosque.
Ärboles abigarrados construyen los caminos hacia el claro, el santuario, el ojo
secreto donde parpadea lo
divino.
Y donde el Grial recibe las gotas del calor sagrado.
III. Merlín: señor del bosque
misterioso
Y en el mar de la madera y las ramas vagan las espumas
de la sabiduría. Sabio es quien busca la sabiduría. Pero, aun más
quien es fiel a ella luego de su revelación. En su persecución del Grial, los caballeros de Arturo son movidos por el deseo de
rubíes espirituales. Sus armaduras anhelan reverberar con un sol aún
oculto.
El caballero andante penetra con determinación en el bosque oscuro para hallar el fuego primordial.
Pero, para la búsqueda caballeresca, las enramadas mallas de árboles son un lugar de tránsito,
las sendas del viaje hacia el santuario, el nemeton,
donde el Grial recibe lo sagrado. El caballero no vive en el bosque.
Es una pasión
que surca, veloz y cautelosa, el universo vegetal con el deseo
de desvanecerse en una luz celeste, o de regresar a la ciudad o el
castillo fortificado.
Quien vive en bosque es el que respira dentro de la sabiduría. De
una sabiduría encontrada. Y el que vive en el bosque celta
es el el druida. Y su arquetipo
esencial: Merlín.
La leyenda que se plasma en torno a la mágica
persona de Merlín lo imagina como hijo de una joven piadosa y de un demonio
íncubo. Su naturaleza se compone de dos corrientes: la
claridad del bien que le viene de su madre; y la espesura oscura del
mal, que le dispensa su padre. Los opuestos viven en Merlín y se reconcilian en
él. El mago así refleja la totalidad que integra y supera las oposiciones.
De esta manera, la
realidad es una para el solitario habitante del bosque. Y, en el
centro del círculo único de lo real, arde el claro, en el bosque, el santuario, el
nemeton y su sabiduría secreta.
Merlín puede guiar a los caballeros del Rey Arturo hacia la
misteriosa
fuente del saber. Pero él no necesita ir hacia la fuente. Porque ya la ha sondeado, experimentado.
Merlín posee el don de la doble visión. Es capaz del ver distinto
del mero observar. El ver como destello luminoso que nace
de los ojos y, luego, atraviesa las formas y penetra en lo
imperceptible, lo invisible. Merlín es entonces druida, vidente.
Druida: denominación procedente del antiguo céltico druwides, que
se descompone en dos elementos; el prefijo superlativo, que deriva del adverbio
francés
tres "muy" y el término wid, de una
raíz indoeuropea que ha dado el griego ideain, "ver",
el latino videre "ver, saber". Así, Merlín, el
archidruida, y el resto de los druidas, son los "muy videntes", los "muy
sabios".
Plinio el Viejo difundió también la opinión de que el nombre druida
procedía de la denominación del roble en griego, drus.
Y Plinio el Viejo asegura también, en su Historia natural,
que: "Los
druidas no tienen nada más sagrado que el muérdago y el árbol que
lo
sostiene, suponiendo siempre que este árbol es un roble". El
druida liga su conocimiento extraño con el bosque y el árbol, el
roble en particular, y el muérdago que crece en él. El muérdago es
una de las plantas más antiguas del planeta. Es parasitaria, vive de
la savia de los árboles. Vive de la liquidez nutritiva del roble.
Lo que coincide con su denominación en el dialecto de Vannes, en el
siglo XVII, donde se llama al muérdago deur derhue "agua
de roble".
Plinio también habla del famoso ritual de recolección de muérdago de los druidas.
El muérdago es cortado por el sabio celta en condiciones particulares:
debe ser extraído el sexto día de la luna, cuando la vitalidad de los rayos
lunares está en su fase ascendente. Luego, el druida corta la planta que se nutre del roble con una hoz de
oro mientras viste un traje blanco. El oro de la hoz remite al
simbolismo áureo, a lo dorado, esplendente, la viva irradiación de
la luz y el ser. La hoz se liga, por su semejanza, con la figura
arqueada y cambiante de las fases lunares. Es signo de la luna creciente, de la potencia sutil celeste, que
crece, se propaga. En la hoz lunar y el oro solar que la recubre se
unen simbólicamente, el sol y la luna, la fuerza celeste masculina
y femenina. Unión que es umbral o anticipación de una revelación posterior que
bulle en el centro mismo del rito.
Y el druida, enfundado en su vestimenta blanca, señal de pureza, y mediante el
auxilio de fuerzas celestes, recoge el muérdago, se funde con él. Es
como la planta recogida. Al recolectar muérdago, el sacerdote celta
afirma su
propia esencia: vive del roble, como la planta removida por la hoz
de relumbres dorados.
Y el roble es el árbol que, en la mentalidad céltica, actualiza el
arquetipo del axis mundis, del centro del mundo, desde
donde brota el magma divino.
El roble es manifestación de la
divinidad circundada, protegida, acogida por el bosque. El druida,
Merlín,
es el vidente cuyo conocimiento de lo sagrado viene de su vivir en
el roble, en el corazón creador de lo real.
El
druida Merlín es el que ve y se nutre del roble divino. Merlín
habita entonces en el claro, en el santuario, nemeton, en el
diamantino paraje donde manan todas las fuerzas y donde se
concentran los pliegues del mundo: lo celeste circular y la tierra
horizontal.
Merlín
puede poner a los caballeros en busca del claro y su nueva figura: el
roble. Pero no debe viajar hacia allí porque él ya es en el claro.
O más exactamente, Merlín, el druida, el que vive y ve desde el
roble, ya ha realizado el viaje a través de las espirales.
La espiral late desde la lejanía prehistórica. Cubrió multitud de
piedras y, quizá, acompañó cercanos y desvanecidos ritos. La
espiral alude a la posición fetal en la matriz. Desde allí, la
futura vida debe desenroscarse lentamente para trascender la
interioridad oscura del vientre y emerger al mundo exterior, al
espacio común de los seres. El lugar desde el cual la espiral se
desenlaza es un centro original emparentado en la tradición céltica
con un huevo. Un huevo primordial, un embrión de oro.
Plinio el Viejo menciona la presunta creencia de los druidas en un huevo especial que es el
resultado del entrecruzamiento de numerosas serpientes enrolladas.
La secreción de los cuerpos de reptil entrelazados creaba el huevo
de serpiente. Un huevo que precisa ser robado mediante una maniobra
cargada de peligro. Luego de obtenerlo, el raptor debe dirigirse
presuroso a un río. Si logra atravesarlo, cesara toda amenaza de ser
capturado por las serpientes que lo persiguen.
En su unión, los reptiles crean figuras espiraladas.
Caminos en espiral que conducen al centro, al huevo, a la fuente del
saber que es difícil encontrar y conquistar. La espiral es el
sendero hacia el huevo que contiene la vida, la potencialidad de la
vida aún no manifestada. Las espirales construyen una paradójica
senda que
es un avanzar hacia el centro y, al mismo tiempo, un volver desde
allí.
Desde los comienzos de su cultura, con las civilizaciones de Hallstatt
y La Tene, los celtas convirtieron a la espiral en su símbolo
esencial. Pero el genio céltico une el devenir sinuoso de las
espirales. Las triplica. Así imaginan el triskell en
breton: tres
espirales que giran en derredor del eje de un círculo imaginario. La triplicación de la espiral posee una envergadura
universal. Con su carácter ternario, la espiral danza también en
China o en la India. La céltica espiral trinitaria se entreteje con
la noción mítica de las Tríadas. Con las tres morias, y las tres
nornas, las diosas regentes del destino en las tradiciones griega y
germánica respectivamente. Numerosas estatuillas de diosas galas
exhiben rostros trinitarios. El tres remite también al trébol, el trifolium,
la planta de tres hojas, emblema de la Irlanda celta. Y el tres es
la superación de la dualidad, o el rayo triangular solar, de tres lados,
que desciende desde el cielo. El tres se refiere también a la tópica de los
elementos naturales esenciales: aire, agua, y tierra. Y el cuarto
elemento, el
fuego, actúa como espíritu que mueve, vivifica al resto. El triskell
de los celtas pudo encontrar así rápidas afinidades con el dogma
trinitario cristiano del dios que es tres personas y una a la vez.
Como en otros tantos caminos ancestrales, en el final del
sendero de la triple espiral, se halla la percepción nítida y vivaz
de la unidad y de la vida y su origen a partir de un incandescente núcleo de
energía concentrada.
El druida, Merlín, ya ha recorrido el viaje de las tres
espirales.
Y ahora
vive desde el roble y junto a la vida del bosque. En su hogar de árboles,
Merlín comunica sus meditaciones al ermitaño Blaise. Blaise, es
palabra bretona bleiz (bleidd en
galés), que se traduce como
"lobo". El animal de los aullidos es creatura
independiente, libre, salvaje, pero que, como Blaise, respeta la
autoridad del viejo sabio Merlín. Merlín es así el Señor de los Animales
Salvajes. Puede sujetar al animal y al mismo tiempo comprenderlo,
protegerlo, y entablar comunicación con él.
Merlín es de esta manera druida-chamán que regresa a la perdida aurora del tiempo
mítico,
cuando hombres y animales compartían un mismo lenguaje. El sabio
celta vuelve al instante matinal en el que el animal y el humano constituían una
comunidad y no dos especies separadas y contrapuestas.
Y Merlín es quien aún habla el lenguaje de las pájaros. Lenguaje que
no es el de las cantoras voces de las aves, sino el de la expresión, el decir,
de una realidad
divina, única, que crea al hombre y el animal dentro de un único anillo.
Y en el mundo único, que une a hombres y animales, resuena la
cabalgata de los vientos. Aires de amables perfumes de mañanas
bellas en algunas oportunidades; o de ráfagas salvajes en otras.
El aire es el sueño de los seres pesados. En el ave que se remonta
entre intangibles avenidas aéreas, los habitantes de la tierra
quieta sueñan con el ojo que, libre, sobrevuela el suelo de las
limitaciones y las angustias.
Y dentro del aire, de una Torre de Aire Invisible, vive Merlín al
final de su camino.
La bella joven Vivianne lo ha hechizado y encarcelado en una prisión
de aéreos contornos. Lo que puede leerse en la
superficie de la leyenda es el cautiverio de Merlín. Pero, en una
filigrana más honda, quizá puede advertirse lo contrario: la liberación
más alta del druida de la saga artúrica.
La meta suprema del sabio del bosque no es vivir entre los árboles
sino dentro del aire. Y el aire puro es creado por los bosques. Y el
bosque continua en el aire respirable que ha creado. Y, así,
mediante el aire y su libre movimiento, los inmensos mares de árboles pueden propagarse hacia la
cúpula celeste y todas las
direcciones del espacio. Al seguir las ráfagas de aire, los caminos
del viento, el bosque quiebra la inmovilidad de sus raíces. Y se
eleva, y se ve desde la altura, a la que sólo el aire puede
arribar.
Y Merlín vive dentro del aire del bosque. Y el que está dentro del
aire es quien intuye los secretos de la ubicuidad. El reino boscoso
ocupa sola algunas tierras, proyecta sus sombras de madera sólo sobre
algunas rocas y arroyos, sobre algunas hierbas y animales. Pero el
aire baila, a un mismo tiempo, sobre todas las hebras de la
superficie terrestre. Vivir dentro de la Torre de Aire Invisible es
ser el aire que se
expande a todos los lugares.
Merlín vive dentro del aire de la ubicuidad. Como ligereza,
sutilidad aérea, puede propagarse hacia cada pliegue del único
mundo. Es así la conciencia más plena, extensa, que ha encontrado
su sabiduría en el
claro, en el santuario dentro del bosque. Sutil conciencia aérea del
sabio del bosque. Que, en el mediodía más intenso de su sabiduría,
es la misteriosa energía vegetal que vive dentro del aire libre,
conciente, capaz de rozar y percibir casa sitio del único anillo, el
único mundo.
Es Merlín, el sabio druida del bosque que, según la leyenda, aún
habla a través del viento. El viento. El aire. Que susurra entre las ramas y
hojas del Bosque de Brocéliande.
BIBLIOGRAFIA
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espiritualidad celta, Barcelona, José J. de Olañeta Editor.
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-Henri
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