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Joseph
Beuys abrazando una liebre durante su acción artística
en la Galería Schmela de Dusseldorf, en 1965.
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El frío baila en el aire. Una luz recta y violenta impacta
sobre un pájaro de metal. Un stuka. Es el invierno de
1943. El avión, con sus dos pilotos, desciende en caída libre y se
estrella sobre un nevado paraje de Crimea. Uno de los conductores de la nave muere a causa de la
colisión; el otro,
sobrevive. Su nombre: Joseph Beuys. La muerte ya se prepara para
cargarlo en su carro mustio y de maderas negras. Pero,
entonces, un grupo de tártaros nómadas hallan al piloto alemán
derribado. Lo trasladan a su campamento. Allí, lo untan con
grasa. Lo envuelven en un manto de fieltro. Lo nutren con
alimentos nacidos de la leche. A los pocos días, es descubierto
por un comando germano que lo envía a un Hospital Militar. Allí se recupera. Regresa
después al frente de fuego,
hierro y sangre. Es herido cuatro nuevas veces. Es condecorado.
Pero su indisciplina lo degrada a la condición de soldado raso.
Antes de la conclusión de la segunda guerra mundial, es hecho
prisionero por los ingleses.
Regresa
a Kleve, en su patria natal, en 1946. En 1961, es nombrado profesor
de Escultura Monumental en la Staatliche Kunstakadenie de
Dusseldorf. En la década del 60', comienza sus eventos o acciones
(actions), herederas de los happenins o performance. Su proyección
internacional comienza con la Documenta III de Kassel en 1964 y el Festival
Der
neuen Kunst de Aquisgrán. En 1967, refulge también su inquietud
política mediante la fundación del
partido alemán de estudiantes como megapartido. Entre 1963 a
1985, genera 40 acciones.
Su
filosofía estética pregona un "concepto ampliado de arte".
Se fortifica con doctrinas procedentes del romanticismo alemán, de
Schiller, Novalis, y la
idea wagneriana del arte total. En su cosmovisión artística resplandece
también, y de manera esencial, la Hylaster (de
hyle, materia, astrum, estrella) de
Paracelso. Esta noción asegura que
la materia es energía. Es estado de fluidez y continua
expansión. De ahí el
anhelo de que el barco del arte navegue entre olas de metamorfosis
o transformación de estados anteriores.
La materia como energía de la transformación asocia la
creatividad beuysiana con la cera, y la miel, el don ofrecido por la abeja. La colmena,
el taller de las abejas, es crisol del orden y de una eficaz
producción social, colectiva. La Bienenkonigin (abeja
reina) preside una concentrada creación social y, además,
regentea las fuerzas que transforman el polen y el néctar en
miel. En la Documenta VI de Kassel, en 1977, Beuys exhibió una bomba de miel
que fue creada para la presentación de la Universidad Libre Internacional.
Tanto la cera como la miel son sustancias orgánicas,
henchidas de calidez, de fluidez. Ellas manifiestan la realidad
como calor expansivo, mutación, devenir que crea nuevos estados.
Estas propiedades adquieren en Beuys su expresión esencial en el
primado de la grasa.
El padre del artista
quería que su hijo
trabajara en la fábrica de margarina de Kleve. Aunque
con algunas alteraciones en el libreto original, el hijo cumpliría con el
deseo paterno. La grasa es el corazón de la plástica de Beuys
como imperio del calor y la energía. La grasa, en sí misma
amorfa, sólo puede ser formalizada de manera temporal,
provisional. La temperatura, el calor y el frío, le restituyen
sus poderes metamórficos.
La grasa es sensible a las
temperaturas. La temperatura es tacto del espacio, es el modo
como el ambiente toca, envuelve, frota, abraza, transforma la
materia.
En la grasa permeable, transformable, vibran las cuerdas del
movimiento de la expansión y concentración.
La grasa, materia
de la mutación, del movimiento hacedor de nuevos estados o
formas, es el opuesto simbólico del arte clásico. De la escultura
de la línea inalterable, de un trazo áureo definitivo. La grasa
que baila con la música del cambio es la antípoda del tallado
inmutable de la piedra por un Fidias o un Rodin.
El fieltro, del que luego hablaremos, es otro de los elementos
expresivos distintivos, originales, de Beuys.
Los timbales de la transfiguración no son el único canto de
sirena a perseguir. Junto a la valoración de la superficie que
cambia, el arte debe ser mirada que contempla lo primigenio, lo
vital como despliegue de un primer brote, emanación, resplandor
puro y esencial. Por eso, Beuys se embriaga con la filosofía del naturaleza de Goethe, con su
intuición de una
proto-planta, una flor arquetípica, que es el primer vegetal
emanado desde un
trasfondo universal y creador. La proto-flor es
fuerza sutil, invisible, primaria. Esta potencia inicial es el geist, el
espíritu no como lo contrario de la materia sino como
su
sangre o vena secreta. De ahí el fuerte interés de Beuys también
por la Antroposofía de Rudolf Steiner.
Beuys comparte la voluntad vanguardista de unir vida y arte. En
este propósito, adhiere a la estética de la existencia promovida
por Schiller en sus Cartas sobre la educación estética del
género
humano. En esta obra del romántico alemán del siglo XVIII, la
libertad política surge como una consecuencia de la previa
plasmación de la libertad estética.
Escenas
con lo animal
Es
1965. En Dusseldorf, en una galería de arte. La Galería Schmela.
En un rincón de la sala,
se delinea un pequeño cuarto, de paredes de vidrio. Dentro, en
el centro, se alza un taburete sostenido sobre un mueble metálico.
La cabeza de Beuys alberga miel y una capa de polvo de oro. Es el
cráneo, el rostro,
que mana luz y calor. Es la cabeza incendiada por ideas vivientes.
Es el pensamiento vivo.
Y el artista de la cabeza de miel y oro
sostiene entre sus brazos una liebre muerta. La abraza con
esmero y ternura.
Y el hombre que protege al animal posee el
pie derecho atado con cordones de cuero a una delgada superficie
de hierro; provoca mucho ruido al moverse de esa manera; el otro
pie,
se acomoda dentro de una plantilla de fieltro.
Y el artista del rostro
impregnado por la áurea miel se desplaza dentro del espacio
amurrallado por los vidrios transparentes. Del otro lado, los
testigos de la acción, del rito, pueden contemplar el lento y
ceremonioso movimiento del hombre que explica a la liebre los
cuadros en exhibición. Y le murmura voces casi inaudibles. Cuando
Beuys se sienta con el animal en brazos, continua
ofreciendo sus misteriosas explicaciones. Debajo del asiento,
yace un hueso donde se aloja un micrófono cuyo propósito es
transmitir por radio los comentarios de Beuys a la liebre.
En Eurasia. Sinfonía Siberiana. Parte 32, Beuys
construye otra
escena artística y simbólica con una gravitante presencial
animal. Con una tiza, el artista traza una cruz partida en una
pizarra.
La división de la cruz alude al Oriente bizantino y el Occidente romano. Mediante una
línea trazada en el suelo, Beuys
se mueve de un lado a otro con una liebre muerta dispuesta
sobre dos palos de madera. El artista pasa de una región a otra; es el
devenir del nómada.
En la acción Titus / Ifigenia, en Frankfurt, en 1969, Beuys comparte
el escenario con un animal vivo. Se mueve junto a un bello
caballo blanco que se encuentra dentro de un cercado. El cuadrúpedo se deslaza
sobre una placa metálica que amplifica sus pasos. El artista,
a
veces, se arropa con un abrigo de piel. Por momentos, realiza movimientos pausados que el caballo parece imitar. En ciertas
oportunidades, hace sonar unos platillos. Alternativamente,
Beuys y el
espacio escénico se identifican con Ifigenia o con Titus.
Ifigenia, la heroína de la
tragedia griega antigua, irradia el instante de lo femenino
misterioso, del tiempo pausado y con tintes rituales. Es la región de blancura del escenario. El
área oscura de la
escena es gobernada por Titus, antiguo general romano, recreado
por Shakespeare; es el hombre que se sume en las intrigas sombrías del
poder.
A un mismo
tiempo, las fuerzas femeninas y
masculinas son atravesadas por la potencia escultórica del
sonido. Lo sonoro nace de los cascos del caballo y de una voz en
off que
narra lo que acontece, y de la propia voz de Beuys
que repite frases de Ifigenia.
Otra
acción artística esencial donde Beuys se encuentra con lo animal
es Me gusta América. Le gusto a América-Coyote. Durante tres
días, convive con un coyote en la galería Block de Nueva York.
Beuys arriba
en avión al aeropuerto de la ciudad norteamericana y, desde allí,
se traslada directamente a la galería, totalmente envuelto
en fieltro, sin poder observar nada de lo que lo rodea. Son tiempos de la guerra de Vietnam. El artista
alemán no
desea
pisar suelo de Estados Unidos como una expresión de su repudio a
la política belicista de la Casa Blanca.
Una vez en la galería, Beuys cohabita con el coyote en un
recinto aislado por una malla metálica. Allí, envuelto en
fieltro, con guantes y un bastón, recorre las páginas de un
periódico que se extiende por el suelo. Mediante el desplegado
papel, se constituye un espacio común de observación recíproca
entre el artista y el animal. Luego de las tres jornadas de un
latir compartido con el ser del bosque y los aullidos, Beuys
regresa a Alemania arrebujado de vuelta en fieltro, tal como había llegado. Durante su visita al suelo americano, no
percibe edificios, veloces enjambres humanos, o atildados
curadores y críticos de arte. Su único acontecer es la
comunicación con la radiación libre de la vida que aúlla
misteriosa.
Imágenes
simbólicas de lo animal
La mente moderna está profundamente habituada a degradar la
dignidad animal. El mundo de los caballos, perros y gatos, es un reino sin
razón, sin voluntad ni libre albedrío. Su única justificación
intrínseca es acompañar o servir al hombre.
El valor ético o la inteligencia no pueden hallarse en los animales. Ellos
son el instinto ciego, mecánico, el puro pathos de la supervivencia.
El destino animal es, así, la negación de la conciencia y espiritualidad
humanas.
Pero Beuys escucha otras pisadas de los seres naturales.
Siendo joven realizó una colección botánica y construyó un
pequeño zoo de arañas, ratas, ratones, peces y moscas. El
artista de Kleve funda luego un partido político de los animales y
asegura que "los animales son en sí y para sí seres angélicos. Esto habla de un reino por encima de la
persona".
El
animal es energía espiritual, intensa vitalidad psíquica. Es
realidad sobrehumana, "por encima de la persona", más
cercana a lo sagrado, lo divino.
En los primeros dibujos de
Beuys aparece el cisne. Animal bello y
delicado emparentado con las nieblas de la mitología germánica,
con el caballero Lohengrin, el caballero-cisne. Exalta también a
las ovejas por su relación con la figura del pastor. En su
niñez, Beuys contemplaba a los animales destinados a la esquila
en los campos. Se imaginaba entonces a sí mismo con un bastón,
mientras dirigía las ovejas hacia los mejores pastizales. El
pastor-campesino se
convierte luego en el pastor-artista que asume la misión de
guiar a su tiempo hacia una alquimia transformadora de la
sociedad.
El culto a la osamenta animal también emerge en la perfomance
Evolucion, de 1965. En el piso de su estudio, en Dusseldorf,
el artista traza con tiza blanca la silueta de
cuatro esqueletos. Sobre el dibujo se
acomodan calaveras reales. Los huesos reales e imaginarios se
hallan rodeados por un cercado metálico.
El ciervo y su simbolismo chisporrotea en la instalación Blitzschlagnit
lichtschein auf Hirsch (Rayo con fulgor
sobre el ciervo). El animal de las astas también palpita en dibujos
beuysianos de la
colección
Van der Griten. El ciervo
bulle en la simbólica cristiana, céltica y germánica. Entre los
celtas, es el dios Cernunos, de aspecto humano y cabeza astada.
En sus dos manos sostiene serpientes, los animales emblemáticos
de la inmortalidad y del conocimiento de la muerte. El ciervo se
manifiesta así como animal psicopompo, guía de las almas hacia
el más allá, el reino extraño allende la vida física. El
ciervo es así también mediador entre lo celeste y lo terrestre.
Es el ser capaz de palpitar en el
mundo terrestre, empírico y visible, y en lo invisible.

El caballo acompaña a Beuys en su perfomance Titus/
Ifigenia. Beuys
se identifica en esta acción con Ifigenia y con el caballo, animal
chamánico esencial. Un ejemplo del entrecruzamiento entre
lo femenino y el poder animal que
explora el artista.
Ifigenia fue ofrecida en sacrificio por su padre, Agamenón, a la
diosa Artemis. El propósito de esta acción era mitigar la cólera
de la divina mujer hacia el rey de Micenas. Cuando
se estaba por consumar la muerte de la desdichada en el altar
sacrificial, Artemis se compadeció de la joven y la envió a Táuride, para que oficiara como una de sus sacerdotisas.
Allí,
la hija de Agamenón debía
sacrificar a todos los extranjeros que llegaran a las costas. Y,
una vez, llegaron un par de forasteros; en uno de ellos,
Ifigenia reconoció los rasgos de su hermano Orestes. Entonces,
la compasión fue más fuerte que el deber ritual. Y abandonó los
oficios de la diosa para escapar con Orestes.
En Ifigenia triunfa el acto compasivo y la fidelidad a la propia sangre
y a la continuidad de lo vivo. Su fidelidad es un ascender hacia
el valor superior de la preservación de la vida. La fuerza
ascensional de Ifigenia se integra con el impulso ascendente y
específico del caballo. En el ritual chamánico, el brioso equino es
el supremo animal auxiliar del chamán. El chamán debe viajar
hacia el centro del mundo para, luego, explorar el infierno o
remontarse hasta las alturas donde habita el padre águila, el progenitor de todos
los chamanes. Antes de iniciar su travesía mística, el chamán
sacrifica un caballo. El espíritu del animal muerto guía
entonces, con
sus alas amplias y libres, al hombre de lo sagrado hacia las
elevadas lejanías del cielo.
El artista se funde así con dos formas de la ascensión. La
femenina y humana, representada por Ifigenia; y la masculina y
animal que hierve en el blanco y alado cuadrúpedo.
Y lo femenino no sólo es preservación de lo vital. Otro de sus
atributos posibles es encender los fuegos de Eros. El deseo
es padecimiento, flujo pasional, movimiento de la sensibilidad,
de lo femenino. La sustancia pasional, afectiva, femenina del deseo
se enciende en lo masculino. En el hombre, el deseo es
impulso hacia lo aún no poseído ni encontrado. Tal como lo
manifiesta Platón en su diálogo El banquete, el hombre, en tanto
filósofo, desea la
sabiduría, entendida como conocimiento
y fusión con lo bello. La belleza del mundo material es aura
resplandeciente procedente del espíritu. La belleza es signo
entonces de una materia viviente y espiritual. El que busca la
sabiduría busca unirse con una realidad universal, vital y
radiante.
El deseo como resonancia pasional emana entonces del reino sensible
femenino y compele al hombre a desear conocer y fundirse con una
realidad viva. Eso es sabiduría. Y la realidad viva la genera, en su
primera manifestación, la hembra mediante el parir de su vientre.
Lo real viviente deseado, late así en el cuerpo de mujer. Por eso, lo femenino entrega la
energía pasional del deseo, y es a su vez la creadora de la realidad viva que
lo masculino desea hallar.
Quizá todo este devenir es lo que centellea en la mujer-liebre,
uno de los dibujos
paradigmáticos de Beuys.
La mujer da la fuerza pasional del deseo y la realidad viva que
ese deseo busca encontrar. Y la realidad viva está, a un mismo
tiempo, en movimiento. Es lo que nace y renace, es marea y
contra marea. Es renovación y recreación. No sólo la hembra
humana puede expresar esa movilidad recreadora. Lo femenino
animal, la liebre, también manifiesta la realidad recreadora de
la vida. Y, a su vez, el animal se encuentra más próximo al devenir
renovador de la naturaleza viviente. Quizá por
eso la liebre es el animal
primigenio de Beuys. En la liebre reverbera lo fértil, lo delicado
y plástico, lo grácil y bello. Es la tierra en su follaje
fecundo. Es el cambio, la sucesión de ritmos, la mutación de
estados, el pasaje de la luz diurna a la noche, de la vida fenecida a la nueva
vida. Es
la luna que, en el despliegue de sus fases, muere y renace. Es
así la naturaleza siempre viva que, cuando muere,
inmediatamente renace.
En la acción de la Galería Schmela, en 1965, Beuys le habla a
una liebre muerta entre
sus brazos. La apariencia es que el sujeto humano contiene,
sujeta, abraza a lo animal y le habla, le explica las pinturas, lo
guía en la galería, en un jardín de pinturas. El
artista que habla mueve sus
labios enmarcados en su rostro de
oro y miel. Su cabeza está habitada por un "pensamiento-miel",
por un pensamiento vivo; es la mente alumbrada
por energía radiante, fértil, expansiva.
¿Pero cuál es la fuente que jaspea de oro y miel la cabeza
humana radiante? ¿Qué es lo que hace que el pensamiento sea
vida? Es la proximidad, la experiencia, intima y
familiar, con lo animal, con la liebre como símbolo de la tierra en
su
movimiento creador. El artista que alberga en sus brazos lo
animal sostiene un cordón umbilical que lo religa con las fuerzas creadoras primarias de la existencia.
Y la cabeza fosforece. El pensamiento se torna vida
iridiscente. Porque a través de la liebre abrazada, lo animal hace regresar
al artista al
movimiento esencial, a lo que siempre anima y reanima el cuerpo,
el pensamiento y la materia. Es el regreso a lo sacro.
Es así una ilusión que sea el sujeto, el hombre, el que le habla,
el que le explica al animal muerto. En realidad, el artista
que habla es el que escucha la música de la vida nueva que trae
el animal. La liebre. La liebre que, como si fuera parte de una
ficción teatral, aparenta
quietud y muerte.

Y Beuys experimenta los secretos del coyote. Revelación
que acontece durante tres días en la Galería
Block de Nueva York. La apertura de lo animal hacia la
trascendencia sagrada o divina adquiere aquí una condición
secundaria. El coyote le habla aquí al artista sobre la violenta
colisión de culturas. Beuys afirma que el
ser de los aullidos representa "el
punto neurálgico psicológico del sistema de las energías
americanas: el trauma del conflicto americano con el
indio". Convivir con el animal aquí no es salida de la
civilización hacia un manantial de vida universal; aquí, lo
animal le otorga al artista y, por extensión al hombre, un raro
poder: el de atravesar mediante una acción simbólica el vacío
íntimo de una cultura para llegar hasta su fondo de
angustia y opresión. La teoría crítica atraviesa la sociedad
capitalista mediante el concepto y una mirada distante. Pero
el artista traspasa desde dentro la desolación que el teórico
crítico
observa siempre desde una prudente distancia.
Durante tres días,
Beuys hurga, ausculta, camina sobre la culpabilidad reprimida de
la civilización norteamericana. Culpabilidad surgida de la
matanza injustificable del indio. El indio debía ser exterminado
no tanto para arrebatarle sus tierras, sino por su experiencia más amplia de la libertad. El indio
vivía tan libre como el
coyote o el búfalo. Por eso, oprimir o exterminar al indígena fue un despedazar la propia bandera de la libertad que
la sociedad norteamericana decía representar. La angustia de
esta contradicción se retuerce en el fondo oscuro del alma
colectiva del país del Norte. Mediante el coyote-guía, el
artista atraviesa un presente de máscaras y arriba al trauma que
nació del exterminio de la libertad india. La convivencia con el animal
de los aullidos es así escena simbólica para atravesar la
intimidad de una cultura y regresar a su trasfondo de trauma y
contradicción.
Fieltro,
nomadismo, y el secreto creador
Beuys ambiciona la condición del nómada. En el reino del hombre
urbano sedentario, quiere ser desplazamiento continuo. Lo nómada
no es vida en un hogar hundido en un rincón de la tierra; lo nómada es la existencia en un lugar que es camino hacia todos los
lugares. Es goce del movimiento; es proyección hacia el volumen
completo del espacio.
Por eso, desde joven, Beuys se emociona con el nomadismo mongol
de Gengis Khan. El jefe de los mongoles esteparios construyó el
más vasto imperio de la historia. Un inmenso mundo controlado
por la vitalidad guerrera. La realidad amplia que el artista
desea revelar también exige de un nomadismo guerrero. De una
pujanza capaz de abandonar, mediante un salto audaz, los mosaicos
estrechos de la cultura o el arte de una época.
El nomadismo estético y combativo de Beuys le concede el coraje
suficiente como para recuperar estadios prehistóricos supuestamente olvidados o superados de la
creación.
Por eso, el artista de Kleve regresa al objeto animado, a la pintura de la mujer primordial, al espacio como
epifanía ritual, y a la
potencia arcaica del animal.
Muchas instalaciones del genio germano consisten en el acomodamiento de objetos en armarios o
vitrinas. Según el artista, estos son
"objetos-sujetos". En ellos hay vida secreta: el
objeto es percibido así como diamante iridiscente de fuerzas y
emociones. Es la ancestral intuición animista, la percepción del objeto animado,
espolvoreado con pigmentos de espíritu. Es la negación del
objeto mercancía, del objeto sin alma de la producción masiva
capitalista.
En numerosos dibujos, con lápiz y pinceladas de
acuarelas Beuys delinea imágenes de mujeres sin rasgos faciales definidos. Es
lo corporal femenino en su manifestación arquetípica, universal,
como presencia ígnea que simboliza lo más vivo. Así anónimos
artistas plasmaron dibujos y estatuillas prehistóricas de diosas en el
alba del tiempo antiguo.
El desplazamiento nómada de Beuys hacia la imaginación arcaica,
rupestre, asimismo brilla en la disposición de los objetos como
forma de encender o
acalorar el espacio. La instalación Plight en el
Centro Georges Pompidou, en 1985, en París, es un ejemplo. En
esa oportunidad, un recinto iluminado contenía un piano rodeado
por grandes rollos de fieltros. Sólo se podía acceder a
través de una entrada de escasa altura. El ingreso en ese
espacio estaba preñado de fascinación, vivacidad y
misterio.
El nomadismo estético también es praxis vivencial de Eurasia.
Eurasia es la
simbiosis espiritual de la Europa moderna analítica con el Asia
intuitiva ancestral. Es al mismo tiempo el regreso sobre las huellas de las
primeras migraciones de los pueblos indoeuropeos que comenzaron
su dispersión sobre Europa desde algún lugar quizá del Asia
Central.
Y la música es otro simbolismo propagador de lo nomádico. De
niño, Beuys aprendió la ejecución del piano y el violonchelo.
John Cage le depara luego la experiencia de la música como proceso
abierto, fluir continuo siempre refractario
a la conclusión o codificación.
La música es sólo en estado de
ejecución. Nunca es en los signos inamovibles del pentagrama. En la
vibrante sucesión de las notas, la música es halcón que siempre
debe embriagarse con un nuevo batir de alas y un continuo
desplazarse para no caer en el vacío. Lo musical es vuelo,
aleteo nómada, hacia el siguiente sonido para conjurar la
inmovilidad que paraliza y derrumba.
Este fluir del continuun musical lo encuentra Beuys en el
movimiento internacional Fluxus, cuya savia artística discurre a
través de la libre y cambiante combinación de sonidos, textos,
plástica e improvisaciones. En el contexto de Fluxus, en
1963, Beuys
ejecuta una pieza de Satie en un piano que, mediante cables, se
une con una liebre muerta fijada en el extremo de una
pizarra.
El nomadismo es movimiento plástico, rápido, eficaz. El conejo o
la liebre necesitan de la madriguera y, a su vez, del
desplazamiento en la amplitud de su espacio vital.
La piel de conejo o liebre prensado crea el fieltro. El
fieltro es material medular en Beuys. Mediante el fieltro, evoca las tiendas de campaña de Gengis Khan.
Aquí se manifiesta
su destino de sustancia que protege del viento o el frío.
Y el fieltro es lo que aisla e
incomunica, lo que escinde de
un tejido viviente. Y también es lo que conserva el calor. Por
lo que el fieltro aloja en
sí la cualidad ambigua, dual y
contradictoria de lo real. Así "el fieltro como aislante,
como capa protectora frente a otras influencias o, por el
contrario, como un material que permite la infiltración de
influencias externas. Después está el carácter cálido, su
color gris que sirve para enfatizar los colores que existen en el
mundo mediante un efecto de imagen retiniana, y el silencio,
ya que cualquier sonido es absorbido y amortiguado".
En la obra de Beuys el fieltro asume la forma de rollos, fundas
para cubrir pianos, violonchelos, y bastones. El fieltro también delinea cruces o es soporte de acumulaciones de grasa.
Y en el fieltro trepidan las posibles funciones simbólicas de la piel
animal. En el mamífero humano la piel es superficie que delimita y
contiene la carne y los órganos. Es incapaz de retener el calor
o de proteger por sí sola de un frío ingente. De ahí la necesidad
del humano de una segunda piel, de la vestimenta artificial.
En el animal, la piel es poder o fuerza que absorbe lo caliente
y rechaza lo frío. No es sólo superficie que delimita y asila; no es
sólo envoltura pasiva. La piel animal es atmósfera caliente
donde los rayos solares persisten, continúan y giran y se adentran en el cuerpo. La
piel animal es orbita que alberga el sol.
Estar arrebujado en fieltro, en apisonada piel de animal, es también
atraer y albergar el fuego celeste que entrega el calor vivificador.
A su vez, el fieltro como efecto de un prensar, de un unir la piel de
diversos animales, es una multiplicación o potenciación de este
proceso.
Y el calor es manifestación de lo intenso, de lo sobreabundante,
de lo sagrado. El calor conservado y potenciado por el fieltro
acerca la sacralidad calurosa. Así ocurre con el indumento o
vestimenta de plumas de aves de los antiguos
chamanes. Vestirse como pájaro aseguraba la habilidad de la
ascensión hacia la altura sagrada.
Pero el origen del calor mismo que el ojo solar da, y que
la piel animal hospeda y retiene, es secreto.
Y Beuys
gusta repetir: " Debes hacer productivo lo secreto".
Hay una cierta sensibilidad filosófica que sospecha que la fuente de toda fuente
siempre fluye secreta. Pero esa espiritualidad de la que hablamos
suele padecer
cansancio, anemia, por lo que sólo acepta lo secreto como una montaña de oro
inalcanzable. El humano nunca puede habitar o estar en las
laderas o en la cumbre de aquella elevación.
Pero hay otra espiritualidad; aquella que, como el animal, percibe las
fuerzas vitales que sin cesar corren como viento por la naturaleza.
Esa espiritualidad sabe que lo secreto es un cercano girasol que se
abre a un brillo inacabable; ese color del espíritu sabe que
lo secreto siempre se deja visitar, para que el
artista con sol en la piel produzca la hierba sin fin.
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Joseph
Beuys
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