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CARTA A UN REHÉN, DE ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY
Antoine
de Saint-Exupéry, ser de sensibles alas que voló en las amplitudes
del cielo y en las finezas de la creación y el espíritu. No
sólo el noble Principito nació del huerto de su imaginar. De
sus dedos emplumados también surgieron las vetas y el oro de
estos pensamientos...
CARTA A UN REHÉN
Por
Antoine de saint-Exupéry
El orden por el orden
castra al hombre de su poder esencial, el de transformar tanto
al mundo como a sí mismo. La vida crea al orden, pero el orden
no crea a la vida.
Nos parece, muy por el contrario, que nuestro ascenso no ha
terminado, que la verdad de mañana se nutre del error de ayer,
y que las contradicciones que hay que superar son el abono mismo
de nuestro crecimiento. Reconocemos como nuestros aun a quienes
difieren de nosotros.
¡Pero qué parentesco tan extraño es éste que se
funda en el futuro y no en el pasado, en el fin y no en el origen!
Somos, los unos para los otros, peregrinos que a lo largo de
camino diversos penamos con destino a la misma cita.
Pero hoy ocurre que el respeto por el hombre, condición de nuestro
ascenso, está en peligro. Los crujidos del mundo moderno nos
han hundido en las tinieblas. Los problemas son incoherentes,
las soluciones contradictorias. La verdad de ayer ya está por
construirse. No se entrevé ninguna síntesis válida, y cada uno
de nosotros sólo lleva consigo una parcela de la verdad. Las
religiones políticas, carentes de evidencia que las imponga,
apelan a la violencia. Y así, mientras nos dividimos en lo que
respecta a los métodos, corremos el peligro de no volver a reconocer
que todos nos apresuramos hacia el mismo fin.
Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella
el viajero se deja absorber demasiado por los problemas del
escalamiento se arriesga a olvidar cuál es la estrella que lo
guía. Si se mueve sólo por moverse, no irá a ninguna parte.
Si la sillera de la catedral se preocupa demasiado por la ubicación
de las sillas, se arriesga a olvidar que está sirviendo a un
dios. Del mismo modo, si me encierro en alguna pasión de partido,
me arriesgo a olvidar que una política sólo tiene sentido con
la condición de estar al servicio de una evidencia espiritual.
(...) Nadie de entre nosotros tiene el monopolio de la pureza
de intenciones. Puedo combatir, en nombre de mi camino, el camino
que otro ha elegido; puedo criticar los pasos de su razón- los
pasos de la razón son inciertos-. Pero debo respetar a ese hombre,
en el plano del Espíritu, si pena hacia la misma estrella.
¡Respeto por el hombre! ¡Respeto por el hombre!...Si el respeto
del hombre está fundado en el corazón de los hombres -siguiendo
el camino inverso- terminarán por fundar el sistema social,
político o económico que consagrará tal respeto. Una civilización
se funda ante todo en la sustancia; primeramente es, en el hombre,
el ciego deseo de un cierto calor. Luego, el hombre, de error
en error, encuentra el camino que lleva al fuego. (*)

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Ojo
que atraviesa el cielo. Apertura, desde lo terrestre,
hacia el centro del movimiento.
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(*) Fuente: Carta
a un rehén, de Antoine de Saint-Exupéry, Editorial Goncourt.
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