LA
ÚNICA CREENCIA DE LAS RELIGIONES
Desde
la atalaya
de
la fe cristiana, las otras religiones parecen valles inferiores,
nebulosos y quiméricos. La tendencia de la tradición judeo-cristiana
a presentarse como única llama de la verdad, ha provocado el
desinterés, el desconocimiento y un desprecio hacia las creencias
en lo divino de otras tradiciones religiosas. Este particularismo
estrecho, ríspido, sofoca la amplitud de una conciencia universal.
Lo anplio contra lo ríspido. En una sensible amplitud hierve
el calor universal de Ricardo
Rojas
con su El Cristo Invisible, obra olvidada de la literatura
argentina. Allí, Rojas talla un diálogo imaginario entre un
Obispo del norte argentino y un anónimo Huésped (el propio escritor
tras la máscara impersonal). El torrente dialógico entre los
interlocutores es amable y entusiasta; pero no por ello exento
de confrontación permanente. El Obispo se abroquela tras el
cristianismo como única verdad. Los altares de otras religiones
exudan falsedad. Por el contrario, el Huésped, Rojas, verbaliza
el respeto hacia todas las religiones. Intuye un solo secreto
tras diversas formas culturales de experimentar lo divino. La
amplitud es conciente de una verdad universal.
Durante la
contracultura norteamericana, en la década del 60, comenzó la integración
entre Oriente y Occidente. Mucho antes de esta apertura, el argentino Ricardo
Rojas intentó entrever cómo los nombres que Fray Luis de León, Santa Teresa o
Fray Luis de Granada le confieren a lo divino arropan una misma intuición de
lo sagrado que crepita en otras tradiciones, como la azteca o hindú.
Por eso, ahora en Temakel, les presentamos un momento del diálogo El
Cristo Invisible donde un Huésped librepensador le advierte a un Obispo
sobre el peligro de estimar que lo divino o lo sagrado se expresan en una sola
religión y con un solo nombre.
FRAG.
DE EL CRISTO INVISIBLE, POR RICARDO ROJAS
MONSEÑOR
El
culto de las imágenes originó muchas inquietudes dentro de la Iglesia,
desde los primeros tiempos.
HUÉSPED
Las múltiples efigies de Dios son como los múltiples nombres que para
designarlo inventó la inspiración literaria de los místicos. Fray Luis de
León escribió muy eruditos diálogos en su libro Los nombres de Cristo,
desentrañando el sentido de las varias denominaciones con que al Mesías
designa las Escrituras.
MONSEÑOR
Las
escrituras llaman a Cristo: Camino, Esposo, Cordero, Monte, Pastor, Rey,
Príncipe de Paz, Brazo de Dios, Hijo de Dios y Faces de Dios, como cuando el Salmista dice al Eterno: "Muéstranos tus faces y seremos salvos",
o cuando Isaías le dice: "Delante de tus faces se derritieron los
montes"... Es indudable que sólo nuestra religión, tan preñada de
verdades eternas, ha podido sugerir al hombre tantas expresiones para
representar y para nombrar al Creador, que aunque es único, se nos
revela en la multitud de sus criatuas.
HUÉSPED
Perdonad, Monseñor, si en este punto me atrevo a rectificaros: la fertilidad de
las imágenes, en el lenguaje de los místicos y en la iconografía
religiosa que ellos inspiran, es común a todas las religiones.
MONSEÑOR
¿A
todas?
HUÉSPED
El Corán, por ejemplo, alude a Dios como un Ser de múltiples y bellos
nombres.
MONSEÑOR
!Oh,
el Corán!
HUÉSPED
En
el diálogo hindú de la Bahagavad Ghita, Krishna llama a Dios: Alma
Suprema, Señor de la Santa Unión, el Antiguo Principio, el Indivisible, el
Tiempo, Hari, Visnú, Kala y Montaña de luz de todas partes
resplandecientes. Como veis, los nombres divinos de la mística hindú, no se
diferencian mucho de los que emplea la mística cristiana. Y cuando el
Bienaventurado, elevándose a la íntima perfección por el aniquilamiento de
lo corporal y terreno, llega a contemplar la Unidad Suprema del Universo y
quiere describir la Figura Augusta, lo que se ve sin haber sido visto, se
nos aparece un Ser de múltiples ojos, de innumerables brazos, de rostro
vuelto a todos los rumbos envueltos en luz de todos los soles, porque esa
fuente de luz que llena el espacio entre la tierra y el cielo, está
afuera y dentro de todos los seres.
MONSEÑOR
Los hindúes han dado a la divinidad representaciones monstruosas.
HUÉSPED
Tal visión de la Bahagavad no se diferencia mucho de otros que describe el
Apocalipsis, cuya apariencia alucinatoria no puede explicarse sino por la
simbología, como Swedenborg, el místico sueco, lo ha hecho en su Arcana
Coelestia. Pero apenas las artes plásticas se apoderan de la una y de la
otra, crean las monstruosidades de los ídolos, aprisionando a Dios en las
groserías de la materia, si bien con el intento de elevar la materia del Hombre
hasta las sutilezas del Espíritu, que es incorpóreo e invisible.
MONSEÑOR
Las
visiones del Apocalipsis no pueden ser comparadas con los monstruos de
la gentilidad (de los paganos).
HUÉSPED
Muchos dioses precolombinos hallados en América, así el Sol
antropomorfo en Tiahuanaco y la Diosa Teatlicúe en México, parecen
monstruos, como la Quimera griega y la Esfinge egipcia, pero
son expresiones plásticas de conceptos profundos, comunes a
todas las viejas religiones, bajo la diversidad de un simbolismo
que para muchos resulta caprichoso o impenetrable. (*)

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Ojo
que atraviesa el cielo. Apertura, desde lo terrestre,
hacia el centro del movimiento
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(*)
Fuente: El
Cristo Invisible, de Ricardo Rojas; Buenos Aires, Ed. Losada.