SIN
MAGIA PARA VIVIR
Uno de los motivos por
los cuales rechazamos el altiplano, estriba en que allá se cree en la
magia, y nosotros aquí en Buenos Aires, ya no creemos en ella. Somos
extraordinariamente realistas y prácticos, por cuanto creemos en la
realidad.
¿Y qué es realidad
para nosotros? Pues eso que se da delante de uno: las calles, las paredes,
los edificios, el río, la motaña o la llanura. Todo esto no se puede
modificar, porque no puedo cambiar de lugar una casa, ni alterar la
orientación de una calle, ni puedo traspasar diagonalmente una manzana
para llegar a mi hogar, ya que mi cuerpo es mucho más endeble que las
paredes. La realidad indudablemente se impone porque es dura, inflexible y
lógica. Más aún, es una especie de punto de referencia para nuestra
vida, porque, cuando andamos mucho en las nubes, viene
una persona práctica y nos dice: "hay que estar en la
realidad".
Y si no lo
hacemos, se nos invoca la ciencia. Ella es la teoría
que da una rara concreción a la realidad de tal modo que, no sólo ésta
se refiere a las paredes y a las piedras, sino también a otros órdenes.
Hay una ciencia económica para nuestros sueldos, otra para la política,
otra para nuestras aspiraciones profesionales, otra para nuestros
impulsos. Y todo es realidad, aunque "científica". La realidad
es entonces como un mar de plomo, que abarca un sin fin de sectores, y en
el cual debemos desplazarnos con cuidado.
Pero un
día estamos tranquilos en nuestra casa, y viene un amigo y nos trae la
noticia de que en la esquina hay un plato volador. ¿Y nosotros qué
decimos? Pues ver para creer. De inmediato pensamos salir
corriendo, claro está doblando prudentemente las esquinas para llegar al
lugar donde se depositó el extraño artefacto. Ahí lo veremos,
y luego creeremos. La realidad coincide con las
cosas que se ven.
Pero podría ocurrir
que no saliéramos corriendo, y le dijéramos a nuestro amigo: "¿Me
vas a hacer creer que se trata de un plato volador?" Y el amigo nos
respondiera: "Todo el mundo lo dice". Es curioso, ya lo dijimos,
por una parte yo le hago notar al amigo que él me tiene que hacer
creer, y por la otra, él se confabula con todo el mundo,
o sea con los seis millones de habitantes de Buenos Aires, para que yo
le crea. Y esto ya no es ver creer, sino al revés: creer para
ver. A veces tengo que ver la realidad para creer en ella, otras veces
tengo que creer en la realidad para verla. Por una parte quiero ver
milagros para cambiar mi fe, y, por la otra, quiero cambiar mi fe para ver
milagros.
Por eso, podemos
creer en la realidad y en la ciencia, pero nos fascina que
un hechicero del norte argentino haga saltar el fuego del fogón, para
hacerlo correr por la habitación. También nos fascina que en Srinagar,
en la India, algún guru o maestro realice la prueba de la
cuerda, consistente en hacerla erguir en el espacio y en obligar a
ascender por ella a un niño, quien probablemente nunca más volverá a
descender. Y también nos fascinan los malabaristas en el teatro, porque
hacen aparecer o desaparecer cosas, o seccionan a un ser humano en dos
partes, y luego las vuelven a pegar sin más. ¿Y qué nos fascina en todo
esto? Pues que la realidad se modifica. ¿Y en qué quedó el carácter
inflexible, duro, lógico y científico de la realidad?
Mientras escribo
estas líneas veo por mi ventana un árbol. Este pertenece a la dura
realidad. ¿Si yo me muero, el árbol quedará ahí? No cabe
ninguna duda. ¿Pero no podría pasarle al árbol lo que a nosotros,
cuando muere un familiar querido? ¿En este caso qué lamentamos más: la
ausencia definitiva del familiar, o más bien la hermosa opinión que él
tenía de nosotros? ¿Le pasará lo mismo al árbol? Yo siempre lo he
visto hermoso, y mi vecino, quien es muy práctico, ya no lo verá asi.
Cuando yo muera, morirá mi opinión sobre el árbol, y el árbol se
pondrá muy triste y se morirá también.
¿Pero no habíamos
dicho que la realidad es dura, flexible y lógica? Así lo dicen los
devotos de la ciencia. Pero a mí nadie me saca la sospecha de que los
árboles no obstante piensan y sienten. Porque ¿qué es la ciencia? No es
más que el invento de los débiles que siempre necesitan una dura
realidad ante sí, llena de fórmulas matemáticas y deberes impuestos,
sólo porque tienen miedo de que un árbol los salude alguna mañana
cuando van al trabajo. Un árbol que dialoga seria la puerta abierta al
espanto y nosotros queremos estar tranquilos, y dialogar con nuestros prójimos
y con nadie más. Evidentemente no creemos en la magia, no sólo porque
tengamos una firme convicción de la dureza de la realidad, sino ante todo
porque necesitamos llevarnos bien con 6 millones de prójimos encerrados
en la ciudad de Buenos Aires. Y para ello es preciso poner en vereda a los
árboles con su lenguaje monstruoso y creer en la dura, inflexible y
lógica realidad. (*)