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LA
PASIÓN DE LEONARDO
El
pintor, Leonardo, camina sobre una llanura
acariciada por los líquidos cabellos de
una lluvia. Y se detiene. Escucha el murmullo de un viento
que le habla a nubes de tormenta de una
emoción. La emoción ante el color que arde de vida.
Que infunde tanta fascinación como los ojos de un búho
que resplandecen en un bosque nocturno.
Leonardo deja que su cuerpo se haga viento. Viento emocionado. Y se
sienta sobre la tierra húmeda. Acaricia el pasto mojado.
Y sus manos empapadas se
convierten en un ojo que se expanden para tocar y ver las sinfonías de colores
y formas del mundo. Todo la anatomía del artista es un dilatado ojo que puede
penetrar en el cofre de cada cosa y presentir que, allí, dentro de la materia,
laten universos agazapados, criaturas vivientes.
Tigres escondidos que esperan que un ser imaginativo los auxilie para
saltar y posar su cuerpo de magma entre las calles de la humanidad.
Ya muy joven, en el taller de
Verrocchio, Leonardo manifestó mayores dotes para la pintura que su propio
maestro. Luego sus pinceles plasmaron imágenes célebres: dos pinturas
denominadas La virgen de las Rocas, la Anunciación, la Ultima Cena, la Dama del Armiño (que aparece abajo junto al texto de
Leonardo “El ojo que abarca la belleza del mundo”). Y, por supuesto, la
sonrisa inefable de la Gioconda. Pero la pintura no fue el único resplandor del
fosforescente collar de las inquietudes de Leonardo. Arquetipo del hombre
universal (descripción de su persona habitual pero no por eso desdeñable),
Leonardo estudió las proporciones anatómicas del cuerpo humano y gustó de
esbozar invenciones que nunca plasmó: desde un modelo precursor del avión y el
helicóptero hasta máquinas de guerra que ofreció a Ludovico el Moro, príncipe
de Milán.
Sus contemporáneos le reprocharon sus excesos de planificación y sus
pocas concreciones. Era el genio que pocas veces acababa sus obras. Una de las
semillas más célebres de sus imágenes fue un boceto para una gran estatua
ecuestre, en memoria de Franceso Sforza, que, claro, nunca pudo consumar.
Aquí presentamos primero dos textos que nos deslizan hacia el valle de
amor de Leonardo por la experiencia sensible y su idea del arte.
Y, luego, proponemos la lectura de varios pasajes de su Tratado de la
pintura. Momentos vinculados al ojo abierto a la belleza, el poder de las imágenes
de la naturaleza, una simple forma de estimulación de la imaginación y dos
rarezas: dos breves cartas que manifiestan un instante de ficción literaria en
la obra de Leonardo.
Podemos recomendar la edición del Tratado
de la pintura de Leonardo, de editorial Akal (que es la fuente de los textos
transcriptos del creador italiano que hallarán más adelante) y la cuidada
publicación Leonardo, de Frank Zollener, editorial Taschen, con las imágenes
de las principales pinturas, dibujos y bocetos del genial artista.
Esta obra puede ser
conseguida por un precio económico.
Recordamos al artista del Renacimiento
para recuperar un fulgor de asombro ante el poder humano de la invención.
Acompañar el movimiento de alas de Leonardo quizá nos obsequie la intuición
de que, aún, muchos cielos pueden ser creados.
Esteban
Ierardo
TEXTOS
SOBRE LEONARDO
1)
EXPLORADOR CON ALMA DE MAGO
Leonardo abre los ojos en primavera, en
el campo toscano esmaltado de viñas, de flores y pájaros. Es acunado a la sombra de los olivares mientras contempla como a
un largo personaje la silueta de un ciprés recortada en negro sobre el cielo
claro. Lejos del ruido y de las prohibiciones descubre las miríadas de
estrellas, los colores. Nada traba sus primeros impulsos. Crece encantado. La
naturaleza exultante en torno a él y el espectáculo que cada mañana le aporta
es el de la medida y la belleza del mundo. Todo niño nace rey, pero lo más a
menudo sin reino. En cambio el de
Leonardo no tiene comienzo ni fin.
Sus alegrías son inagotables. Escucha cantar a los pájaros. Escala las colinas
rocosas que rodean su pequeña casa de piedra. Desliza los guijarros entre sus
dedos, ve retorcerse a los gusanos, muerde la hierba, coge los higos aún
verdes, se raspa las mejillas con la corteza de los algarrobos. Toda su vida
quedará colocada bajo el signo del deslumbramiento y no podrá comprenderse la
extraordinaria potencia de soledad de que da pruebas Leonardo, su fuerza
interior casi sobrehumana, si primero no se lo imagina plantado como un carozo
en sí mismo, con esa necesidad apasionada, permanente, de comunión con la
naturaleza, instintiva los primeros años, después reflexiva y voluntaria. ¿Acaso
tuvo otro maestro que la naturaleza?
...Un
día, como acostumbra, escala las rocas, donde sólo puede
aferrarse
a los arbustos del erial. Está solo. Una angustia deliciosa lo invade.
Presiente el peligro y al mismo tiempo se siente atraído por él. De pronto se
encuentra ante la negra entrada de una caverna. Trata de abrirse paso entre las
zarzas. "Impulsado por mi ardiente deseo, ávido de ver la gran mezcla de
formas variadas y extrañas creadas por la artificiosa naturaleza, me aventuré
entre las moles sombrías." Pero no alcanza a ver nada. Se inclina, aguza
la vista, se yergue, quisiera distinguir los contornos. "Y después de
demorarme allí un momento dos cosas despertaron de pronto en mí: temor y
deseo. Temor del agujero oscuro y. amenazante, deseo de descubrir si no escondía
algo maravilloso." Invadido de terror como los imaginativos, pero
arrastrado a pesar de todo por un irresistible deseo de saber: helo ahí a
Leonardo pintado de cuerpo entero. Desde la más tierna edad oyó el llamado del
conocimiento, como otros el del arte o la religión. Pondrá sus múltiples
dones al servicio del apetito insaciable que lo proyecta a enfrentarse a los fenómenos,
a los misterios, haciendo que se complazca en ello, a disecarlos para remontarse
a sus causas. Pero porque él ha conocido primero con los sentidos, con sus
manos arañadas, con su nariz abierta al perfume de las resinas, con sus oídos
sensibles al rumor del follaje y sus ojos fascinados por la sucesión de espectáculos
y paisajes, porque él ha tocado antes de meditar, será toda su vida el homo
faber, el que fabrica, el que busca el contacto de la materia y quiere
someterla. Lo obsesiona la necesidad de imitar, de reproducir. Dibuja cuanto ve,
las hojas, las líneas de las rocas, los insectos. Construye pequeños
instrumentos de música. Colecciona peces muertos, flores secas, animales extraños.
Es un explorador con alma de mago. (*)
(*)
Fuente: Los
claroscuros de una vida genial y solitaria, por Danielle
Hunebelle, incluido en Leonardo Da Vinci, Buenos
Aires, Fabril Editorial, 1964.
2)
LA SONRISA EN EL FONDO DE LA CREACIÓN
Para
el pintor la gracia debe prevalecer sobre la fuerza. Los músculos hipercontraídos
de los personajes de Miguel Ángel desagradarán siempre a Leonardo. Raymond
Bayer ha recordado, pertinentemente, que la gracia es el primer atributo de su
pintura. Los colores lucientes que él busca, los caracteres andróginos en los
cuales se complace, las sonrisas que derrama en sus cuadros más célebres, enseñan
no sólo que 'la gracia es aún más bella que la belleza', sino que también es
más fuerte que la fuerza. En el fondo mismo de la creación flota una cierta
sonrisa: la de las pequeñas nubes blancas que el príncipe Andrés, herido,
descubre en el cielo sobre el campo de batalla de Austerlitz; 'la sonrisa
innumerable de las olas' que Esquilo discierne en la superficie móvil del mar.
Para Leonardo, la sonrisa es un sello que garantiza el parecido, no del retrato
con el modelo, sino del pintor con Dios.
Ningún
artista ha optado más resueltamente que él por el simbolismo. Todo debe ser símbolo
en un cuadro, porque todo, en el universo, es correspondencia. Parece dudoso que
se llegue nunca a agotar la significación simbólica de la pintura. En cuanto a
sus andróginos, si bien podría manifestar inclinaciones homosexuales de las
cuales fue acusado por la envidia, tampoco hay razón para no considerarlos
simplemente como una alusión al significado esotérico del andrógino de Platón.
Y en verdad, no solo en él, pues en el Génesis Dios crea al hombre macho y
hembra antes de extraer a Eva de la costilla de Adán. Vollard ha hecho notar
que la ancolia se torna un motivo obsesionante en la pintura de Vinci. Ahora
bien, la ancolia, flor andrógina, es la de la unión, la del amor perfecto, si
se cree al Capiel a sept flors y al Hortus messianensis. En Leonardo, sin duda,
cada detalle comporta explicaciones de esta clase. A propósito, Cézanne,
furioso, blandía su espátula contra Vollard cuando creyó que éste acusaba a
Delacroix de pintar al azar. Delacroix, es cierto, no pintaba al azar. Pero
Leonardo mucho menos, pues pinta más lentamente y madura por más tiempo sus
cuadros. La montaña, uno de sus leitmotivs, como lo fue para los grandes
pintores chinos, los tejos y cipreses de la Anunciación, no se hallan menos
cargados para Leonardo que para aquéllos sus banbúes y sus pinos. Erróneamente
o no, encuentro un misterioso parecido entre los paisajes de Vinci y lo de los
grandes pintores mahayanistas(1), sin duda porque para uno y otros el cuadro
expresa el accesis iniciático que él supone. Obsesión del agua, de la montaña,
de la caverna, de las rocas, de la flor, del animal. No es necesario ser un gran
erudito para discernir el sentido heráldico y simbólico del armiño de La
dama del armiño. La relación entre el San Jerónimo, su león y el
paisaje mineral en el cual están comprendidos es evidente. De todos los
animales, el caballo es el que más ha preocupado a Leonardo. Ahora bien, ningún
otro animal ocupa un lugar más importante que el suyo en la historia litúrgica
de la humanidad.
Atribuir al pensamiento de Leonardo un carácter esotérico, buscando ávidamente
las significaciones simbólicas de sus cuadros es, en verdad, querer
comprenderlos. Aun si el mismo Freud se hubiese engañado respecto del buitre
que descubre en la Santa Ana, ha tenido razón en querer descifrar a
Leonardo, en tratar de leerlo. Negar un sentido simbólico a un pintura,
conduciría, por otra parte, a afirmar que ella carece de todo sentido. Se puede
no creer demasiado en el simbolismo de Vinci, se puede errar respecto al mismo,
pero el temor del contrasentido no debe anular la intención misma de comprender
el texto". (*)
(*)
Fuente: El secreto del filósofo, de Emmanuel
Berl, incluido en Leonardo da Vinci, Buenos Aires, editorial
fabril, 1964.
TEXOS
DE LEONARDO
EL
OJO QUE ABARCA LA BELLEZA DEL MUNDO
...quien
pierde la vista, se priva de la visión y belleza del universo y puede ser comparado al que encerrado queda en un
sepulcro donde aún laten la vida y el movimiento.
¿No ves tú entonces que el ojo abarca
la belleza del mundo todo? Él es señor de la astrología; él crea la
cosmografía; él todas las humanas artes guía y endereza, y empuja al hombre
hacia las distintas partes del mundo; él es príncipe de las matemáticas y sus ciencias son acertadísimas; ha medido las distancias y magnitudes de las
estrellas; ha descubierto los elementos y sus
posiciones; ha predicho las cosas
futuras por el curso de las estrellas; él ha engendrado la arquitectura, la
perspectiva y la divina pintura. ¡Oh, excelentísimo entre todas las restantes
cosas creadas por Dios! ¿Qué alabanzas podrían dar la medida de tu nobleza?
¿Qué pueblos, qué lenguas podrían describir con tino tu verdadera operación?
Él es ventana del cuerpo humano, que a su través refleja la belleza del mundo
y en ella se goza; por él el alma se contenta de su humana prisión, que sin él
sería tormento; por él la humana industria descubrió el fuego, gracias al
cual el ojo recupera lo que antes le arrebataron las tinieblas. Él ha ornado la
naturaleza con la agricultura y los jardines deleitosos. Pero ¿a qué necesito
extenderme en tal elevado y vasto discurso? ¿Es que acaso hay algo que no venga
de él? El mueve a los hombres de Oriente a Occidente; él descubrió la
navegación y sobrepasa a la naturaleza, pues los simples cuerpos naturales son
finitos, en tanto que las obras que el ojo ordena a las manos son infinitas; tal
como el pintor confirma fingiendo infinitas formas de animales, árboles,
plantas y parajes.(*)
(*)
Fuente: Tratado de la pintura, de Leonardo da Vinci,
Akal ediciones., Madrid.
SOBRE
LA SUPERIOIDAD DE LAS IMÁGENES DE LA NATURALEZA
La
pintura sirve a un más digno sentido que la poesía y representa con mayor
verdad las obras de la naturaleza que el poeta. Son muchas más dignas las obras
de la naturaleza que las palabras, las cuales son obra del hombre, pues tal
desproporción existe en las obras del hombre y las de la naturaleza, cual entre
Dios y el hombre. De ahí que sea más digna imitar las obras de la naturaleza,
verdaderas semejanzas en acto, que imitar con palabras los hechos y dichos de
los hombres. Y si tú, poeta, quieres describir las obras de la naturaleza con
tu simple oficio, fingiendo lugares distintos y las formas de cosas varias, serás
sobrepasado por el poder infinitamente desproporcionado del pintor....Por la
pintura tórnanse los amantes hacia los simulacros de la cosa amada y hablan con
las pinturas que la representan. Por ella también los pueblos se ponen en
marcha con votos fervorosos para buscar las imágenes de sus dioses; por ella,
que no por ver las obras de los poetas, quienes esos mismos dioses describen con
palabras. Por ella, en fin, los animales son burlados. Vi yo en cierta ocasión
una pintura que, por obra de su semejanza con el amo, engañaba al perro, y éste
le hacía grandísimas fiestas. De igual manera he visto a perros que ladraban y
pretendían morder a perros pintados, y a una mona hacer infinitas tonterías
frente a una otra pintada. He visto golondrinas que revoloteaban y se posaban
sobre unas verjas pintadas, simulacro de las que cierran las ventanas de las
casas. (*)
(*)
Fuente: Tratado de la pintura, de Leonardo
da Vinci, Akal ediciones., Madrid.
COMO
ACRECENTAR Y ESTIMULAR EL INGENIO MEDIANTE INVENCIONES VARIAS
No
puedo dejar de incluir entre estos preceptos una nueva y especulativa invención
que, si bien parece mezquina y casi ridícula, es, sin duda, muy útil para
estimular al ingenio a varias invenciones. Es la siguiente: si observas algunos
muros sucios de manchas o construidos con piedras
dispares y te das a inventar escenas, allí podrás ver la imagen de distintos
paisajes, hermoseados con montañas, ríos, rocas, árboles, llanuras, grandes
valles y colinas de todas clases. Y aún verás batallas y figuras agitadas o
rostros de extraño aspecto, y vestidos e infinitas cosas que podrías traducir
a su íntegra y atinada forma. Ocurre con estos muros variopintos lo que con el
sonidos de las campanas, en cuyo tañido descubrirás el nombre o el vocablo que
imagines. (*)
(*)
Fuente: Tratado de la pintura,
de Leonardo da Vinci, Akal ediciones, Madrid.
DOS
MOMENTOS DE LA FICCIÓN IMAGINATIVA DE LEONARDO
A)
Carta al Defterdar de Surua, lugartenientes del sagrado sultán de Babilonia
La
nueva catástrofe ocurrida en estas nuestras regiones del norte te espantará a
ti, seguro estoy de ello, tanto cuanto al universo todo; lo que te relataré
ordenadamente, mostrando, en primer lugar, el efecto; luego la causa...
Me
encontraba yo en esta parte de Armenia para ejecutar con amor y celo la tarea
que me habías confiado, cuando, por comenzarla en aquellos lugares que me parecían
más a propósito, llegué a la ciudad de Calindra, próxima a nuestras
fronteras. La tal ciudad está situada en la base de aquella parte del monte
Taurus que el Eufrates corta, y contempla hacia poniente las crestas del gran
monte Taurus. Tal altura alcanzan estas crestas que parecen tocar el cielo, no
existiendo sobre la tierra lugar tan alto cual su cima; de suerte que los rayos
del sol inciden sobre ella desde oriente cuatro horas antes de que el día
comience. Por ser de blanquísima piedra, fuertemente resplandece, y cumple para
estos armenios semejante función a la de una hermosa luz de luna en medio de
las tinieblas. Su grande altura sobrepasa cuatro millas en línea recta las más
lejanas nubes. Extensas regiones de occidente esta cima ven iluminada por el sol
desde su ocaso hasta la tercera parte de la noche, y es precisamente
aquella
que en vuestra casa y con tiempo sereno tomamos nosotros por un cometa, y que en
la oscuridad de la noche parécenos mudar de forma: cuándo dividirse en dos o
en tres partes, cuándo larga y cuándo corta. Esto ocurre porque en el
horizonte del cielo las nubes se interponen entre esa parte del monte y el sol,
y así, cortando los rayos solares, rompen con sus varios intervalos la luz de
la montaña, cuyo esplendor es, en consecuencia, de cambiante forma.
B)
Carta a Caro Benedetto Dei. La historia del gigante.
...has
de saber que en el mes de junio apareció por aquí un gigante
que venía de la desierta Libia. Había nacido el tal en el
monte Atalante y era negro y guerreado había contra Artajerjes
y los egipcios, los árabes, los medos y los persas. Vivía
en el mar de las ballenas, los grandes cachalotes y los
navíos. Cuando el fiero gigante cayó, por culpa de la ensangrentada
y fangosa tierra, pareció haberse derrumbado una montaña
y temblaron los campos como si de un terremoto se tratara,
con espanto del infernal Plutón. Quedóse el gigante del
rudo golpe un tanto aturdido y por tierra, conque al punto
creyendo ser muerto por una saeta, el pueblo y la provincia
toda pareció estremecerse con tan gran caída.
Y Marte, que temía por su vida, buscóse refugio bajo
el lecho de Júpiter...
A semejanza de hormigas que se extienden con furia
de acá para allá sobre el roble abatido por el hacha del
tosco campesino, así muchos hombres recorrían los vastos
miembros del gigante y le infligían incontables heridas.
Volviendo en sí entonces el gigante e sintiéndose casi cubierto
por la multitud, se dolió al instante de las ardientes heridas
y dio un bramido que pareció un horrísono trueno; apoyó
las manos en la tierra y alzó el rostro pavoroso; llevóse
luego la mano a la cabeza y la encontró llena de hombres,
que colgaban de sus cabellos. Conque al sacudir la cabeza,
los hombres saltaban por el aire, como el granizo que arrastra
el furor del viento; y muchos de los que se habían encaramado
encontraron la muerte. Alzándose entonces, los aplastaba
bajo sus pies, y algunos se aferraban a los cabellos y se
las componían para esconderse entre ellos, como marineros
que en la tempestad trepan por el cordaje para bajar las
velas y amortiguar el viento. (*)

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Ojo
que atraviesa el cielo. Apertura, desde lo terrestre,
hacia el centro del movimiento
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(*)
Fuente: Tratado de la pintura, de Leonardo
da Vinci, Akal ediciones, Madrid.
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