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RESPLANDORES
DE LA NARRATIVA DE MUJICA LAINEZ
Cuando
los ríos se secan, qué mejor que, otra vez, desplegar el mapa
del recuerdo. Allí podremos encontrar nuevamente manantiales efervescentes, sonoros arroyos
de imaginación. Y ventiscas que recorren la tierra difundiendo
el anhelo de expresión que rebulle en el alma artística. Dentro
del bosque de la literatura argentina es nuestra intención recuperar
el rico follaje de la obra de Manuel Mujica Lainez (1910-84).
Uno de nuestros grandes escritores. Ya poco visitado por los lectores.
En el castillo de su creación podremos hallar desde el espíritu
del medioevo y el Renacimiento hasta los diversos aromas de la
historia de la ciudad de Buenos Aires. Como así también el deseo
de darle vida propia a supuestos objetos inanimados como una casa,
un libro o una alhaja. Aquí les propongo recorrer tres
palpitaciones de la obra de Mujica Lainez. Tres estímulos para
una posible lectura futura más vasta. Un primer bello jaspe de
la literatura de Mujica Lainez lo encontraremos en el relato “El
hambre”, perteneciente a Misteriosa Buenos Aires, obra concluida
en 1950. Allí, mediante numerosos cuentos, Mujica respira desde
la Buenos Aires de la primera fundación hasta la del año 1904.
En "El hambre" nuestro autor revive los fatídicos hechos que ensombrecieron
los días de la primera ciudad del buen aire. En la narración,
Baitos es un ballestero llegado a las riberas del Río de la Plata
en la imponente flota del Adelantado Don Pedro de Mendoza. Baitos
es el centro dramático de una desesperada puja contra la inanición
y un torbellino de odios desatados entre los conquistadores españoles.
En 1958, en el norte de Italia, Mujica visita los restos del Bosque
de los Monstruos de Bomarzo. En ese entonces, a diferencia de
lo que ocurre hoy día, aquel sitio se hallaba cubierto por la
maleza y fuera de los itinerarios turísticos. El Bosque de los
Monstruos fue construido en el siglo XVl, en pleno renacimiento
italiano, por Pier Franceso Orsini, Duque de Bomarzo. El “bosque”
es en realidad un parque poblado por las estatuas de diversas
entidades monstruosas. De manera semejante a lo que le ocurrió
al general Patton entre las ruinas de Cartago, Mujica Lainez,
el escritor argentino, entre los restos de los monstruos de piedra,
se percibe como un alma inmortal, pródiga de existencias pasadas.
En este siglo Mujica es un hombre de letras, pero en el siglo
XVl, en los primeros albores de la modernidad, él fue el Duque
de Bomarzo. Dominado por esa certeza, procede a la redacción de
la biografía de Pier Franceso Orsini, aquel olvidado personaje
del Renacimiento. Que acaso fue él. Así nace Bomarzo, una de las
mejores novelas históricas ( ¿o acaso la mejor?) de la literatura
nacional. Aquí transcribiremos el momento en que el duque experimenta
la revelación de su destino: la convicción de que debía esculpir su
propia historia en el perenne torso de las piedras. Nuestro último
encuentro con la imaginación novelística de Mujica Lainez será
un momento de su obra dedicado a las memorias de un hada. Sí,
el escritor se transmuta en una mágica, feérica, mujercita que
sobrevive en el campanario de una iglesia en el mundo contemporáneo.
Desde allí, mediante la vivacidad de la primera persona, el hada-escritor
recuerda las radiantes jornadas del medioevo en las que hadas,
ángeles y demonios eran tan corpóreos y cercanos como el viento
que puede danzar en tu rostro.
PD: Además de las obras ya mencionadas, algunos de los títulos
más recomendables de Mujica Lainez podrían ser:
-Aquí vivieron, ed. Sudamericana, 1949.
-
La historia de una quinta de San Isidro entre 1583 y 1924.
-La casa, ed. Sudamericana, 1954. Aquí, en primera persona, una
casa narra su decadencia y la de sus habitantes.
-Cecil, ed. Sudamérica, 1972. Autobiografía literaria de Mujica
plasmada desde la visión de su propio perro.
-El escarabajo. Plaza Janés, 1982. Su última y magnífica obra.
Es la historia de un ser inanimado, de un escarabajo de lapislázuli,
un talismán egipcio, creado por la Reina Nefertari. El escarabajo
de piedra narra su fantástica existencia a través de tres mil
años de historia y el rumor de numerosas civilizaciones.
En el volumen ya mencionado de Misteriosa Buenos Aires, existe
un magnífico cuento, llamado “El hombrecito del azulejo”, que
merece ser especialmente recomendado a los lectores que se deleiten
con lo fantástico. Puede ser consultado en esta página, en la
sección de Literatura fantástica.
Mujica Lainez poseía una famosa casa, llamada “El paraíso” en
la provincia argentina de Córdoba, cerca de la localidad serrana
de La Cumbre. Actualmente, es un museo que puede ser visitado
por el público. Para datos sobre el acceso al Museo Mujica Lainez
se puede consultar al buscador de museos argentinos: www.museosargentinos.org.ar
El teléfono de la casa-museo es (03548) 451-160.
Ahora
mejor ya naveguemos hacia la escritura de uno de los mejores escritores
argentinos...
Esteban
Ierardo
EL HAMBRE
Alrededor
de la empalizada desigual que corona la meseta frente
al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche.
En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles,
apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de
las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras
bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de
aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae
con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza
la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el
paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado,
que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores.
Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle
en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente,
hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas,
desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero
no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos
de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado
implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo
de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las
ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir
y derrumbarse de las construcciones ardientes. Así han transcurrido
varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo
que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado,
triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida,
las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo
cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen
doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas
defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.
Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como
higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica
le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre
el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren
al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen
en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre
la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura
el “Ave María” heráldico del fundador.El enfermo se retuerce
como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario
de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido,
como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse
bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado
los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la
voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del
Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes
el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes,
de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que
refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo.
Y si no hubiéra llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas,
nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta,
cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas.
¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá
afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de
los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un
caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues
sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.¿Cuándo regresará
Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron
al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio
y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde
los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y
su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo
del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja
y verde. Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado
en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el
Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines,
mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre.
Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa
rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es
un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores
obra como un estímulo violento. En Morón de la frontera detestaba
al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se
harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían
diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias
armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la
Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las
cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les
ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las
cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba
a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que
pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores
por temor y por envidia. ¡Ah cuánto, cuánto les odia, con sus
ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica
manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono
y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira,
mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación
que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos
príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?El hambre le nubla el
cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación.
¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo
de carne! Pero no lo hay... no lo hay... Hoy mismo, con su hermano
Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento.
No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a
cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado,
la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó
su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una
cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera
logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que
ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos
y tiritar en un rincón de la tienda.El viento esparce el hedor
de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre
los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su
hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora,
con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los
dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces...Toma su
ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.Es una noche muy
fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las
chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas
horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado
el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas,
hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí
están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados.
Cuelgan, sin brazos, sin piernas... Unos pasos más y los alcanzará.
Su hermano andará cerca. Unos pasos más... Pero de repente surgen
de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras
y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las
presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro
jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo
de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven,
caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin,
hermano de leche de nuestro señor Carlos Quinto; Bernardo Centurión,
el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea
Doria. Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita lo
observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia
a todos, han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por
lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer,
pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero
de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz
blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo,
y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de
pieles de nutría que le envanece tanto. A este Bernardo Centurión
le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda,
cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante
el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron
su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del
Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en
Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados
a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto
de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia
del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De
verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar
que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene
un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer
relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que
a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo,
cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doña! ¿Y qué? ¿Será
él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos
y de dos piernas y de cuanto es menester...Conversan los señores
en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas
cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla
la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de
los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias
se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas.
El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan
los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos
del viento.El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere
gritar más no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido
sobre la hierba rala. Cuando recobró el sentido,
se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto
a apagarse. Habla callado el viento y se oían, remotos, los
aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia
las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo
como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca.
Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de
Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los
otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni
Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó
en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor
don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda,
con su libro de oraciones. Bernardo Centurión se interpone entre
él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas
están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados.
El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la
apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que
siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría
a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres
cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación... Si el
genovés se fuera de una vez por todas... de una vez por todas
..... ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de
una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se
le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto
y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano.
Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera
hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad... No,
no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador.
Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos
para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las
nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón,
carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin!
La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones,
y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la
nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces
arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto el
cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean
en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca
bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de
apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que
aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo,
sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja
de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto
a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada
entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con
el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz,
y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que
Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse.
El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama
en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr
barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se
le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano
le fuera apretando la garganta más y más. (*)
(*)
Fuente: Misteriosa Buenos Aires, de Manuel Mujica Lainez, ed. Sudamericana. La fotografía muestra a “Manucho”, como muchos le llamaban, frente a su cuaderno de
escritura.
2. BOMARZO
En el fragmento que a continuación transcribimos, el Duque de Bomarzo supervisa las obras de un grupo de pintores que buscan ilustrar la vida de sus antepasados. Pero entonces, uno de los pintores, el joven Zanobbi le sugiere al duque:
“-La vida de Su
Excelencia es tan hermosa... tan rica.., que pienso que en lugar
de mandar que pintemos la historia de sus antepasados, debería
ordenarnos que pintásemos su propia historia, en el castillo.Permanecía
en suspenso, como quien acaba de ser testigo de una revelación.
Al muchacho se le había ocurrido lo obvio. Quizás porque era
demasiado obvio, porque lo tenía excesivamente cerca y me faltaba
la perspectiva para apreciarlo, necesité que otro me lo dijera.
Eso, que me había rondado en vano, esforzándose para que lo
comprendiera, salía de pronto a la transparencia de la tarde.
Me puse de pie, como si me cegara la brusca claridad, y me apoyé
en un tronco. Veía por fin lo que debía hacer. Mi tema y yo
nos habíamos encontrado y formábamos desde ese segundo una indestructible
unidad. Mi vida... mi vida transfigurada en símbolos.., salvada
para las centurias.., eterna... imperecedera... He ahí lo que
debía relatar en Bomarzo, pero, no a través de los frescos efímeros
de Jacopo del Luca, cuya posibilidad quedaría abandonada para
siempre en el entrecruzamiento de los andamios, en una desierta
galería del castillo, sino utilizando las rocas perennes del
bosque. El bosque sería el Sacro Bosque de Bomarzo, el bosque
de las alegorías, de los monstruos. Cada piedra encerraría un
símbolo y, juntas, escalonadas en las elevaciones donde las
habían arrojado y afirmado milenarios cataclismos, formarían
el inmenso monumento arcano de Pier Francesco Orsini. Nadie,
ningún pontífice, ningún emperador, tendría un monumento semejante.
Mi pobre existencia se redimiría así, y yo la redimiría a ella,
mudado en un ejemplo de gloria. Hasta los acontecimientos más
pequeños cobrarían la trascendencia de testimonios inmortales,
cuando los descifrasen las generaciones por venir. El amor,
el arte, la guerra, la amistad, las esperanzas y desesperanzas...
todo brotaría de esas rocas en las que mis antecesores, por
siglos y siglos, no habían visto más que desórdenes de la naturaleza.
Rodeado por ellas, no podría morir, no moriría. Habría escrito
un libro de piedra y yo sería la materia de ese libro impar.Fue
tan intensa, tan deslumbrante la impresión, que me olvidé de
Zanobbi. Me encaminé hacia la fortaleza, dejándolos a Andrea
y a él a la vera del arroyo. ¡Qué estupenda sensación me embargaba
y qué lejos quedaban de su euforia las tentativas estéticas
que hasta entonces había ensayado, el retórico poema vacío,
las pinturas destinadas a repetir la gesta redundante de los
Orsini! Esto sería mío, sólo mío, único. Sería mi justificación,
mi explicación, la proeza excepcional, el rasgo de inspirado
genio que ubicaría perpetuamente a Vicino Orsini en ese largo
cortejo de los suyos que tanto le costaba seguir, arrastrando
su pierna y su joroba, y que lo humillaba con su fastuosa violencia.
Un libro de rocas. El bien y el mal en un libro de rocas. Lo
mísero y lo opulento, en un libro de rocas. Lo que me había
estremecido de dolor, de ansiedad, la poesía y la aberración,
el amor y el crimen, lo grotesco y lo exquisito. Yo. En un libro
de rocas. Para siempre. Y en Bomarzo, en mi Bomarzo. Las lágrimas
me mojaban las mejillas. Sentí en los labios su salado sabor.
Anchas nubes pasaban, desflecándose, esculpiéndose, sobra la
masa ocre del castillo”. (*)
(*)
Fuente: Manuel Mujica Lainez,
Bomarzo, Ed.
Sudamericana.
3. EL UNICORNIO. LAS MEMORIAS DE UN HADA
Esta es la historia de un hada, la vida de un hada; que quien
no crea en las hadas, cierre este libro y lo arroje a un canasto
o lo reduzca al papel suntuario de relleno de su biblioteca,
lamentando el precio seguramente substancioso que habrá pagado
por su gruesa estructura. Al proceder así y al no tener en cuenta
que todo, absolutamente todo, en este mundo inexplicable, funciona
por razones que se nos escapan, su escepticismo anticuado, que
tacharía de victoriano, de no mediar mi respeto por esa gran
reina, lo privará de enterarse de asuntos de interés trascendente.
Lo siento de antemano por él: hay dos modos de ser un pobre
de espíritu; hay distintos modos de andar por la Tierra tildándola
de insípida, aburriéndose, dejándose morir de monotonía y de
tedio; y uno de ellos -tal vez el más tonto- consiste en negarse
a probar la sal y la pimienta ocultas que la sazonan la magia.
En cuanto a la idea de rechazar la existencia de las hadas,
hadas malas y hadas buenas.., es menester ser ciego para no
verlas, para no reconocerlas, pues su enjambre pulula doquier.
Por obvias razones, me unen a cada una de ellas lazos de afecto
o de aversión. Las hay ricas, extravagantes, que derrochan en
Venecia, en Montecarlo. Son esas fabulosas, inmemoriales mujeres,
cuyas edades, rentas y procedencias se ignoran, que les imponen
a las ruletas malabarismos estupendos, como la sospechosa complacencia
de reincidir en el mismo número más vueltas de lo previsible,
mientras lo siguen cargando de fichas con ademanes indolentes
y expelen el humo de sus largas boquillas. O esas otras que,
de la noche a la mañana, decoran sus departamentos de París
y de Nueva York con tapices góticos desconocidos, soberbios,
asombro y desesperación de los marchands, que ellas conservan
de su propia belle epoque medioeval, en subterráneos arcones
de abandonados castillos y abadías. O las que, fieles a su vocación
primordial, se dedican a sacudir las mesas del espiritismo y
a organizar el trajín de las casas embrujadas. O aquellas, caritativas,
que ayudan a la gente, pero de una manera fantástica, a menudo
arbitraria o errónea. Y las zalameras que no renuncian a sus
características de sempiternas enamoradas sensuales y, como
cuando revolotean sobre el Valle Sin Regreso de la floresta
de Brocelandia, donde Morgana enclaustró al bello caballero
Guyomar y a muchos amantes perjuros, o sobre la isla de Avalon,
a donde un hada se llevó secuestrado al doncel Lanval (y fueron
felices), siguen dándose maña, a pesar de su ancianidad evidente,
para raptar jovencitos que ansían progresar económicamente,
quienes luego desfilan de su brazo, bien vestidos y enjoyados,
por los halls de los hoteles internacionales. O aquellas, más
aplicadas, más respetables, densas de generosa voluntad científica,
que zumban y soplan sobre las cabezas fatigadas de los inventores
y les sugieren ideas pasmosas, pero que ahora se van quedando
atrás, sumergidas por el alud de las cifras, de las fórmulas
y de las máquinas electrónicas, y miran multiplicarse en torno
las expresiones que no entienden y que convulsionan a un mundo
que se les desliza entre las manos aéreas y que no les pertenece
ya. Y así sucesivamente. Hay hadas y hadas y hadas. Cuchichean,
ronronean, como insectos impalpables, por los caminos de la
Tierra estúpida. Yo soy una de ellas. Hay ángeles también. Que
el sensible lector se convenza: hay, como en la Edad Media,
hadas y ángeles, que eso fue la Edad Media: el Hada y el Angel
y el Demonio. (*)

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Ojo
que atraviesa el cielo. Apertura, desde lo terrestre,
hacia el centro del movimiento.
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(*)
Fuente: Manuel Mujica Lainez, El
unicornio, Editorial Planeta.
ILUSTRACIÓN
ARRIBA: Mujica Lainez, o "manucho" como habitualmente
se le llamaba, frente a su cuaderno de escritura.
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