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EL MAESTRO DE LA SABIDURÍA, DE
OSCAR WILDE
Hasta la
cumbre del cerro de cristal llega la mujer. La mujer sostiene
un recipiente colmado de agua azulada. A su alrededor, muere
un año. Un año que desfallece entre acantilados de piedras desgastadas, atravesadas
por grietas. Hendiduras que manan cenizas y polvo. Y sobre el
año que se disipa, la mujer derrama su agua. Alimenta un nuevo
origen. Asegura la recuperación del principio. En ese lugar
quizá podamos pronunciar otra vez algunas preguntas esenciales.
La pregunta por la sabiduría ausente, tal vez. ¿Cómo imaginará
nuestro nuevo año el sitio del saber profundo? Que cada quien
busque su respuesta. Por mi parte, quisiera compartir con ustedes,
en este nuevo envío de Recuerdo de lo Sagrado, una posible respuesta
a la pregunta por la sabiduría que, a través de la imaginación
y la literatura, plasmó un artista, Oscar Wilde. Les propongo
entonces la lectura de El maestro de la sabiduría. Seguramente,
todo lector atento podrá hallar en la bahía de este relato del
gran escritor irlandés su propio prisma para atraer y explorar
la luz de una sabiduría posible.
Esteban Ierardo
EL MAESTRO DE SABIDURIA
Desde
su infancia
se le había inculcado
el perfecto conocimiento de Dios, y aun mientras no fue sino
un chiquillo varios santos, así como ciertas mujeres de vida
santa que habitaban en la ciudad libre donde él nació, se habían
asombrado por la grave prudencia y sabiduría de sus respuestas.
Y cuando sus padres le entregaron la túnica y el anillo de la
virilidad, los besó y, abandonándolos, recorrió el mundo porque
quería hablar de Dios a toda la tierra. Porque he aquí que por
aquel tiempo había muchos en el mundo que no conocían a Dios
o bien tenían de El un conocimiento incompleto o adoraban a
los falsos dioses que habitaban los bosques sin preocuparse
de sus adoradores.
Y poniéndose cara al sol, emprendió el viaje, caminando sin
sandalias, como había visto caminar a los santos, llevando colgadas
de su cinturón una bolsa de cuero y una botella de arcilla cocida
llena de agua.
Y mientras andaba a lo largo del camino le embargaba ese gozo
que nace del perfecto conocimiento de Dios y le cantaba alabanzas
sin cesar. Y al cabo de algún tiempo llegó a un país extraño
en el que había muchas ciudades.
Y atravesó once ciudades. Y algunas de ellas se hallaban en
los valles, y otras en las orillas de grandes ríos, y otras
en lo alto de las colinas. Y en cada ciudad encontró un discípulo
que le amó y le siguió, y de cada ciudad le siguió también una
gran multitud, y el conocimiento de Dios se extendió sobre toda
la tierra, y muchos de sus gobernantes se convirtieron, y los
sacerdotes de los templos en que había ídolos vieron como se
perdía la mitad de sus ganancias y que cuando a mediodía golpeaban
sus tambores nadie o muy pocos acudían con pavos reales y con
ofrendas de carne, como había sido costumbre en aquella tierra
antes de su llegada.
Sin embargo, cuanta más gente le seguía y mayor era el número
de sus discípulos, más aumentaba su aflicción. E ignoraba por
qué era tan grande su pesar, ya que, en verdad, hablaba siempre
de Dios y de la plenitud del perfecto conocimiento de Dios,
que Dios mismo le había dado.
Y una noche, al salir de la undécima ciudad, que era una de
Armenia, seguido de sus discípulos y una gran multitud, subió
a una montaña y sus discípulos le rodearon y la multitud se
arrodilló en el valle.
Y he aquí que hundió la cabeza en sus manos y lloró y dijo a
su alma:
-¿Por qué estoy tan afligido y siento tanto temor, y por qué
cada uno de mis discípulos es como un enemigo que camina a plena
luz?
Y su alma le contestó diciendo:
-Dios te ha llenado del perfecto conocimiento de El mismo y
tú has dado este conocimiento a los demás. Has dividido la perla
de gran valor, y la túnica sin costura la has cortado por en
medio. El que difunde la sabiduría se roba a sí mismo. Es como
el que da un tesoro a un ladrón. ¿No es Dios más sabio que tú?
¿Quién eres tú para revelar el secreto que Dios te ha confiado?
En tiempos fui rica, y me has empobrecido. En tiempos vi a Dios,
y ahora lo has ocultado a mi vista.
Y volvió a llorar, porque sabía que su alma le decía la verdad,
y que había
entregado a los demás el perfecto conocimiento de Dios... y
que su fe le iba abandonando en relación al número de los que
creían en él.
Y se dijo: "No volveré a hablar de Dios. El que difunde la sabiduría
se roba a sí mismo."
Y unas horas más tarde, sus discípulos se le acercaron e, inclinándose
hasta el suelo, dijeron:
-Maestro, háblanos de Dios, porque tú posees el perfecto conocimiento
de Dios, y ningún otro hombre excepto tú lo posee.
Y él les contestó diciendo:
-Os hablaré de todas las otras cosas que están en el cielo y
en la tierra, pero no os hablaré de Dios. Ni ahora ni en ningún
momento os hablaré de Dios.
Y ellos fueron presa de la ira y le dijeron:
-Nos has conducido al desierto para que te oyéramos. ¿Vas a
despedimos hambrientos, así como a la gran muchedumbre que te
ha seguido?
Y él les contestó diciendo:
-No os volveré a hablar de Dios.
Y la muchedumbre murmuró contra él, increpándole:
-Nos has conducido al desierto y no nos has dado alimentos para
comer. Háblanos de Dios y nos bastará.
Pero no les contestó ni una sola palabra, porque sabía que
si les hablaba de Dios se desprendería de su tesoro. Y sus discípulos
se alejaron entristecidos y la multitud regresó a sus hogares.
Y muchos perdieron la vida en el camino.
Y cuando se quedó solo se levantó y, volviéndose cara a la Luna,
emprendió el viaje, y viajó durante siete lunas, sin hablar
a ningún hombre y sin contestar a ninguna pregunta. Y cuando
la séptima luna se hubo desvanecido, llegó al desierto, que
es el desierto del gran río. Y habiendo encontrado una caverna
que en tiempos ocupó un centauro, la tomó por morada, y se trenzó
una estera de juncos para acostarse, y se transformó en ermitaño.
Y a cada hora el ermitaño ensalzaba a Dios, que le había permitido
conservar algún conocimiento de El y de su inmensa grandeza.
Pero una noche, estando el ermitaño sentado ante la caverna
que había tomado por morada, vio a un joven de rostro hermoso
y perverso pasar ante él mal vestido y con las manos vacías.
Todas las noches pasaba el joven con las manos vacías, y todas
las mañanas regresaba con las manos llenas de púrpura y perlas,
porque era un ladrón que desvalijaba las caravanas de mercaderes.
Y el ermitaño le miró y le compadeció. Pero no le dijo una sola
palabra, porque sabía que aquel que habla pierde su fe.
Y una mañana, cuando regresaba con la manos llenas de púrpura
y perlas, el joven se detuvo, ceñudo, golpeó la arena con el
pie y dijo al ermitaño:
-¿Por qué me miras siempre de este modo cuando paso? ¿Qué es
lo que veo en tus ojos? Porque hasta ahora ningún hombre me
ha mirado así. Y esto es para mí como una espina dolorosa.
Y el ermitaño le contestó diciendo:
-Lo que ves en mis ojos es piedad. La compasión es lo que te
mira desde mis ojos. Y el joven rió despectivo e increpó al
ermitaño diciéndole con acritud:
-Tengo púrpura y perlas en mis manos, y tú sólo tienes una estera
de juncos para acostarte. ¿Cómo puedes compadecerme? ¿Y por
qué sientes esta compasión?
-Te compadezco -explicó el ermitaño- porque no tienes conocimiento
de Dios.
-¿Es acaso una cosa preciosa ese conocimiento de Dios? -preguntó
el joven acercándose a la boca de la caverna.
-Es mucho más precioso que toda la púrpura y las perlas del
mundo -contestó el ermitaño.
-¿Y lo tienes tú? -dijo el ladrón acercándose un poco más.
-En otro tiempo poseía en verdad el perfecto conocimiento de
Dios, pero, en mi locura, me desprendí de él y lo repartí con
otros. No obstante, aun ahora lo poco que me queda es para mí
más precioso que la púrpura y las perlas.
Y cuando el joven ladrón oyó esto, tiró la púrpura y las perlas
que llevaba en sus manos y, desenvainando una afilada espada
de curvo acero, dijo al ermitaño:
-Entrégame al instante ese conocimiento de Dios que tú posees
o te mataré. ¿Por qué no mataría yo al que posee un tesoro mucho
mayor que mi tesoro?
Y el ermitaño extendió los brazos, diciendo:
-¿No sería mucho mejor para mí llegar hasta lo más profundo
de los tribunales de Dios y ensalzarle, antes que vivir en el
mundo sin su conocimiento? Mátame, si ése es tu deseo, pero
no te cederé mi conocimiento de Dios.
Y el joven ladrón cayó de rodillas y le suplicó, pero el ermitaño
no quiso hablarle de Dios ni cederle su tesoro, y el ladrón
se puso en pie y dijo al ermitaño:
-Sea como tú quieras. Por mi parte, iré a la Ciudad de los Siete
Pecados, que está sólo a tres días de marcha de este lugar,
y me darán placer a cambio de mi púrpura y me venderán alegría
por mis perlas.
Y recogiendo perlas y púrpura, se alejó rápidamente.
Y el ermitaño le llamó a voces, y le siguió, y le suplicó. Por
espacio de tres días siguió al joven ladrón por los caminos,
suplicándole que volviera sobre sus pasos y no entrara en la
Ciudad de los Siete Pecados.
Y de tanto en tanto, el joven ladrón se volvía a mirar al ermitaño
y le llamaba, diciéndole:
-¿Vas a darme ese conocimiento de Dios que es más precioso que
la púrpura y las perlas? Si me lo das, no entraré en la ciudad.
Y el ermitaño contestaba invariablemente:
-Te daré todo lo que tengo, excepto una sola cosa. Esa cosa
no me es lícito dártela.
Y al atardecer del tercer día llegaron cerca de las grandes
puertas rojas de la Ciudad de los Siete Pecados. Y de la ciudad
les llegó el eco de muchas risas.
Y el joven ladrón rió en respuesta y trató de llamar a la puerta.
Al darse cuenta, el ermitaño se adelantó corriendo y le retuvo
por los faldones de sus vestiduras, diciéndole:
-Abre tus manos, rodea mi cuello con tus brazos y acerca tu
oído a mis labios, y te diré lo que me queda del conocimiento
de Dios.
Y el joven ladrón se detuvo.
Y cuando el ermitaño le hubo dado su conocimiento de Dios, cayó
al suelo llorando, y una gran oscuridad ocultó a su vista la
ciudad y el ladrón de tal modo que no los volvió a ver más.
Y estando allí echado y llorando, notó que El estaba de pie
a su lado; Aquel que estaba a su lado tenía los pies de bronce
y el cabello fino como la lana, y levantó al ermitaño, diciéndole:
-Antes de ahora has tenido el perfecto conocimiento de Dios.
De ahora en adelante poseerás el perfecto amor de Dios. ¿Por
qué lloras, pues?
Y le besó. (*)

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Ojo
que atraviesa el cielo. Apertura, desde lo terrestre,
hacia el centro del movimiento.
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(*)
Fuente: El fantasma
de Canterville y otras narraciones, de Oscar Wilde,
Ed. Juventud, Barcelona.
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