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EL
ARTISTA Y LAS FUERZAS CREADORAS DE LA NATURALEZA, SEGUN
PAUL KLEE 
Paul
Klee es uno de los más trascendentes pintores de la vanguardia
expresionista. En la segunda parte de esta nueva ventana
de Temakel podrán encontrarse con una breve incursión
por su obra y su universo pictórico. Aquí, en primer término,
presentamos los momentos fundamentales de una conferencia
que Paul Klee dictó a propósito del artista y su relación
con las fuerzas creadoras de la naturaleza. Mediante sus
palabras podremos acercarnos a la noción de arte como recreación
de la realidad, y a una experiencia artística esencial:
el artista como árbol a través del que corre la linfa creadora
de la naturaleza. El sitio de la creación no rebulle sólo
en las manos humanas. El lugar del poder creador se halla
en la naturaleza y en la profundidad de sus fuerzas creadoras
inconcientes.
El
artista imita la creatividad de la naturaleza. De esta forma, nos
aproximamos nuevamente a la percepción del arte como la erupción de un poder trascendente.
Entonces, escuchemos a Klee cuando nos dice:
¨¿Qué artista
no querría habitar allí donde el órgano central del tiempo y del espacio
-no importa si se llama cerebro o corazón- determina todas las funciones?
¿Qué artista no querría habitar en el seno de la naturaleza, en
el fondo primitivo de la creación, donde se halla la clave secreta del todo?
¨Permitidme
que use una imagen, la imagen del árbol...
De las raíces de aquel árbol afluye al artista la linfa que lo atraviesa a él y a sus
ojos. De este modo, realiza la función del tronco... Al cumplir su función de tronco,
el artista no puede hacer más
que recoger lo que le viene de las profundidades y transmitirlo más lejos. Así pues, él no sirve ni manda; sólo actúa
como mediador.
¨En consecuencia, ocupa una posición extremadamente modesta. No
reivindica la belleza del follaje, porque ella sólo pasó a través de
él¨.(1)
¨...Ahora quisiera considerar la dimensión de lo objetivo en un sentido nuevo, en sí mismo, e intentar demostrar cómo el artista llega a menudo a una “deformación” a primera vista arbitraria
de las n aturales formas fenoménicas.
El no atribuye a estas naturales formas fenoménicas el significado que
se impone a los realistas que ejercen la crítica. El no se siente ligado a estas realidades de esa misma manera, porque no ve en lo definido de tales formas la esencia del proceso natural
de la creación. En efecto, le interesan bastante más las fuerzas formativas de esas mismas
formas.
¨Acaso
sea un filósofo sin quererlo. Y si, como los optimistas, no proclama a este mundo como el mejor de los mundos posibles, tampoco quiere afirmar que el mundo que nos rodea es demasiado malo para poder tomarlo como modelo. El sólo dice:
tal como
se presenta en su aspecto actual, éste no es el único mundo que existe.
En consecuencia, con mirada aguda, el artista penetra las cosas que la naturaleza le coloca, ya
formadas, ante su vista. Cuanto más en profundidad mira, tanto más fácilmente relaciona los puntos
de vista de hoy con los de ayer, y tanto más se graba en él, en lugar de la imagen definida de la naturaleza, la imagen esencial de
la creación como génesis. El se permite pensar también que la creación no puede estar hoy
enteramente terminada, y extiende, así, esta acción creativa del mundo del pasado al futuro.
Y, entonces, estando aquí en la tierra, mirándose a sí mismo, dice: este mundo tuvo un aspecto distinto y aún tendrá otro diverso.
Pero, yendo más allá, piensa: Acaso en otros planetas se haya llegado a formas completamente
diferentes.
¨Semejante movilidad acerca del desarrollo natural de la creación es una buena escuela formativa, puede sacudir profundamente al artista, que, al ser también móvil, llevará esta libertad de la
evolución al desarrollo de sus personales creaciones. Teniendo en cuenta este punto de vista, será,
pues, justo eximirlo de revelarnos que el estadio actual del mundo puede
ser modificado por sus visiones profundas y sus conmovidas sensaciones...¨(2)
¨El
artista debe ser fiel a la movilidad. Movilidad que es libertad. Una
libertad que no lleva a determinadas fases de desarrollo, que una vez fueron así o que serán así en la naturaleza o que así podrían ser en otros planetas (acaso un día mejor estudiados), sino de una libertad que sólo pretende su derecho, es decir, el derecho a ser móvil como es móvil la gran naturaleza.¨
(3)

(*)
Todas las citas son de Las vanguardias artísticas del siglo XX, de Mario
De Michelli, Ed. Alianza.
| Ilustraciones (de arriba hacia abajo): 1:
Retrato de Paul Klee; 2: Lugar
destruido (1920); 3: Cuento a la
Hoffmann (1921); 4: Jardín de
Rosas (1920); 5: Muerte y fuego
(1940); 6: Ciudad de Sueños
(1921); 7:
Cúpulas rojas y blancas (1914). Y, más abajo, en artículo, 8:
Bahía con veleros (1937). |
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PAUL
KLEE: EL COLOR Y EL CANDELABRO, por Esteban Ierardo
Paul
Klee (1879-1940) arriba a este mundo en Berna, Suiza. Pertenece al famoso movimiento del expresionismo
alemán representado por
Der Blaue Reiter (el Jinete Azul), constituido en 1910. Es gran
amigo y colega de Wasilli Kandinsky y enseña en la Bauhaus,
¨la casa en construcción¨ en Weimar, la célebre escuela de
artes que busca unir a maestros y alumnos en el fervor por el
arte y el conocimiento. En su
evolución como artista, Klee experimenta la influencia del cubismo
órfico de Robert Delaunay
y del malagueño Pablo Picasso. En su obra imperan los fuertes
coloridos y el regreso a una mirada infantil de la existencia.
Lo mismo que en la inocente percepción del niño, en Klee el
mundo se halla en constante devenir. Es una continua polifonía de
nuevos colores, figuras y texturas. La creación no es un diamante pesado, inmóvil y definido. Por el contrario, es fosforescencia
inacabable que sopla siempre desde una nueva dirección. Por eso, en su pintura no se refleja el mundo
aparente, visible, conocido. Su pincel pinta otros mundos que
coexisten con el nuestro. Libre imaginación romántica que ruge
ante el parco realismo. En esa posición se
manifiesta la singularidad del espíritu expresionista. El
propósito del arte ya no es reflejar la naturaleza conocida,
sino expresar los disímiles rostros que el espíritu oculta
dentro de la materia.
En
su pintura, Klee recibe una fuerte influencia de la música (su padre,
Hans Klee, es profesor de música en Berna y su madre, una
cantante). A los once años, Klee es miembro especial de la
orquesta de la Sociedad Musical de Berna. Pero luego decide
sustituir la ejecución musical por la libre plasmación de
colores, de la pintura. Pero esta libertad creadora no es
arbitraria ya que Klee pretende aplicar la técnica de la
composición musical en sus cuadros. El lienzo deviene
pentagrama, y las pinceladas de color son las notas musicales.
A través de esta musicalidad melódica en el modo de pintar,
Klee pretende conseguir una armonía musical en sus pinturas.
Junto
a la música también es esencial para su arte una mística del
color. En su juventud, realiza un viaje a Tunez. Se encuentra
allí con los exasperados fulgores de la arena, con el diáfano
y diamantino torso del cielo. La vivacidad del desértico paisaje
africano lo acerca a lo observado. Africa, una geografía que
conserva un aura arcaica, primitiva respecto a Europa.
Allí, el pintor ya no observa el color fuera de sí desde una silenciosa
distancia. En el llamado continente negro, Klee se convierte en el
color: ¨el color
se ha apoderado de mí. Me ha tomado para siempre, lo sé. Este
es el significado de la hora feliz; el color y yo somos una sola
cosa. Soy pintor¨.
En
el expresionismo de Klee, el color deja de ser accidente para
convertirse en sustancia. Antes, la coloración es un atributo
cambiante de las formas. Por ejemplo: los matices del cielo fluctúan en el
devenir del día a la noche; pero el firmamento en su forma, en
su fisonomía de bóveda, es constante. La bóveda sostiene así
la cambiante danza de los colores. Pero en el arte de Klee la
forma existe gracias al color. El color es ahora el receptáculo
que contiene a las formas. Puede imaginarse una noche vacía,
carente siquiera de la negra tonalidad de los espacios
insondables del cosmos. Si el color se manifiesta surgirán los
cuerpos astronómicos. Pero no serán estrellas, cometas o
planetas que exhiben diferentes colores. Lo que habrá son
colores que inventan las figuras de los planetas, cometas y
estrellas.
Multitud de nuevos cielos y tierras, de nuevas ciudades y nubes
descansan quizá en aquella noche vacía. Una noche acaso
gobernada un
resplandeciente candelabro. Que brilla y espera en una suerte de
inconciente de la imagen. Un candelabro que simboliza la
potencialidad creadora de la propia naturaleza. El color de Klee
colorea el candelabro que vive latente en la noche por debajo
de la conciencia y de lo directamente visible. El color, quizá,
crea coloreando algunas de las figuras de la llama del
candelabro que arde en la noche que es el inconciente del ojo
habitual.
En 1936 Klee debe
abandonar Alemania a causa de la irrupción de la negra marea nazi. Muere en el sanatorio de
Locarno en 1940. Como ocurre con todo artista, la desaparición
de su cuerpo físico es reemplazada por la perduración del cuerpo
de la obra. Y en la anatomía de colores de la obra de Klee
perdura la actitud estética que
no imita las formas visibles de la naturaleza sino su poder
creador.
Respecto
a la posición estética de Kandinsky, amigo y expresionista
también como Klee, puede consultarse aquí, en Temakel, un fragmento de su célebre obra
Sobre lo espiritual en el arte:
Kandinsky
y la obra de arte
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