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LA
PINTURA ROMÁNTICA DE TURNER
Por María Eugenia Paradela
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Una de las
obras de J.M.W. Turner que irradia sus atmósferas
evanescentes y de hechizante belleza. |
Introducción
A través del presente trabajo, organizado en dos secciones
complementarias, se intentará poner luz sobre algunas coordenadas
que, se espera, permitan trazar los aspectos peculiares del arte
labrado por el romanticismo posrrevolucionario.
Así
pues, en la primera parte de esta monografía se expondrán,
sucintamente, algunas características esenciales de este
movimiento en el que adquiere un lugar central la emergencia de
una nueva sensibilidad que encontró eco, en la creación
artística, en la apelación a la una inédita libertad bajo el
primado de la individualidad y la introspección.
Finalmente,
se propondrá un recorrido a través de la obra del reconocido
paisajista inglés Joseph Mallord William Turner, quien logró
plasmar como pocos la condición trágica del Yo romántico
escindido, un hombre al que le ha sido vedado el acceso a los
misterios de la naturaleza y, por lo tanto, de su propia
existencia.
Irracionalidad
y desencanto
El
despliegue de las fuerzas irracionales, que se habían
visto replegadas durante el siglo de las luces, y que caracterizó
al movimiento romántico, puede ser considerado una herencia de la
Revolución Francesa. A pesar de que muchos contemporáneos
concibieron en la revolución un potencial arribo a la "Edad
de la Razón", hoy sabemos del vertiginoso fracaso que
padecieron sus ideales y programas. Sin embargo, y tal como
expresa H. G. Schenk: "[...]
La explosión de los impulsos irracionales subconscientes que
caracterizó tantos aspectos de la revolución fue la señal de
batalla de los románticos contra la razón. Así pues, la
revolución ayudó a lanzar el movimiento romántico."
En
este contexto, resulta conveniente aclarar que el amor que el
romanticismo declara por los aspectos irracionales no es
concomitante con el rechazo a la razón sino con la necesidad de
su ampliación atendiendo a cuestiones marginadas por el
pensamiento hegemónico del siglo XVIII: la sensibilidad, la
intuición, la imaginación, los sueños, la pasión. Así pues,
el proyecto ilustrado, devenido en ideología de racionalización
científico - técnica del mundo, era cuestionado por la
desatención a la que se veía sometida una parte esencial de la
naturaleza humana.
El
romanticismo y, en consecuencia, el arte que practicó este
movimiento nacen como respuesta a esta coyuntura: el triunfo de la
deshumanizada concepción científica del mundo y su propósito de
dominio del hombre y la naturaleza al que debe sumarse la
frustración frente a la derrota de los ideales revolucionarios,
germen de la instauración de una nueva época trágica.
El
desilusionado hombre romántico advierte que vive un tiempo que
deja al descubierto que los dioses lo han abandonado, que ha sido
expulsado de la armonía con la naturaleza. Siente que su Yo se
encuentra escindido en dos: mente y alma, y añorará una
reconciliación mítica, es decir, el regreso a una "Edad de
Oro", identificada con la antigua Grecia, en la que el mito
era lenguaje de la creación del mundo y fuente de respuesta a las
preguntas esenciales del hombre que no pueden ser resueltas desde
la racionalidad científica. En franco rechazo a la división de
los campos de conocimiento, los románticos contemplan a la Grecia
arcaica, en la que verdad, belleza y naturaleza formaban un todo
único al que accedía el hombre, como el momento donde se
materializa el anhelado ideal de unión de poesía y ciencia. Como
se expondrá más adelante, gran parte de la angustia y
desolación del hombre romántico estriba en la conciencia de que
tal reconciliación es, en verdad, imposible.
La
revolución del arte
Numerosos
historiadores sostienen que las creaciones artísticas del
período revolucionario no presentan innovaciones a nivel
estilístico sino que, por el contrario, permanecen dentro de los
cánones del antiguo clasicismo rococó. Sin embargo, en un
sentido específico, es posible hablar de un arte revolucionario
ya que si bien estas obras pictóricas presentan una continuidad
con el estilo propio del clasicismo, durante esta etapa histórica
se le impone a las formas clásicas un nuevo contenido y un nuevo
sentido. Así pues, tal como lo expresa Arnold Hauser, con la
revolución el arte se convierte en una confesión de fe política
que encuentra su motor en la persecución de la transformación
social.
La
trascendencia del arte "revolucionario" estriba no tanto
en el arte que practicó sino para el que sentó las bases: el
movimiento romántico. Las innovaciones estilísticas estaban
supeditadas al florecimiento de una nueva sociedad, una nueva
concepción del mundo y del hombre que se materializaron, luego,
en el arte posrrevolucionario.
El
rastro del romanticismo
Como
es sabido, el término romántico es sumamente polivalente.
La utilización de esta palabra (derivada de romance) se
registra, primigeniamente, en la Inglaterra del siglo XVII. En
poco tiempo, el término romantic comenzó a ser usado
peyorativamente por el racionalismo. Se lo empleaba para describir
aquello alejado de la realidad o que poseía características
fantásticas, lo extraño, improbable, falso. Al mismo tiempo se
empleaba la palabra romántico para aludir a paisajes
naturales que presentaban aspecto irreal, fantástico, grandioso.
Estos
significados se mantuvieron a lo largo del medio siglo siguiente
y, poco a poco, fueron tomando un matiz más positivo. Finalmente,
fue Rousseau quien llevó a cabo una reinterpretación del
término que, de esta manera, pasó de señalar las cualidades de
un objeto a indicar los sentimientos del sujeto.
Esta
interpretación rousseauniana del término romántico se
insertó rápidamente en Alemania donde fue incorporado como la
categoría estética que se correspondía con la nueva
sensibilidad que se estaba desarrollando en Europa.
La
nueva sensibilidad: individualidad, libertad e introspección
Tanto
el arte del romanticismo como la nueva sensibilidad que emerge a
mediados del siglo XVIII se desarrollan a partir del
individualismo y la desconfianza hacia la época.
Así
pues, las creaciones románticas encuentran su origen en una
peculiar predisposición espiritual dominada por, lo que los
alemanes denominan, Sehnsucht que, a pesar de no poder ser
traducido cabalmente, puede ser entendido como anhelo, ansia,
angustia, nostalgia. El artista extrae de su angustia, de su
desolación, la fuerza creadora a través de la que aspirará a su
trascendencia, al encuentro con el infinito que, al mismo tiempo,
reconoce como inalcanzable.
El
romanticismo del siglo XIX pone en el centro de la escena una
nueva concepción de la libertad artística en la que el pintor se
independiza de las reglas y entabla una contienda con el corset
impuesto por los principios de tradición y autoridad. Esta
preeminencia de la sensibilidad individual ofrece como lógico
correlato la ausencia de un programa u objetivo común al conjunto
de los artistas que se inscriben en este movimiento. No existe, un
"estilo" romántico, si por él se entiende un lenguaje
común de formas visuales y medios de expresión, comparable al
ofrecido, por ejemplo, por el clasicismo rococó. Del mismo modo,
tampoco se distingue una obra paradigmática que encarne
acabadamente los ideales y cosmovisiones románticas que son
plasmados apelando a diversas técnicas estilísticas.
En
rigor, pocos fueron los artistas que se titularon a sí mismos
como "románticos". Cuando Eugene Delacroix, el máximo
representante del romanticismo francés, fue llamado "el
Victor Hugo de la pintura", rehuyó, en principio, a la
comparación. Pero en esta resistencia se evidencian
características típicas del movimiento como la primacía de su
individualidad y su oposición a que ésta se inscribiera en el
marco de una escuela o "asociación de mediocridades",
como él las llamaba. En 1854, Delacroix expresaba: "Si
mi romanticismo estriba en la libre manifestación de mis
impresiones personales, mi aversión por los estereotipos y las
escuelas y la repugnancia que siento por las fórmulas
académicas, he de admitir no sólo que soy romántico sino que ya
lo era cuando tenía quince años [...]."
A
partir de lo expuesto, puede inferirse el aspecto que homologa a
artistas que responden a diferenciados modelados de la materia
plástica y que posibilita agruparlos bajo la cobija de este
movimiento: el valor supremo concedido a la sensibilidad personal.
Esta característica es la que distingue a los pintores
románticos de sus predecesores.
La
preponderancia de la individualidad se traduce en la valoración
de la expresión de la experiencia vital sujeta a la propia
sensibilidad, como la única propiedad capaz de conferir a la obra
validez y autenticidad, erigiéndose por encima de la aprobación
de la crítica. En este sentido, Arnold Hauser manifiesta: "Desde
el gótico, el desarrollo de la sensibilidad no había recibido un
impulso tan fuerte, y el derecho del artista a seguir la voz de
sus sentimientos y su disposición individual nunca fue
probablemente acentuado de manera tan incondicional." Los
autorretratos románticos expresan de manera explícita la nueva
conciencia que el artista tenía de sí mismo y de su
originalidad. En ellos se evidencia el espíritu de independencia
y la seguridad de los creadores.
En
este esquema la introspección adquiere un lugar privilegiado. El
artista abandona la simple reproducción mimética del mundo
exterior y sustituye a esta fuente por la única que no le genera
desconfianza: su interioridad. Es decir, sustituye la experiencia
del mundo por la autoexperiencia. Para el hombre romántico sus
propios sentimientos y pensamientos presentaban un carácter más
real que el mundo exterior al que apelaba en tanto materia prima y
sustento de la propia experiencia, y del que se valía como un
pretexto para hablar, en realidad, de sí mismo.
De
este modo, se origina el denominado "ocasionalismo"
romántico que postula que la realidad se compone de
"ocasiones insustanciales", de meros estímulos para la
creación intelectual y, de tal suerte, la obra de arte es un
simple recipiente accidental donde lo experimentado toma, por un
momento, forma. Este aspecto se pone, claramente, de manifiesto en
toda la obra del paisajista inglés Joseph Mallord William Turner
sobre la que se reflexionará más adelante. Sin embargo, resulta
pertinente aquí destacar, a modo de ejemplo, la constante
predilección de este pintor por exponerse directamente a los
fenómenos naturales que, luego, plasmaría sobre el lienzo. Su
producción artística no se basa en lo absoluto en la imitación,
en la mimesis, por el contrario, Turner encontrará inspiración
en su interior, en su imaginación, en el recuerdo de un
sentimiento suscitado por una experiencia vivida.
El
subjetivismo, la ampliación del mundo espiritual y los cambios
artísticos sólo pueden ser explicados a partir del sentimiento
de escisión del yo que caracteriza al individuo desilusionado del
período posrrevolucionario.
En
la introspección, en la reflexión, en la fuga de la realidad, el
hombre romántico encuentra lo inconsciente, aquello oculto a la
razón, el lugar de origen de sus sueños y de las respuestas
irracionales a sus cuestionamientos. Descubre, como afirma Arnold
Hauser, que en su pecho habitan dos almas, que en su interior algo
que no es él mismo siente y piensa, que lleva su demonio y su
juez.
La
causa esencial por la que el hombre romántico se siente escindido
consigo mismo remite, de manera directa, a su disgregación
respecto de la naturaleza, es decir, a su expulsión de la unidad
primigenia.
El
profundo sentimiento de angustia que experimenta el hombre
romántico proviene de la conciencia de su propia vulnerabilidad e
insignificancia frente a la infinidad de una naturaleza tanto
devastadora como bella e inalcanzable. La condición trágica del
hombre frente a la naturaleza enajenada se manifiesta de manera
singular en la representación, que de los paisajes, llevan a cabo
los artistas plásticos románticos.
Tal
como lo expresa Rafael Argullol en su libro El Héroe y el
Único, la naturaleza se presenta ante el pintor romántico en
sus dos aspectos complementarios. Por un lado, como una naturaleza
impenetrable, perdida por el hombre que, nostálgica y
dolorosamente, le recuerda el abandono de los dioses y la
disgregación de la unión primitiva. Por el otro, se le
manifiesta una naturaleza amenazadora que con gran poder
destructivo se abate sobre el hombre. Sin embargo, en todos los
casos aparece un rasgo común: el hombre siempre es representado
en soledad de cara a la sensación que en él produce la
contemplación de la naturaleza.
En
el siguiente apartado se expondrá un análisis de la obra de
Joseph M. W. Turner quien ofreció una de las versiones más
personalmente románticas sobre el paisaje.
El
paisajismo romántico: Turner
(Las siguientes imágenes pueden ser ampliadas mediante un clik)
|
Tres obras del
gran pintor romántico inglés en las que el mar, arco iris y
torbellinos se manifiestan con fascinación y misterio |
Joseph
Mallord William Turner nació en el barrio de Covent Garden,
Londres, el 23 de abril de 1775, y falleció el 19 de diciembre de
1851.
Considerado
por numerosos historiadores del arte como el más importante
pintor inglés de todos los tiempos, demostró ser portador de un
talento inusitado desde muy temprana edad y en 1789, con sólo 14
años, su padre, barbero de profesión, lo matriculó en la
escuela de arte de la Royal Academy de la que pasaría a ser
miembro efectivo a partir de 1802.
Su
vida estuvo signada por una capacidad de creación artística sin
descanso y una dedicación total al dibujo y la pintura, además
de los numerosos viajes que realizó hasta 1845, poco antes de su
fallecimiento, y que se vieron plasmados de manera palpable en el
conjunto de sus obras. Así pues, en 1795 consagró uno de sus
primeros viajes a la confección de bocetos en Gales del sur y en
la isla de Wight. Luego, en 1802, durante la paz de Amiens, se
dirigió por primera vez al extranjero atravesando Francia hasta
los Alpes suizos y, a su regreso, se detuvo en París para
contemplar las obras de Claude Lorrain, Tiziano y Poussin en el
Louvre. Más tarde recorrió Bélgica, Holanda y el Valle del Rin
y, en 1819, pisó por primera vez tierra italiana a la que
regresaría en tres oportunidades. Estas reiteradas visitas
tuvieron singulares repercusiones en su arte a las que se hará
alusión más adelante.
Si
bien, como se ha dicho anteriormente, Turner estaba
prodigiosamente dotado, hubo de luchar duramente para encontrar su
camino. La primera de sus acuarelas de la que se tiene registro
data de 1787, cuando sólo tenía doce años; en 1794 era ya un
maestro del estilo y la técnica tradicional del paisaje tratado
en dibujo y acuarela, el planeamiento ilustrativo-topográfico.
Sin embargo, a partir de este momento, comienza a evidenciarse un
acentuado interés sobre el fenómeno luminoso y los primeros
indicios de una interpretación romántica de la naturaleza. En
este contexto, adquiere gran relevancia el trabajo que Tuner
llevó a cabo, en colaboración con el acuarelista Thomas Gritin,
en la residencia del Dr. Thomas Munro, coleccionista de pintura
inglesa, quien les adjudicó a ambos artistas la confección de
algunas copias y la culminación de bocetos y obras incompletas de
uno de los padres del paisajismo inglés: J. R. Cozens, que era,
además, un reconocido acuarelista. Así pues, a partir de una
profunda reflexión sobre la obra de Cozens y la colaboración con
Gritin, Turner consiguió liberarse de ciertos convencionalismos
viéndose favorecida, de este modo, la manifestación de un estilo
más personal en el que se potenciaron sus condiciones de
colorista.
En
efecto, las acuarelas del artista inglés, que comprenden el
período 1794 - 1799, año en el que fue nombrado miembro asociado
de la Royal Academy, dejan al descubierto el modo en que Turner
adaptaba casi imperceptiblemente, aún, a sus objetivos, los temas
convencionales.
"Desde
los primeros años estas acuarelas fueron mostrando continua
evolución de la pasión de Turner por la fluidez y la atmósfera,
por la luz y el color que, en cambio, se perdieron por razones
técnicas [...] en los cuadros al óleo de que disponemos. [...]
En Turner la técnica de la acuarela contaminó la técnica de la
pintura al óleo y de ello se deriva el uso de valores altos y la
misma manera de extender el color."
Cabe
destacar que el modo en que el pintor trabajaba el óleo con una
técnica propia de la acuarela, capa sobre capa, derivaron, por
los procesos químicos a los que están sujetos los pigmentos, en
la opacidad de los colores luego del secado.
Los
críticos conservadores, por su parte, no cesaron de cuestionar
las innovaciones de J. M. W. Turner. No eran los temas elegidos
por el pintor los que se ponían en tela de juicio sino su
singular técnica. En este sentido, en 1805, David Wilkie
manifestaba su incapacidad absoluta para comprender el modo en que
pintaba Turner. Al tiempo que celebraba sus grandiosos diseños y
el colorido natural, calificaba de "abominable" su
ejecución y estimaba que parte de sus cuadros eran indescifrables
y desagradables a la vista. El tratamiento que Turner efectuaba
sobre el pigmento con un empleo abundante de la espátula y
audaces restregados era sumamente condenado e identificado con
falencias de acabado.
El
primer cuadro al óleo que expuso Turner, casi con seguridad, fue Pescadores
en el mar, en 1796. Un año más tarde hizo lo propio con Estudio
de claro de luna en Milbank el primer óleo que se documenta.
Desde ya, resulta significativo que en su primera obra reconocida
sea posible advertir, en estado embrionario, los dos intereses
preponderantes del paisajista inglés, que se sostendrán a lo
largo de toda su obra. Fundamentalmente se trata de un estudio de
la luz (en este caso, la presencia simultánea de luz natural, la
luna, y de luz artificial, la linterna que está sobre el barco)
así como también la percepción, que adquirirá vigor en su
etapa madura, de que en una pintura el campo visual halla una
correspondencia más adecuada en una composición de forma
elíptica. Así pues, en los trabajos de mayor emotividad, de su
tardía madurez, Turner abandona el esquema compositivo
rectangular determinado por el soporte, es decir, por el marco,
que reemplaza por una composición que responde a una forma
ovalada que arrastra al espectador visual y emocionalmente hacia
el centro de la obra.
Esta
característica es plausible de ser advertida tanto en los temas
donde predominan el espacio y la serenidad, como Vista de
Orvieto (1828), donde se expone una límpida y brillante vista
italiana, como así también en aquellos cuadros del paisajista
inglés en los que ganan la escena las fuerzas destructivas de la
naturaleza y la fragilidad del género humano. Reconocidas obras
como El Naufragio (1805) y Barco en mar abierto en
Harbour's Mouth durante una tormenta de nieve (1842)
constituyen paradigmas de la puesta en práctica del peculiar modo
de componer de Turner apelando a las formas de vórtices y
remolinos.
El
trabajo recién citado suscitó uno de los pocos comentarios que
el pintor esbozó acerca de sus creaciones. Los críticos de la
época se sintieron desconcertados frente a esta obra y Tuner
replicó que la había pintado con el fin de exhibir las reales
dimensiones de una tempestad de esa naturaleza. Una tormenta que
él mismo había experimentado cuando se encontraba a bordo del
buque Ariel y solicitó a los marineros que lo sujetaran al
palo mayor durante cuatro horas a fin de sentir los efectos del
fenómeno natural que más tarde trasladaría a su pintura.
La
obra de Turner y el hombre escindido
La
contemplación del conjunto de la producción artística de J. M.
W. Turner permite erigir su figura en diáfano transmisor del
sentir romántico. Así pues, a sus representaciones de aludes,
torbellinos, diluvios, es decir, de una naturaleza destructora,
deben sumarse algunas obras, concebidas en una atmósfera de
ensueño, que expresan una sensación de placidez encantada. De
este modo, el paisajismo romántico manifiesta, a través de esta
dualidad, la disgregación del hombre con respecto a la naturaleza
y su carácter trágico.
Es
en este sentido que Rafael Argullol argumenta: "El
doble sentimiento, abismático y melancólico, del hombre
escindido se reproduce asimismo en la representación romántica
de los paisajes montañosos. Por un lado, a través de tortuosos
desfiladeros y arrasadores aludes, aparece el poder jupertino de
la naturaleza; por otro, en inmensas panorámicas se materializa
la ensoñación y la inquietud de quien escucha el estremecedor
silencio del mundo."
La
primer gran obra maestra de J.M.W. Turner, Tempestad de nieve:
Anibal y su ejército atraviesan los Alpes (1812)
constituye un claro exponente de uno de los aspectos del sentir
del hombre romántico, que ya había sido abordado por el
paisajista inglés en trabajos anteriores como El naufragio:
la minimización y debilidad del ser humano frente al poderío de
la naturaleza.
La
génesis de Anibal y su ejército atraviesan los Alpes se
remonta a un sucinto boceto improvisado por Turner en 1810 cuando
paseaba por Yorkshire, en compañía de un colega, y observó a lo
lejos la forma en que una tormenta barría las montañas. De igual
forma, es posible advertir en esta obra el recuerdo del viaje que,
en 1802, había llevado al pintor hasta los Alpes suizos que lo
dejaron fascinado en razón del carácter imponente y terrible de
aquel espectáculo sobrehumano.
Esta
obra deja al descubierto la debilidad del más poderoso ejército
de su tiempo frente a las devastadoras fuerzas de la naturaleza
que, en este caso, se manifiestan bajo la forma de una tormenta
alpina. Más precisamente, Turner representa a las huestes de
Aníbal, gran general cartaginés, que invadió Italia a través
de los Alpes. Sin embargo, el paisajista inglés no celebra
directamente los éxitos militares de Aníbal, el verdadero tema
de su obra es, como se ha dicho anteriormente, el poderío
desatado por la naturaleza y la fragilidad del hombre frente a
ella.
El
ejército del caudillo cartaginés padece la adversidad y el azote
de un feroz temporal pero cuando la tormenta se detiene y las
nubes se levantan en el firmamento se torna visible el trofeo: las
límpidas y fértiles llanuras italianas. Sin embargo, Anibal
terminó sucumbiendo frente a los romanos en el año 202 A.C.
Este
óleo adquiere una significatividad extra si se tiene en cuenta
que 1812, cuando fue expuesto por primera vez, coincidió con el
año en que las milicias napoleónicas vieron frustrado su intento
de ocupar Moscú a causa del crudo invierno ruso. Por lo que
muchos consideran que esta pintura de Turner esboza la profecía
de la inminente derrota final de Napoleón tal como le había
ocurrido a Aníbal.
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Anibal y su ejército atraviesan los Alpes
(1812) |
El
sistema de composición de esta obra se encuentra dominado por un
titánico torbellino de lluvia y viento que envuelve a los
hombres, representados por diminutas figuras, y que parece
dispuesto a absorberlos implacablemente.
Asimismo,
es posible advertir la utilización de una paleta sombría de
marrones oscuros, verdes y azules que en el centro de la tela
ceden el lugar a los valores altos, al cálido brillo del sol que
pugna por abrirse paso entre las nubes tempestuosas.
El
extremo derecho de la pintura presenta un fulgor blanco, el de la
avalancha de nieve que cae sobre los cartagineses y sus enemigos,
los salasios. Las montañas, por su parte, aparecen tan integradas
en la tormenta como el viento y las nubes.
En
cuanto a las figuras humanas, Turner no apela al detalle a fin de
resaltar el efecto global de dramatismo. Así pues, el hombre que
espera recostado sobre sí mismo tras un peñasco o los salasios
que intentan provocar un alud de piedras para detener el avance
enemigo, en la parte inferior - central del cuadro, son apenas
discernibles.
En
este contexto, puede agregarse, que diversos críticos sostienen
que la adecuada representación de las figuras humanas constituye
la principal falencia de la obra de Turner. Este hecho nada tiene
que ver con el lugar menor que ocupa el género humano en esta
pintura. Esta característica deviene de una intencionalidad
emocional de Turner al que puede sumársele esta observación que
corresponde al nivel técnico.
La
incapacidad de distinguir las figuras humanas de forma precisa se
corresponde, asimismo, con la representación de los elefantes de
Aníbal que prácticamente no pueden ser apreciados en la
distancia lo que denota el carácter insignificante aún de estos
animales gigantescos frente a las fuerzas de la naturaleza.
El
naufragio del hombre
La
angustia del hombre escindido, propia del período romántico, se
materializa, además, en la obra de Turner en la apelación
recurrente a la temática del mar inestable y amenazador, como un
lugar en el que se manifiesta la fuerza devastadora de una
naturaleza perdida por el ser humano.
Así
pues, la contienda del hombre con el mar constituye una de las
temáticas centrales en la producción artística del paisajista
inglés. En este sentido, y tal como esboza Rafael Argullol en El
héroe y el Único, al recorrer el camino evolutivo de la obra
de Turner es plausible advertir una progresión en la que el mar
va consolidando paulatinamente su victoria sobre el hombre quien,
en la etapa final de la obra del pintor, termina, vencido, por
hundirse en él.
A
fin de otorgar sólido fundamento a la concepción recién
expuesta se emprenderá, a continuación, un breve recorrido por
tres obras paradigmáticas que corresponden a diferentes períodos
de la vida pictórica de Turner.
En
primer lugar, se debe hacer mención a, la ya citada, Pescadores
en el mar (1796), el primer óleo expuesto por el pintor. En
esta obra, de la juventud de Turner, se plasma, claramente, la
amenaza de la majestuosa naturaleza hacia un hombre
empequeñecido, insignificante, frente a ella. Rafael Argullol
hace mención a esta pintura en la que: "El cielo y el
mar, como una única fuerza, abaten su claroscuro, lleno de
sombríos presagios, sobre la vacilante barca de pesca."
Por
otra parte, y avanzando cronológicamente, en El naufragio
(1805) la amenaza virtual de la naturaleza ya se ha concretado
y ha devenido en una real contienda con el hombre. La tempestad
sume a las barcas en una total indefensión en la que la
tripulación, envuelta por el oleaje, pugna por no caer y ser, de
este modo, absorbida por el destructivo mar.
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El naufragio
(1805) |
Finalmente,
la victoria del mar, traducida en muerte, se perpetra en el
comienzo de la última etapa evolutiva en el estilo del pintor,
cuando las formas comienzan a desaparecer y gana la escena una
variedad cromática peculiar y una audacia técnica y compositiva.
De este modo, el hombre vencido por la naturaleza se presenta en
obras como La nave negrera (1839), que fue expuesta, en
principio, bajo el título Negreros
arrojando por la borda a los muertos y a los moribundos.
Luz,
color y sentimiento
Como
ha sido expresado anteriormente, el conjunto del paisajismo
romántico y, en particular, J. M. W. Turner plasma en sus
creaciones el sentimiento de angustia que aqueja a un hombre que
ha perdido su relación mítica con la naturaleza. El hombre
romántico experimenta la aguda amenaza de las fuerzas demoledoras
de la naturaleza, de la que se encuentra disgregado, al tiempo que
comprende que esa distancia es insalvable. El hombre que contempla
el carácter infinito y magestuoso de una naturaleza de la que ha
sido separado se sumerge en la conciencia de la propia
insignificancia en el conjunto del Universo.
Esta
conciencia romántica se presenta en la producción artística de
Turner en otro aspecto particular que se complementa, de forma
directa, con lo citado en los apartados precedentes que
constituyen el presente trabajo. Se trata, exactamente, de la
evolución estilística del pintor que confluyó en lo que,
corrientemente, se denomina como "desaparición de la
imagen".
La
peculiaridad de la técnica empleada por Turner en sus pinturas al
óleo (heredera, en algunos de sus aspectos, del método utilizado
en la acuarela) estriba, entre otros factores, en el uso de
valores altos, la puesta en juego de esquemas compositivos ovales
y, fundamentalmente, la preeminencia del color sobre las formas,
es decir, la extensión del color desafiando los contornos. Estas
características se vieron intensificadas progresivamente en el
conjunto de su obra pictórica.
Cabe
destacar que, al igual que Turner, otros pintores románticos como
Francisco de Goya, Caspar David Friedrich y John Constable
recurrieron, en diversos grados, a la "evaporación de la
imagen" a través de sus propias técnicas.
En
el caso que nos compete, resulta plausible afirmar que la técnica
de Turner presentó una evolución continua guardando,
paulatinamente, una distancia mayor con las formas
"descriptivas" y, en contrapartida, intensificándose la
utilización expresiva del color y la luz.
Tal
como expresa Rafael Argullol: "El
libre juego de los volúmenes resalta la sensación de movilidad e
independencia de la naturaleza, convertida en fuerza desatada más
allá de cualquier margen o, con intencionalidad opuesta, en la
retraída que se aleja de la mirada del hombre hasta evaporarse
por completo".
En
efecto, en obras como Niebla matutina en Petworh, Sussex,
morada del conde de Egremont (1810), Escarcha en la mañana
(1813) y, de manera más determinante, en los óleos de tema
veneciano, como En las cercanía de Venecia (1835),
dominada por una luz diáfana e iridiscente concebida en una
atmósfera de ensueño, se respira una profunda paz y serenidad
que deja al descubierto una naturaleza tanto bella como
impenetrable.
Es
en este punto donde resulta pertinente incorporar un aspecto
fundamental en la obra de Turner que se corresponde directamente
con el espíritu romántico. Anteriormente, se ha hecho mención
al modo en que influyeron en el trabajo del paisajista inglés los
diferentes viajes que emprendió a lo largo de su vida y, en
particular, sus visitas a Italia. Sin embargo, los efectos que
produjeron estos viajes en la obra del pintor inglés son
realmente complejos puesto que Turner no apeló en su obra a una
representación mimética de la naturaleza, es decir, a simples
reproducciones de los paisajes. En cambio, y de manera cada vez
más intensa, el artista se volcó, en su producción artística,
hacia su interior, hacia la imaginación, el recuerdo, el
sentimiento experimentado frente a los fenómenos naturales. Esta
apelación al propio sentir llega al límite en la última etapa
de su vida en la que sus cuadros no presentan tanto el efecto de
la luz sobre las superficies, como un estudio de la luz y el color
en sí mismos que se liberan de las formas.
En
particular en el última etapa de la obra de Turner, que podría
ser consignada luego de sus recurrentes visitas a Pentworth House
entre 1829 y 1837, se intensifica profundamente la subordinación
de las formas a la luz y el color. Este hecho queda de manifiesto
en obras como Barco en mar abierto en Harbour's Mouth durante
la tormenta de nieve (1842) y Lluvia,
vapor y velocidad: The Great Western Railway (1844).
En
el último cuadro citado se representa a un tren en marcha, sobre
un puente. Se trata de un paisaje visto a través de la lluvia que
contrasta con el humo y el vapor de la locomotora. De este modo,
se manifiesta la dura lucha entre la ciencia y la naturaleza.
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Lluvia,
vapor y velocidad: The Great Western Railway (1844)
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Esta
obra es una verdadera muestra del modo en que Turner plasmaba lo
que él mismo había experimentado pues su origen se remonta a una
observación concreta del pintor quien, en ocasión de una
tormenta, sacó su cabeza por la ventanilla del tren en el que
viajaba para permitir al fenómeno atravesar sus sentidos. Luego,
regresó a su asiento y permaneció con los ojos cerrados durante
un cuarto de hora.
Durante
los últimos años de su vida Turner se abocó más que nunca a su
universo personal. A este momento corresponden obras dominadas
íntegramente por sensaciones cromáticas de modo tal que los
contornos de las formas, los trazos capaces de delimitar las
imágenes, desaparecen por completo y toman control de la escena
el color y la luz. Estos aspectos fascinarían, luego, en
particular, a los impresionistas y darían lugar a numerosas
tendencias pictóricas modernas.
"Cuando
Turner llegó al final de su parábola, había alcanzado un mundo
de luz y color, un mundo que por medio de esto refleja, con terror
y pregnancia, el trágico destino del hombre, su fragilidad y
vulnerabilidad, sus sueños y aspiraciones, sus deseos y su
efímera paz".
A
los románticos nada se les presenta libre de conflicto. En todas
sus manifestaciones se refleja su coyuntura histórica y el
desgarramiento de sus sentimientos.
La
pintura romántica no sólo sienta las bases del arte
contemporáneo, también representa cabalmente la condición
trágica de un hombre frente a la naturaleza enajenada. Sin
embargo, el romanticismo encontrará a través del amor, en todos
sus significados, el modo de conectarse con la Unidad perdida del
hombre. En el amor entre hombre y mujer, en el amor entre amigos,
en el amor a una idea, un recuerdo, un paisaje descubrirá una
vía mágica hacia ese infinito al que aspira. (*)
(*)
Fuente: Trabajo realizado por María Eugenia Pardela en
el contexto de la materia Principales Corrientes del Pensamiento
Contemporáneo de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la
Universidad de Buenos Aires en el año 2002.
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Compilado por la Cátedra Casullo (UBA), Buenos Aires, 2002.
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