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KOEK KOEK: LA LUZ ENTRE LAS
SOMBRA
Presentación por Andrés
Manrique

Este
espacio de Temakel reverbera entre los destellos
de un genio de la pintura, de un artista insobornable que
desdeñó las fórmulas seguras. De uno de esos superhombres
que acompañó con su vida, en la medida que pudo, la desmesura
de su harte (como lo escribiera Cortázar) y que eligió nuestra
tierra para vivir sus aventuras.
Riqueza,
muerte y pobreza giraron en torno de Stephen Robert Koek
Koek, pintor y poeta de principios de siglo. Los
excepcionales ribetes de su vida abarcaron desde la extravagante
bohemia hasta la demencia. Su intimidad quedó entre
las sombras, quizás replegada bajo una toga, sumergida en
aguas de alguna marina holandesa o tras algún altar que
fraguó en su pintura. Sin embargo, sus más de 4000 óleos
se difundieron por el mundo entero.
Gran
parte de sus cuadros, como arrebatos de luz, incendian las
atmósferas
oscuras y brumosas que surgen de su compulsiva creatividad
(a la izquierda, puede verse su paleta salpicada con sus
pinceladas). No se sabe de que haya realizado
ningún estudio oficial. Tal vez
no lo necesitara, ya que por sus venas corría el
pasado de 14 generaciones de pintores destacados en Holanda.
Tal vez, también, porque en su vida rezumara la luz y el
color.
La
exuberante vitalidad lo arrojaba sobre los lienzos hasta
que no le quedaba tela para pintar. Entonces, imparable,
destrozaba los muebles que lo rodearan, y, sobre la puerta
de un ropero o en el cabezal de la cama seguía batiendo
el pincel con el que resucitaba a la madera muerta. Decía:
“Yo avancé siempre con mi profunda ensoñación de artista
dominado por la excelsitud de la emoción, del color, de
ese tesoro adorable que es la luz.” Y ya tarde, al borde
del agotamiento, dejaba de empuñar sus pinceles para transmitir
su yo más íntimo, inspirado por palabras de alado vuelo,
como podemos ver en estas líneas que dejó:
El
hombre del destino:
Con
soberbia y arrogancia,
mis
pinceles magistrales
dejan
huellas en el suelo,
de
mis pasos inmortales.
Así,
los dejamos frente al artista que vivió y obró de acuerdo
con la estrofa -de Rubén Darío- que citaba cuando le preguntaban
sobre el arte.
“Y
la vida es misterio; y la luz ciega, y la verdad, inaccesible,
asombra.
La
adusta perfección jamás se entrega y el secreto ideal duerme
en la sombra.”
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ESCUETA
BIOGRAFÍA DE KOEK KOEK
Nació
en Londres, en 1887. Su padre fue el pintor holandés Hermanus
Junior Koek Koek, quien acostumbraba firmar sus obras con
el seudónimo J. Van Couver y se había radicado desde 1869
en dicha capital.
Los
primeros pincelazos conocidos de Koekkoek, (fusión del apellido
que realiza el inglés en la Argentina) son a sus catorce
años.
En
1910, llega con su familia a Lima y comienza su nomadismo.
Desde ahí a Chile, donde pide un permiso para recorrer,
armado, el sur de ese país y la Patagonia Argentina. Se
casa con una mujer argentina y al año siguiente tiene un
hijo. Al poco tiempo desaparece su familia: la mujer y el
bebé.
Para
1916, lo encontramos de nuevo en Chile, donde conoce a Carlos
Orero, quien será su mejor amigo y "marchand"
personal. En Bahía Blanca Orero le organiza una exposición
exitosa.
La
carrera de exposiciones, producción pictórica desmesurada,
mechada con escándalos, comienza.
En
1919 Orero organiza otra exposición en una galería de la
Avenida Corrientes de Buenos Aires. Julio Navarro Monzó,
crítico de renombre del diario La Nación lo enaltece.
La crítica lo aplaude y pega el salto a la fama.
Durante
esos años realiza varias exposiciones y en 1922, enamorado
de una uruguaya, abandona el proyecto de viajar a Estados
Unidos. En Montevideo, en menos de un mes, realiza treinta
y cinco telas que, con los auspicios de Pedro Figari, expone
en Galena Moretti.
Termina
su romance oriental y viaja para exponer en Lima ochenta
obras en el sótano del Palais Concert que tienen que acondicionar
especialmente para que entrara la muestra. Vuelve a Buenos
Aires y se instala en un departamento de la Av. Córdoba
850, que será la segunda y última casa en la Argentina,
ya que el resto de su vida, deambula por pensiones y hoteles.
En
1923 remata ciento cincuenta y ocho cuadros en el Banco
Municipal de la Ciudad de Buenos Aires y en junio realiza
una exposición en Río
de Janeiro.
Al
año siguiente, sus prelados, marinas, costas y barcos recorren
el interior: Paraná, Córdoba, Salta, Rosario, 25 de Mayo
y Chivilicoy.
Por
su fama, el gobierno le encarga un cuadro para regalarle
al Príncipe de Gales, que visitaría el país al año siguiente.
La pintura que originalmente le había destinada al Príncipe,
Koekkoek la vendió unos días antes de que Ilegara porque
todavía no se la habían abonado. Por lo tanto, se cree que
"Veleros en Sol de Mayo", el óleo que fascinó
al noble, fue realizada doce horas antes de que llegara,
luego de que le pagaran los diez mil pesos que le habían
prometido.
En
1925, pasa seis meses pintando en el campo de su amigo Navarro
Lobeira, en Chivilcoy. Se organiza una exposición de sus
obras y como ahí no había aún galerías, se le presta una
de las aulas del Colegio Nacional para que la realice. Un
señor se interesa en una y la adquiere por ochocientos pesos,
el destino de la obra no es conocido, pero sí su comprador:
el entonces capitán Juan D. Perón.
Un
amanecer de 1926, es detenido por la policía en la Plaza
Lavalle. Koek koek está borracho y drogado con morfina.
Lo internan en el Hospicio de las Mercedes (hoy Hospital
Borda) y cuando Orero se entera, lo visita y logra una autorización
para que lo dejen pintar durante su internación. Los doctores
que lo atienden compran sus obras. Koekkoek tiene delirios
megalómanos y creyendo que es Napoleón le otorga distintos
cargos militares a los enfermeros y doctores. Gracias a
él, algunos llegan a Mariscales.
Luego
del esplendor, la cuesta abajo comienza. La mayor parte
de las obras de ese período, después de la internación,
las realiza sobre tablas y tablones arrancados de los muebles
y puertas de las distintas pensiones.
En
1927, su amigo Estanislao De Urraza, le organiza una exposición
en La Plata.
Dos
años después, una exposición cargada de misticismo recorre
las salas de la Cooperativa Artística. El pintor se aloja
en una pensión de la recova de Once, frente a plaza Miserere,
en la que el dueño usa el patio para colgar los enormes
cuadros que acopia en calidad de pago por los alquileres
vencidos.
Luego
de exponer en Bahía Blanca, en “Ungaro y Bárbara”, en 1933
se radica en Rosario. Emprende numerosas actividades y comienza
a escribir una obra de teatro -inconclusa- con su amigo
Parravicini.
Al
año siguiente, desde Montevideo, viaja a Chile.
El
20 de diciembre muere en una pieza de hotel. Corren rumores
de que es asesinado, pero jamás se confirman porque Alessandri,
presidente chileno y viejo amigo suyo, se interesa en esclarecer
su muerte. Los médicos diagnostican un paro cardíaco, producto
de una mezcla de alcohol con barbitúricos.
TORMENTA
Por Andrés Manrique
¿En cuál de las tormentas se habrán perdido su mujer e hijo?
¿Qué tormenta se llevaría a su mejor amigo? El 6 de marzo
de 1918, Koek Koek volvía a su casa en Banfield, después
de una noche de fiesta, saturado de alcohol y tabaco. En
ésta, la única casa que compró en Buenos Aires, albergó
a Jorge Escobar Uribe, un poeta colombiano que había conocido
cinco años atrás (1913) en la ciudad de Valparaíso, en Chile.
-Aquí tienes una habitación y árboles -le dijo Koek Koek.Un
mismo espíritu rebelde, nómade e indoblegable parece haberlos
guiado al poeta como al pintor y el paralelo entre la vida
de ambos, justifica pasar, aunque sea sintéticamente, por
la vida de su amigo. El poeta, conocido por el seudónimo
de Claudio de Alas, después de haber actuado en las luchas
civiles de Colombia, deambuló por Ecuador, Perú y Chile.
En Santiago vivió 10 años de diversas amistades y sin ganar
lo necesario contó con el apoyo de las personas que lo admiraban
y lo querían. Allí, hizo trabajo de periodista para comer
y escribió versos para poder hacer periodismo a su manera.
De espíritu inquieto, seducido por una Buenos Aires floreciente,
cruzó a la Argentina, con la idea de que triunfar ahí, sería
la gloria más grande a la que podía aspirar. Sin embargo,
al llegar, sólo encontró puertas cerradas y derrotas. Un
día, ya sin ilusiones, hablando con Juan José de Soiza Reilly,
le dijo: "¡Cómo! (...) ¿Este es el periodismo millonario
del Río de la Plata? Pero, entonces, el público y toda América
viven engañados. Ven grandes palacios y creen que dentro
debe haber millonarios. ¡Qué error! Sólo hay pobres lacayos,
víctimas del estómago." Meses más tarde, luego de frustrados
intentos en periódicos y revistas, quedó a la intemperie,
espiritual y físicamente. Durmió como un vagabundo en los
bancos de todas las plazas y vivía en la más desamparada
miseria cuando Koek Koek lo encontró errando por la calle
Florida. En principio, la dignidad del poeta no le permitió
recibir ayuda, hasta que Koek Koek le pidió que cuidara,
en su ausencia, al perro galgo que había comprado en cuotas
aún no saldadas. Sólo bajo esas condiciones aceptó.-Aquí
tienes una habitación y árboles -le dijo el pintor-. Vivirás
acá hasta que encuentres quien te pague mejor. Los meses
pasaron y mientras el pintor exponía con éxito, Claudio
escribía, soñaba y leía acompañado por el galgo que lo seguía
como una sombra. El 5 de marzo, Koek Koek lo invitó a festejar
el éxito que en el diario "El Día" habían anticipado a la
inauguración de la exposición en Montevideo. En la nota
del 17 de enero decía: "El público montevideano (...) advertirá
en la exposición que se inaugurará en la casa Moretti, Catelli
y Mazzuchelli, óleos que expresan un temperamento vibrante,
de luchador afortunado, y un talento que se ha afirmado
en plena juventud y promete llegar en breve a la cumbre
reservada para los maestros." La crítica de “El Día” no
se equivocó. Fue un éxito rotundo en ventas, y en los primeros
días, los treinta lienzos expuestos fueron vendidos. Sin
embargo, Claudio no quiso desplegar las alas y decidió quedarse
en compañía del perro.
Aprovechando la soledad del atardecer, se encerró en su
habitación para llorar sobre los versos desparramados. Después,
abandonó la traducción del teatro de Oscar Wilde y rasgó
tres cartas con su pluma. Las metió en sobres, dejó la habitación
y salió al jardín seguido por el perro. Apoyó una almohada
bajo el laurel junto al tronco. Se sentó, miró al animal
y, tal vez temeroso de encontrar allá la misma soledad que
en la tierra, adivinó en él deseos de acompañarlo. El perro,
sumiso, se echa a su lado, brindando la frente al holocausto.
Claudio empuña el revólver. El perro lo mira, Claudio a
él. Frente a frente. Claudio apoya el metal en medio de
los ojos de su amigo y el percutor revienta la primera carga.
Los vecinos que oyeron las dos detonaciones declararon no
haber oído ni un lamento. El perro, sin un ladrido, cae
de lado. Muerto. No ha sufrido. Solo, reacomoda la almohada,
se apoltrona y apunta al medio de su frente, en el mismo
lugar por dónde la vida se le ha ido al perro. La descarga
le abre la cabeza. Koek Koek vuelve tambaleante a su casa,
la noche pesa con todo el exceso sobre él y la aurora delinea
el mundo reblandecido que se cuela dentro suyo. Se detiene
y mira el cielo, lo inquiere, se ciega mirando el color
profuso. Poco a poco, las diversas tonalidades van a hacerse
más escasas. Troca todo al borravino mientras el sol se
despereza. La luz está plena en el mundo cuando Koek Koek
entra al jardín y encuentra a sus amigos muertos; suicidados
por la sociedad, como dijera Antonin Artaud de otro gran
pintor
Tres cartas yacen sobre el escritorio. Una,
dirigida a su hermano Alfredo Escobar Uribe; otra, a un
amigo y Koek Koek lee la suya:
Stephem Roberto Koek-Koek:
¡¡¡Salud, hermano único de mi corazón y mi
cerebro!!! Es demasiado asquerosa la Vida para que pueda
seguirla sufriendo..... Mi patria está en los astros. Oscar
Wilde me ha de recibir en el azur..... Siento en el alma
no dejar concluido mi último libro. Me anticipo a mi destino,
porque estoy en su casa; es decir, sabiendo que usted cumplirá
lo siguiente: buscar a Juan José de Soiza Reilly y a mi
hermano de padre y madre, Alfredo Escobar Uribe, y con los
dos (imponiéndolo usted, el único hombre igual a mí), quemar
mi cadáver a la orilla del mar.... A nadie más que a mi
hermano comunicarle que una mujer también se ha muerto en
Chile y por su propia mano. En fin, yo no quiero hoy a nadie,
porque no he hallado a nadie digno de mi cariño. Pero usted
es mi hermano querido en arte. CLAUDIO DE ALAS A su hermano,
en cambio, le escribe demandante, despojado de sentimiento
y en forma telegráfica: A mi hermano Alfredo Escobar Uribe:
Yo te mando, yo, un muerto, te mando obedecer a Koek Koek,
el único hermano mío. Y te digo adiós. A Juan José de Soiza
Reilly pídele que lea todos mis papeles inéditos y que con
ellos haga un libro, que lo llame así: "El cansancio de
Claudio de Alas". Quiero que se me queme. ¿Para qué más
putrefacción? Primero mato al perro de Koek Koek, mi amado
amigo. ¡Pobre! También está cansado y su alma me acompañará.
Quise morir fuera de Chile, y eso es todo. Quiero dormir.
Tu hermano. 1918 años. Buenos Aires, marzo. Por último,
despide a otro amigo, y con la intención de escribir largamente,
toma un amplio pliego de papel, pero la urgencia por llegar
pronto apresura su pluma en una esquela de dos oraciones:
A Tomás Gabriel Chazal Santiago (Chile) Llegó la hora. Como
usted, un predestinado. CLAUDIO DE ALAS. 1918
Una vez que hubo leído su carta, Koek Koek
deambuló por Banfield antes de contactar a los otros destinatarios.
Caminó la mañana calurosa, lleno de humo y cansancio y volvió
a su casa al mediodía. Encerrado, más solo que nunca, sacudió
sus lienzos con brumas y sombras. Pintó y pintó hasta que
la criada llegó e hizo público el desastre. El humo de la
cremación no se estaba aún disperso, cuando los periódicos
se hicieron eco de la muerte del poeta. "La Defensa Nacional",
en homenaje, le encargó una nota a Juan José de Soiza Reilly.
Por él nos llegan palabras del pintor y nos cuenta que cuando
meditaba sobre las posibles causas del suicidio, Koek Koek
llamó a su puerta y le dijo: -Vengo a suministrarle algunos
datos sobre Claudio. Sé que estudia usted los papeles inéditos
de mi amigo para encontrar el móvil de su muerte. No analice
usted más... -¡Cómo! -respondió admirado el encargado de
la nota mientras el pintor agregaba hiératico, con la intención
de asegurar, por lo menos, la justicia póstuma a su amigo.-He
leído todo cuanto se ha escrito sobre la muerte de Claudio.
Casi todos afirman que se ha matado desesperado al no lograr
imponerse en Buenos Aires. Pues bien -enfatizó-, ¡eso es
mentira! Claudio se mató en Buenos Aires como hubiera podido
matarse en Calcuta o en Tokio. Yo lo conocía bien adentro,
Claudio sentía por el mundo tal desprecio que no era hombre
para acobardarse ante un obstáculo. Había vencido ya tantos
inconvenientes que uno más ya no podría intimidarlo.-¿Entonces?
-respondió sin entender Soiza Reilly. -¡Entonces! -tronó
el pintor- ¿Sabe usted por qué se mató Claudio? -que entre
sollozos volvía a clavar el verbo-, se mató sencillamente
porque sabía mucho. Sabía demasiado... Se mató porque su
cerebro había profundizado de tal modo la vida y poseía
tan hondos conocimientos psicológicos, que se aislaba de
la multitud para no hacer notar su diferencia de estatura...
Vivía muy por encima de las gentes. Vivía en los libros...
Y se mató porque le faltó el carácter que le era menester
para soportar lo que sabía... Cuando por el contacto de
los libros o por el contacto de los hombres, se sabe más
de lo que nos exige el apetito, entonces para poder vivir
en paz, hay que forjarse un carácter de hierro, que no se
doble de aburrimiento ni de esplín. Se puso de pie y tendiendo
su mano, agregó: -¡Claudio sabía demasiado!, y no olvide
usted de decir que fue siempre un caballero orgulloso de
su propia dignidad. Por eso yo lo admiraba y lo quería.
Cuando supe que vivía en Buenos Aires con dificultades le
ofrecí mi casa. No quiso. Insistí hasta que por fin me contestó:
"Un hogar. Pero conste que eres el primer amigo al que hago
honor de vivir en su casa..."Y Koek Koek, con lágrimas que
aclararon sus ojos azules, terminó:-Tener a Claudio en mi
casa fue para mi un honor, porque yo admiraba a Claudio
como a un maestro y lo quería como a un hijo.El pintor le
estrechó las manos a Soiza Reilly, se calzó el Stetson,
tomó el bastón y se fue riendo a carcajadas, para ocultar
la sombra que proyectaba su alma. La admiración era recíproca.
Claudio de Alas, poco tiempo antes de su muerte, había escrito
un texto apoteótico sobre el pintor publicado el 17 de junio
de 1918 (póstumamente) por el diario "La Defensa Nacional",
donde el poeta describía la pintura de su amigo de la siguiente
manera: "Ha hecho de su arte una ´escuela` y su ´escuela`
puede resumirse en dos palabras: su alma. (...) Es en su
arte lo que sería en literatura: un estilista; es decir,
una personalidad fuera del servilismo vergonzoso de las
imitaciones: un creador. (...) Es un poeta panteísta de
los colores. (...) Las tinieblas de la muerte tienen la
magna compensación de la luz."
Los lectores que hayan llegado a estas páginas, interesados
exclusivamente en la vida del pintor, quizá se planteen
como excesiva la atención prestada a su amigo, pero si se
piensa que mediante las letras, el poeta se expresó como
Koek Koek a través de sus lienzos, su espacio queda justificado.
Como dirá Adolfo Maeder en Resurrección de Koek Koek, única
biografía escrita sobre el pintor: "Un artista ha pintado
con la musicalidad de la palabra. Otro con la musicalidad
de los colores, de la pintura. Uno hizo vibrar su nota sobre
una hoja de papel. El otro sobre una tela. Ambos vibran
y viven."Las notas de los periódicos de la época dedicadas
al poeta, son análogas a las que le dedicarán, mucho tiempo
después, al pintor. Juan José de Soiza Reilly describe al
poeta así: "Claudio era bueno y puro. Muchas mujeres lo
adoraron. ¡Que cartas, mi Dios! ¡Qué fuego! Prosa y poesía.
Mucha sinceridad, mucha hermosura. Cumplo la sagrada misión
de reunir en este libro (...) todos los trabajos inéditos
bajo el título que él mismo indica en su disposición testamentaria:
El cansancio de Claudio de Alas, es un libro de confesiones
dolorosas (...) Hay tanta sugestión, tanta belleza oculta
en el alma de esos papeles amarillos, llenos de borrones
y de manchas! ¡Sugieren tantas cosas sutiles esas huellas
de lágrimas en los versos de amor...!" Las mismas palabras,
aunque sin "borrones", podrían emplearse para referirse
a la pintura de quien nos ocupa. Y más adelante, premonición
a la muerte del pintor, Soiza Reilly añade: "Koek Koek
tenía razón... Claudio no pudo suicidarse porque se acobardara
de vivir. Se suicidó por exceso de luz. Su desdén por las
cosas terrenas le incitó a desdeñar la gloria misma."
La falta de documentación sumada a la errancia
de Koek Koek, hacen que lo que reste de 1918 sea imposible
de reconstruir. Inmerso en etapas de oscuridad, el pintor
siguió, pincel en mano, plagando de claroscuros sus lienzos
y tablas que destellaban con uno u otro brochazo de claridad.
Sus obras, nunca inconclusas, eran elaboradas de una sentada,
sin bocetos previos y con precisa seguridad. En los períodos
más negros, el pintor se sumergía en los colores. Jamás
pintaba al aire libre, como los impresionistas, sino encerrado
en su taller, que podía ser una pensión, un cuarto prestado
o la estancia de un amigo; jamás el exterior, nunca frente
al modelo natural, siempre arrancando los destellos más
potentes que reverberaban en sus apesadumbrados recuerdos.
Gracias a Adolfo Maeder, nos podemos acercar al momento
de creación: "Muchas veces lo hemos visto pintar, pero nunca
trazar un bosquejo con carbonilla. De pronto en la tela,
en cualquier parte una mancha de color, después otras, muchas,
incesantemente. Trabajo febril, como el de un poseído en
estado de gracia. Así se transformaba en un ser temperamental,
impulsivo, casi violento, agresivo, hasta irascible. Pintaba
sin detenerse un instante, sin tregua ni respiro, como queriendo
adelantarse a sus propios pinceles. Para él no tenía validez
ninguna socorrida pausa por abulia ni el pretexto displicente:
´Continuaré mañana`. Después del esfuerzo, sólo después,
caía en un estado de relajamiento y sopor, de quietud y
ensimismamiento. Así, parecía invadido por una profunda
tristeza." El pintor retenía dentro suyo las imágenes que
los viajes le brindaban, pero frente al esplendor natural,
luego de absorberlo, cerraba los ojos en un esfuerzo de
memorización que después, distanciado en el tiempo y en
el espacio, lo descargaría con vehemencia en una de sus
pinturas. Koek Koek, escapista del academismo, es inclasificable.
Es siempre él mismo. Y aunque los capítulos previos lo acercan
al post-impresionismo, la clasificación sirve para refutar
ese estilo en el pintor. ¿Expresionismo, entonces? Quizás
esté más cercano. No estaba interesado en las formas, sino
en lo que los colores generaban. Todos sus impulsos plásticos
son revolucionarios, lo que hace que cualquier clasificación
caiga al vacío. Sus templos, marinas, procesiones y calles
son masas de volumen, exuberante óleo que por su abundancia
parece ser más una talla que una pintura. Los monjes, cardenales,
feligreses y el resto de sus figuras están compuestas de
luz, del color inmanente que ilumina desde adentro. Todas
parecen querer escapar de las penumbras, arrancarse de las
sombras corpóreas, palpables y dramáticas, de las sombras
ciertas. Imbuido por un fuerte misticismo, trabajó con vehemencia
y se lo vio muy poco, vagando por la Corrientes angosta,
a veces en el café Los Inmortales o en sus alrededores.En
1919 Carlos Orero, a quien había conocido en Santiago de
Chile dos años antes, ahora amigo íntimo y "marchand"
personal, consigue lucir los lienzos de Koek Koek en la
Cooperativa Artística de la avenida Corrientes 647. Las
cincuenta y tres obras son vendidas en pocos días y, apenas
con 32 años, Koek Koek entra por la puerta principal al
círculo de pintores. Recibe comentarios favorables en Uruguay
y en Argentina, Julio Navarro Monzó realiza una elogiosa
crítica para el diario "La Nación" que le da un empuje complementario.El
inseparable sombrero Stetson, de color ceniza y ribete gris
perla, vuelve a brillar. Se lo ve al pintor, paseándose
altanero, de paso firme y mirada inquisidora detrás del
humo espeso del Eduardo VII, marca de su puro predilecto,
apoyado sobre su grueso bastón de malaca, mientras observa
cómo los espectadores danzan en la fiesta de color que su
pasión ha gestado. Adolfo Maeder recuerda la exposición
y al pintor con su prosa vívida: "Era la exaltación del
pintor-filósofo-poeta. Porque Koek Koek, de gracioso acento
británico, electrizaba con la muda clamorosa expresión de
su mirada dominante. En su mundo interior, henchido, algo
bullía y le brotaba por los poros. Como yo, todos intuían
que ese debía ser Koek Koek, un hombre aparentemente despótico,
omnipotente pero humilde en el fondo, profundamente humilde
y solitario, triste, tan solitario y triste como un misántropo
o un anacoreta..." Algunas actitudes de Koek Koek pintan
sus primeros destellos de megalomanía, como cuando Carlos
Delcassé no quería atenderlo y, enojado, el pintor le decía:
"Me voy ofendido. Todavía nadie ha dejado de atenderme.
Todas las puertas se me abren francamente. Hasta el presidente
del Banco de La Nación me recibe en el acto. ¡No volveré
más!" No obstante, al día siguiente, volvía con más óleos
bajo el brazo. Corre 1919. El pintor despide a la criada,
abandona Banfield y alquila el primer piso de una casa señorial
en Florida. Allí instala su estudio que comparte con un
conocido fotógrafo, pintor y escultor, llamado Zuretti.
Su único medio publicitario consistía en una pequeña vitrina
a la calle en la que exhibía "Día de lluvia": un cuadro
sacudido por el viento que levantaba las polleras de unas
figuras femeninas, descubriéndole algo más que las piernas;
una imagen muy provocativa, casi escandalosa en aquel tiempo.
Antes de instalarse hizo desalojar los muebles del salón
para llevar todo lo que poseía: un pesado caballete con
una base de madera rústica y maciza que atrás soportaba
un barril de jerez provisto de una canilla, un martillo,
una caja de tachuelas y un vaso para su bebida. El martillo
lo usaba para clavar las tachuelas en las extremidades de
las tablas, con el fin de que sus cuadros, recargados de
óleo, no se pegotearan cuando los apilaba. Dicen los que
lo vieron que cuando pintaba, entraba en una especie de
ensueño. Y Maeder, testigo presencial, nos lleva a otro
momento creador: "Colgaba su bastón de la manija de alguna
puerta. Se quitaba los zapatos y las medias. Sacaba de los
bolsillos sus pocas monedas. Las arrojaba dentro del calzado.
Se quitaba el saco, el chaleco y los pantalones. Necesitaba
estar cómodo, sin que nada le impidiera sus ágiles movimientos,
instintivamente naturales. En ese trance se descubría y
dejaba el sombrero sobre el casco. Y el cigarro seguía humeando,
en cualquier parte, hasta apagarse. Lo que no se apagaba
eran sus exclamaciones, sus interjecciones después de cada
pincelada. Luego tomaba distancia, contemplaba con ceño
adusto lo hecho y volvía a su caballete que debía resistir
embates implacables y que con cada brochazo vibraba como
diapasón al conjuro de cosas inseparables marcando el compás
y la altura de su trascendental vuelo pictórico.” Eufórico,
con cierta impostura, imitaba la pose del corso y decía:
-¡Napoleón me ha insuflado su espíritu!Y continúa Maeder:
"En ese instante se transfiguraba. Imaginativamente creía
estar en Rusia, frente a las puertas de la antigua capital,
ante una inmensa hoguera. Eso era apoteótico. Se iluminaba
como se iluminó en viva llamarada aquel acontecimiento histórico,
para desembocar después en una estentórea, casi histérica
carcajada. Chorros de pintura cubrían su paleta. En su mente
sabía lo que iba a pintar; pero luego de los primeros brochazos,
fuertemente vigorosos, podía advertirse su pensamiento puesto
sobre la tela que rápidamente coloreaba, trazo tras trazo."Y
así lo imaginamos frente a sus cuadros, golpeando el lienzo
a brochazo limpio mientras hiende el silencio con imprecaciones.
Fuera de quicio, quizás hasta fuera del tiempo, terminaba
sus obras en una sola sesión, sin pausa. Terminada, bebía
con ímpetu hasta que el cansancio lo invadía y ya no podía
más que descansar. Pintaba febrilmente, no admitía que se
le insinuara un tema, porque las imágenes fluían de recuerdos
mezclados con su inconsciente. Toda su vida fue un ególatra
y un avaro de su pintura. Si bien pertenecía a una estirpe
de artistas plásticos neerlandeses, ya que 14 ilustres pintores
figuraban entre sus ancestros, él había aprendido a pintar
solo, y pensaba: "¡Que otros aprendieran también solos!"Varios
años después, cuando habitaba un cuarto en una vieja pensión
de la recova de Once, tuvo unos alumnos, si es que así se
los puede llamar. Recuerda Maeder que una vez fue allí y
le tocó la puerta. Contestó que no estaba, pensando que
era alguno de los aprendices. Maeder abrió la puerta: "La
escena era impresionante, dolorosa, desoladora. Sobre la
cama -posiblemente mirando al techo, su cielo deprimido-,
no había estado ´descansando a cuenta de futuras fatigas`,
como solía decirle su viejo amigo Delcassé, sino meditando
(...) Ya se había puesto los pantalones sujetados con un
grueso piolín a manera de cinturón. El torso sin ropaje.
Era pleno verano. Poco a poco llegaban sus alumnos en cierne.
¡Ingenuos! El recinto era chico. Ingenioso, arbitró un socorrido
procedimiento: abrió la ventanilla, sacó por ella algunos
cajones vacíos -su único mobiliario-, los colocó sobre el
techo de zinc caliente de la casa vecina y amablemente invitó
a sus ilusos pseudo alumnos a tomar asiento. Uno tras otro,
todos pasaron acrobáticamente por esa abertura, más que
ventanico, un boquete (...) de aquella vieja recova de la
plaza Miserere..." Koek Koek necesitaba de la
pintura así como del agua y el aire. Tanto, que cuando se
quedaba sin bastidores y madera terciada, desarmaba los
muebles que tuviera alrededor y las mesas de luz, el armario,
la cabecera de una cama recobraban la vida y el color, recobraban
la luminosidad que habían tenido cuando por ellas corría
la savia viva del árbol. Transformados nuevamente en materiales
sensibles, le brindaban al pintor el espacio para canalizar
el exceso de creatividad que lo agobiaba de luz, color,
forma y sombra. En 1920, nuevamente su nomadismo desconcierta
a la investigación biográfica, pero es un año en el que
su nombre se expande por el país y el continente. Julio
Figueras lo aclama desde el diario "La Gaceta": "El señor
Koekkoek tiene personalidad propia. Es un temperamento altamente
enérgico, tanto en la factura como en el colorido. Nervioso,
con esa nerviosidad de concepción que llega a veces hasta
la fiebre, el artista ha ido modelando, ya con el pincel,
ya con la espátula, esas masas que nada dicen de cerca y
que a distancia conveniente dan un sello de realidad perfecta
a sus obras." En mayo de ese año, desde Santiago de Chile,
"Las últimas noticias" publica un artículo de Armando Zegri
en el que describe a Stephen Koekkoek como a "un pintor
cuyos cuadros son estrofas aisladas, versos sueltos de un
incalculable poema no escrito." El 26 de setiembre, Zegri
vuelve a la carga con su poética volátil, acicateada por
los óleos huracanados del pintor: "En sus cuadros hay algo
como ese estremecimiento que uno ha sentido, cuando niño,
al tener que atravesar el largo corredor oscuro de una vieja
casa, hasta llegar a una habitación donde por la puerta
entornada se filtra un haz de luz." En el párrafo final,
Armando Zegri roza la fuente inspiradora del pintor y es
el único que se aproxima a la depresión que Koekkoek vivía
desde el suicidio de su amigo, cuando escribe: "Y así como
hay una evocación muy íntima a fuerza de subconsciente,
del pasado colonial, también se puede observar allí el dejo
amargo de esa inconsolable tristeza de las razas autóctonas,
las de Bolivia, especialmente, que mueren sin remedio, encerradas
en su mutismo." Al poco tiempo, sin embargo, nos enteramos
de su recuperación a través de la prosa de Juan José de
Soiza Reilly que reanima su figura: "(...) los que crean
en la otra vida de las sombras; los que sepan que detrás
de las estrellas anda Dios escuchando; los que disfruten
la suprema conciencia de que la vida no termina en la vida,
esos hallarán en Koekkoek la encarnación de un espíritu
que ha venido a la tierra para dignificarla." La ansiedad
insaciable de estar y no estar en un lugar complica mucho
acompañarlo en su existir. En 1921 su fama se extiende más
cuando el diario "La Nación" publica el 8 de agosto una
nota en la que se lo destaca como a un "...pintor puramente
subjetivo, de fantasía y de recuerdos, o de recuerdos transformados
por la fantasía, dando forma a sus ensueños por unos cuantos
colores sencillos, que parecen oscuros y que parecen pobres,
pero que combinados por la magia de su arte, se transforman
en otras tantas figuraciones que se nos imponen por su cálida
vibración." A pesar de toda la andanada de elogios, ningún
laurel lo conforma ni parece importarle: Koekkoek no se
detiene. Falto de energías para canalizar su mundo tortuoso,
se sumerge cada vez más en el alcohol y la morfina que le
proveen más fuerza que la que un ser humano es capaz de
sostener. No se detiene. No pide sosiego. Se vuelca apasionadamente
sobre cada una de sus actividades. No hace nada sin pasión
y así todo se hace vicio. Su espíritu, más allá de los comentarios
favorables, inmutable a las glorias o penas, sigue exprimiéndolo.
Carlos Orero organiza una exposición en la galería Witcomb.
Otro éxito absoluto. Los cuadros, todos vendidos. Los miles
de pesos son escasos para satisfacer su excesiva existencia,
y empieza a organizar un viaje a Estados Unidos. El año
1922 lo encuentra encaramado en su pintura. Auspiciado por
Pedro Figari, en menos de un mes, realiza treinta y cinco
telas en el Hotel Colón de Montevideo y las expone exitosamente
en la galería Moretti. Cancela el viaje a Estados Unidos
cuando se enamora de una dama de la sociedad uruguaya, cuyo
nombre, así como casi toda su vida íntima, queda en el anonimato,
tal vez oculto entre las brumas de alguna de sus obras.
Como todos sus fogonazos crepusculares, el noviazgo termina
y el pintor viaja a Perú. Ya en Lima, ochenta obras nuevas
lucen en el Palais Concert, donde tienen que acondicionar
el sótano para que quepa la cuantiosa muestra. La exposición
se inaugura y le cedemos la palabra a uno de los testigos
que hipnotizado, describe en "El Hogar" su impresión: "El
de hoy es un caso raro: es nuestro huésped un enorme artista.
Exhibe sus obras en el sótano del Palais Concert, y en ese
ambiente iluminado y severo, hundido bajo la plebeya sonoridad
de la calle y de la música lenta de los violines; en la
sala baja, silenciosa y profunda, la humanidad se aprieta
en ochenta lienzos maravillosos. Son visiones, paisajes,
fantasías que se meten dentro de nuestra alma, que la estremecen
y la derrumban. Este mago del impresionismo exige ojos perspicaces
por donde fulgura la llama sagrada del espíritu. (...) Cada
tela cuenta una tragedia. En cada cielo gime un dolor infinito.
En cada figura humana palpita una fatalidad horrenda. En
cada uno de sus mares imponentes, grandiosos y pensativos,
se esconde la muerte. La misma muerte que presiente en todos
esos terroríficos paisajes nocturnos. Pintor insigne, pocos
como tú para contarnos cómo en el fondo de nosotros mismos,
en nuestra alma pecadora y divina, todas las artes se confunden
y todas las bellezas se hermanan. Pintor, antes que nada,
saludamos en ti a un egregio y magnífico poeta."Koek
koek vuelve a Buenos Aires con muchísimo dinero y se instala
en un departamento de la Avenida Córdoba 850, la segunda
y última vivienda que compra en la Argentina. El resto de
su vida había deambulado y seguirá habitando hoteles, posadas,
pensiones y, a veces, "de prestado". Maeder cuenta que ese
año encontró al pintor tomando sol en una plaza del centro,
con su clásica apostura y arrogancia vestida con el Stetson,
detrás de su habano y ostentando su bastón. Caminaron juntos
hasta la calle Sarmiento, donde increpó a un vigilante que
no lo había reconocido ni saludado. Recuerda Maeder que
le dijo, enfáticamente, "Voy ahora a la embajada inglesa
a denunciar este caso. ¡Hay que romper las relaciones diplomáticas
con la Argentina y pedir que se le envíen las naves de guerra!"Era
el principio de su ocaso; los delirios de grandeza se hacían
cada vez más comunes y manifiestos. La pintura lo absorbe,
pero los intervalos le dejan tiempo para consumir en gustos
excéntricos y excesivos la enorme suma de dinero obtenida
en la exposición de Perú.El nuevo año comienza. Koek Koek,
sin un peso. Se conjetura que lo gastaba en gustos estrambóticos,
sin embargo, resulta difícil creer en dicha hipótesis y
puede que no se sepa jamás el destino de su dinero. Lo cierto
es que en el Banco Municipal de la Ciudad de Buenos Aires
se realiza un "Remate especial de cuadros el 21 de febrero
de 1923, a las 21.00, en el local de la Avenida de Mayo
1073." Son rematadas ciento cincuenta y ocho pinturas firmadas
Koek Koek, con la única excepción del lote 95 que era un
baúl. Este, de los llamados "mundo" (que se utilizaban para
viajes transatlánticos), había servido para llevar hasta
allí los cuadros. Se cree que algún apremio económico lo
obligó a rematar esa enorme cantidad.En junio, sus pinturas
llegan a Río de Janeiro, pero lo único que se sabe de la
exposición es por una nota del periódico "O Brazil",
que se hace eco de lo que los críticos vienen destacando
desde hacía años: "Koek koek tiene técnica sin ser
técnico. Su pincel nervioso y vibrante no se esclaviza al
dibujo. Es un mago del colorido; sugiere y sugestiona por
el poder maravilloso del color; es el color, la sangre de
la belleza..."Conversando con Adolfo Maeder, en una de las
pocas entrevistas que concedió, el pintor le da forma a
eso contra lo que luchó, consciente o inconscientemente,
hasta su muerte: "El individuo se nutre hasta el hartazgo
de sentimientos afectivos. Es cuando se lo despoja insidiosamente
de su libertad e independencia. Cuando intenta reaccionar,
casi siempre tardíamente, no puede imponer su albedrío perdido.
Ya no hay miramiento para nada ni por nadie. Sobreviene
la decadencia. Entonces los lobos esteparios hambrientos
asedian su presa, la husmean primero y la devoran después."
Llegamos al año 1924, año en el que Carlos Orero, más activo
que nunca, organiza exposiciones en las principales capitales
del interior y en algunas ciudades de la provincia de Buenos
Aires. El arte del maestro se abre paso en la diáfana pampa,
geografía distinta y lejana a las brumosas costas bretonas
y molinos holandeses pintados por su fantasía. Así, Paraná
y Córdoba; Salta y Rosario; 25 de Mayo y Chivilcoy también,
son visitadas por las procesiones de cardenales y prelados,
por los templos y flameros alrededor de los que circulan,
encapuchados y silenciosos, los monjes y monaguillos. Las
ciudades se van poblando con los cuadros que dimanan destellos
de solemnidad. Promediando el año, se le encarga una obra
para el Príncipe de Gales que al año siguiente visitaría
el país. El precio fijado era de diez mil pesos, toda una
fortuna para la época. La aventura que Koek koek vivió entorno
a éste óleo, fue narrada de varias formas. Aquí tomamos
la que su amigo Maeder rescata, "... se acercaba el día
de arribo del príncipe. Pero Koek koek, no obstante enésimas
exhortaciones para que de una buena vez diera comienzo a
la obra, no tenía apresuramientos ni preocupaciones. Ya
había gastado todo el dinero recibido a cuenta de precio
para comprar la tela, el bastidor, pinturas, pinceles y
accesorios... Por supuesto otras cosas más que contribuirían
a excitar sus impulsos, a sublimar y poner clima y matiz
en su fecunda inspiración... ´Señor, ya está llegando el
príncipe`, le dijo algún miembro de aquella comisión. (...)
´No tengo plata para comprar pinturas. No puedo pintar sin
pinturas` Compró todo lo que necesitaba en una pinturería
artística y en la cigarrería más lujosa de Buenos Aires,
ubicada en Florida -esquina Lavalle- compró una gran caja
de cedro con los mejores habanos, la abrió, encendió uno
y salió a la calle, jovial y contento, con la caja sin envolver
bajo el brazo, a tributar silencioso homenaje personal al
augusto soberano, su majestad el Rey Jorge V. (...) ´Veleros
en Sol de Mayo`, rugió con voz de trueno. Después, cuando
aún no había repercutido el eco sonoro, puso sus últimas
pinceladas sobre el lienzo; Stephen R. Koek koek. Luego,
salió del albergue bajo la recova de once, con el cuello
levantado del saco y su inseparable Stetson y bastón. Entró
a la vieja rotisería-restaurante Podestá que existía en
la esquina de Rivadavía y Jujuy. Se sentó a la mesa. Pidió
el mejor vino blanco y langostinos. Después, un coñac y
un Rey Eduardo (...) Un cuadro pintado en pocos minutos
le había brindado satisfacciones, por lo menos en ese instante:
no tener privaciones de boca ni estómago..."Al día siguiente,
el óleo húmedo brillaba frente a los ojos del Príncipe de
Gales emocionado, "Los veleros..." lo llevaban a su tierra,
ahora perdida en los mares del norte. Los cuadros de esta
etapa, sobre todo los expuestos en Rosario, eran muy grandes
y cuando los fue a cargar en el vagón del ferrocarril, como
no entraban por la puerta, le serruchó los bastidores. Después,
al llegar al destino en Santa Fe, los volvió a tensar con
unos listones que le aplicó sobre las partes cortadas. Venta
total. Éxito absoluto. Koek Koek, esta vez más desmesurado
que nunca, hizo cerrar un prostíbulo para el festejo. Lo
clausuraron después de "depredar lo que me incomodaba",
como le contó a Maeder muerto de risa. La aventura terminó
cuando, sin miramientos, pagó todos los daños. En la única
entrevista extensa, que realizó el diario "La razón" en
1925, nos llegan las palabras del pintor desde la estancia
de Navarro Loveira, en Chivilcoy. Koek koek tiene su atelier
en una pequeña habitación desordenada, donde la luz que
entra por una única ventana ilumina el desorden de unos
viejos envases de conservas transformados en paletas. Allí,
se presta a esta entrevista que destaca su coherencia de
vida y obra, y en la que su voz manifiesta la claridad de
su pensamiento: -He trabajado sin cesar durante toda mi
vida (se explica así que en nuestro país tenga más de cinco
mil cuadros distribuidos). Siendo aún un niño irreflexivo
e inerme, las mudanzas de la fortuna me echaron a la calle,
de casa de mis padres, sin más recursos que mis brazos ni
más herencia que mi ambición y mi esperanza. Algo debí heredar
artísticamente de mis mayores, pues en todas las familias
de mi rama ha habido un pintor célebre. Yo soy el último
descendiente... Creo que desde entonces, sin preocuparme
del mundo exterior que me rodeaba, obsesionado solamente
por el punto incierto de mi porvenir, me entregué a la fascinación
de mi espíritu impresionista y de mi fantasía ardorosa pintando
conforme sentía y pensaba, sin atenerme nunca al giro exitista
de ninguna escuela. La fecundidad llegó a ser bien pronto
una sencilla consecuencia de mis facultades y de mi continuado
esfuerzo, sin que jamás hubiera tratado de conquistarla.
De acuerdo con estas tendencias y estos puntos de vista
mi estilo se hizo personalísimo y ello fue la piedra de
toque de la respuesta que puedo darles; los académicos y
los arribista me combatieron duramente durante muchos años,
hasta hacerme una verdadera guerra sin cuartel. Yo avancé
siempre con mi profunda ensoñación de artista, dominado
por la excelsitud de la emoción del color, de ese tesoro
adorable que es la luz, la tonalidad y la sombra, sin cuyas
vibraciones ningún motivo de la naturaleza tendría el valor
de una obra de arte. En ese sentido creo que no soy de este
siglo... Algunos críticos más veraces o más generosos que
mis adversarios dijeron alguna vez que yo como artista soy
un incomprendido. Rubén Darío hubiera dicho que soy un raro...
Después de esta reaparición mía no sé lo que pensarán de
mí los que juzguen mis obras; pero como no he cambiado de
objetivos, lo más natural es que me sigan combatiendo. Y
el gran colorista prosigue cuando se le pregunta si espera
adeptos para su tendencia:
-Yo creo que mi aspiración y mi acción artísticas están
llamadas a promover una revolución en las ideas pictóricas
de las nuevas generaciones sudamericanas (...) No me preocupa
mayormente el asunto de cada cuadro, como no me preocupa
el dibujo que otros cuidan con amorosa dedicación. Yo le
infundo vida a mis obras por el dinamismo intenso del color.
En el color está todo el realismo, el movimiento, la suprema
verdad. Sin la sinceridad vigorosa del color, cualquier
obra dominada por el dibujo será siempre una obra lineal.
Es verdad también que me encanta saturar mis cuadros de
misterio, de mi vida interior, como se dijo una vez. Leí
hace tiempo una estrofa de Rubén Darío que para mi tiene
el valor de la cristalización de mi obsesión artística:
”Y la vida es misterio; y la luz ciega, y la verdad, inaccesible,
asombra. La adusta perfección jamás se entrega y el secreto
ideal duerme en la sombra.” El verdadero arte es misterio
que prolonga indefinidamente la culminación de todas las
obras maestras. Leonardo no quiso terminar nunca su obra
maestra, la Gioconda, y sin embargo, el rostro de esa admirable
mujer de la pintura clásica, sus ojos cansados, al decir
de Wilde, han hecho pensar y filosofar a la humanidad...
De este modo, poeta en el habla, el pintor se despide para
proseguir su creación pictórica.
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