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LEONIDAS GAMBARTES: HECHICERÍA PICTÓRICA DE LO ARCAICO

Galería
de pinturas de Leónidas Gambartes
Misterio
y luz de Gambartes,
de Manuel Mujica Lainez
"Yo
sólo trataba de escuchar la voz de las cosas circundantes
y muchas veces pensé que algo más fuerte que yo me obligaba
a trabajar infatigablemente
para expresar todas esas voces anónimas; tal vez por eso
he llegado a creer que un artista, antes que nada es un
revelador de verdades esenciales, solidarizado con las gentes
a quienes de alguna manera representa". Así manifestaba
Leónidas Gambartes (1909-1963) parte de su credo estético.
Pintor argentino, nacido en Rosario, en la provincia de
San Fé. Su estrella es especial. Un brillo en el cielo de
la pintura argentina que se nutrió de lo telúrico, de las
antiguas figuras paganas, indígenas. Así, Gambartes le confirió
dignidad estética a personajes populares, como las lavanderas,
brujas, o los indios en un momento de ofrenda. Y también
plasmó estilizadas imágenes del Dios del Maíz, o la figura
del mate o del payé, un amuleto mágico con el que nativo
curaba sus enfermedades o creaba un encantamiento de amor
o desataba una fuerza demoníaca sobre sus enemigos.
Aquí, en Temakel, deseamos difundir al gran maestro rosarino.
Y al mismo tributarle un reconocimiento a su estatura creadora
algo olvidada. Para esto primero les presentaremos una galería
con varias de las obras más representativos de la imaginación
del pintor argentino. Luego vendrá un texto del gran escritor
Manuel Mujica Lainez sobre Gambartes. Y también incluimos
un artículo de Roger Pla, Lo
indígena y la tierra en la pintura de Gambartes,
mediante el cual se podrá profundizar en los lazos entre
lo telúrico y el arte de Leonidas Gambartes.
GALERIA
DE PINTURAS DE LEONIDAS GAMBARTES
Todas las imágenes
pueden ser ampliadas mediante un clik
Pintura encabezamiento:
El Dios del Maiz ;
y, luego, de arriba
hacia abajo y de derecha a izquierda): 1: Conjuro
Rojo; 2: Figura
Payé; 3: El
ídolo; 4: La
ofrenda; 5: La
pileta; 6. Payé
felino; 7: Prehistoria:
8: Luna verde;
9: Itinerario de sueños.
MISTERIO
Y LUZ DE GAMBARTES
Por Manuel
Mujica Lainez
Los artistas actuales suelen escamotear en su obra
la presencia de lo característico, de lo "propio’, de lo
más hondamente enraizado en las esencias tradicionales del
lugar que los ha nutrido y en el cual realizan esa obra,
diciendo que son cosas secundarias, que no atañen al arte
puro y que deben quedar relegadas a los folkloristas, albergue
de curiosidades. Al proceder así, entregan a manos incapaces
de una valoración plástica superior, y cuya labor -por muchos
motivos laudable y por muchos sospechosa o ingenua- se limita
a una esfera espiritual bastante pobre, un tesoro, un inmenso
tesoro enriquecido a lo largo de las centurias, cuyo verdadero
sentido se pierde o por lo menos se falsea, pues sus inesperados
dueños (meros clasificadores dentro de humildes vitrinas,
para quienes nada significa la "inspiración" que ese tesoro
encierra, y en consecuencia su vivencia permanentemente
vivificadora) disfrazan el metal duro y vibrante bajo los
embadurnamientos pintorescos, hasta que la primitiva máscara
de oro parece una máscara carnavalesca de cartón.
Es curioso observar que muchos artistas,
creadores de belleza, intérpretes de lo más profundo, han
renunciado con orgulloso desdén a esos fundamentalísimos
materiales -y a la misión que les plantea su capacidad de
exaltarlos al nivel de obra estética- en momentos en que
doquier, en el mundo entero, florecen los nacionalismos.
Dijérase que esos artistas contemporáneos responsables consideran
que la jerarquía del mensaje que por su condición están
obligados a transmitirnos es tal, que todo lo que aluda
a temas y asuntos que no sean universales carece de la nobleza
e importancia ineludibles para solicitar su atención.
¿Reaccionan así, oponiendo la visión
vasta, despojada y deshumanizada de un mundo que ignora
las fronteras y que sólo en la abstracción no figurativa
halla campo digno para sus preocupaciones, frente a la totalitaria
ceguera de quienes se empeñan en otorgar a lo nacional,
cueste lo que cueste, una arbitraria y agresiva transcendencia?
¿Acaso, si es grave el riesgo que entraña la cultura dirigida,
chauvinista, que se obstina en afirmar que únicamente lo
made in el país cuya cultura se dirige merece que
nos ocupemos de enaltecerlo y difundirlo, no es grave también,
y muy grave, la opuesta actitud que se encastilla para robustecer
su resistencia frente a esa coartación, en un plano que
entre otros males puede acarrear el de la despersonalización
del artista que abdica de su sangre, su medio y su atmósfera,
confundiéndolo en una masa diluída, cada vez más uniforme
-a pesar de su aparente diversidad-, a medida que transcurre
el tiempo y a medida que la tendencia de ir a lo universal
-y aún a lo
cósmico- se intensifica? ¿No le corresponde al artista auténtico
-que es, por descontado, el único que tenemos en cuenta
al formular estos interrogantes- buscar una fórmula que
contemple la posibilidad de reelaborar lo "suyo" hasta elevarlo
a un orden que está más allá de las relativas fronteras?
Claro que no es nada fácil -y hasta muy
díficil- conseguirlo. Entonces, como dijimos arriba, se
prefiere escamotearlo. Pero no es justo hacerlo. Tenemos
que pagar lo que debemos a lo nuestro, a lo que nos ha formado.
Aquí, en el Río de la Plata, los que
han recorrido ese camino arduo y han llegado con éxito a
la meta son pocos. ¿Cómo no recordar, por lo pronto, a Figari,
pintor de su época, plástico vecino de Bonnard, de Vuillard
y de Anglada Camarassa, y conservador emotivo de lo fundamentalmente
nuestro? Que el fantasmón de la "anécdota" -espantapájaros
alzado por los débiles para alejar a las aves de diestro
canto- no asuste a los artistas verdaderos. Lo primero es
ser pintor: un verdadero pintor se mueve con tanta holgura
en el aire de la "anécdota" como en los espacios del arte
concreto. Sólo que ahora (ahora, porque la moda es el peor
tirano) resulta mucho más cómodo hacer de lado a la "anécdota",
relegarla en la utilería teatral del siglo XIX, y volar
majestuosamente con geométricas líneas y puntos -no siempre
legítimos- por una estratósfera en la que los accidentes
son raros. Y además no confundamos.., una cosa es la "anécdota"
en la acepción menospreciadora que los críticos dan al vocablo
(la "anécdota" del cardenal que visita a una marquesa en
los cuadros increíbles de Sánchez Barbudo y de Villegas)
y otra el afán de conferir categoría estética, sin renunciar
a ninguna, a absolutamente ninguna de las exigencias rígidas
que impone la obra de arte, a los temas profundamente
nuestros, y más aún, a descubrir, empleando para
ello la lucidez poética del artista, esos temas y esas esencias
que configuran nuestra fisonomía, nuestro sello, nuestra
identidad.
Por ese rumbo ha indagado Pedro Figari. Por
él han andado también Miguel Carlos Victorica, Héctor Basaldúa,
Horacio Butler, Raúl Soldi... y Gertrudis Chale y Caribé...
teniendo en cuenta lo nuestro, pero sin apartar las miras,
ni un segundo, de la pintura, de lo que debe ser
la pintura y que pasa antes que nada... En ese mismo sector
-al cual pertenecen las primeras manifestaciones de Miguel
Ocampo y al cual seguramente regresará enriquecido por sus
notables experiencias «concretas"- se ubica el rosarino
Leónidas Gambartes.
Gambartes ha visto al mundo que lo rodea
como un espectáculo de magia, de brujería. Y ha entrado
en él sin temor. En Buenos Aires, altos muros de cemento
y de cosmopolitismo destierran a América de las calles afiebradas
en las que se alinea el lujo de los escaparates internacionales.
A América no se la siente aquí. Las grandes metrópolis,
cuando carecen de monumentos antiguos que atestiguan la
permanencia de lo histórico, se parecen entre sí y parecen
situadas allende los países, en una zona propia extranacional,
en la que todas las naciones convergen con su estrépito
múltiple. Pero, no bien salimos de Buenos Aires para internarnos
en la pampa en uno de esos trenes que enhebran estaciones
taciturnas, o no bien remontamos los ríos solemnes hacia
las selvas del norte, o nos dirigimos hacia la cordillera
colosal o hacia las nieves y los lagos mitológicos del sur,
advertimos que nos acecha el misterio, que la Arnérica enorme
y secreta está ahí, que sigue ahí, a las puertas de la capital,
a pesar de los "chalets" y las estaciones de servicio
de nafta las canchas de tenis y los aristocráticos clubes
de pesca y los colectivos y ómnibus, sembrados a través
de la república, que no consiguen tranquilizarnos, porque
América -la América enorme y secreta, con sus milenarias
razas impenetrables y su magia y su telurismo- sigue ahí,
y su presencia se palpa en los ranchos monótonos y en la
contenida emoción del paisaje desmesurado.
Gambartes ha captado esa presencia abrumadora. Cuando oyó
el llamamiento de la pintura y comprendió que ése era su
medio expresivo, comprendió también que lo que debía expresar
era ese enigma. La gente que lo rodeaba era ensimismada,
hablaba poco, pero en torno flotaba, como un aura, el resplandor
de un misterio que es el misterio americano. Se aproxime
a esa gente tallada en piedra dura, roqueña, para recoger
su mensaje. Y el mensaje extraño fluyó sobre su pintura.
Son voces remotas, venidas del fondo del tiempo, y por eso
mismo casi inaudibles. Voces que se mezclan con otras voces,
en la bruma lejana.
Sin proponérselo, mientras transmitía el mensaje callado,
Gambartes lo vinculó con otros mensajes que se adunan con
la esencia de los pueblos, porque lo muy viejo termina por
parecerse al llegar a la suprema simplificación inicial.
Pompeya y los etruscos y Bizancio, el hieratismo hermético,
están más cerca de esos seres que Buenos Aires, que lo que
podemos sentir en Buenos Aires. Gambartes lo vio con claridad.
Y sus carpetas se fueron colmando de imágenes arcanas, obsesionates,
que proclaman la infinita vetustez de nuestro país aparentemente
tan nuevo.
Pompeya y los etruscos.., y Picasso
y Campigli. Nuestro Leónidas Gambartes es un pintor contemporáneo
que se sitúa resueltamente en las filas avanzadas. Y simultáneamente
es un arcaico, un primitivo, cuya parábola plástica se ensancha
por encima del tiempo. Sobrio como los personajes que interpreta,
pleno como los artistas ilustres que, siendo tan personal,
evoca, hace llegar hasta nosotros (al poseer las dos condiciones
básicas imprescindibles: la de ser un artista actual
y la de ser un catador de lo que nutre las raíces de
nuestro suelo) el sopo nigromántico. lírico -y por momentos
terrible- que nació junto a las autóctonas hogueras supersticiosas.
En sus cromos al yeso, que de repente
logran la vibración luminosa de los mosaicos, por el temblor
de infinitos puntos blancos, o que sugieren con su rayado
y raspado y con la concepción de su estructura la calidad
de la pintura "desenterrada", de los antiquísimos muros
decorados con trozos de frescos, desfila una multitud oscura
y dramática: mujeres de páramo, brujas, hombres-amuletos,
hombres-huacos... Avanzan envueltos en un aire inquietante
e inmóvil que los deforma, que les alarga o achata las cabezas,
que los aplasta hasta transformarlos en piedras cuadradas,
que los alza en la desolación del paisaje como menhirs o
totems. Nada falta allí y nada sobra. Como las leyendas
de las cuales preceden, como la savia que los alimenta,
son simples y, puros.
Los insensibles ante la incógnita que
nos circunda, los que van por la vida con una bovina indiferencia,
y también los insensibles frente al esoterismo de la pintura
actual, se encogerán de hombros ante las obras de Gambartes,
o se pondrán furiosos y gritarán que ésas son caricaturas,
que esos rostros monstruosos no tienen nada que ver con
la realidad. Lo harán porque no comprenden lo más digno
de admiración dentro de la tarea llevada a cabo por Gambartes,
o sea, la transposición de un misterio -el misterio de la
vida y de la muerte, con todo lo que entraña de pavoroso-
a otro misterio -el misterio de la pintura de hoy, con todo
lo que implica de sutil. Los personajes de Gambartes son
monstruosos porque es monstruoso lo que alrededor de nosotros
atisba, invisible y amenazante. Y así como ellos están metidos
en el paisaje, hundidos en él, el paisaje se mete y hunde
en ellos para dar forma a una sola masa mineral y vegetal.
Una concepción tan penetrante como la
de Leónidas Gambartes tenía que vincularlo con la de los
primitivos. Para él, como para ellos, lo accesorio cae en
pedazos y se borra, dejando sitio únicamente a lo esencial,
al duro esquema, pues así lo impone su doloroso afán de
atraer a la superficie, del subterráneo en el cual se escondían,
hoscas, esas ideas elementales, esos principios con los
cuales construye la inescrutable naturaleza.
Lo mismo que Picasso, ha ido al origen
de la forma. Y su forma, su hombre y su mujer son mucho
más que un hombre y una mujer: son recios cántaros de rugosa
arcilla en los que se vuelca un contenido secreto, tan poderoso
que moldea al cántaro y lo hincha como si todo lo que hay
encerrado allí dentro quisiera escapar. Por ello, esas mujeres-rocas
de Gambartes; por ello, esos hombres de jaspe y de obsidiana,
esos ídolos plenos.
Gambartes nos brinda con su obra un ejemplo
de rara jerarquía. Es dueño, al mismo tiempo, de una fuerza
vital impresionante y de una delicadeza conmovedora, realmente
poética. Sabe moverse en el mundo de las ideas estrictas
(el mundo en el que el mal tiene una faz y una faz el bien)
y decantarlo y transvasarlo a un mundo de colores bajos,
que se responden como voces graves, del cual está proscripto
el alarido cromático porque lo que hay que transmitir es
tan imponente que exige el tono ritual, monocorde, de la
salmodia.
Artista de hoy, de ayer y de mañana,
suma su nombre a los de los artistas argentinos -y extranjeros-
efectivamente perdurables. No se puede estar delante de
una de composiciones severas, inexorables, sin dejarse arrastrar
por ella, sin entrar en ella, en su tensa atmósfera que
comunica algo, patético y digno, incorrupto e inspirado,
que debemos calificar de religioso. (*)
(*)
Publicado en el libro Gambartes, Buenos Aires, Ediciones
Bonino, 1954.
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