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EL
PADRE DE AGOSTINI Y LA PATAGONIA
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A
comienzos del siglo XX, Patagonia era todavía una geografía
rebosante de misterios, y de una antiguedad no alteradas
por ninguna huella humana. Un saleciano, el padre Agostini,
fue empapado por la ola de un destino que lo llevó a descubrir
y explorar por primera vez numerosos sitios de la altiva
cordillera andino-patagónica. Agostini orporizó la figura
de una vida que expandió los resplandores del asombro humano
al contemplar, describir y vivir las formas arcaicas y mágicas
de la Patagonia.
Para
adentrarnos en su obra y legado presentamos aquí un resumen
de un trabajo perteneciente a Cuadernos patagónicos en la
página www.tecpetrol.com.
EL
PADRE DE AGOSTINI Y LA PATAGONIA
"¿De
Agostini? Lo recuerdo muy bien todavía. Había venido a nuestro instituto
para hablarles a los niños acerca de sus exploraciones. Era un hombre
alto, delgado, pero la cosa que recuerdo con mayor nitidez era su mirada,
siempre en movimiento. Parecía que las cuatro paredes que delimitaban el
aula lo hiciesen sentir en una ratonera, y tal vez era exactamente así.
Habituado a los grandes espacios, al sentido de ilimitada y salvaje
libertad de las tierras magallánicas, él debía sentirse efectivamente
incómodo y quizá con el pensamiento se perdía en los extensos bosques,
entre los montes y los hielos de la Patagonia".
Diríase que es suficiente este brevísimo testimonio de monseñor Gandini,
párroco de Seregno y alpinista también él, para hacer una primera
presentación del último gran explorador de la Patagonia y de la Tierra
del Fuego. Padre Alberto María De Agostini: un misionero salesiano que
como ninguno ha sabido fusionar la obra de caridad cristiana con aquella,
aparentemente opuesta, del explorador. En esta monografía nos ocuparemos,
pues, de uno de los mayores exploradores patagónicos, de sus obras, de
sus fotografías documentales y de su montañismo, pero también tendremos
la manera de conocer al hombre De Agostini. Y tal vez sea por cierto ésta
la empresa más ardua, por cuanto se conoce bien poco de su vida privada.
Inmediatamente después del descubrimiento del continente americano,
cuando se comprendió que no se trataba de las Indias Orientales sino de
una tierra completamente nueva, se iniciaron los viajes de exploración
con el propósito de hallar un paso que permitiese superar el obstáculo y
penetrar en el Océano Pacífico. El honor de este descubrimiento
corresponde al portugués Fernando de Magallanes, quien, habiendo partido
de la península ibérica en setiembre de 1519, se internó en el estrecho
que después tomaría su nombre el 10 de noviembre de 1520. Magallanes
prosiguió el viaje y entró en el Océano Pacífico, alcanzó las Indias
Orientales y perdió la vida en las Filipinas, en un encuentro con las
tribus indígenas. La "Victoria" fue la única de las cinco
naves que retornó a su punto de partida, el 7 de noviembre de 1522. Era
la primera embarcación había circunnavegado el globo, pero
retornaba con tan solo dieciocho sobrevivientes a bordo.
Los años sucesivos vieron aumentar cada vez más la importancia del
Estrecho de Magallanes, que fue pronto aprovechado también por Francis
Drake, el corsario inglés, para tomar por sorpresa a las colonias españolas
del Pacífico. A esta incursión España respondió intentando fundar dos
colonias que controlaran el paso, pero por desgracia la iniciativa tuvo
corta vida y todos sus habitantes perecieron en el lapso de pocos años.
No obstante esta infortunada iniciativa, tanto Inglaterra como España
procuraron obtener el mayor número de informaciones topográficas y
oceanográficas con el fin de mejorar su presencia en aquellas latitudes.
Entre 1826 y 1834 el Almirantazgo Británico organizó el primer gran
relevamiento de los mares de la América Latina y de la Tierra del Fuego.
La empresa fue capitaneada por Philip Parker King y por Fitz Roy sobre las
naves "Beagle" y "Adventure". En 1831 se unió a la
expedición el célebre naturalista Charles Darwin, quien con Fitz Roy
remontó el Río Santa Cruz casi hasta el Lago Argentino. El imponente
trabajo de los ingleses iniciaba la era de la colonización y de un más
profundo conocimiento de esas tierras.
Bien pocos habían sido hasta entonces los viajes a las zonas no costeras,
que permanecían, en la práctica, desconocidas. Constituyen excepción
las exploraciones del misionero italiano Nicolás Mascardi y, más tarde,
la de Tomás Falkner, quien durante veinte años realizó diversos viajes
por el interior. Ulteriores conocimientos de la región cordillerana y de
la pampa provinieron del trabajo de otros estudiosos, como Antonio Viedma
y Alberto Malaspina, seguidos, a fines del ochocientos, por los argentinos
Piedrabuena y Moyano, cuyo aporte al conocimiento de la Patagonia es, sin
duda, uno de los mayores en sentido absoluto. Después de Moyano y otros
pocos, la historia de las exploraciones de las tierras magallánicas nos
toca de cerca porque, a partir de 1910, es también la del padre Alberto
María De Agostini.
Alberto María De Agostini nació en Pollone, pequeño pueblo de Piamonte,
en las cercanías de Biella, el 2 de noviembre de 1883. Fue ciertamente la
feliz ubicación de la región natal, al pie de los Alpes, y la vecindad
de Biella, cuna del alpinismo italiano, las que influyeron, desde la
juventud, en el ánimo y las preferencias de De Agostini. La pasión por
la montaña, por los grandes espacios y las zonas inexploradas creció con
él, y ya sobre los Alpes supo destacarse como experto alpinista que
acompañaba, junto a la acción, la investigación, los escritos y la
documentación fotográfica.
En 1909, a los veintiséis años, consagrado sacerdote en la orden
salesiana, abandonó inmediatamente Italia y partió como misionero hacia
una de las regiones menos conocidas y más inhóspitas del globo: la
Tierra del Fuego. ¿Qué era lo que lo impulsaba hacia allá? Ciertamente,
la vocación sacerdotal y las exigencias de su orden, pero también, sin
duda, ese espíritu de exploración en el cual apenas se ha mencionado la
influencia de su hermano Juan, fundador del Instituto Geográfico que
lleva su apellido.
Ya Don Bosco, fundador de la orden de los salesianos, hablaba de aquellas
lejanas tierras con conocimientos superiores a los comunes. En sueños había
tenido la visión de las riquezas y bellezas naturales aún ocultas en las
regiones interiores de la Patagonia y de la Tierra del Fuego. En la obra
de exploración de De Agostini podemos entrever por cierto también una
voluntad permanente que tendía al propósito de demostrar en forma cabal
que el sueño de Don Bosco era verídico, lo que, ante la magnitud del
material reunido puede considerarse logrado.
Fue con estos antecedentes que inició una de las más completas obras
misioneras que se conozcan: el eclesiástico se conjugó con el antropólogo,
con el fotógrafo, con el geólogo, con el etnólogo y con el montañista,
y todos estos aspectos, actuando como fuerzas conjuntas, permitieron a De
Agostini alcanzar aquella estatura humana y espiritual que todos le
reconocen.
El joven sacerdote llegó a Punta Arenas en 1910 y halló a sus hermanos
de orden empeñados en la tentativa de sustraer de la declinación y de la
destrucción a los últimos núcleos de los indios fueguinos. Desde varios
anos atrás esa obra era llevada adelante con tesón por el prefecto apostólico
de los territorios magallánicos, monseñor José Fagnano. Con gran
habilidad diplomática, Fagnano logró obtener el apoyo de las más
importantes familias de colonos, los Menéndez y los Braun, pero la
situación era ya comprometida y se precipitaría muy pronto. La
introducción de la cría de ganado desencadenó la caza del indio y dio
definitivamente el golpe de gracia a la cultura indígena. Los salesianos
se empeñaron esforzadamente en preservar de la invasión de la cultura
occidental a los indios, agrupándolos en misiones adecuadamente
construidas, pero la empresa no era fácil, dado que se debía también
mantener una buena convivencia con los colonos y con los ricos
propietarios que habitaban en los grandes centros.
En este cuadro De Agostini inició su obra, enseñando en las misiones y
en los centros salesianos. Tan solo en el tiempo libre se dedicaba a las
exploraciones que lo hicieron tan famoso. No obstante, ese escaso tiempo
fue suficiente para permitirle documentar de manera completa todos los
territorios magallánicos.
Desde los años
1912 a 1915, el padre Agostini exploró la cordillera Darwin en
Tierra del Fuego. Allí se encontró con el monte Sarmiento que le deparó
una profunda imprensión. Y entre 1916 y 1917 las exploraciones de De
Agostini tuvieron como campo de acción la Patagonia y, precisamente, los
grupos del Balmaceda y del Paine. El primer macizo surge al fondo de la
bahía Ultima Esperanza, unos setenta kilómetros al nordeste de Puerto
Natales. Alrededor de las laderas de la montaña De Agostini realizó
algunos relevamientos para mejor definir la orografía. Bastante más
laboriosa e interesante fue la exploración del macizo del Paine, situado
un poco más al norte del Balmaceda.
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De las descripciones conservadas es fácil comprender que ese grupo montañoso
suscitó en el misionero una muy fuerte impresión, ya sea por la
majestuosidad de las cimas como por la belleza del ambiente natural. En la
región Última Esperanza, De Agostini veía (y no se equivocaba) un rincón
del paraíso terrestre que había quedado oculto, durante años, a los
ojos humanos. Varias veces efectuó excursiones por la zona, dejándonos
una admirable descripción en sus libros y acompañándola de espléndidas
fotografías.
A propósito del Paine se expresa así: "El lugar es de los más
salvajes y grandiosos. Selvas, lagos, ríos, cascadas, constituyen el
pedestal de este fantástico castillo torreado, con murallones
gigantescos, acorazado de hielos, sobrepasado por agujas de terrible
aspecto que tanta seducción ofrecen al denuedo de los montañistas."
En 1929 De Agostini efectuó la exploración del último extremo de
territorio aún desconocido de la cadena, la cuenca terminal del Paine,
que, por su forma perfectamente circular, fue confundida por Moyano, quien
la entrevió a la distancia, con el cráter de un volcán extinguido. Del
mismo año es la travesía de la Sierra de Los Baguales, macizo basáltico
que separa el Paine del Lago Argentino. El grupo montañoso, aislado y
salvaje, reservaba nuevas e inusitadas vistas al explorador, quien, en sólo
siete horas de caballo, llegó de la estancia "Los Leones" a la
estancia "Anita", sobre las orillas del Lago Argentino.
Concluida esta campaña, el salesiano proyectó su interés más al norte,
sobre el mismo Lago Argentino y hacia los glaciares que allí se
precipitan alimentándose en el corazón de la Cordillera. La región
estaba prácticamente inexplorada, y eran desconocidos el paisaje y la
orografía interna. Entre diciembre de 1930 y enero de 1932 De Agostini
colmó estas lagunas geográficas visitando los fiordos Mayo y Spegazzini.
Como siempre, su primera preocupación fue procurar alcanzar alguna cima
que pudiese ser punto panorámico para los relevamientos. Con los guías
Croux y Bron y con el doctor Egidio Feruglio, el padre De Agostini se
dirigió primeramente al glaciar interno y después intentó la ascensión
de la imponente pirámide del Monte Mayo. Favorecidos por un poco común
período de buen tiempo, los cuatro lograron escalarlo y alcanzaron sin
problemas los 2430 metros de la cima, de la cual podían dominar el fiordo
y las tierras que se extienden lejos del mar. Era el 14 de enero de 1931,
y desde la cima De Agostini tuvo una vista completa del territorio que lo
circundaba. "Un panorama estupendo, indescriptible por la profunda
vastedad del horizonte y por la sublime grandiosidad de los centenares de
cumbres... son las primeras miradas humanas que contemplan estas soledades
de hielo entre arrebatos de alegría y atónito recogimiento... La mirada
se dirige ávida a través de aquella inmensa extensión de nieves, de
hielo y de cumbres, que la cristalina transparencia de la atmósfera y la
fulgurante luz del sol tornan aún más nítida, y procuro escrutar sus
secretos."
Bastan estas palabras para aclarar las ideas acerca de qué tipo de
explorador fue De Agostini: un científico riguroso, pero también y sobre
todo un hombre sediento de conocimientos, impulsado por un fuerte deseo
romántico hacia las soledades y lo desconocido, y además, un hombre de
fe siempre pronto para asombrase ante las maravillas de la creación.
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También de 1931
es la primera travesía del Hielo Continental y de la Cordillera Patagónica
Austral, cumplida asimismo con los tres compañeros que lo habían seguido
en la ascensión al Monte Mayo. La empresa fue llevada a cabo entre el 24
de enero y el 13 de febrero. Bastante laboriosa fue, sobre todo, la travesía
del inmenso glaciar Upsala, uno de los más extensos de la Cordillera. Más
allá de la impresionante avenida helada, en las laderas del Monte Cono,
los exploradores hallaron un oasis de verdura hasta con algunas hayas
enanas, perdidas entre las morenas y los hielos. "Es un pequeño
oasis verdegueante y florido entre la aridez de los glaciares y de las
rocas, en una espléndida posición para establecer nuestro
campamento."
Prosiguiendo la travesía, el grupo entró en un glaciar desconocido, que
fue bautizado "Bertacchi". Luego fue descubierta una inmensa
altiplanicie, que tomó el nombre de Meseta Italia. Los cuatro alcanzaron
finalmente la cima virgen del Monte Torino, de donde contemplaron el
subyacente fiordo Falcón y la costa del Pacifico. Si bien no concluida en
todos sus objetivos, bien se puede decir que la travesía se cumplió, y
el retorno se llevó a cabo por el camino de ida.
Esta realización es una de las piedras miliares de la historia de las
exploraciones patagónicas, y solo muchos años más tarde será repetida
y completada enteramente (1955-56) expedición de la Royal Geographic
Society; H.W. Tilman y el chileno Jorge Quinteros, desde el fiordo Calvo
hasta el Lago Argentino).
Con metódica progresión, siempre en busca de nuevos horizontes, de 1932
a 1935 el padre De Agostini visitó otras veces el macizo del Fitz Roy,
seguramente el grupo montañoso más complejo e imponente de toda la
Cordillera. En sucesivas campañas de exploración se adentró en los
valles que, de las laderas de las montañas principales, confluyen en el Río
de las Vueltas. Huésped de la estancia "Masden", pasó Navidad
al pie de la Cordillera, escuchando las narraciones de su anfitrión,
quien recordaba los tiempos en que esos lugares eran aislados y salvajes.
Y así fue como decidió establecerse allí.
Encontramos, en este breve período de descanso, a un De Agostini hombre
de Dios. Por otra parte, cuando se detenía en las estancias, el salesiano
abandonaba siempre los hábitos del explorador y retomaba los del
sacerdote, celebrando misas, consagrando matrimonios, administrando los
sacramentos o también pronunciando tan sólo palabras de consejo o
confortando los espíritus. Pero el llamado de la naturaleza salvaje y de
la investigación estaban siempre presentes y los reposos no hacían más
que dar a esos impulsos mayor vigor. Terminadas sus funciones como
sacerdote, De Agostini volvía a ser hombre de aventura.
Ya en 1931 había podido admirar de cerca la elegante pirámide del Fitz
Roy y había recibido una vivísima impresión. "Pero la atracción
más imponente la constituye el Monte Fitz Roy ... Es el señor de toda
esta vasta región montañosa, es otro Cervino, algo más modesto en
cuanto a elevación pero no menos terrible por la verticalidad de sus
paredes y la majestuosidad de su cúspide. El Fitz Roy es sin duda una de
las montañas más bellas e imponentes de la Cordillera Patagónica..."
En aquella primera expedición de ensayo, De Agostini efectuó el
reconocimiento del valle del Río Fitz Roy y penetró hasta el círculo
terminal, encerrado entre las muy audaces agujas del Cerro Torre, ("que
se yergue imponente al oeste, ostentando su grácil cima, altísima,
coronada por un penacho de hielo, y sus formidables paredes de
granito...") y la impresionante muralla noroeste del Fitz Roy.
Durante el segundo viaje a la región, el padre salesiano se adentró en
el amplio valle del Río de las Vueltas, todavía entonces desconocido en
su parte superior. Obviamente, tampoco eran conocidos los valles
tributarios, aun cuando algún occidental los hubiese visto. En 1909 había
penetrado en esos territorios un aventurero alemán en busca de fabulosos
tesoros de las minas. Ese hombre se estableció definitivamente en la región,
en un valle cuyo topónimo recuerda su sobrenombre: en efecto, él era
conocido como Milodón, por haber sido el descubridor de la célebre gruta
del Milodonte, en la región de Última Esperanza. El hombre llevó en
aquellos lugares una vida solitaria que duró de 1913 a 1931, año de su
muerte. Su verdadero nombre era Alberto Conrad y su cadáver fue hallado
en su barraca con sus supuestos tesoros: algunos cristales de cuarzo.
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En aquellos años se hablaba también de otra leyenda viviente, un
individuo que podríamos describir como una mezcla de Robin Hood, Billy
the Kid y Robinson Crusoe. Se trataba de un bandido uruguayo, Asencio
Brunel, ladrón de caballos y de rebaños, terror de los indios tehuelches
y de los primeros estancieros. Vestido de pieles de puma, Asencio dominó,
como señor indiscutido, la región, y cumplió gestas casi legendarias,
para terminar muerto por algunos colonos en un tiroteo digno de las
mejores películas del Oeste.
Retornemos, pues, al protagonista de nuestra monografía, el cual proseguía
sin pausas el reconocimiento de las montañas. Bastante provechosa fue la
expedición al valle del Río Eléctrico en busca de una completa visión
y conocimiento de las vertientes septentrionales del Fitz Roy. Formaba
parte del grupo también el guía alpino Carrel, de la región de Aosta.
El campamento de base fue instalado en el valle, cerca de un gigantesco peñasco
errático que desde ese día, en memoria del sacerdote explorador, es
conocido como Piedra del Fraile. Construida una cabaña de troncos, a
causa del mal tiempo el grupo fue obligado a permanecer inactivo durante
cerca de un mes. Al término de la forzada espera, el retorno del buen
tiempo permitió recorrer la parte superior del valle del Río Eléctrico,
asomarse al Hielo Continental y de allí dirigirse a la ladera noroeste de
la Gorra Blanca. En el curso de la excursión, fue localizada y descripta
una nueva cadena montañosa al norte del Cerro Torre, que fue llamada Cordón
Guillermo Marconi. Se pudo además establecer la posición geográfica de
los glaciares tributarios del lago San Martín.
Y, luego, durante
buena parte de 1937, el padre Agostini se entregó a la exploración del
lago San Martín y del Monte San Lorenzo.
Junto a los muy
precisos informes de viaje, a las descripciones de valles y sistemas montañosos
que otorgan a menudo a las narraciones de De Agostini una atmósfera más
bien monótona y fría, se agregan a veces consideraciones de carácter
ambiental que testimonian, por el contrario, el amor por la naturaleza del
gran explorador. Hallamos en ellas una constante preocupación del autor
respecto de la progresiva invasión de los valles por parte de los
colonos, invasión que conducía a inevitables perturbaciones del
equilibrio ecológico.
Podemos hallar descripciones en este sentido cuando, por ejemplo, con gran
tristeza describe las grandes y súbitas destrucciones forestales de
Ultima Esperanza. "Cuando llegó allá don Orosimbo, inmensas
zonas boscosas jamás holladas por ser humano alguno cubrían esta vasta
región premontañosa, pero en pocos años, por causas fortuitas o
intencionales, fueron destruidas por colosales incendios, que duraron
semanas y meses enteros, favorecidos por la extraordinaria fuerza y
continuidad de los vientos. Esta es la suerte que ahora les ha
correspondido a todos los bosques precordilleranos de la Patagonia en su
vertiente oriental". Otros fragmentos relativos al ambiente nos
describen, por otra parte, algunas especies de animales en vías de
extinción, como por ejemplo el huemul o ciervo de la Cordillera.
"El huemul (Hippocamelus bisulcus, Mol) es todavía numeroso en los
valles cordilleranos, pero, a medida que estos se van poblando, desaparece
rápidamente. Sus principales enemigos son el león y el hombre. El
primero lo caza para saciar el hambre; el segundo, por diversión o por
razones aún menos justificables, aprovechando de su extrema timidez y
docilidad".
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Con esta pequeña digresión hemos llegado a la última exploración de De
Agostini: el viaje a los valles del Río Baker y del Río Chacabuco. El
salesiano alcanzó así los límites septentrionales de la Cordillera. De
esta experiencia nos deja en sus libros más impresiones sobre la gente y
sobre sus condiciones de vida que notas geográficas. Puntualiza las
graves carencias respecto de caminos, cosa que llevaba a los colonos a un
grave aislamiento y permitía que los bandidos se enseñorearan de la región.
Uno de los colonos, conocido por De Agostini, quien tuvo ocasión de ser
su huésped, le contó de un individuo que le robaba y mataba su ganado.
El colono fue asesinado por ese mismo bandolero poco después de la
partida del misionero.
Entre las notas de este ultimo viaje, muy característica es también la
descripción de Vilches, extraño tipo de colono que vivía en un mísero
tugurio. "No llegábamos en verdad a comprender cómo este
singular ermitaño, con tanta madera del bosque a su disposición y con
tanto tiempo disponible, no se había construido una habitación más
confortable en un clima tan tempestuoso y frío, pero, por lo que parecía,
el buen hombre estaba plenamente satisfecho y contento, sin demostrar ningún
deseo de procurarse otras cosas fuera de las que poseía". En el
corazón de De Agostini, ya sexagenario, permanecía empero el deseo de
alcanzar la cima del monte San Lorenzo, cuya ascensión podía también
simbolizar el digno coronamiento de un trabajo de treinta años en la
Cordillera.
El momento propicio se presentó en la primavera de 1943. A causa de la
situación bélica mundial, le fue imposible llamar a la Argentina a los
guías alpinos italianos de los cuales siempre se había valido. Con todo,
en el Club Andino de Bariloche encontró dos compañeros que parecían ser
más que adecuados para la empresa: el guía suizo Alexander Hemmi y
Heriberto Schmoll. Favorecidos por una serie de nuevas carreteras, los
tres llegaron rápidamente a las laderas de la montaña, pero luego
perdieron un tiempo precioso a la espera de 500 kilogramos de materiales
para la expedición.
Una vez resuelto el problema, gracias a un casi increíble período de
tiempo espléndido (quince días) el grupo logró instalar un campamento
de avanzada en la cota de los 2320 metros, sobre el glaciar del San
Lorenzo. El día 3 de diciembre, un primer asalto a la cima fue frustrado
por el mal tiempo. Los tres se detuvieron en la cota de los 2925 metros y
de allí descendieron hasta el campamento base, en el valle del Río del
Salto. Hasta el día 14 el tiempo se mantuvo malo, impidiendo cualquier
actividad, pero el alba del día siguiente despuntó grávida de promesas
y el grupo decidió partir. Habiendo alcanzado el campamento de avanzada,
un breve empeoramiento obligó a los escaladores a una pausa forzada, y sólo
el 17 pudieron partir hacia la cima gracias a un inesperado mejoramiento
del tiempo. Toda la ascensión se desarrolló entre dificultades técnicas,
nieve y hielo, y con la preocupación de que el tiempo, ya inseguro,
pudiese llegar a ser de nuevo malo e impidiese alcanzar la meta.
"...Nuestra mirada se dirige con ansiedad hacia las cadenas de
montañas que se yerguen en el horizonte como para asegurarnos que
continuarán los indicios de buen tiempo". Una espesa niebla
acompañó el trecho final de la expedición, manteniendo a los
escaladores en un constante estado de tensión y expectativa que se relajó
tan solo en la cima. "Han transcurrido tres horas desde que
emprendimos la ascensión de esta pared de hielo (vertiente noroeste) y
Hemmi, que avanza cautamente, me pregunta con frecuencia: ¿En qué punto
estamos?".
Llegados a una altura cercana a la cima, la niebla se disipó por un
instante, dejando entrever la cumbre principal. "...Aparece frente
a nosotros hacia el sur, en toda su grandeza y majestad, la cúspide
excelsa del San Lorenzo. Un estremecimiento de alegría invade nuestro espíritu,
mientras en coro exclamamos: ¡la cima! ¡la cima!".
Hacia las 16:30: "Hemmi se interna en una canaleta de hielo...
Avanzamos con mucha cautela, uno por vez, con toda la cuerda tendida sobre
el inseguro trayecto, porque una caída representaría un salto vertical
de 2400 metros. En pocos minutos alcanzamos la inmaculada cumbre. Son las
17:30... Extraigo de la mochila una estatuilla de María Auxiliadora y,
después de haberla asegurado a un asta preparada a propósito, la clavo
profundamente en la nieve. La Virgen Santísima, desde esta cumbre
dominante que constituye el confín entre la Argentina y Chile, velará
por la paz de las naciones hermanas y por la prosperidad y el triunfo de
la obra salesiana en la Patagonia. Schmoll, entre tanto, ha atado a un
asta la bandera argentina y el gallardete del Club Andino de Bariloche...
Agregó una banderita tricolor italiana... las dos banderas flamean
gallardas sobre la cima augusta... y la noble enseña argentina parece
fundir sus colores blanco y celeste en una admirable armonía con la
candidez de las nieves y el azul del cielo. Festejamos nuestra victoria
bebiendo una copita de coñac...".
La noticia de la ascensión fue recibida con incredulidad y se difundió
por doquiera en la pampa. Durante una etapa del viaje de retorno, De
Agostini tuvo ocasión de escuchar el juicio que un gaucho formulaba sobre
la increíble empresa, presumiendo ante los allí presentes: "A mí
no me la cuentan (decía): yo he visto de cerca la cima del San Lorenzo:
es terrible. Si no la han enlazado, no es posible que la hayan
escalado".
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EN 1937, el padre
Agostini sobrevuela parte de la cordillera en el monoplano
"Saturno", en un vuelo que duró cuatro horas. Ahora ya seguro
que el sueño de San Juan Bosco, en el cual el santo vió las riquezas y
las posibilidades aún no aprovechadas de las tierras magallánicas,
influyó no poco en la actividad de De Agostini. Su misión en la
Patagonia no consistía sólo en ser pastor de almas: a ello debía
sumarse la actividad de exploración, actividad encaminada también a
confirmar con datos tangibles el sueño de Don Bosco.
Evidentemente, para hacer esto se necesitaba ser un apasionado de la
aventura, alpinista, fotógrafo, aviador, escritor. Sin lugar a dudas,
estas características se hallaban reunidas en el padre De Agostini. Tenía
por coetáneos a numerosos alpinistas-fotógrafos de aquella que se podría
considerar la "escuela de Biella", que tuvo sus máximos
representantes en Vittorio Sella y en los hermanos Piacenza. Y ya antes de
partir para América del Sud había manifestado dotes no comunes de fotógrafo,
participando en algunos concursos de temas paisajísticos en Italia,
habiendo obtenido también un primer premio. Si bien muy inclinado hacia
la fotografía artística, que caracterizó también parte de sus primeras
realizaciones americanas (con las cuales participó en concursos fotográficos
en Río de Janeiro, Santiago, Valparaíso y Concepción), el salesiano
debió renunciar a esta inclinación para dedicarse a la fotografía
meramente documental. No fue por cierto una elección difícil, y de
cualquier modo era necesaria por cuanto la documentación de tierras y
montañas desconocidas ocupaba, por su importancia, el primer puesto. El
tiempo físico y meteorológico no permitían, por cierto, entregarse a
elaboraciones extravagantes y laboriosas: lo más importante era reunir la
mayor cantidad posible de datos, sobre todo desde el punto de vista fotográfico.
De Agostini cumplió en efecto plenamente esta tarea, considerando que sus
libros y las fotografías que los ilustran son aún hoy un precioso cofre
de informaciones sobre las tierras magallánicas. Junto al voluminoso
trabajo fotográfico debemos recordar también dos filmaciones, Tierras
Magallánicas y Tierra del Fuego, difundidas tanto en América Latina como
en Europa.
Si fotografías y documentales fueron tal vez el instrumento más
importante usado por el explorador nacido en Pollone, no debemos con todo
olvidar la inmensa obra literaria que se agrega a ellos. Veintidós son
los libros y las guías, aun turísticas ("Guía Turística de
Magallanes y Canales Fueguinos" y "Guía Turística de los Lagos
Argentinos y Tierra del Fuego"), escritos entre 1924 y 1960, ya sea
en italiano o en castellano. Ciertamente los más conocidos son "Ande
Patagoniche - viaggi di esplorazione nella Cordigliera Patagonica australe",
de 1949, "Trent'anni nella Terra del Fuoco", publicado en 1955,
y "Sfingi di ghiaccio" ("Esfinges de hielo"), de 1958.
Además de los libros existe una increíble cantidad de artículos y
ensayos aparecidos en diarios y revistas en Italia, la Argentina y Chile.
En todos estos escritos, la parte de la geografía y las ciencias
naturales ocupa un lugar preponderante, hasta el punto de hacerlos parecer
por momentos monótonos y tediosos. No obstante, de una más atenta
lectura es a menudo posible captar la dimensión humana del autor, su sed
de espacios desconocidos, su búsqueda de un mundo todavía incontaminado
y primordial, donde la divinidad fuese todavía bien perceptible y
mostrase sin velos sus rostros.
La obra escrita, como la fotográfica, constituye un importante testimonio
tendiente por entero a mejorar y difundir el conocimiento de las regiones
magallánicas, pero en ambas se encuentra algo más, que sin duda las
torna más ricas y completas. Este algo es la constante voluntad de
confirmar a aquel sueño de Don Bosco que vio: "...en las vísceras
de las montañas, en las profundidades de las llanuras. Tenía en vista
las riquezas incomparables de estas regiones, que un día serían
descubiertas..."
En muchos textos
de De Agostini hallamos un espacio especial dedicado a estudios etnográficos
y a consideraciones sobre las condiciones de las tribus indígenas que
iban gradualmente desapareciendo bajo el acoso de la civilización blanca.
Evidentemente, el salesiano tomaba muy a pecho el problema; él, por lo
demás, como muchos de sus hermanos de orden, se hallaba casi impotente
frente a la progresiva declinación de esas gentes. En su peregrinar tuvo
ocasión de familiarizarse con los representantes de todas las etnias: los
onas, los yamanas y los alacalufes de la Tierra del Fuego; los tehuelches
y los araucanos de la Patagonia. También en este caso De Agostini se
muestra muy capacitado para describir y nos deja precisas apuntaciones
sobre las características antropomórficas de las diversas tribus, sobre
sus tradiciones y usos, sobre sus creencias religiosas y vínculos
sociales. La obra del misionero reviste en este sentido enorme
importancia, pues permite conocer una realidad hoy desaparecida.
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La precaria situación de los indígenas y las continuas persecuciones de
que eran objeto fueron gran motivo de congoja para el sacerdote, quien por
decirlo así se hallaba entre dos estados de ánimo diversos. Por un lado,
como hombre de caridad, debía mirar por las poblaciones indígenas: era
preciso deber suyo protegerlas y procurar integrarlas de manera lo menos
traumática posible en la nueva situación social que estaba imponiéndose.
Por otra parte, empero, De Agostini se daba perfecta cuenta de ser él
mismo, junto con la civilización blanca, un perturbador de los
equilibrios seculares derivados de un milagroso acuerdo entre hombre y
naturaleza. No obstante, no podía tampoco olvidar a sus fieles, los
colonos, los mineros y todos los que habían llegado a aquellas tierras en
busca de fortuna.
No obstante ello, muy a menudo De Agostini denunció abiertamente los
delitos que los estancieros cometían contra los indios y llegó hasta a
acusar en un libro suyo a Manuel Senoret, gobernador de Punta Arenas, Este
había deportado tribus enteras, empujándolas hacia Punta Arenas con el
pretexto de "sustraerlas de la miseria y asegurarles el alimento y
el vestido de que carecían. La responsabilidad de estas guerras de
exterminio contra los onas recae en gran parte sobre el gobernador Senoret...
Para proteger los intereses de algunos... y también para oponerse a los
misioneros salesianos que él habría querido expulsar de la isla de
Dawson, de la cual codicia los bosques y los pastos, favoreció la más
indigna de las persecuciones. Expuestos casi desnudos por las calles de la
ciudad, los indios fueron distribuidos entre cuantos los requerían
(remate de indios) sin tener en cuenta los antecedentes de tales
solicitantes...".
Este no es sino el episodio más significativo de la lucha de De Agostini
en favor de los indios, lucha verdaderamente difícil y perdida de
antemano. En sus escritos todavía leemos: "Los pastores, en gran
parte anglosajones, eran quienes veían en los indígenas el mayor
impedimento para la propagación de sus rebaños, y de allí la caza sin
piedad a que se los sometía como si fuesen animales feroces. El inglés
Sam Jslop se vanagloriaba hasta de usar correas fabricadas con la piel de
los indígenas, que obtenía de las espaldas de estos infelices. Otro
terrible perseguidor de onas fue el escocés Mac Lennan, administrador de
la estancia 'Primera Argentina'... Para gloriarse de sus nefandos
exterminios, equiparaba el número de sus víctimas con el de los whiskies
que había bebido, y que no debían de ser pocos porque se hallaba en
perenne estado de embriaguez. Dado que los indígenas, para así mitigar
el hambre, se cebaban sin repugnancia en los animales que encontraban
muertos por el campo, los pastores envenenaban grandes trozos de carne con
estricnina para triunfar más fácilmente en su inicua campaña".
Concluyamos este capítulo también con algunas consideraciones de De
Agostini a propósito del problema indígena. "También aquí,
como en el Lejano Oeste, como en la Pampa y en el Chaco, la suerte de los
indígenas estaba inexorablemente marcada; también aquí, la idéntica
historia de todas las colonizaciones... En este triste y rápido declinar
de la raza fueguina les correspondió a los misioneros salesianos la noble
aunque ingrata tarea de defender al indígena contra el blanco, al débil
contra el pionero audaz e inteligente, ávido de lucro, al cual sonreía
una fácil e inmensa fortuna en la conquista de esas tierras, hasta
entonces dominio absoluto de los onas... Ya no escucharán más las selvas
vírgenes, en la quietud profunda de una noche lunar, las antiguas
leyendas del héroe Kuanip, hijo de la montaña roja, y de su infortunada
esposa, la graciosa Oklta, transformada en murciélago. El koliot
(forastero), venido de regiones lejanas, sediento de riquezas y dueño de
armas mortíferas, ha cumplido con rapidez su obra nefasta, destruyendo
para siempre la felicidad secular de esta raza primitiva, que desde hacía
siglos vivía solitaria e innocua en la más singular región de la
tierra".
Foto
8
No obstante su avanzada edad, De Agostini continuó trabajando
activamente, reordenando sus estudios y pensando siempre en las tierras
patagónicas. Le había quedado el deseo insatisfecho de conquistar la
cima del Sarmiento, pero también esto debía ser alcanzado por su
tesonera voluntad: fue De Agostini, ya viejo, quien guió la expedición
italiana que en 1956-57 conquistó la cima con Clemente Maffei y Carlo
Maun, grupo que después escaló el Monte Italia.
Vuelto a Italia, donde a menudo solía pasar los meses que en la Patagonia
eran menos buenos, el padre De Agostini murió el 25 de diciembre 1960 en
la Casa Matriz de los Salesianos de Turín.
| Fotos: 1:
El padre De Agostini con un chamán ona; 2:
las Torres del Paine; 3:
el Fitz Roy; 4:
los hielos continentales; 5:
el cerro San Lorenzo; 6:
el Padre De Agostini junto al avión con el que sobrevoló parte
de la cordillera patagónica; 7:
el brujo Selknam Minkiol, informante de Martín Gusinde; 8:
dos hombres, pequeños, respecto a la altura e imponencia del
cerro San Valentín y de la propia naturaleza. |
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