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En
Necochea, Argentina, en 1962, el mago titiritero con
el carro El barrilete, uno de sus teatros ambulantes
de marionetas.
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Un leve torbellino
de polvo va ascendiendo en el camino.
Y, dentro de las hilachas polvorientas, lentamente una mano
de magia esculpe la carreta de ruedas ágiles, el caballo de
crines que danzan con el viento; y el hombre de abigarrada barba
alba. Y de la nube polvorosa emerge al fin La Andariega conducida
por Javier Villafañe, por el ambulante mago titiritero.
En 1909, en un barrio de la Ciudad de Buenos Aires, nace Javier
Villafañe. El niño pronto conoce los rigores y tristezas de
la vida escolar. En cambio, ante el escenario poblado por los
títeres halla una voz de luna que salta dentro de sus oídos.
Junto con su hermano, asiste con frecuencia a las representaciones
del teatro de marionetas que actúa en el Jardín Zoológico de
Buenos Aires y que, durante treinta años, dirige Dante S. Verzura.
En aquellas funciones adquiere fantástica vida el Fausto
y Margarita de Goethe, y otros personajes procedentes
de los cuentos, de origen popular, recreados por Andersen, Grimm
y Perrault.
Aquí,
el niño Villafañe comienza a respirar las brisas encantadas
de los muñecos vivientes. El segundo fósforo que enciende el
caldero del amor de Javier por las marionetas es el encuentro
con los títeres de La Boca. Estos pesan entre 20 a 30 kilos
y son animados por Don Bastián de Terranova y su mujer Doña
Carolina Ligotti, descendientes ambos de una antigua familia
de marionetas. El niño Villafañe, futuro titiritero feérico,
confiesa "el recuerdo imborrable de estos dos pioneros
italianos que despertaron en mí la pasión más perdurable por
el teatro de muñecos".
La hierba dorada del ensueño crece fértil en el pecho del niño
Villafañe. En la escuela lo deslumbra ante todo los recreos.
A veces, en aquellos intervalos del tedio escolar, alimenta
a los pájaros y se detiene largamente en la observación de sus
alados movimientos. Es entonces que la voz ronca de un maestro
estalla en sus tímpanos: "¡Hay que ser tontos! ¡Mirar los
pájaros!" Aquel mismo personaje gris quiere, en un instante
especialmente soporífero de la clase, pegarle a Javier
con una regla por no prestar la debida atención a las explicaciones.
El niño Villafañe no duda entonces en arrojarle un tintero como
respuesta a tan amable trato.
El aburrimiento
de la escuela es luego reemplazado por el llamado al servicio
militar obligatorio. En este tiempo, el ya joven Villafañe decide
empapar su piel con el sudor creativo de la literatura y la
poesía. Su calor de poeta tendrá una primera oportunidad para
empezar a trastocar el orden de los anaqueles del mundo. En
el cuartel, advierte que muchos de sus compañeros son analfabetos.
Propone así a sus superiores enseñarles a leer. Su propuesta
es aceptada. Crea entonces la biblioteca de la Base de El Palomar.
Al poco andar, Villafañe se sorprende: "¡Cómo leían
los muchachos! ¡Se enloquecían con la lectura".
El soldado-bibliotecario
lee a sus compañeros de armas cuentos y poemas y crea una primera
pieza teatral titiritera: Don Juan Farolero, un diálogo
entre un caballo, un capitán y un sargento que luego será publicada,
en su versión definitiva, en el libro Títeres de La Andariega,
en 1936.
Y cuando el
joven poeta Villafañe cumple 24 años, el arcoiris de
su destino de poeta andariego se asoma al fin entre una rendija de
tiempo: "un día estábamos en el balcón de la casa de mi
hermano, Oscar, en la calle Azcuénaga con Juan Pedro Ramos, poeta
y amigo, y pasó un carro conducido por un viejo, y sobre el heno
que llevaba iba un muchacho mirando el cielo mientras masticaba un
pastito largo y amarillo. Pensamos en ese momento con Juan qué hermoso
sería poder viajar toda la vida en un carro y que el caballo
nos llevara adonde quisiera".
Es así
como surge el primer vislumbre de lo que llevará a Villafañe y
sus títeres a los caminos de arcilla...
Vendiendo sus escasas pertenencias, Villafañe consigue lo
suficiente como para comprar una carreta: La Andariega; y su
primer impulso animal: la yegua La Guincha. Luego, el 26 de junio
de 1933 Javier crea a su compañero emblemático: el títere Maese
Trotamundos.
Por esta
época, Villafañe conoce a Federico García Lorca, que se halla
de paso por Buenos Aires, y se aboca a los preparativos para
un largo viaje con La Andariega. La carreta es alojada
en un baldío del barrio de Belgrano. La noticia del fantástico
proyecto del poeta titiritero se extiende veloz en el universo
culto y artístico de la ciudad bañada por el ancho Río de la
Plata.
En la preparación del teatro ambulante, en los decorados,
muñecos, y
pinturas, intervienen pintores como Emilio Pettoruri, Mauricio
Lasansky, Horacio Butler, Raúl Soldi, Héctor Basaldúa, y Líber
Fridman (personaje éste esencial luego en nuestra interpretación
del sentido del andar de La Andariega).
En 1935, ante
un público ansioso, se realiza la primera función del teatro
ambulante de marionetas de La Andariega. El escenario
se extiende en la parte trasera de la carreta. En la noche,
se ahuyenta la oscuridad mediante faroles de querosén colgados
de las ramas de los árboles. Luego, se inicia el primer viaje.
Con La Andariega, Javier Villafane llega a Luján. A
la sazón, cuenta con 26 años y comienza a publicar cuentos
en el diario La prensa de Buenos Aires. Su pluma plasma
cuentos infantiles, historias habitadas por animales, niños
y títeres. Así se inicia una larga saga de cuentos para chicos;
algunos de su propia imaginación; otros, producto de recopilaciones
de miles de cuentos que le fueron narrados por niños durante
sus múltiples viajes. Travesías distintas, numerosas, frondosas
como las ramas enmarañadas de un árbol serán las del maestro
titiritero.
Primero recorre largamente las
rutas de Argentina. Visita las escuelas. Revela la
vida de sus títeres mediante obras protagonizadas por los mágicos actores.
Luego le solicita a los niños que encuentren el dibujo que su
imaginación les sugiera para acalorar con colores e imágenes lo
que han visto y escuchado.
En 1958,
comparte una gira en la carreta La Berlina con Ariel Bufano, su
principal discípulo.
En una
librería de Gualeguaychú, conoce a Carolus Gunge, pintor alemán,
ex-combatiente de la primera guerra mundial, que vive en una
canoa. Su principal preocupación es alimentar los peces del
Río Paraná. Durante un tiempo, Villafañe habita con Gunge la
casa-canoa y realiza funciones de títeres para las gentes de
las riberas.
Al
recuperar tierra, las
ramas del trotar con La Andariega, y luego con otras carretas que
protejen en su seno el iridiscente teatro de títeres, se
extienden por caminos de Venezuela, Bolivia, Perú, Ecuador,
Colombia. Y en Europa: la ex Unión Soviética, Alemania, Bélgica, Suecia,
Finlandia y España.
En la tierra
de los antiguos Reyes Católicos se cristaliza uno de sus viajes más
singulares. Con un carromato de fines del 1700, y junto a un
par de mulas, sigue las huellas del Rocinante de Don Quijote a lo
largo de la Mancha. Y en plazas, calles, escuelas, atrios de
iglesia, siempre desnuda la vida y fantasía de Maese Trotamundos y
otros de sus compañeros.
En 1984, luego
de diecisiete años de ausencia, regresa a la Argentina. En su
patria, crea nuevos libros de cuentos: El caballo celoso, y obras
titiriteras inéditas: El vendedor de globos y El panadero y el
diablo. Y los viajes continúan después por Marruecos, Grecia y
Turquía. Regresa una vez más al país de las vastas
llanuras del gaucho. En sus últimos días palpita junto a plantas
y títeres de una casa en Buenos Aires. Pero la quietud del mago
titiritero sólo es aparente. Porque, cada nueva exhalación de
sus pulmones es un
regreso al continuo andar por los caminos de arcilla...
El
andar por los caminos de arcilla
En 1940, Villafañe se encuentra con el pintor Líber Fridman.
Juntos, durante tres años, realizan numerosos viajes a Misiones,
Paraguay y Brasil. El viaje que comparten "era hermoso y lo
hacíamos con mucha lentitud; buscábamos el trópico, nos atraía
sobremanera el litoral. A mí por lo exuberante y agresivo, por el
colorido, que me daba muchos elementos para mis creaciones; a Líber,
que era pintor, le llenaba los ojos, las manos, el alma de imágenes, de color, de
ritmo".
Luego se separan. Pero una íntima identidad espiritual mantendrá
ligada la vibración de sus historias creadoras. Villafañe
recuerda después que Líber "es mi hermano hecho de la
fragua de la vida"; y "él fue mi compañero más
constante".
En su pictórica, Líber desarrolla una poética americana inspirada
en motivos andinos. En sus obras suelen vivir personajes de
atuendos o rasgos indígenas, junto a seres aéreos a la manera
de Marc Chagall. En su pintura refulge la mística precolombina
de lo ascensional y la intuición de la omnipresencia de una
fuerza divina. Una de sus obras se titula "Y los mitos
se hicieron presentes en la arcilla".
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Y
los mitos se hicieron presentes en la arcilla, 1982;
óleo s/tela de Líber Fridman
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Desde un escondrijo secreto esta imagen del entrañable compañero
de viaje del mago titiritero, quizá exprese algo del sentido
hondo del andar de La Andariega. En el lienzo de Fridman
el indio andino abraza la arcilla. El abrazar es un proteger
y, a la vez, un saludar y celebrar lo que en lo abrazado
se manifiesta o irrumpe. Dentro de la arcilla protegida
y celebrada borbotean imágenes de seres ancestrales. Son las
siluetas de protagonistas de míticas historias que eclosionan
desde una realidad sutil donde los dioses existen; las piedras
y las montañas son capaces de volar, o los bosques hunden sus
raíces en el cielo. El mito narra un mundo que late antes o
con independencia de cualquier mirada humana. Narra el origen
y la realidad donde bullen ráfagas y susurros de una vida siempre
creadora; siempre deviene allí un aire donde bailan nuevas flores
de existencia, nuevos relatos sobre los dioses o el mundo, nuevos
reflejos del cielo.
A este universo atravesado por el mito y lo creador lo llamaremos Comarca de
Fantasía o el Mundo de la Inicial Magia Creadora.
En la pintura de Líber, la Comarca de Fantasía es gobernada por el pájaro que, con sus vivaces alas
desplegadas, se alza tras
el indio que abraza la arcilla. El pájaro es la fuerza alada
capaz de volar gozosamente dentro del mundo donde con el aire se
mueve un continuo hervor creador.
¿Pero cómo puede mostrarse a los humanos el aire y las figuras
radiantes de la realidad de la creación continua, del Mundo Inicial
de la Magia Creadora?
Para que todo aquello se muestre, es necesario algo que retenga
lo mostrado. La arcilla es lo que retiene; la arcilla es la tierra de arena donde la vida como mar creador
anuncia sus formas y poderes.
La arcilla es la materia con la amable tersura de lo maleable,
es blandura húmeda, dispuesta a acoger, retener y regalar permanencia
a nuevas formas. Por la potencia alquímica o transformadora
de la arcilla la brisa de vida que se mueve en el espíritu,
o en una dimensión mítica y honda de la realidad, se manifiesta
en el mundo de los días humanos y adquiere un rostro de tiempo.
Los mitos se hacen presentes así en la arcilla.
Y para manipular la arcilla, que es receptiva a la afloración
del río de la creación constante, hay que ser mago, poeta, alquimista,
o un sujeto que venera y se asombra. Distintas variantes de
la sensibilidad humana que se comunican con el perdido Mundo
de la Inicial Magia Creadora.
Para manipular, llevar y abrazar la sustancia arcillosa, hay que
ser, por ejemplo, un mago titiritero capaz de andar por caminos de
arcilla...
En cada uno de sus viajes, el compañero de Maese Trotamundos
lleva la arcilla de la mágica y receptiva blandura. Las marionetas
que irradian movimientos en el ambulante teatro de títeres son los
primeros orfebres de la arcilla. Los muñecos vivientes
escuchan con naturalidad la música de la Magia Creadora. Cada
uno de sus gestos, hacen presentes en la arcilla algo del hechizo
y vitalidad continua del Mundo de la Magia Creadora.
Y el maestro titiritero lleva también la arcilla, generosa y maleable, de
húmeda frescura, a los niños, los otros mensajeros de la
Comarca de Fantasía, de la realidad del hálito creador sin fin. En
los
arcillosos altares que el mago de los títeres despliega en las
escuelas, los niños escriben con letras de arcilla las historias
que escucharon de labios humanos o del pájaro guardián del Mundo
de la Magia Creadora. En la arcilla llevada por
el poeta andariego, los niños también escriben cartas o poemas sobre
las funciones de títeres presenciadas. Y, asimismo, urden colmenas de
líneas y colores. Dibujos. Dibujos con los que expresan otras briznas
de la realidad de la continua y olvidada creación.
El niño es capaz de concentrar el universo mágico de la Comarca
de Fantasía en un puñado de espacio. En 1985, Villafañe obtiene
el Premio Austral infantil, con su libro La vuelta al mundo.
Santiago, el protagonista del cuento, sale a dar una vuelta
alrededor del mundo con un triciclo. Invita a los animales a
que lo acompañen. La vasta caravana animal se detiene cuando
el niño anuncia: "Hemos dado la vuelta al mundo".
Allí se despiden y Santiago regresa a su casa. Había dado sólo
una vuelta a la manzana. Sin dejar de habitar su diminuto
rincón de espacio, el niño puede convocar a la vida distinta
y misteriosa de todos los animales del orbe, de todos los seres
que viven y entienden el Mundo de la Magia Creadora custodiado
por el pájaro de los vuelos altivos.
El
niño posee a su vez la llave para invertir la legalidad habitual
de las cosas. En términos lógicos, la causa precede al efecto. Pero,
en la mente infantil, mediante los efectos podemos regresar al reino de la magia gobernada por las aves.
Así,
Villafañe recuerda que, una vez, en "un día de lluvia, dos chicos jugaban
dentro de
una casa de campo. Se habían llevado tierra en una caja y plumas.
Les pregunté: ¨¿Qué hacen?¨ Y me contestaron: ¨Plantamos
plumas para que crezcan pájaros¨. Lo sentí tan mío que lo usé
más adelante en un libro de poemas".
Plantar el efecto, plantar plumas para que crezcan pájaros.
Apelación infantil al versátil plumaje del ave, para que éste, mediante una
mágica germinación, cree el completo pájaro ausente. Un ser
alado parecido, tal vez, al que vuela en los cielos del Mundo de la Magia
Creadora.
Y la Comarca de Fantasía que los niños hacen presente en la
arcilla, es también un fluir creador sin puntos de detención
o descanso. En la realidad como Magia Creadora, todo se integra
y entrelaza sin gramáticas divisorias. Allí la creación es todo
y, a su vez, no es de nadie en particular. Así, Villafañe explicaba
que "en un libro de poesía, Cuentohistoriapoema...he
eliminado las comillas. Cito versículos de la Biblia, textos
del Popol Vuh, versos de Discépolo, de Tomas Elliot,
todo unido y sin comillas. El lector podrá jugar reconociéndolos".
Pero para llevar la arcilla hasta el niño y la marioneta, es necesario
primero cruzar el tiempo. Y esto lo asegura la inscripción del
carro, de La Andariega, de las ruedas que se mueven y
avanzan: "Rumbo al norte, sin descanso, cruza el tiempo La
Andariega".
En este cruzar el tiempo hacia la realidad siempre creadora,
el animal es compañero y guía. Así acompañan los animales a
Santiago en su vuelta al mundo; así, los sucesivos caballos
que impulsaron a La Andariega, u otros carros que albergan
el teatro de títeres, acompañan al maestro titiritero. Para
muchas tradiciones míticas, el animal es psicopompo, guía del
alma hacia el más allá, hacia el otro mundo. El animal
regala su fuerza y calor para que el poeta andariego y titiritero
atraviese el tiempo y lleve la arcilla hasta el niño y el títere.
Y los caminos se convierten entonces en caminos de arcilla.
La arcilla donde se hace presente el incansable milagro creador. (*)
(*)
Todas las citas pertenecen a:
Javier Villafañe. Antología. Obras y recopilaciones.
(Biografía y selección literaria Pablo Medina; ilustraciones
y guardas Nicolás Rubió), Editorial Sudamericana, Buenos Aires,
1990.
"EL
TÍTERE OBEDECE, PERO A VECES SE SALE...", entrevista a
Javier Villafañe por Yanina Kinicsberg (*)
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Izquierda: Javier empieza a vestirse de teatro, en el
Teatro Cervantes, en 1988; derecha: ya vestido de teatro,
el mago titiritero representa "El panadero y el diablo"
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Javier Villafañe
presentó la semana pasada Historiacuentopoema, "un libro
de viajero". A los 82 años, el escritor, poeta y titiritero
no deja de crear y tener planes, "me gusta hacer lo que
tengo ganas, sin hacer cálculos", asegura. Vive en su casa
del barrio de Almagro, con su octava mujer y dos sapos que comparten
el jardín. Villafañe, el vagabundo, recorrió todo el mun-do
sobre una carreta, La Andariega, mientras presentaba a sus amigos
los títeres y recogía historias para contar. Amante del buen
vino, el mate y las medialunas, de barba blanca y voz pausada,
el autor, declarado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires, confiesa
que sus ojos celestes están gastados. Aunque aclara: "Pero
me quedan otros con los que veo más lejos".
¿Qué
siente cuando se acusa a los políticos de actuar como títeres?
-Una
vez le escribí una carta a Alfredo Palacios, que en ese momento
era rector de la Universidad de La Plata, socialista, romántico,
un tipo extraordinario. La carta era porque él había insultado a
un conservador de que estaba actuando como un títere porque
obedecía. Yo le decía que equivocaba terriblemente el término
porque no se podía utilizar la palabra títere como una
expresión peyorativa, denigrante, sino que significaba dignidad y
que compararlo con un hombre iba en beneficio de ese hombre. El
títere obedece pero a veces no, a veces se sale.
-¿Cuál
es su relación con los títeres?
-Yo
les he hecho muchos reportajes a los títeres. Me han hablado, o
al menos yo les hago preguntas y si uno pregunta es porque tiene
la certeza absoluta de que hay eco. A veces los espío adentro de
la maleta. Cada títere no puede dejar de ser el personaje que es,
no como pasa con los actores de carne y hueso. Siempre trato de
agarrar a María y Juan, que son dos títeres enamo-rados,
haciendo el amor, y aunque todavía no los pesqué, estoy seguro
de que lo hacen.
-El
libro Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote es una
selección de sus reportajes con los títeres, ¿qué descubrió
de su primer títere, Trota-mundos?
-Trotamundos
es un personaje muy particular, a veces un poco intelectual, tanto
como loes el personaje del diablo. El diablo no deja de recordar
que fue un ángel y el primer revolucionario; repite siempre que
si aquella vez él hubiera ganado, entonces sería Dios y Dios
sería el diablo. Trotamundos está un poco disconforme porque
toda su vida fue un querer viajar y yo -titiritero vagabundo- no
he viajado. Viajar para Trotamundos es irse y no volver al punto
de partida.
-¿Por
qué siempre insiste en que es vagabundo?
-Vagabundo
es el que anda, el que camina. Da la sensación de uno que no hace
nada, o que camina por caminar, pero el vagabundo es el que va por
los caminos y no sabemos qué pasa adentro de él, cuál es el
motivo de esa huida. A lo mejor huye de sí mismo. O existe el
vagabundo que da la vuelta a la manzana todos los días. O aquel
que se va y anda y no sabe que es vagabundo. Todos lo son.
-¿En
qué cree?
-Sigo
creyendo en el amor, en la unión. Se comprueba que el hombre no
quiere compartir las cosas, quiere el árbol propio, el perro
propio, la pared propia, y uno debería querer a un árbol porque
es árbol y no porque sea de uno. Ese árbol -señala uno del
patio- es mío pero también es tuyo.
-Eso
se relaciona con la idea que usó en el libro Historia-cuantopoema
de no poner comi-llas cuando cita textos...
-Cuando
leés algo que te impresiona y lo repetís y lo repetís, y eso te
impresionó tanto, ya es tuyo. Porque el que lo escribió lo sacó
de algo que para él fue impactante y lo comunica tan bien que te
lo da a vos como una cosa tuya. La labor de uno es ir escuchando
cosas, soy como una gran oreja, pero nada es de nadie, las
palabras andan por el aire y hay que tender una mano, tomarlas y
pasarlas a máquina; las comillas son la cárcel de las palabras.
-¿El
escribir sobre un lugar o una situación le surge de la memoria o
de la imaginación?
-A
veces conozco después de haber escrito. Pero en general las
conozco y no las conozco. Por ejemplo, en el secundario yo siempre
contaba a mis amigos sobre la relación que había tenido con un
capitán de barco; era mentira, pero ellos se entretenían con la
historia. Y una vez conocí a un capitán que me invitó a hacer
un viaje largo, y lo hice. Miraba el mar, leía. Lo increíble era
que el capitán de barco, imaginado en cuentos, apareció en la
realidad.
-Leí
que una vez iba en barco y le tiró a las sirenas su reloj,
documentos y pasaporte, ¿cree en las sirenas?
-Por
supuesto. ¿Vos no? Quería sorprenderlas con el reloj, pero ya lo
conocían y no se asustaron del tiempo. Pero a las sirenas las
conocí mucho antes... en una Ilíada y una Odisea contadas por mi
madre.
-En
esa Navidad en la que viajaba de Gualeguaychú a Paysandú sobre
una canoa y se dio vuelta por la tormenta, pasó toda la noche en
una boya y al día siguiente salió publicado en los diarios que
había muerto, ¿qué sintió?
-Me
asusté mucho, es que uno le cree a los diarios. Mis amigos me
miraban y creían que era un fantasma o una aparición.
-¿Qué
cosas tienen magia?
-¡Hay
tantas cosas con magia! Afortunadamente sigue viviendo conmigo ese
ser que tiene la fortuna de asombrarse. Una vez yo pensaba sobre
lo que es el asombro. Sólo basta con asombrarse de poder
asombrarse; parece una paradoja pero no lo es. Mucha gente pone
paredes, redes, para no asombrase, como si el asombro nos apartara
un poco de la realidad; esa gente que cree que la realidad no es
el asombro, esa no entra adentro de él. Si cuando vas a poner la
cabeza en la almohada antes de dormir hacés un recuento de lo que
ocurrió en el día, las cosas que prevalecen, las que recordás
con más entusiasmo son las que no te imaginabas que iban a pasar.
Y no sólo para el tipo que camina por la calle buscando cosas,
sino también para el que está todo el día en su casa. A veces
hay días tan huecos que querés recordarlos y no podés.
El
hombre que engañaba a la muerte
"Una
vez descubrí que vivía un poco engañando a la muerte. Estaba yo
con mucha fiebre, una pulmonía tremenda, un estado moribundoso,
ya en las últimas. Un médico amigo venía a verme tres, cuatro y
hasta cinco veces por día. Una tarde le grité al oído: Estoy
bien, además tengo que firmar un contrato para unos espectáculos
dentro de tres años, tengo que hacer... Empecé a enumerar cosas
y el tiempo que me iban a llevar, tres, cinco y diez años. El
médico pensó que estaba sordo por cómo levantaba la voz. Cuando
se iba le di un abrazo y le dije al oído, en voz baja: Vos sabés
que la muerte está detrás de todas las paredes, las puertas y es
muy probable que esté aquí también. Entonces cuando escuche que
este caballero de la tercera edad tiene planes y libros para hacer
y que va a tardar un montón de años, la muerte va a pensar: «
¿Cómo lo voy a llevar? Hay tanto joven con ganas de suicidarse,
hay tanta gente que no tiene planes», que decide: ¡vamos a
dejarlo! Cuando el médico se fue, me dio la mano y había bajado
la fiebre." Javier Villafañe cumplirá 83 años el 24 de
junio.
(*)
Fuente: Entrevista de
Yanina Kinicsberg editada originalmente en revista La Maga,
Ciudad de Buenos Aires, EL 20 del 5 de 1992.
EL CABALLO QUE PERDIO
LA COLA, por Javier Villafañe
Esta es la historia de un caballo
que perdió la cola. Era un caballo blanco
con una larga cola blanca. Un día, al cruzar un arroyo, vio
en el agua su belfo mojado, sus orejas puntiagudas, sus cuatro
patas, y no vio su cola. Entonces, se detuvo; miró hacia atrás,
y la cola no estaba.
-¿Dónde olvidé mi cola? -se preguntó el caballo blanco.
Retrocedió. Fue a buscar la cola. La buscó entre unos tréboles; después fue a buscarla donde había comido flores de cardo. Reconoció sus huellas, y a cola no
estaba.
Y volvió a preguntarse:
-¿Con qué espanto las moscas en verano?
Y agregó:
-Quizás la olvidé en el agua.
Regresó al arroyo. Miró hacia el fondo, abajo. Vio unas piedras limpias; vio pasar el agua; vio raíces, unos troncos; vio unos peces, un botón; vio un pez largo, delgado, y la cola no
estaba.
-Estuve
... -trató de recordar-. ¿Dónde estuve? Recuerdo que esta mañana
al despertar tenía mi cola. Recuerdo -añadió- que tenía también
mi cabeza, mi cuello, mi lomo. Y había un perfume a yerbabuena. Después...
(La pampa es larga, ancha. Ni el cielo la limita, ni unos postes con alambres
de púa. El ojo ve donde se juntan cielo y tierra; pero la pampa va más lejos. Siempre hay un pájaro, una nube, un molino, un hombre caminando que no llega.)
-Quizás -se dijo el caballo- nunca tuve cola. Quizás llevaba atrás la rama de un árbol, la rama de un
sauce.
Se puso triste. Lloró unas lágrimas redondas, espesas. Y se tendió en la hierba sollozando.
-Un caballo sin cola no es nada-dijo.
Y se quedó dormido.
Esa noche soñó el caballo blanco. ¡Chas! ¡Chas! ¡Chas! Sus patas en el agua. ¡Chas! ¡Chas! ¡Chas! Su cola en el agua.
Y vio en un trebolar su cola alta y su cabeza abajo, su belfo abajo, sus dientes masticando. Y vio entre los cardos su cola arriba, alta, y sus dientes mordiendo espinas, tronchando tallos que crujían, y el belfo a ras de tierra.
Y vio el campo que se abría como un abanico. Y él sintiendo unas espuelas, un látigo,
unas riendas, un hombre, y atrás su cola en el viento que lo iba
llevando por una luz altísima.
Y vio en el sueño su cola enorme, su cola de caballo bajo la lluvia. Su cola y un hombre arriba, sudando, con un mensaje entre la camisa y el pecho.
Y vio en el sueño su larga cola mansa, y un hombre silbando que lo llevaba lentamente, y un llegar donde hay fuego, y donde una voz canta y suena una guitarra.
Y vio en el sueño su cola luminosa, inmensa, colgada entre un árbol y la luna, y él subía detrás, buscándola.
Al día siguiente despertó el caballo blanco y se preguntó:
-¿Cómo puede caber en un sueño una cola tan larga?
Miró hacia atrás y...
(Señoras, caballeros, niños; hay que darle fin al cuento. Tengo un papel, una lapicera; puedo escribir
-éste es mi oficio-: "Al despertar, el caballo blanco no tenía cola; la había perdido entre unos tréboles; fue a buscarla, y no la encontró". O bien, escribir: "Al despertar, el caballo blanco
encontró su cola; se le había perdido y la halló al pie de un cardo, o a la
orilla del agua, y fue feliz").
(Le ponemos la cola; es mejor. Pero no esa cola inmensa, luminosa como la de un
cometa, que llegaba desde la copa de un árbol a la luna. No, le ponemos una cola razonable y útil; la cola de un caballo, y puede ser larga, puede llegarle hasta la corva o más abajo, a los garrones. Una cola que a moje la lluvia, que se llene de abrojos o que a veces se le enreden
esos hilos sedosos de una flor de sapo o algunas mariposas muertas o
la baba del diablo. Una cola que pueda espantarle las moscas en
verano
(Además, ¿quién ha visto un caballo sin cola?) (*)
(*)
Fuente: Javier Villafañe, "El
caballo que perdió la cola", en Los sueños del sapo,
Hachette, Buenos Aires, 1963.
ALGUNAS
RECOMENDACIONES DE OBRAS DE JAVIER VILLAFAÑE:
-Títeres
de La Andariega, Edición Asociación Ameghino, Buenos Aires,
1936.
-Teatro
de Títeres, obras que presentó en el tablado de La Andariega
por pueblos y ciudades para diversión de los niños. Ed,
Tiritrimundo, Buenos Aires, 1943.
-El
gallo Pinto, canciones ilustradas por niños argentinos, Edit,
Universidad Nacianal de La Plata, La Plata, 1944.
-Los
sueños del sapo, cuentos y leyendas ilustrados por niños, Edit,
Hachette, Buenos Aires, 1963.
-Cuentos
con pájaros, Ed Hachette, Buenos Aires, 1979.
-La
vuelta al mundo, ilustraciones de Juan Ramos Alonso, Espasa
Calpe, Madrid, 1986.
-Los
cuentos que me contaron por el camino de Don Quijote, Edit.
Alfadil LAIA, Caracas, Venezuela, 1987.
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Javier
Villafañe, poeta y mago titiritero
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