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¿AQUÍ NACIÓ EL PRINCIPITO?
Fotos Esteban Ierardo, y texto "Oasis" de
Saint-Exupéry

Estatua
del Principio frente a los restos de Castillo San Carlos,
en las afuerda de Concordia, provincia de Entre Rios, Republica
Argentina.
Galería
fotográfica de San Carlos
Oasis,
por Antoine de Saint-Exupéry
Era
un templado día de enero de 1930. Un piloto francés, que
se hallaba entonces al frente de la incipiente Aeropostal
Argentina, volaba de Buenos Aires hacia Asunción del Paraguay.
Su propósito era buscar un sitio adecuado que oficiara de
escala intermedia entre las dos ciudades. Desde el cielo,
el hombre enfundado en su pájaro de metal divisó un lugar
apropiado. Descendió. Pero, al aterrizar, las ruedas de
su nave se aprisionaron en una vizcachera. Y esto obligó
al navegante del aire a permanecer tres días en la región
de Concordia, hoy la segunda ciudad en importancia de la
provincia argentina de Entre Ríos. Fue entonces cuando el
piloto, el hombre del aire, Antoine de Saint Exupéry, conoció
a la familia Fuchs. Familia, lo mismo que él, de origen
galo. Los Fuchs habían comprado en 1926 una casa, cerca
del Río Uruguay, llamada por el gran piloto, un "castillo
de leyenda". Hoy sólo quedan unas ruinas llamadas Castillo
San Carlos, en las afueras de la ciudad entrerriana
antes mencionada. El "castillo" fue creado en
1888 por la familia Demachy. Allí, Saint Exupéry descubriría
un mundo mágico, un encantado territorio de hadas, nutrido
en buena medida por el encanto de las hijas del señor Fuchs:
Edda y Susana. Con ellas, el piloto escritor, el poeta aviador,
habría de compartir deliciosos y ocurrentes momentos. Este
encuentro entre el artista y la espontaneidad y asombro
infantiles es inmortalizado por la pluma del gran escritor
en el capítulo "Oasis", del libro Tierra de
Hombres. Con este texto, donde Saint Exupéry recrea
su visita a la residencia de los Fuchs, podrán encontrarse
luego de la galería fotográfica, y del detalle de las imágenes,
que presentamos en este momento de Temakel.
Para no pocos, el descubrimiento de este lugar encantado
en la Argentina, su encuentro con las niñas, fundamentalmente
con Edda en el "castillo" fue la inspiración de
El Principito.
E.
I
GALERIA
FOTOGRAFICA DE SAN CARLOS
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Fotos:
Arriba: estatua
del noble Principito en el predio del Castillo de San Carlos.
1: Cartel que anuncia
la llegada al lugar de la mágica historia del piloto escritor;
2: Entrada al "castillo de leyenda". Aquellas
puertas vieron alguna vez pasar la corpulenta y alta figura
de Saint Exupéry; 3: El Principito, de perfil, proclamando
su reinado sobre el planeta de la imaginación y la fantasía;
4: Sucesión de ventanas del castillo que conducen al ojo
hacia la distante silueta líquida del Río Uruguay; 5: Gruesos
cables de metal que cuelgan de lo que alguna vez fue una
sólida y pulcra ventana; 6 la única foto conocida de Yolanda
Demachy, esposa de Eduardo Demachy, la pareja que construyó
y habitó el castillo en sus orígenes, en 1888; 7: a la izquierda:
Edda Fuchs; a la derecha, Susana; las dos niñas que encandilaron
al aviador poeta. Detrás de ellas se distingue a su padre,
y la mesa en la que cenaron con Saint Exupéry; 8: Imagen
de la representación teatral que, todos los fines de semana,
actores de Concordia realizan en las ruinas de San Carlos.
La obra representa la vida de los primeros habitantes del
castillo, la familia Demachy. Este renacer a la vida de
la antigua casa siempre suscita gran afluencia de público
(foto folleto de difusión turística de Concordia);
9: un paraje en las afueras del Castillo, un retazo de tierra
acaso muy parecido al que contempló el aterrizaje de la
nave de Saint Exupéry; 10: El Río Uruguay, desde una
ventana, aún viva, del castillo; 11: una de las fachadas
del escenario que albergó al aviador de la fantasía.
OASIS
Por Antoine de Saint-Exupéry
Tanto os hablé del desierto que antes de seguir hablando de él me gustaría
describir un oasis. La imagen que tengo de él no está perdida en el fondo del Sahara. Pero otro
milagro del avión es que os sumerge directamente en el corazón del misterio. Erais un biólogo, estudiando, tras el
tragaluz, el hormiguero humano; consideráis, fríamente, esas ciudades
asentadas en la planicie, en el centro de los caminos que se abren en forma
de estrella y las alimentan, a la manera de arterias, con el jugo de los campos. Pero
una aguja ha temblado en un manómetro y esa verde espesura se ha vuelto
un universo. Sois prisionero de un césped en un parque adormecido.
No es la distancia lo que mide el alejamiento. La pared de un jardín de nuestra casa
puede encerrar más secretos que la Muralla China, y el alma de una niña está mejor
protegida por el silencio, que lo están los oasis saharianos por el espesor
de las arenas.
Me referiré a una breve escala en alguna parte en el
mundo. Era cerca de Concordia, en Argentina, pero hubiera podido ser en cualquier otro lugar:
de tal modo está difundido el hemisferio.
Había aterrizado en su campo y no sabía que iba a
vivir un cuento de hadas. El viejo Ford en el cual rodaba, no ofrecía nada de particular ni tampoco la familia que me había recogido.
-Pasará usted la noche en nuestra casa.
Pero en un recodo del camino se descubrió, a la luz de la luna, un bosquecillo y detrás de esos árboles, una casa. ¡Qué cosa extraña!
Compacta, maciza, casi una ciudadela. Castillo de leyenda que ofrecía, al trasponer el porche, un refugio tan apacible, tan seguro, tan protegido como un monasterio.
Entonces aparecieron dos muchachas. Me consideraron gravemente, como dos jueces apostados en el
umbral de un reino prohibido. La más joven hizo una mueca de enojo y castigó el suelo con una varilla de madera verde. Una vez presentado ellas me tendieron sus manos en
silencio, con un aire de curioso desafío, y desaparecieron.
Estaba divertido y encantado a la vez. Todo ello era simple, silencioso y furtivo como la primera palabra de un secreto.
-!Eh! ¡Eh!, son salvajes, dijo sencillamente, el padre.
Y entramos.
Me atraía, en el Paraguay, esa hierba irónica que muestra la nariz entre el pavimento de la capital y que, de parte de los invisibles bosques vírgenes, llega a ver si los hombres mantienen aún la ciudad, si no ha llegado la hora de sacudir un poco todas las piedras. Me atraía esa forma de deterioro que no expresa sino una riqueza
demasiado grande. Pero aquí quedé maravillado.
Pues todo estaba ruinoso, y lo estaba adorablemente, a la manera de un viejo árbol cubierto de musgo al que la edad ha resquebrajado un poco, a la manera del banco de madera donde les enamorados van a sentarse desde hace diez generaciones. Los revestimientos de madera
estaban gastados, los batientes estaban raídos, las sillas patizambas. Pero si aquí no se reparaba nada, en cambio se
limpiaba con fervor. Todo estaba pulcro, encerado, brillante.
El salón adquiría un rostro de extraordinaria intensidad como
el de una anciana con arrugas. Yo admiraba todo: las grietas de las paredes, las desgarraduras en el techo y, por
encima de todo, ese piso hundido aquí, bamboleándose allá, como una pasarela, pero siempre bruñido, barnizado lustrado. Curiosa
casa, pues no evocaba ninguna negligencia, ningún abandono, sino un extraordinario
respeto. Cada año añadía, sin duda, algo a su encanto, a la complejidad
de su rostro, al fervor de su atmósfera amiga, como por lo demás a los peligros del viaje que era
preciso emprender para pasar de la sala al
comedor.
¡Atención!
Era un agujero. Se me hizo observar que en semejante agujero me
hubiese roto, fácilmente, las piernas. Nadie era responsable de ese agujero: era la obra del tiempo. Tenía un aspecto muy de gran
señor, ese soberano desprecio por toda excusa. No se me decía: "Podríamos tapar todos esos
agujeros, somos ricos, pero..." No se me decía tampoco -lo que sin
embargo era verdad- ''A la ciudad alquilamos esto por treinta años.
Le compete a ella repararlo. Todos nos empecinamos..." Se desdeñaban
las explicaciones y tanta soltura me encantaba. A lo más se me hizo
observar:
-!Eh! ¡ Eh!, está un tanto descalabrado...
Pero ello con un tono tan ligero que yo sospechaba que mis amigos
se entristecían poco ante el hecho. ¿Se imaginan ustedes a un equipo de
albañiles, de carpinteros, de ebanistas, de revocadores instalando, en semejante pasado, su sacrílega
utilería y rehaciéndonos en ocho días, una casa que uno nunca hubiera conocido y donde uno se creería
de visita? ¿Una casa sin misterios, sin rincones,
sin trampas bajo los pies, sin escondrijos? ¿Una especie de salón municipal?
De un modo muy natural habían desaparecido las jóvenes en esa casa de
prestidigitación. ¡Cómo debían ser los desvanes cuando el salón contenía ya las riquezas de un granero! ¡Cuando ya se adivinaba que
de la menor alacena entreabierta caerían paquetes de cartas amarillas, recibos del bisabuelo, más llaves que cerraduras existen en la casa y de las cuales ninguna, con seguridad,
correspondería a cerradura alguna. Llaves maravillosamente inútiles que confunden la razón y que hacen soñar con subterráneos, con cofres
enterrados, con luises de oro.
¿Pasamos a la mesa, si gusta usted?
Pasamos a la mesa. Aspiraba, de una a otra pieza, esparcida como incienso, ese olor
de vieja biblioteca que vale por todos los perfumes del mundo. Y sobre todo me atraía el transporte de las lámparas. Verdaderas lámparas
pesadas que se acarreaban de una pieza a la otra, como en los más profundos tiempos
de mi infancia y que movían, en las paredes, maravillosas sombras. Se alzaban, con ellas, ramilletes de luz y palmas negras. Luego, una vez en su sitio las lámparas, se
movilizaban las playas de claridad y esas vastas reservas de noche, en derredor, donde crujían las maderas.
Las dos jóvenes reaparecieron tan misteriosamente, tan silenciosamente como
se habían desvanecido. Se sentaron a la mesa con gravedad. Sin duda habían alimentado a sus perros, a sus pájaros,
abierto sus ventanas a la noche clara y gustado en el viento de la noche el olor de las plantas. Ahora, al desplegar sus servilletas, me vigilaban con el rabillo del ojo, con prudencia
preguntándose si me clasificarían o no en el número de sus animales familiares, pues ellas poseían también una iguana, una mangosta, un zorro, un mono y abejas. Todos ellos viviendo entremezclados, entendiéndose maravillosamente, componiendo un nueve
paraíso terrestre. Reinaba sobre todos los animales de la creación,
encantándolos con sus manecillas, alimentándolos, dándoles de beber y
contándoles historias que, desde la mangosta a las abejas, todos escuchaban.
Y yo me esperaba ver a dos jóvenes tan vivaces poniendo en juego todo su espíritu crítico, toda la finura de que eran capaces para
formular un juicio rápido, secreto y definitivo sobre el ser masculino que las enfrentaba. En mi infancia mis
hermanas atribuían, del mismo modo, notas a los invitados que por primera vez honraban nuestra mesa. Y cuando
la conversación decaía se escuchaba, repentinamente, en el silencio, resonar un:
-!Once!
Del cual nadie, salvo mis hermanas y yo, gustaba el encanto.
Mi experiencia de ese juego me turbaba un poco. Y yo me sentía más molesto al sentir tan despiertos a mis jueces. Jueces que saben
distinguir los animalitos que engañan de los animales ingenuos; que saben leer en los pasos del zorro si está o no
de humor abordable, que poseen un grandísimo conocimiento de los movimientos interiores.
Amaba esos ojos tan agudos y esas almitas tan rectas, pero cómo hubiera
preferido que ellas cambiasen de juego. Sin embargo, bajamente y por miedo del "once" yo les alcanzaba la sal, les servía vino,
pero encontraba, al alzar "la mirada, su dulce gravedad de jueces que no se venden.
Hasta la misma lisonja hubiera sido inútil: ellas ignoraban la vanidad. La sanidad pero no el hermoso orgullo. Y pensaban de
sí mismas, sin mi ayuda, mejor de lo que me hubiera atrevido a decir. No
pensaba siquiera en extraer prestigio de mi oficio pues es también audacia el trepar hasta las
últimas ramas de un plátano y ello simplemente para controlar si la
nidada de pájaros crece sin tropiezos y para saludar a los amigos.
Y mis dos silenciosas hadas vigilaban siempre tan bien
mi comida, con tanta frecuencia hallaba sus
miradas furtivas, que cesé de hablar. Se produjo un silencio y durante
el mismo algo silbó ligeramente sobre el piso, murmuró bajo la mesa y
luego se calló. Alcé una intrigada mirada. Entonces, sin duda,
satisfecha de su examen pero usando de la última piedra de toque y
mordiendo el pan con sus jóvenes dientes salvajes, la menor me explicó
simplemente con un candor con el cual confiaba, por lo demás, dejar
estupefacto al bárbaro si acaso yo era uno de ellos:
-Son las víboras.
Y se calló, satisfecha, como si la explicación hubiera debido bastar a
cualquiera que no fuera demasiado tonto. Su hermana lanzó una
rapidísima mirada para juzgar mi primer movimiento y ambas inclinaron
sobre sus platos los rostros más dulces e ingenuos del mundo.
- !Ah!...son las víboras...
Naturalmente que se me escaparon esas palabras. Aquello se me había
deslizado por mis piernas, había rozado mis pantorrillas y eran las
víboras.
Felizmente para mí, sonreí. Y sin forzarme, pues las jóvenes lo
hubiesen descubierto. Sonreí porque estaba alegre, porque esta casa me
gustaba, decididamente, más a medida que pasaban los minutos y porque
yo también experimentaba el deseo de saber algo más acerca de las
víboras. La mayor vino en mi ayuda:
-Ellas tienen su nido en un agujero bajo la mesa.
-Alrededor de las diez de la noche vuelven -añadió la hermana. Cazan
de día.
A mi vez, a hurtadillas, miré a las jóvenes. Su finura, su risa
silenciosa detrás de los rostros apacibles. Y admiré esa realeza que
ejercían...
Ahora, sueño. Todo ello está muy lejano. ¿Qué se ha hecho de esas dos
jóvenes? Sin duda se han casado. Pero entonces ¿han cambiado? Es muy
serio pasar del estado de muchachas al de mujer. ¿Qué hacen en una
casa nueva? ¿Qué se ha hecho de sus relaciones
con las hierbas locas y las serpientes? Estaban mezcladas a algo universal. Pero llega un día en que la mujer
se despierta en la joven. Una sueña con otorgar, finalmente, un diecinueve. Un diecinueve
pesa en el fondo del corazón. Entonces se presenta un imbécil. Por primera vez la aguda mirada se equivoca y se ilumina con bellos colores. Al imbécil, si dice
versos, se lo cree poeta. Se piensa que comprende los pisos agujereados, se cree
que ama a las mangostas. Se cree que lo halaga la confianza de una víbora que cimbrea bajo la mesa entre las piernas. Se le entrega el corazón que es un jardín salvaje, a él, que
sólo ama los parques cuidados. Y el imbécil lleva, en la esclavitud, a la princesa.
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(*)
Fuente: Antoine de Saint-Exupéry,
"Oasis", en Tierra de hombres, Buenos
Aires, Editorial Troquel, pp.60-66, 1959.
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