Ricardo Rojas (1882-1957) es un volcán de inspiración ya
apagado en la historia de la literatura argentina y latinoamericana.
Rojas fue quizá un oxígeno demasiado sutil en una atmósfera
enturbiada por la mediocridad y la inmediatez. Nace en el
norte argentino, en la provincia de Tucumán. En 1909 publica
La restauración nacionalista. Allí esculpe con nitidez
un primer gesto atípico: postula la conveniencia de que
el arte argentino se alimente de las tradiciones del arte
precolombino. Fiel a este primer postulado, en 1914, en
su obra La universidad de Tucumán, brega por la
fundación de un instituto de arte decorativo. El principial
atributo de aquella institución sería el generar obras nacidas
de una estilización del arte indígena americano.
Antes de
Rodolfo Kusch, José
Imbelloni, Dick Edgar Ibarra Grasso o Laurette Sejourne,
Rojas proclama la dignidad filosófica de las cosmovisiones
indígenas. Esta ponderación no supuso escarnio o negación
de lo europeo. Por el contrario, Rojas intenta una fusión
creadora de la impronta simbólica del arte nativo americano
con las técnicas artísticas modernas. Este es el espíritu
de su doctrina fundamental: Eurindia. En ella, Rojas
destaca, lo mismo que Frazer, y antes de Levi-Strauss o
Mircea Eliade, la unidad de la sabiduría de los pueblos:
los pueblos antiguos y los de Occidente, expresaron intuiciones
primordiales semejantes del mundo a través de sus símbolos.
La diversidad de las religiones alberga una sola creencia
fundamental. Las multiplicidades de tradiciones visten un
único saber. Tal es lo que manifiesta nuestro gran escritor
en su diálogo imaginario
El Cristo invisible.
La
sensibilidad ante lo arcaico, encauza también su pluma en
El país de la Selva, recopilación de leyendas, halos
de fantasía floklórica de la provincia argentina de Santiago
del Estero. En 1934, los avatares políticos lo obligan al
destierro en la Isla de Tierra del Fuego, en el sur de la
Patagonia Argentina. Allí, le da existencia a Archipiélago,
obra donde recupera la calurosa imaginación de la
religión de los onas.
En la localidad de Tandil, en la provincia de Buenos Aires,
en 1912, se precipita la famosa Piedra de Tandil, roca mágica,
extraña, que permanecía suspendida sobre un precipicio.
Al día siguiente de la caída del singular prodigio, Rojas
visita el lugar y urde el pequeño texto La Piedra muerta
donde contrapone la sacralidad de la piedra con la
atención turística y comercial que la roca había motivado
antes de su rodar cuesta abajo.
Rojas es un erudito autodidacta, un "estudiante libre
y perpetuo", según su propio decir. Exalta la épica
del general San Martín y sus soldados en El Santo de
la espada (1933) y concibe dos obras esenciales en torno
a Sarmiento:
El pensamiento vivo de Sarmiento (1941) y El profeta
de la Pampa (1945). Escribe una importante Historia
de la Literatura Argentina y crea, en 1913, la primera
cátedra de literatura argentina en la Facultad de Filosofía
y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es decano de
esta última facultad, y rector de la universidad en el período
de 1926 a 1930.
También su fervor se derrama en cuatro obras de teatro (Elelin;
La casa colonial; La Salamanca; y Ollantay);
y en el poema Albatros.
Ahora, en en este momento de la Argentina Invisible de
Temakel, caminaremos entre las galerías y los símbolos
de la que fue la morada de Ricardo Rojas. Un ejemplo arquitectónico
de su doctrina euríndica. Recuperaremos su escritura grávida
de inquietudes cosmológicas y afinidades poéticas con las
antiguas culturas americanas.
Esteban Ierardo
LA
DOCTRINA DE EURINDIA
La doctrina de Eurindia es de tanta latitud,
que se funda en las fuerzas creadoras de la tierra, y penetra
en la historia de la civilización humana. ...La emoción
y el instinto identifican al nativo con su territorio, en
virtud de una ley universal de geografia humana; los númenes
del lugar obran sobre el individuo, pero a través de él
se tornan conciencia colectiva, y acomodan las instituciones
a la función del grupo...En cada rama de la doctrina (de
Eurindia) se busca discernir lo americano y lo europeo,
conciliándolos, cuando tal cosa puede ser favorable a nuestro
ideal. Teorías europeas como el humanismo, la democracia,
la
teosofía, son lingotes de la liga nueva en mi crisol, dentro
del cual se funden con la argentinidad, con el indianismo
y con la conciencia de lo continental. En esa fusión reside
el secreto de Eurindia. No rechaza lo europeo; lo
asimila; no reverencia lo americano; lo supera. Persigue
un alto propósito de autonomía y civilización. Persiguiéndolo,
ha descendido por el análisis a lo profundo de nuestro ser
nacional; pero lo argentino sólo es una parte de lo americano:
de ahí que este nacionalismo no es localista dentro del
continente. Así también, el razonamiento ha tomado por punto
de partida la documentación literaria, en cuanto es índice
general de la cultura; pero como la poesía sólo es una parte
de la belleza, mi doctrina se extiende a todas las formas
estéticas. Las naciones del Nuevo Mundo se yuxtaponen por
su territorio, su gentilicio, su autonomía política, sus
intereses económicos, cosas a veces excluyentes entre sí;
pero hay una zona espiritual en que descubren sus afinidades,
y tal es la zona del arte. Gracias a ello he podido hallar
las leyes que rigen estos fenómenos de la cultura americana,
mostrando en toda su latitud continental y estética, la
doctrina de Eurindia.
DENTRO DE EURINDIA: LOS SIMBOLOS DEL MUNDO
El universo de los indios americanos reducíase a la visión
empírica de la tierra y del cielo, tal cual los contemplaban
naturalmente, según ocurrió en otros culturas
arcaicas, como la de los primitivos griegos y etruscos.
Aunque es probable que los egipcios y los caldeos conocieron
una doctrina esotérica sobre el sistema estronómico, tan
avanzada como nos la podría representar la sola imagen del
Zodíaco, la concepción cosmogónica de los pueblos antiguos
no difirió en mucho de la que tenían los indios americanos.
Esta era, sin embargo, mucho más trascendental de la que
hoy se les atribuye vulgarmente, según lo revelan restos
de observatorios solares, corno el Inti-huatana de Pisac
y los calendarios aztecas. Además, en los símbolos arqueológicos,
nosotros no podemos ver sino una mínima parte de lo que
supo el magisterio de sus antiguas ciudades iniciáticas.
Me refiero, como se habrá comprendido, a esas fabulosas
ruinas de ciudades prehistóricas anteriores a los incas,
de las cuales salieron los símbolos de la más vieja sabiduría,
cuyas fragmentarias reliquias formaron después las civilizaciones
epigonales que hallaron los europeos de la conquista.
Uno de aquellos primitivos santuarios fue Tiahuanaco,
y allí queda como una enciclopedia de granito, la más antigua,
perdurable y completa representación de lo que podemos llamar
los símbolos del mundo. La Puerta del Sol vuelve así a nuestra
consideración, porque ella es el monumento en que de modo
más completo se armoniza la función ornamental y la función
hierogramática de los signos. Ya Wiener había dicho, aunque
muy brevemente, y por simple intuición de conjunto, lo que
Posnansky, cuarenta años después, analizaría con paciencia
encomiable. Si esa piedra es venerable por su magnitud ciclópea,
por su antigüedad legendaria, por su soledad misteriosa,
por su carácter estético, en fin, no lo es menos por su
significación religiosa. El admirable estudio de Posnansky
sobre dicha piedra, y el repertorio gráfico de sus signos
iconológicos, transcriptos por el sabio con minuciosa nitidez,
nos dan una prueba de lo que afirmo. La Puerta del Sol así
analizada resulta un verdadero pórtico milenario alzado
por los titanes de los Andes ante el misterio del mundo.
Entre los arabescos del sobredintel,
puramente ornamental en apariencia, podemos hoy individualizar
en su forma estilizada y en su intención iconológica varios
símbolos de la
mayor importancia. Ante todo, el signo escalón, emblema
de la tierra, ya descifrado por Wiener y sobre el cual insistiré
más adelante en homenaje a su misma grandeza. Entretanto,
mencionemos el puma, símbolo del Sol y de la fuerza; el
cóndor, símbolo del espacio y del movimiento; el pez, símbolo
del agua y de la luna; el ojo alado, símbolo del rayo y
de la lluvia; el pie, símbolo de la marcha; la mano, símbolo
de la acción; el cetro, símbolo del poder; la corona, símbolo
de la jerarquía; el falo, símbolo de lo masculino; el círculo,
símbolo de lo femenino; la cruz, símbolo del sexo copulado,
o, mejor dicho, de la fecundidad universal. Todos estos
signos reaparecen desde el norte de Yucatán hasta el sur
de Calchaquí, por el sistema andino, como rastros de una
sola civilización.
La afirmación de que el signo escalonado representa
la tierra, podría parecer una de las tantas conjeturas en
que no suelen mostrarse tímidos los arqueólogos, si sólo
se atiene el crítico actual a su idea de la que la tierra
es redonda y de que dicho símbolo, sobre todo en sus estilizacioncs
más esquemáticas, aparece tan distinto de aquélla. Pero
en la obra de Wiener se presentan numerosos paisajes andinos
con los que se ve el perfil de cerros escalonados; como
en la fortaleza de Ollantaytambo y el corte seccional de
un faldeo escalonado de la sierra, y se comprobará que se
trata de líneas idénticas a las del signo en cuestión. De
ahí que dicho signo escalonado sirve de símbolo cosmogónico
a la tierra con su perfil de montañas, como en la Puerta
del Sol, y de símbolo histórico a las ciudades o pucaras,
como resulta innegable después de habérselo estudiado en
los jeroglíficos mexicanos.
Yo
creo que los arqueólogos aciertan al interpretar el signo
escalonado como representación de la tierra; pero convendría
anotar que dicho signo, cuya estructura reposa en el ángulo,
puede simbolizar diversas variantes de la tierra según la
posición de los ángulos combinados. Así, por ejemplo, una
figura es el panorama de la serranía, cuya cresta dentada
se recorta en el horizonte de la tarde; otra figura es el
perfil ...de la simple senda del faldeo alpestre, por donde
suele ir el indio con su llama; otra figura es ya la ciudad,
el teocalli, el pucara, la fortaleza en su parte exterior,
tal como aparece con significado indudable en los jeroglíficos
mexicanos; otra figura es la casa y el pórtico del templo;
otra es la cuenca del mar o de los lagos, como la vemos
en la Puerta del Sol, con su emblemático pez adentro; otra
es la tierra en sus altiplanicies o en sus panoramas totales;
y otra, que es la inversión de la precedente, sería cl cielo,
zigzagueado por el rayo...(Así) ya no parecerá tan
infundado que en la geometría de varios escalones convenientemente
estilizados puede verse el símbolo de la montaña, luego
de la casa, y por fin, del cielo, techumbre visible que
parece apoyarse en las montañas, formando nuestra casa universal.
SIMBOLOS
DE LA DIVINIDAD
Los signos mitomorfos no son generalmente sino las formas conocidas de la naturaleza, animadas del misterio hierático y revestidas de la pompa litúrgica.
De un extremo al otro de América, el sol y los astros, al par del agua y los
elementos, constituyen el centro de su iconografía religiosa. En países como México, donde los
jeroglíficos han permitido identificar de un modo cierto a los dioses, o como en el Perú, donde los cronistas españoles dejaron noticias que ayudan en
las conjeturas, aquella verdad se comprueba, y los
númenes aparecen decorados o simbolizados por los más diversos seres de la fauna y la flora, o por gestos y fragmentos de la figura humana, que sirven para nombrarlos o evocarlos. Ya
ocurrió algo semejante en la mitología griega, y no debemos tildar de bárbaros, ni
de ingeniosamente pueriles, a aquellos pueblos que hacen lo mismo que nosotros hacemos. En
el culto católico, un ojo triangular representa a la Providencia; el cáliz y la cruz, son símbolos de la Pasión; el corazón de Jesús entre una aureola solar, y hasta el sol
mismo... aluden a la imagen de Cristo. Las palmas de la Pascua, las fogatas de San Juan,
el pesebre de Navidad con su asno y su vaca, el dragón que es el diablo bajo el caballo
del Apóstol, la espada flamígera del arcángel alado, la víbora del mal y la luna de Isis bajo
los pies de María, no son sino reminiscencias de una simbología universal que, bajo las mismas o parecidas formas, aparece en algunos pueblos precolombinos y que es común a todas las religiones. El culto religioso obra por la emoción y por el símbolo: arte y medio de
iniciación ocultista. De tal forma ha de mirarse la profusa mitografía de los indios, cuya profundidad no advierte el hombre frívolo ni el fetichista vulgar,
como tampoco la advierte en las religiones actuales que así practica.
Todas aquellas serpientes espantables, aquellos pumas
imponentes, aquellos cóndores excelsos, aquellos seres biformes, absurdos, fatídicos, son dioses, iguales a los
nuestros, máscara de las fuerzas naturales y de los poderes espirituales que gobiernan el Universo.
Quien no contemple la iconografía religiosa con espíritu esotérico, no podrá ser su intérprete. El arte
fue para ellos liturgia, y la religión símbolo mitológico. El hombre nuevo de América ha de llegar a esa plenitud mística, para volver a ser el hijo de ella. Ver en las imágenes del Universo el velo
de la maya hindú que cubre la faz de los dioses, y ver en los dioses la fuente de la
belleza corporal, he ahí nuestra clave estética y religiosa. Con ese espíritu suelo contemplar yo las urnas historiadas que
el arqueólogo saca de nuestros cementerios indios, tumbas de los antepasados; antepasados no en la sangre, sino en
el espíritu, al ser ellos los primeros en que la tierra de América se hizo carne para encarnar su verbo.
Si los pueblos calchquíes alcanzaron una noción cosmogónica y una representación gráfica de los cuatro elementos naturales, no será aventurado creer que la insistencia con que sus artistas pintaron a la víbora, la
rana, el avestruz
y el cóndor, pudiera ser una alusión simbólica al fuego, en el ofidio que finge al reptar
el zigzag del rayo y la ondulación de la llama; al agua, en la rana de
los charcos, pululante después de las lluvias; a la tierra en el
avestruz que la recorre aventando el polvo de los ágiles pies con el
plumero de las alas; al aire, en el cóndor que remonta hacia la
inmensidad azul sobre las cumbres.
Uno de los
signos mitomorfos más repetidos en América suele ser la víbora, que en
México se nos representa con cabeza femenina, como en la iconología
del paraíso biblico. La vívora contiene el misterio de representar la
vida elemental y la muerte inesperada; de simbolizar las reencarnaciones
cárnicas en las remudas de su piel; de ser el fuego en su ondulación y
la luz en su lengua, por donde la vívora representa una serie de
concordancias ocultas que la hacen emblema del sol y de la inteligencia,
de la luna y del amor, de la tierra en que se arrastra como vestida de
flores, y hasta del aire, donde estalla el zigzag del rayo, víbora del
cielo. Ella es así el personaje del bien y del mal, de las caídas
terrenales y de los diluvios punitorios, génesis de la vida y juicios
de la muerte, y al cerrarse en círculo como en el sello de Salomón, y
al tener dos cabezas con un cuerpo, o dos cuerpos con una cabeza, o
cabeza coronada como el basilisco o cuerpo alado como el dragón, es
el cosmos y un compendio de la sabiduría. Como símbolo de todo esto ha
de tomársela cuando aparece en vasos, discos, piedras, códices,
templos, amuletos y otras formas en la arqueología americana, siendo
ella el lazo de unión de toda la ornamentación americana y el atributo común con el culto de todos los continentes.
Con los
anteriores mitos nos movemos todavía en la atmósfera de un vago
panteísmo natural; pero se sabe que hubo un panteón indígena análogo
al del Olimpo griego por su representación antropomórfica, y semejante al de
los cielos egipcios por su significación cosmogónica.
La leyenda popular de los incas les atribuye un culto astrolático, no solamente reducido a las imágenes del Sol, la Luna, el Lucero, el Rayo, el Iris, que usaban en sus templos, sino que se interpretan sus ritos como los de un mero fetichismo astronómico. Nada más
equivocado. Pues dichas formas visibles en el cielo o en el Santuario eran
símbolos de fuerzas ocultas o divinidades más
altas. Los cronistas españoles han transmitido la noticia de aquella misteriosa trinidad suprema llamada
IllaTici-Viracocha, espíritu del abismo, causa primordial infundida en el agua y en la luz; y a estos nombres se vincula una complicadísima cosmogonía simbólica, en la cual se incluye
el génesis del mundo, del hombre y de la civilización, en forma no muy diversa de la
de análogas leyendas europeas. Las concepciones del paraíso y el infierno parecen corresponder a las zonas llamadas el Hanan-Pacha y el Urin-Pacha. El Hachalakok aimara, gran culebrón que habita el interior de la tierra, podría ser el dragón luciferino, como la
Cuatlicue rnaya y la Pachamama calchaquí podrían corresponder a la Demeter clásica. De todo esto hay
crónica escrita y tradición folklórica y representación iconográfica que no ha
de tomarse literalmente, pues cada uno de esos mitos es un símbolo. Los
más avanzados pueblos americanos conocieron la idea de un dios único e invisible, respecto del cual todos los dioses
de la mitología
son meros emblemas y todas las mitologías se corresponden dentro de una interpretación
más general.
El americanista Brinton ha estudiado la génesis y significación de
los mitos de América, y cuando se lee su obra científica o libros indígenas arcaicos como el Popol
Vuh, uno comprende cuán superficial es el criterio moderno, que desdeña estas cosas sin haberlas estudiado.
LOS SIMBOLOS DEL HOMBRE
Se podría afirmar que todas las artes plásticas son en sí mismas un símbolo
del hombre, en el múltiple sentido de que refleja el ambiente que al hombre le
rodea, y copian al modelo antropomórfico con especial atención, y expresan bajo sus proteicos signos la idea que la conciencia humana se ha formado del Universo. Así podemos ver cuán poco se diferencian las culturas
regionales y los períodos históricos. La arqueología americana descubre, al fin de cuentas, un hombre que, a pesar de sus características formales, se parece al hombre de otros cimas y tiempos en lo que tiene de esencial.
Después de tantas conjeturas más o menos científicas
para interpretar la iconografía arqueológica, lo único que
persiste en el acuerdo de los sabios es la atribución de un simbolismo cosmogónico
a sus principales hierogramas, y dentro de su anecdotario mitológico, del que dan cuenta los cronistas antiguos y los folkloristas modernos, solemos entrever claves astronómicas, representaciones antropomorfas y zoomorfas del sol,
de la luna y de la tierra, con todos los misterios de la vida y de la muerte en
el torbellino de los elementos, o sea lo mismo que el hombre actual lleva en su conciencia.
Con menos latitud y hondura, el hombre deja asimismo sobre los objetos que decora un reflejo de su propio
vivir anecdótico. Cuando el antiguo artista egipcio pintaba de perfil la silueta del amigo sobre un muro, quería retener la pasajera imagen de una sombra mediante otra sombra, por cierto más durable. Como en la efigie de la momia y en los objetos del rito funeral, en los cementerios indios aparecen hoy aquellas figuras milenarias, llenas de color, de personalidad y de vida, claros testimonios prehistóricos de una realidad
que puede nuevamente reanimarse en nuestra fantasía.
En el Perú incaico encontramos ciertos cueros pintados con temas
anecdóticos de su mitología, de su historia y aun de su vida cotidiana, en
los que se reconoce, tan fácilmente como a los dioses y totems, a los hombres en su jerarquía,
en sus lances heroicos, en sus trabajos serviles. Tipos de raza, jerarquías sociales, aventuras en que no falta la nota
burlesca, armas, trajes, utensilios, completan el repertorio de esos verdaderos documentos, símbolos del hombre americano.
Por esas figuras, como en libros abiertos, podemos imaginar
cómo
eran los indios de aquel tiempo, entre los que no suelen faltar nobles figuras
de tez pálida y vestiduras suntuosas, distinguiéndose bien cuándo se trata de copias realistas y cuándo de intencionados jeroglíficos.
...Porque en el fondo
de los
tiempos, sobre esta América, sólo hay un grande, impenetrable misterio, como en
el resto
de la tierra, por lo demás. Lo que más parece haber durado de la obra humana son las
reliquias arquitectónicas, testimonios de piedra. La Puerta del Sol, de Tiahuanaco, en nuestra América meridional, es, según se cree,
el más antiguo monumento en su género. Reliquia sin parangón, tal singularidad bastaría
para tornarla notable, porque a la materia duradera en que fueron labrando sus relieves, y a la variedad enciclopédica de sus signos, y a la simetría canónica de su esquema, y a la impresión hierática de su conjunto, y a la evidente antiguedad de su origen, ha de agregarse el legendario misterio que la envuelve, pues el monolito está rajado, como si lo hubiera roto un cataclismo, y la prolija decoración está inconclusa,
como si el artista hubiera interrumpido su tarea al sobrevenir la catástrofe que terminó con aquella antiquísima cultura. Hoy no quedan en torno sino la desolación
del lago y de la montaña, más silenciosos de su secreto que la boca del indio meditabundo.
Digno de nuestro respeto es el hombre
que levantó tales monumentos y que dejó en la piedra su
propia imagen divinizada, como testimonio de la propia grandeza
(1). (*)
(*)
Fuente: Ricardo Rojas, Eurindia. Ensayo
de estética sobre las culturas americanas, Buenos
Aires, Ed. Losada, 1951.
(1) Ver Ricardo
Rojas, Silabario de la decoración americana, Buenos
Aires, Ed. Losada, 1953.