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LA
CASA DE UN POETA
La
morada de Pablo Neruda sobre las olas del Pacífico
Texto La casa de un poeta y fotos Esteban Ierardo

Galería
fotográfica de Isla Negra
Cuenta
Margarita Aguirre
La
casa de un poeta, por Esteban Ierardo
La casa ... No sé
cuando me nació.. Era a media tarde, llegamos a caballo
por aquellas soledades ... Don Eladio iba delante, vadeando
el estero de Córdoba que se había crecido ...Por primera
vez sentí como una punzada este olor a invierno marino,
mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos...Aquí, dijo
don Eladio Sobrino (navegante) y allí nos quedamos. Luego
la casa fue creciendo, como la gente, como los árboles.
Pablo Neruda
En su casa frente a las olas del Pacífico, Neruda veneró
los colores poéticos del mundo. Poseía otras dos casas:
La Sebastiana, en Valparaíso y La Chascona,
en las faldas del cerro San Cristóbal, en el mismo centro
de Santiago. Pero su morada de Isla Negra era su
altar preferido. Neruda compró esta casa en el año 1939.
Allí, le dio su lugar a vastas colecciones de barcos en
miniatura, caracoles, libros sobre pájaros y plantas, muñecos,
diversos objetos. Y mascarones de proa como La
Guillermina, mascarón de proa comprado en Perú, o La
Medusa, y María Celeste. En la casa de Isla
Negra se halla también el escritorio donde el Nobel
de Literatura escribió Alturas de Macchu Picchu.
La casa frente al Pacífico albergó a Delia del Carril, La
Hormiguita, escritora y pintora argentina con quien se casó
en 1934 (su segunda esposa) y, a grandes amigos en interminables
tertulias. La pieza de Neruda domina todo el paisaje marino.
Actualmente la casa de Isla Negra es un museo visitado
por miles de turistas. Museo mágico que le presentamos aquí,
en la Obra Solar de Temakel, mediante una
galería fotográfica, un texto sobre la casa y su historia
de Margarita Aguirre, secretaria del gran poeta chileno,
y un texto personal, La casa del poeta, que he escrito
desde la inspiración de la morada nerudiana pero aspirando
a intuir la potencia simbólica de la peculiar clase de casa
donde habitan los poetas.
EI
GALERIA
FOTOGRAFICA DE ISLA NEGRA Todas las fotos pueden ser ampliadas
mediante un clic
CUENTA
MARGARITA AGUIRRE:
"Neruda compró la casa de Isla Negra a un español socialista,
viejo capitán de navío, retirado, que la construía para
vivir con su familia. Como la casa estaba
a medio hacer, el poeta pudo terminarla a su gusto; continuó
la estrecha ala de cemento con un ancho living-room de piedra,
en el cual abrió un enorme ventanal que causa el asombro
de los arquitectos y entendidos: desde allí pueden verse
la playa, el rompiente de olas, el vasto cielo y una larga
extensión de costa que va hasta el puerto de San Antonio.
Entre el living y el ala de los dormitorios y del comedor
hay una alta torre. El piso inferior de la torre está relleno
de conchas marinas y allí se encuentra el gran timón de
un barco junto a un farol que iluminó alguna callejuela
del puerto; en el segundo piso de la torre estuvo el dormitorio
del poeta, dormitorio redondo con ventanas que miran
hacia el mar, que da a un pasillo que luego se ensancha
bajo el tejado. A este segundo piso de la casa se sube por
una escala de cordel, como la de los barcos. Junto a ella
se encuentra La Medusa, enorme mascaron de proa,
de madera pintada, que han roído y desteñido los años y
la sal de los mares por donde abrió la ruta de su barco.
En el extremo opuesto del living, y suspendida de la baranda
del segundo piso, está la María Celeste, mascaron
de proa más pequeño. La María Celeste es de lustrosa
madera oscura; su rostro, de una dulce e imperiosa belleza.
Al construir el living, se respetó una gran roca negra que
ahora surge altiva y solitaria en su rincón, rodeada de
cactus y de plantas que florecen en la tierra que la circunda.
El resto del piso es de baldosa de greda roja. En una de
las paredes hay una gran chimenea; frente al ventanal, una
larga mesa de madera maciza, a la cual solía sentarse Neruda
a escribir o a observar con su catalejo el vuelo de los
pájaros.
Diseminados por la
casa hay una colección de barcos en miniatura, casi todos
ellos de gran valor. No faltan, desde luego, la colección
de barquitos armados dentro de botellas, el unicornio del
narval y los colmillos de elefante con escrituras antiguas.
Un inmenso globo terráqueo descansa en un rincón. Encima
de la mesa hay una brújula china, un sistema planetario,
piedras, pitos marineros, caracoles, libros sobre pájaros
y plantas, narraciones de viajes y las poesías del conde
del Villamediana.
Afuera hay un mástil con banderas marinas, y a su lado,
un tercer mascaron de proa, junto al cual Neruda se ha fotografiado
muchas veces...
"En
las arenas de Magallanes te recogimos cansada,
navegante, inmóvil
bajo la tempestad que tantas veces tu pecho dulce y doble
desafió dividiendo en sus pezones...
..."
Para mí tu belleza guarda todo el perfume,
todo el ácido errante, toda su noche oscura.
Y
en tu empinado pecho de lámpara o diosa,
torre turgente, inmóvil amor, vive la vida....
"A
una estatua de proa", Canto General, Pablo Neruda
LA
CASA DE UN POETA
Por Esteban Ierardo
"En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes,
sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no
es un niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre
al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado
mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana
a la noche".
Pablo
Neruda, "Memorias".
En Isla Negra Neruda construyó su casa. Casa de poeta. En
una isla que no es nombre de una geografía separada, sino
de una localidad, un jirón del suelo dentro
del continente americano. La isla es lo separado de los
continentes, del cuerpo mayor de la Diosa Terrestre. Un
ser fragmento. Pero la isla del hacedor de versos, es gema
que chispea dentro de la amplitud terrestre.
Un primer candil que enciende la morada de un poeta: el
de un soplido grácil por el que la isla pequeña y separada
se re-une con la Tierra Mayor. Donde habita el poeta arde
el altar de lo que re-une. La isla pequeña se re-une con
la tierra vasta.
Y Neruda
celebró en sus poemas las aguas, la lluvia, las olas y el
mar. Porque también donde habita el hombre de los versos,
en la Casa del Poeta, los oleajes del mar, y las serpientes
líquidas de lluvia, y los murmullos de los ríos y los arroyos,
se reúnen, con la porosidad multiforme de los bosques y
selvas, y los tapices herbáceos de las llanuras.
En la
Casa del Poeta la parte, la isla, se re-integra con
el todo, del continente, de lo que contiene. Y en aquella
casa, el cielo desciende al suelo firme; y la tierra asciende
a los cabellos de vapor de las nubes.
En la Casa del Poeta la voz es el encantamiento que propicia
la danza circular y libre de los elementos. En la percepción
habitual, el agua es liquidez para el aseo personal, ruta
para las embarcaciones de guerra, carga o placer; agua para
el nadar o navegar como esparcimiento. El agua es para el
hombre y para nada distinto de él.
En la
percepción habitual, el fuego es calor que hace digerible
el alimento; es llama trémula que protege del acecho animal;
es calidez de la chimenea y estufa para despellejar al frío
intruso; el fuego es para el hombre y para nada distinto
de él.
En la
percepción habitual, el aire es vitamina irremplazable de
los pulmones; es brisa amable que modera un calor sofocante;
es dedos crispados que impulsan las astas de un molino;
es corriente veloz impelida por el ventilador o "aire
acondicionado". El aire es para el hombre y para nada
distinto de él.
En la percepción habitual, la tierra es alfombra sobre la
que se aloja el mobiliario del pueblo o la ciudad; o pilar
de roca y cal sobre los que se erige el edificio o
la casa sedentaria de las ciudades; es receptáculo del agua
que nutre al árbol que luego se tala, para la celulosa;
o de la planta, cuyas raíces luego se arrancan para
las industria de alimentos. La tierra es para el hombre
y para nada distinto de él.
Pero en la Casa del Poeta, la voz del hombre hace que el
hombre deshumanice el agua, el fuego, la tierra y el aire.
Los elementos dejan de ser sonajero agitado por la posesión
humana.
En la voz que vive en la Casa del Poeta, cada elemento recupera
su libre danza a espaldas de la utilidad humana. Y cada
elemento recobra su potencia de contagio. Música del contagio.
Musicalidad del agua que se contagia con el fuego del rayo
que, incandescente, cae sobre el mar o el río; el crepitar
sonoro del fuego que vibra y se contagia de aire; el ulular
y el silbido del viento que vibra y se contagia de la tierra
y las voces de sus seres, y del crujido lento de las placas
tectónicas; o de las piedras al rodar sobre las laderas
de las montañas.
En la Casa del Poeta, el poeta habla, canta. Y en su voz
los elementos son de nuevo músicas que se contagian entre
sí y se reúnen para hilar una polifonía común.
En la
Casa del Poeta acontece la negación de lo separado y la
música de los elementos que se contagian entre sí. Pero
existe mucho más en la casa. Neruda sentía predilección
por los mascarones de proa, por los barcos en miniatura.
La proa es el ojo del barco que, lo mismo que casi todos
los seres, sólo puede percibir lo que despunta delante.
Pero el delante del mar es líquido horizonte, desnudo; no
el espacio fracturado de la urbe moderna y sus edificios.
El iris, los ojos, del mascaron de proa perciben ese instante
en el horizonte del mar, en el que el amanecer es acto maternal:
momento en que la Diosa Noche, que se retira, pare a su
hijo dorado, el disco en llamas. El nuevo sol. En el mar,
en el horizonte, el espacio abre una vulva para que la esfera
solar, y los tejidos de la vida, renazcan.
La
memoria del mascaron, la memoria de los ojos del barco, son recuerdo de la repetida historia del nacimiento
del sol. Pero el mascaron no es sólo sostén de los ojos que presencian
los nacimientos solares en el alba del mar. Es también máscara.
Máscara ritual que reviste el rostro del sacerdote, de un poético
invocador de lo sagrado. Para que el poeta cante la vulva del espacio
que se abre, en el alba, en el mar.
En la
Casa del Poeta se desvanece la separación; se contagian entre sí la
musicalidad de los elementos, se dice y celebra la diosa nocturna que
mana un nuevo hijo soleado en las auroras del océano.
En su
Casa de Poeta, en su escritorio, cerca de una ventana que se abre al
mar, Neruda escribió un arte de los pájaros. Pájaros que le reclaman al poeta
que su casa no sólo sea sitio de reunión, sino también de expansión.
Habitual es que el ave inicie su vuelo desde las ramas del árbol, o las rocas de una
falda montañosa. O incluso podríamos imaginar un planeo anterior. El ave
posada en la copa arbórea, en la roca de montañas, se dispone ahora en el lomo de la nube o la
cúspide del
cielo. Y endereza su pico hacia la profundidad del abajo. Y remonta vuelo
hacia alturas descendentes.
El arriba o el abajo como inicios del
planeo del ave, hablan de espacio. Pero el pájaro y el poeta sólo secundariamente
recorren la amplitud espacial. Primero se hermanan en la conspiración
contra las estatuas atenazadas de tiempo...
Con sus brazos
intangibles, el tiempo enrolla cada cosa y partícula para retenerlos dentro de sí.
Los tentáculos temporales convierten lo ya ocurrido en estatuas de tiempo petrificado, quieto.
Pero lo que el
tiempo petrifica añora un sitio donde la vida es torrente, acto
presente de plenitud.
Desde su casa, el poeta y
el pájaro urden los vuelos, los poemas, para desenrollar las estatuas,
cortar las tenazas de lo ya ocurrido y empujar lo que antes fue tiempo
petrificado al presente sin tenazas, un magma en acto, un frescor en el que el mundo es siempre exaltación calurosa, sin
trazas de
hielo.
El pájaro y el poeta hacen que las estatuas de tiempo salgan de
sí, rocen un afuera de un continuo presente de magma y frescor. La salida del
tiempo es éxtasis. Vuelo hacia un frescor sin desgaste en
el borde de cada instante de tiempo. Y es la mañana. En la mañana...
El sol acaba de
esmaltar con su alegría las aguas del Pacífico. Neruda y su
casa atisban lejanos castillos de espumas en el océano, y escuchan el oleaje que rasga las rocas
de la costa.
El poeta
sólo camina,
respira, afina quizá la música de algún poema dentro de sus
oídos; mientras algunas gaviotas dibujan huellas en la playa. En
el viento, repiquetea la campana de lluvias y tormentas que se acercan.
Y el
poeta, desde Isla Negra, juega a ser pájaro marino.
Y es gaviota que recupera el aire sin tierra,
vuela sobre el ondular azulado de las aguas.
Y el pájaro y el poeta
extienden su aliento lejos de los mascarones de proa, los
pequeños barcos, los caracoles.
Y presienten el magma y el frescor en
una nube sobre China, en una acequia de Praga, en un basural de Toronto,
o en un totem indígena circundado de selva.
Y el pájaro dentro del
poeta, sonríe y quiere merodear también lo fresco y magmático en una fosa
en el lecho del mar o en los cabellos de fuego del sol, o en el gas
interestelar más allá del ojo del telescopio.
Y el poeta, con paso
lento, con el cuerpo hecho una meditación que camina, ve la casa, frente
al mar. ¡Cuán lejos ha expandido recién su aliento! Y sin embargo, nunca
salió de su casa. Todo es dentro de su casa. Casa de Poeta. Casa donde,
en todas las direcciones, se desploman las estatuas. Sobre el magma y el frescor.
Todas
las fotos fueron captadas por el ojo de mi circunstancial
cámara fotográfica, salvo la foto, en la galería fotográfica,
de la tumba de Matilde Urrutia y Don Pablo, y la de Neruda
caminando junto a su casa de Isla Negra, que proceden de
página perso.wanadoo.es. Última foto a la derecha, foto
personal junto a la tumba del gran poeta.
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