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EL ORIGEN DEL PINSHA O
COLIBRÍ
La
influencia inca fue decisiva en toda la región patagónica,
a uno y otro lado de la Cordillera de los Andes, a
tal punto que hasta provocó el traslado de los araucanos
a territorio argentino, a través de las altas cumbres, en
busca de terrenos de pastoreo y lugares para erigir sus
rucas. Este sucedido (1) fue recogido en la reservación
huiliche de Cañicul, en el departamento de Lácar, al suroeste
de la provincia del Neuquén.
EL
ORIGEN DEL PINSHA O COLIBRÍ
A orillas del lago Paimún (2)
vivían, hace mucho tiempo, dos hermanas, ambas hermosas,
aunque cada una de ellas de una belleza diferente, ya que
mientras Peñênhuaitén era rubia, rutilante y expresiva,
siempre dispuesta a las bromas y que hacía pensar en un
mediodía soleado, Peñênkürú tenía una hermosura morena reservada,
misteriosa y callada, que evocaba bosques umbríos y nevadas
noches de luna bajo la protección de los pehuenes.
Las dos jóvenes y hermosas doncellas eran hijas del lonko
Mañke, un cacique muy sabio y justo y, por haber sido hijas
únicas, eran muy compañeras entre sí. Pero un día un gran
jefe inka se enamoró de Peñênhuaitén y la pidió en matrimonio.
Mañke no lo dudó un instante, pues el pretendiente era de
gran alcurnia y, aunque huinka, parecía buena gente y, por
otra parte, Peñênhuaitén era la mayor de las dos hermanas,
y a la que correspondía casarse primero.
Como resultado, la muchacha y el inka se casaron y se fueron
a vivir a un hermoso palacio de piedra, erigido en una de
las cumbres del cerro Litrán-litrán Pronto Peñênhuaitén
supo que esperaba un hijo, y el inka, al enterarse, hizo
venir a varios amautas de su propio reino, para que hicieran
sus profecías y tomaran a su cargo todos los requisitos
médicos de la joven madre. Finalmente, el amauta mayor anunció
que nacerían un varón y una mujer, y que los dos, como señal
de alcurnia y distinción, ostentarían un mechón de pelo
blanco sobre la frente.
A los pocos meses, ante un intempestivo viaje del inka,
que debió regresar temporalmente a su país, Peñênhuaitén
pidió a su hermana Peñenkürú que subiera a su palacio para
hacerle compañía. Así fue el reencuentro entre ambas, pero
las cosas ya no era como antes. Peñenkürú sentía que su
hermana la había abandonado, además de una profunda envidia
que la corroía por dentro, al ver la vida fácil que llevaba,
el amor con que la trataba su esposo y la mirada
tierna que le había lanzado al despedirse.
En realidad, Peñenkürú siempre había sentido celos por su
hermana... Por su facilidad para hacer amigos... su bondad
y su aparente falta de sentimientos de egoismo o de envidia.
A decir verdad, Peñenkürú trataba con esfuerzo de mantener
sus sentimientos bajo control, pero cada vez estaba más
convencida de que la vida era injusta con ella, al haberle
dado todo a su hermana y nada a ella... sentía que su corazón
se endurecía y sus manos se apretaban en puños cuando pensaba
en su infelicidad.
Al nacer los mellizos, un velo rojo pareció instalarse sobre
sus ojos, y perdió todo control sobre sus actos. Manteniendo
una apariencia serena y abnegada, convenció a su crédula
hermana de que había parido un casal de perritos, y le entregó
dos cachorritos que había recogido en un lugar cercano.
Más tarde hizo fabricar un cofre de dura madera de lenga,
encerró allí a sus verdaderos sobrinos y envió a un guerrero
a que los arrojara en la parte más profunda del río Paimún,
allí donde los rápidos fueran más violentos. Mientras tanto,
en el palacio, Peñênhuaitén lloraba desconsoladamente, mientras
amamantaba dos perritos.
Al regreso del inka, las cosas salieron completamente de
cauce: en el paroxismo de su furia, pensando que su esposa
era la única culpable, y gritando como un poseso, levantó
sus manos como para castigarla y luego, tomándola por un
brazo, la arrojó violentamente al corral de los perros y
mandó matar a los cachorritos. Por su parte, Peñênkürú,
lúgubre y silenciosa,
siguió deambulando por los corredores del castillo, como
si callando pudiera
echar un manto de olvido sobre la atrocidad cometida.
Volviendo a los mellizos abandonados, cuando el guerrero
arrojó a la corriente del Paimún el cofre, ignorando que
en su interior dormían los hijos de Peñênhuaitén, las aguas
se cerraron inmediatamente sobre él, cubriéndolo con la
blanquecina espuma de los rápidos. Pero aquélla fue sólo
una visión fugaz; a los pocos instantes, la caja surgió
a la superficie unos metros más allá, y se mantuvo a flote
a lo largo de un gran trecho, siguiendo los caprichos de
la
corriente y girando locamente en los remolinos, hasta que,
finalmente, vino a enredarse delicadamente en las plantas
de la orilla, en un remanso de poca profundidad.
Y cuenta la leyenda que Uenechen, desde el cielo, descubrió
el contenido de la caja y decidió proteger a los mellizos,
haciendo que una pareja de ancianos que pasaba cerca divisara
el brillo de la cerradura, y sintieran curiosidad por conocer
su contenido. Al verlo, el hombre caminó hasta él por las
aguas poco profundas y lo llevaron a su casa, comentando
las bisagras y el hermoso cerrojo, pero sin abrirlo de momento,
ya que había llegado la hora de cenar, y
su esposa lo regañaría si dejaba enfriar un guiso de carne
de ñandú.
Pero Uenechen intervinó nuevamente, y mientras la pareja
de huilliches comía su cena, comenzaron a escuchar unos
ruidos extraños, como gemidos, que provenían del interior
de la caja. La abrieron con cuidado, tratando de no destrozar
la cerradura que tanto les había atraído y, para su sorpresa,
encontraron dentro a la pareja de mellizos, en cuyo pelo
se destacaba
netamente un mechón de pelos de plata.
Los ancianos mapuches se sorprendieron enormemente al ver
el contenido de la caja, pero se asombraron mucho más cuando,
al retirar a los recién nacidos, éstos comenzaron a crecer
a un ritmo que no podía esperarse de ningún niño humano
normal. A pesar de ello, desde el primer momento les dedicaron
todo su tiempo y todo su amor, aún sabiendo que aquellos
extraños niños jamás serían como ellos pues, a pesar de
que nunca se los veía comer o dormir, en poco tiempo habían
crecido y se habían tornado hermosos como hijos de dioses.
Hasta que un día, mientras caminaba apesadumbrada y lentamente
por la orilla del lago, tratando de imaginarse por qué la
vida lo había castigado de aquella forma, convirtiéndolo
en un padre sin hijos y un esposo sin esposa, el inka vió
una pareja de niños, indudablemente gemelos, que jugaban
juntos en las proximidades, y de inmediato se sintió misteriosamente
atraído por ellos.
Sin saber aún porqué, se puso a observar a la hermosa parejita,
y se encontró contemplando a un niño y una niña solitarios,
que tendrían la misma edad que los suyos si éstos hubieran
nacido normalmente. Y al acercarse a ellos para acariciar
la cabeza del varón, lo sorprendió ver, en el nacimiento
de la frente, un mechón de cabellos blancos como la plata
y notó, con sorpresa, un
rizo similar sobre la cabeza de la niña.
Y en ese mismo momento, la luz de la comprensión invadió
sus mentes con un relámpago cegador, y los tres se reconocieron
mutuamente. La primera intención del padre fue la de tomar
a los niños en sus brazos, pero muchachito lo enfrentó con
dureza:
-¡No eres merecedor de que te llamemos padre, porque sabemos
lo que has hecho!
¡Sin detenerte a averiguar lo que había sucedido echaste
a nuestra madre del
palacio, y la condenaste a pasar hambre y frío entre los
animales! Era una auténtica ñusta (3), y ahora debe disputar
su comida con los perros, y su situación es aún peor que
la de ellos, porque ella piensa y recuerda. No puedes pedirnos
que te llamemos padre!
Conmovido por las recriminaciones de su hijo varón, el inka
ordenó que
llevaran a los gemelos al palacio pero, una vez allí, el
niño reiteró sus
reproches:
-¡No permaneceremos aquí ni un minuto más si no nos dejas
ver a mamá y no le restituyes la libertad y el respeto que
tenía y que se merece! Y si no lo
haces, ¡te prometo que haré lo imposible por que no sigas
reinando por mucho
tiempo!
Conmocionado y orgulloso por la actitud de su hio, el inca
obedeció, y pronto la madre y sus hijos pudieron reunirse
y conocerse, y ya nunca más volvieron a separarse.
Con respecto a Peñênkürú, los mismos niños fueron los encargados
de vengarse de su traidora tía, sacándola a empujones del
palacio y atándola sobre una roca. Luego el muchacho sacó
de una bolsa de cuero una pequeña llanka, un piedra de color
verdoso intenso. La levantó en dirección al sol e invocó:
-¡Antú! ¡Que tu calor y tu luz bienhechores atraviesen mi
piedra mágica, para
así convertirse en el rayo más devastador, y así destruir
a Peñênkürú, el ser
más abominable que haya puesto jamás los pies sobre esta
tierra!
Y la petición del niño se cumplió, pero un castigo aún más
permanente iba a caer sobre Peñênkürú, porque su cuerpo
se convirtió en pavesas, pero un pequeño trozo de su pérfico
corazón no llegó a quemarse, y cuando kürêf, el viento,
llegó y dispersó las cenizas, de entre ellas salió volando
un diminuto pájaro irisado, que mostraba en sus plumas todos
los colores del vestido que Peñênkürú había llevado puesto
en el momento de desaparecer abrasada por la ira de Antú,
el sol. Se trataba del pinsha, el colibrí que, desde ese
instante, vive una vida atribulada e inquieta como la que
llevaba la pérfida mujer antes de perecer.
Está condenado a permanecer constantemente en el aire, moviéndose
de un lado a otro en cabriolas erráticas y convulsivas,
sin poder descansar jamás posado en una rama, y refugiándose
en las grietas profundas y oscuras de rocas yacantilados
para ocultar al mundo su desesperación y su vergüenza por
la infamia cometida. (*)
(*) Fuente: Cuentos, mitos y leyendas patagónicos,
Selección y prológo de Nahuel Montes, Buenos Aires, Ediciones
Continente.
NOTAS:
(1) Los paisanos
y aborígenes patagónicos denominan "sucedidos"
a las narraciones de hechos en que intervienen seres humanos,
pero tienen visos fantásticos.
(2) El Paimún es el brazo
noroeste del lago Huechulafkeñ o Huechulaufquen, como se
lo suele llamar, ubicado en el Parque Nacional Lanín, en
el departamento de Huilliches.
(3) Nombre genérico
y familiar para las hijas o esposas de reyes en el imperio
Inca.
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