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LA MÚSICA EN ÁFRICA
Y OCCIDENTE Y LA RELACIÓN ENTRE EL OJO Y EL OÍDO
Por Isabelle
Leymarie
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Danza
tradicional en fiesta en Camerún, África (foto Boireau
Rapho, París) |
Tras cualquier arte se desplaza una forma de percepción de la
realidad. Y toda experiencia perceptiva necesita de la acción
de los sentidos. La cultura occidental privilegia la vista,
el ojo, la organización visual del espacio. La música exige
así en Occidente el ineludible sostén de partituras musicales,
y un tejido de símbolos gráficos. Esta traducción de lo musical
en un lenguaje visible sofoca la emoción e inhibe una experiencia
más directa y sensible del torrente musical. En las culturas
tradicionales, como el caso de las culturas africanas,
el ojo cede su supremacía al oído. Lo auditivo, la danza, el
canto y un "cuerpo polirrítmico" sobresalen ante el
"enfoque cerebral" de la música occidental. Esta es
la tesis central que desarrolla la musicóloga francoamericana
Isabelle Leymarie en el artículo que presentamos a continuación
en este nuevo aporte a la valoración de la naturaleza musical
en esta sección de Música y Trascendencia en Temakel.
E.I
LA MÚSICA EN
ÁFRICA
Y OCCIDENTE Y LA RELACIÓN ENTRE EL OJO Y EL OÍDO
Por Isabelle
Leymarie
La
música existe en todas las sociedades, pero los canónes estéticos,
los comportamientos, las normas, implícitas o explícitas,
a veces antagónicas e incluso irreconciliables, tienden a
establecer diferencias entre los distintos universos musicales. A
sus vez esas divergencias engendran jerarquías, juicios de valor, a
menudo desvirtuados por una comprensión errónea del fenómeno
musical. Una distancia particularmente grande separa a la música clásica occidental de las
músicas negras, cuyo conocimiento, ejecución y apreciación parecen regidos por criterios diferentes.
Cada ser humano y cada civilización dan prioridad a uno o varios
sentidos en su aprehensión del mundo. Mientras en Occidente el ojo
ocupa un lugar preeminente en las sociedades negras se da más
importancia al oído. En efecto, el oído está ligado al parasimpático, explica Nicolew Ricaille, cuyos trabajos sobre este
órgano siguiendo las investigaciones del docto Fuy Berard permiten
curar a pacientes que sufren de depresión grave. De noche, mientras
dormimos, el oído recarga el cuerpo como una batería, y su mal
funcionamiento puede causar una disminución de la fuerza vital. Las
curvas auditivas, establecidas mediante tests especiales, muestran
a la vez las frecuencias que oímos y nuestra lateralidad y revelan
tanto nuestro perfil psicológico como ciertas perturbaciones fisiológicas, e incluso, en algunos casos, antecedentes familiares.
Puede suceder que un niño se niegue a escuchar la voz de uno de los
padres o de un profesor por temor a reprobación o a su cólera y
suprima así involuntariamente las frecuencias que corresponden a
esa voz para el insoportable. Al llegar a la edad adulta, la
ausencia de esas frecuencias, que en la infancia cumplía una función protectora, puede acarrear diversos
trastornos e incluso
un estado depresivo y propensión al suicidio. En otro orden de
cosas, las frecuencias graves podrían de manera general
corresponder más bien a lo material, y las frecuencias agudas a la
espiritualidad.
Un
enfoque cerebral
El mundo
occidental, que atribuye un papel preeminente a las artes plásticas
y a lo escrito (que pasan por la vista), tiende a apreciar la música de forma a veces cerebral, a
través de la partitura y de la interpretación (considera una "lectura" de la obra),
ligada a convenciones relativamente restrictivas y apartadas de lo
corpóreo. Estimula también el desarrollo de disciplinas discursivas,
como la musicología, la sociología o de la filosofía de la música.
Algunas partituras musicales contemporáneas por la abundancia de símbolos
gráficos se aproximan cada vez más al arte plástico, y en
algunos compositores (y artistas plásticos) actuales la
conceptualización de la obra, la "ideación", prima sobre
el contenido musical e incluso sobre la emoción. En Occidente se
establece también una distinción muy marcada y casi una dicotomía
entre la música clásica (que incluye la música sacra), considera
música "seris", y la música popular o folklórica, que
queda desvalorizada.
Se separa, además, la música de la danza y de la palabra, íntimamente ligadas en las sociedades negras, donde hay gran
afición
por las fábulas cantadas (mvet camerunés en particular), los cuentos
bailados (kont de Santa Lucía y Suriname), los sainetes danzados y
cantados (nummies, relatos bíblicos o a veces shakespearianos,
de origen inglés, con acompañamiento de música, danza y canto, muy
difundidos en el Caribe anglófono), así como por el paso del
lenguaje hablado al canto (soul music, gospel).
El
cuerpo polirrítmico
Mientras
en Occidente se insiste en la fidelidad a pautas establecidas, en
el África y la América negra se valorizan la imaginación y la
improvisación en la oratoria, la música y la danza. Un coreógrafo
antillano me confiaba recientemente que los bailarines clásicos
europeos con los que había trabajado memorizaban perfectamente sus
pasos y poseían una técnica irreprochable, pero no bailan con la música. Era, me explicaba, como si la danza y
música fuesen ámbitos
separados que los bailarines trataban de superponer, de hacer coincidir.
Ahora bien, en la música negra, el bailarín se ciñe ciegamente al
ritmo: el mismo, disociando las partes del cuerpo, crea su propios
polirrítmos a semejanza de un instrumento musical (el tap dancing,
zapateo con música de jazz, constituye un célebre ejemplo de la
creatividad rítmica de bailarín). E incluso puede suceder, como en
la rumba brava cubana o la bomba portorriqueña, que el bailarín
imponga sus propios ritmos a los instrumentos de percusión, y que
éstos se adapten a él. Billy Bergman observa hablando del yanvalou,
una de las danzas del vodú haitiano: "El tempo, que se
superpone a una pulsación lenta, da una falsa impresión de rapidez.
Dicta una danza fluida donde los pies se mueven velozmente, la
cabeza con lentitud y el torso más lentamente aún. Esta manera
polirrítma de bailar es la clave de todas las danzas
latinocaribeñas. Los bailarines de esas regiones nunca procuran
imitar exactamente la complejidad del tempo; en realidad, sus
movimientos dan con su propio contrapunto a la textura de los
ritmos. A menudo las personas que no está acostumbradas a los ritmos
africanos mueven los pies frenéticamente siguiendo los ritmos
complejos de un tambor parlante, como si fueran protagonistas de una
película del oeste en la que un bandido les dispara a los
pies. Los haitianos saben, en cambio, que los gestos fluidos y
contrastados son más adecuados".
La interpretación de la obra occidental, con el ceremonial que la
rodea -el escenario elevado que separa al público de los músicos; el
director de orquesta imponiendo, batuta en mano, su concepción de
la obra; el atuendo de gala (frac, traje de noche), el silencio casi
religioso y la postura estática exigida durante el concierto, y la
salva final de aplausos-, demuestra la distancia que la separa del
auditor, que no participa físicamente en el fenómeno musical y no
está autorizado a bailar con la música o exteriorizar de manera
demasiado visible sus emociones. Acentúan esta particular concepción de la
música la glorificación del solista y la admiración exagerada por el cantante de
ópera, las vedettes del
show bussiness y los bailarines clásicos (a quienes se designa como
"primera estrella", prima bailarina absoluta, etc.),
situados en alturas inaccesibles al común de los mortales. Ese fenómeno corresponde sin duda a la
exaltación del yo propia del
mundo occidental. (*)
(*)
Fuente: Isabelle Leymarie,
"La vista y el oído", publicado en Revista
El correo de la Unesco, mayo de 1995, pp.49-50.
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