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EL CUERPO Y
LOS VIOLINES
Por Stephen
Nachmanotich
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Vivaldi
sostiene su violín que acaso prolonga su cuerpo como
principal caja de resonancia de la música que le es
obsequiada como inspiración. |
¿Cómo se expresa
la música? Mediante
un músico que toca un instrumento. Respuesta aparentemente descriptiva,
correcta. Inobjetable. ¿Pero realmente es así? Tal vez la música,
entendida como las particulares y cambiantes combinaciones de
sonidos, es anterior a la persona del músico y su instrumento.
Quizá la música, que se entrega como don o inspiración, es percibida
y expresada ante todo por el cuerpo. Quizá lo que llamamos instrumento
(violín, piano, flauta, etc.) es en realidad una prolongación
del cuerpo. Tal vez el principal instrumento resonante, expresivo,
es la red sensible de músculos y extremidades corporales.
Cuando el músico se concentra en su cuerpo nace un "espacio
vacío" donde la música emana más libremente. Esta recuperación
de la naturaleza musical de lo corporal es pregonada por
Stephen Nachmanotich en su obra Free
Play, texto muy difundido entre quienes aún les intriga
el manantial inicial del arte: la inspiración que regala la
música, el poder creador, la posibilidad de la improvisación.
Aquí, en esta nueva incitación hacia la trascendencia de la
música en Temakel, les acercamos un capítulo de la obra de Sthepen
Nachmanovitch en la que éste medita sobre su experiencia con
la ejecución e improvisación con el violín. De esta interacción
con el instrumento de las cuerdas brota la comprensión del cuerpo
como el oído que escucha las corrientes de la música y, también,
como el primer instrumento que la expresa.
Esteban
Ierardo
EL
CUERPO Y LOS VIOLINES
Por
Stephen Nachmanotich
Quiero describir aquí un
poco de lo que se siente al tocar el violín, mostrar algunas
de las jugadas físicas y espirituales involucradas. Cada arte
tiene sus propias jugadas, y sus propios campos de juego. Así
como Van Gogh al pintar usaba en su trabajo práctico cotidiano
cosas tales como el color, el brillo, la vibración, la esperanza,
la ansiedad, y un fondo sombrío, lo mismo hacemos cada uno de
nosotros. Cualquier medio de expresión que hayamos elegido o
recibido tiene su propia sensibilidad. Se trata de la integración
en la práctica, de la musa, del juego, del vehículo, el río...de
todas nuestras fuentes.
La música siempre ha servido como alivio y medicina para las
presiones de la vida, pero también como ejercicios para fortalecer
tanto como al que escucha como al que toca. Tocar un instrumento de
cuerda en particular brinda a todo el cuerpo y la mente un ejercicio
exigente y completo. El impulso de energía que mueve el arco surge de la
tierra, pasando por los pies, las caderas, los hombros, para bajar nervios y músculos del brazo derecho. El impulso de
información viene del pasado del presente y del futuro, a través del cuerpo, el cerebro y la personalidad, para luego
descender nuevamente por los nervios y músculos de los brazos y atravesar el instrumento.
He aquí la plegaria de William Blake a las musas que le
brindan su poesía y su pintura;
Venid a mi mano
Con vuestro manso poder; descended por los nervios de mí brazo
derecho
Desde los Portales de mi Cerebro, donde por vuestro ministerio
La Divina Gran Humanidad Eterna plantó su Paraíso.
El brazo derecho del violinista que empuña el arco crea cantidades de tiempo en los ritmos y tiempos
con que el arco frota las cuerdas, y también calidades de tiempo en
las diferencias de contacto, equilibrio, y fuerza que da a las diferentes partes dentro
de un mismo tono, tocándolos con fuerza o con delicadeza, staccato o legato. El
arco puede correr, tropezar, resbalar sobre las cuerdas; puede
saltar, arañar, acariciar, fluir con abundancia, abalanzarse, susurrar. Cada centímetro
del arco desde uno a otro extremo tiene su propio carácter, sus
propias cualidades de peso, tensión, dinámica fluida, que imparte
al sonido. Entre tanto la mano izquierda crea espacio. Para el arco el violín es hembra, al crear y controlar el tamaño y siempre cambiantes del espacio vibracional. El pulgar el violín en un estado de equilibrio dinámico, mientras que los dedos oprimen las cuerdas para cambiar la longitud de vibración. Una cuerda gruesa o larga crea un sonido grueso, profundo, una cuerda corta o delgada crea un sonido alto, agudo. Y como en el manejo del arco, los dedos que oprimen las cuerdas no sólo crean la dimensión del espacio vibracional (extensión) sino también su forma y color que viene por la cuerda con un golpe duro o una suave opresión, con un vibrato leve o frenético, para crear todo un universo de carácter emocional dentro de una sola nota.
En realidad en música no hay nada que pueda llamarse "nota". Una nota es un símbolo abstracto que representa un tono, que es un sonido real. Se pueden tocar millares de "si" y de "do" y ser todos diferentes. Nada puede estandarizarse. Cada acontecimiento vibratorio es único.
Hay cuatro niveles de vibración que coexisten en la música. Los niveles medios, que son los que se describen explícitamente en la notación, son la altura (pitch) y el ritmo. Las vibraciones de entre veinte y varios miles de ciclos por segundo se experimentan como tonos con altura discernible. Cuando la medida es menor que alrededor de veinte (esto puede verificarse escuchando los tonos más bajos de un piano o una tuba, o bajando gradualmente el acelerador de un motor), nos parece oír que las ondas se dividen en discretos fragmentos de sonido, y no experimentamos altura sino ritmo. En la música común oímos varias capas (armonías ) de ondas tonales rápidas, superpuestas con ondas rítmicas más lentas. En e1 micronivel, bajo estas capas dc ondas, hay ondas de vibración sutil que modifican y varían la altura y el ritmo: son los vibratos, los rubatos, las vacilaciones y oleadas dentro de cada tono que constituyen la forma total y la estructura de la pieza, su flujo dinámico desde el comienzo hasta el fin.
El violín es un sismógrafo implacablemente honesto dcl corazón. Cuatro cuerdas extendidas sobre la caja sonora de madera ponen treinta y dos kilos de presión sobre ésta; esta
energía almacenada amplifica cada matiz de peso, equilibrio, fricción, y tono muscular mientras el músico pasa el arco sobre la cuerda. Cada estremecimiento y cada movimiento refleja los más mínimos impulsos inconscientes del músico. No hay nada oculto en el violín..., en ese aspecto es como la matemática; imposible simular. El sonido que sale del instrumento es un sensible detector de mentiras, y un sensible detector de verdades.
Tocar es algo completamente empírico, que prueba su propio temple en el tiempo real. No es cuestión de teoría ni aprendizaje de la forma correcta de tocar, sino de hacerlo haciéndolo y descubrirlo por experimentación.
Como sabe cualquiera que haya intentado tocar el violín, el mayor problema es tocar sin desafinar. Las cuerdas no tienen trastes ni otras guías para que uno sepa dónde apoyar los dedos (a veces vemos los violines que usan los niños desfigurados con tiritas de cinta engomada en el mango, como marcas para las llamadas "notas", pero esta barbaridad sólo sirve para empeorar las cosas).
Con la entonación, lo mismo que en otros aspectos al tocar el violín, no hay nada que pueda darse por sentado. Especialmente en los grandes saltos de la mano entre la posición más baja y la más alta, parece cuestión de apuntar y disparar a un blanco no señalado. Muy riesgoso. Y allá arriba, en los registros más altos, si el dedo se desplaza una fracción de milímetro el sonido
puede ser muy perturbador. Cuando yo era chico (y estaba lejos de ser un prodigio) pensaba tocar con perfecta
afinación era cuestión de buena puntería (como en el juego de ponerle la cola al burro con los vendados), y que tocar allá arriba en
la cuerda de "mi" salto mortal de un equilibrista.
Eventualmente descubrí que el violinista nunca da saltos con un solo
disparo, sino que ajusta continuamente de oído la altura del sonido, con la velocidad del rayo.
El dedo no baja al lugar y se queda allí; resbala hacia arriba, hacia abajo en
intervalos diminutos, en forma microtonal, hasta que encuentra lo que
el oído quiere oír. Si somos flexibles y sensibles, siempre estarnos deslizándonos hacia la base en una
continua danza de realimentación, como el atleta que siempre danza alrededor de su lugar para atajar la pelota en el momento y el
lugar precisos.
Nuestros músculos no pueden hacer esto si los dedos no están blandos y relajados. Si empleamos la
fuerza justa para oprimir la cuerda, es fácil correr el dedo hacia
abajo y hacia arriba en décimas de segundo. Pero si se usa un poco más
de fuerza que la necesaria (¡las manos humanas son muy fuertes! ), el dedo quedara
temporariamente pegado al lugar donde cayó, y, presto... se oirá nítidamente el error.
En psicofísica hay una lev (la lev de Weber-Fechner que relaciona el valor objetivo de la estimulación (una luz, un sonido, un contacto) con su valor subjetivo (la
sensación que experimentamos). El quid del asunto es que nuestra sensibilidad disminuye en
proporción con la cantidad total de estimulación. Si hay dos velas
encendidas en una habitación, notamos fácilmente la diferencia de luminosidad al encender
una tercera. Pero si hay cincuenta velas encendidas, es improbable que notemos diferencia al encender la número cincuenta y uno. Si la
estimulación total es menor, cada pequeño cambio marca más la diferencia, o, para decirlo con la frase de
Gregory Bateson, es una diferencia que hace diferencia. Contra un fondo silencioso y sin stress, los sonidos y los movimientos sutiles pueden tener un efecto muy dramático.
Por eso la mejor manera de limpiar el oído es pasar un mes en el
campo, lejos de los ruidos de las máquinas, las multitudes y el tránsito. Día a
día, a medida que el oído recupera algo de su poder primitivo, comenzamos a oír cada vez más. Lo mismo sucede con
el sentido kinestésico. Cuanto más fuertemente oprimimos una cuerda del violín, menos la oímos. Cuanto más relajados
y dispuestos están los músculos, mayor será la variedad de movimientos que puedan hacer. El método es liberar las manos, los brazos, los hombros, todas las
partes del cuerpo, fortalecerlas, ablandarlas y hacerlas flexibles para que la inspiración pase sin impedimentos por el canal nervio-músculo-mente. ¿Sin impedimentos de qué clase? Por ejemplo las contracciones involuntarias de los músculos voluntarios, los espasmos
de la voluntad. Nuestros miedos, dudas y rigideces se manifiestan fisiológicamente en forma
de excesiva tensión muscular, o de lo que Wilhelm Reich llama
"armadura corporal". Si "trato" de tocar, fracaso; si fuerzo la ejecución, la destrozo; si me apresuro,
trastabillo. Cada vez que me tenso o me preparo a enfrentar algún error o
problema, el acto mismo de tensarme o prepararme hacen que el problema suceda. El único camino hacia la fuerza es la vulnerabilidad.
Un año decidí reaprender a tocar el violín desde lo
más elemental, desaprendiendo todo
antes. En ese entonces vivía en una casa que compartía con amigos. Practicar un instrumento puede ser muy perturbador! Tuve que aprender a tocar tan bajo que mi música sólo se escuchase a centímetros de distancia, y sin embargo tocar en un tono que fuera lo suficientemente interesante como para que yo siguiera tocando. Aprendí a hacer apenas una ligera cosquilla en las cuerdas para que sólo produjeran un susurro, pero un susurro claro y natural.
Entonces tuve también la suerte (aunque entonces no pensaba que lo fuera!) de sufrir por una herida en el cuello
que tardó meses en cicatrizar. Ni pensar en sostener el instrumento con la cabeza. Debía sostener el violín en el aire usando sólo las más pequeñas contracciones musculares, un ligero impulso dinámico de apoyo que subía y bajaba por los nervios del brazo izquierdo sin atarse o ligarse jamás a ningún punto. Esta experiencia me enseñó a tocar sin peso y a lograr la comodidad.
Me descubrí prestando minuciosa atención a los grupos musculares mientras tocaba: cómo
se desarrollaban; cómo se fortalecían; la sensación agradable de la fatiga; cómo al aumentar la variedad
de formas de tocar, aumentaban también mi grado de relajación y de fortalecimiento de todo cl cuerpo. Tocar el instrumento significa encontrar la forma
elegante, equilibrada para cada acción, de manera que el peso se distribuye
y los músculos no ejercen excesivas tensiones.
¿Cómo interactúan los grupos musculares para el pianista? ¿Para el ceramista? ¿Para el fotógrafo? ¿Para un jugador de básquetbol del centro?
Descubrí que concentrándome en el cuerpo, en la gravedad, en el equilibrio, en la técnica
(el aspecto físico del instrumento) quedaba lugar para que entrara la inspiración sir impedimentos. De este espacio vacío vinieron todas mis posteriores
aventuras en improvisación.
Las ciento cincuenta cuerdas estiradas del arco, siempre en movimiento, son una extensión del brazo derecho del ejecutante; son una extensión del cerebro, una extensión de la corriente sanguínea.
La mano derecha y la izquierda son una pareja bien avenida que, como el hombre y la mujer, son simétricas y complementarias. Derecha e izquierda, violín y arco, hombre y
mujer, música y silencio; las parejas bailan, se combinan, luchan, se mezclan, se fusionan, se separan. Esta polaridad sexual es una experiencia auténtica, independientemente
de si el violinista es personalmente hombre o mujer. Tanto los hombres como las mujeres tienen aspectos masculinos y femeninos en su personalidad, en su
animus y en su anima. A menudo funcionamos reprimiendo uno u otro aspecto. Pero para tocar el violín y el
arco, con libertad y juntos, el violinista debe dejar que ambos aspectos trabajen con comodidad y sin tapujos. El violín tiene su propio pasado, presente y futuro:
el arco tiene su propio pasado, presente y futuro. Sólo en el acercamiento de los dos se genera la música. Una mano que aplaude es no-sonido. En música se necesitan dos. Si hay un
choque o un malentendido, si la mano derecha y la izquierda se olvidan una de la otra,
la mejor forma de hacer que vuelvan a amarse es volver a esa sutil conciencia que se logra tocando muy, muy bajo, y escuchando.
Por eso es tan maravilloso tocar a las tres de la mañana sin molestar a los vecinos.
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(*)
Fuente: Stephen Nachmanovitch,
Free Play, "El sexo y los violines", Buenos
Aires, Ed. Planeta, trad. Alicia Steimberg, pp.75-82.
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