En el sur se yerguen las montañas
de alta presencia; corren, como gacelas cristalinas, las cascadas;
brillan las pupilas de agua de los lagos; se apretuja la pasión
verde de los bosques.
Y reinan los sonidos de la selva sagrada de los andes
patagónicos.
El músico chileno Joaquín Ipinza explora la selvática plenitud
sonora andina. Es una travesía donde laten sonidos naturales, el sutil
cantar de Disha con su inspirada voz de mujer; y cánticos
mapuches; y expansivas vibraciones de teclados, guitarras
españolas, flautas y pifilcas.
En la carátula de la obra bullen con su regocijo de colores las
pinturas de Jorge Artus. En el tema "El guerrero" emerge
el canto mapuche arcaico de Moisés Curaqueo; y participan
también, mediante su asesoramiento, el sociobiólogo Joaquín
Ipinza Regla, el ornitólogo Guillermo Egly (autor de una guía de
aves que acompaña el texto de la carátula); y otros
especialistas vinculados con lo indígena y lo ambiental.
La selva sagrada no es sólo placentero devenir de sonidos. Es,
asimismo, un derrotero poético e iniciático que se plasma a
través de diversas y sucesivas puertas: ventanas hacia la fusión
progresiva con la geografía andina. En la primera puerta, el
sonido recibe al viajero y celebra su encuentro con el mar, los
hielos, las montañas y el desierto. En el segundo portal el
oyente halla el agua congelada de los glaciales, el torso líquido
y esmeralda de los lagos, la serpiente de veloz espuma de las
cascadas, y la frente amplia del océano pleno de olas.
Y
luego otras puertas: el árbol, el ave, el puma, la tierra, el
guerrero, y la machi, la mujer mapuche de lo sagrado. Mediante su
tambor ritual (kultrun) y su canto, la sacerdotisa liga la tierra
con el universo y, a través del tronco ceremonial rehue, asciende
hasta el corazón lejano y celeste de Nguechen, la principal
divinidad mapuche.
Mediante las puertas
entreabiertas y los ríos sonoros en la obra de Ipinza, la selva de los sonidos andinos
es una senda hacia la sacralidad perdida
del paisaje y el bosque. Una flecha de sonido que asciende hacia
el sol de la vida honda que puede percibir todavía quien escucha
la Selva Sagrada del Sur Profundo.