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FRANZ
SCHUBERT: MELODÍA E INSPIRACIÓN

Schubert
poseyó un poder creador maravilloso. Compuso miles
de obras en pocos años. Murió a los 31 años, pero
ya en ese entonces su producción era notable. Uno
de los géneros donde más ardió su potencia creadora
fueron los liders, las canciones líricas. Según refieren
sus amistades, cuando estaba entregado al acto creador
de la composición "sus ojos relampagueaban, tenía
el rostro radiante y se movía como un sonámbulo. Hasta
su hablar era distinto". En este momento de Música
de Temakel les entregamos un artículo para acercarse
al misterioso poder del músico inspirado. Schubert,
músico de la fuerza creadora, quien decía de sí mismo:
"Fui enviado a la Tierra con el único fin de componer."
E.I
FRANZ
SCHUBERT: MELODÍA E INSPIRACIÓN
Por
Lili Foldes
Franz
Schubert estaba componiendo
cuando, cierta mañana, llegó inesperadamente a su
estudio un amigo suyo. "Me costó reconocerlo", contaría
después este. "Sus ojos relampagueaban, tenía el rostro
radiante y se movía como un sonámbulo. Hasta su hablar
era distinto".
A pesar de lo familiar de la música de Schubert, la forma en que componía sigue siendo, desde su muerte, un misterio. Las
únicas noticias con que contamos son los testimonios de algunos amigos
suyos, que hablan de la aparente trasformación de un ciudadano tímido
en un visionario exaltado. Schubert no se sentía menos perplejo por esa
dicotomía. "A veces se me figura que no soy yo persona propia de este mundo", se le oía decir; y en alguna ocasión añadió: "Fui enviado a la Tierra con el
único fin de componer."
Para él, componer era como respirar para los demás. Si bien sólo vivió 31 años, escribió más de un millar de obras entre
lieder (canciones líricas), óperas, sinfonías, cuartetos para cuerda, sonatas para piano. Su fecundidad era prodigiosa. En una ocasión le pidió una joven que pusiera
música a un poema dedicado a un mutuo amigo con motivo de su cumpleaños. Schubert meditó unos momentos. "Ya está", dijo, y se sentó a escribir
una composición coral para mezzosoprano y cuatro voces masculinas.
No le llevó más de un mes su postrera y principal creación: la Sinfonía
número nueve en do mayor, a la que conocemos por "la Grande".
(Beethoven trabajó durante siete años en lo que sería su última sinfonía.) En el curso de un año increíble, cuando tenía 18 de edad, escribió dos sinfonías, cuatro óperas,
diversas obras corales y de cámara, y cerca de 150 canciones. Fue el año
más fecundo en la vida de cualquier compositor.
Las ideas acudían a su mente con tanta frecuencia durante la noche, que
acostumbraba tener pluma y papel en la mesilla de noche y dormir con los espejuelos puestos. Consta que componía hasta ocho canciones
entre las 6 de la mañana y la hora del almuerzo, y para él era cosa corriente trabajar en dos o más composiciones importantes en un
mismo día. El compositor daba comienzo a una misa o a una ópera, por ejemplo, inmediatamente después
de terminar un cuarteto para cuerdas.
Tan extraordinaria productividad podrá hacer creer que escribía desmañadamente, pero ocurría lo contrario; prueba de ello es que una extensa parte de su obra se cuenta entre
la música más perdurable. Los públicos que acuden a sus conciertos nos recuerdan que su fuerza emotiva es hoy tan grande como hace
siglo y medio. Los elevados tríos para piano y cuerdas, el brillante quinteto llamado
La trucha, la
la Octava sinfonía (Inconclusa), plena de dulce melancolía, y
la exuberante Novena, son todas obras que dan testimonio de una inspiración lírica que sobrevivirá al
paso del tiempo. Todo el mundo canturrea su cautivadora Serenata,
el Ave María, la incomparable canción El rey de los alisos
...
Schubert sirvió de puente entre las escuelas clásica y romántica. Fue virtualmente el creador
del moderno lied alemán y consiguió hacer de la sinfonía algo
íntimo, emocionalmente fresco, noble y serio. "Schubert introdujo la
canción en la música sinfónica", comentaba el gran compositor Antón Dvorak, agregando que sólo un genio
lírico de su calibre podía haber salvado así las barreras de la tradición
clásica.
Franz no vio publicada casi ninguna de sus obras. La
música que habría de valer fortunas a los editores y a las compañías
grabadoras, produjo tan poco a su creador que cuando murió el valor total
de sus pertenencias no llegaba a los 63 florines (equivalentes a poco de 100 dólares).
Tal situación se debió en parte a su carácter retraído. Refiere
cierta persona que al visitar un día
el despacho de Tobias Haslinger, editor de música, alcanzó a ver a través de la puerta, ligeramente
abierta, que Haslinger despedía con una señal de la mano a un hombrecillo
de anteojos gruesos. "Es un
tal Schubert", explicó el editor. "Si lo dejo pasar, vendrá todos los
días". Cosa increíble, Schubert cedió todos sus derechos sobre 14
de sus mejores lieder por no más de 800 florines. Uno solo de ellos,
El rey de los alisos, le valió al editor esa cantidad a los pocos meses de su primera
publicación.
Sin duda, la timidez de Schubert se debía en parte a su insignificante
aspecto. Los amigas solían llamarle Schwammerl ("Honguillo"), por su descomunal cabeza y su
minúsculo cuerpo. No medía más de 1,54 metros.
Franz Peter nació el 31 de enero 1797, siendo el duodécimo de los
hijos de un modesto maestro de escuela. A los cinco años empezó
a recibir lecciones de piano y de violín; a los siete se le mandó a
estudiar con un distinguido maestro de coro de Viena, quien quedó
asombrado por el talento del niño. "Cuando pretendo enseñarle algo",
reconocía, "ya el chico lo sabe".
De allí pasó a la capilla de la corte, seminario célebre por su instrucción musical. A los
16 años ya había compuesto una primera sinfonía, varios tríos
vocales y para piano y cuerdas, un octeto para instrumentos de viento
y alrededor de 30 minuetos.
Durante dos desdichados años después de dejar la capilla,
Schubert accedió a los deseos de su padre e impartió clases en la escuela
de primera enseñanza de su pueblo natal. Según su propia declaración,
sobrevivió a esa época gracias solamente a que dedicaba todos sus
ratos libres a la composición, aplicándose a ésta con furor, como si
jugase carreras contra algún reloj invisible. A la terminación de su tercer cuarteto, en si bemol mayor, escribió: "Compuesto en cuatro horas y media".
Aún continuaba estudiando con el profesor de música del seminario, el compositor Antonio
Salieri; pero ya se había operado un cambio en su actitud. Cuando Salieri intentó
desanimarlo en su propósito de poner música a ciertos poemas alemanes y lo apremió a que mejor tratara de imitar el florido estilo de la canción italiana de aquel tiempo, Franz se negó rotundamente.
En adelante, sin perder la timidez en cuanto a los asuntos personales, se mantuvo inflexible al tratarse de lo que aspiraba a lograr con su música. En cierta ocasión, el famoso Teatro
Karntnertor le encargó varias canciones para cierta estrella de la ópera. Cuando
ésta le pidió que
modificara algunos pasajes difíciles, Schubert se indignó: "¡No alteraré una sola nota!" y abandonó el local precipitadamente. Tal arrebato le costó el codiciado puesto de subdirector que él mismo había solicitado.
No tardaron en reconocer sus notables dotes un grupo de jóvenes amigos, quienes se constituyeron en sus principales protectores. Algunos eran antiguos condiscípulos; otros, poetas y pintores; varios más, abogados o empleados civiles. Todos ellos lo tenían, en palabras del pintor Moritz von Schwind, por "la
más brillante y espléndida de nuestras posesiones".
Dos de tales amigos se presentaron un día en el salón de clases donde Schubert enseñaba y lo encontraron corrigiendo las lecciones entre una turba de chiquillos. Lo persuadieron a que tratara de ganarse la vida como compositor. Durante el resto de su existencia, vivió tan estrechamente que sólo en tres cortos lapsos dispuso de dinero para alquilar una habitación.
Así todo, los años que siguieron a su vigésimo cumpleaños fueron en
su mayoría felices.
Se levantaba a las 6 y dedicaba la mañana a componer.
Después del almuerzo se reunía con los amigos en un café de la ciudad. Las tardes las empleaban a
veces en pasear por los bosques y volvían a reunirse a la hora de cenar en
alguna cervecería al aire libre. Terminada la cena, se retiraban a la casa de los padres de uno u
otro. Entonces Franz improvisaba al piano, el poeta Johann Mayrhofer daba lectura a sus versos
más recientes y Moritz von Schwind mostraba sus nuevos bosquejos.
Posteriormente, Schubert haría memoria de aquellas reuniones como las horas más gozosa de su vida. "¿Recuerdas aquellos felices días", escribió a uno de
sus amigos, "en que cada uno de nosotros daba a conocer a los demás
el último de los hijos de su arte con la timidez de una madre amorosa?
"
Un suceso que al parecer tuvo profunda trascendencia sicológica para Schubert, fue la
muerte de Beethoven, ocurrida en marzo de 1827. Aunque eran casi vecinos,
nunca cambiaron una palabra, quizá por la timidez de Franz. Lo que sí
se sabe de cierto es que durante la enfermedad postrera de Beethoven, un amigo
suyo le llevó unos 60 lieder de Schubert. Al enterarse de que este era autor de 500
más como aquellos, exclamó: "Verdaderamente está dotado de la chispa
divina!" En la procesión funeraria del gran compositor alemán, Schubert llevó
en alto una antorcha, que apagó simbólicamente en la fosa luego de ser bajado
el féretro.
En ocasión del primer aniversario de la muerte de Beethoven, accedió a
estrenar una de
sus composiciones en el venerado Musikvereinsaal de Viena, llevándose
no sólo el aplauso más entusiasta que jamás recibiera hasta entonces, sino también un ingreso de 8000
florines.
Su triunfo, sin embargo, duró poco. Desde los 24 o 25 años salud quedó muy
quebrantada, y por el otoño de 1828 contrajo tifoidea. Acometido de náuseas y fiebre, guardó cama en casa de Ferdinand, su hermano mayor; y
todavía se esforzaba valerosamente por corregir las pruebas de su magnífico ciclo de canciones
Viaje de invierno. "Aquí llegué al fin de vida", susurró, jadeante, a
hora temprana de la tarde del 19 de noviembre de 1828. Murió minutos
después. Su familia lo hizo sepultar en el cementerio de Wahring de
Vienta, tan cerca como fue posible de los restos de su ídolo, Beethoven.
Su amigo, el poeta Franz Grillparzer, expresó en el epitafio, y con plena verdad, que la música había perdido un valioso tesoro y una promesa más valiosa aún. Gracias, sobre toda, a las
gestiones de los amigos, muchas de sus composiciones se publicaron después de su muerte, aunque habían de
transcurrir varios decenios antes de que saliera a la luz la totalidad de su
obra.
Habían pasado ya cerca de 40 años cuando dos ingleses, el musicólogo George Grove y el
compositor Arthur Sullivan, viajaron a la capital austriaca para examinar los empolvados archivos de cierto editor de música sospechando que este pudiese guardar, sin
enterarse siquiera, algunos manuscritos de Schubert rechazados en su tiempo y olvidados de
años atrás. En efecto, descubrieron las partituras manuscritas de las sinfonías número 1, 2, 3, 4 y 6, una ópera, buena cantidad de música instrumental y un atado como de 60
lieder inéditos. Cuando dieron fin a la investigación eran ya las 2 de la madrugada, pero era tanto su contento, que se lanzaron a la calle saltando.
Tal vez el hallazgo más interesante fue el del compositor Robert Schumann, durante una visita a la casa de Ferdinand Schubert en 1838. "Allí, entre el polvo y la oscuridad", relataría más tarde, "encontré un fabuloso montón de manuscritos, entre ellos el de la
Sinfonía en do mayor". Inmediatamente arregló que la obra se ejecutara bajo la dirección de Felix Mendelssohn. "En lo hondo de esta sinfonía", escribió luego, "hay algo más que una simple canción, más que meros dolor y gozo. Nos trasporta a un mundo donde no recordamos haber estado antes".
Dietrich Fischer-Dieskau, el eminente intérprete de lieder alemanes, resumió así no hace mucho la carrera del compositor austriaco: "Cuando la poesía y la canción visitaron por corto tiempo la
Tierra, adoptaron la forma humana en la persona de Franz Schubert".
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(*)
Fuente: Lili
Foldes, "Schubert, la melodía en persona",
Selecciones del Reader`s Digest, número de
enero de 1980, pp.113-118.
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