Por Juan Manuel
Robledo
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Durante
la redacción de este trabajo, especialmente en aquellas partes
donde se intenta transmitir en palabras la experiencia de la
audición musical, requerí de un considerable esfuerzo mental. Y
esto porque se trata de verbalizar algo que escapa a cualquier
conceptualización, algo que trasciende aquello que puede ser
transmitido por la lengua. Acudiendo nuevamente a Steiner,
"más que cualquier otro acto de intelegibilidad y forma
ejecutiva, la música entraña diferenciaciones entre lo que puede
ser comprendido –esto es, parafraseado– y lo que puede ser
pensado y vivido en categorías que, consideradas de modo
riguroso, trascienden dicha comprensión". La música es algo
que se experimenta en lo más profundo y lo más sagrado de la
persona humana. Es algo que se vive y se niega a ser dicho.
Cualquier intento por verbalizarla "produce metáforas
impotentes".
Se
supone que el lenguaje es aquello que nos hace diferentes en la
naturaleza, aquello que nos eleva de la pura animalidad y nos
convierte en seres racionales. Y es sorprendente, hasta casi
ridículo y lastimoso, ver como el propio lenguaje, el
"máximo" logro humano, es incapaz de encerrar dentro
suyo al más mínimo fragmento de musicalidad. La música es un
mundo irreductible a la razón, una experiencia que escapa al
sentido que las palabras puedan o quieran darle. Y así como el
lenguaje es lo que establece una separación entre lo humano y lo
animal, entre lo racional y la naturaleza, entre el hombre y el
mundo, de la misma manera creo que la música es el intento del
mismo hombre por derribar esa barrera. La música, y con ella el
arte en general, aspiran precisamente a reconciliarnos con ese
mundo anterior, del que sin duda provenimos, pero del que solemos
olvidarnos. Son el puente que tendemos hacia una realidad que nos
precede, una realidad siempre enigmática y superior. Son los
vivos testimonios del hombre como ser sagrado, en conexión con
algo que lo trasciende. La música y las artes han sido desde
siempre una apuesta por la trascendencia.
Ahora
bien, el hecho de que la música nos presente y represente
respuestas a esa primordial pregunta de qué es el hombre, no
quiere decir que todos los hombres presten sus oídos a escuchar
esas respuestas. Sabemos como son las cosas. Ciencia y razón son
los carruajes triunfantes donde el ser humano pasea con orgullo su
modernidad. Son ellas las que nos dan respuestas. Y ya ni siquiera
respuestas: deciden qué es el hombre. El arte ha pasado a
ser algo bonito, para el disfrute ocasional en el mejor de los
casos, puesto que casi la única función (como si el arte debiera
ser funcional) ya casi solo es la de otorgar prestigio y status.
Saliéndonos un poco de la música podemos encontrar un ejemplo,
por caso, la subasta de pinturas de artistas reconocidos. Suelen
pagarse fortunas por alguno de estos lienzos. La cuestión no es
solo la apropiación de algo que no debiera tener dueño: quién
paga 20 millones de dólares por una pintura no tiene ni la más
remota idea de lo que es el arte; no ha experimentado el arte y
probablemente no lo hará jamás. Está comprando una obra como
compra una casa, un yate de lujo o influencias en el gobierno: la
lucha por ofrecer el precio más alto en una subasta es una
demostración de poder y no de verdadera comprensión del arte.
Pagar semejante fortuna por una pintura es un acto obsceno e
indica no solo que el dinero no es todo, sino que muchas veces
constituye el mayor obstáculo para el desarrollo de la plenitud
del hombre.
Pero
volvamos al problema inicial. Ciencia y razón, y no el arte, son
las maneras fundamentales de entender y expresar lo real. Son
ellas quienes nos develan los verdaderos significados de la vida.
Max Horkheimer y Theodor Adorno (foto, abajo,derecha) en su Dialéctica del
Iluminismo ilustran la separación entre ciencia y arte y sus
implicaciones en el lenguaje. La cita es al respecto de la
poesía, pero da cuenta de cómo funciona con el arte en general:
"Con
la precisa separación entre ciencia y poesía la división del
trabajo, ya efectuada por su intermedio, se extiende al lenguaje.
Como signo, la palabra pasa a la ciencia; como sonido, como
imagen, es repartida entre las diversas artes, sin que se pueda
recuperar ya más la unidad gracias a su adición, sinestesia o
"arte total". Como signo, el lenguaje debe limitarse a
ser cálculo; para conocer a la naturaleza debe renunciar a la
pretensión de asemejársele. Como imagen debe limitarse a ser una
copia: para ser enteramente naturaleza debe renunciar a la
pretensión de conocer a ésta."
La
ciencia expresa mediante el lenguaje lo verdadero; el arte es pura
copia, incapaz de decirnos nada sobre la naturaleza de las cosas.
Pero hay más:
"Mediante
su celebrado arte, Homero no ha llevado a cabo reformas públicas
o privadas, no ha ganado una guerra ni ha hecho ningún
descubrimiento. No basta que una nutrida multitud de secuaces lo
haya honrado y amado. El arte debe aun probar su utilidad."
Es
precisamente esta idea de utilidad que se pretende del arte la que
llega a resultar irritante. Precisamente por no ser útil a la
manera de la ciencia es que el arte puede hacernos
conocer el
mundo y a nosotros mismos. Su utilidad nada tiene que ver con la
técnica ni el cálculo, ni siquiera con el "progreso"
humano, por el que muchos se rasgan las vestiduras. El objeto del
arte es acercarnos mundos que no pueden ser encerrados en una
fórmula, mostrarnos cosas de las que ni la razón ni la ciencia
pueden dar cuenta. En definitiva, dar una respuesta a ese supremo
misterio de qué es el hombre, algo que la ciencia, por el solo
hecho de plantearse como "verdadera" no puede hacer. La
íntima angustia de la ciencia -que nunca hace visible- de saber
que nunca alcanzará la Verdad, ni siquiera se
plantea en el arte, pues éste no se maneja con criterios de
verdad - falsedad.
2
Pero
el reino de la utilidad también ha llegado a las creaciones
musicales. Y no es ciertamente algo reciente. Voy a precisar un
poco más a que me refiero. Así como razón y ciencia -léase
"lo útil", "lo práctico"- son las visiones
de mundo imperantes en la actualidad, serán también las
dominantes aquellas obras musicales útiles y prácticas (en el
más literal sentido de esas palabras). En realidad no es sino una
consecuencia lógica. En principio, estas obras han demostrado su
"utilidad estética" (paradójica combinación): la
estética de las canciones simples, con melodías pegadizas,
"vendibles", fácilmente consumibles (y fácilmente
olvidables). Son las canciones del momento, el "hit" del
verano. Consecuencia de esta utilidad estética, nace la utilidad
económica, que no hace sino perpetuar a la primera: a este
respecto, las cifras de ventas de discos, las ganancias de las
compañías discográficas, radios y canales de música hablan por
sí solas. Y como dije, es una consecuencia lógica: si la
visión imperante de mundo considera como válidas aquellas cosas
que poseen utilidad práctica, no es de extrañar que esta
utilidad se inmiscuya hasta en terrenos que siempre le fueron
ajenos. El arte, el verdadero arte en cambio no tiene una
"utilidad". Al menos no en el sentido que normalmente se
le atribuye a ese término.
Sin
embargo, este tipo de nuevas creaciones (nuevas es solo una forma
de decir: en realidad ya tienen unas cuantas décadas encima) se
regodean con el arte. Se definen y son presentadas como arte,
tanto por los productores discográficos, los propios creadores e
incluso por la crítica especializada. Los mismos músicos se
autodefinen como "artistas". No estoy diciendo nada
nuevo: cualquiera que escuche la radio o vea un canal de música
lo notará fácilmente.
Ahora
bien ¿es esto arte? Una de las fundamentaciones que he escuchado
es que, como se trata de música, entonces se trata de arte. No se
le puede negar su naturaleza artística ya que es música, y la
música es arte. Algo bastante absurdo. Tomemos como ejemplo el
cine. Cuando vamos al cine tenemos una amplia gama de distintos
tipos de creaciones para ver: desde películas de ficción, con
todos los diversos géneros que estas abarcan, desde el film de
aventuras hasta el drama, pasando por una variedad amplísima;
películas animadas para niños y hasta películas documentales.
Si vamos en busca de entretenimiento y nos sentamos a ver una
comedia liviana, nos reímos un rato y así como llegamos al cine
nos vamos ¿podemos afirmar que es arte lo que presenciamos?. El
cine no es arte en sí mismo, es solo un medio. Un medio que puede
servir para crear muy diversas manifestaciones, entre ellas, por
supuesto, se encuentran las artísticas. Pero el solo hecho de ser
cine no convierte a una película en arte. Y lo mismo sucede con
la música. El solo hecho de ser música no convierte en arte a la
canción más estúpida que suene en la radio.
Pero
entonces ¿cuál es el criterio para discernir qué es arte y qué
no lo es? El arte, como se dijo más arriba, siempre está a la
búsqueda de algo que es presentado mediante la obra, pero que a
su vez la trasciende. Que trasciende incluso las fronteras de lo
que percibimos como más cotidiano, aquella realidad que
percibimos como inmediata. Y lo hace creando mundos nuevos,
haciéndonos conocerlos y haciéndonos ver que algo se dibuja más
allá de nuestra experiencia de todos los días, de lo que
consideramos como "real". La gran mayoría de la música
que hoy oímos, la música, por denominarla de alguna manera,
"comercial", solo se queda en la inmediatez de aquello
que se presenta, de lo que escuchamos. Su principal carácter es
ser momentánea: la escuchamos revestidos de cotidianeidad, con la
misma predisposición con que ponemos la llave en una cerradura
para abrir una puerta, preparamos una ensalada o levantamos la
mano para pedir un taxi. Y esto no porque seamos incapaces de
descubrir aquel más allá que la obra propone: simplemente no hay
más allá.
Para
ilustrar lo que quiero decir voy a contar algo que me sucedió.
Estaba escuchando la radio. Las canciones, bonitas algunas, se
sucedían. Mientras tanto pensaba. No recuerdo en que, pero
recuerdo perfectamente que pensaba. De pronto apagué la radio y
puse en la compactera el Réquiem en re menor de Mozart (imagen
izquierda y abajo derecha, un momento de la escritura del Requiem
de Mozart). Empecé a
escuchar. Mientras tanto me dispuse a pensar. No recuerdo en que
quería pensar, pero recuerdo perfectamente que quería pensar.
Mientras tanto la música sonaba. Y me fue imposible pensar. Por
más que trataba de abstraerme, la música me lo impedía. Una y
otra vez trataba de hilvanar el más mínimo rudimento de
pensamiento, pero no podía. Lo que escuchaba se anteponía a mi
razón e impedía que llegue a mí. Finalmente me entregué. Solo
dejé que la música me llevara, que me dispusiera en uno de los
tantos mundos que ella creaba y en los cuales yo era un visitante
casi virtual, creado también por ella, nacido a través de ella.
Y me dejé recorrer por ella y solo entonces entendí que esa
música no había sido concebida para pensar. Había sido
concebida para sentir.
Por
supuesto, con este ejemplo no pretendo hacer una separación entre
el pensar y el sentir: tal cosa sería ridícula. Una obra de
arte, ya no solo musical, sino todas ellas, también nos llama a
la reflexión. Es más, el componente de reflexión es una de sus
principales características y en caso de no aparecer, una obra de
arte no sería tal. Lo que quiero decir con esto es que en la
música, más que en cualquier otra manifestación artística, el
propio acercamiento a la obra consiste en un completo dejarse
llevar, en compenetrarse en la obra y fundirse con ella. Es dejar
que el sonido entre por nuestros oídos y envolviéndonos, nos
transforme en algo distinto de lo que somos en nuestra rutina.
Algo que también sucede en otras ramas del arte, pero creo que no
en el grado con que se da en la música. Y es a partir de este
momento de sensibilidad plena, de pura sensorialidad, que llega la
reflexión. Es luego de haberse sumergido, de haber buceado en el
mundo que la obra crea, de haberlo experimentado, en definitiva,
de haberlo sentido, que podemos reflexionar sobre esa
experiencia. Siempre me pareció que a la composición musical
primero hay que sentirla y luego comprenderla: si el arte es la
búsqueda permanente de trascendencia, el recrear una y otra vez
nuevos universos, primero hay que vivirlos y experimentarlos, para
luego comprenderlos. Y por supuesto, este momento de reflexión y
meditación es tan importante como el primero, pero creo que no se
puede acceder a él de la mejor manera si antes no se experimenta
de forma vívida la obra.
Ahora
bien ¿cuál es la diferencia con este otro tipo de obras de las
que dije son las dominantes en la música actual? Cualquiera me
puede decir que también se "siente" algo con ellas.
Pues bien, yo opino que ese algo es radicalmente diferente a lo
que se experimenta en la creación artística. Lo que se siente
con estas obras es solo la inmediatez de lo que escuchamos, la
experiencia que vivimos no va más allá del sonido que penetra
nuestros oídos. Particularmente, en este tipo de obras no he
notado jamás una búsqueda de creación que origine un cambio en
la percepción que consideramos habitual. Es verdad,
"sentimos" esa música, pero ese sentir no tiene nada
que ver con el sentir del arte. Escuchar una canción puede
originar en nosotros una gran variedad de sentimientos, pero
nuevamente, creo que la naturaleza de esas emociones es
radicalmente diferente a la de la creación artística.
3
Creo
que es preciso en este momento aclarar algo. El hecho de que esté
afirmando que este tipo de música no es arte, no quiere decir que
la niegue como creación cultural, ni que diga que no sirve y que
es preciso desterrarla. Para nada. Es más, yo mismo escucho
muchos grupos de música o intérpretes a los que no considero
dentro del arte y sin embargo me gusta hacerlo y lo disfruto. De
la misma manera tampoco puedo decir que algunos de estos músicos
no intenten acercarnos algún tipo de significación profunda, o
de comunicarnos algo que ellos consideran significativo. Solo creo
que lo que se experimenta es muy diferente con respecto al arte.
Quizá
el mayor problema surja –y esto es algo que va in crescendo-
cuando empiezan a aparecer cada vez más músicos (si es que se
los puede llamar así) que no tienen nada para ofrecer. No se
plantean si tienen algo para decir y lo dicen creando. De alguna
manera, hacen canciones como quien vive "porque el aire es
gratis". No tienen nada para importante para comunicar. En
realidad ya ni siquiera algo importante, puesto que lo que de
entrada ya está ausente es la intención de comunicar algo. La
música entonces no se toma como un medio para expresarse, sino
como el camino más fácil y rápido para convertirse en rico y
famoso, en un star. Y son precisamente estos músicos a quienes
más se les escucha llamarse a sí mismos "artistas". Es
algo que resulta sumamente irritante y es precisamente este hecho
el que me llevó a escribir estas páginas. La diferenciación,
dentro de la música, de lo que es arte y lo que no lo es me
parece capital, porque de otra manera todo, hasta la canción más
estúpida e insustancial, acaba por ser llamada arte y esto es
algo que me niego rotundamente a aceptar.
Horkheimer
y Adorno refieren, en los primeros párrafos del capítulo sobre
la industria cultural, que hubo un momento en que este tipo de
creaciones no tenían ya que hacerse pasar por arte. Se están
refiriendo sobre todo al cine y a la radio y de esta manera a la
música que en ella se escucha:
"Film
y radio no tienen ya más necesidad de hacerse pasar por arte. La
verdad de que no son más que negocios les sirve de ideología,
que debería legitimar los rechazos que practican deliberadamente.
Se autodefinen como industrias y las cifras publicadas de las
rentas de sus directores generales quitan toda duda respecto a la
necesidad social de sus productos".
En
la actualidad esta cuestión es más ambigua. La línea que separa
industria de arte es mucho más fina y confusa. Las creaciones
siguen definiéndose como productos de una industria, pero a su
vez reclaman para sí mismas un lugar dentro del arte. Esto nos
lleva al problema de la obra como arte, pero también como
mercancía. La problemática es bastante compleja y genera un
campo de discusiones –y seguramente, disensiones- imposible de
tratar aquí. De todas maneras, viéndolo de una manera más
general, a lo largo de la historia el artista siempre, de una
forma u otra, "comerció" con su obra, ya sea en la
actual industria cultural, en el capitalismo naciente del siglo
XVIII, o en el mecenazgo del Renacimiento. Pero como dije es un
tema complejo y abre un debate que estas pocas páginas no pueden
cubrir.
Aceptemos
entonces, al menos de momento, que es posible que la obra como
arte conviva a su vez con su faceta de mercancía. Tomemos como
natural el hecho de que una obra circule en el mercado. Esto, por
supuesto, tiene sus ventajas y desventajas, pero creo que aún
sigue dejando indemne la cuestión de que el artista crea una obra
porque tiene algo que comunicarnos, algo trascendente. Y también
deja indemne a aquél que, aún no siendo artista y sin pretender
hacer arte, quiere comunicarnos algo y lo hace mediante la
música. Lo que quiero decir es que, aún viviendo en una sociedad
de consumo como la actual, las posibilidades del arte y la
creación siguen estando (algo que ciertamente no creían
Horkheimer y Adorno, citados aquí ya en dos oportunidades).
El
problema empieza cuando la parte de mercancía la obra empieza a
prevalecer sobre la parte artística. Y esto es lo sucede con la
gran mayoría de la música actual. El problema no es que las
obras se vendan en el mercado, sino que solo el echo de vender
impulse a que se haga música. La política del "hit" es
lo que hoy prevalece: hay que hacer canciones "lindas",
pegadizas, no importa su contenido ni lo que comuniquen, solo
basta que suenen en la radio. De tal suerte quien hace música ya
no es un músico, sino un empresario; su instrumento ya no es más
la guitarra o el piano, sino la calculadora.
Hace
poco estaba viendo la televisión y me detuve por un momento en el
canal MTV. Le estaban haciendo una entrevista a Britney Spears,
famosa diva del pop. En un momento le preguntaron con quién le
gustaría compartir alguna vez el escenario en un concierto. Su
respuesta fue: "con Madonna, porque creo que tiene una
visión muy buena de cómo manejarse en este negocio". No
habló acerca de que Madonna tenga buenas cualidades como
cantante, de que sus canciones le llegaron profundamente o de que
la considere una excelente compositora; en definitiva de si le
parece una gran "artista". No. Su respuesta apuntó a
los negocios. Lo peor de todo es que un ejemplo como este no es la
excepción, sino la regla. La música ya no es un medio para
expresarse, es un negocio: pase y llévese todo.
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Este
carácter de negocio que ha tomado el mundo de la música, o al
menos una parte, aún siendo la mayoría, no cercena totalmente
las posibilidades del arte y de quien quiera comunicar algo. Se
hace bastante más difícil, pero creo que aún no se han cerrado
todos los caminos para poder expresarse. Aún se pueden encontrar
hombres y mujeres con intenciones de acercarnos significado y
otros hombres y mujeres dispuestos a participar en esa comunión.
Quizá el mayor desafío se encuentre en prestar oídos a esa
música y hacer oídos sordos del hit momentáneo que resuena en
la radio o la TV. No resulta por cierto fácil: de hecho yo
escribí este artículo precisamente por el hastío que me genera
el hecho de autodenominarse artista quien a través de su música
no tiene el más mínimo significado para comunicar. Como he
dicho, el arte es la búsqueda permanente de sentido. Y el sentido
solo tiene "sentido" para quien intenta constantemente
comprenderlo, interpretarlo y reinterpretarlo. Ni el mercado, ni
la industria, ni los negocios pueden arrebatarnos el poder que
tenemos para explorar nuevos mundos en busca de significado. Como
dije, no es fácil, pero creo que depende más que nada de las
propias intenciones que tengamos de darle significación a
nuestras vidas. Quien se embarque en esta cruzada será aquel que
quiera traspasar la dimensión de lo habitual y rutinario, aquel
que haya entendido que "lo real" puede ser precisamente
aquello que cotidianamente no vemos ni oímos. (*)
(*)
Fuente: Este texto fue escrito por Juan Manuel Robledo
en el contexto de la realización de la materia Principales
Corrientes del Pensamiento Contemporáneo en la Carrera de
Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires.