LOS PUCARAS: HUELLAS DEL
PODER INCAICO
Por Dr. Antonio
Fresco
El término quichua pukara tenía para los incas el significado
de "fortaleza" o "castillo". Esta denominación
se ha aplicado de manera tradicional a ruinas de construcciones
antiguas, que adoptan la forma de círculos concéntricos de muros
y fosos. Están situadas en la parte superior de lomas y cerros,
y constituyen un rasgo muy repetido en el paisaje andino, desde
el norte del Ecuador hasta el centro de Chile y del occidente
argentino.
Además
del término quichua Pucara o "Pucará" (más
castellanizado este último), en Ecuador se aplican a estos
elementos del paisaje a otras palabras de carácter más formalmente
descriptivo como "Churo" (en quichua, churu =
"caracol menudo para comer"), "Churoloma" (=
"loma en forma de caracol", compuesto quichua-castellano),
"Muyurco" (compuesto quichua, muyu = círculo, redondez, cosa
redonda, circular y urqu = cerro), Torneado (= cerro dado forma
como con torno), "Ingaloma" (compuesto quichua-castellano=
loma de los incas) y otros menos comunes. Como se puede apreciar,
la imaginación popular identifica a los vestigios de Pucaras con
objetos de forma espiral terminados en punta. En unos pocos casos,
el topónimo (Ingaloma) nos indica que la tradición popular
atribuye su construcción a los incas; en otros, la identificación
es completa respecto a su función original (Pucara). El perfil de
estas lomas o cerros recuerda a una pirámide escalonada con
gradas o andenes poco pronunciados, pues sus terrazas (con
paramento de piedra) y fosos defensivos, paralelos y horizontales,
cortan la pendiente de la ladera en sentido transversal.
En muchos
casos, la erosión y la acción humana (trabajos agrícolas,
aprovechamiento de las piedras para construcciones,
"huaqueo" o búsqueda de tesoros, etc.) han devuelto a
la ladera su pendiente natural (o casi), pero en muchos casos una
huella borrosa de las terrazas originales aún puede llegar a
apreciarse en la vegetación, como una sucesión de líneas
paralelas horizontales.
Hasta
el año 1984, aparte de un inventario preliminar de las fortalezas
situadas al norte de la línea equinoccial en las provincias
de Pichincha e Imbabura, las excavaciones muy limitadas debidas a
la Universidad de Bonn en Quitoloma, y los trabajos arqueológicos
que se venía realizando desde mediados de la década de los 70,
por el
Museo del Banco Central del Ecuador en el Pucará de Rumicucho, situado cerca de la población de San Antonio de Pichincha,
no se había llevado a cabo en el Ecuador un estudio de conjunto
de estas construcciones militares prehispánicas.
Sobre
la base de las noticias poco precisas que se pueden extraer de los
cronistas y otros documentos coloniales, así como datos muy
limitados de carácter arqueológico, se ha venido especulando
entre algunos historiadores y otros estudiosos, alrededor de dos
hipótesis principales respecto a sus constructores y a su función:
- a)
Fueron construidas por los incas para apoyar el esfuerzo
bélico de sus ejércitos de conquista.
- b)
Fueron construidas por las etnias locales para
defenderse de la amenaza inca.
Unos
pocos autores aceptan la hipótesis del origen local, pero atribuyéndole
una función diferente a la militar, o sea, básicamente
ceremonial. Aunque esta opinión tiene su apoyo en ciertos datos
de carácter etnográfico e histórico, la evidencia fundamental
señala que su función básica y original fue la militar. Existe
una tendencia generalizada entre los historiadores ecuatorianos de
la escuela tradicionalista a preferir la hipótesis
"b)", por lo general, sin aducir razones de peso. El
arqueólogo Plaza Schuller la acepta, aunque con dudas; sin
embargo, la información por él reunida no es suficientemente
inequívoca como para confirmar una u otra hipótesis. El
etnohistoriador Frank Salomon, en base a un estudio exhaustivo de
la documentación colonial temprana, llegó a la conclusión de
que la primera hipótesis es la válida . La evidencia aportada
por las investigaciones arqueológicas realizadas en Rumicucho y
Quitoloma, confirma con bastante claridad una ocupación, y
probable construcción, incaica.
A
partir del año 1984, y bajo la dirección del autor de este
texto, el Museo del Banco Central ha llevado a cabo un estudio
sistemático de los pucaráes del área quiteña. Sus resultados
nos permiten afirmar ya, de una forma categórica, que, aparte de
un pequeño número de fortalezas caranquis (de las cuales existen
referencias históricas imprecisas en cronistas del siglo XVI,
pero que no han podido ser localizadas hasta ahora con seguridad),
la inmensa mayoría de las referencias históricas y todos los
datos arqueológicos seguros señalan inequívocamente que la gran
mayoría los vestigios de los pucaráes reconocibles en la zona
corresponden a fortalezas militares construidas y ocupadas por los
incas.
El
único conjunto arquitectónico conocido, cuyas características
constructivas parecen de carácter militar, pero que difieren
totalmente de las de los anteriores, es el situado sobre la colina
Atallaro o Araque, a orillas de la laguna de San Pablo. En este
caso, podría tratarse de la única que ha llegado hasta hoy de
las fortalezas caranquis citadas por los cronistas.
Desgraciadamente, no existe ningún estudio arqueológico de este
monumento que nos permita confirmar o negar esta suposición.
En
los casos en que tenemos información procedente de excavaciones
arqueológicas (Rumicucho, Azuajatu, Guayllabamba, El Salitre,
Quitoloma), se puede comprobar que las fortalezas presentan un sólo
momento de utilización, corto e intenso. Éste se caracteriza por
un material cerámico que corresponde a dos tradiciones
diferentes: inca y caranqui; con una bajísima proporción de
fragmentos de otros orígenes, panzaleos y cbímú principalmente.
En el caso de la primera, presente y abundante en todos los casos,
se trata de cerámica inca propiamente dicha, y no de copias
realizadas por ceramistas de etnias locales, como las que se
pueden ver en otros sitios de la región: Cochasquí, Cayambe,
etc.
Todo
indica que los soldados de guarnición (barqaq sayapayaq),
acantonados en dichas fortalezas fueron puestos allí por el
Estado inca, y actuaban bajo supervisión directa de autoridades
militares del imperio cuzqueño; un ejemplo de esto podemos verlo
en la Visita a Huánuco de 1562:
"...el
Inga puso a estos indios por mitimaes en las fortalezas de
Colpas y de Cacapaiza y de Angar, ... no estaban allí para otra
cosa más de para guarda de estas fortalezas... Venía un ynga
gobernador cada año, que los visitaba; ... a los que estaban
para guarda de las fortalezas no les pedía más cuenta sino si
tenían municiones de guerra, que eran hondas o chulpas de
piedras y lanzas y rodelas y chucos para la cabeza... Estos traían
leña para velar las fortalezas de noche... En cada una (de las
fortalezas)... veinte indios de guardia... Esta orden se tenía
con todas las guardas de las fortalezas en otras partes..."
Excepto
la posible fortaleza caranqui de Atallaro, todos los pucaráes,
tanto los que han sido excavados como los que no, presentan unas
características arquitectónicas uniformes y, en todos los casos
en que se ha podido observar, la cerámica asociada a ellos es la
misma. Las pequeñas diferencias en detalles constructivos parecen
deberse solamente a las características topográficas
particulares de su lugar de implantación, al material de
construcción accesible en las cercanías, a su mayor o menor
jerarquía dentro del sistema de guarniciones fortificadas, y su
particular función estratégica.
Todos
los pucaráes conocidos en territorio ecuatoriano se hallan sobre
elevaciones que dominan lugares estratégicos de ambas cordilleras
andinas, de sus estribaciones exteriores o del callejón
interandino. Típicamente, las fortalezas de las cordilleras se
encuentran aisladas o formando grupos más o menos numerosos. En
el interior del callejón interandino generalmente forman
alineaciones transversales, ya sea de pucaráes individuales o de
agrupaciones más o menos grandes. Estas alineaciones se
desarrollan de Este a Oeste, desde una cordillera hasta la otra.
Existen, además, otros pucarás aislados, pequeños grupos o
largas alineaciones Norte-Sur, que se distribuyen a lo largo de la
vertiente o cordilleras secundarias en el lado exterior de la
cordillera occidental (Cordillera de Sigchos, Angamarca, por
ejemplo).
De
las alineaciones transversales, las más evidentes se encuentran
en el norte de la provincia de imbabura y en Pichincha a la altura
de Guayllabamba. Existe otra probable en el sur de la de
Chimborazo. Servirían como líneas de contención de tropas
enemigas que tratasen de invadir el territorio ya en poder de los
incas, o podrían señalar los límites alcanzados en las
diferentes fases de las campañas de conquista incaicas.
Los
pucaráes distribuidos a lo largo de las cordilleras o sus
estribaciones controlarían los pasos accesibles a través de éstas,
que podrían convertirse en rutas de ejércitos invasores
procedentes de las tierras bajas costeras o de la Amazonia. Las
agrupaciones más importantes señalan, al parecer, las rutas más
transitadas y cómodas. En el noroccidente de Pichincha, una línea
de pucaráes corre a lo largo de las cumbres que dominan un camino
incaico conocido por documentos coloniales tempranos: Quito-Nono-Cachillacta-Chacapata.
La
fila de fortalezas que cruza transversalmente el callejón
interandino al norte de la provincia de Pichincha, marca la
principal línea de defensa en las cercanías del más importante
centro de poder del extremo norte del imperio inca: Quito.
Estos pucaráes se sitúan directamente al sur de una importante
barrera natural Este-Oeste: el imponente cañón de los ríos
Guayllabamba y Pisque. Esta alineación está constituida por tres
importantes grupos de fortalezas (Lulumbamba, Guayllabamba y
Pambamarca). Existen, además, varias fortalezas aisladas,
situadas en puntos intermedios entre dichas agrupaciones, y que
las conectan visualmente. Cada uno de estos conjuntos de
fortalezas se sitúa en las cercanías de uno de los principales
puntos de cruce (puentes o cbapa.kuna y vados cbinpana.kuna) a
través de la barrera natural (cañón o gran quebrada), por los
que pasaban las más importantes rutas de comunicación de la región
en época prehispánica.
Al
norte de imbabura el callejón interandino está cruzado por otra
línea de fortalezas desde la de Aloburo, al norte de la laguna de
Yaguarcocha, al Este, hasta varias situadas sobre el páramo bajo
entre los cerros Yanaurco y Cotacachi, en la cordillera
occidental. Aquí no existen verdaderas agrupaciones y los pucaráes
son de menor tamaño que en la línea citada anteriormente. El
centro inca secundario que dominaba la zona de imbabura, Caranqui,
se encuentra ligeramente al sur de esta línea.
Ambas
alienaciones conectan con otras que se extienden Norte-Sur a lo
largo de ambas cordilleras. En ambas existen algunas agrupaciones
en los pasos de montaña más importantes que conectan con el
exterior de la zona andina; por ejemplo, entre los volcanes
Cotopaxi y Sincholagua (pucará El Salitre y otros), entre los
cerros Cotacachi y Yanaurco, sobre la población de Sigchos (pucaráes
Pujín, Amanta y Gualaya entre otros).
La
fortaleza más importante de todas y, probablemente, el centro de
mando de todo el sistema fortificado fue Quitoloma. Se trata de un
gran conjunto de murallas de defensa y fosos que contienen en su
interior un buen número de edificaciones de carácter
administrativo, habitacional, de almacenaje y ceremonial. Está
situado sobre una extensa loma alargada en sentido Norte-Sur que
domina un paso entre los cerros Pambamarca y Puntas, por el que
cruzaban importantes rutas de comunicación prehispánicas.
inmediatamente al norte, sobre el cerro Pambamarca, existe la
agrupación más numerosa de fortalezas de la zona: jambimacbi,
Pambamarca, Paccha o Celdas, Campana, Censo u Oljan, Tablarumi,
Acbupallas, Guachalá, Bravo, entre otras.
Todas
las fortalezas prehispánicas indicadas presentan unos rasgos
arquitectónicos y de ubicación homogéneos, que nos muestran que
su construcción fue planeada y llevada a cabo siguiendo las
instrucciones emanadas de una autoridad central y única, para un
propósito común y una acción coordinada. De acuerdo con la
evidencia combinada que proporcionan los datos históricos y
arqueológicos, esta autoridad central sólo pudo ser la del gobierno imperial cuzqueño o la de sus representantes locales.
Cada pucará está compuesto por un número variable de terrazas (patapata)
concéntricas sucesivas que van ascendiendo hacia la cumbre de la
prominencia sobre la que se asienta la fortaleza.
El
frente de las terrazas presenta un paramento o muralla defensiva (muyuypirka
o tumaypirka), generalmente de piedras sin labrar, de 3 ó 4
metros de alto que se elevaba sobre el borde de la terraza para
formar un repecho para protección de los defensores. Bordeando el
muro por su parte alta e interior existía una franja no aplanado
para facilitar el rápido desplazamiento de os soldados. En el
resto de la ladera, entre una terraza y otra, la pendiente solía
quedar sin modificar. Al pie de las murallas había usualmente un
foso defensivo excavado en la tierra, de unos 3 metros de
profundidad y 4 de ancho en la superficie. Cuando la fortaleza no
se construía sobre una cumbre, sino en un saliente de la ladera,
un foso transversal se excavaba a lo ancho de la ensillada que lo
conectaba con la ladera Superior
extendiéndose por ambos lados hasta alcanzar un punto en que la
pendiente fuese lo bastante escarpada como para hacer muy difícil
el paso a los enemigos.
En
fortalezas que ocupan una cumbre rodeada de pendientes no muy
escarpadas
y que contienen promontorios que dificultan una buena visibilidad
de los alrededores, a menudo se construyó un gran foso exterior
separado por algunos cientos de metros de la primera muralla del
pucará.
El
acceso al interior de la fortaleza y a cada uno de los recintos
que la componen, se lograba a través de aberturas hechas en las
murallas de las terrazas (alrededor de 2 metros de ancho). Un
corredor con paredes de piedra, generalmente en ángulo o en zig-zag,
para dificultar la entrada violenta del enemigo. Muchas veces, al
otro lado de las paredes laterales del corredor existen
construcciones tipo torre, o el terreno está sobreelevado, para
permitirles una posición ventajosa a los defensores de los
atacantes que pudiesen llegar hasta la puerta.
Por
el interior de todas las agrupaciones localizadas, se
distribuyen las habitaciones de los soldados y sus jefes,
edificios administrativos, talleres, depósitos de armas,
alimentos y vituallas, y construcciones ceremoniales. Las de mayor
jerarquía o importancia logística, se ubican al interior y en
lugares más fuertemente defendidos. En el caso del gran pucará
de Quitoloma existe un amplio recinto interior, protegido con
murallas propias y fosos, donde se agrupan más de cien
construcciones entre viviendas, depósitos y edificios administrativos.
En
la centro nuclear de muchas fortalezas (Quitoloma, Paccha,
Campana, Achupaflas, GuayUabamba, San Luis, Santa Eulalia, Amanta
y muchas otras) existe una construcción ceremonial en forma
de plataforma o pequeña pirámide, de planta cuadrada o
rectangular, de núcleo de tierra revestido de piedra. Una rampa
escalonada de piedra permite el acceso a la plataforma superior.
Esta rampa suele estar situada en el lado sur del Monumento.
Esta
presentación sintética de la variedad y eficiencia del armamento
y arquitectura militar empleados por las sociedades indígenas del
Ecuador, se debe considerar como una muestra inicial del gran
potencial que tiene el estudio de un aspecto tan importante de la
vida de estos pueblos.(*)
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Ruinas
de un pucará |