... La arqueóloga Constanza
Ceruti se dio tiempo para hablar de su tema preferido:
las momias y santuarios de los incas construidos en la alta
montaña. Fue en un salón de la sede de Gendarmería Nacional
en Buenos Aires, acompañada por la proyección de diapositivas
que hipnotizaron a un público de expertos.
Es que las imágenes sugerían muchas cosas. Desde la
dificultad de su trabajo a miles de metros de altura al sentido del
"culto a la montaña" y los sacrificios humanos en la civilización incaica.
Pero también la devastación que causan los "huaqueros", los profanadores de tumbas que llegan a usar cargas
de dinamita y han saqueado el 70 por ciento de los sitios arqueológicos
detectados en el noroeste.
En febrero y marzo de 1999 Ceruti participó de la
expedición conducida por el estadounidense John Reinhard que
encontró no muy lejos de San Antonio de los Cobres, en el volcán Llullaillaco
-a 6.739 metros de altura- las momias congeladas de tres niños incas, perfectamente conservadas
a pesar de sus cinco siglos de antigüedad. "Posiblemente sean las momias
mejor conservadas del mundo entero, era como si hubieran muerto poco tiempo
atrás y no hace 520 años. Aún tenían el vello bajo las axilas", dijo la arqueóloga.
La revista National Geographic, que financió los trabajos, contó en detalle
la historia de esas momias -ahora tienen nombre, son La Doncella (15 años); El
niño (7) y La Niña del Rayo (6)- que se conservan hoy en la Universidad Católica de Salta.
"No hay nada semejante"
"En realidad no esperábamos encontrar nada -reconoció
Ceruti-, sólo queríamos estudiar un sitio ceremonial incaico que
es posiblemente el más alto santuario religioso del mundo, no hay nada semejante en Asia,
África y Oceanía".
Ceruti dirige actualmente el Instituto de Arqueología de Alta Montaña de
la Universidad de Salta. Por cierto, aquel descubrimiento le permitió graduarse de
doctora en arqueología de alta montaña -es la única con ese diploma en el país-
con una tesis de 320 páginas.
"La
montaña nos puso a prueba primero, soportamos tormentas de nieve
durante tres días seguidos a seis mil metros de altura. Los dedos se
congelan y es imposible tomar notas, la presión es tres veces más baja
y es difícil mantenerse concentrada", contó Ceruti, que ha subido
a más de 80 cumbres-muchas superiores a los 5.000 metros- y publicó
cuatro libros sobre el tema, entre ellos Cumbres sagradas del
Noroeste argentino".
La civilización incaica, que llegó a dominar la amplia región que va
desde el Ecuador hasta Tucumán, consagraba sus víctimas a Inti (el
dios del sol), Illapa (el dios del rayo), y Viracocha (el creador).
"Se elegían niños porque eran símbolos de pureza ante los
dioses, y a las nenas se las criaba en la Casa de las Vírgenes del Sol,
donde vivían desde los ochos años de edad hasta el momento del
sacrificio. El consumo de hojas de coca y el alcohol de la chica
adormecía a las víctimas elegidas. Al menos en este caso no murieron
por un golpe en el cráneo, ni por asfixia o estrangulamiento.
Sencillamente, se quedaron dormidas y murieron congeladas",
explicó la arqueóloga.
Las procesiones de chicos elegidos para
el sacrificio salían a pie desde Cuzco, acompañados por sacerdotes y oficiantes.
El sacrificio estaba relacionado con la
"Capacocha", un rito que buscaba mantener "el orden cósmico" en circunstancias
difíciles para los incas, como la muerte del emperador, la cercanía de las siembras
y cosechas o un desastre natural.
Las montañas eran adoradas pero también eran una fuente de temor para los
incas. Los elegidos para el sacrificio subían lentamente al santuario de alta montaña y
había una última noche en sitios de ceremonial construidos en
piedra, a distintas de alturas. "Los incas fueron famosos por la construcción de centros de culto a gran
altura. Creían que los niños sacrificados se transformarían en enviados de la
comunidad ante los dioses", contó la científica.
Según los estudios hechos por investigadores estadounidenses y argentinos,
en base a tomografías computadas y análisis de ADN, las tres víctimas del sacrificio
estaban acostumbradas a comer bien -el maíz era uno de sus alimentos predilectos-
aunque en algunos casos padecían de sinusitis o enfermedades bronquiales.
Cuando las tres momias fueron bajadas desde el volcán
Llullaillaco hasta la ciudad de Salta -un trayecto de 480 kilómetros- aún estaban congeladas,
con todos sus órganos internos -corazón, estómago, intestinos, hígado-
en perfecto estado. Así siguen hoy, en un freezer especial:
los análisis y estudios se hacen cada cuatro meses, en sesiones de no
más de 15 minutos.
"Lo inolvidable fue ver la cara de la Niña del Rayo, las otras
dos momias estaban cubiertas con mantas tejidas pero ella estaba carbonizada, como una
estatua", dijo Ceruti. Alrededor de los cuerpos había collares rosados de
valva Spondilus -típicas de mares cálidos frente a las costas de Ecuador-
además de estatuillas de oro y plata de distintos tamaños -desde 5 a
15 centímetros, de hombres y mujeres- decoradas con tocados de
plumas. Tampoco faltaban las mantas de vicuña con signos
heráldicos.
En resumen, Constanza Ceruti había descubierto una auténtica cápsula
de tiempo. Como ella admitió: "De pronto todo tenía sentido y estaba a
la vista". (*)
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Cumbre
del Volcán Lluillaillaco, lugar del descubrimiento de las
momias incas. |
(*)
Fuente: Eduardo Pogoriles, "En busca de los
misterios que ocultan las momias incas de Salta", publicado
en Diario Clarín, Ciudad de Buenos Aires, Argentina,
el sábado 6 de abril de 2002, p.42.