LOS MONTÍCULOS
INDÍGENAS DE AMÉRICA DEL NORTE
Thomas Jefferson, estadounidense, redactor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, fue también pionero
de la arqueología como disciplina científica. En 1781 escribió:
"No conozco nada que pueda llamarse un monumento indio... a excepción, desde luego, de los montículos que se encuentran
en múltiples lugares del país.." A continuación, los describía
como "de diferentes tamaños, algunos construidos con tierra y
otros con piedras. Es evidente que se utilizaron para enterrar a los muertos; pero existen grandes lagunas acerca del momento concreto en que se
construyeron".
Cerca de su residencia de Monticello, Virginia, el propio Jefferson investigó un montículo
de forma ovoide, con base de unos 12,2 m y una altura de 1,5. Sus excavaciones revelaron
que los agricultores modernos habían arrancado árboles de buen tamaño y retirado más de 005 metros de tierra de la parte superior del montículo. Al excavar en las diversas capas del mismo, Jefferson encontró
unos mil esqueletos, algunos amontonados en desorden bajo la
tierra, y otros -los más antiguos -estratificados.
¿Fueron los creadores de estos montículos los primeros
americanos? Tal era la opinión de Jefferson que suponía que habían llegado de Asia por la ruta del
norte. Y más de cien años después de su muerte, se demostró que Jefferson tenía razón; pero no logró averiguar quién
construyó los montículos, y cuándo. Y tampoco llegó a sospechar el enorme número y difusión de los mismos.
El gran montículo de la Serpiente
Los montículos de piedra están localizados principalmente en los valles de los ríos Ohio y
Mississippi. Muchos de ellos tenían forma de pirámide, pero los más extraordinarios están moldeados cual animales: serpiente;, águilas, zorros, osos,
alces, bisontes y, también, algunos seres humanos. Estos montículos con efigie, únicos en el mundo, muestran una notable característica que encierra un misterio: al igual que las
líneas de Nazca, sólo pueden ser apreciados adecuadamente desde el aire.
El más célebre de todos los montículos con efigie es el grande de la Serpiente, en el condado de
Adams, Ohio. A 46 m sobre el nivel del mar, un sinuoso terraplén de casi un metro de altura reproduce el cuerpo de una
serpiente junto a un pequeño arroyo llamado Bush Creek. La serpiente, que se remonta al siglo
I aC, mide 405 m de longitud y tiene la boca abierta, en actitud de comerse un huevo. No se han descubierto huesos ni utensilios, sino huellas del modo en
que se definieron los primeros contornos de la serpiente con piedras, para después construirla con arcilla acarreada de un valle inferior.
Los arqueólogos ignoran todavía el origen de la construcción y
el significado de la serpiente. Pero es dable encontrar ciertas pautas en mitologías y cosmologías
de otras zonas del mundo,
en las que la serpiente aparece asociada con frecuencia a las propiedades vivificadoras del agua. En las leyendas amerindias,
la Serpiente de Cuernos representa el poder fecundador del agua, en tanto que, para los aztecas mexicanos, la Serpiente Emplumada simbolizaba no sólo el Sol, sino también la lluvia
y la tormenta. El gran montículo de la Serpiente podría representar la importantísima unión
de tierra y agua, que propendía a la germinación de los cultos y la regeneración de
la tierra.
¿Cuál fue el primer pueblo de los montículos?
El gran montículo de la Serpiente es la principal obra que nos ha llegado de los adena, que
prosperaron en el valle del río Ohio y se cuentan entre los primeros cultivadores de
maíz en América. Gran parte de lo que sabemos de ellos se debe a los miles de montículos funerarios que
construyeron durante la segunda mitad del primer milenio aC. En el interior de los mismos instalaron tumbas
rectangulares para los cuerpos y los utensilios que se enterraban con ellos, como pipas de piedra talladas con formas humanas y
animales, tablillas de piedra con dibujos o diseños abstractos, y
objetos de cobre batido.
Los orígenes del pueblo adena son poco precisos. Muchos de los huesos encontrados en sus
montículos estaban pintados de ocre rojo, una costumbre que ya se
practicaban 2.450 años aC en Red Lake, estado de Nueva York. Sin embargo, los braquicéfalos adena practicaban también la deformación craneana, entablillando el cráneo de los recién nacidos con el fin de obtener frentes muy altas y aplastadas.
Esta práctica parece indicar que eran de origen centroamericano, pues los cráneos comparables más cercanos fueron hallado en lugares cercanos a la moderna ciudad de México.
El culto a los muertos
Al parecer, hubo un segundo grupo de constructores de montículos, los indios hopewell, que
continuaron muchas de las costumbres de los adena. Los hopewell eran dolicocéfalos,
físicamente distintos de los adena, y seguramente ocuparon el territorio de éstos en los valles del
Ohio y el Illinois, donde practicaron una versión más suntuosa de su cultura. También entablillaban el cráneo de los recién nacidos, pero desarrollaron a su manera la tradición de los montículos funerarios, construyendo túmulos mucho más
grandes y complicados.
Los montículos de los hopewell constituyen la prueba de un complicado culto a los muertos. En sitios especialmente
nivelados se construían grandes casas mortuorias de madera; las de mayor tamaño carecían de tejado y partían simples estacadas. En el interior de estos recintos se incineraba a los difuntos, tras haber separado la carne de los huesos.
Sólo a una élite privilegiada se la enterraba intacta, tendiéndose sus cadáveres en pisos mortuorios, rodeados de utensilios funerarios de los que tendrían que valerse en el otro mundo.
Los ornamentos prodigados para la nobleza parecen indicar que los hopewell mantenían relaciones comerciales muy amplias. En los montículos se han hallado
objetos de cobre batido y armaduras procedentes del lago Superior, dientes de tiburón del golfo de México y cuchillos de obsidiana de
Yellowstone. Otros ornamentos encontrados son
zarcillos de piedra pulida y pipas de piedra semejantes a las de los alena. Pero lo más llamativo son las largas sartas de perlas de río, acumuladas en grandes cantidades en el montículo de
Seip, condado de Ross, Ohio. Y si bien los símbolos de los objetos
funerarios hopewell repiten algunos propios de los adena, como la serpiente y las aves de presa, también los hay nuevos,
como la esvástica y los discos solares.
En el apogeo de su cultura, entre el 100 aC y el 200
dC, la influencia de los hopewell se extendía desde Ohio e Illinois hasta Indiana, Michigan, Wisconsin, Iowa y Missouri. Pero durante el siglo siguiente declinaron y desaparecieron, tal como había ocurrido anteriormente con los
adena. Les sucedió un tercer grupo de constructores de montículos, los creadores
de los espectaculares montículos templo.
Los
montículos templo de Mississippi
Los
creadores de los grandes montículos templo norteamericanos,
equivalentes de las pirámides aztecas y mayas, fueron los nativos
de la cuenca del Mississippi, que pocas veces los empleaban como
cementerio, sino que optaban por instalar en ellos escaleras y
rampas, o rematándolos con templos de madera consagrados a sus
dioses.
El
auge de la cultura del Mississippi, hacia el 700 dc, coincidió
aproximadamente con el dominio tolteca en América Central, y
muy bien podría constituir una de sus repercusiones. Es indudable
que la gran ciudad de Teotihuacán, situada unos 53 km al norte de
la ciudad de México, y probablemente saqueada por los toltecas
hacia el 650, ejerció una influencia que alcanzó por el
norte hasta la ciudad de Cahokia, en Mississippi. Situada frente
a San Luis, pero a la otra vera del río, Cahokia adquirió su
forma definitiva en los siglos XIII y XIV, y todavía
pueden apreciarse sus ruinas en el parque estatal de Cahokia Mounds,
Illinois. Era un gran complejo de montículos de cima
plana, dispuestos alrededor de plazas rectangulares, donde vivía
una población de entre 5.000 y 10.000 personas. Sobre los
montículos no sólo se alzaban templos, sino también las
residencias de sacerdotes y otras personalidades de importancia.
En los campos vecinos se cultivaban judías, maíz y
calabazas, y estaban salpicado de aldeas, cada cual con su propio
montículo templo. Esta sociedad estaba regida por un rey dios que
habitaba en una ciudad ceremonial.
En
la planificación de Cahokia parecen haber influido los conceptos
centroamericanos sobre el cosmos. Entre su centenar de montículos
destaca el del Monje, la mayor construcción en tierra del mundo:
con 305 m de longitud, 213 de anchura y 30 de altura, abarca una
superficie de 5,7 ha, mayor que la base de la Gran
Pirámide de Egipto. Está construido en terrazas, cual un zigurat
de Oriente Medio, quizá constituyese un símbolo de la montaña
cósmica que vincula al Cielo con la Tierra.
El
Gran Sol de los indios natetiez
Cuando
los europeos llegaron a América en el siglo XVI, la gran era de
los montículos templo había pasado, y desaparecido los
habitantes de Mississipi, pero parte de su cultura sobrevivía en
las poblaciones indias instaladas en la zona que va desde Alabama
y Georgia hasta Wisconsin.
Los
principales herederos de esta cultura del Mississippi fueron los
indios natchez, que vivían en las riberas del arroyo de Santa
Catalina, cerca de Natchez. Cada una de sus siete aldeas contaba
con su montículo, pero el centro focal del grupo era el de
Esmeralda, de más de once metros de altura.
A
los natchez los regía un soberano absoluto al que llamaban Gran
Sol, tan sagrado que no podía rozar a una persona, ni siquiera
caminar sobre el suelo, salvo que lo hiciera sobre alfombrillas
especiales que se extendían para él. Se creía que el Gran Sol,
al modo de los reyes dioses de las principales culturas
centroamericanas, detentaba el poder de la energía solar.
Pero
también los natchez tenían sus días contados. Para los
franceses que vivieron entre ellos a finales del siglo XVII y
principios del XVIII eran ya un pueblo o en decadencia, quizás a
causa de las enfermedades importadas por los europeos, como el
sarampión y la viruela. En 1704, el francés De la Vente
escribió lo siguiente a su respecto "...en los seis años que
llevan bajando por el río, puede darse por seguro que su número
ha disminuido en un tercio..." Los propios franceses añadieron
el toque final, masacrando a la mayor parte de la población
natchez después de una rebelión. Así terminó la era de los
constructores de montículos; éstos, pesar de sus 3.000 años de
historia, siguen constituyendo uno de los enigmas arqueológicos
de América del Norte. (*)
(*)
Fuente: "Los montículos de América del Norte",
en Lugares misteriosos, v.I, Atlas de lo extraordinario,
Madrid, Ediciones del Prado, 1992, pp.116-118.