TEOTIHUACÁN:
LA METRÓPOLI DE LOS DIOSES
Por María
Teresa Fuster

La Calzada de los Muertos y, derecha, templo del Sol, en Teotihuacán
Veinte
mil prisioneros aguardaban el momento de subir las 116 gradas
del magnífico templo en forma de pirámide erigido en honor del
dios nacional azteca Huitzilopochtli, "el sol triunfante
del mediodía", en la ciudad de Tenochtilán. Su destino
era ser sacrificados en honor de este gran dios solar de la
guerra. En la cima del templo, la víctima era acostada en la
superficie plana de una piedra. Cuatro sacerdotes sujetaban
sus brazos y piernas, mientras que un quinto le abría el pecho
con un cuchillo de pedernal, arrancándole el corazón para ofrecerlo
al dios.
Si
bien
los sacrificios humanos eran habituales dentro del ritual
azteca, el gran número de víctimas de esa ocasión se debía a
la inauguración del magnífico templo que, ese día de l486, se
dedicaba a su adoración. La denominada Triple Alianza Azteca
–formada por las ciudades de Tenochtitlán, Tlacopán y Texcoco
– regía los destinos de la mayor parte del área mesoamericana.
Siendo la ciudad de Tenochtitlán la cabecera principal, sede del
poder político y religioso de la Triple Alianza.
Los
mexicas habían elaborado una compleja ideología religiosa,
reservándose para sí una misión divina: la de mantener el orden
cósmico. Elevaron a su dios nacional Huitzilopotchtli, como
deidad principal, convirtiéndolo en uno de los cuatro hijos de
las deidades creadoras del panteón mesoamericano. La cosmología
imperial sostenía que ellos debían inexorablemente capturar
prisioneros en guerra para ofrecerlos al sol, y así la fuerza
espiritual de los guerreros sacrificados alimentaría al astro rey
y retrasaría la inevitable destrucción del mundo por las fuerzas
de la oscuridad. Ellos eran el pueblo elegido, los encargados de
alimentar al sol con la energía vital, la sangre de guerreros.
En
cuatro ocasiones el mundo había nacido y consecutivamente
destruido, en gigantescas catástrofes. El mundo presente también
corría la misma suerte, de ahí, el afán de los mexicas de
retardar este destino. ¿Cómo y dónde había sido recreado el
quinto Sol, el sol que daba vida a este pueblo y al mundo entero?
El nombre de una ciudad, de una gran ciudad, o mejor dicho de la
primera ciudad, digna de ese nombre en Mesoamérica, surgía:
Teotihuacán...
"Cuando
todo era tinieblas y no resplandecía el sol y el alba aún no se
había alzado, los dioses se reúnen en consejo en Teotihuacán.
¿Quién de ellos aceptará ser el sol y llevar la luz y vida al
mundo?". Así Bernardino de Sahagún empieza a contar en su Historia
general de las cosas de Nueva España (1570-1582) el inicio de
la era histórica de Teotihuacán.
El
quinto sol, destinado a terminar a causa de un terremoto, era
imprescindible que naciera y fue precisamente en Teotihuacán
donde los dioses se dieron cita para crearlo. Tecciztécatl,
el dios de la luna, que representa la matriz de la mujer y
significa "nacimiento" "generación" y Nanahuatzin,
pequeño dios doble de Quetzalcoatl, se congregan al lado del
fuego. Nanahuatzín sin vacilar se arroja a las llamas y el
otro dios tras él. Si bien nacieron los astros luna y sol, para
asombro y horror de los otros dioses, éstos no se movían.
Permanecían inmóviles en el horizonte, quemando al mundo con sus
fuegos. La razón era que estaban muertos y necesitaban sangre
para vivir y dar vida. Entonces los dioses deciden sacrificarse.
Morir, para que el sol resucite. Y gracias a esto, el sol y la
luna comenzaron su curso en el cielo y el mundo fue recreado. Y
fue precisamente en Teotihuacán que se le dio una nueva
oportunidad a la humanidad.
Por
su lugar en la cosmogonía, Teotihuacán era el sitio sagrado por
excelencia, no sólo en su momento de máximo brillo, sino también
siglos después cuando sólo yacían sus ruinas.
Durante
el período que los arqueólogos denominan Preclásico Tardío
(entre el 400 a. C. y 200 D.C.), ya la ciudad había alcanzado
esplendor. Pero es el denominado período Clásico Temprano,
cuando llega a su cenit. Entre las capitales del Clásico, ninguna
tuvo las dimensiones físicas, urbanísticas y políticas de
Teotihuacán. Su nombre significa "morada de los
dioses". Llegó a alcanzar en sus momentos cumbres (siglos
V-VI D.C) una población que se calcula en los 200.000 habitantes.
Al parecer, entre el 80 a 90% de toda la población del Valle de
México vivía dentro de los límites de la ciudad. Las evidencias
arqueológicas parecen demostrar que la ciudad tenía una clara
función sacra. Siendo un activo centro de peregrinaje, donde
visitantes de toda Mesoamérica concurrían a recorrer sus lugares
santos.
Nacida,
como centro de culto, la ciudad estaba gobernada por una clase
dirigente que unía a las funciones administrativas, las
religiosas. La iconografía y la arquitectura proporcionan
indicaciones claras en tal sentido. No hay representaciones de
jefes políticos (que sí aparecen, por ejemplo, en las estelas
mayas) y toda figura de dignatario, pintado en las paredes o
representado en cerámicas está siempre relacionada con el mundo
ritual.
La
ciudad era una obra maestra de planificación. Las arterias
principales, rectas y cuidadosamente construidas, se cruzaban en
el centro de la ciudad. La calle principal conocida como "la
Calzada de los muertos" (ver foto arriba) contenía los edificios más
importantes de la ciudad como las pirámides escalonadas del Sol y
de la Luna. Estas pirámides diferían de las de Egipto en que se
usaban como bases para templos en vez de como tumbas. La pirámide
del Sol es tan alta como un edificio de veinte pisos. Procesiones
sacerdotales ascendían sus varios tramos de escaleras para adorar
a su dios Quetzalcoatl desde su cúspide.
En
la intersección de las dos avenidas principales se encontraba la
denominada "Ciudadela" (nombre dado por los españoles)
que se presume fue el centro administrativo, y el "Gran
Recinto", probablemente un mercado central. Asomando a la
Calzada de los muertos y orientada como la pirámide del Sol, la
"Ciudadela" constituía el corazón de la ciudad. Era el
centro de reunión de los peregrinos, donde iniciaban su recorrido
a través de la Calzada de los muertos. El itinerario de devoción
los llevaba a desfilar ante la pirámide del Sol, recorrer otros
santuarios, para finalmente concluir en el lugar más sagrado de
la ciudad: la pirámide de la Luna.
Aunque
no hay estelas, como en los centros mayas, para recordar a sus
gobernantes, no faltan representaciones de sus dioses en piedras.
La pirámide de Quetzalcoatl que se levanta en la
"Ciudadela" es un ejemplo único, en esta parte de
México, de integración entre arquitectura y escultura(ver imagen
abajo).
Representaciones de este dios, "la serpiente emplumada"
vistas de perfil adornan la imponente construcción.
Su
arte, netamente religioso, así como su industria- especialmente
la de obsidiana- se esparcieron por toda la región. La influencia
de Teotihuacán en lo religioso, económico y político, es
innegable. El florecimiento de esta ciudad, eclipsó a otras
culturas de su tiempo. A pesar de no ser un poder militar, la
autoridad religiosa y ceremonial, su importancia como centro
artístico y comercial y sobre todo el control de la vía de
tráfico de la obsidiana, le confirieron una indiscutible
hegemonía.
Entre
el 700 y 900 de nuestra era, Teotihuacán fue abandonada. Su
desolación es un misterio para la arqueología. Este como otros
centros del Clásico desaparecen en este período. Solo la
decadencia de la gran metrópoli permitió el desarrollo de otros
centros como Cholula, El Tajín, Xochicalco, y Tula.
"Y
la llamaron Teotihuacán, porque era el sitio, donde sepultaban a
los Señores".
(Antiguo
canto nahuatl).
Y
así la ciudad sobrevivió a su fin. Los aztecas, herederos de los
Toltecas (los habitantes de Tula) siguieron sepultando a sus
muertos en el lugar del que, ya abandonado y en ruinas, emanaba
tanta magnificencia que se la consideraba obra de los dioses. Si
Teotihuacán cinco siglos después, representaba aún un papel de
primer plano en la cultura azteca, es fácil imaginar cuan grande
debió ser su influencia sobre los pueblos de su época.
"Este
Sol, su nombre 4-Movimiento
Este
es nuestro sol,
En
el que ahora vivimos, y aquí está su señal,
Como
cayó en el fuego el Sol, en el fogón divino,
Allá
en Teotihuacán.
Igualmente
fue este sol,
De
nuestro príncipe en Tula, Quetzalcoatl".
(Recopilación
de Cuauhtitlán)
Y
la era que nos toca vivir, según las antiguas creencias aztecas,
se originó en el gran centro ritual de Teotihuacán. De éstos
mitos habrían de derivarse varios de sus ritos principales,
dirigidos a repetir de algún modo la acción divina que hizo
posible la vida y el movimiento en esta quinta edad del mundo.
