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LA PINCOYA
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La
pincoya, divinidad del mar, adorada por los pescadores de
la Isla de Chiloé, en la Patagonia Chilena (Ilustración
de Andrés Jullian, en Tesoros mitológicos del
archipiélago de Chiloé, de Narciso García Barría,
ed. Andrés Bello). |
La
Pincoya es una especie de nereida del mar. Mujer de hermosura incomparable, de
temperamento alegre y de gran femeneidad. Durante las noches de luna llena suele
salir de la orilla, ataviada con un maravilloso traje de hojas para entregarse, a eso de la
medianoche, a una frenética capaz de "enlesar" hasta a los peces.
Se le concede poder especial sobre peces y mariscos.
de ella depende, en consecuencia, la abundancia o escasez de
aquéllos en determinadas playas. Por tal razón este
personaje asume en Chiloé los atributos divinos de una
Tetis de menor jerarquía. El isleño, entonces, hace todo lo
posible para no contrariarla, para no perder su protección. Una
forma muy práctica de agradarla consiste en colocar dentro del corral de pesca una piedra lisa de buen
tamaño, sobre la cual la bella deidad pueda ejecutar su baile con
mayor desenvoltura y comodidad.
La fantástica danza ritual de la Pincoya puede tener
dos objetivos muy opuestos. Por ejemplo, si desea dar abundancia a
una playa deposita algunos mariscos en la arena con la cara vuelta hacia el mar; pero si, por el
contrario, se propone alejarlos de allí, ejecuta el ceremonial
mirando a los cerros, vale decir, de espaldas al mar. Esto es
suficiente para que los mariscos hagan "Gnal" y comiencen a escasear y para que
los cardúmenes se alejen por los canales hacia otros lugares más propicios.
Esta femenina beldad del mar tiene como esposo al
Pincoy, divinidad de los pescadores. Personifica la fecundidad de las especies marinas. Secunda a su cónyuge en
sus rituales mágicos, como en una suerte de resabio de viejos hábitos matriarcales.
La Pincoya es el personaje a la medida para los pueblecitos
pescadores, tal corno lo fueron Ceres y Démeter para los agricultores latinos,
griegos, respectivamente.
El nombre de este personaje es, a todas luces, de extracción incásica o
aymará. "Coya" en ambos idiomas significa princesa o esposa del emperador. Entre los
indígenas de Chiloé no había un personaje de tan alta investidura
sencillamente porque la organización social permanecía aún en los peldaños
inferiores de la evolución.
Con la Pincoya se justifican en forma idealizada los
ciclos periódicos de abundancia y escasez de moluscos, crustáceos y peces en las costas de las islas.
Se dice que la Pincoya es susceptible al halago de la
gente y que los pescadores se hacen acompañar hasta sus embarcaciones por muchachas alegres al salir de pesca
en alta mar. La Pincoya entonces se muestra dispuesta a ayudarlos en su tarea. Como se ve, con este detalle
se ha deshumanizado aún más a esta divinidad, rodeándola de
atributos temperamentales muy humanos y, sobre todo, muy femeninos.
El "threputo", práctica de guasquear las
aguas en los corrales nuevos, podría ser considerado en este caso
como un ritual dirigido indirectamente a conseguir los favores de esta princesa o deidad de las aguas marinas.
No debe olvidarse un hecho importantísimo. Durante el primer período que siguió al hundimiento del valle
y a la formación del archipiélago, la transformación de los antiguos campos en playas arenosas aptas para la vida
de moluscos y crustáceos, ha tenido que ser un proceso más o menos lento y, por
consiguiente, prolongado. Las condiciones materiales
apropiadas a la vida de la fauna marina del subsuelo fueron
creándose en forma paulatina, mediante pausadas transformaciones
cualitativas. Sólo cuando este proceso se hubo cumplido, los
mariscos encontraron un medio adecuado para su existencia y, por
tanto, a la propagación de las especies. Entonces también maduran
las condiciones para hacer uso de ellos en beneficio de la
población insular.
Ya se dijo anteriormente que el descubrimiento por parte de los
aborígenes de tales ventajas, no ha debido de ser un hecho
instantáneo. En todo caso, las primeras que se entregaron a la
tarea de recoger mariscos para la alimentación de la familia
fueron mujeres, las auténticas "pincoyas", pues este
paso, este portentoso descubrimiento, tuvo honda repercusión en
toda la comarca. Aseguró la subsistencia de la población.
Un hallazgo así bien valía ser bailado hasta caer sin aliento sobre la arena.
Más tarde, las frecuentes visiones de mujeres
mariscadoras que se movían en las playas de las islas adyacentes, reafirmarían la creencia en la Pincoya. La
imaginación, pronta a la fantasía, las transfiguraría en personajes
sobrenaturales.
Es muy probable que primitivamente hayan existido ritos, exorcismos o conjuros más directos que el
"threputo" para implorar los favores de esta deidad, como muchos personajes de encumbrada
posiciones, no siempre se muestra dispuesta a una generosidad espontánea.
Si el mar y la playa fueron en épocas pasadas, si no la única fuente de subsistencia para la población de
muchas de esas islas, al menos la plaza principal de abastecimiento; si la vida de la gente dependía en gran medida
de los productos marinos, y si éstos, por su parte, estaban gobernados y racionados por la
Pincoya y su principesco consorte, es lógico pensar en la existencia de rituales
y exorcismos destinados a suplicar la permanente protección de ambos. Pero,
¿cuáles eran en buenas cuentas esos ritos y exorcismos? ‘Y
si los había, ¿iban acompañados o no de ofrendas especiales, y en qué consistían? Lástima
no poder contestar cuestiones tan interesantes y fundamentales.
Por último, y ésta es una opinión estrictamente
personal, la Pincoya y el Pincoy al parecer estaban directamente destinados a mantener la moral y la confianza de los
isleños ante los periodos de escasez de alimentos y en las temporadas de privaciones, frente a las cuales era
preciso mantenerse resignados y, si es posible, conformes. Había
en el fondo una enseñanza ética: confiar en la venida de las vacas gordas y espigas llenas. Mientras tanto, convenía
ser previsores y cuidadosos con los víveres recolectados. De esta manera ha surgido la costumbre de secar, mediante
el humo, el pescado y los mariscos que no se consumen en estos períodos de abundancia.
La Pincoya y el Pincoy encarnan, en este caso, un principio
antitético frente al espíritu del malvado Cuchivilu. Mientras
éste pude ser considerado como enemigo manifiesto de la comunidad
aborigen, aquéllos aparecen como sus aliados y bienhechores.
Siempre es evidente la contraposición entre el Bien y el Mal. (*)
(*)
Fuente: Narciso García Barría, "La
pincoya", en Tesoro mitológico del archipiélago de Chiloé,
Santiago, Editorial Andrés Bello, 1989, pp.79-83.
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