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EL CALEUCHE
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El
caleuche, el barco fantasma de una de las leyendas
esenciales de los mapuches. (Ilustración de Ure, en Nuevo
diccionario Mapuche-Español, de Editorial Siringa,
Neuquén, Argentina). |
Hace algunos años visité la Isla de Chiloé. Una isla de pasión
marinera, bellaza natural y una rica tradición mitológica. Que
procede de diversas etnias. Chonos, huilliches, incas, mapuches.
En la ciudad de Castro, di con un valioso libro, muy documentado,
y consumado con respeto y dedicación por Narciso García Barría.
En este libro nos ofrece varias de las leyendas y personajes
mitológicos que aún sobreviven en la Isla Chiloé, en el sur
de Chile, y cuyo ecos también perduran entre los mapuches de
la Patagonia Chilena y Argentina. En este momento de Mitos
y leyendas patagónicos de Temakel le presentamos la leyenda
del Caleuche, el barco de los brujos, hermano, en su condición
fantástica, del barco fantasma del holandés errante que inspiró
una famosa opera wagneriana. Aquí veremos las posibles raíces
de esta esencial leyenda del sur de América.
E.I
EL
CALEUCHE
La leyenda del Caleuche o Buque Fantasma es una de las más difundidas en esta provincia y aun fuera de ella. Todavía queda mucha gente que sigue creyendo en la
existencia del misterioso Buque de Arte.
Se trata de un barco lindísimo en sentido superlativo, iluminado con profusión. En él tienen lugar fiestas y bailes fantásticos, al son de la música más maravillosa del mundo. Puede
navegar indistintamente sobre la superficie como bajo el agua. Se provee de tripulación, para lo cual
recoge a los incautos navegantes de las lanchas veleras, a quienes atrae con la
poderosa sugestión melódica de su orquesta. También recoge a los náufragos.
Es el barco de los brujos. Surte de mercaderías a los
comerciantes, con quienes ha celebrado contratos o "pau tos". Desaparece de la vista en forma inesperada e
instantánea. Deja tras de sí un vago y extraño ruido de cadenas y los ecos difusos de una melodía cautivante y enervadora. Puede
convertirse en un rústico tronco de árbol y varar en cualquier playa. Igualmente
sus tripulantes tienen la facultad de autotransformación corporal a su antojo. Eligen de
preferencia la forma de focas. De esta manera, pasan inadvertidos a los ojos de los profanos, sobre los arrecifes, en
donde suelen tomar el sol plácidamente arrullados por la cadencia de las olas.
Según el doctor Lenz, la palabra "caleuche" se deriva del mapuche. De
"caleutun": mudarse de condición, y de "che", gente. Sería entonces gente
mudada de condición, transformada. Pero según Román vendría del araucano,
"calül", cuerpo humano, y "che", gente.
Es la creación chilota más típicamente representativa de la vida isleña. Se ajusta muy bien a los hábitos marineros de los habitantes del archipiélago, y obedece a una realidad concreta, robustecida en la imaginación popular, a través de muchos años, con la presencia inesperada de las primeras expediciones marítimas, en los albores mismos de la conquista, llevadas a cabo por Francisco de Ulloa, Cortés Ojeda, Ladrilleros; con las incursiones de los corsarios holandeses a comienzos del siglo XVII; con las expediciones libertadoras de Freire en 1826; con las misiones científicas de Fitz-Roy y Darwin, en 1834; con la presencia de la escuadra chileno-peruana, en 1865; con las sangrientas correrías del pirata insular Juan Nancupel Norambuena, en este mismo siglo; y en nuestros días, con todos los barcos que aparecen en una punta y desaparecen al poco rato tras otra, dejando en las mentes una visión fugaz preñada de sugerencias fantásticas, como debieron dejarlas en épocas pretéritas las visitas esporádicas de los primitivos navegantes transoceánicos, venidos a estas costas en sus típicas y originales embarcaciones veleras con balancines a sus costados.
Hay quienes atribuyen la invención del Caleuche a
espejismos; otros a las incursiones de piratas y corsarios. Tal vez lo más probable sea lo afirmado por el capitán de alta mar señor Carlos de Caso, quien dice textualmente al respecto:
"Para nosotros fue siempre motivo de interés conocer el origen de la versión chilena, que tiene
alguna semejanza con la de aquel capitán maldito del Holandés Volador, buque fantasma que ronda
eternamente el Cabo de Buena Esperanza, sin poder doblarlo jamás porque no puede virar en redondo
pues, según el decir, pierde tanto camino que lo que gana por un
borde lo pierde por el otro. La carabela San Lemes
-agrega el señor De Caso-, en enero de 1526, arrastrada por una furiosa tempestad, llegó a los
confines de América del Sur, y descubrió el "acabamiento de la
tierra", mérito que corresponde por entero a su capitán Rodrigo de Hoces. La última noticia que tenemos del bajel
es la que nos proporciona Areyzaga, clérigo del patache Santiago, que perdió el contacto
con ella a la altura del Golfo de Penas, en medio de una
gran tempestad, el 10 de junio de 1526. Igual cosa nos relatan los
otros cronistas de esa flota, que se desgaritó en esa latitud. Pero han quedado mudos testigos que revelan que esa nave se perdió en la parte
occidental de la isla Byron, en el archipiélago de Guayeneco, donde años después se encontró
la artillería de esta carabela, como único vestigio, restos que indudablemente corresponden a una nave metropolitana, por cuanto en ese tiempo las de la Mar del Sur no la portaban. Para los indios comarcanos, ese siniestro ha debido ser impresionante e inolvidable. Atacaron a los náufragos y éstos perecieron en sus manos.
"Posteriormente, en 1555, otra nave, esta vez el
galeón de Juan Alvarado, que había salido de Valparaíso con destino a Valdivia, sorprendido por una gran
tormenta, fue a parar al sur de las provincias de los coronados a "tierra nunca vista, y por no saberla, se perdió el dicho galeón". Sus tripulantes tuvieron
encuentros con los naturales y con los restos del galeón hicieron un bergantín y se dirigieron a Valdivia.
"Tres años después, pasaban por la isla Byron el San
Luis y el San Sebastián, de Ladrilleros y
Cortés Ojeda. Fondearon en la bahía Nuestra Señora del Valle, hoy conocida con el nombre de Good Harbour,
y tomaron ahí por fuerza dos indios para "lenguas" e
intérpretes. Comunicándose por señas, uno de ellos delineó con carbón un fuerte, dando a entender que lo
habían fabricado los españoles, pero Ladrilleros, que ignoraba estos siniestros, creyó que se referían a
los náufragos de la capitana, del obispo Plasencia.
"Pasaron los años y vinieron a esta desolada región
del Golfo de Penas, atravesando el istmo de Ofqui, los frailes misioneros que residían en la isla
Caylín, que está en las inmediaciones de Quellón, y que, en la época a
que nos referimos, era el último rincón de la Cristiandad.
"Estos misioneros, que venían a convertir a los gentiles, trajeron a Chiloé algunos calenches o
caleuches, como les llamaban los demás, para referirse a ellos
cuya etimología corresponde a "otra gente". Estos calenches o caleuches, que habitaban la comarca
del Golfo de Penas, referían la llegada de esos buques
misteriosos, y después de 1741 estuvieron de gran actualidad por haberse perdido allí otro navío, el
Wager, de Anson, que los españoles llamaban Guelguel.
"Así comenzó a hablarse en Chiloé del buque misterioso de los calenches o caleuches. Al andar del tiempo,
vino aparar simplemente en Caleuche. Nació esta leyenda importada desde el famoso Golfo de
Penas y ha tenido por origen esa serie de desgraciados naufragios que comienza con el de la carabela
San Lesmes"...
Hasta aquí la interesante y bien fundamentada interpretación del señor Carlos de Caso, que vendría a
descifrar la incógnita acerca del origen de esta leyenda tan bien
adornada por la tradición del archipiélago de Chiloé.
La transformación del Caleuche en un tronco cualquiera se explica por el hecho muy frecuente de la presencia
de troncos varados en las playas de la noche a la mañana; y que
desaparecen en igual forma repentina, arrastrados por las corrientes. A veces se les ve flotar entre dos aguas;
llevando sobre sí algunos cuervos remolones. La fantasía recoge la
curiosa visión y con ésos elementos simples el elabora mil conjeturas
inverosímiles, reafirmando la vieja leyenda del Buque Fantasma. La aparición y desaparición
de los mencionados troncos en las playas es simplemente
consecuencia de las corrientes y mareas.
Se dice, además, que el Buque de Arte surte de mercaderías a ciertos
comerciantes con los cuales mantiene "pautos". También esta imputación es un aditamento
en cierto sentido atinado, pues en las islas muchos comerciantes se inician con unos cuantos paquetes de velas,
unas pocas botellas de alcohol y uno que otro artículo más, y al
cabo de poco tiempo se les ve ricos, dueños de establecimientos comerciales muy bien surtidos y transformados en
personajes importantes. El hombre, según dicen, "arregentó"
como por arte de magia con la protección del Caleuche, que le
entregaba mercaderías en las afueras durante sus recaladas
nocturnas.
Estas leyendas explica, por lo demás, la visión efímera y
siempre renovada y fugaz de los barcos, a través de las
angosturas de los canales interiores. Al mismo tiempo, sirve para
justificar el desaparecimiento de navegantes isleños, perdidos
durantes sus arriesgados viajes, o la huida de los mocetones de la
casa paterna, a quienes se les supone incluidos entre la exótica
marinería del imponderable Buque de Arte: el misterioso Caleuche.
(*)
(*)
Fuente: Narciso García
Barría, "El caleuche", en Tesoro mitológico del
archipiélago de Chiloé, Santiago, Editorial Andrés Bello,
1989, pp.120-125.
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