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EL SURREALISMO, DE PARIS A BUENOS AIRES
Por
Jorge Dubatti

La
tentación de San Antonio, por Dalí, erupción superlativa
de surrealismo
La
fecundidad del surrealismo en la historia de la literatura
del siglo XX es incalculable. En parte, ello se debe a la
magnitud de los creadores que, de diversas maneras, integraron
el movimiento surrealista: André Breton, Louis Aragon, Antonin
Artaud, René Char, Philippe Soupault, Robert Desnos, Paul
Eluard, Benjamin Péret, Raymond Queneau, René Daumal, Francis
Picabia, Georges Schéhadé..., por citar sólo algunos de
los más representativos del campo literario francés. Pero,
además, sucede que no hubo un solo surrealismo sino varios,
como ha observado Juan Eduardo Cirlot (Introducción al
surrealismo, Madrid, Revista de Occidente, 1953, p.
33).
Existió, por un lado, un surrealismo ortodoxo, caracterizado por
sus formulaciones orgánicas y sistemáticas, que, fundado en París,
tuvo un desarrollo histórico preciso entre 1924 –fecha de aparición
del Primer Manifiesto Surrealista de Breton- y los albores de la
II Guerra Mundial (1939).
También hubo -y perdura actualmente- un surrealismo heterodoxo,
híbrido, capaz de fundirse con otras poéticas y ampliar sus
posibilidades estéticas más allá de las estrictas pautas de la
ortodoxia.
Finalmente, la enorme potencia expresiva del surrealismo supo generar
algunos procedimientos –entre otros, un tipo específico de imagen
onírica e irracional- que, a manera de hebras, se entretejen desde los
comienzos mismos del movimiento en los textos de las escuelas y
poéticas más diversas, incluso en aquellas que parecen ubicarse en las
antípodas del surrealismo ortodoxo. Es decir, en este tercer caso el
surrealismo ya no como una poética integral sino como procedimiento
recortado y recontextualizado en un universo no surrealista.
Valga un ejemplo inicial, que luego desarrollaremos: el lector
encontrará surrealismo ortodoxo en el poemario L’Union libre
(1931) de Breton, libro canónico del movimiento; surrealismo
heterodoxo, en La Vie immédiate (1932) de Paul Eluard, como en
la casi totalidad de la obra de este gran poeta; hebras de surrealismo,
imágenes entrelazadas, en los poemas de Paroles (1945) de
Jacques Prévert.
Automatismo psíquico
La
cabeza principal del surrealismo ortodoxo fue el mencionado
André Breton (1896-1967). En su Primer Manifiesto (1924)
definió el surrealismo de la siguiente manera:
"Automatismo
psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por
escrito o de cualquier otro modo,
el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento,
sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación
estética o moral" (Breton, Manifiestos
del surrealismo, Madrid, Guadarrama, 1974, p. 44).
Y a continuación Breton agregaba:
"Enciclopedia, filosofía: el surrealismo se basa en la creencia en
la realidad superior de ciertas formas
de asociación desdeñadas hasta la aparición del mismo, y en el libre
ejercicio del pensamiento. Tiende
a destruir definitivamente todos los restantes mecanismos psíquicos, y
a sustituirlos en la resolución
de los principales problemas de la vida" (idem, p. 44-45).
De esta definición y de otros pasajes del Primer Manifiesto
pueden deducirse algunos de los rasgos más importantes del surrealismo
ortodoxo en sus comienzos:
-
Funda
su principio constructivo en la asociación libre, en la escritura
automática, en una producción literaria o artística en la que no
intervienen los mecanismos de control de la razón o la conciencia.
El objetivo es acceder, a través de la anulación del racionalismo,
a zonas prelógicas y preconcientes del hombre.
-
Su
actitud de ruptura radicalizada rechaza el pasado artístico y se
enfrenta contra la "institución del arte", es decir,
contra los mecanismos de producción, circulación y recepción de
los objetos artísticos tal como funcionan tradicionalmente en la
sociedad occidental. Esto vincula el surrealismo con los movimientos
de vanguardia, que buscan quebrar las instancias del
"genio-creador" y el "espectador/lector pasivo"
y fusionar el arte con la vida. Si escribir es ejercitar
libremente el automatismo psíquico, la literatura es una opción
accesible para todo el mundo. Uno de los volantes distribuidos en
1925 para promocionar la dirección y el horario de funcionamiento
de la Oficina de Investigaciones Surrealistas afirmaba: "El
surrealismo está al alcance de todos los inconscientes". En
consecuencia, todos somos escritores, todos somos artistas,
constatación que equivale a terminar con el concepto de arte
tradicional. El objetivo es poner fin a las "bellas
artes", hacer literatura de la no-literatura. De esta manera,
el surrealismo ortodoxo –junto al futurismo y el dadaísmo,
manifestaciones de la vanguardia histórica que lo antecedieron- no
busca cambiar un determinado período en la trayectoria del arte
sino "acabar" con ella, quebrarla: nunca antes del siglo
XX y de la aparición de los movimientos de vanguardia el arte
había luchado contra la totalidad de las institución artística
(Peter Bürger, Teoría de la vanguardia, Barcelona,
Península, 1997). Por ello las vanguardias aportan una gran novedad
a la historia de la literatura y el arte occidental.
-
El
surrealismo persigue no sólo una transformación del arte sino del
hombre como totalidad, es decir, la fundación de un nuevo
humanismo. Considera que la sociedad es injusta y que el hombre
occidental ha perdido capacidades que en otros tiempos lo conectaban
con la magia, el sueño, lo maravilloso, la alteridad, los mundos de
la supra-realidad. Justamente en la portada de la publicación
orgánica del movimiento, Revolución Surrealista, se lee
esta frase de Louis Aragon: " Se trata de llegar a una nueva
declaración de los derechos del hombre". El espíritu de
inconformismo y la búsqueda de cambios sociales y culturales
llevarán al surrealismo ortodoxo a acercarse progresivamente a la
vanguardia política, y especialmente a identificarse con los
principios del comunismo de la URSS.
Por otra parte, es importante detenerse en el nombre del movimiento: el
término "surrealista" fue utilizado por primera vez por
Guillaume Apollinaire (1880-1918) en la pieza teatral Las tetas de
Tiresias (estrenada en 1917) y significa en francés –como señala
Jaime Rest- lo que está por encima del realismo. "Ello
supone una intención clara y casi programática: desechar la
concepción de realidad que tuvo vigencia en el período moderno y, en
particular, abandonar definitivamente los procedimientos de
representación artística que en el siglo XIX eran propios del realismo
y también del naturalismo" (Rest, Conceptos de literatura
moderna, Buenos Aires, CEAL, 1979, p. 150).
Estrategias de creación
Una de las formas de hacer
accesible el surrealismo a todos los hombres fue la formulación de juegos
surrealistas o recetas de trabajo para alcanzar el
automatismo psíquico. En "Secretos del arte mágico del
surrealismo", Breton propone el siguiente mecanismo de
composición:
"Ordenen
que les traigan con qué escribir, después de situarse en un lugar que
sea lo más propicio posible a la
concentración de su espíritu, al repliegue de su espíritu sobre sí
mismo. Entren en el estado más
pasivo, o receptivo, de que sean capaces. Prescindan de su genio, de
su talento, y del genio y el talento de
los demás. Digan hasta empaparse que la literatura es uno
de los más tristes caminos que llevan a todas partes. Escriban de
prisa, sin tema preconcebido,
escriban lo suficientemente de prisa para no poder refrenarse, y para no
tener la tentación de leer lo
escrito. La primera frase se les ocurrirá por sí misma, ya que en cada
segundo que pasa hay una frase, extraña
a nuestro pensamiento conciente, que desea exteriorizarse"
(Primer Manifiesto).
Uno de los poemas que mejor expresan las posibilidades líricas del
automatismo es el citado "La unión libre", de Breton, que en
traducción del argentino Aldo Pellegrini dice en sus primeros versos:
Mi
mujer con cabellera de llamaradas de leño
con
pensamiento de centellas de calor
con
talle de reloj de arena
mi
mujer con talle de nutria entre los dientes de un tigre
mi
mujer con boca de escarapela y de ramillete de estrellas de última
magnitud con dientes de
huella de ratón blanco sobre la tierra blanca
con
lengua de ámbar y vidrio frotados
mi
mujer con lengua de hostia apuñalada
con
lengua de muñeca que abre y cierra los ojos
con
lengua de piedra increíble (...)
El
fragmento permite observar algunas de las modalidades del poema
surrealista canónico: una fórmula base ("Mi mujer con...")
es el engarce de innumerables imágenes que resultan de la libre
asociación, mecanismo que aparece explicitado por Breton en uno de los
sentidos posibles del título del poema; además, desaparición de la
rima, de las mayúsculas, de la puntuación y de las regularidades
métricas. La estructura es acumulativa, genera el efecto de "no
acabar nunca" y el todo del poema parece surgir de la incesante
suma de fragmentos.
El mecanismo del automatismo busca producir, en algunos casos, un
marcado efecto de arbitrariedad, que llega a su máxima expresión en el
poema armado con palabras recortadas de diarios y combinadas
libremente (Breton incluye un ejemplo en su Primer Manifiesto),
así como en el relato-invención de sueños (narrar historias a
partir de los materiales de la experiencia onírica). La importancia
otorgada por los surrealistas al mundo de los sueños es enorme. Baste
recordar el siguiente fragmento del Primer Manifiesto en el que
Breton evoca al poeta Saint-Pol-Roux (1861-1940) como antecedente del
surrealismo: "Se cuenta que todos los días, en el momento de
disponerse a dormir, Saint-Pol-Roux hacía colocar en la puerta de su
mansión de Camaret un cartel en el que se leía: EL POETA
TRABAJA".
Uno de los valores destacados por el surrealismo es la diversión,
el carácter lúdico de la creación, que permite al artista liberarse
de las presiones de la vida adulta y reencontrarse con "la mejor
parte de su infancia" (Breton, Primer Manifiesto).
En su libro La revuelta surrealista (Buenos Aires, Libros del
Quirquincho, 1990), Yaki Setton –uno de los investigadores argentinos
que más saben sobre el movimiento- destaca otros tres juegos
surrealistas complementarios con las búsquedas de la escritura
automática: el cadáver exquisito, el diálogo surrealista
y el muro descascarado, cuyas recetas favorecen la articulación
de una creación grupal. Así explica Setton el juego del cadáver
exquisito:
"Los participantes se sientan alrededor de una mesa (seis o siete).
El primero toma un papel y escribe
una frase, luego lo pliega, dejando ver la última palabra. El segundo
participante escribe otra frase a
partir de la palabra que el jugador anterior había dejado descubierta,
y así sucesivamente hasta
terminar la ronda. Si se desea se puede repetir la operación cuantas
veces se quiera. Terminadas las vueltas,
se desdobla el papel y se lee lo escrito. La primera vez
que los surrealistas jugaron este juego obtuvieron la siguiente frase:
‘El cadáver – exquisito –
beberá – el vino nuevo’. De ahí el origen del nombre del
juego" (La revuelta
surrealista,
p. 49).
El cadáver exquisito permite también una variación plástica, en la
que las palabras son reemplazadas por trazos de dibujo.
El mecanismo del diálogo surrealista es semejante: un jugador debe
escribir en un papel, sin mostrarla, una pregunta; el segundo
participante, su interlocutor, debe apuntar en otro papel una respuesta
ignorando el contenido de la pregunta formulada. Ambos deben finalmente
enfrentarse y leer en voz alta, consecutivamente, la pregunta y la
respuesta, como si se tratara de una conversación "real". El
resultado es tan disparatado como sorpresivo.
El juego de la mancha de humedad o el muro descascarado está más
vinculado a la expresión plástica: se trata de observar detenidamente
una pared deteriorada para encontrar en ella la sugerencia de un mundo
representado, luego el juego consiste en llevar ese mundo al papel –o
a las palabras-.
En una forma complementaria con las "recetas"del surrealismo,
en la década del treinta, Dalí formulará su método de análisis
paranoico-crítico. Su objetivo será "sistematizar la
confusión y contribuir al descrédito total del mundo de la
realidad". Este método de conocimiento irracional "basado en
la objetivación crítica y sistemática de las asociaciones e
interpretaciones delirantes", será caracterizado por Breton como
"una nueva afirmación, con pruebas formales, de la omnipotencia
del deseo, que fue desde un principio el único acto de fe del
surrealismo". La paranoia crítica de Dalí puede aplicarse –según
su genial creador- a la escritura, la plástica, el cine, e incluso a
todo tipo de interpretación de la realidad.
El surrealismo ortodoxo triunfó en el mismo momento en que nacía su
"derrota". Sucede que su lucha contra la institución del arte
resultó imposible: a medida que avanzaba la historia del movimiento,
sus propios creadores iban construyendo una memoria, un
"museo" del mismo, y así iban -sin quererlo-
institucionalizándose. Progresivamente, la institución artística fue
integrando el surrealismo a su seno como un capítulo más de la
historia del arte. Un capítulo muy importante. Muestra de ello es la
temprana aparición de la Historia del surrealismo de Maurice
Nadeau, cuya "Advertencia" data de fines de 1944. En dicho
libro, Nadeau propone una evolución interna del surrealismo en cuatro
etapas principales: un período de elaboración, anterior a la
constitución del movimiento surrealista (1914-1923); un período
"heroico", de fundación (1924); un período
"razonador" (1925-1930), que incluye el viraje político hacia
el marxismo; un período de "autonomía" (1930-1939), que
registra algunos avatares de la internacionalización del movimiento,
como la presencia de Breton en los Estados Unidos.
La imagen surrealista
En
su excelente estudio sobre el surrealismo, el poeta argentino Raúl
Gustavo Aguirre (Las poéticas del siglo XX, Buenos Aires, ECA,
1983; segunda ed., Stevenson Librería-Editorial, 1997) observa que para
muchos poetas surrealistas la escritura automática no era un fin en sí
mismo sino un medio para el acceso a una literatura diferente. Aguirre
cita una esclarecedora afirmación de Paul Eluard, en la que puede
observarse uno de los mecanismos centrales del surrealismo heterodoxo:
valerse de los descubrimientos surrealistas de la primera hora como
medio para la elaboración de universos dotados de singularidad poética
literaria. El surrealismo al servicio de la ampliación de los
territorios de percepción del poeta, es decir, el surrealismo de origen
anti-literario puesto al servicio de la literatura.
"Se ha podido pensar –señaló Eluard- que la escritura
automática hacía inútiles los poemas. No:
aumenta, desarrolla únicamente el campo de examen de la conciencia
poética, enriqueciéndola. Si la
conciencia es perfecta, los elementos que la escritura automática
extrae del mundo interior se
equilibran con los del mundo exterior. Reducidos entonces a una igualdad,
se entremezclan, se confunden, para formar la unidad poética"
(citado por Aguirre, Las
poéticas del siglo XX, p. 88).
La unidad poética no está, en suma, en los materiales "en
bruto" del automatismo psíquico sino en la elaboración literaria,
refinada y compleja, de dichos materiales en un producto no automático
ni repentista. En términos más estrictos, la literatura opera sobre
los materiales de la experiencia automática como un sistema de
modelización secundario. Es esta estrategia del surrealismo heterodoxo
la que ha legado los aportes literarios más valiosos a la historia del
movimiento, ya que la mayoría de los exponentes del puro automatismo
–válido como experiencia histórica revolucionaria- suelen agotarse
en una suerte de verborragia sin sustancia. Libros monumentales como El
ombligo de los limbos de Antonin Artaud, Morir por no morir
de Paul Eluard, Poesía negra poesía blanca de René Daumal y Cuerpos
y bienes de Robert Desnos responden a la modalidad del surrealismo
heterodoxo. Valga como ejemplo el inicio de "Tanto soñé
contigo" de Desnos, en traducción de Raúl Gustavo Aguirre
(respetamos fielmente la puntuación del original):
Tanto
soñé contigo
que
pierdes tu realidad
¿Es
tiempo todavía de esperar ese cuerpo viviente y de besar en esta boca
el nacimiento de la
voz
querida?
Tanto
soñé contigo que mis brazos acostumbrados a cruzarse sobre mi pecho
cuando abrazan
tu
sombra ya no se amoldarán tal vez al contacto de tu cuerpo.
Y,
ante la aparición real de aquello que me obsesiona y me gobierna desde
hace días y años
me
volvería yo una sombra sin duda,
Oh
balances sentimentales (...)
En su libro El surrealismo y cuatro poetas de la generación del 27
(Madrid, José Porrúa Turanzas Editor, 1974), el investigador español
Carlos Marcial de Onís estudia el impacto del movimiento surrealista en
la obra de Federico García Lorca, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre y
Rafael Alberti. Para ello propone una acertada sistematización de los
rasgos de la imagen surrealista, que sintetizamos a continuación
(Onís, pp. 40 y sig.):
-
Por
su modo de producción o su origen, la imagen surrealista es
espontánea en tanto proviene de la experiencia del automatismo,
pero es resultado en una segunda instancia de la elaboración
conciente del material así originado. "En realidad el
automatismo se reduce, casi siempre, a una libertad expresiva nunca
antes igualada" (Onís, p. 42).
-
Por
sus características técnicas, la imagen surrealista se aparta de
la doctrina clásica aristotélica, que exigía que la metáfora no
se llevase demasiado lejos para que pudieran advertirse en forma
directa y nítida las relaciones entre los dos planos de la
metáfora, el real y el evocado. Por el contrario, Breton invita a
"comparar dos objetos lo más alejados el uno del otro o, con
otro método, confrontarlos de una manera brusca y
sorprendente". Para Breton "la más fuerte imagen
surrealista es aquella que muestre un grado de arbitrariedad más
elevado". En ese ejercicio de conexión de lo distante, se
ponen en práctica componentes subjetivistas e irracionales.
-
Por
sus materiales de elaboración, la imagen surrealista apela al mundo
subconsciente y en gran medida al mundo de los sueños. Tiene con
frecuencia una profunda relación con el funcionamiento de la imagen
onírica, y especialmente con su capacidad desinhibitoria. Se
destacan los rasgos señalados por Freud para el análisis de las
imágenes de los sueños: la condensación y el desplazamiento. En La
interpretación de los sueños Freud afirma: "Lo primero
que se manifiesta claramente al investigador cuando compara las
imágenes del sueño con los contenidos soñados es que se ha
realizado un enorme proceso de condensación. El sueño es magro,
mezquino y lacónico en comparación con la extensión y la
abundancia de los contenidos soñados (...) El sueño ubica su
centro en cualquier parte; su imagen se compone con elementos que no
constituyen el punto central de los contenidos soñados". De la
misma manera que el sueño, la imagen surrealista trabaja con la
abolición de las leyes lógicas y de las categorías de espacio y
tiempo.
-
La
imagen surrealista posee una finalidad inmediata, la sorpresa, pero
también otra mediata, que consiste en la creación de una realidad
superior o suprarrealidad.
Por otra parte, la imagen surrealista se vincula con la reelaboración
del concepto de azar objetivo, que resulta de la percepción y
selección de elementos semánticos concordantes en sucesos
independientes entre sí en la experiencia de la realidad. "Los
surrealistas constatan la coincidencia –escribe Peter Bürger-, que
remite a un sentido no captable" (Teoría de la vanguardia,
p. 125). La manifestación del azar objetivo puede verse tematizada, por
ejemplo, en el comienzo de Nadja, la novela surrealista de Breton.
Frente a la verificación del azar objetivo en la realidad, los
surrealistas trasladan el azar a la obra de arte, y lo hacen de dos
maneras:
-
como
producción inmediata del azar: el poeta libra su conciencia a las
asociaciones sin control, para que las conexiones entre los objetos
y las imágenes del poema surjan involuntariamente. A esta modalidad
correspondería el surrealismo ortodoxo.
-
como
producción mediada del azar: simula el azar, lo provoca
matemáticamente. Ya no rige una espontaneidad ciega en el manejo
del material, sino por el contrario un cálculo estético muy
preciso. A esta segunda forma responde el surrealismo heterodoxo.
Tal como señalamos al comienzo, el surrealismo puede también
observarse como procedimiento aislado en el seno de una poética
que responde a otro régimen de afecciones y experiencia. Una imagen
surrealista entretejida en un contexto no surrealista. Valga como
ejemplo un fragmento de "El espejo roto", de Prévert, en
traducción de Raúl Gustavo Aguirre:
El
hombrecito que cantaba sin cesar
el
hombrecito que bailaba en mi cabeza
el
hombrecito de la juventud
rompió
el cordón de su zapato
y
todas las barracas de la fiesta
se
derrumbaron de pronto
y
en el silencio de esta fiesta
en
el silencio de esta cabeza
yo
percibí tu voz feliz
tu
voz desgarrada y frágil
infantil
y desolada
que
desde lejos me llamaba
y
la mano llevé a mi corazón
en
el que se agitaban
ensangrentados
los
siete pedazos de cristal de tu risa estrellada.
En tierra
argentina
¿Hay una literatura
surrealista en la Argentina? Por supuesto que sí, y en sus diversas
inflexiones: surrealismo ortodoxo, heterodoxo y como procedimiento.
Ya en noviembre de 1928 un grupo de jóvenes estudiantes de medicina –Aldo
Pellegrini, Elías Piterbarg, David Sussman y Marino Cassano- publican
el primer número de la revista Qué, publicación nacional
dedicada al desarrollo de la experiencia surrealista y la escritura
automática ortodoxa.
En una carta dirigida a Graciela de Sola, autora del ensayo Proyecciones
del surrealismo en la literatura argentina (Buenos Aires, ECA,
1967), Aldo Pellegrini –quien pronto se convertiría en el principal
intermediario del surrealismo en nuestro país- explicó cómo tomó
contacto con el movimiento de París desde la capital argentina:
"Fue exactamente en el año de la fundación [del surrealismo,
1924]. Con motivo de la muerte de
Anatole France, el diario Crítica de Buenos Aires publicó un
número completo de homenaje al
escritor (...) A mí la falta de pasión y el escepticismo barato de
France me parecían la caricatura
del verdadero disconformismo. Por esa época me interesaba especialmente
Apollinaire. En ese número de Crítica aparecía un telegrama de
París con el
anuncio
de la aparición de un panfleto contra France denominado Un cadavre
["Un cadáver"], con la
lista de los firmantes. Envié esa lista a Gallimard, que por entonces
me proveía de libros franceses,
pidiendo se me mandara lo que tenían publicado. Así me llegó el
primer número de [la revista] La
Révolution Surréaliste y el Primer Manifiesto de Breton"
(Graciela
de Sola, p. 111).
El segundo (y último) número de Qué aparecería en diciembre
de 1930. Desde entonces habrá que esperar hasta 1948 para que vuelva a
surgir otra publicación periódica surrealista, Ciclo, que
Pellegrini dirigirá junto a Elías Piterbarg y Enrique Pichon Riviere.
El segundo (y último) número corresponderá a marzo-abril de 1949.
En 1952 saldrá a la luz la revista surrealista A partir de Cero,
dirigida por el poeta Enrique Molina, con la colaboración de Pellegrini,
Carlos Latorre, Julio Llinás, Benjamin Péret, Giselle Prassinos y el
peruano César Moro. El número dos aparece en diciembre de 1952, con
textos de Antonio Porchia, Francisco Madariaga y Juan Antonio Vasco y
traducciones de Paul Eluard y Georges Schéhade realizadas por Molina y
Pellegrini. El tercero (y último) número será publicado en 1956, con
la incorporación de la poeta Olga Orozco.
Otras publicaciones argentinas vinculadas a la difusión y el desarrollo
del surrealismo fueron Letra y Línea (dir. Aldo Pellegrini,
1953-1954) y Boa (dir. Julio Llinás, 1958), ésta última en
conexión con el grupo neo-surrealista francés Phases.
Sin duda la figura más importante del surrealismo ortodoxo en la
Argentina fue Aldo Pellegrini (Rosario, 1903-1973). No sólo participó
muy activamente en cuatro de las revistas surrealistas argentinas –Qué,
Ciclo, A partir de Cero y Letra y Línea- sino que
además tradujo y editó una excelente Antología de la poesía
surrealista en lengua francesa (Buenos Aires, Fabril Editora, 1961)
calurosamente elogiada por el mismo Breton. Fue un valioso crítico de
arte y publicó diversos libros de poemas, entre los que se destacan por
su filiación surrealista El muro secreto (1949), La valija de
fuego (1952), Construcción de la destrucción (1957) y Distribución
del silencio (1966). Publicó también Teatro de la inestable
realidad y el ensayo Para contribuir a la confusión general
(1965). De su primer poemario elegimos el comienzo de "La trampa
del tiempo":
Una
espantosa fuga de perros ensangrentados
en
el centro del insomnio
los
maravillosos camaradas beben su propia muerte
la
noche súbitamente se ilumina
con
el chisporroteo de los años que pasan
sólo
queda un recuerdo
perseguido
por bandadas de espejos coléricos
cuando
te incorporas
cae
una lluvia plana y tu boca
permanece
equidistante de todos los deseos (...)
Como
teórico del surrealismo, Pellegrini publicó numerosos textos, entre
los que se destaca "El movimiento surrealista" (Cursos y
Conferencias, n. 222 y 226-228). De su artículo "El huevo
filosófico" (A partir de Cero, n. 2, diciembre 1952) transcribimos
las siguientes afirmaciones:
"A la idea del hombre común de admitir como real solamente las
apariencias sensibles, se opone la idea surrealista de la existencia de
aspectos, o mejor, de planos múltiples y variados de la realidad. A la
idea de la percepción sensorial como fuente única del saber, se opone
la concepción surrealista del conocimiento, que proclama la existencia
de infinitos contactos entre el hombre y el mundo, escalonados desde lo
sensible a lo suprasensible (...) El surrealista no quiere prescindir de
ningún aspecto posible de la realidad y como consecuencia su actitud
frente a los datos parciales de los sentidos y de la ciencia se revela
no conformista (...) El surrealista no se resigna, es esencialmente
disconformista, y partiendo del principio de que la fuente de todo
conocimiento está en el interior del hombre, se sumerge en el propio
espíritu, atravesando el plano racional, y allá, en lo más hondo de
su yo, encuentra el mundo (...) El surrealismo cree, pues, en una
realidad sin límites. Su terreno de investigación es lo desconocido
ilimitado".
En 1999 el poeta Javier Cófreces publicó la excelente antología Siete
surrealistas argentinos (Buenos Aires, Editorial Leviatán). En ella
incluyó una presentación y selección de poemas de Pellegrini, Carlos
Latorre, Julio Llinás, Juan José Ceselli, Francisco Madariaga, Juan
Antonio Vasco y Enrique Molina. El listado de nombres canónicos
coincide con el realizado por Graciela de Sola en su libro citado.
Sería lícito –creemos- ampliar la serie con la inclusión de Olga
Orozco y Alejandra Pizarnik, poetas que supieron reelaborar desde un
universo muy personal el legado surrealista.
Si, como sostuvimos arriba, Pellegrini encarna el surrealismo ortodoxo
en la Argentina, las producciones de Enrique Molina y Francisco
Madariaga están más cercanas a la vertiente heterodoxa, e incluso a la
inclusión del surrealismo como procedimiento. Molina (1910-1996) es
autor de algunos de los poemarios más valiosos de la literatura
argentina del siglo XX: Pasiones terrestres (1946), Costumbres
errantes o la redondez de la tierra (1951), Amantes antípodas
(1961) y Las bellas furias (1966), entre otros. Escribió además
una novela surrealista inspirada en la historia: Una sombra donde
sueña Camila O’Gorman (1973). Su poema "Amantes
vagabundos" (de Costumbres errantes) comienza así:
Nunca
tuvimos casa ni paciencia ni olvido
Pero
un poco más lejos hacia nada
Están
las lámparas de viaje
Temblando
suavemente
Los
hoteles de garganta amarilla siempre rota
Y
sus toscas vajillas para el suicidio o la melancolía
-¡Oh
el errante graznido sobre la cumbrera!-
Dormíamos
al azar con montañas o chozas
Bajo
las altas destrucciones del cielo prontas a arder con un fuego inasible
Junto
al árbol de paso que se aleja
A
menudo asomados a ventanas en ruinas
A
balcones en llamas o cenizas (...)
En
cuanto a Francisco Madariaga (1927-2000), supo reelaborar en sus versos
su experiencia infantil y adolescente en los esteros de su Corrientes
natal con la poética del surrealismo heterodoxo. Poeta excepcional,
publicó El pequeño patíbulo (1954), Las jaulas del sol
(1959) y Llegada de un jaguar a la tranquera (1980), entre otros
títulos. Su poema "La selva liviana", de El pequeño
patíbulo, desnuda toda la potencia de su voz inconfundible:
El
sonido de un tren que se ahoga en la catarata de las hojas.
Al
fondo de la selva liviana y los cocoteros se hunde el nivel de llanto,
el
peso entero de los sueños,
peso
entero del saco de perfume de la gracia.
Estoy
entre la espada del paisaje y el ladrillo caliente del olvido,
viajando
con un ardor de joya y sangre.
Escuchando
el aullido de mi candor: mi nueva fiesta.
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